Imagen última de Carles Puigdemont antes de fugarse de nuevo, en Barcelona, el 8 de agosto de 2024
Sevilla, 10/VIII/2024
Hay personas que recuerdan con cierto asombro cinematográfico las actuaciones del gran escapista húngaro, Harry Houdini, que se hizo famoso por esta especialidad como mago. Lo he recordado estos días al presenciar el último número circense de la aparición y fuga de Carles Puigdemont, como por ensalmo, el pasado jueves en Barcelona, una hora antes de comenzar la sesión del Parlamento de Cataluña, un lugar soberano para el pueblo catalán y en el que Puigdemont tiene un escaño, en la que se votaba la candidatura, propuesta democráticamente, para la presidencia de la Generalitat de Cataluña. Fue una actuación deplorable desde el ámbito democrático de “su país” y del nuestro, porque mientras no se diga lo contrario, constitucionalmente hablando, compartimos el territorio nacional a todos los efectos, políticos, judiciales y legales, sin excepción alguna como Estado. Fue visto y no visto, con un velo sospechoso de inacción deplorable de la policía catalana.
Estoy convencido de que Puigdemont se ha equivocado al elegir su carrera política. Es la segunda vez que lo hace, porque la primera vez ya dejó a los suyos tirados en la cuneta política, en 2017, en plena debacle del llamado “procés”, escapando de forma impresentable para hacer su batalla particular desde Waterloo, en una sesión pública de escapismo político de infeliz memoria, haciendo un auténtico Houdini, una representación imaginaria del mago húngaro. El jueves pasado se liberó de unos grilletes que pudieron ser reales, tan cerca de sus muñecas, acción que siempre llevaba a cabo y de forma impecable el gran mago húngaro.
Como la cosa va de magia Borrás, visto lo visto en el inmenso fraude político de Puigdemont, me quedo hoy con la frase seria de nuestro mago mentalista, Anthony Blake, con la que despedía siempre sus actuaciones: «Todo lo que has visto ha sido producto de tu imaginación, no le des más vueltas, no tiene sentido». Lo verdaderamente triste es constatar que lo visto el miércoles pasado, con su texto y contexto escapista, no ha sido producto de nuestra imaginación, por muchas vueltas que le demos. Lo que ha vuelto a hacer el mago político Puigdemont no tiene sentido, o mejor dicho, en roman paladino (el lenguaje directo de Berceo), es que no tiene nombre, democráticamente hablando.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.
John Keating (Robin Williams), en El club de los poetas muertos
Sevilla, 9/VIII/2024
El próximo domingo se cumple el décimo aniversario del fallecimiento del actor Robin Williams, que nunca olvido en su papel del profesor John Keating, en El Club de los poetas muertos. Las palabras que siguen las escribo a modo de pequeño homenaje dedicado a su memoria cinematográfica y a sus palabras sobre el carpe diem particular y, sobre todo, digno, que cada uno, cada una, vive a diario.
El problema radica, en la actualidad, en que necesitamos localizar a poetas muertos y vivos que nos ayuden a interpretar la vida porque, desgraciadamente, nos sobran personas cretinas vivas que la malogran a diario y hacen mucho daño a la sociedad, como mediocres aventajados que nos rodean por tierra, mar y aire, formando parte un nuevo Club, el de los cretinos vivos. Es un hecho, ya tratado en bastantes ocasiones en este cuaderno digital, que la mediocracia se instala día a día en nuestras vidas. En este contexto, vuelvo a publicar hoy un artículo escrito en 2018, El club de los cretinos vivos, que no necesita más actualización que la de Trump en estos momentos delicados para el bien común, para la democracia, como representante de la ultraderecha mundial, aunque sigue haciendo de las suyas, salvando lo que haya que salvar si identificamos a sus alumnos aventajados distribuidos por este loco mundoalrevés, incluyendo nuestro país, por supuesto.También, porque ya sabemos qué rumbo han tomado las derechas en nuestro «territorio patrio«, que les gusta decir a ellas de forma taimada, que se autoproclaman como “gente de bien”, sin rubor alguno, frente a la gente de mal, que somos para ellos el resto de la población. Han preferido la opción de un permanente «cretinismo enojado», como advirtió Manuel Rivas en la columna del artículo citado.
Pasen y lean aquellas palabras. Suenan de forma atronadora hoy, por la cretinez que nos invade. Estamos avisados. Además, deberíamos tomar conciencia de que la cita “carpe diem”, a secas, es incompleta. Le falta la segunda parte, esencial en sí misma, tal y como lo expresó el poeta romano Horacio (Venosa, Basilicata, 8 de diciembre de 65 a. C. – Roma, 27 de noviembre de 8 a. C), en su Oda (Carminum) I, 11, dedicada a Leucónoe: “Carpe diem, quam minimum credula postero” o lo que es lo mismo, Vive el día de hoy [Carpe diem]. Captúralo. No te fíes del incierto mañana.
La primera vez que el lema “cretino” dio el salto mortal del vocabulario médico al social en este país, en el que abunda esta especie irredenta, la he localizado en el Diccionario general y técnico hispanoamericano, elaborado por Manuel Rodríguez Navas y Carrasco (publicado en Madrid en 1918 por la editorial Cultura Hispanoamericana), como adjetivo y con dos significados: que padece cretinismo y como traducción del alemán kraftlos, imbécil. Desde ese año no se vuelve a mencionar esta segunda acepción en la lexicografía española y hay que esperar a la edición 18ª del Diccionario de la RAE, publicado en 1956, cuando se acepta también una segunda acepción como sentido figurado del citado adjetivo: estúpido, necio(que se puede usar también como sustantivo). Es un término independiente ya de su pasado como enfermedad, aunque es en la edición de 1983, del Diccionario manual e ilustrado de la RAE cuando se desarrolla por primera vez una segunda acepción en el lema “cretinismo”, entendiéndose (en sentido figurado y familiar) como estupidez, idiotez y falto de talento.
