Otoños / Este cielo en la hora malva

LA HORA MALVA

Sevilla, 30/IX/2019

…Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer…

Gabriel García Márquez,  Vivir para contarla, pág. 367

En la hora crepuscular, malva, tan querida por Gabriel García Márquez, comprendo bien un mensaje implícito en unos cuentos suyos preciosos, peregrinos: caminamos hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados por la incertidumbre de lo que nos pasa en la vida, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Inexorablemente, los días terminan apagándose lentamente y el otoño deja siempre un minuto atrás, día a día, quitándonos luz casi sin darnos cuenta. ¿Luz malva? Leo a Ángel González, en un poema dedicado al Otoño, Este cielo, un cielo muy concreto:

El brillo del crepúsculo,
llamarada del día
que proclama que el día ha terminado
cuando aún es de día.

El acorde final que,
resonante,
dice el fin de la música
mientras la música se oye todavía.

Este cielo de otoño,
su imagen remansada en mis pupilas,
piadosa moratoria que la tarde concede
a la débil penumbra que aún me habita.

En este cielo de otoño, de minutos robados a la luz, sigo dando vueltas de mi corazón a mis asuntos. Estamos viviendo momentos políticos muy delicados en este país, porque aunque algunos se empeñen en lo contrario, no todos vamos en el mismo barco. Suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida” de Saramago, una patera sin quilla, insegura, pero con Norte. Un barco en el que me suelo sentar en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todas las ideologías son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pasa cada día. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir valor y precio. Porque el otoño nos avisa con rigor que la luz como la nave de Fellini, se va.

No es lo mismo, no es lo mismo…, en una piadosa moratoria que la tarde concede
a la débil penumbra que aún me habita. De color malva, por supuesto.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Otoños / Ciegos al color de la vida

ERICH LESSING

Sevilla, 29/IX/2019

Otoño es un mes de colores ocres, verdes apagados, hojas caídas, tonos cambiantes, casi todo ocre: “¿De cuándo ese carmín que fue violeta?, ¿De dónde el oro que era ocre hace un instante?”. Ángel González lo recuerda en su cuarto poema, Ciego, como si todo lo envolviera la acromatopsia que solo afecta a los seres humanos. Lo aprendí leyendo a Oliver Saks, porque esta enfermedad real es la ceguera del color, que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. En su magnífico libro La isla de los ciegos al color, descubrí que existe un lugar en el mundo, en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, donde todo se ve siempre de color gris, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Hoy, recordando a Saks de nuevo, pienso que el poema de Ángel González, extiende geográficamente, por todo el mundo, la ceguera a la vida:

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

Confieso que he vivido una experiencia extraordinaria, simbólica, de lo que significa el paso del blanco y negro al color, en el contexto del libro citado de Oliver Saks y tras la lectura meditada del poema de Ángel González. Ocurrió cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

Solo queda en este Otoño abrir los ojos, oír el paso de la vida, sin ver nada, sin escuchar nada, Como si al mundo entero / una nevada súbita / lo hubiese recubierto / de silencio y blancura.

NOTA: La imagen es una fotografía de Erich Lessing, que hizo a Julie Andrews en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”, que me regalaron el 31 de octubre de 2009, en la Sala de Exposiciones del Teatro de Aracena (Huelva), en una muestra dedicada a este fotógrafo de renombre mundial.

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Otoños / Cuando venimos de los álamos

Sevilla, 28/IX/2019

El otoño nos prepara para recibir el invierno con toda su crudeza, con la doble cara del dios Jano. Es la antesala de la pérdida de la luz convirtiendo las sombras y grises en un testigo implacable de lo que viene. En Sevilla casi no existe el otoño. Verano e invierno se estrechan la mano día a día y miran de reojo a un otoño que casi hermanan con calor y frío sin pasos intermedios, sin confundirlo con la tibieza apocalíptica: “puesto que no estás ni frío ni caliente sino tibio estoy para vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 14-16), una cita matemática que no se olvida, sin lugar a duda, que son solo palabras puestas en la boca del dios de los creyentes.

