Melismas de Juan Peña y Gabriel García Márquez

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Acudiendo a las memorias de mi hipocampo, recuerdo que conocí a Juan Peña, El Lebrijano, en junio de 1965. A toda la familia Peña, unidos como una piña, viajando desde Lebrija para ofrecernos en Umbrete (Sevilla) un recital familiar. Todo se debía a la colaboración que prestaba Pedro Peña, un compañero mío en aquél Colegio Menor, primo hermano de Juan, donde nos preparábamos a los diecisiete años para cantar a Dios, sus pompas y sus obras. Aquella noche, que luego serían dos, dos años seguidos, Juan, sus padres, sus tíos, sus sobrinos, primos y toda su parentela, nos obsequiaban con su modo de ser y estar, gitano, con una lección que aprendí en relación con el destino. Primero, el día concertado, nos hablaban a todos en el salón de actos. Después cenábamos juntos y en el “Merendero”, en el patio exterior, comenzaba la fiesta dirigida por la familia Peña. Me encantaba la dulzura de María “La Perrata”, la madre de Juan, sus palmas, su “jaleo”, su encantamiento colectivo, hasta el punto de que salí a bailar delante de ellos, para dar unos pasos, torpes pasos, simulando un taconeo que les llenaba de gozo. Lo que no lográbamos arrancar del tímido Pedro. A mí, lo que me asombraba era el encanto sugestivo que expresaban en todas sus manifestaciones. Y algunos churumbeles cruzaban el escenario sin contemplaciones, como desafiando la vida. Y los despedíamos en la puerta del Colegio cantando todos juntos un estribillo que nunca he olvidado:

«Ya se van los gitanos / por los caminos, por los caminos. / Van en caravana/ que es su sino, ese es su sino.»

Y volví a coincidir con toda la familia Peña, quizá fuera en 1973, con motivo de la operación del padre de Juan, sencilla en origen pero de la que no pudo recuperarse ni en la sala de despertar. Y tuve que decírselo, con la autorización del cirujano, con el dolor que me suponía comunicarles de forma contradictoria lo que presagiaba, unos minutos antes, que todo iba a ir muy bien. Y compartí el dolor con ellos. En su silencio, en sus expresiones de ausencia incomprensible. Lo que es muy difícil explicar.

Posteriormente, Pedro Peña, hermano de Juan, colaboró conmigo en Huelva, en una actividad de sensibilización social gitana, en la época en que practicaba la docencia vinculada al trabajo social. Siempre amable, siempre cercano, maestro de maestros en docencia y guitarra. La familia Peña era siempre un referente. A Juan lo he seguido por sus discos, por las referencias de sus múltiples actuaciones. En una grabación muy querida por mí, donde procuraba aprender a conocer todos los “palos” de la A a la Z, me sobrecogió siempre una alboreá flamenca cantada a dúo por María “La Perrata” y Juan Peña, madre e hijo, hijo y madre, un romance morisco, de Gerineldo, que estremece a cualquiera, donde la melodía melismática (a cada sílaba le corresponde más de una nota) acerca la alboreá, la alborada, el cante por excelencia en las mañanas de las bodas gitanas, a los cantes por soleá:

«Dónde está la novia
novia tan bonita
estaba cortando rosas
por la mañanita»

Y Juan, que cuando canta se moja el agua, en metáfora acertada de Gabriel García Márquez, comienza a poner pensamiento y sentimiento albertianos, en su nueva obra, a las letras de Gabo, a párrafos cruzados de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Ojos de perro azul, algunos cuentos peregrinos, y de El coronel no tiene quien le escriba.

