La alta velocidad para vivir cada día, necesita buscar el pensamiento tranquilo

PENSAR RAPIDO

Sevilla, 3/XI/2026 – 07:41 h CET (UTC+1)

Al publicar hoy estas palabras, confieso que han nacido al escuchar unas manifestaciones de un familiar de una persona fallecida en el accidente ferroviario de Urda, cuando expresó lo que sentía como víctima también de vivir con prisas: “estos muertos son los muertos de toda la sociedad. Vivimos en la peor época del capitalismo con prisas. Así como en el pasado se explotaba a los niños en las minas, hoy en día los empresarios «quieren el dinero más rápido que nunca, a la mayor velocidad posible». 

Una vez más, nos queda la palabra.

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Cuando se va del timbo al tambo en el tiempo revuelto que nos rodea, palabras del maestro García Márquez en sus cuentos peregrinos, se añora dedicar una parte del mismo a buscar la opción tranquila de la vida, en todas sus vertientes. Vivimos en unos momentos en los que hay que buscar con linterna, como Diógenes, a las personas que dedican un tiempo de tranquilidad racional en un contexto revuelto de compulsión global. Y creo que es posible, es más, imprescindible, porque el cerebro lo necesita, entre otras recomendaciones propias y asociadas, para digerir la tragedia ferroviaria de Urda y para sobrellevar unos días preelectorales complejos y como antesala de la campaña electoral para las próximas elecciones generales del 29 de noviembre.

El cerebro está programado y entrenado para organizar la vida propia de cada persona. Y necesita descansar, siendo el sueño un momento de acoplamiento de todas las entradas diarias que necesitan alojarse en compartimentos que todavía las neurociencias no han logrado descifrar, aunque estemos cerca de ello. Y durante la etapa de vigilia de cada persona, el cerebro obedece normalmente a entrenamientos personales e intransferibles a lo largo de la vida, tomando decisiones a cada momento. Aquí es donde se produce todos los días la temible disociación entre las decisiones rápidas y las tranquilas. Más lo primero que lo segundo, aunque hay que reconocer que los juicios y las decisiones rápidas se toman además en un contexto de incertidumbre total, como nos ocurre en la crisis política actual de alcance mundial y local.

Esta es la tesis a descifrar que planteó en 2012, de forma excelente, el Premio Nobel de Economía 2002, Daniel Kahneman, psicólogo de profesión, al que admiro desde que tuve conocimiento de su obra hace bastantes años, cuando publicó Pensar rápido, pensar despacio(1).

 Kahneman describe la vida mental “con la metáfora de dos agentes. El Sistema 1, que produce pensamiento rápido, intuitivo y con apenas esfuerzo, y el Sistema 2, lento, perezoso, no siempre activado y que requiere cálculos complejos y atención. El Sistema 1, por ejemplo, no sabe resolver automáticamente el problema de multiplicar 28×53. El Sistema 2, en cambio, con ciertas limitaciones, es el único que puede seguir reglas, comparar objetos en varios de sus atributos y hacer elecciones deliberadas entre opciones. Esta división del trabajo es muy eficiente, pero siempre hay que tener en cuenta que en el Sistema 1 hay sesgos y no se puede desconectar a voluntad. Así tenemos dificultad de apreciar nuestros errores, aunque nos resulta más fácil detectar los ajenos. En este libro, en definitiva, se muestra que el Sistema 1 es más influyente de lo que nuestra experiencia nos dice, y es “el secreto autor de muchas de las elecciones y los juicios que hacemos” (2).

Cuando se publicó este libro descifré lo que la vida y mi cerebro me ordenan a diario como decisión rápida, inmediata, imprescindible. También aprendí que el mundo de secreto de cada persona hay que pararlo momentáneamente o dejarlo en ralentí, para que en la próxima toma de decisiones no se deje convencer, a través de las decisiones de mi inteligencia, por el secreto autor de la última elección y decisión que tomé en un tiempo revuelto, muy próximo. Y lo mejor. Que no me vuelva a suceder en el aquí y ahora que me acompaña siempre, porque ya estoy entrenando a mi inteligencia creativa y ejecutiva, para que las próximas órdenes decisorias estén garantizadas por mi cerebro al buscar en el almacén de grabaciones tranquilas.

De esta forma, podré frenar las decisiones rápidas con reflexiones lentas, pausadas, gracias a Daniel Kahneman, aunque en un momento de ataque de autosuficiencia de la sociedad mundial, le podamos preguntar ¿qué hace un psicólogo como tú, premio Nobel, en un mundo como éste, de la economía, tan sabia ella…? Probablemente tuviera razón Enrique Morente cuando cantaba aquella soleá de la ciencia, avanzando en nuestra aventura particular de cerebros pensantes, tranquilos, ilusionándonos con el saber compartido sobre la esencia de este palo: interpretar los puntos cardinales de la existencia: la vida, el dolor, el amor y la muerte, desde la inteligencia del Sur:

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Cómo siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

(1) Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Barcelona: Debate.
(2) Perdices de Blas, Luis, (2012, 28 de julio), Las limitaciones de la racionalidad, en Babelia (El País), pág. 9.