Mientras, leo a Ángel González en su tercer poema de Otoños, Casi invierno:

Alamedas desnudas,
mi amor se vino al suelo.
Verdes vuelos, velados
por el leve amarillo
de la melancolía,
grandes hojas de luz,
días caídos
de un otoño abatido por el viento.

¿Y me preguntas hoy por qué estoy triste?

De los álamos vengo.

El otoño anuncia siempre los grises del invierno, mirando por el retrovisor del tiempo el color de las tres estaciones anteriores. En esta antesala del invierno, en pleno otoño, constatamos que muchas veces somos ciegos al color, no por una enfermedad, la acromatopsia, sino porque nos acostumbramos a vivir en blanco y negro, como si el color o la alegría no hubiera llegado a nuestras vidas. Cuando era niño, viviendo en una sociedad de eternos grises (incluido el uniforme de la policía…), no había nada que me hiciera disfrutar más que cuando entraba al cine de sesión continua en Madrid y anunciaban en pantalla que la película que íbamos a ver era en “color por tecnicolor”. Era una forma de interpretar la vida de forma diferente.

El otoño hace que, a veces, decaiga el ánimo. La tristeza de Ángel González cuando venía de los álamos tenía una explicación, que leí recientemente en palabras de su esposa, Susana Rivera, cuando afirmaba que la referencia a los álamos no era ni a los que había conocido en New México o los de su tierra, en el Paseo de los Álamos de Oviedo. Eran los que “[…] se imaginaba cuando escuchaba a Victoria de los Ángeles cantar, “De los álamos vengo madre, de ver como los menea el viento…”. Ponía ese disco en momentos muy especiales, muchas veces amanecimos escuchándolo”.

De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos de Sevilla, de ver a mi linda amiga, de ver a mi linda amiga. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre (1).

Y me consuela saber que los álamos queridos por Ángel González estaban en Sevilla, porque su quintaesencia figuraba en un poema popular anónimo recopilado por Juan Vázquez, un extremeño muy vinculado al movimiento renacentista de Sevilla, donde falleció en 1563, en una obra que llevaba por título Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y cinco voces (Sevilla, 1560). “De los álamos vengo madre…”, una canción cantada por villanos, es decir, un villancico, figuró siglos más tarde como cuarto madrigal amatorio compuesto por el maestro Joaquín Rodrigo, respetando la melodía original que había escuchado durante su estancia en París hacia finales de los años treinta.

Otoño, desde los álamos de Sevilla en la Alameda de Hércules, el jardín público más antiguo de Europa, ¿me preguntas hoy por qué estoy triste?

(1) Letra original: http://cristobaldemorales.net/medios/repertorio/alamos_vengo_madre

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Otoños / El decorado de nuestras vidas

MUSICA DE OTONO

Sevilla, 27/IX/2019

Esta igualdad temporal de los días y las noches (equinoccio) con la que identificamos el otoño, forma parte del decorado de nuestras vidas. Cambia el día, la noche, la luz, el calor, el frío, la caída de las hojas, todo cambia. La oportunidad de escribir sobre el otoño de nuestra vida, cada otoño, hace que cumplamos estaciones en vez de años y surgen, insolentes, unas preguntas curiosas: ¿cuántos otoños tienes? O, ¿cuántos otoños somos?

Ángel González, en su segundo poema de Otoños, Entonces, dedica una reflexión sobre el decorado cambiante de nuestras vidas, porque somos protagonistas de una película, de largo metraje, en la que cada estación hace que determinadas secuencias sean inolvidables. Solo por una palabra maravillosa, entonces, un adverbio demostrativo de que lo que allí ocurrió fue solo en ese tiempo, en ese momento, en esa ocasión. El Fin del Verano, podría ser hoy el título de la película en este momento, entonces, al que sigue de forma inexorable un invierno, estaciones con parada fija sin que nosotros podamos hacer nada por detenerlas en el tiempo.

Entonces era otoño en primavera
o tal vez al revés:
era la primavera semejante al otoño.

Azuzadas de pronto por el viento,
corrían veloces las sombras de las nubes
por las praderas soleadas.
Inesperadas ráfagas de lluvia
lavaban los colores de la tarde.
¿De cuándo ese carmín que fue violeta?
¿De dónde
el oro que era ocre hace un instante?