Sorprende constatar cuánto tiempo ha necesitado este vocablo para imponerse en la cultura española como voz de derecho en el uso del mismo y en su comprensión, cuando creo que tiene una vida muy dilatada en el tiempo, porque desde época inmemorial la existencia de cretinismo y sus correspondientes cretinos y cretinas han abundado por doquier. Es lo que me ha pasado al leer un artículo reciente de Manuel Rivas, La ola de cretinismo, que en su entradilla lo justifica de forma espléndida: “Es la piel del mundo la que está tumefacta, no por el humorismo amoratado, sino por la estupidez circundante”. Es verdad que estamos rodeados de cretinismo galopante, de personas que pertenecen al Club de estúpidos, idiotas, imbéciles y faltos de talento (respetando las acepciones literales de la RAE nada más).
Dice Manuel Rivas en su artículo que “Existe un humorismo amoratado, viñetas que son puñetazos de luz, y ahí está El Roto, la mirada indómita, descerrajando lo que no se puede ver, desvelando lo que no está “bien visto”. Está El Roto y los rotos, los que se pelean contra las mordazas, legales o ilegales. Pero el cretinismo, y no hablo de la enfermedad, sino del talante estúpido, va ocupando espacio como pensamiento grosero, vociferante, pelotudo. Es la piel del mundo la que está tumefacta, no por el humorismo amoratado, sino por ese cretinismo circundante”. Da pánico contemplar lo que le pasa al mundo cada vez que Trump se pasea por él haciendo turismo cretino. O los aprendices de ellos que tenemos en nuestro país, que imitaron e intentan imitar a ciertos presidentes americanos (no me refiero a Obama), que poniendo los pies encima de la mesa y remedando su acento yanqui, se han vanagloriado de invadir y seguir invadiendo el mundo a cualquier precio, actitudes de las que el Sur paga siempre un precio muy alto.
Ante las noticias cretinas que recorren el mundo, solemos quedarnos muchas veces con el ojo amoratado y con el alma de color y dolor violeta, en un pantone moral como el que cita Rivas refiriéndose a lo que nos pasa cuando vemos las viñetas de El Roto. Estoy muy de acuerdo con los matices de cretinismo que analiza en su columna: “Ahora mismo no sabemos el rumbo que va a tomar la derecha, la vieja y la nueva, en España. Si va a recaer en un cretinismo enojado o abrirse a una inteligencia democrática y dialogante. En una época histórica muy amoratada, la descrita en La desintoxicación de Europa, Stefan Zweig se quejaba de una atmósfera en la que “tanto los individuos como los Estados parecen más bien dispuestos a odiarse mutuamente; la desconfianza mutua se revela infinitamente más fuerte que la confianza”.
En la confianza de luchar para ser más libres frente a los cretinos (serlo o no serlo, esa es la cuestión…), hay que identificarlos urgentemente para librarnos de ellos a la mayor brevedad posible. Estamos avisados, porque son legión. Ya los definió de forma magistral Luis Cernuda, un poeta vivo en mi corazón: Lo cretino, en ti, / No excluye lo ruin. / Lo ruin, en tu sino, / No excluye lo cretino. / Así que eres en fin, / Tan cretino como ruin (en La desolación de la quimera).
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Me despido hoy de esta búsqueda de razones para vivir dignamente a través de la poesía social, en este mes de agosto, publicando de nuevo un artículo que cuando hago mi agosto particular, siempre lo recuerdo desde hace ya bastantes años, porque no olvido que agosto es «Beñesmer», con una traducción preciosa, «Luna de Agosto», tal y como se conocía en la cultura guanche, porque era la festividad más importante de los aborígenes de las Islas Canarias. Era la fiesta de la cosecha y el día central del año de magos. En él, los guanches ordenaban los asuntos materiales, y festejaban y veneraban las tradiciones culturales y espirituales. Era considerada como el «Año Nuevo Guanche», que coincidía con la recogida de la cosecha.
Esta tradición cultural me parece extraordinaria, junto a otras muchas de nuestro país en este mes de canícula especial, forzada a extremos difícilmente sostenibles por el cambio climático, porque crea una identidad del tiempo en una cultura muy desconocida, teniendo en cuenta que el Imperio Romano apartó e intentó fulminar todas las culturas existentes en el mundo, teniendo en cuenta, además, que el emperador Augusto hizo una de las suyas estableciendo este mes con su nombre y dedicado sólo por siempre y jamás a él. La Historia es implacable y como buscador incansable de islas desconocidas, en las que suceden historias con minúsculas que engrandecen el alma humana, vuelvo a publicar el contenido que dediqué en 2020 a esta palabra guanche, Beñesmer, que tiene hoy un sentido pleno en momentos difíciles para el mundo en general. Espero que esta «luz de luna llena» de agosto no se apague en los días y meses venideros, porque el mundo y este país en particular, necesitan salir del planificado ocaso de la democracia, para que podamos emprender un nuevo camino vital con ilusiones temporales que lleven la luz de luna dentro.En este mes, Beñesmer, con más razón todavía, respetando la cultura guanche.
En la cultura guanche el mes de agosto se conocía como Beñesmer (Luna de Agosto). Dejamos por un momento la romanización del calendario, al haber dedicado este mes al emperador Octavio Augusto, que hizo lo indecible para que agosto no tuviera menos días que su antecesor, Julio, dedicado al emperador Julio César, porque entre emperadores estaba el juego, mejor dicho, el prestigio. Soy una persona enamorada de aquella tierra, Canarias, especialmente de Lanzarote, donde muchos veranos he recuperado su belleza lunar, su mar y su malpaís, algo tan contradictorio pero que César Manrique lo convirtió en algo muy bello. Recuerdo cómo Rafael Alberti expresó su impresión personal al describir aquella isla en una intervención inolvidable que hizo en 1979, en un acto cultural junto a Nuria Espert, en Los Jameos del Agua. Allí leyó un poema dedicado a César Manrique, que reproduzco íntegro por su belleza:
Lanzarote. Primera estrofa (31 de mayo de 1979)
A César Manrique, pastor de vientos y volcanes
Vuelvo a encontrar mi azul, mi azul y el viento, mi resplandor, la luz indestructible que yo siempre soñé para mi vida.
