Diario de mi zaratán / 2. Refugio

Sevilla, 12/III/2026 – 07:42 h UTC (CET+1)

Se acercaba la Navidad después de identificar mi zaratán y junto al héroe del relato homónimo de Juan Ramón Jiménez, Josefito Figuraciones, rememoré las andanzas de otro niño, el Principito, porque creí que era importante rescatar la quintaesencia de lo narrado por Antoine de Saint-Exupèry, sobre todo porque la acción ocurre en un desierto, como a veces es el mundo que nos rodea, con soluciones para comprender lo que nos pasa que sólo lo sabe explicar bien un niño. Así nació un pequeño libro que publiqué en enero, El Principito, hoy, con una interpretación de su mensaje adaptada a las actuales circunstancias de nuestro complejo mundo al revés, respetando la óptica de este niño-hombrecito-príncipe, tanto monta-monta tanto, texto en el que proyecto mis razones pascalianas de la razón y del corazón al leerlo ya como «persona mayor», como le gustaba decir a nuestro pequeño héroe, afectada por una situación especial.

Asumí algunas ideas del Principito como propias en este momento delicado de mi vida, que confieso han sido, por este orden, las siguientes: todos los mayores han sido primero niños (algo que no olvido), hay que juzgar por actos, no por palabras, es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás, ¿quién descifra el terrible enigma de la soledad humana? y, sobre todas, una fundamental en mi vida actual: lo esencial es invisible a los ojos.

En este tiempo de silencio, junto a la realidad “principesca”, rescaté también los consejos de un gran director de cine, Costa-Gavras, que figuran en un libro suyo íntimo, Ve adonde sea imposible llegar, en el que narra a modo de memorias las vicisitudes de su larga carrera cinematográfica, que tanto admiro, porque nunca ha sido inocente. Pero siendo sincero, mi refugio en él, con mi zaratán a cuestas, ha sido para leer apasionadamente una obra conmovedora, Le dernier souffle (El último suspiro), en su edición original francesa, escrita por Claude Grange y Régis Debray (¡ay la revolución de los años jóvenes!), que inspiró la última película de este director, de título homónimo.

¿Por qué esta lectura conjunta? Lo explico a continuación, porque resultaba atractivo para mi persona de secreto que Costa-Gavras se inspirara, en el título de sus memorias, en un escritor griego, como él, Nikos Kazantzakis, extrayendo un diálogo de su personalísima Carta a Greco, en el que le pide al pintor, dirigiéndose a él como “abuelo amado”, que le dé una orden para centrar su azarosa vida, que recibe en los siguientes términos: “Llega hasta donde puedas”. El consejo no llegó a estremecer el corazón del peticionario y vuelve a pedir al abuelo una orden “más difícil, más cretense”, resonando a partir de ese momento “una voz hecha para ordenar y que hacía temblar el aire”: “¡Llega hasta donde no puedas!”.

De esta forma, estas palabras de espíritu cretense, son para mí el hilo conductor de sus memorias, leyéndolas con fruición desde que escuché una intervención suya en el Festival de Cine de San Sebastian, en 2024, con motivo de la presentación de su última película ya citada, El último suspiro, en la que manifestó que “el cine es un espectáculo que busca generar emociones en el espectador, luego a partir de esas emociones éste puede llevar a cabo una reflexión o no, pero en todo caso el cine no está para impartir doctrina”, a lo que agregó: “Yo nunca podría rodar una película sobre algo que me resultara indiferente. Cuando he intentado hacerlo, he desistido y he abandonado el proyecto. Rodar una película es como vivir una historia de amor, hay que hacerlo hasta el final. A mis 91 años y con la muerte asomando en el horizonte es normal que a menudo me pregunte: ¿cómo acabará todo esto? ¿Cuando llegue el momento seré presa del terror o podré acabar mis días con dignidad?”.

