Soñar en Afganistán


Niño afgano. Fotografía recuperada del blog: Marta mira alrededor, el 31 de agosto de 2009

Leyendo el reportaje sobre Afganistán, “Democracia entre susurros” (Magazine del 16 de agosto), podemos constatar que la lucha por la libertad en ese país es muy difícil, casi un sueño, al encontrarse muchas personas con el “corazón negro”, en palabras de comerciantes que se asombran por presenciar las compras imposibles en cualquier calle comercial, donde el miedo hace estragos a diario por bombas. Esta situación tan oscura obedece a la negación permanente de la inteligencia humana, al estar instalados en el gobierno unos señores de la guerra analfabetos que son protegidos, paradójicamente, por algunos gobiernos occidentales, en una visión del mundo al revés que se simboliza en el símbolo de urnas electorales transportadas a lomos de asnos, que todavía son leales.

Por otra parte, he sabido hoy [18 de agosto de 2009, dos días antes de las elecciones generales] que a preguntas de un periodista, un niño afgano en Kabul, aguador profesional, vive con la ilusión de volar muy alto porque quiere ser piloto. El problema radica en que cuando se le pide que concrete el sitio, no sabe responder sobre lugares alternativos a su dura proximidad, porque no conoce otra posibilidad que volver a su casa cada día, volando bajo, con unos cuantos afganis que recauda, quizá, por la sed de expertos en matar sueños.

Carta publicada en la revista dominical Magazine, el 30 de agosto de 2009

El cerebro cotilla

Vivimos una época resplandeciente de cotilleos, chismes y cuentos. Basta repasar las programaciones de los medios de comunicación y, básicamente, de revistas y cadenas de televisión, para concluir que el cotilleo campa a sus anchas. Muchas veces me he preguntado a qué se debe tal éxito social y desde mi pre-ocupación científica principal, es decir, cómo se comportan las estructuras del cerebro en la vida diaria, me he preguntado qué mecanismos se desencadenan en el cerebro de las personas cotillas, de las cotilleras y cotilleros, para que se obtenga tanto beneficio personal, familiar y social.

Diccionario de Autoridades. Real Academia Española, 1729 (pág. 645,2)

Mi primera aventura investigadora la he centrado en averiguar cómo se fijó, limpió y dio esplendor a la palabra “cotilla” en la sociedad española, en su modo de hablar, sabiendo que cuando se construyen palabras es porque se introyectan en el lenguaje de una sociedad por aceptación popular. La primera vez que se encuentra la definición oficial de “cotilla” es en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia, de 1729 (pág. 645,2), como diminutivo de la “cota”, es decir, un jubón sin mangas, una especie de armadura que se usaba en principio de cueros y después de mallas de hierro o de alambre gordo [sic], y que después se “suaviza” como una casaca de tela, embutida con barba de ballena y pespunteada, recogiendo en esta primera acepción un poema de la Autoridad de la época:

Éste, pues, por sus pecados,
Quiere a una niña de plata,
De esas de cotilla de oro,
Y de tabí de enaguas.

Es en 1927 la primera vez que se introduce en el Diccionario de la Real Academia (RAE Manual 1927, pág. 593, 1-2) un dibujo de la cotilla. Y hay que esperar hasta 1936 a que se introduzca, por primera vez, una segunda acepción del lema “cotilla” como mujer chismosa y parlanchina (RAE U 1936, 365,1). Asimismo, se introduce también una segunda acepción en el lema “cotillero”, con la siguiente definición: persona amiga de chismes y cuentos (RAE Usual 1937, pág. 365, 1). Creo que las fechas no son inocentes y coinciden con una etapa histórica del país, la II República, que permitía estas libertades, aunque con un severo toque machista, que todo hay que decirlo y que fija definitivamente el Régimen, manteniendo la acepción sin cambio alguno en sucesivas ediciones. En la edición de 1956, es la última vez que se incluye la acepción de “cotilla” como mujer chismosa y parlanchina. Es en la edición de 1970 cuando se introduce por primera vez en masculino y femenino la definición de cotilla (segunda acepción), como persona amiga de chismes y cuentos, que se ha mantenido hasta la última edición de 1992 (22ª). Es en esta edición donde se consagra también el lema “cotilla” como segunda acepción de la palabra “cotillero”, introducida en 1937, como persona amiga de chismes y cuentos.