Aquí están mis rumores, mis músicas dejadas, mis palabras primeras mecidas de la espuma, mi corazón naciendo antes de sus historias, tranquilo mar, mar pura sin abismos.
Yo quisiera tal vez morir, morirme, que es vivir más, en andas de este viento, fortificar su azul, errante, con el hálito de mi canción no dicha todavía.
Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia, y puedo serlo aún, aunque sangrando, profundamente, vivamente herido, lleno de tantos muertos que quisieran revivir en mi voz, acompañándome.
Más no quiero morir, morir aunque lo diga, porque no muere el mar, aunque se muera. Mi voz, mi canto, debe acompañaros más allá de las edades.
He venido a vosotros para hablaros y veros, arenales y costas sin fin que no conozco, dunas de lavas negras, palmares combatidos, hombres solos, abrazados de mar y de volcanes.
Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo. Siento que va a habitarme el fuego que os habita.
En 2014 publiqué un libro en este cuaderno digital, La Tegala de Saramago, dedicado al premio Nobel portugués, que vivió hasta su fallecimiento en Tías (Lanzarote), en un lugar que visité días después de su ausencia definitiva de esa tierra volcánica en 2010. Saramago, desde su tegala particular, nos ha dejado un legado de compromiso literario inolvidable. ¿Por qué la tegala de Saramago? Sencillamente, porque a él le gustaba incardinarse en la tierra que le acogió en 1993, en cualquier tierra que le respetara, y la tegala es un lugar de referencia para la población canaria, un lugar en altura suficiente para que los guanches pudieran comunicarse con señales de humo. Señales que desde Tías, desde la calle donde habitó y habitará por muchos años, La Tegala, Saramago hizo y hace al mundo entero para que nos comprometamos con la esencia de la vida, dejándonos llevar por el niño o la niña, ¿inocentes?, que todos llevamos dentro.
Mesa de trabajo de José Saramago, Tías (Lanzarote), agosto de 2010 / JA COBEÑA
Recuerdo como si fuera ayer la estancia en su biblioteca personal, que amablemente nos dejaron visitar. Su sencilla mesa de trabajo, unos libros con páginas marcadas por Pilar del Río, la manta roja de Ikea reposando en el brazo izquierdo del sillón que tantas veces lo acogió, diccionarios, bolígrafos, mapas, las mesas con correspondencia pendiente de responder, las estanterías llenas de escritura impresa facilitada por Saramago, traducida por Pilar del Río, en ese esfuerzo por entregarnos sus palabras a todas horas, para que todos lo comprendiéramos muy bien, levantándonos de cada suelo particular, en la interpretación de la ética que hizo en su momento López Aranguren, entendiendo la ética como el suelo firme en que se basan todas nuestras actitudes, la “solería” que vamos poniendo en nuestras personas de secreto a lo largo de la vida. Elefantes, libros, revistas, ediciones maravillosas de uno de mis libros preferidos: El cuento de la isla desconocida, que tantas veces regalo, incluso como ideario para familiares, amigos y funcionarios que en su día compartieron responsabilidades públicas en mi vida profesional.
En este beñesmer recuerdo los que he vivido durante bastantes años en aquella tierra tan acogedora que no olvido. Hoy he unido dos mensajes esclarecedores de Alberti y Saramago en referencia a la cultura guanche respetada hasta nuestros días. También, la obra ciclópea de César Manrique que siempre respetó la trazabilidad histórica del pueblo guanche que le permitió hacer su beñesmer tan particular. He leído muchos cuadernos de Saramago, en formato atómico y digital. Mi aprecio por la isla de Lanzarote me ha llevado siempre a buscar en cada página escrita en ellos, lugares y menciones específicas a una isla que tanto respeto por la vida y obra de César Manrique, pastor de vientos y volcanes, omnipresente en cada paso que das por sus dunas de lava negra, en la acertada expresión que le regaló Rafael Alberti, en una visita que hizo a Manrique en su casa, hoy Museo, de Taro de Tahiche: He venido a vosotros para hablaros y veros, / arenales y costas sin fin que no conozco, / dunas de lavas negras, / palmares combatidos, hombres solos, / abrazados de mar y de volcanes.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ramón Gaya, Retrato de Luis Cernuda, 1932 (Ver nota)
Sevilla, 7/VIII/2024
En estos días olímpicos, que vemos y sentimos en pleno agosto, donde se resalta tanto lo español y su bandera roja y gualda, que algunos enarbolan como propia y como patrimonio suyo, ni siquiera nacional, he recordado unas palabras hermosas de un poeta español, sevillano por más señas, tal y como él concebía esta etiqueta territorial de pertenencia, transido de dolor por el exilio y el poco aprecio que le profesaban sus paisanos, a los que nos dejó palabras inolvidables, que todavía me duelen: Más el trabajo humano / Con amor hecho, merece la atención de los otros (A sus paisanos, en La desolación de la quimera).
En este contexto actual tan “españolista”, ¡con perdón!, vuelvo a leer su “Díptico español” (1), dedicado a Carlos Otero (un amigo que conoció en Los Ángeles en 1959), en su primera parte, con un título a modo de aviso para navegantes, “Es lástima que fuera mi tierra”:
Cuando allá dicen unos Que mis versos nacieron De la separación y la nostalgia Por la que fue mi tierra, ¿Sólo la más remota oyen entre mis voces? Hablan en el poeta voces varias: Escuchemos su coro concertado, Adonde la creída dominante Es tan sólo una voz entre las otras.
Lo que el espíritu del hombre Ganó para el espíritu del hombre A través de los siglos, Es patrimonio nuestro y es herencia De los hombres futuros. Al tolerar que nos lo nieguen Y secuestren, el hombre entonces baja, ¿Y cuánto?, en esa escala dura Que desde el animal llega hasta el hombre.
Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos, Adonde ahora todo nace muerto, Vive muerto y muere muerto; Pertinaz pesadilla: procesión ponderosa Con restaurados restos y reliquias, A la que dan escolta hábitos y uniformes, En medio del silencio: todos mudos, Desolados del desorden endémico Que el temor, sin domarlo, así doblega.