Cuando el sábado 21 de junio de 2008, lo escuchaba a cinco metros de su voz, en la plaza de San Francisco, en Sevilla, con ecos de aquella maravillosa familia Peña que conocí en Umbrete, en una actuación pública, que él sabe apreciar, sin taquillas discriminadoras, comprendí mejor que nunca unas palabras suyas que “aparecen” al retirar el disco de su estuche, cuidado hasta el último detalle:

«Cuando estamos creando y por las flores que nos envían,
nos damos cuenta que Dios existe»

Es que en El Lebrijano, pensamiento y sentimiento se convierten en agua que se moja, hasta desaparecer en su voz, al escucharse el corazón de todas y de todos mucho más fuerte que el viento, por las melismas de refreso [sic] que él solo canta, que él solo conoce…

Sevilla, 30 de junio de 2008

La inteligencia digital y Google

“Al poner de forma instantánea y selectiva al alcance de centenares de millones de personas el enorme caudal de información de Internet, Google ha hecho posible, en apenas una década, una gigantesca revolución cultural y ha propiciado el acceso generalizado al conocimiento. De este modo, Google contribuye de manera decisiva al progreso de los pueblos, por encima de fronteras ideológicas, económicas, lingüísticas o raciales”.

Texto del Fallo del Jurado por el que se acuerda conceder el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2008 al buscador Google de Internet, creado por Sergey Brin y Larry Page.

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Logo de Google con motivo del Día Mundial del Agua – 22 de marzo de 2005 (recuperado de http://www.google.es/intl/es/logos.html, el 15 de junio de 2008)

En la cultura de inteligencia digital que llevo investigando desde 1997 de forma específica, agradezco la importancia simbólica que tiene el reconocimiento a Google por “poner de forma instantánea y selectiva al alcance de centenares de millones de personas el enorme caudal de información de Internet”. También me alegra que comparta los Premios Príncipes de Asturias con organizaciones que en un mundo de rigurosas e implacables leyes de mercado, y Google está metida de lleno en él, sin excepción, sigan defendiendo que otro mundo es posible: Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, en Artes, Ifakara Health Research and Development Centre, The Malaria Research and Training Centre, Kintampo Health Research Centre, Centro de Investigação em Saúde de Manhiça, en Cooperación Internacional y los investigadores Sumio Iijima, Shuji Nakamura, Robert Langer, George M. Whitesides y Tobin Marks, en Investigación Científica y Técnica.

Centrándome hoy en Google, me ha sorprendido siempre el lema que ha llevado a la empresa a superar cotas inimaginables en el mundo de la información: no hagas el mal (Don’t be evil), es decir, triunfa en el mundo sin hacer daño a nada y a nadie, teniendo como misión empresarial: organizar el mundo de la información y hacerlo accesible universalmente. Personalmente, arranqué en este mundo de búsquedas por Internet con un buscador, Altavista, que conocí en 1997 de primera mano, en Boston y sobre el que forjé unos compromisos institucionales para que se pudiera utilizar con costes muy reducidos en la Administración de la Junta de Andalucía. Pero muy poco tiempo después arrancó con una fuerza inusitada Google, de tan difícil pronunciación e intelección del nombre por estos lares, que fue introduciéndose en nuestros cerebros hasta el punto de que hoy es una herramienta imprescindible para cualquier internauta que se precie de tal.

¿Quién va a negar hoy el enorme potencial que ofrece este buscador para cualquier acción y gestión de la vida ordinaria? Porque desde científicos de renombre mundial, hasta niñas y niños de cualquier confín del mundo, y ciudadanas y ciudadanos con conocimientos muy básicos de Internet, a excepción lamentable de China, que en las restricciones impuestas sobre el buscador, la dirección de Google ha tomado decisiones salomónicas de mercado y aceptado situaciones inadmisibles desde la defensa más básica de derechos humanos, su potencial fuente de información es un medio muy importante para alcanzar información en el momento que se necesita y en cualquiera de sus manifestaciones más próximas a la vida humana, que debería ser un recurso para todas las personas que habitamos en el planeta. Es decir, el Premio otorgado en Oviedo, el pasado 11 de junio, reconoce la verdadera pasión de la Noosfera, en clave de inteligencia digital, basada en los derechos humanos inalienables de acceder a la información global para ser más libres, constituyéndose en derecho y no en pura mercancía, tal y como lo ha manifestado Eric Schmidt, Presidente y Director Ejecutivo de Google, tras la concesión del Premio: “nuestra verdadera pasión es poder ayudar a que toda la gente pueda acceder a la información que quiera en el idioma que prefiera. Sin embargo, sabemos que todavía hay muchas personas en el mundo que no tienen acceso a esta información y que no pueden llevar a cabo en Internet todas las cosas que para nosotros son ya algo muy normal. Este premio debe servirnos como estímulo para dar una oportunidad a que toda esta gente pueda disfrutar de lo que nosotros disfrutamos“.

