Cadencia

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Si algo le honra a Cadencia es que hace sentir, es que transmite, es que contagia, tanto en la alegría como en la nostalgia.

Estas palabras las he recogido como un regalo anónimo de su presentación, en la Noosfera (la malla pensante que se acerca diariamente a Internet), que ayer lo encontré por primera vez hecho realidad y vida, porque sintetizan bien el hilo conductor de un grupo musical de raíces flamencas, Cadencia, al que pude contemplar anoche, en el sentido más pleno de la palabra, poniendo la atención tanto en lo material como en lo espiritual.

Ayer asistí a un espectáculo de sensaciones. A una persona tan amante del cerebro y de sus estructuras, este tipo de experiencias solo hace reforzar la importancia de los sentimientos y de las emociones en estado puro. Fue con motivo de los actos programados por FNAC, en los días esplendorosos de su inauguración en Sevilla. Su composición escénica, y la música y las palabras que lanza al aire Dolores cuando canta, baila, cuando abre sus manos y sus dedos juegan con dibujos imaginables para todas y todos los asistentes, generan un sentimiento de participación activa haciendo muy grande el escenario, su forma de hacer música, dando el protagonismo a todas las personas que como ayer, llenábamos el pequeño espacio destinado a tal fin por FNAC.

De vez en cuando contemplé también las fotografías que estaban a mi alcance de una exposición sobre “La vida alrededor”, que actualmente se puede visitar en el mismo espacio en el que Cadencia nos mostraba sus hermosas canciones y sus composiciones acompañadas de las flautas mágicas de Pepo (Papageno), el de Tomares, la maestría y profesionalidad consumada de Gori: guitarra, Sofía, aunando culturas afroarábigas, tocándolas ya con los dedos: djembé, darbuka, tumbadora, conga y cajón, Enrique: perseverante en la dedicación y estudio del bajo, y Dolores, con una voz a veces sensible y a veces desgarrada por cada palabra transmitida, con una sonrisa demostrativa de su calidad afectiva, con bailes elegantes y manos diestras en castañuelas, conga y las caricias al sartal de conchas. Los protagonistas de aquellas fotos, sumidos en la pobreza y en la enfermedad del SIDA, creo que vibraron también con la cadencia de este grupo, porque pueden integrar la nostalgia de las caras fotografiadas.

Soy un niño nacido junta a la Alameda. Exactamente, en Jesús del Gran Poder, detrás de la Casa de las Sirenas, en la esquina con Becas, y por un momento imaginé el sonido de aquellas películas que el Cine Ideal me llevaba hasta la habitación. Porque crecer entre ideales, alamedas de arte y ensueño, sirenas que me podían visitar en los sueños tempranos de la posguerra, en una Sevilla decadente que buscaba en la Alameda libertades para vivir mejor, sin economía de mercado, hace que la canción que transmitió Dolores con fuerza magistral sobre la Alameda de mi niñez, sea una muestra de que Cadencia puede llegar hasta donde se lo propongan, porque saben lo que quieren y lo que sienten. La Real Academia Española puede limpiar, fijar y dar esplendor a la cadencia, en sus diez formas de descifrar su mensaje, porque es su misión, pero creo que ellos optan por vivir y transmitir la octava: manera de terminar una frase musical, reposo marcado de la voz o del instrumento. Maneras de terminar un concierto.

La anécdota final me pareció trascendental: no se podía comprar su disco, no había llegado a tiempo, a pesar de FNAC… Casi me alegré, porque aunque sea por una vez, se rompían las leyes de mercado, de las mercancías, y solo nos podíamos llevar sus canciones y su música (¿top mente?) en el pensamiento y en el sentimiento, sin más coste que lo que habíamos sentido y por el afecto personal, surgido allí, sin intermediarios, hacia Dolores, Pepo, Gori, Sofía y Enrique, para que siguiendo los consejos de Rafael Alberti, se escuchen sus cadencias, eso sí, más fuerte que el viento…

Sevilla, 6/V/2007