La vida siempre obtiene Revancha contra quienes la negaron: La historia de mi tierra fue actuada Por enemigos enconados de la vida. El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora, Sino de siempre. Por eso es hoy La existencia española, llegada al paroxismo, Estúpida y cruel como su fiesta de los toros.
Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo En creer que la razón de soberbia adolece Y ante el cual se grita impune: Muera la inteligencia, predestinado estaba A acabar adorando las cadenas Y que ese culto obsceno le trajese Adonde hoy le vemos: en cadenas, Sin alegría, libertad ni pensamiento.
Si yo soy español, lo soy A la manera de aquellos que no pueden Ser otra cosa: y entre todas las cargas Que, al nacer yo, el destino pusiera Sobre mí, ha sido ésa la más dura. No he cambiado de tierra, Porque no es posible a quien su lengua une, Hasta la muerte, al menester de poesía.
La poesía habla en nosotros La misma lengua con que hablaron antes, Y mucho antes de nacer nosotros, Las gentes en que hallara raíz nuestra existencia; No es el poeta sólo quien ahí habla, Sino las bocas mudas de los suyos A quienes él da voz y les libera.
¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno Su tradición escoge, ni su tierra, Ni tampoco su lengua; él las sirve, Fielmente si es posible. Mas la fidelidad más alta Es para su conciencia; y yo a ésa sirvo Pues, sirviéndola, así a la poesía Al mismo tiempo sirvo.
Soy español sin ganas, Que vive como puede bien lejos de su tierra Sin pesar ni nostalgia. He aprendido El oficio de hombre duramente, Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía, Cuyas maneras rara vez me fueron propias, Cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto Y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.
No hablo para quienes una burla del destino Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas (Quien habla a solas espera hablar a Dios un día) O para aquellos pocos que me escuchen Con bien dispuesto entendimiento. Aquellos que como yo respeten El albedrío libre humano Disponiendo la vida que hoy es nuestra, Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida.
¿Qué herencia sino ésa recibimos? ¿Qué herencia sino ésa dejaremos?
¡Cuantos mensajes para este aquí y ahora en nuestro país! Si tuviera que elegir me quedaría hoy con varias estrofas de un calado especial, por ejemplo, cuando dice: Si yo soy español, lo soy / A la manera de aquellos que no pueden / Ser otra cosa: y entre todas las cargas / Que, al nacer yo, el destino pusiera / Sobre mí, ha sido ésa la más dura. / No he cambiado de tierra, / Porque no es posible a quien su lengua une, / Hasta la muerte, al menester de poesía. Lo comprendo mejor cuando lo reflexiono a solas, apoyado también en el retrato autobiográfico de Antonio Machado, como él lo expresa, No hablo para quienes una burla del destino / Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas / (Quien habla a solas espera hablar a Dios un día), porque escribo en este cuaderno digital para aquellos pocos que me escuchen / Con bien dispuesto entendimiento. / Aquellos que como yo respeten / El albedrío libre humano / Disponiendo la vida que hoy es nuestra, / Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida”.
Lo aprendido de Luis Cernuda es la herencia que recibí como españolito que vino al mundo hace ya muchos años y de ese mundo me guardó Dios, aunque una de las dos Españas me sigue helando el corazón. Este es el motivo de haber escogido hoy a Luis Cernuda para interpretar este día español en agosto, porque soy español como el poeta lo era, aunque haciéndome todavía hoy sus dos preguntas finales ante esta realidad actual: ¿Qué herencia sino ésa recibimos? / ¿Qué herencia sino ésa dejaremos? La de la amada libertad a través de la inteligencia humana, la única que nos puede hacer más libres.
(1) Cernuda, Luis, La realidad y el deseo (1924 – 1962), XI – Desolación de la quimera (1956-1962), 1998, Madrid: Alianza Editorial, p. 420-426.
NOTA: El 27 de diciembre de 2018, el Estado adquirió por 10.000 euros, en el remate final de una subasta de Durán, el Retrato de Luis Cernuda, 1932 (O/L, 65 x 55 cm.), pintado por Ramón Gaya: “Se ofrecía, también de su mano, un dibujito previo, a tinta, muy sencillo, pero como una especie de primera idea o boceto del óleo (23 x 18,5 cm.), fechado también en 1932. Ambos habían estado presentes en la muestra Entre la realidad y el deseo. Luis Cernuda 1902-1963, en la Residencia de Estudiantes en Madrid y en el Convento de Santa Inés en Sevilla, en 2002, y aparecían también, con otras piezas que se subastaban, en el libro A una verdad. Luis Cernuda (Sevilla-Madrid, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 1988), edición coordinada por Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet. Ambos fueron vendidos por los precios iniciales, 10.000 euros el óleo y 3.000 la tinta, y en ese precio fueron adjudicados al Estado cuando ejerció su derecho”.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Recordar a Miguel Hernández es un deber de España, un deber de amor.
Pablo Neruda
Sevilla, 6/VIII/2024
En mi singladura actual, buscando a poetas que me acompañen en la mejor interpretación posible de lo que está pasando y estamos viendo a diario, me vuelvo a encontrar con Miguel Hernández, como deber de amor, siguiendo la recomendación de Pablo Neruda, porque lo recuerdo con frecuencia. Lo hago con profundo respeto y muestra de ello es que hace un año escribí una reflexión sentida que vuelvo a publicar hoy, disfrutando de la obra de este gran poeta, fuera ya del mercado intelectual puro y duro desde el 1 de enero de 2023, al haber pasado al dominio público, entendido por la UNESCO como “patrimonio común de la humanidad”. ¡Qué oportunidad para disfrutar del conocimiento libre, conectivo y compartido!
