El cerebro de Pinocho


Roberto Benigni, en un plano durante el rodaje de Pinocchio (imagen recuperada el 16 de noviembre de 2008, de http://www.sentieriselvaggi.it/articolo.asp?sez0=10&sez1=85&art=3142)

Muchas veces hemos escuchado los problemas que tuvo Pinocho con las mentiras, aunque la verdadera historia de este niño de madera no es la que conocí por ejemplo, en mi niñez, a través de Disney. Cuando crecemos tomamos conciencia de la verdadera dimensión de la mentira, una más de las tareas en las que se tiene que desenvolver la ética del cerebro y Pinocho pasa a segundo plano, quedando como distraído en un juego desconocido con el hipocampo, la sede de la memoria.

La dialéctica verdad/mentira ha dado siempre mucho juego en el terreno de la ética humana. Y las personas han estado siempre a mal traer con esta sofocante realidad porque la mentira es un componente de la conducta que toda persona aborda a lo largo de su vida y que todavía sigue siendo una gran desconocida. La mentira está ahí y aparece de forma muy violenta en nuestros hogares a través de los medios de comunicación y como espectáculo en torno a ella o a su contrario: la verdad: “Hasta ahora ha sido una posibilidad más o menos remota, y más o menos incómoda. Pero un tribunal en India lo ha convertido en realidad: una mujer fue condenada en junio por asesinato tras haber aceptado el juez como prueba el resultado de un detector de mentiras cerebral. La acusada —que se declara inocente y se sometió voluntariamente a la prueba— no tuvo que abrir la boca; su cerebro, supuestamente, lo dijo todo, y acabó inculpándola. La marea de reacciones no se ha hecho esperar, entre otras cosas porque la noticia cae en campo abonado“(1).

Con esta noticia se abre una vía de investigación muy severa para conciliar técnica con ética y, más en concreto, con neuroética. Lo que aporta hoy la ciencia es de una rotundidad clamorosa: estas técnicas, como la utilizada por el tribunal indio, no están reconocidas en la actualidad como eficaces y basadas en hipótesis científicas fiables, porque existe un principio en las neurociencias que desborda cualquier intento de hacer “foto fija” del cerebro, como ocurre con esta técnica y otras similares: polígrafos, detectores de temperatura del rostro, movimiento de ojos, etc.: la plasticidad, es decir, la movilidad continua de las neuronas en sí mismas y en sus interrelaciones (sinapsis) en el interior del cerebro. He recordado a tal efecto, una observación leída recientemente en un libro magnífico de José María Delgado García, Lenguajes del cerebro: “Nuestro cerebro cambia (es plástico, como se suele decir en el argot neurocientífico) al unísono con nuestro entorno físico aprendamos o no, recordemos u olvidemos” (2). Más o menos lo que ya recogía en este cuaderno de viajes digitales, de derrota, en un post específico, Las mudanzas del cerebro, en marzo de 2008: Las mudanzas han sido una constante en mi vida, porque he aceptado siempre con buen talante que en la vida se producen variaciones del estado que tienen las cosas, “pasando a otro diferente en lo físico ú lo moral” (Diccionario de Autoridades, RAE, 1734). Las he vuelto a revivir al leer una frase de un cómico americano Steven Wright, al afirmar que escribía un diario desde su nacimiento y como prueba de ello nos recordaba sus dos primeros días de vida: “Día uno: todavía cansado por la mudanza. Día dos: todo el mundo me habla como si fuera idiota”. Es una frase que simboliza muy bien las múltiples veces que hacemos mudanza en el cerebro porque cambiamos o nos cambian la vida (el estado que tienen las cosas) muchas veces a lo largo de la vida. Y el cerebro lo aguanta todo y…, lo guarda también. Es una dialéctica permanente entre plasticidad cerebral y funcionamiento perfecto del hipocampo (como estructura que siempre está “de guardia” en el armario de la vida).