Ese día tendrá un sentido especial haber recorrido su vida con aquella orden de su abuelo amado como hilo conductor, recordando a Kazantzakis, porque ha ido hasta adonde ha podido llegar, aunque pareciera imposible. Costa-Gavras lo explica muy bien en sus Memorias, cuando afirma que en su mayo francés de 1968, que vivió en vivo y en directo, escuchó, entre otros muchos eslóganes, uno que decía “sé realista, haz lo imposible”, lo que le recordó la frase de Kazantzakis, Ir adonde resulta imposible llegar: “Durante mi época de estudiante, me había hecho reflexionar mucho por la dureza de su significado. Para mí cobró sentido en París al leer esta otra frase: “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

Leí también, como he manifestado anteriormente, la obra francesa de Grange y Debray, El último suspiro, después de haber visto la película, que me emocionó especialmente, con su hilo conductor vital, declarado por Costa-Gavras. La sinopsis oficial es escueta, para no interferir las emociones y sentimientos del espectador: «En una suerte de diálogo filosófico, el doctor Augustin Masset y el célebre escritor Fabrice Toussaint debaten sobre la vida y la muerte… Una vorágine de encuentros en los que el médico es el guía y el escritor, su pasajero, conducido a confrontar sus propios miedos y angustias… Una danza poética en la que cada paciente es un compendio de emociones, risas y lágrimas… Un viaje al corazón palpitante de nuestras vidas».

Una cosa más. Costa-Gavras se despidió en su comparecencia oficial de presentación de su película en el Festival de San Sebastián, estrenada en 2024, dejando un mensaje aleccionador: “Buena parte de ese vivir de espaldas a la muerte está motivado por nuestra educación religiosa. Las religiones nos invitan a resignarnos ante el sufrimiento, pero sufrir es algo obsceno, no hay nada de bueno en ello. Sufrir es lo peor de la vida y del mismo modo que ya hay métodos para que las mujeres puedan parir sin sufrir, debería implementarse algo parecido en medicina paliativa […] Sea cual sea nuestro estado físico, yo creo que nunca hay que rendirse, merece la pena luchar hasta el final”. Una vez más, sintió profundamente, al pronunciar estas palabras, aquella orden del “abuelo amado”, según Kazantzakis: ve adonde sea imposible llegar. Mejor todavía, lo leído en dos pancartas del Mayo francés, como si fuera dos órdenes en su vida: “Sé realista, haz lo imposible” y “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

En estos momentos tan especiales de mi vida, quiero seguir descubriendo lo esencial de lo que me sucede, para que no sea invisible a mis ojos, así como ser realista y luchar contra el zaratán, para vencerlo, algo a lo que aparentemente parece imposible llegar. Lucharé, aplicando siempre el principio freudiano de realidad. Al fin y al cabo, un refugio para mi persona de secreto.

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¡Paz y Libertad!

Diario de mi zaratán / 1. Incertidumbre

Jacarandás de Sevilla / JA COBEÑA

Sevilla, 11/III/2026 – 08:05 h UTC (CET+1)

Incertidumbre es la palabra que mejor resume este largo camino hasta llegar al diagnóstico final de mi zaratán. No lo he hecho en solitario, sino acompañado siempre por la familia, fundamentalmente por mi compañera de vida, a la que tanto quiero, porque tomando palabras de Benedetti, sé que “en el instante en que vencen los crueles entra siempre a averiguar la alegría del mundo y sabe volar gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores”. Como siempre, que decía el poeta uruguayo, sé que el mundo la quiere mucho, pero yo un poquito más que el mundo.

Todo comenzó en junio de 2025, con una analítica rutinaria anual ordenada por mi médica de Atención Primaria, en mi Centro de Salud, para vigilar de cerca el PSA (antígeno prostático específico), una proteína producida por la próstata, cuyos niveles en sangre se miden para detectar problemas prostáticos. Son unas siglas que cuando se marcan en la solicitud de analítica indican claramente que pertenecen a la clasificación de marcador tumoral. Me acompañan desde hace ya bastantes años y, de forma especial, a raíz de una intervención por hiperplasia benigna de próstata en 2016.