Mientras, 850 millones de personas pasan hambre a diario, por carencia de alimentos básicos. Con la frase “850 millones de personas pasan hambre”, Google, hoy, me devuelve información con la siguiente cabecera: “Resultados 1 – 10 de aproximadamente 67.200 de 850 millones de personas pasan hambre. (0,29 segundos)”. Bastan 0,29 segundos para que a través de Google conozcamos bien esta paradoja, para que nos informemos concienzudamente de que es una realidad que está ahí, mostrada a todos los vientos posibles, mediante la web, las imágenes, Maps, noticias, vídeos, grupos, G-mail, entre otros muchos recursos del buscador premiado. Google, mientras, sigue ganando dinero en bolsa y el horizonte de mil millones de “bocas inútiles” siguen “buscando” una comida al día.

Y esa es la paradoja de su lema, porque si con tanta información disponible, con el mandato de que “no hagamos el mal”, estamos donde estamos, ¿por qué cuesta tanto a los cerebros humanos dar órdenes neuronales para hacer el bien? Hoy por hoy, seguimos buscando la respuesta. Y no sólo en Google

Sevilla, 15/VI/2008

La media luna negra

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La lección difícil, William-Adolphe Bouguereau.

Sigo trabajando en la tarea de divulgación científica de las estructuras del cerebro con objeto de comprender mejor el mayor fondo de riqueza que poseemos los seres humanos, como recurso que está -todavía- libre de precio en el mercado de la vida (no es mercancía), en el acontecer diario de cada una, de cada uno, desde la concepción. Hoy quiero adentrarme en una lámina de sustancia gris que contiene melanina, responsable del característico color oscuro de las neuronas que forman parte de ella, denominada “sustancia negra”, con forma de media luna y que desarrolla funciones trascendentales para la inteligencia humana. ¿La conocías?

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Sustancia negra: sección coronal (recuperado de http://es.brainexplorer.org/glossary/substantia_nigra.shtml, el 8 de junio de 2008).

Está situada en la base de los hemisferios cerebrales, interconectada con grupos de neuronas ó ganglios, basales, determinantes para el movimiento de las personas y la memorización del mismo. Básicamente, con el complejo estriado, formado por los núcleos caudado y putamen. Y lo verdaderamente maravilloso radica en su poder de transformación de las órdenes que transmite y recibe de la corteza cerebral y del sistema límbico para llevar a cabo la representación motora y ejecutiva de lo que elaboramos como pensamiento y como sentimiento ó emoción. Es su brazo ejecutor, habiéndose objetivado en la investigación clínica y radiológica de última generación que la disminución de sustancia negra es una de las manifestaciones claras del mal de Parkinson.

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Sustancia negra y mal de Parkinson (recuperado de http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/esp_imagepages/19515.htm, el 8 de junio de 2008).

Pero existe una correlación clara de la profusión o no de las sustancia negra, que se investiga en la actualidad con la realidad del aprendizaje y de los fracasos y/ó recompensas que se reciben del mismo, como resultado de la presencia de esta estructura durante millones de años en el cerebro reptiliano de los seres humanos, alcanzando su cénit filogenético por el impacto de la sustancia negra en la corteza prefrontal, donde se produce el control exhaustivo del aprendizaje de las conductas a observar en el desarrollo ontogenético del ser humano, incidiendo sobremanera en las llamadas “funciones ejecutivas” (1), cuando se trata desde la integración en los ganglios basales, entre las que se pueden señalar las siguientes:

Regulación cognitiva: Memoria de trabajo, regulación de la atención (incluyendo detección, vigilancia, control de la distraibilidad), planificación, establecimiento de objetivos y monitorización, estimación del tiempo, manejo del tiempo, organización de estrategias, flexibilidad mental, habilidad para cambiar los supuestos (set) cognitivos, fluencia y eficiencia del procesamiento, pensamiento abstracto y formación de conceptos, resolución de problemas novedosos y juicio, mantener el auto-conocimiento e identidad a lo largo del tiempo y el espacio, integración de la información socio-emocional en planes de futuro y conductas (incluye la sensibilidad hacia las emociones y estados cognitivos de los demás).