Esta intrahistoria del vocablo traduce la actividad cerebral de la persona cotilla, como una acción vinculada en principio a mujeres, cotilleras, de por sí chismosas y parlanchinas, pero que posteriormente se reconoce a toda persona que es amiga de chismes y cuentos, sin olvidar que al unirse la palabra “cotilla” al vocablo cotillero, se puede deducir claramente que la actividad de cotilleo se llevaba a cabo, fundamentalmente, en los talleres de los cotilleros, artesanos nada inocentes y siempre rodeados de mujeres a las que hacían los ajustadores de ballenas. Me quedo con la última acepción extendida a toda clase de personas, para intentar dilucidar por qué el cerebro construye este rasgo de personalidad, de tanto éxito en el momento actual. Y los sucesivos diccionarios de la Real Academia son implacables desde el siglo XVIII con los chismes y con las personas chismosas, como identificador de este rasgo tan peculiar: persona que es cuentista, enredadora y que se ocupa en meter cizaña entre amigos y parientes y persona que es pesquisidora de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa (RAE A 1729, 325,1), ésta última definición atribuida a Fray Luis de León, en La Perfecta Casada §.9. Porque el chisme es murmuración o cuento con que alguno intenta descomponer una persona con otra metiendo cizaña, y refiriendo lo que no tiene necesidad de que se sepa. Chisme viene del latín Schisma, por ser este el efecto del chisme, la separación, el cisma, que siempre causa discordias y malas avenencias.

¿Por qué construye el cerebro chismes y cuentos, como perfecto cotilla? Sin lugar a dudas porque esta actividad produce bienestar y satisfacción en muchas personas, a través de neurotransmisores amables para determinadas estructuras cerebrales. Porque el cerebro, a través del sistema límbico, siempre busca el mejor camino para la satisfacción, porque garantiza el bienestar diario, aunque sea momentáneo, a ráfagas. El cerebro, que aprende perdiendo y ganando, agota el conocimiento de lo que pasa, como “pesquisidor” de cuanto sucede a nuestro alrededor, aunque no seamos conscientes de ello, sea o no verdad. Siempre está grabando por diversas “pistas” e intenta recuperar aquello que causa satisfacción, recuperando lo que ha guardado en el hipocampo. Y en esta actividad frenética interviene el aprendizaje respecto de lo que acontece en cada vida, desde la preconcepción, donde el adiestramiento en este tipo de actividades, fabricar chismes y cuentos, puede ser una actividad perfectamente asumida en entornos familiares, laborales y de amigos. Si además, socialmente hablando, causa reconocimiento e hilaridad, por lo que se dice y se comenta, el bienestar está servido. Multiplicando el bienestar oculto o expreso, por cien, si estos chismes o cuentos se fabrican por periodistas científicos, que es como se denominan hoy determinados cotillas profesionales, como patente de corso de lo que ocurre en los entornos cotillas de papel cuché o de la alta definición. Multiplicando los cachés de chismosos y cuentistas, de las marcas comerciales, de las empresas de publicidad. Con el dinero de todas y todos los cotillas, al comprar y consumir aquellos productos que se introducen en la cadena de anuncios del programa de cotilleo, como descanso en el papel investigador de la vida de los demás, a cualquier precio, porque a mayor audiencia, mayores ingresos, a costa de los pesquisidores de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventores, parleros y chismosos.