Los resultados arrojaban en esta ocasión una cifra alta del PSA, por lo que mi doctora me prescribió antibióticos y la espera de un mes para realizarme una nueva analítica y revisión en consulta. Así fue y el médico que me atendió en julio, por la ausencia por vacaciones de mi doctora, estimó que ante los nuevos resultados y la trazabilidad última del célebre PSA, era conveniente solicitar una consulta especializada en Urología.

La cita del especialista llegó finalmente en septiembre, tras una ardiente impaciencia por mi parte, porque conocía bien el drama en Andalucía de las listas de espera en atención especializada. Fue una consulta rápida y el especialista estimó necesaria una Resonancia Magnética para evaluar la situación de la próstata. Firmó la solicitud con carácter preferente y tras unas gestiones directas en el hospital Virgen del Rocío, me citaron el 3 de octubre, siendo su resultado la primera voz de alarma por los datos obtenidos. Tras nuevas gestiones para recoger esos resultados, en un ir y venir continuo de un centro médico a otro, me citaron para informarme que ante el informe de la Resonancia, había que continuar con nuevas pruebas, en esta ocasión una biopsia de fusión, que ya conocía por experiencias anteriores. Era el segundo especialista que me atendía.

Siguió la incertidumbre campando a sus anchas en mi persona de secreto, porque ya sabía que en la Resonancia había alcanzado la prueba una clasificación máxima, un PIRAD5, nuevas siglas crípticas, cuyo significado en roman paladino era rotundo: lesión en próstata, PIRAD5, con alta probabilidad de extensión extraprostática. La verdad es que recibí la noticia con un profundo silencio sólo interrumpido por mi petición de pronóstico. La respuesta facultativa fue que se perseguía siempre la curación, asociándolo con la esperanza de vida en España en mi rango de edad. Lo asumí con más incertidumbre todavía, sabiendo que iniciaba un camino muy duro, con una biopsia de fusión, realizada el 28 de octubre, que arrojó nuevos datos nada halagüeños, explicados por la tercera especialista que me atendió el 19 de noviembre: adenocarcinoma acinar grado 4+4 Gleason, de alto riesgo, localmente avanzado, pendiente de estudio de extensión. Más incertidumbre todavía, porque ya eran dos pruebas objetivas con resultados muy preocupantes. En esta consulta me informó la cuarta especialista (ya iban cuatro diferentes…), que hacía falta realizar una tercera prueba, PET-TC de cuerpo entero, realizada finalmente el 25 de noviembre con una duración de tres horas, realmente eternas.

Con la trayectoria anterior, fui asumiendo poco a poco que mi situación era grave, de alto riesgo, un cáncer sin paliativos, quedando tan solo el diagnóstico final, que llegó el 17 de diciembre después de tanto desconcierto anímico y ardiente impaciencia en términos nerudianos.

Llegó ese día. Quinta especialista, que de por sí me desconcertó por este trasiego de profesionales que salvaba una y otra vez por mi principio de confianza en los profesionales del Sistema Sanitario Público de Andalucía, su alma, que tanto aprecio y defiendo ante su desmantelamiento progresivo por parte del gobierno actual, con un apoyo transversal por disponer todos ellos de una herramienta informática, el Sistema de información Diraya (conocimiento, en árabe, según Averroes), algo que me consolaba siempre en cada consulta, porque sabía que allí estaba mi historia de salud digital, en tiempo real, en alta disponibilidad, 24x7x365. El encuentro fue muy correcto, breve y bueno, porque se cerraba una etapa muy complicada seis meses después desde que comenzara esta travesía tan especial. Allí me ratificó el diagnóstico, adenocarcinoma de próstata localmente avanzado, de alto riesgo. Me explicó el esquema del tratamiento a seguir, siempre en siglas, que poco a poco he ido digiriendo con resignación esperanzada en clave de curación: STAMPEDE, RTE+TDA+Abiraterona 2 años. El día siguiente comencé el tratamiento y me informé detalladamente de cada sigla que me acompaña desde entonces.