Regulación conductual: iniciación del movimiento y de la conducta, inhibición de las respuestas motoras automáticas, mantenimiento del rendimiento motor a lo largo del tiempo, parar la respuesta motora cuando sea apropiado, habilidad para post-poner la gratificación inmediata (control del impulso), anticipación y sensibilidad hacia las consecuencias futuras de las acciones presentes.

Regulación emocional: modulación del arousal [estado de alerta] emocional, modulación del humor, estrategias de auto-alivio”.

Todo ello relacionado íntimamente con la retroalimentación que se produce con áreas en las que la sustancia negra juega un papel esencial: “Los ganglios basales está formados por el estriado (caudado y putamen y acumbens), pálido y la parte reticulada de la sustancia negra. Son ricos en neurotransmisores excitatorios e inhibitorios (glutamato, dopamina, serotonina, acetilcolina y gamma-aminobutírico (GABA). El tálamo es un núcleo subcortical que integra los inputs sensoriales, motores e información emocional-cognitiva, enviando esta información al córtex. Juega un importante papel en el mantenimiento del arousal” (2).

Solo quería introducir el principio aristotélico de la admiración de todas las cosas como definición de la cualidad humana por excelencia: “capacidad que tiene el ser humano (él, decía el hombre y por eso no nos debemos enfadar…) de admirarse de todas las cosas. Aseguro que en griego suena precioso (inténtelo conmigo leyéndolo tal cual): jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic) o lo que es lo mismo: el hombre es el único ser capaz de admirarse de todas las cosas” (3). Una mancha negra sobre una estructura de forma de mariposa que como ellas también pasea sus vestidos de colores por el mundo. A mayor color, más vida cerebral. Cuando se pierde este color negro, la vida desaparece con él y las enfermedades debilitan el cerebro hasta límites exasperantes. Sobre todo porque dejamos de aprender y admirar la vida, por mucho que la niña que simboliza la lección difícil nos recuerde que la sustancia negra es imprescindible que esté perfectamente integrada en la base del cerebro humano para seguir aprendiendo…

Sevilla, 10/VI/2008

(1) Díaz Atienza, J. (s/d). Tema 8. Funciones ejecutivas y aprendizaje: I) Neuroanatomía y Evaluación. (recuperado de http://www.tdah-andalucia.es/TDAH/funcionesejecutivas1.pdf, el 8 de junio de 2008).
(2) Díaz Atienza, J. Ibídem, p. 82.
(3) Cobeña Fernández, J. A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (edición digital), p. 48.

¿Existe un gen facilitador de las creencias religiosas?

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El gen de Dios (TIME, 17 de octubre de 2004, recuperado de http://www.time.com/time/covers/1101041025/, el 1 de junio de 2008)

En el post anterior presenté el denominado “gen de Dios” ó VMAT2 a las personas, como tú, que leen habitual o esporádicamente este cuaderno. Comprendo que es un atrevimiento científico hablar en estos términos, pero el asunto que nos ocupa ha ocupado siglos de encuentros y desencuentros entre la fe y la razón, incluso guerras importantes, para intentar responder a las cuestiones que en etapas de la vida como la actual, donde la economía hace crisis, el mercado paradójico de los valores hace su agosto. Mejor dicho, su año. ¿Participa el cerebro en estas situaciones a través del gen de Dios? Creo sinceramente que no, porque la ciencia no podrá despejar nunca el aserto de la existencia o no de Dios. No es su campo de acción y/ó experimentación, a pesar de los esfuerzos que ha llevado a cabo en tal sentido el neurólogo canadiense Mario Beauregard en 2006, en una investigación sobre la actividad cerebral en 15 monjas carmelitas, proyectado en la búsqueda del llamado “cerebro espiritual”. Nunca lo sabremos, porque lo que no se puede experimentar objetivamente con los recursos actuales no puede demostrar su existencia actual. Por ello, me han fascinado siempre las teorías teilhardianas del alfa y omega, porque por deformación científica, el ya pero todavía no, es muy sugerente como hipótesis científica para el punto de partida de la cuestión que planteo hoy, sin pronunciamientos sacados de contexto (1):