Los silbos amarillos de los mirlos,
el verde desvaído al que apuntaban,
la luz, la brisa, el cielo inquieto:
todo nos confundía.

Con un escalofrío repentino
de temor, y nostalgia,
evocamos entonces
la verdad fría y desnuda de un invierno
no sé si ya pasado o por venir.
 

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.ceramicaymadera.com/2014/03/escultura-musica-de-otono.html

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Otoños

Ángel González me acompaña siempre a lo largo del año y sus estaciones. Ahora, vuelvo a leer los poemas dedicados a los Otoños, en plural, porque existen millones de otoños, los que vive cada ser humano a su forma y manera: mi otoño, tu otoño, su otoño, nuestro otoño, vuestro otoño, el otoño de ellos, de ellas…, el otoño de todos. De todas formas, los otoños de González me inspiran otra forma de comprender la vida y me gusta compartirlo para hacer más llevadero ese ser y estar en el mundo de todos y cada uno.

Comienza su entrega de sentimientos y emociones con un poema precioso, El otoño se acerca, que comparto hoy:

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

Hoy, busco el ángel que se llamaba luz, fuego, o vida, y no lo encuentro, rodeado de malas noticias por todas partes, en un país con desasosiego permanente desde hace ya varios años, en este otoño que ha entrado con mucho ruido. Al menos, he encontrado un ángel, de apellido González. Se lo agradezco, porque necesitamos momentos amables en esta azarosa vida, en este otoño.

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El otoño, según Vivaldi

Sevilla, 23/IX/2019

El tiempo también tiene su timbo al tambo particular. Hoy sale el verano y entra el otoño. Esta estación la tengo asociada musicalmente a Vivaldi y es una obra que conozco en su partitura original que frecuento habitualmente. Forma parte de una obra catalogada como la octava del maestro, con un título sugerente: La base de la armonía y de la invención, doce conciertos escritos entre 1723 y 1725 y que se publicaron el último año. Se concibieron para violín fundamentalmente, flauta, oboe y bajo continuo. Los cuatro primeros conciertos son los que conocemos como Las cuatro estaciones.

Es interesante saber que este concierto, Otoño, tiene una base poética de Vivaldi en la forma de soneto:

El otoño

EI aldeano, con bailes y con cantos, celebra con alborozo la vendimia y encendido con el licor de Baco su gozo termina con el sueño.

Se entregan a los bailes y los cantos, al aire que, templado, da alborozo a la estación, que está invitando a tantos de un dulcísimo sueño al bello gozo.

Cazadores al alba van saliendo con cuernos, escopetas y jaurías.

Huye la fiera, mas la van siguiendo; pasmada y quieta por la algarabía de escopetas y perros, va muriendo herida, amenazando todavía.

Cada movimiento intenta representar una escena de este equinoccio (el día y la noche duran casi lo mismo): el Allegro, representa el baile y el canto de los campesinos, el Largo, a unos borrachos dormidos y el último movimiento, Allegro, la caza. Hoy ofrezco en el vídeo una breve audición comentada que tiene un componente didáctico de gran valor. Me parece extraordinario intentar comprender qué quiso transmitir Vivaldi en esta partitura, tan cerca de la naturaleza de la ciudad de Mantua que lo acogió durante la composición de esta obra.

Sobran las palabras. Hay que dejar fluir los sentimientos y las emociones y no dejar pasar hoy, sin pena ni gloria, este regalo de la naturaleza. Sobre todo, comprender al maestro Vivaldi y su forma de expresar la vida humana y la forma en que mueren determinados seres vivos.

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La belleza, el encanto y la alegría

Sevilla, 20/IX/2019

En un mundo en el que sobrevivimos rodeados por los enemigos del alma humana, es maravilloso que la historia nos recuerde que existen la belleza, el encanto y la alegría, que podemos comprender mejor al contemplar un grupo escultórico inolvidable esculpido por Antonio Canova, Las Tres Gracias, que representa estas tres realidades. Hoy, yendo del timbo al tambo de mi vida, recordando siempre a Gabriel García Márquez en sus cuentos peregrinos, las he descubierto de nuevo escuchando una obra preciosa de Couperin, Pavana, interpretada al clave por C. Rousset que pueden disfrutar también sin dejar de mirar cara a cara estas mujeres con tanto encanto.

