Maestro Lazhar

En un mundo asediado por realidades sociales que suponen angustia y desesperación para muchas personas, existe la posibilidad de creer que otro mundo es posible, gracias a actitudes como las que ayer presencié en una película extraordinaria, Profesor Lazhar, que recomiendo a las personas que como tú, lees este cuaderno digital, de forma ocasional o porque te sientes enrolado en la tripulación que busca todos los días islas desconocidas.

El guión, basado en una obra de la escritora canadiense, Évelyne de la Chenelière, pretende llegar a cada persona de secreto a través de las imágenes y del argumento muy bien trazado en los 94 minutos de metraje, trayendo a mi memoria de hipocampo el objetivo que ya pretendió Stanley Kubric, en 1968, con su película, 2001: Una odisea del espacio, cuando manifestaba que era “una experiencia no verbal: de dos horas y 19 minutos de película, sólo hay un poco menos de 40 minutos de diálogo. Traté de crear una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara directamente en el subconsciente con su carga emotiva y filosófica. Quise que la película fuera una experiencia intensamente subjetiva que alcanzara al espectador a un nivel interno de conciencia como lo hace la música”.

Efectivamente, Profesor Lazhar, te revuelve en la butaca de patio, porque te remueve la conciencia a través de muchos impactos visuales y auditivos: la representación de una forma de muerte ¿elegida?, la grabación de acontecimientos trágicos en las memorias de cada alumno y alumna, siendo diferente el grado de percepción de los estímulos en cada cerebro, la gestión del duelo, la dialéctica enseñar/educar, con sus correspondientes responsabilidades personales, familiares y de los profesionales de la enseñanza/educación, la de los auténticos perfiles de maestros y maestras que ocupan mucho tiempo en el desarrollo del conocimiento y de los sentimientos y emociones, a flor de piel, cuando tienes diez y once años, la persona de secreto de cada maestro, de cada maestra, que no la cuelga en el perchero real o virtual de cada clase, sino que sigue muy viva en el acto docente, en los silencios y en las explicaciones vivas, en los mensajes, en la educación para que estas niñas y niños, sean mejores ciudadanos del mundo grande o de su pequeño mundo, aunque cueste desprenderse de ellos, separarse, tal y como lo propuso el Maestro Lazhar en su fábula final: “El árbol se alegraba de ver cómo su crisálida crecía pero, secretamente, quería mantenerla un poco más en esa forma”.

Estoy muy agradecido a la vida por brindarme estos momentos tan bellos para seguir creciendo en creencias y en dignidad, cuando vivimos rodeados por el enemigo, representado por múltiples roles propios y asociados, viendo cómo la cola del Club de las Personas Tristes y Tibias, Conformistas, crece por segundos, frente a la del Club de las Personas Dignas que sigue haciendo inscripciones poco a poco, porque compromete mucho, a seguir construyendo otro mundo posible, sobre todo, persiguiendo el interés público.

SOPHIE

Aprendí lo que era ser maestro en la vida a través de mis experiencias personales con Dª Antonia León, mi maestra del Colegio de Madrid al que comencé a asistir con cinco años. Ayer, mientras veía cómo el Profesor Lazhar, enseñaba a sus alumnos y alumnas la diferencia que existe entre la muerte y la vida, con ejemplos muy precisos, en torno a la oruga y la mariposa , como paso necesario para volar, que es lo que corresponde a unas mentes prodigiosas de diez y once años: “Una crisálida es un insecto entre la oruga y la mariposa, dentro de un capullo frágil que pronto desplegará sus alas, como vosotros”, volví a agradecerle que supiera abrazarme en silencio, en algún momento especial, y poner caramelos de colores en el bolsillo de mi pantalón corto. Incluso lavarlo y plancharlo, porque una vez se manchó con tinta negra, para que no me regañaran en casa. Nada más. Por ello, gracias Dª Antonia, gracias profesor Lazhar…

Sevilla, 3/VI/2012