“Vamos a intentar aproximarnos al análisis que Teilhard llevó a cabo sobre el nacimiento de la vida, su gran dilema con la presión ambiental gracias a los descubrimientos de Darwin. Su investigación estaba limitada por el estado del arte de su época. Su referencia permanente a la incapacidad del científico de descifrar cómo había “brotado” la vida desde lo físico, químico ó lo estrictamente orgánico no era viable simplemente porque los sedimentos sobre los que se podía investigar estaban transformados. Hoy la realidad es muy diferente. Las investigaciones recientes sobre los orígenes de la materia orgánica nos permiten descifrar con exactitud matemática, de reloj suizo, cómo se produjo la evolución de la materia. Siguen estando presentes muchos interrogantes y la razón de Aristóteles planea sobre los grandes laboratorios ultramodernos: la razón de ser del “primer motor inmóvil”, es decir, cómo se puso en movimiento el universo en todas sus manifestaciones. La verdad es que la conclusión de Teilhard está sobrepasada. La ciencia ha ganado esta partida. Pero quedan muchas por jugar, aunque nos suene como algo muy chocante su desafío en la fe del dueño del carbón que no del carbonero: el misterio está oculto en Dios para siempre.

Pero él mismo deja una puerta abierta llena de esplendor: solo si se lograran reproducir estos procesos en el laboratorio se resolvería parcialmente el enigma. Aunque otra vez da un paso atrás dejando entrever que el nacimiento de la vida, en todas y cada una de sus manifestaciones, es algo indescifrable. Este movimiento de contrarios, pendular, es algo muy asentado en la ciencia aunque en Teilhard solo tenía interés si el avance de la investigación era una realidad y no una quimera.

El llamado salto a la complejidad, la evolución de la materia en estado puro a lo que se llama vida, es una evolución lógica hacia la consciencia, la interioridad que analizábamos en la “entrega” anterior: vida es la explosión de la energía interior bajo una tensión biológica hacia el próximo estadio de la existencia que, a todas luces, está por llegar permanentemente. Y todo obedece a un plan. Esta era la visión intrínseca de la evolución cósmica según Teilhard: todo está perfectamente determinado por Dios, aunque el plan lo revele paulatinamente. El hecho de que el libro de instrucciones de cada ser viviente ó carnet genético se esté develando en la actualidad a través de la genómica, es una manifestación de este plan develado, por llamarlo de alguna forma, de la “hoja de ruta” de Dios sobre la vida. Es una interpretación “permitida” por el ser superior, por el llamado también “primer motor inmóvil”, al que hacíamos referencia anteriormente, en homenaje a los más escépticos”.

Definitivamente, el denominado “gen de Dios” no existe, es un mero antropomorfismo para describir la causalidad genética de la predisposición facilitadora de determinadas estructuras cerebrales para comprender entornos sociales y personales en los que la realidad de Dios y de sus cosas se hace presente. Para demostrarlo voy a entrar en el análisis actualizado del VMAT2, porque la auténtica competencia humana se adquiere cuando el conocimiento, las habilidades y las actitudes nos hacen libres de prejuicios y nos encontramos con nuestra soledad sonora, bien entendida, y nada más, en la incesante búsqueda de la verdad de la vida personal e intransferible.