He comenzado ya el nuevo Curso de piano y clave en el que me voy a centrar especialmente en este último instrumento. Analizando hoy los temperamentos de mi clave, hasta cinco en total, he descubierto algunos más en un curso de organología al que puedo acceder gracias a internet y en el apartado dedicado al temperamento de Chaumont (1695), he conocido la interpretación de este temperamento “de transición entre el Renacimiento y el Barroco” que se puede disfrutar de él escuchando a Christophe Rousset, tocando “la “Pavane en fa# menor” de la Suite en la menor de Louis Couperin (1626-1661) en un clave Louis Denis 1658 restaurado por Reinhard von Nagel en 2004-2005”.

He querido compartir esta experiencia con la Noosfera y con las personas que lean este post. También he cambiado la imagen de cabecera de este blog sustituyéndola temporalmente por un fragmento de la escultura de Canova, Las Tres Gracias, porque me ha impactado su belleza sobre mármol de Carrara, con una expresión de encanto y alegría entre las tres cárites mitológicas griegas, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente hoy: Eufrósine, Aglaya y Thalia. Porque las necesitamos.

Un temperamento es una forma de comprender, componer e interpretar cada escala musical, cada octava y su relación con las demás. Existen muchas formas de ordenar los intervalos musicales y los temperamentos son una muestra de ello. Algo así como los intervalos de la vida, de la política, donde momentos como los que estamos viviendo en este país, nos alejan de la belleza, encanto y alegría de la política mal entendida. En estos tiempos de turbación, la única mudanza que me permito, escapando de la recomendación de San Ignacio, es visitar por Internet el Hermitage y contemplar allí Las Tres Gracias de Canova, en su primera versión (hizo una segunda) para interpretar mejor a Couperin en el clave que me da vida, tocando de la mejor forma posible la Pavana que suena tan maravillosamente bien con el temperamento de Chaumont.

Porque la belleza, el encanto y la alegría también existen. A pesar de todo.

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Curtis Jones estuvo en Sevilla

Sevilla, 16/IX/2019

En el año 1963, recién llegado a Sevilla, supe que en un Instituto muy conocido en la ciudad tocaba Curtis Jones, un maestro del jazz y del swing. Asistí a aquél concierto con una mezcla de incredulidad y, por qué no decirlo, de esnobismo aupado por la edad y por la oportunidad de introducirme en un mundo nuevo en el que la España cañí acudía a espacios de Radio Madrid del tipo “Rompa su disco”. Cincuenta y seis años después, escucho todos los días, de lunes a viernes, un programa en Radio Clásica que me acompaña en los desplazamientos por Sevilla, Clásicos del jazz y del swing, magníficamente presentado por Luis Martín, que me recuerda aquella aventura de juventud en la que el jazz era introducido en el mundo universitario por el Dr. Manosalbas, con la ayuda de Radio Vida, en una ciudad tan pintoresca y alejada de cualquier modernidad. Ha sido muy grato localizar alguna noticia al respecto en Google, que me ha situado con exactitud la citada experiencia.

CURTIS JONES

Curtis Jones vino a Sevilla y las referencias en los medios de comunicación son escasas porque este tipo de música se abría paso en un mundo que no la apreciaba todavía y los que asistíamos a este tipo de conciertos cabíamos en un taxi y sin “transportín” que, para los más jóvenes del lugar en la actualidad, aclaro que era un pequeño asiento que se abría como un libro en el centro de los vehículos, ampliando el número de plazas habitual. En los coches de toreros era muy habitual su uso por parte de miembros de las cuadrillas.

