Los pecios del cerebro

Ayer estuve leyendo detenidamente las últimas odiseas del Odyssey, valga el juego de palabras: “Odyssey confirmó ayer la hipótesis más probable sobre la identidad del pecio hallado en mayo de 2007 con un botín de 500.000 monedas de plata. El llamado Cisne Negro, el barco con el que la compañía mantiene desde entonces una dura pugna con España por sus derechos, es en realidad el Nuestra Señora de La Mercedes, un barco español hundido en 1804 por los ingleses frente a las costas del Algarve”.

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Lema pecio, en el Diccionario de la Academia Usual, (1803), p. 634 (2).

Su lectura me sugirió una metáfora acertada en relación con una estructura cerebral ya presentada en este cuaderno, el hipocampo ó caballo encorvado, porque -valga la expresión- en el cerebro también se pueden descubrir pecios. Los de nuestros antepasados, con el ejemplo sublime de Selam, la niña de Dikika, ó mediante la memoria a largo plazo, aquella que siempre está -como pecio durmiente y viviente-, aunque a veces no se manifiesta en un sabio control de la epifanía de la ética ó suelo firme de cada persona: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum,(la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera”. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

De acuerdo con la definición del DRAE, pecio (Del b. lat. pecium), tiene tres acepciones: fragmento de la nave que ha naufragado, porción de lo que ella contiene ó los derechos que el señor del puerto de mar exigía de las naves que naufragaban en sus marinas y costas. Y si por algo me ha interesado utilizar y desarrollar esta metáfora es porque los pecios del cerebro son aquellos fragmentos vitales de experiencias que no fueron aceptadas personalmente, de los fracasos, de aquellas frustraciones que se han mantenido como sentimientos displacenteros de incompletud que surgen y surgieron como consecuencia de conflictos psicológicos no resueltos, de las represiones múltiples que nos infligen o nos infligimos en la vida diaria, entendidas como rechazos hacia el inconsciente o hacia la memoria a largo plazo, de cualquier tendencia inaceptable que se mantienen también como conflictos psicológicos no resueltos. Fragmentos del hundimiento ético, personal e intransferible, en definitiva. Producidos por muchas causas, personales e intransferibles también, pero casi siempre construidas y elaboradas por temporales vitales en los que el abordaje ó asalto por los demás a mi propia experiencia era siempre posible por mi debilidad cerebral extrema.

Por eso me ha interesado esta experiencia marina, con ocasión del compromiso con los navegantes solidarios en la búsqueda de “Islas Desconocidas” o de pecios cerebrales a través de este cuaderno. Porque sí se sabe ya que el conocimiento del hipocampo personal puede ayudarnos a explorar nuestros pecios durmientes, con un objetivo claro, construir el cerebro feliz, es decir, que la inteligencia me permita conocer profundamente la ordenación y organización de mi cerebro, porque la inteligencia, apoyada muchas veces por la memoria a largo plazo, ayuda a resolver problemas con una finalidad confesada y confesable: ser feliz, porque es una finalidad de los lobos marinos de la vida, que somos todas y todos, sin que haya que atribuirle solo este título a los amantes y profesionales del mar.

De esta forma, la segunda acepción de pecio que se recogió por escrito, por primera vez en el Diccionario de la Academia Usual, en 1803, justifica metafóricamente y sin fisura alguna que la propiedad de los pecios cerebrales de cada persona, son solo de ella, sin que se deba reconocerse nunca algún derecho de las demás personas intervinientes en las vidas de cada una y de cada uno en la “localización” ó “recuperación” de los mismos, porque tanto “el navío que naufragase en ellos [en los puertos de mar de estos reynos] y lo que dentro de él hubiere, sean del dueño a quien antes pertenecían [las naves que naufragaban en sus marinas y costas]”. Se abre así un mundo de investigaciones basadas en el respeto de la propiedad de lo que queda después de cada hundimiento personal, aunque a veces se pongan algunos pecios personales en el gran mercado de la compraventa de las miserias humanas.

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Vuelvo a mi laboratorio de neurociencias y descubro que hoy, por medios digitales, puedo adquirir un real de a ocho procedente del bergantín español “El Cazador”, hundido en 1784 frente a las costas de Luisiana, en su último viaje desde Veracruz a Nueva Orleáns, llevando un importante cargamento de Reales a ocho de plata acuñados en las cecas de Méjico. Su pecio se descubrió el 2 de agosto de 1993 y ahora se puede adquirir cada real con la garantía de que “no hay dos iguales, ya que el paso del tiempo y el mar han dejado su huella en cada uno de ellos, embelleciéndolos de manera diferente”. Hoy sabemos también que si quiero recuperar algunos pecios cerebrales, fruto de hundimientos personales e intransferibles, no se sabe si por tormentas psicológicas o por piratas sedientos de lo ajeno (los ejemplos pueden ser múltiples, a “disgusto” del autor ó aurora…), las posibilidades de recuperación o de embellecimiento de cada experiencia vivida y guardada (tampoco hay dos iguales), con el paso del tiempo, no son tan simples como la compra de ese real de a ocho, del pecio “El Cazador”, a 59 euros la pieza, más 4 euros de gastos de envío.

Porque, en los pecios del cerebro, tampoco hay que confundir valor y precio.

Sevilla, 20/IV/2008

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