Hasta donde la neurociencia llega hoy, se sabe que los transportadores vesiculares de monoaminas tipo 2, denominados VMAT2, en el cerebro, “… están localizados en las terminales presinápticas de las neuronas dopaminérgicas, serotoninérgicas y noradrenérgicas y son los encargados del transporte de serotonina, dopamina, norepinefrina e histamina” (2). Las terminales presinápticas son millones de centrales preparatorias que garantizan la mejor predisposición para los receptores postsinápticos más próximos, estableciéndose una danza maravillosa en el funcionamiento de la neurotransmisión (NT), que recomiendo conocer básicamente para comprender mejor por qué, por mera estimulación eléctrica y química de determinadas neuronas y solo en determinadas ocasiones, se busca el bienestar al que algunas personas llaman “Dios” ó “las cosas de Dios”, ó la llamada a acciones vinculadas con una determinada religión: “El cuerpo neuronal produce ciertas enzimas que están implicadas en la síntesis de la mayoría de los NT. Estas enzimas actúan sobre determinadas moléculas precursoras captadas por la neurona para formar el correspondiente NT. Éste se almacena en la terminación nerviosa dentro de vesículas (…). El contenido de NT en cada vesícula (generalmente varios millares de moléculas) es cuántico. Algunas moléculas neurotransmisoras se liberan de forma constante en la terminación, pero en cantidad insuficiente para producir una respuesta fisiológica significativa. Un PA [potencial de acción ó descarga eléctrica] que alcanza la terminación puede activar una corriente de calcio y precipitar simultáneamente la liberación del NT desde las vesículas mediante la fusión de la membrana de las mismas a la de la terminación neuronal. Así, las moléculas del NT son expulsadas a la hendidura sináptica mediante exocitosis” (3). Además, es importante saber que “un neurotransmisor (NT) es una sustancia química liberada selectivamente de una terminación nerviosa por la acción de un PA, que interacciona con un receptor específico en una estructura adyacente y que, si se recibe en cantidad suficiente, produce una determinada respuesta fisiológica. Para constituir un NT, una sustancia química debe estar presente en la terminación nerviosa, ser liberada por un PA y, cuando se une al receptor, producir siempre el mismo efecto. Existen muchas moléculas que actúan como NT y se conocen al menos 18 NT mayores, varios de los cuales actúan de formas ligeramente distintas”.

La clave en el proceso que analizamos radica en que las neuronas dopaminérgicas, serotoninérgicas y noradrenérgicas, con neurotransmisores encargados del transporte de serotonina, dopamina, norepinefrina e histamina, transportan proteínas, cuya composición depende exclusivamente del ADN de cada persona. El ADN está compuesto de cuatro bases, adenina (A), guanina (G), citosina (C) y timina (T) y su información se deriva del orden de las bases. Tres bases constituyen un aminoácido que dan lugar a una proteína respetando un orden preciso: “Los aminoácidos son importantes porque determinan las estructuras de las proteínas, que a su vez son elementos determinantes de la actividad biológica. Las proteínas son los armazones, las estructuras, que hacen cada célula y cada órgano distinto. Las enzimas, los catalizadores que dirigen las reacciones de las células vivas, son proteínas. Las hormonas, las moléculas que nos hacen hombre ó mujer, altos ó bajos, están compuestas de proteínas. Los neurotransmisores, las señales que les dicen a las células del cerebro qué es lo que está sucediendo, son proteínas. Nosotros somos proteínas, y su composición depende exactamente de nuestro ADN” (4).