Una observación en este relato: creo que he firmado tres “consentimientos informados”, un eufemismo en toda regla, porque siempre me daban este documento con unas cinco páginas cada uno, dobladas por la página de la firma, a lo que siempre contesté que quería saber antes qué firmaba, porque allí se explicaba de forma pormenorizada qué me iban a hacer, posibles complicaciones y otros detalles, petición que resolvían sobre la marcha entregándome una copia para que lo leyera posteriormente. Creo que es una situación muy delicada y si es un consentimiento informado, se debería explicar todo el proceso antes de firmarlo casi de forma automática y nunca mejor dicho…, al entregarlo en blanco.

En este mar de incertidumbres, donde la vida está en juego, he recordado casi a diario mi etapa de creyente católico, apostólico y romano, que ya no es así, sobre todo la lección laica aprendida del Eclesiastés (3, 1-22), tomando conciencia de que en la vida hay tiempo de todo, viviendo con su espíritu finalista, aunque hay preguntas transcendentales que difícilmente tienen respuesta lógica: agregar años sin fin a la vida, diferenciarse de los animales al morir, porque somos polvo, y la soledad…, porque no hay acompañamiento posible para conocer lo que hay después de la vida, cuando abandonas la trascedencia religiosa de la fe de mis mayores, como decía Antonio Machado. Es decir, preguntas y problemas sin respuesta porque, paradójicamente, a esas cuestiones ya respondió hace siglos la persona que mejor conocía la comunidad, es decir, el más inteligente, el superdotado de entonces, el supuestamente más religioso, porque respondía a todos los problemas en los pueblos ribereños que hoy -véase la guerra en Irán- se debaten en guerras fratricidas. Se llamaba Eclesiastés. Cuando todo era silencio sin respuesta ante la adversidad, decía: mejor es caminar juntos que uno soloporque si te caes siempre habrá alguien que te levante. Muy inteligente. Había resuelto un gran problema para el presente y para el futuro de la inteligencia social de cada uno, sin discriminación alguna, para mi zaratán, por ejemplo.

Eclesiastés nos decía al comenzar el célebre capítulo 3 citado, que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar del tiempo a lo largo de la vida, buscando siempre la felicidad, que también se vienen repitiendo desde que el mundo es mundo: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Casi nada, pero administrar esta carga vital, en su tiempo específico, es harina de otro costal. Por eso hay que ser consecuente con esta lista de hechos humanos, que no nos son ajenos y que rodean siempre a la felicidad o a sus contrarios, porque vanidad de vanidades, todo es vanidad y si no que lo demuestre nuestra capacidad de respuesta que cada uno tiene a las tres preguntas enunciadas anteriormente. O la respuesta concreta a mi zaratán, en estos momentos tan especiales de mi vida, porque no olvido ni un solo día que está ahí y sigue al acecho.

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Diario de mi zaratán

Juan Ramón Jiménez, El zaratán, Méjico D. F., 1946

Sevilla, 10/III/2026 – 07:58 h UTC (CET+1)

Zaratán. Una palabra de origen árabe, que según el Diccionario de Autoridades (RAE, tomo VI, 1739) tiene un significado mantenido en el tiempo, como “un género de enfermedad de cancer, que dá à las mugeres en los pechos, el que les vá royendo, y consumiendo de tal suerte la carne, que por lo regular vienen à morir de esta enfermedad. Covarrubias dice es voz Arábiga, que en su Lengua significa lo mismo. Lat. Carcinoma, tis”. Este lema se ha modulado posteriormente hasta nuestros días, en la última versión del Diccionario de la Lengua Española (RAE: 23.ª ed., 2014), como voz “derivada del árabe hispánico saraṭán, y este del árabe clásico saraṭān, literalmente ‘cangrejo’”, con un significado rotundo: “cáncer de mama en la mujer”.