El pasado 26 de agosto leí un post en el blog de un periodista muy querido, Juan Cruz, que llevaba por título “El gen del cotilleo”. Termino este post con sus palabras, porque resumen muy bien hasta donde puede llegar el cerebro humano, cotilla y cotillero, que no puede con ese gusano de la aparente felicidad: “El cotilleo es como el gusano inservible de las frutas, lo quitas y parece que la fruta ya no está contaminada por la actividad modesta e insistente del gusano. Pero el gusano, en el mundo de la información malsana, es decir, del cotilleo, el rumor y la difamación, que muchas veces están juntos, es como un gusanillo, intriga su cuerpecillo, lo vemos deambular en torno nuestro y no nos decidimos a matarlo; creemos que es, tan solo, una sombra, y termina apoderándose de la fruta. Este contagio del cotilleo está afectando a la conversación cotidiana, daña a la esencia de lo que nos decimos y abre la puerta para aventuras aún más arriesgadas, en las que se pone en peligro la estima de los otros, y, aunque eso no se note en la superficie, nuestra propia autoestima. Ayer hablaba Gaspar Llamazares en el Congreso de “las mentiras de destrucción masiva”. Hay mentirijillas que si se ponen juntas, y se animan a través del cotilleo, destruyen masivamente no sólo la conversación sino la reputación de las personas, generan un bicho bochornoso del que se tendría que prevenir la sociedad, y no sólo la sociedad de la cultura, la política o el espectáculo, sino la sociedad entera, que un día va a encontrarse que no halla otro tema de conversación que la que propone el cotilleo como materia informativa. El gen del cotilleo está excitadísimo, no le demos tregua”.

Sevilla, 29/VIII/2009

La historia de Erika

http://obrasocial.lacaixa.es/

Comprendo que detrás de Erika está una entidad financiera, sujeta a todo tipo de opiniones y críticas. Pero tengo que reconocer que junto a la estrategia comercial de la misma, hay que aceptar la realidad de lo que señala: el estrago de la pobreza en España, también en mi “ciudad de las personas”, Sevilla, que también “de los pobres”, y las palabras de Erika, en su pequeña historia con alma, me han hecho reflexionar muchas cosas. Por este motivo, las recojo en este post, sin agregar nada más, porque por sí solas pueden volar para posarse, en el silencio digital, en personas con alma…

Yo no tengo cosas…
Lo único que tengo son los libros y ya está

A ver… sé cocinar, sé limpiar,
sé hacer la compra, poner lavadoras…

No sé… cuidar a mis hermanas,
ayudarlas en los deberes, ducharlas y todo esto.

Me hubiera gustado no ser tan mamá.

Yo prefiero estar en el colegio antes que en mi casa
con problemas, pero claro si no podía irme…

Por eso también faltaba porque tenía que estar al cargo
de mis hermanas mientras mi madre trabajaba y eso.

Habrá que apechugar con lo que haiga [sic].

Me gustaría sacarme una carrera…
de profesora… de matemáticas.

Sevilla, 23/VIII/2009

Frecuentando la locura

Alicia, la del País de las Maravillas, no quería andar entre locos. Pero el Gato, de forma socarrona, le advierte: Me parece difícil que puedas evitarlo; aquí todo el mundo está loco. Traigo a colación esta reflexión después de haber leído un libro precioso, El nuevo elogio de la locura (1), de Alberto Manguel, autor al que sigo desde hace muchos años. Mejor dicho, sigo su locura por el desarrollo del conocimiento a través de la lectura.

Estamos rodeados de locura. Nos envuelve. Si estamos atentos a los medios de comunicación social, creo que es fácil detectar que algo pasa en el mundo actual que no nos gusta, porque no es que pasen más cosas a diario, es que las conocemos al momento: está pasando, lo estamos viendo, como reza un eslogan de una cadena de televisión. E integramos las locuras como si no pasara nada: crisis, paro, gripe A, guerras, atentados, violencia de género, pateras, jóvenes subsaharianos vendiendo pañuelos fabricados por el primer mundo, regulaciones de empleo, fichajes de Ronaldos, morosidad, sálvame, sálvanos, etc.