Lo reproduzco tal cual, porque la obra de Miguel Hernández permanece intacta, aún pasando por el túnel del tiempo, cuando se la respeta y ama, algo que debería ser consustancial con la memoria democrática de España, un deber de este país al recordarlo. También, cuando lo hacemos junto a Josefina Manresa, su leal y fiel compañera, que nadie como él supo amarla desde una cárcel de agosto: “Amor: aleja mi ser / de sus primeros escombros, / y edificándome, dicta / una verdad como un soplo // Después del amor, la tierra. / Después de la tierra, todo”.
En el mes de agosto de este año, en el que ha pasado a ser de dominio público la obra de Miguel Hernández, deseo recordar un poema suyo precioso, Después del amor, escrito entre 1938 y 1941 durante su estancia en la cárcel, aunque fue publicado póstumamente por primera vez en 1958, en Cancionero y romancero de ausencias. Hoy, comparto con la malla pensante de la humanidad, porque es el lugar donde debe estar, fuera del mercado, un poema que nos dejó para que siempre lo cuidáramos con esmero, lejos de mercancías, dictaduras y ultraderechas que no entienden de amor, pero sí de odio:
No pudimos ser. La tierra no pudo tanto. No somos cuanto se propuso el sol en un anhelo remoto. Un pie se acerca a lo claro. En lo oscuro insiste el otro. Porque el amor no es perpetuo en nadie, ni en mí tampoco. El odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. Rojo es el odio y nutrido. El amor, pálido y solo.
Cansado de odiar, te amo. Cansado de amar, te odio.
Llueve tiempo, llueve tiempo. Y un día triste entre todos, triste por toda la tierra, triste desde mí hasta el lobo, dormimos y despertamos con un tigre entre los ojos.
Piedras, hombres como piedras, duros y plenos de encono, chocan en el aire, donde chocan las piedras de pronto.
Soledades que hoy rechazan y ayer juntaban sus rostros. Soledades que en el beso guardan el rugido sordo. Soledades para siempre. Soledades sin apoyo.
Cuerpos como un mar voraz, entrechocado, furioso.
Solitariamente atados por el amor, por el odio, por las venas surgen hombres, cruzan las ciudades, torvos.
En el corazón arraiga solitariamente todo. Huellas sin compaña quedan como en el agua, en el fondo. Sólo una voz, a lo lejos, siempre a lo lejos la oigo, acompaña y hace ir igual que el cuello a los hombros.
Sólo una voz me arrebata este armazón espinoso de vello retrocedido y erizado que me pongo.
Los secos vientos no pueden secar los mares jugosos. Y el corazón permanece fresco en su cárcel de agosto porque esa voz es el arma más tierna de los arroyos:
«Miguel: me acuerdo de ti después del sol y del polvo, antes de la misma luna, tumba de un sueño amoroso».
Amor: aleja mi ser de sus primeros escombros, y edificándome, dicta una verdad como un soplo.
Después del amor, la tierra. Después de la tierra, todo.
Me ha emocionado leerlo de forma pausada, para intentar comprender la profundidad de su mensaje, dando rienda suelta a las emociones y sentimientos, sobre todo a estos últimos que son los que permanecen en el alma humana. Y me quedo con los versos finales, una premonición para los que hacemos camino al andar en un mundo al revés, en el que algunos se empeñan en recordarnos que el amor no es perpetuo / en nadie, ni en mí tampoco. / El odio aguarda su instante / dentro del carbón más hondo. / Rojo es el odio y nutrido. / El amor, pálido y solo. Esa es la razón de la búsqueda de razones para vivir en la vida, en la que el amor es lo único que le da especial sentido a la existencia, aunque a veces esté, como nos lo recordaba Miguel, pálido y solo:
Amor: aleja mi ser de sus primeros escombros, y edificándome, dicta una verdad como un soplo.
Después del amor, la tierra. Después de la tierra, todo.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Gabriel Celaya, La poesía es un arma cargada de futuro, 1955.
Sevilla, 5/VIII/2024
Otra vez recurro a la poesía de Gabriel Celaya, donde me refugié hace tan sólo unos días, en momentos especiales ante lo que sucede en este país, que afecta al interés general de la ciudadanía, porque ante tanta mediocridad y mentira, ya no se espera nada personalmente exaltante.
Hace un año escribí el artículo que sigue, como un homenaje explícito a la persona y obra de Gabriel Celaya. Hoy, vuelvo a publicarlo porque no ha perdido ni un ápice de su actualidad ética, porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Es verdad, que estamos tocando el fondo.
Agosto sigue muy presente en la memoria histórica y democrática de la cultura. Un ejemplo lo tenemos en Miguel Hernández, cuando impartió una conferencia en el Ateneo de Alicante, el 21 de agosto de 1937, con el título “La poesía como un arma”, que suponía una elocuente declaración de principios: “La poesía es para mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí, como sentí mi condición de hombre, y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme […]. En la guerra, la escribo como un arma, y en la paz será un arma también, aunque reposada” (1). Si traigo a colación esta cita es porque hoy quiero dedicar unas palabras especiales a la poesía social de Gabriel Celaya, simbolizada en el poema La poesía es un arma cargada de futuro, publicado en 1955 (2), que se considera prototipo de ella, denostado muchas veces por algunas voces críticas, pero alabado en numerosas ocasiones por quienes se han acercado y se acercan hoy a él salvando su texto y contexto personal y social:
Cuando ya no se espera nada personalmente exaltante, más se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, con un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades, las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto, con el rayo de prodigio, como mágica evidencia, lo real se nos convierte en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando. Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, y calculo por eso con técnica, qué puedo. Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía–herramienta a la vez que latido de lo unánime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.
La verdad es que sobrecoge la lectura de este poema, en un género literario que muchos consideran inútil, porque para ellos es una mera contemplación burguesa de lo que está pasando, a través de bellas palabras, pero sin mezcla de compromiso personal y social alguno, aunque personalmente comprendo muy bien y comparto abiertamente la tesis mantenida en el tiempo, que expresó de forma magistral Nuccio Ordine, sobre la utilidad de lo aparentemente inútil, a lo largo de sus obras más significativas.