Disfruto mucho escuchando las explicaciones sabias de Luis Martín, que conoce detalles impagables de una música con tanta historia. Me sorprende la operación rescate actual del mundo del vinilo en el que este tipo de música hizo siempre su agosto, sobre todo en Estados Unidos. Quiero reconocer públicamente el esfuerzo de una radio pública para ofrecer música de tanta calidad en su fondo y forma. Lo mejor de todo es que aquella España incomprensible consigo misma me ofreció en un rincón de Sevilla la posibilidad de conocer a Curtis Jones y escuchar su concierto de piano y su voz. Inolvidable experiencia para alguien que aprendía todos los días de hechos controvertidos de la vida, haciendo camino al andar junto a Machado y yendo con dificultad de mi corazón a mis asuntos, comprendiendo el dolor de Miguel Hernández al perder a su gran amigo.

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El mejor selfi de la vida

TRINTIGNANT AIMEEE

Sevilla, 15/IX/2019

En un momento mágico de la película de Claude Lelouch, Los años más bellos de una vida, rodada cincuenta y dos años después de su antecesora, Un hombre y una mujer, con el trío de ases, Trintignant, Aimée y Lelouch, los protagonistas resumen qué ha pasado en sus vidas e intentan detener el tiempo con una autofoto (selfi), palabra que no existía cuando tenían cincuenta años menos. El plano que he fijado en la cabecera de este artículo me parece un logro cinematográfico excelente, con la playa de Dauville de fondo, donde habían transcurrido momentos para no olvidar hace ya mucho tiempo.

Vi en su momento la película que motiva este estreno en España y la recuerdo casi plano a plano. Era muy joven, pero el amor me parecía posible incluso en experiencias extramatrimoniales como la de la película, en una España que helaba el corazón de quienes las vivían, porque no eran confesables. Comprendí bien el hilo conductor de la película, aunque casi no podía comentarla en su lado positivo porque el régimen estaba en todas partes. Es una mujer la que cincuenta años atrás había dicho “Te quiero”, un amor prohibido que asusta al hombre al que va destinado ese escueto mensaje. Era una mujer la que había tomado la iniciativa en un mundo tan cicatero, plagado de prohibiciones y controles del alma.

Cincuenta años después, he podido comprobar cómo ha avanzado el país en libertades. Hoy está integrado el argumento de fondo y todos comprendemos que dos personas mantengan en su persona de secreto el amor de juventud, sobre todo si fue verdadero. Quizá se deba a que Lelouch quiere dejar claro, plano a plano, el hilo conductor de la película resumido en una frase de Victor Hugo: los mejores años de la vida son aquellos que aún no se han vivido.

La película nos transmite realidades muy duras en la vida de las personas mayores: la enfermedad del olvido selectivo o Alzhéimer, la vida en común obligada cuando se vive en una residencia de mayores, la ausencia de movilidad en el sentido pleno de la palabra, las ausencias, las fiestas organizadas para alegrarnos la vida incluso cuando lo que se requiere es silencio interior, la soledad acompañada y sonora, los horizonte lejanos, la moviola de la vida disponible en los momentos que determinadas neuronas lo permiten, el amor alojado en neuronas que no se borran, los flashback que circundan la memoria de hipocampo, las sorpresas de quienes nos quieren de verdad. He escuchado atentamente a Claude Lelouch en una entrevista cuando habla de la realidad de la mirada, porque los ojos nunca mienten, porque siempre nos queda la mirada de alguien a quien queremos. Ahora, los silencios de las miradas de Jean-Louis y Anouk en su reencuentro.

Por estas razones y otras muchas me parece excelente ver Los años más bellos de la vida, porque permite soñar de nuevo, hacer viajes casi imposibles, utilizar la tecnología para perpetuar los reencuentros a través de un selfi (autofoto), porque da igual casi todo, excepto el amor verdadero: la autoridad, las prohibiciones, la cicatería en el amor. Porque siempre quedará París, recorrido de punta a punta gracias a la cámara de Lelouch en un plano secuencia memorable, que utiliza un corto suyo de ocho minutos (Era una cita) para transmitirnos que el mundo solo tiene interés hacia adelante cuando respetamos el amor de cada presente. Incluso en las tinieblas del Alzhéimer, con una banda sonora de fondo gracias a Francis Lai. Incluso con los semáforos en rojo de la vida. Sobre todo, si alguien nos espera al final de un largo camino y en una cita inolvidable.