Y quizá sea un gran remedio saber leer entre líneas todo lo que está ocurriendo. Pasan más cosas que antes: NO. Lo que ocurre es que ahora las conocemos inmediatamente y con profusión de detalles, hasta una desvergüenza fuera de toda ética privada y pública. Cuando yo era pequeño, por ejemplo, mucha gente tenía que esperar hasta la semana siguiente para leer en El Caso los detalles de la locura organizada. Eran días y horas de desconocimiento y de elucubración solo contenida por las emisoras de radio. Por cierto, entre serial y serial, que no sé lo que era peor, sí escuchar o leer. Por cierto, en medio de una censura atroz, para no alterar la charanga y la pandereta. Pero solo se conocía lo que otros querían que se supiera. No se podía conocer como ahora la locura de lo que estaba pasando realmente en la sociedad más próxima, ni por supuesto en la lejana.

La locura actual está teñida de un principio de Sófocles, entre otros: la existencia más placentera consiste en no reflexionar. Dice Manguel que “la locura, degradada a mera torpeza, a una estupidez voluntaria que se hace evidente en casi todos nuestros actos cotidianos, ha adquirido prestigio universal y se ha convertido en motivo de jactancia. La locura sublime no inspira gran respeto, mucho menos se la alienta. Lo que importa es el poder, y las ganancias adquiridas a través del poder. En nuestra época, la meta reconocida es ser percibido como un necio poderoso”.

La locura no es una señora con un gorro de puntas de las que cuelgan cascabeles, en un nuevo acto machista por asignación de este rol pérfido a la mujer. La locura puede ser entendida en su sentido más noble como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo (2), aunque si la naturaleza humana no responde a las necesidades diarias, la gracia nunca puede presuponer lo que naturaleza no da (gratia non datur, natura dispensatur). El famoso cuento del violín, escrito por Federico el Grande, lo resume muy bien: la vida me pide, a veces, que toque el violín solo con tres cuerdas, luego con dos, luego con una [cada una, cada uno que ponga otro nombre a las cuerdas de su locura…], pero los resultados son obvios, la locura crece:

Os pido, si os place, que este cuento
Os enseñe, queridos amigos,
Que por grande que sea el talento
El arte no se basta sin los medios

Sevilla, 21/VIII/2009

(1) Manguel, Alberto (2006). Nuevo elogio de la locura. Barcelona: Lumen.
(2) Manguel define así a un lector ideal, junto a otras muchas definiciones: “Robinson Crusoe no era un lector ideal. Lee la Biblia para hallar respuestas. Un lector ideal [de lecturas especiales] lee para encontrar preguntas” (los corchetes son míos).

El espejo imperial (de un emperador o presidente actual con traje nuevo…)

Hace muchos años, trabajé con ilusión desbordante en un Proyecto digital muy revolucionario, implantado en todos los hospitales públicos de la Comunidad Autónoma de Andalucía. Se llamaba y se llama “Mundo de Estrellas”, mediante el cual las niñas y niños ingresados por enfermedades de diferente origen, podían encontrar en las tecnologías, mediante mundos virtuales, un aliciente para pasar horas de diversión y aprendizaje social en los hospitales: navegación, chat y “quedadas” virtuales en la discoteca virtual, llenaban tiempos imposibles de estos niños y niñas, en Andalucía.

Había conocido años antes una experiencia dirigida por Steven Spielberg, el proyecto Starbright (hoy Starlight), del que aprendí muchas cosas. Pero me llamó la atención la publicación de un cuento, El traje nuevo del emperador (1), editado por la Fundación del mismo nombre y con el prólogo de Spielberg, que servía para financiar una parte de los gastos de los diferentes Proyectos de la Fundación, que recomiendo en su versión al castellano y por sus magníficas ilustraciones, que suelo leer a menudo, sobre todo para refrescar siempre una recomendación del afamado director: ¡Cuidado con los tejedores espabilados!

La nueva versión del cuento de Andersen, no tiene desperdicio. Pero una interpretación de una de sus autoras, la actriz Geena Davis, sobre el espejo imperial en el que tantas veces se debe mirar un emperador de hoy que se precie de serlo, me ayuda a entender lo que humanamente no hay por donde cogerlo cuando se habla tanto de los regalos a determinados altos mandatarios de este país, durante el ejercicio público de sus funciones. Lo transcribo tal cual, esperando que me perdone Geena y la Fundación si hago uso indebido del mismo, aunque cumplo una misión tradicional y consustancial con los contadores de cuentos: utilizar solo la palabra, el boca a boca ó el bit a bit, para transmitirlo.

