El cerebro necesita poesía, cada día…

JUAN COBOS

Escribo este post como homenaje expreso a un amigo del alma, Juan Cobos Wilkins, quizá ahora tan tarde, pero al que he profesado siempre respeto y admiración. El me entregó lo mejor de él en años muy conflictivos en una ciudad diseñada por el enemigo, Huelva, comprometiéndonos con su progreso, cada uno en lo que mejor sabía hacer. Con un prólogo precioso a mi libro, Teatro de barrio, lo mejor de sus páginas. Hoy, a través de este blog, simbolizo que el mundo de la memoria sólo tiene interés cuando va hacia adelante, aunque su especialidad sea ir hacia atrás. Paradojas de la vida, aunque seguro que los dos sabríamos escribir un nuevo guión para Errol Flynn, siempre como miembros de un séptimo de caballería muy particular, sabiendo que los indios sioux de cualquier Caballo Loco de hoy están siempre en el desfiladero y que al final del mismo nos espera Olivia de Havilland, cada uno en su reinterpretación personal, que en mi caso, sé muy bien quién es. Porque la respeto, quiero y admiro. Viviendo los dos con las botas puestas.

Amor y poesía, cada día. Así iniciaba muchas jornadas de trabajo en la Casa-Museo Zenobia-Juan Ramón, en Moguer, en 1978, con el permiso amable de Pepito, el guía por afecto a una causa no perdida, una persona extraordinaria que me hizo muy fácil vivir en tiempos revueltos, porque leía en tonos rojos esta frase que rodeaba el arco de la escalera de acceso a la planta alta de aquél entrañable Museo. Lo he recordado estos días al leer un libro de poesía, Para qué la poesía, de Juan Cobos Wilkins, al que sabe que aprecio desde que nos conocimos en 1982, en Huelva, con el agradecimiento expreso por todo lo que aprendí de él y sigo conservando en mi memoria de hipocampo.

El libro es un homenaje sentido del olvido, la incapacidad de comunicación y la metáfora como salvación, con el que ha conseguido el XVI Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja. Lo compré de inmediato porque siempre tengo una deuda con Juan, al que debo mucho en mi aprendizaje de personas de secreto y porque su nombre me trae a la memoria de hipocampo momentos inolvidables de diálogo compartido, en soledad y acompañados por personas a las que queremos. Quizá sea su explicación de contexto en la visita que hicimos a Peña de Hierro, en Nerva, el 31 de diciembre de 1982, la experiencia que más huella me ha dejado en mi cerebro de secreto.

Y qué curioso es que aunque por caminos distintos, los dos hemos trabajado sobre la memoria, hasta encontrarnos de nuevo. Por su parte, porque toda su obra es un canto permanente a su excelente memoria, devolviéndonos permanentemente su experiencia sentida a través de las palabras en prosa o poesía. Con la excelencia que él lo hace siempre. Por la mía, porque desde 2005, fecha en la que comencé a escribir en este cuaderno de derrota, en términos próximos al mar, la estructura del cerebro que aloja a la memoria y allí reside durante toda la vida o hasta que el zaratán del Alzheimer la destruye, es decir, el hipocampo, mejor, el caballo encorvado, ha sido una constante de compromiso activo en el blog, porque siempre me ha preocupado desentrañar el conocimiento de la misma, porque recordar y predecir, aunque sea a través de metáforas, como le gusta explicar a Juan, es imprescindible para la salud mental: “He comenzado a leer un libro sorprendente, Me acuerdo (1), que simboliza una actividad cerebral de importancia transcendental en la vida de las personas. Recordar o no recordar, esa es la cuestión. He llegado a esta lectura por dos razones fundamentales: la localización del libro a través de un artículo de Guillermo Altares, Cuando un recuerdo es algo que tenemos (2), y mi permanente actitud de investigación sobre las estructuras cerebrales que nos permiten recordar a través de la memoria. Una aventura apasionante”.
Dice Altares que “Esa mezcla, lo que tenemos, lo que hemos perdido, es lo que nos convierte en nosotros y el pintor Joe Brainard (1942-1994) encontró una fórmula maravillosa para navegar por la memoria, los Me acuerdo…”. Efectivamente, la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria -¿viña?- de cada una, de cada uno”.

He explicado la estructura del hipocampo, en un post, El caballo encorvado: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum, (la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera” [3]. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

Juan Cobos Wilkins, describe muy bien qué significa perder esta maravillosa realidad cerebral, en su primer poema: MATER, del que reproduzco los versos introductorios:

Ya sé que no te acuerdas, madre, no te acuerdas.

Bajo el cabello blanco, una goma de borrar –no como aquellas
de infancia que olían a vainilla- hecha de niebla
y humo todo lo difumina, lo desvanece todo. Y sólo deja
tras de sí un hojaldre de escarcha, tan frágiles
esquirlas de cristal que la luz de mis ojos
las rompe si las toca.
Ya sé que no te acuerdas, madre,
pero yo soy tu hijo.
Tu hijo soy, y como tú a mí cuando era niño, ahora te digo yo:
[eso es azul,
se llama cielo.

Y continúa el libro con referencias a la vida, de muchas formas posibles: desvivir, revivir, convivir: conmorir con todo eso, lo de siempre, sobrevivir y vivir: eso invisible que le sucede a otros. Después, preguntas que preparan la respuesta de para qué la poesía, para justificar por qué el cerebro necesita poesía. La mejor respuesta, la final: para sanar, para vivir…

Sevilla, 11/III/2012

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.
(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemos, El País (Babelia), p. 8.
(3) Almaguer Melian, W., Bergado Rosado, J. y Cruz Aguado, Reyniel (2005). Plasticidad sináptica duradera (LTP): un punto de partida para entender los procesos de aprendizaje y memoria. Revista Cubana de Informática Médica, 1 (5).

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