Los niños y niñas del Polígono Sur, en Sevilla, saben cómo mejorar su colegio

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

Ángel González, en Otoños y otras luces. I. Ciego

Sevilla, 23/IX/2026 – 13:39 h CET (UTC+2)

Se inicia hoy el otoño en Sevilla, acompañado de forma especial por el poeta Ángel González, con una buena noticia que da luz a este mundo ciego y al revés: los niños y niñas del Polígono Sur, en Sevilla, saben cómo mejorar su colegio, con respuestas concretas y factibles que se han obtenido a través del proyecto Juega, crea, crece. Un espacio para todos y todas en Andalucía, una iniciativa impulsada por la ONG Educo, con el apoyo de Deloitte, que se ha llevado a cabo en cinco centros educativos del Polígono Sur, en Sevilla, “para hacer de la escuela un lugar todavía más seguro, participativo y protector. […] Durante meses, grupos de niños y niñas —los llamados grupos motores— observaron cómo se vivía el tiempo del mediodía en sus escuelas. Detectaron qué funcionaba, qué podía mejorar y debatieron entre ellos hasta decidir qué propuestas querían poner en marcha. Aprendieron a escuchar, a dialogar, a llegar a acuerdos y a defender sus ideas”.

El resultado de este proyecto ha sido directamente proporcional al número de colegios que han participado en el mismo: cinco colegios, cinco soluciones diferentes: “En el colegio Fray Bartolomé de las Casas nació una ludoteca pensada por el propio alumnado. La llenaron de juegos, libros, cocinitas y materiales para que el tiempo del comedor fuera más agradable. “Todo lo hemos hecho para los niños del comedor, para que haya un montón de cosas divertidas”, cuenta una de las alumnas durante la inauguración. En el colegio Andalucía, por su parte, decidieron organizar un día de cine para favorecer un ambiente más tranquilo durante el comedor, mientras que en el Manuel Giménez Fernández apostaron por transformar y decorar el espacio del mediodía. Por último, el alumnado del colegio Manuel Canela decidió organizar una fiesta del agua, y en el Paz y Amistad idearon uno de los proyectos más originales: el kit de la calma”.

Lo que más me ha llamado la atención es la idea de este último colegio ante una pregunta importantísima en el mundo al revés actual: “¿Qué puede hacer un niño o una niña cuando está enfadado, nervioso o acaba de discutir con un compañero? Los estudiantes del colegio público Paz y Amistad encontraron una respuesta sencilla: crear una caja con materiales que ayudan a recuperar la calma. Pelotas antiestrés, lámparas de lava y otros objetos sirven para que quien lo necesite pueda relajarse antes de volver a incorporarse al grupo. Ellos mismos redactaron las normas de uso: compartir los materiales, cuidarlos y utilizarlos con las manos limpias”.

Ante esta noticia tan importante para la ciudad de Sevilla, que debería estar más atenta con lo que ocurre en sus barrios más desfavorecidos, entre ellos este del Polígono Sur, creo de especial interés divulgarla para general conocimiento de todos y para demostrar que otro mundo es posible en ese barrio, como modelo para llevar a cabo estas iniciativas en otros de la ciudad, dada la triste realidad de que Sevilla ocupa un lugar destacado en la relación de los barrios con menor renta del país (Informe INE indicadores urbanos 2025), en concreto los dos primeros puestos, que corresponden a las zonas 4-E (barrios de Los Pajaritos y Amate del distrito Cerro-Amate) y 5-A (barrio Polígono Sur del distrito Sur) , ambas en Sevilla capital, aunque la lista es larga, al figurar también cuatro zonas más conformadas por seis barrios más, Colores-Entreparques, La Oliva-Letanías, Juan XXIII y Polígono Norte), algo que debería movilizar con carácter de emergencia social y preferente las respuestas públicas a esta situación, teniendo en cuenta globalmente, en este listado, que de las quince localidades señaladas, once pertenecen a Andalucía.

Obviamente, es necesario señalar que estas «ideas» de niños y niñas del Polígono Sur en Sevilla, se deberían exportar a cualquier colegio de nuestra Comunidad Autónoma, de cualquier tipo, porque una vez más, unos niños y niñas con situaciones sociales muy desfavorecidas, dan respuestas a problemas sociales muy complejos, dando lecciones ejemplares del buen hacer social y solidario, siguiendo la estela de Groucho Marx, al pronunciar aquella frase gloriosa en Sopa de ganso, en una reunión memorable de la Cámara de Diputados de Freedonia: “¡Hasta un crío de cuatro años sería capaz de entender esto!… Búsqueme un crío de cuatro años, a mí me parece chino“. Niños y niñas del Polígono Sur, de corta edad, dan respuestas asombrosas a cómo se puede mejorar su estancia en sus colegios y crear nuevos espacios en los que conviven muchas horas al día.