El espejo imperial

Como lo cuenta Geena Davis

Soy PERFECTO

No bromeo, soy perfectísimo. Reflejo las cosas exactamente como son. Soy incapaz de cometer un error.

Es cierto que el emperador y yo hemos discutido a menudo por unos cuantos kilos o por la progresiva extensión de su calva, pero por lo general termina aceptando mi punto de vista. Por esta razón me había divertido tanto con la farsa de los tejedores. Estaba seguro de que una vez que el emperador se contemplara en mi luna el día de la gran prueba final vería la verdad: los ladrones quedarían en evidencia, y al final todos nos desternillaríamos de risa.

Pero no: el emperador se plantó delante de mí y nos miramos el uno al otro. Con los ojos buscaba el reflejo de su persona pero no podía dejar de mirar los de sus consejeros, que seguían el “ensayo general” desconcertados. Estoy convencido de que Su Majestad vio lo que yo, sin dejar lugar a dudas, reflejaba: un emperador prácticamente desnudo, enmarcado en un espejo; un par de nerviosos “tejedores”; el transparentemente siniestro primer ministro, y todo el cabeceo aprobatorio de la corte imperial de tontos.

Sin embargo, no dijo esta boca es mía. Nadie dijo una palabra. Yo casi me hago añicos por la frustración. Había creído que el emperador era un hombre sensato. ¡Por mi gloria! ¿Es que no se daba cuenta?

Y colorín, colorado, este cuento, por desgracia, todavía no se ha acabado…

Sevilla, 18/VIII/2009

(1) The Starbright Foundation (1998). El traje nuevo del emperador. Barcelona: Ediciones B.

Post-Low 3: regalos a los altos funcionarios de cualquier imperio

POST LOW

En los primeros días de agosto leí un artículo muy recomendable sobre regalos y corrupciones, a altos cargos públicos, a cualquier empleado público, algo tan de moda en estos tiempos. En este caso, sí que sobran muchas palabras…

7. En el imperio romano ya se hacían regalos a los cargos públicos. Se llamaban “xenias”.

8. Caracalla, a través del jurista Ulpiano, nos transmite ideas sobre los regalos: Ni todo, ni siempre, ni de todos.

9. Es más, “un procónsul no puede privarse totalmente de xenia…”

10. Sigue: “rehusar de todos es una falta de educación, pero aceptar siempre parece de indecentes”

11. Y finaliza así: “despreciable aceptar de todos y avaricioso aceptarlo todo”.

12. Ver de forma extensa en: De regalos y corrupciones

Sevilla, 18/VIII/2009

Post-Low. Ni 160, ni 140: 120 caracteres

POST LOW

A modo de propuesta para la Noosfera, presento una nueva serie de post-low, ¿se podría llamar así?, para enlazar las redes sociales con la blogosfera, y viceversa, aunque la diferencia reside en que puedo concatenar series completas de post-low, como los que siguen, para ser tratados de forma diferencial, después, en cualquier dispositivo electrónico construido para buscar islas desconocidas desde la levedad del ser humano.

1. Los nuevos artilugios electrónicos nos exigen brevedad, que si buena, dos veces buena.

2. Los SMS no toleran más de 160 caracteres. Twitter, 140. Podríamos probar con post que no superen los 120.

3. Inicio así un camino de brevedad y levedad en el ser humano, porque empiezan a sobrar palabras para comunicarnos.

4. Es probable que se inicie una Olimpiada de la brevedad, hasta llegar a las cero palabras. Estamos en la era low. Todo es low.

5. Paradoja low: cien mil millones de neuronas esperan millones de descargas eléctricas con sentimientos y emociones para construir palabras.

Sevilla, 15/VIII/2009

Aviso para navegantes: desde hoy, gorjeo en la siguiente dirección de Twitter: https://twitter.com/PostLow