ZARATÁN, Diccionario de Autoridades, RAE, Tomo VI, 1739

Con estos antecedentes lexicográficos, recordé en días pasados y con motivo de un diagnóstico personal de cáncer de próstata (un zaratán redivivo) que me comunicaron en el pasado mes de diciembre, que Juan Ramón Jiménez, el inolvidable poeta moguereño y autor de Platero y yo, había publicado un relato, más bien una elejía [sic] andaluza, con este título, El zaratán, que leí por primera vez en un libro precioso del poeta, Por el cristal amarillo, que compré en Moguer hace ya cincuenta años en la Casa Municipal de Cultura “Zenobia y Juan Ramón”, hoy sede de la Casa-Museo y de la Fundación homónimas.

Moguer me ofreció siempre, en los años setenta del siglo pasado, una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases como docente en las Escuelas de Enfermería y Trabajo Social de Huelva, en un despacho en la citada Casa Municipal, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes de azulejos con pasajes de Platero y yo, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado-conserje, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Son recuerdos imborrables, porque el relato El zaratán que figuraba en el libro citado, que compré un día a Pepito, que él sacaba con esmero de un baúl, sellándolo con las firmas autógrafas de Zenobia y Juan Ramón Jiménez, quedó guardado en mi memoria de hipocampo, en mi alma de secreto, hasta que este acontecimiento personal ha traído a mi mente ese relato entrañable, excepcional, convirtiendo mi cáncer en mi zaratán particular, porque el simbolismo árabe podía apropiármelo en una ocasión tan transcendental: un cangrejo acechaba mi vida.

Cuando leí por primera vez esta elejía andaluza, me conmovió profundamente, porque al protagonista lo identifiqué inmediatamente como el poeta cuando sólo tenía trece años, utilizando un heterónimo, Josefito Figuraciones, su alter ego de la infancia, Juanito Figuraciones, como le llamaba cariñosamente su madre, en sus primeros años de vida en Moguer. Supe desde el principio que Juan Ramón Jiménez me regalaba unas páginas inolvidables de su infancia, en su pueblo, con una experiencia de amor adolescente hacía Cinta Marín, la gran protagonista de la historia, su amada en sueños, una viuda muy joven enferma de cáncer, por un zaratán que Josefito pretendió acabar con él de todas las formas posibles y que la presentaba con estas palabras:

«—TIENE un zaratán.

—Lo tiene en el pecho.

—Se le está comiendo viva ese maldito zaratán.

Josefito Figuraciones veía a Cinta Marín con el zaratán en el pecho, entre los pechos, enmedio del pecho blanco, blanco de leche. Porque la mejilla de Cinta, su mano, su muñeca eran blancos mates de leche. Y ella se miraría el zaratán rojo en su pecho blanco, con sus ojos negros”.

Esta elejía se publicó en Madrid por primera vez en el diario El Sol, el domingo 12 de enero de 1936, editándose posteriormente en formato libro en 1946, en México, con 19 grabados de Alberto Beltrán, autorizados de forma extraordinaria por el poeta, que no acostumbraba a introducir ilustraciones en sus obras.

He vuelto a leer El zaratán, siguiendo la cronología exacta de las dos primeras publicaciones, que guardo como oro en paño en mi biblioteca, mi clínica del alma, a la que he acudido estos días por razones especiales, nunca mejor dicho. Sobre todo la edición original mexicana, publicada en mayo de 1946, como número 20 de la colección “Lunes” y editada por los hermanos Pablo y Henrique González-Casanova. Estas lecturas me han inspirado para escribir este diario de mi zaratán personal, que publicaré por entregas en este cuaderno digital a partir de hoy, quedándome con una idea que he asimilado de nuevo como hilo conductor de mi experiencia personal a la hora de enfrentarme a un zaratán al que el Sistema Sanitario Público de Andalucía me ayuda a curar con el buen hacer de sus profesionales, en mis figuraciones, tal y como soñaba el adolescente juanramoniano del relato, para convertirme en un Perseo redivivo, Persefito, dispuesto a luchar contra mi zaratán y vencerlo para siempre.