Es verdad, también, que la poesía no sólo es un arma de futuro, sino de presente, que puede y debe transformar la sociedad a través de la palabra, que en definitiva puede ser “útil” en el mundo actual frente al estereotipo que se le cuelga muchas veces de “inútil”. Luis García Montero, poeta y escritor al que aprecio y admiro, lo resumió perfectamente en un artículo que no olvido (3): “Por respeto a la poesía, debemos negarnos a que se convierta en una carta blanca para decir o escribir tonterías. Se puede estar en contra de la hostilidad de John Locke contra la poesía, sin caer en la trampa de despreciar lo útil. Me parece más interesante afirmar, contra los gobernadores y los buitres del negocio, que la poesía es tan útil como la ciencia o la técnica. El asunto no es superficial. Está en juego el espacio del saber democrático. El libro de Nuccio Ordine [La utilidad de lo inútil] da suficientes datos para abandonar la vieja polémica entre letras, ciencias y técnica. Es una inercia reaccionaria el desprecio de las ciencias y las letras. Conviene tenerlo claro para afirmar después que es también muy reaccionario despreciar el saber humanístico. Estamos hablando de cosas decisivas, como los programas de estudio, las universidades y la educación”. Queda claro en estos momentos tan delicados en el país, por el desprecio a la cultura y la censura galopante que ejercen las derechas, de teórico centro y ultras, autodenominadas “gentes de bien”, ante el resto, el populacho, que somos según ellos millones y, por supuesto, gente de mal: la poesía debe ser un arma para transformar el presente, que construye el mejor futuro de un país.
Entiendo así, mejor que nunca, las palabras de Celaya en el poema citado hoy como ejemplo: Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse, porque su poesía No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto. No es un fruto perfecto. / Es algo como el aire que todos respiramos / y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. / Son palabras que todos repetimos sintiendo / como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. / Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. / Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos. Así lo dejó escrito y así lo comparto, para el presente y para la posteridad, una sucesión de presentes útiles.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Grafiti en calle Águilas, en Sevilla / JA COBEÑA / 3 de agosto de 2024
Sevilla, 4/VIII/2024
Ayer, paseando por las aceras de Sevilla, a las que tanto amaba la urbanista Jane Jacobs, una ciudad en la que Stefan Zweig dijo en 1905 que “se puede ser feliz”, como crónica excelente de un viaje añorado, he descubierto un grafiti simbólico pintado sobre una pared decrépita, a modo de profecía encerrada en una frase muy cercana a Eduardo Galeano: “el mundo se cae a cachos”, utilizando el vocabulario actual de las redes sociales.
El grafiti es breve y bueno, lo que garantiza que sea doblemente bueno. Respeto mucho este género artístico y este cuaderno es testigo de ello por haber recogido en diversas ocasiones estas expresiones artísticas callejeras, a modo de sacrosantas profecías, en artículos especialmente cuidados y con respeto reverencial a estas manifestaciones de almas golpeadas en el largo camino de la vida.
En este sentido, recuerdo de forma especial que esta afición grafitera viene de antiguo en este mundo al revés, según conocimos en 2020 por el descubrimiento en las ruinas de Pompeya de un termopolio, una casa de comida rápida y caliente, también de bebidas, que ya existía en el año 79 (siglo I), año de la erupción del Vesubio, en excelente estado de conservación. La representación de una pintura de Nereida a caballo, descubierta en 2019, abrió el camino para excavar completamente una casa de comidas, habituales en Pompeya donde se solía comer frecuentemente fuera de casa en casi ochenta locales de este tipo, en la que destacaban en su decoración de la época, a título de reclamo publicitario, detalles de naturaleza muerta, descubriéndose también restos de alimentos, huesos de animales y de víctimas humanas de la erupción, quizás los de su propietario. Lo sorprendente es que se encontraron en el interior de las vasijas perfectamente alineadas en el mostrador, restos de comidas preparadas con los animales que aparecen en las pinturas publicitarias del mismo, tales como ánades reales expuestos boca abajo, listos para ser preparados y comidos, un gallo y un perro con correa, éste a modo de advertencia sobre la vigilancia del lugar (Cave Canem) o algo más que se explica a continuación, un detalle curioso que se encuentra en el marco de la pintura del perro, en el que se puede leer un grafiti de la época con la siguiente inscripción: “Nicia cineadecacator”: Nicia (probablemente un liberto de Grecia) ¡Cacatore, invertido!, que “probablemente lo dejó un bromista que quería burlarse del dueño o de alguien que trabajaba en el termopolio” (para leerlo, ampliar el marco superior de la imagen).
Este descubrimiento fascinante nos lleva a pensar que hay muy pocas cosas nuevas bajo el sol que nos puedan sorprender más que vivir dignamente, ser más que tener, porque siempre tenemos tiempo de seguir aprendiendo de la historia. Hoy, una vez más, de Pompeya. El símbolo del descubrimiento del termopolio nos muestra que algo que nos parecía tan moderno, como los establecimientos de comida rápida, las casas de comidas de toda la vida, los McDonald´s y Burger King de hoy, entre otros lugares de cuyo nombre no quiero acordarme, ya existieron hace nada menos que dos mil años. También, los grafitis, que se convierten en determinadas ocasiones en auténticas obras de arte o de expresión artística de sentimientos y emociones. Varias veces he comentado en este cuaderno digital la obra ingente y de compromiso social de Banksy, recordando hoy uno de sus grafitis, pintado en un mural en Nicholas Everitt Park, Lowestoft (Suffolk), en la que aparecen tres niños de pie en un bote y con un gorro de papel, con un mensaje sobre una pared sobre el que he escrito también aquí, en bastantes ocasiones, aunque con un sentido contrario: “Todos estamos en el mismo barco”.