Cuando se preguntó a estos niños y niñas qué necesitaban para sentirse bien en el colegio, respondieron que sentirse escuchados, seguros y respetados: “Por eso este proyecto no se ha limitado a crear nuevos espacios. También ha fortalecido la convivencia, la prevención de la violencia y el buen trato en la comunidad educativa. Y los más interesante es que los resultados obtenidos van mucho más allá que una actividad puntual a través «de una ludoteca o un kit de la calma. Más de 600 niños y niñas han participado en el proyecto y han comprobado que sus opiniones cuentan y que pueden mejorar el lugar donde pasan buena parte de su día. Porque cuando la infancia participa de verdad, no solo cambian los espacios. También cambia la forma de convivir en ellos”.

Una reflexión más. Vean y escuchen atentamente el vídeo de cabecera, porque son los niños y niñas participantes en el proyecto citado, los que lo cuentan mejor que nadie. Divúlgalo, querido lector, querida lectora, porque siguiendo lo que aprendí hace ya mucho tiempo de Eduardo Galeano “intento mirar el universo por el ojo de la cerradura, desde lo pequeñito, lo que puede parecer insignificante. Cada historia es una baldosita cuyo color se incorpora al gran mosaico de la historia que entre todos hacemos cada día, aunque no lo sepamos”. Entre todos y todas podemos construir un mundo mejor para todos, salvando siempre el interés general y, sobre todo, el de los que menos tienen, los nadies, con un suelo firme, ético y digno, posible por supuesto, a pesar de que los amos del mundo actual, de cuyo nombre prefiero no acordarme ahora, intenten demostrar en la Asamblea General de la ONU lo contario, como ayer se comprobó con la lamentable intervención bélica e intimidatoria de Trump, que estoy obligatoriamente obligado a citarlo y denunciarlo. Sin olvidar, por supuesto, el silencio cómplice de la mayoría de los países presentes.

¡Que gran lección de los niños y niñas del Polígono Sur, en Sevilla, cuando un buen proyecto como el de Educo les entrega la posibilidad de ser más felices! Para que no lo olvidemos ni siquiera un momento.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

Otoño 2026 / 3. Ciegos al color de la vida

ERICH LESSING
Julie Andrews, junto a su hija, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas” / Erich Lessing

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

Ángel González, en Otoños y otras luces. I. Ciego

Sevilla, 23/IX/2026 – 07:27 h CET (UTC+2)

El Otoño llegó esta madrugada, puntual como siempre, una estación de colores ocres, verdes apagados, hojas caídas, tonos cambiantes, casi todo ocre: “¿De cuándo ese carmín que fue violeta?, ¿De dónde el oro que era ocre hace un instante?”. Ángel González lo recuerda en su cuarto poema, Ciego, como si todo lo envolviera la acromatopsia (1), que solo afecta a los seres humanos. Lo aprendí leyendo a Oliver Sacks, tan presente siempre en este cuaderno digital, porque esta enfermedad real es la ceguera del color, que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. En su magnífico libro La isla de los ciegos al color (2), descubrí que existe un lugar en el mundo, en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, donde todo se ve siempre de color gris, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Hoy, recordando a Sacks de nuevo, pienso que el poema de Ángel González, extiende geográficamente, por todo el mundo, la ceguera a la vida:

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

Confieso que he vivido una experiencia extraordinaria, simbólica, de lo que significa el paso del blanco y negro al color, en el contexto del libro citado de Oliver Sacks y tras la lectura meditada del poema de Ángel González. Ocurrió cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”, porque la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”. Me sigue impresionando esa fotografía en blanco y negro de Julie Andrews, que reproduzco en la cabecera de este artículo. Y pienso que Lessing quiso dejar para la posteridad la impronta real de la sonrisa en esa relación madre-hijo, en la lectura de una carta quizás imposible, como homenaje a esta necesidad, dado que en su caso, tuvo que emigrar desde Viena a Palestina a los 16 años, por la ocupación de Hitler, arrancándolo de su familia más cercana. Cuando regresó a Viena, en 1947, su madre ya había fallecido en el campo de concentración de Auschwitz.

En el mundo al revés en el que estamos instalados, sólo queda en este Otoño de 2026, abrir los ojos, oír el paso de la vida, sin ver nada, sin escuchar nada, tal y como nos lo enseñó Ángel González: Como si al mundo entero / una nevada súbita / lo hubiese recubierto / de silencio y blancura. La única forma de contemplar dignamente en este otoño, la realidad de la vida.

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. 

(2) Sacks, O., La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, 1999.

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