Y en este marco de investigación surge VMAT2, en una conferencia del Dr. Hamer sobre la adicción en la que participaba junto al neurólogo George Uhl, al manifestarle éste que había encontrado algunas variantes de un gen llamado VMAT2. De allí surgió la posibilidad de investigar en el laboratorio una variación genética ó polimorfismo: la A33050C. Este nombre fija su posición exacta en la secuencia del cromosoma 10 del genoma humano donde está ubicado el gen (a título orientativo y con objeto de relativizar este hallazgo es importante saber que este cromosoma contiene 1.357 genes y se compone de 131.666.441 pares de bases (el material constitutivo del ADN) y representa entre el 4 y 4,5% del total de ADN en las células). De allí surgieron una serie de correlaciones entre los genotipos que contemplaban este marcador y las respuestas dadas en determinados test de personalidad. Se deducía en la mayor parte de las ocasiones que había una clara asociación entre el polimorfismo VMAT y la autotrascendencia: “los individuos con una C [citosina] en su ADN –en uno de los cromosomas o en ambos- puntuaban más alto que los que tenían una A [adenina]” (5). Y de aquí se sacaron conclusiones: el análisis confirmó que mediante métodos estadísticos, las mujeres son más autotrascendentes que los hombres, aunque el gen VMAT2 siempre es el mismo con independencia de la persona. Igualmente, no existía una correlación específica en razón de la edad: a cualquier edad puede “expresarse”. Tampoco se podía establecer una desigualdad por razón de etnia ó raza. Y la última tuvo que ver son los resultados sorprendentes que se obtuvieron de una muestra de 1.001 hermanos, de los que 106 parejas tenían un VMAT2 diferente: “los hermanos y hermanas con una C puntuaron por término medio 1,5 unidades más que sus hermanos y hermanas con A”.

Esta realidad del VMAT2 tiene que convivir en laboratorio con casi 35.000 genes que codifican permanentemente proteínas y cuyas funciones solo las conocemos en una tercera parte de ellos. Y que continuamente están procesando señales en el cerebro que interactúan entre sí. Además, se conoce también en el laboratorio que existe una correlación perfecta entre las monoaminas, las catecolaminas, desarrollando una neurotransmisión a través de la dopamina, la noradrenalina, la adrenalina, la serotonina y la histamina, atendiendo a la función del VMAT2, sin descartar nunca las múltiples expresiones e interacciones que también producen estas aminas. Y, lógicamente, las estructuras cerebrales afectadas por esta neurotransmisión, centros neurales tales como el sistema límbico, ganglios basales, hipotálamo y cerebelo, entre otros (recomiendo la lectura de los post de este cuaderno en los que trato estas estructuras cerebrales).

Desde hace más de cuarenta años llevo tratando, con conocimiento expreso de lo que significaban, estas dialécticas como experiencia personal: razón-ciencia, cuerpo-espíritu, hombre-Dios, creencia-agnosticismo, y teísmo y ateísmo. Y desde ese tiempo, he encontrado siempre una base de investigación que no cierra puertas del campo del alma científica en la razón que emana de las estructuras cerebrales, con el diseño que aprendí de Teilhard de Chardin, aunque la vida me obligara posteriormente a olvidarlo en los procesos de búsqueda tantas veces reiniciados en el laboratorio de la vida. Fundamentalmente, porque aprendí de Teilhard en la adolescencia, gracias a la predisposición genética de aminoácidos y catecolaminas, así como al encanto y desencanto que aprendí de personas y situaciones cercanas y muy concretas, que “el mundo sólo tienes interés hacia adelante”:

“el avance hacia el punto omega se concebía en tres direcciones. La primera, de una actualidad clamorosa, se refería a la investigación como motor imprescindible y necesario para el progreso de la humanidad. Teilhard estaba enamorado de la investigación científica y lo demostró con su aportación a la historia de la paleontología, geología y antropología. Creía que la investigación sería un acicate permanente para entender la vida. Cuando escuchaba el viernes pasado al profesor Juan Pérez Mercader, comprendí de forma exacta lo que Teilhard preconizaba hace muchos años: la necesidad de la ciencia, en definitiva, la perentoriedad del descubrimiento de la primera razón de la vida, de su primer vestigio, para entender la evolución de la humanidad: “todo se debe profundizar y todo se debe intentar”.

