Elogio del silencio

HISTORIA DEL SILENCIO

Sevilla, 4/X/2019

Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio

Abate Dinouart, Principio 1º, necesario para callar.

Siempre me encuentro cómodo cuando estudio el Renacimiento, sobre todo cuando tengo la sensación de que me he equivocado de siglo. Esa es la razón por la que rastreo cualquier ensayo sobre este siglo tan querido por mí, el XVIII, descubriendo recientemente una publicación muy cuidada por la editorial Acantilado, que tanto aprecio, Historia del silencio, escrita por Alain Corbin, que lleva un título programático para abordar una historia del silencio como realidad que va más allá que definirlo escuetamente como “ausencia de ruido”: “El silencio no es sólo ausencia de ruido. Casi lo hemos olvidado. Las referencias auditivas se han desnaturalizado, han perdido fuerza, han perdido su sacralidad. El miedo y aun el horror suscitados por el silencio se han vuelto más intensos. En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra. Desgranaban las tácticas sociales del silencio. La pintura, para ellos, era palabra de silencio” (1).

No es la primera verdad que escribo sobre el silencio en este cuaderno de búsqueda incesantes de islas desconocidas, donde habitualmente se vive en silencio, una realidad deseada y deseante en este loco mundo. Lo he vinculado casi siempre con el arte de callar, en un mundo de charlatanería continua que nos invade por tierra, mar y aire, imprescindible en este tiempo de vocerío, tertulias en el reino mediático de la opinión, falta de teoría crítica y donde todo el mundo se anima a publicar un libro o artículos vacuos sin compasión alguna hacia los demás, donde el striptease personal más vergonzante hace estragos en los medios de opinión. Tengo siempre a mano “El arte de callar” (2), un libro muy recomendable que escribió hace siglos el abate Joseph Antoine Dinouart, donde aprendí a practicar el silencio como arte sublime, porque solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio (Principio 1º, necesario para callar).

Hoy he sentido la necesidad de romper mi silencio habitual para compartir en alta voz digital esta novedad bibliográfica, que no está en la lista de best seller programados por la gran maquinaria editorial de mercado que hace estragos a diario, porque creo que debemos compartir el arte de descubrir silencios en nuestros alrededores. Porque existen. Sigo leyendo el extracto publicado, en el capítulo que aborda la relación del silencio con la intimidad de los lugares: “Hay lugares de privilegio donde el silencio impone una sutil omnipresencia, lugares en los que podemos escucharlo de manera especial, lugares donde, con frecuencia, el silencio aparece como un ruido delicado, leve, continuo y anónimo; lugares a los que se aplica el consejo de Valéry: «Escucha ese fino ruido que es continuo y que es el silencio. Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír»; ese ruido «lo abarca todo, esa arena del silencio… Nada más. Esa nada es inmensa al oído». El silencio es una presencia en el aire. «El silencio no se ve y sin embargo está manifiestamente ahí; se extiende a lo lejos y aun así lo tienes cerca, tan cerca que lo sientes como tu propio cuerpo», escribe Max Picard” (3).

El silencio se confunde con la soledad, aunque no es lo mismo. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios o deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. Lo escribí hace ya muchos años en torno al silencio que necesita todos los días el cerebro. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo. Sin ruidos, en silencio.

(1) Extracto del Preludio de Historia del silencio: http://www.acantilado.es/wp-content/uploads/Extracto-Historia-del-silencio.pdf

(2) Dinouart, A. El arte de callar, Madrid: Siruela, 2003, p. 53 (4ª ed.).

(3) Corbin, Alain, Historia del silencio, Barcelona: Acantilado- Quaderns Crema, 2019, p. 9.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.