Pero la gran pregunta desea abrirse pasos en este post: ¿Por qué mentimos y, además, a través de las estructuras del cerebro? En primer lugar hay que ponerse de acuerdo sobre qué significa “mentira”: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa (RAE-DLE, 22ª ed.), ó qué se entiende por “mentir”, en sus cinco acepciones oficiales: 1: decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa, 2. inducir a error (mentir a alguien los indicios, las esperanzas), 3. fingir, aparentar (el vendaval mentía el graznido del cuervo), los que se mienten vengadores de los lugares sagrados, 4. falsificar algo y 5. faltar a lo prometido, quebrantar un pacto.

En este país estas son las acepciones principales, modificadas conductualmente en función de creencias personales y colectivas, con cargas éticas de arraigo muy importante. Y después, las patologías en torno a la mentira. Y poco a poco se va abriendo paso una realidad irrefutable: a través de las técnicas de imagen, como la resonancia magnética nuclear funcional (RMNf), se deduce que se puede llegar a saber si al hablar mentimos o decimos la verdad y nada más que la verdad. Pero no es tan fácil reproducir lo que realmente ha pasado, porque cuando se reproduce la imagen ya nada está pasando. En el artículo citado anteriormente, José María Delgado García decía en tal sentido: “Los escáneres cerebrales para detectar mentiras parten del principio de que el cerebro trabaja más para mentir. Pero ¿y si el sospechoso cree cierto un hecho falso? Si un psicópata sin remordimiento alguno engaña tranquilamente a un polígrafo, ¿qué dirá un cerebro con falsos recuerdos? “Los resultados serían muy distintos si el sospechoso fuera un neurótico frente a un psicópata; el primero puede tender a autoculparse, y el segundo ni se emociona con la rememoración del caso. Si ya es difícil saber la verdad con palabras, ¿por qué esperan que sea más fácil registrando la actividad cerebral?”.

Lo verdaderamente preocupante es que bajo este halo científico de fondo, no demostrado todavía con rigor extremo, la Administración americana ya incluye esta batería de pruebas en el acceso de funcionarios al Pentágono. Vicios privados, públicas virtudes, una vez más. En cualquier caso, las neurociencias avanzan que es una barbaridad y no está lejano el día en que podamos interpretar el funcionamiento real de determinadas estructuras del cerebro. Comparto la visión de Agnés Gruart, neurocientífica de la Universidad Pablo de Olavide, según manifiesta en el artículo de referencia: “El cerebro funciona por la activación de determinados circuitos cerebrales en un tiempo y un orden determinados, así que es perfectamente correcto que alguien determine mediante técnicas de neuroimagen o similares dónde se produce dicha activación, y sus características. El problema es que aún no podemos interpretar de forma precisa este funcionamiento. Todo el comportamiento y el pensamiento están producidos en el cerebro; con más información y refinamiento técnicos podría llegar a describir cómo se generan el comportamiento y el pensamiento”.

Llegará el día que sepamos con exactitud qué mecanismos se activan y desarrollan en estructuras cerebrales que permiten mentir o decir la verdad. Pero, ¿por qué ocurre esta acción tan humana? Es una pregunta que hoy no tiene respuesta fuera de los circuitos de las creencias, porque también está demostrado que determinadas respuestas nos desbordan: muchas veces no quisimos hacerlo o decirlo (decir la verdad/mentir). Y, al menos, no deberíamos cargar con sentimientos o complejos de culpa lo que solo es un mecanismo cerebral. Nada más. Porque Pinocho y las creencias personales y sociales ya se encargarán, desgraciada ó afortunadamente, de hacer el resto, es decir, de alargar la nariz a todas, a todos. Ya lo decía el Diccionario de Autoridades al referirse al lema “mentir”: “Si mintió en cosa de la Fe, Escritura Sagrada, ó de vicios ó virtudes, mortal de suyo” (Diccionario de Autoridades, RAE, 1734, p.545, 2).

Sevilla, 16/XI/2008

(1) Salomone, M. (2008, 19 de septiembre). Tu cerebro te puede delatar. La intimidad del pensamiento peligra. Nuevas técnicas para leer la mente impulsan el detector de mentiras para acusados y empleados, El País, p. 36.
(2) Delgado García, J. M. (2008). Lenguajes del cerebro. Sevilla: Letra Aurea, p. 137.

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