El progreso actual es maravilloso desde esta perspectiva. Cuando leía en el año 1966 que “un día, mediante el perfeccionamiento de las síntesis albuminoideas acaso el ser humano consiga producir vida”, vivía aquello como una profecía ilusoria que después se ha ido fraguando en el conocimiento profundo de los procesos vitales. La genómica está facilitando la lectura y comprensión del libro de instrucciones que cada ser humano lleva grabado en su existencia concreta. Y estamos cerca de descubrirnos tal y como somos, tal y como nos proyectamos para ser en la preconcepción y posiblemente se podrán enderezar las existencias torcidas por una programación genética “defectuosa”, que hoy denominamos enfermedad, locura, discapacidad u otras etiquetas sociales que nacen como metáforas del dolor. Teilhard lo intuyó en sus investigaciones: el ser humano llegará a tener un gran dominio sobre la vida psíquica, sobre el cerebro, sobre su razón de ser como es. Pero esta misma capacidad se proyecta a veces en inventar cosas peligrosas. Teilhard conocía la guerra, el frente en su sentido más primigenio, y la capacidad del ser humano para destruir en una contradicción sin límites. Actualidad pura.

La segunda dirección del progreso está en la investigación sobre la propia existencia del ser humano. Es la clave del Universo. Hoy se sabe que desde hace “solo” tres mil seiscientos millones de años hay vida en la Tierra y que también es posible que hubiera vida antes en otros planetas, sobre todo en el planeta rojo, Marte. También existe consenso sobre la datación de nuestros antepasados más próximos, en unos 30.000 años, bajo la figura de hombre de Cromagnon. Y la debilidad de Teilhard estriba en su antropocentrismo terráqueo como meta de la evolución, algo que se discute hoy ampliamente. Por ello es apasionante conocer cómo comenzó la vida y saber en un futuro próximo si ya hubo vida en otros planetas al margen o antes que en el planeta que actualmente habitamos. Descifrar al ser humano es probablemente el “código de vida” que puede dar parte de la solución, porque la vida ya estaba antes. Incluso los creacionistas más radicales y las revelaciones cosmogónicas más arraigadas aceptan el principio antecedente de la vida: los cielos, el suelo o tierra, la haz de las aguas, etcétera, fueron antes que el ser humano (berechit bará elohim at achamayim uet aarest”: “en el principio (alfa) creó Dios los cielos y la tierra”, decían los pueblos ribereños del Tigris y Eúfrates, en el actual Iraq).

La tercera dirección era propicia en el terreno en el que se desenvolvía Teilhard: la unión entre ciencia y religión. No se debe sacar de contexto su realidad católica (era sacerdote jesuita) y la explosión de la Iglesia jerárquica contemporánea (años de posguerra mundial), porque traducía el sentir de la época: después de tres siglos de lucha entre ciencia y fe, ninguna de las dos ha dejado a la otra fuera de combate. La ciencia sigue sin tener todas las claves de la existencia. Se sabe cada día más, pero el factor sorpresa es continuo. Y genera un discurso muy denso en todas sus publicaciones científicas, donde siempre hay un homenaje a la dialéctica ciencia-religión, encrucijada que estudié contemporáneamente hace cuarenta años y que era terreno propicio para deserciones o abrazos teologales.

El punto omega sigue construyéndose. Esa era la gran aportación de la creencia en el ser humano. Algunos científicos trabajan sobre el punto alfa, el origen de la vida, y así lo entendí en la exposición del profesor Juan Pérez Mercader. Solo queda que el siglo del cerebro nos depare descubrimientos importantes sobre las claves de la inteligencia. Nos aproximará a la referencia de omega como fin simbólico de la existencia humana. Entenderemos por qué nos preocupa saber el origen y final de nuestras vidas” (6).

Sevilla, 1/VI/2008

(1) http://www.joseantoniocobena.com/?p=90
(2) Quincoces, G., Collantes, M. Catalán, R. et allii (2008). Síntesis rápida y simplificada de 11C-(+)-_-dihidrotetrabenazina para su utilización como radioligando PET de los transportadores. Rev Esp Med Nucl. 2008;27(1):13-21.
(3) Rozado, R. (2007). Los neurotransmisores en general (recuperado de http://www.psicomag.com/neurobiologia/LOS%20NEUROTRANSMISORES%20EN%20GENERAL.php, el 31 de mayo de 2008).
(4) Hamer, D. (2006). El gen de Dios. Madrid: La Esfera de los Libros, p. 83.
(5) Hamer, D., ibídem, p. 102-106.
(6) http://www.joseantoniocobena.com/?p=105