Podemos probar para ver qué nos queda por vivir y experimentar si atendemos lo ocurrido en la casa de comidas calientes de Pompeya, en sus váteres individuales y colectivos, así como por los mensajes de los grafitis distribuidos por las paredes de esta maravillosa ciudad oculta por la lava. También, en la calle Águilas de Sevilla, que ayer contemplé durante unos minutos. Un día, todo desaparece y muchos siglos después descubrimos que hubo tiempo de todo, incluso de cruzarse entre las calles de las Bodas de Plata y la de los Balcones de una Pompeya rediviva, para comprar una comida rápida y caliente antes de que la lava los borrara de la vida casi sin darse cuenta. También, de que ocultara los insultos hacia los diferentes, que es importante resaltar porque, veintiún siglos después, ya sabemos que la intolerancia era una flor que adornaba también a los romanos de pro, los poderosos, los que despreciaban a sus congéneres amparando la burla, la esclavitud y el odio a la singularidad.
Lo que no he olvidado jamás fue la “pintada” (así se decía antes…) que describí en un artículo publicado en 1977, Un profeta para una pintada, en El Correo de Andalucía, un diario comprometido socialmente con la Transición Política de este país, en el que abordaba una realidad clamorosa, la desaparición de los “nuevos profetas”: “Y su ausencia se nota. El grupo, el equipo, el Partido, la confesión religiosa y así sucesivamente, sacrificando a menudo a los profetas, incluso a sus profetas, por un prurito de nombre, de clase, grupo o ideología compacta. Este ha sido el «milagro español» durante muchos años: fuga de cerebros, y por qué no, fuga de profetas, fuga de inteligencia y de voluntad, de corazón. Y el país lo nota. No hace muchos días, vi una pintada en una calle céntrica de Sevilla que me recordó esta ausencia. Decía más o menos así: «A los de vida destrozada, ¿quién los reivindica?». Es verdad. Durante la última oleada electoral este grito hecho Partido no se ha escuchado, porque los de «vida destrozada» comprenden un grupo amplísimo de mujeres y hombres que combaten diariamente a vida o muerte por la existencia. Es una neurosis de conflicto crónica y crítica, donde no hay tiempo para organizarse, porque la desconfianza en el propio ser humano es su mejor bandera”.
Aquel artículo finalizaba de una forma que puedo asumir hoy plenamente: “Hubo ya un rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre que fuera convincente y tuviera fronteras. Al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Quizá sea ésta una razón metafórica inconsciente para no atender al interrogante de la pintada, porque indudablemente el parafraseado cuestiona la esencia humana y puede «amargar la existencia» a más de uno: «pensé un día reivindicar y decidí no hacerlo». Es el momento álgido: o profecía, o silencio culpable. Sin comentarios. Afortunadamente, la ciudad va quedando más limpia. Pero, por favor, esta pintada que no se borre. Puede ser que algún profeta se haga presente y se quede entre nosotros…”.
Los mensajes, dibujos y pinturas, bajo el seudónimo de grafitis, que en muchas ocasiones son obras de arte con alma dentro, desaparecen a veces para siempre. O no, porque depende de cómo se hayan quedado o se lean todavía en el alma de cada uno. Así, hasta la posteridad, como en Pompeya o como ayer en Sevilla, en una acera de la calle Águilas, con un mensaje profético, er mundo se cae a caxo, un auténtico aviso para navegantes, como es mi caso, enrolado a diario en “La isla desconocida”, la carabela imaginaria de José Saramago, a quien tanto debo.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo.
Blas de Otero, en una carta dirigida a Vicente Aleixandre en 1955.
Sevilla, 3/VIII/2024
En estos primeros días de agosto me refugio en la poesía porque está elaborada con palabras, que es de lo poco que nos queda como algo personal e intransferible, en el proceso de creación desde el cerebro de cada uno, cada una.
Si a alguien le debo la localización de este refugio anímico es al poeta Blas de Otero, de quien aprendí el valor laico de la palabra, porque en mi infancia en tierras de Castilla, me enseñaron sólo su valor sagrado, en un juego de palabras bastante enrevesado para un niño: el Verbo se hizo Carne. Así, sin más explicaciones, porque todo era un asunto de fe.
Por estas razones, vuelvo a publicar hoy el artículo que el año pasado dediqué a un poeta especial, Blas de Otero y la palabra que le quedaba en agosto de 1955, porque él me enseñó el auténtico valor de la palabra, sobre todo en tiempos difíciles como los actuales, tan maltratada, ninguneada, manipulada, adulterada y utilizada de forma violenta contra todo el que no piensa de forma uniforme, mediocre, capitalista, dictatorial o… fascista, por resumirlo en una palabra.Sobre todo, porque aprendí de él algo que me impactó mucho cuando dijo que, ante las adversidades de su vida, “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”.Hermosas palabras, que en mí quedan.
Buscando islas desconocidas en este mes de agosto tan especial, he encontrado una carta del poeta Blas de Otero (Bilbao, 1916 – Majadahonda, Madrid, 1979) dirigida a Vicente Aleixandre, el 18 de agosto de 1955, que me ha parecido una lección histórica de importancia capital para conocer a este poeta, con una trazabilidad familiar muy compleja y desde el punto de vista existencial también, con pérdida de fe incluida:
Querido Vicente: Te escribo esta carta aunque me da vueltas la cabeza, pero estoy tan solo que necesito hablar con alguien y creo que mejor que contigo… Por eso tu carta me hizo como siempre mucha compañía y además el regalo que me anuncias, yo sé que tú me has visto bien aunque yo me enseño tan poco y por eso lo que escribas estará bien y lo de menos es el estilo que es tan puro («buen sentido…») como he visto en el de Hidalgo. Pero pasa luego que la vida, no acabo de poder con ella, no me tengo a mí mismo, esta es la verdad y encima han sucedido tantas cosas, y las verdaderas son las que no sabe nadie no las que dicen. Pero tú ya sabes que yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido. Yo no miento pero mi libro que quieren darlo en «Cantalapiedra» no sé qué hacer no me considero al nivel de mi palabra, ojalá fuese cierto lo que en este sentido dicen. Lo de menos es que los poemas sean regulares para mí, pero es lo que publiqué, no para otros, pero la conciencia es cada vez mayor, me está resultando ya monstruosa. ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Yo no escogí mi sitio de nacimiento y luego toda esta España, la de los periódicos y la censura que no es broma en mi caso y el no tener ahora un medio de vida todavía, ni la mujer, pero así es más bonito, lo que hace falta es que tenga fuerzas que vencimiento jamás lo tendré. Perdona todo esto, Vicente. Es para ti, claro, por eso lo he hecho. No sé qué contarte de otras cosas, ahora no tengo ganas.