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NOTA: A quien se anime a leer “El Zaratán”, conociendo la dificultad para acceder a las ediciones citadas, le recomiendo una edición de la Fundación Juan Ramón Jiménez, publicada en 1990, cuidada con esmero por un poeta al que conozco y aprecio, Juan Cobos Wilkins, sobre todo porque el extenso prólogo, escrito por Arturo del Villar, ayuda a comprender bien esta bella obra, una “figuración”, como él explica. También, pueden leer una edición, publicada en Huelva en 2017, por la editorial Niebla, que valoro positivamente, en la que se incorporan los 19 grabados de la edición de Méjico de 1946.

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¡Paz y Libertad!

Si puedes soportar oír la verdad, tergiversada por villanos para engañar a los necios…

Sevilla, 7/III/2026 – 10:24 h UTC (CET+1)

Ante la situación de desorden geopolítico mundial que estamos atravesando y por una encrucijada personal que estoy viviendo estos días, recuerdo hoy un poema precioso de Rudyard KiplingSi, que sigue siendo un exponente claro de la dialéctica de la vida, en la clave que aprendí también hace ya muchos años del filósofo francés Blaise Pascal. Al final, todo es diversión o compromiso en la vida personal e intransferible, porque… esa es la cuestión. Y confieso que siempre he optado por l´engagement (el compromiso), tal y como se conocía históricamente en su correcto francés de cuna.

Por ello, creo que es importante volver a leer ese poema completo para comprender bien que en la vida hay tiempo de todo, viviendo con el espíritu finalista del Eclesiastés, aunque hay preguntas transcendentales que difícilmente tienen respuesta lógica: agregar años sin fin a la vida, diferenciarse de los animales al morir, porque somos polvo, y la soledad…, porque no hay acompañamiento posible para conocer lo que hay después de la vida, cuando abandonas la trascedencia religiosa de la fe de mis mayores, como decía Antonio Machado. Es decir, preguntas y problemas sin respuesta: “Paradójicamente, a esas cuestiones ya respondió hace siglos la persona que mejor conocía la comunidad, es decir, el más inteligente, el superdotado de entonces, el supuestamente más religioso, porque respondía a todos los problemas en los pueblos ribereños que hoy -véase la guerra en Irán- se debaten en guerras fratricidas: el Eclesiastés. Cuando todo era silencio sin respuesta ante la adversidad, decía: mejor es caminar juntos que uno solo, porque si te caes siempre habrá alguien que te levante. Muy inteligente. Había resuelto un gran problema para el presente y para el futuro de la inteligencia social de cada uno, sin discriminación alguna”. Por eso es importante releer una y mil veces a Kipling y situarse en cualquiera de sus condicionales.

Hoy he elegido uno en concreto, porque traduce muy bien esa dialéctica, más cuando la has vivido personalmente:

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

Sueños, pensamientos, sentimientos, Triunfo y Desastre, la verdad, manipulación, destrucción, volver a empezar, enfermedades, ave fénix, etc., son elementos que nos acompañan en muchos momentos de la dialéctica de la vida, porque es la marca del “natural” humano, que decía un querido profesor mío, la condición humana de Camus, sobre todo porque la gracia nunca puede presuponer lo que la naturaleza no da, que en latín suena maravillosamente: gratia non datur, natura dispensatur.

SI
Edición de Si por Doubleday Page and Company, Garden City, New York, 1910.

Kipling finaliza el análisis de todos sus condicionales con un presagio hermoso, sobre todo cuando lo vives así como ejemplo para cualquier hijo de los que en este mundo han sido (y serán), en una carrera desenfrenada a veces, buscando siempre la felicidad en un viaje hacia alguna parte, aunque la dialéctica de la vida de cada uno, de cada una, siga agregando momentos mágicos, irrepetibles, sabiendo que el tiempo huye siempre con un condicional implacable que nos recuerda todos los días que hay que vivirlo, no solo pasarlo…:

Si puedes llenar el implacable minuto,
con diligente labor por valor de sesenta segundos

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más: ¡serás un Hombre, hijo mío!

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