Sobre el fútbol, ¡disculpen mi ignorancia!

Diego Armando Maradona (1960-2010)

Maradona cobró mucho y mucho pagó, cobró mucho por las piernas, pagó con el alma.

Eduardo Galeano, en El fútbol a sol y sombra

Sevilla, 17/VII/2026 – 08:00 h CET (UTC+2)

Tengo que reconocer que mi ignorancia sobre el fútbol es supina. Ahora y con motivo del Mundial 2026, mis nietos me dan una clase diaria de nombres de jugadores del equipo de España, cómo juegan, bien o mal según ellos, con un pronóstico inapelable: España ganará este Mundial, lo que supondrá, según me informan también, que podrán lucir una segunda estrella dorada de cinco puntas en su camiseta. Lo dicho, lección diaria, ante un fenómeno deportivo que seduce a millones de seguidores que encuentran en el fútbol un sentido a sus vidas. Y la FIFA haciendo caja, con pausas de hidratación no inocentes.

En este contexto, recuerdo unas palabras que escribí en noviembre de 2020 en una fecha simbólica para aficionados a este deporte, porque había fallecido Diego Armando Maradona. Voy a utilizar hoy el hilo conductor de aquellas palabras, porque siguen vivas en mi persona de secreto. Verán por qué.

Cuentan los sabios del lugar que en cierta ocasión preguntaron a Jorge Luis Borges qué opinaba acerca de Maradona, a lo que el escritor -argentino como él- respondió: ¡Disculpen mi ignorancia! Cuando se lo contaron al jugador, hizo una jugada verbal perfecta y le devolvió la ironía de origen preguntando en qué equipo de fútbol jugaba Borges. Al escritor, todo lo relacionado con el fútbol lo sacaba de sus casillas: “La idea que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”. No llego a ese extremo de juicio, pero tengo que reconocer que el fútbol no me apasiona, aunque me asombra el seguimiento que tiene por millones de personas y el dinero que mueve, con frases de asombro vinculadas casi siempre a las cifras astronómicas derivadas de la “compraventa” de jugadores en los mejores mercados del mundo. Me reafirmo, una vez más, en el aserto machadiano de que “todo necio confunde valor y precio”.

Tengo que reconocer que este deporte, junto a la música militar, nunca me supo levantar. Soy respetuoso con la vida y milagros del jugador y mucho más desde conocí aquel año la ausencia a su cielo particular. No me gustan los panegíricos sobre él, que se prodigan todavía hoy por tierra, mar y aire, donde se envuelve con palabras elogiosas su enorme capacidad para hacer magia con el balón, aunque de su auténtico persona de secreto sepamos poco. Así ha sido, hasta que un día se cruzó determinada condición humana en su vida, con el sobrenombre de adicción en sus variadas versiones, convirtiendo su figura en una máscara que escondía su verdadera condición humana, a la que siempre respeto por su base existencial y dado que nada humano me es ajeno.

Volviendo a Borges, recuerdo ahora que escribió en 1967 un cuento junto a Adolfo Bioy Casares con un título críptico, Esse est percipi (Ser es ser percibido, en Crónicas de Honorio Bustos Domecq), pero evidente en nuestros tiempos modernos y de coronavirus. He vuelto a leer un fragmento del mismo: “El género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone”. Porque, agrega: “No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.

Reconozco que soy un espectador ignorante del fútbol. Ya lo decía Hans Magnus Enszerberger, cuando hablaba de la ciudadanía “ignorante y molesta”, al referirse a las personas alejadas de las tecnologías de la información y comunicación, que no es mi caso, aunque hace ya mucho tiempo que entré -a juicio de muchas personas- en el colectivo de ovejas descarriadas de lo que está pasando y están viendo a través del fútbol: ¿No te has enterado? ¡Ha muerto Maradona! Hoy, por ejemplo, ¿No te has enterado de qué equipos van a jugar la final del Mundial 2026?

Soy consciente de que Maradona ya no está con nosotros, en medio de estadios vacíos y ligas imposibles. Seguimos ensalzando el gran espectáculo de su fútbol en un mundo que ya no es lo que era, porque Maradona fue una ilusión colectiva cuando los estadios representaban un género dramático, donde unos ganaban y otros perdían, con gran dolor de Borges. Ahora, todo es diferente en un mundo totalmente al revés, pero siempre nos quedarán los sueños mágicos de Maradona en la malla pensante de la humanidad. O los de Messi, Mbappé, o según mis nietos, los de Unai Simón, Cucurella, Oyarzábal o ¡cómo no!, Lamine Yamal, entre otros.

De verdad, recordando a Borges, ¡disculpen mi ignorancia futbolera!

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