Anónimos de solemnidad

Emigrantes, Shaun Tan

Noticia del sábado 19 de septiembre de 2009: una patera ha naufragado a primera hora de la mañana cerca del islote de Perejil, en aguas jurisdiccionales de Marruecos. Hasta el momento han sido localizados los cadáveres de ocho tripulantes (….) Siete de las ocho víctimas son mujeres y hay alguna embarazada. En la embarcación viajaban unas 40 personas [quizá 60], de las que tan solo once han sido rescatadas con vida: cuatro mujeres y siete hombres. El naufragio de hoy eleva a más de 70 cifra inmigrantes muertos en 2009.

Noticia de 20 de septiembre de 2009: “Creían estar viendo los destellos de un faro. Habían salido sobre las cinco de la mañana para adentrarse en el Estrecho con destino a las costas españolas y poco después estaban perdidos. Uno de los tripulantes de la patera cogió su móvil y llamó al 112. “Dijo que veía las luces de un faro. Y eso hacía suponer que estaban cerca”, dice una fuente de la Cruz Roja. “Pero parece que no habían salido de las aguas de Marruecos”. El sueño de cada una de las personas que viajaban en aquella embarcación -entre 36 y 40, según han declarado los supervivientes- se fue al traste nada más salir. Seguramente, habían hecho ya lo más duro: atravesar el desierto desde varios puntos de África Occidental durante meses y sobrevivir en Marruecos durante otros tantos. Les quedaban sólo doce kilómetros para llegar a su objetivo, pero la embarcación neumática en la que navegaban volcó en las proximidades del Islote Perejil, en aguas jurisdiccionales marroquíes”.

Noticia del martes 22 de septiembre de 2009: Ayer se cumplió el tercer día de la búsqueda de los inmigrantes desaparecidos el pasado sábado al volcar la embarcación en la que viajaban frente al islote de Perejil. Los resultados siguen siendo negativos.

Noticia de hoy: la tragedia de Perejil ha dejado de ser noticia.

Mientras, como no me quedo tranquilo, vuelvo a leer un post que escribí en 2006 y que me conmueve siempre por su historia de secreto: La parábola de los eritreos. Los nuevos pobres de solemnidad. Anónimos, a palo seco. De vidas en busca de luces de faro, porque todavía sigue vigente aquella pintada que descubrí en una pared de Sevilla en 1977: «A los de vida destrozada, ¿quién los reivindica?»

Sevilla, 23/IX/2009

El orgullo de Apeles (parábola actual)

Sandro Botticelli, La calumnia de Apeles (1495)

Cuentan las buenas lenguas, ¡menos mal en los tiempos que corren!, que Apeles de Cos, era un pintor griego, muy protegido por Alejandro Magno, del que no conocemos obra alguna que podamos valorar, pero que era reconocido en el orbe mundial por su “gracia” especial para reflejar la realidad griega en sus obras. Y cuentan también que una vez pronunció una frase, quizá impertinente, pero que dejaba ver a través de sus pinceles su auténtica persona de secreto: Ne supra crepidam sutor judicaret: el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias. ¡Valiente atrevimiento el del zapatero! Todo, porque contemplando un día una obra suya, ya había mostrado su insolencia al hacerle un comentario, a priori constructivo, sobre un fallo en el diseño de las sandalias del cuadro. Apeles, todo orgullo, corrigió el fallo. Y cuando pensó que el zapatero ya no hablaría más, ¡zás!, vuelta a empezar. Ya no solo estaba el fallo en las sandalias, dijo el humilde zapatero, sino también en la forma de las piernas pintadas en el cuadro. No sabemos si siguió opinando sobre otras zonas del cuerpo pintado por Apeles, ante su monumental enfado. Solo que le espetó la enigmática frase que después ha derivado en otra más popular: Ne supra crepidam sutor judicaret.

Ya sabemos. Cuando se emite un juicio sobre los demás, hay que ser cautos porque Apeles hay en todas partes, zapateros también, y es probable que debamos mirar antes a nuestros pies para que no se descubra la debilidad de nuestro cerebro. Ya comprendo mejor la frase popular: ¡zapatero, a tus zapatos!, porque de piernas, brazos y cabezas mal pintados, en el ámbito político, andamos sobrados todos.

Sevilla, 13/IX/2009

Ética cerebral (I): ¿instinto ó aprendizaje?

René Magritte, La chambre d´ecoute, 1958

Llevo mucho tiempo pensando en escribir un ensayo sobre esta asombrosa pregunta, resumida en un dilema que nos aprisiona en vida: ¿por qué somos buenos ó malos?, o mejor, ¿por qué actuamos bien ó mal?, incluso con extrema violencia, o peor todavía ¿por qué cuando queremos hacer las cosas bien, salen mal, y además nos autoinculpamos o lanzamos las responsabilidades hacia los demás, sin com-pasión [sic] alguna? Los que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, lo teníamos fácil, en principio. Esas preguntas, que son terrenales para las Iglesias, solo tienen una respuesta clara y contundente en la católica y la judía: la responsabilidad de actuar mal, cuando lo tuvimos todo a favor, para actuar bien, es de nuestros antepasados, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?).

La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos nos ofrecieron para justificar razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta que encabeza este post, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

Inicio con este post una serie que tengo estructurada en capítulos que en algún momento constituirán páginas de un ensayo querido. Hoy solo quiero hacer la presentación, apoyado por un científico que ha trabajado en los últimos quince años sobre esta investigación científica, Marc Hauser, sobre el que ya hice alguna presentación en el post Ética del cerebro, texto premonitorio de la investigación que pretendo llevar a cabo. En su libro “La mente moral”, parte de un planteamiento apasionante que será hilo conductor de mi pre-ocupación actual en este campo de investigación psiconeurológica: “hemos desarrollado un instinto moral, una capacidad que surge de manera natural dentro de cada niño, diseñada para generar juicios inmediatos sobre lo que está moralmente bien o mal sobre la base de una gramática inconsciente de la acción. Una parte de esta maquinaria fue diseñada por la mano ciega de la selección darwiniana de años antes de que apareciera nuestra especie; otras partes se añadieron o perfeccionaron a lo largo de nuestra historia evolutiva y son exclusivas de los humanos y de nuestra psicología moral. Estas ideas se basan en lo que nos permite descubrir otro instinto: el lenguaje” (1).

Creo que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión ú omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos. Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad ó a las personas, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma ú otra.

Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en la famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (2).

El cerebro contiene un instinto básico que nos lleva a actuar bien o mal con patrones construidos hace millones de años. La estructura cerebral reptiliana que todavía permanece en nuestro cerebro guarda un gran misterio de millones años que debemos descubrir. Es probable que de esta forma sufriéramos menos en el difícil día a día de nuestra existencia y comprendiéramos mejor nuestros propios actos sorprendentes y, lógicamente, los de los demás, aprendiendo qué es la com-pasión (el sufrimiento con o junto a los otros). Básicamente en términos de responsabilidad personal y social, sabiendo que “responsabilidad” es la capacidad de dar respuesta individual o colectiva, con conocimiento y libertad como sus dos elementos esenciales, a cualquier situación que se nos presenta en el acontecer diario. Bien o mal, y hasta qué grado de compromiso o consecuencia, es harina de otro costal. Quizá, de un conjunto de estructuras cerebrales en funcionamiento permanente, sin descanso, que todavía no conocemos, bajo el mando del cerebro reptiliano todavía presente en las llamadas respuestas éticas.

Sevilla, 6/IX/2009

(1) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.
(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”