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¡Ésta es España!

 

CONSEJO DE MINISTROS1

Sevilla, 13/IX/2019

La última oferta para un gobierno de coalición efectuada por Pablo Iglesias Turrión al presidente en funciones, revisable al año, me ha recordado al gobierno de Roma en el año 64 antes de Cristo, porque era colegiado, duraba solo un año y sorprendentemente se alternaba cada mes asumiendo siempre la más alta magistratura civil y militar. Al paso que vamos, cualquier día va a ofrecer Pablo esta solución puestos a dar y recibir todos clases de politología electoral y social.

Respeto a la política hasta límites insospechados, también a Pablo Iglesias y a su partido, a sus electores, pero en momentos tan transcendentales para este país, me reafirmo en lo que ya he escrito al respecto en este cuaderno digital en los últimos meses de zozobra de gobernanza de Estado: necesitamos un acuerdo programático de izquierda que atienda al interés general de la ciudadanía de este país. Creo que no es serio ofrecer alianzas temporales de gobiernos de coalición a modo de prueba que, si no gustan, tienen otras seguro, porque lo importante no son los sillones ministeriales sino la política de Estado que se va a decidir en las Cámaras y, después, su implantación y evaluación. Este es el motivo por el que defiendo con ardiente impaciencia que se trabaje y se tome la decisión ya sobre un acuerdo programático de legislatura a lo largo de los cuatro años de la misma, que defina las grandes estrategias de estado que responden al sentir popular en estos momentos, pero no dejándolo al azar de pruebas de gobernanza sino a la respuesta de estado a las necesidades del interés general.

En la época que describo del siglo VII antes de Cristo, en la que los gobiernos eran muy cortos, un año, y además se alternaban los candidatos elegidos, un mes de gobierno cada uno, porque el baile gubernativo era anual y mensual, el candidato Marco, al que Quinto Tulio Cicerón prepara en la campaña electoral del año 64 a.C., debía responder siempre a tres grandes principios: era un hombre nuevo (no tenía antecedentes sociales relevantes y tenía que saber utilizar esta condición), aspiraba al consulado (cargo de la máxima excelencia para gobernar la República) y el lema por el que había que luchar era muy claro: “¡ésta es Roma!”, es decir, debía conocer bien cómo era en su esencia el Imperio Romano, la Ciudad que tendría que gobernar: “una ciudad constituida por el concurso de los pueblos, en la que abunda la traición, el engaño y todo tipo de vicios, en la que hay que soportar las arrogancias, la obstinación, la envidia, la insolencia, el odio y la impertinencia de muchos. Creo que tiene que ser muy prudente y muy hábil el que vive rodeado de tantos hombres con vicios tan diversos y tan graves, para poder evitar la hostilidad, las habladurías, la traición, y para que una misma persona pueda adaptarse a tal variedad de costumbres, de discursos y de intenciones”. Así era el Imperio Romano.

Si fuera válido este baile temporal en el mandato del Consejo de Ministros, como proyección del Gobierno, sería bueno repasar las tres condiciones anteriores de sus máximos responsables: ser “personas nuevas” en el pleno sentido de la palabra, aspirar a los ministerios sabiendo qué significan en su desarrollo legislativo y saber que “ésta es España” en la que en la situación actual, salvando lo que haya que salvar, estamos rodeados de hostilidades, habladurías, traiciones cercanas, en las que un Gobierno tiene que saber adaptarse a la variedad de costumbres, discursos e intenciones que no son inocentes.

Hablamos de un espejismo, de un juego de palabras, porque no es lo mismo, los tiempos han cambiado, pero hay algo que permanece: la prudencia y habilidad de llevar a España a un puerto seguro en la democracia representativa, con un Acuerdo Programático de Gobierno, sin experimentos que la historia ha demostrado que no sirvieron y que llevó al Imperio Romano a la caída más dura que se recuerde. Estamos avisados.

[1] Cicerón, Quinto Tulio (1993). Breviario de campaña electoral. Barcelona: Quaderns Crema.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://es.wikipedia.org/wiki/Consejo_de_Ministros_de_España

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