Un fuerte abrazo
Blas
Dámaso no me envió el libro, será el verano, ya lo recibiré.
En el contexto de su situación personal, en una revolución interior constante hacia la poesía social, cuando dice “Cantalapiedra” se refiere a su obra Pido la paz y la palabra, que se publicó ese año, 1955, en Ediciones Cantalapiedra, en Torrelavega (Santander), siendo la palabra lo único que de verdad le quedó siempre y que tan maravillosamente nos legó en un poema de este libro que no olvido, En el principio, que he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital:
Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra.
Al leer varias veces la carta dirigida a su amigo del alma, Vicente Aleixandre, he comprendido mejor que nunca este poema tantas veces citado por mí y que permanece intacto en mi persona de secreto. Aún así, he querido compartirlo hoy de nuevo, comprendiendo la soledad sonora de Blas de Otero: ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Para que no se olvide, en momentos de turbación política, ni siquiera un momento, siguiendo sus pasos cuando decía que “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Portada de la primera edición de Platero y yo, 1914
Sevilla, 2/VIII/2024
Dedicado a mis nietos, Adrián y Alejandro, a los que tanto quiero.
Publiqué este artículo el año pasado. Vuelvo a hacerlo hoy, sin tocar nada, dejándolo tal cual, como aprendí de Juan Ramón Jiménez cuando hablaba de las rosas, porque así son ellas. Además, lo reproduzco hoy respetando el hilo conductor de transmitir una idea circular en este blog, desde su primer día de vida literaria, utilizando de nuevo aquellas palabras que debo a otro premio Nobel de Literatura, Orham Pamuk, cuando afirmó que “escribir es como cavar un pozo con una aguja”, salvando lo que debo salvar, simplemente por la actualización temporal, aspecto de forma que no de fondo, recordando a José Manuel Blecua, ex director de la RAE, cuando dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. En esta ocasión, lo hago copiando de Juan Ramón Jiménez, porque forma parte de mis principios y, si no gustan, no tengo otros, separándome por un momento de mi admirado Groucho Marx. En un tiempo en el que se arrojan valores por la ventana desde nuestro desvencijado vehículo vital, vuelvo a hacer una declaración de principios sobre por qué escribo en este blog, en una etapa de jubilación en la que sigo asumiendo, cada día que pasa, que lo nuestro es pasar, con ardiente impaciencia personal y social, sabiendo que ahora tengo un compromiso intelectual con la sociedad en la que vivo. A veces, siguiendo tan solo la ruta de un pájaro herido, leyendo de nuevo a Juan Ramón Jiménez para no sentirme así, por no vivir así, perdido. Gracias anticipadas, querido lector, querida lectora, si está interesado o interesada en leer unas palabras necesarias en mi vida, casi imprescindibles para seguir escribiendo y viviendo.
Platero y yo está grabado a fuego en mi alma de secreto, porque sigue siendo un libro para personas mayores, como Juan Ramón Jiménez explicaba en su advertencia al público lector, a los hombres que lean este libro para niños, asumiendo por mi parte que es un libro escrito también para adultos, sobre todo para los que todavía llevamos con orgullo un niño dentro, tal y como lo describía también Saramago en ocasiones especiales: «siempre he llevado dentro al niño que fui», aunque la confesión final en este aviso de Juan Ramón es para tenerla en cuenta: Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.
En cualquier caso, deberíamos leer Platero y yo con frecuencia, yo lo hago, para comprender bien que las palabras pueden ayudarnos a entender que otro mundo es posible, tal y como lo expresó Juan Ramón Jiménez tan cerca de Platero, dejándonos llevar por el niño que fuimos o que seguimos siendo.
Por esta razón y siguiendo la estela de una generación de poetas en torno al año 1927, del siglo pasado, a la que me he aproximado desde que comenzó agosto en mi patera particular, que cuando llueve mucho en la alta mar de la vida, se moja y se hunde como las demás, he abierto Platero y yo por su capítulo 66, porque recuerdo que hablaba de fuego en el mes de agosto, en Lucena, no muy lejos de Moguer, con el candor de las palabras en este libro de niños, niñas y mayores de cualquier género, asunto que tampoco pasa por alto en este capítulo, al comentar con cierto encanto y desdén, quién podría ser su pirómano imaginario, alguien con la figura afeminada de Pepe el Pollo, un Oscar Wilde moguereño, famoso personaje real en el pueblo, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…
LXVI
Fuego en los montes
¡La campana gorda!… Tres…, cuatro toques… ¡Fuego!
Hemos dejado la cena, y, encogido el corazón por la negra angostura de la escalerilla de madera hemos subido, en alborotado silencio afanoso, a la azotea.
…¡En el campo de Lucena! grita Anilla, que ya estaba arriba, escalera abajo, antes de salir nosotros a la noche… ¡Tan, tan, tan, tan! Al llegar afuera—¡qué respiro!—, la campana limpia su duro golpe sonoro y nos amartilla a los oídos y nos aprieta el corazón.
—Es grande, es grande… Es un buen fuego…
Sí. En el negro horizonte de pinos, la llama distante parece quieta en su recortada limpidez. Es como un esmalte negro y bermellón, igual a aquella Caza, de Piero di Cosimo, en donde el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros. A veces brilla con mayor brío otras, lo rojo se hace casi rosa, del color de la luna naciente… La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno… Una estrella fugaz corre medio cielo y se sume en el azul, sobre las Monjas… Estoy conmigo…
Un rebuzno de Platero, allá abajo, en el corral, me trae a la realidad… Todos han bajado… Y en un escalofrío, con que la blandura de la noche, que ya va a la vendimia, me hiere, siento como si acabara de pasar junto a mí aquel hombre que yo creía en mi niñez que quemaba los montes, una especie de Pepe el Pollo—Oscar Wilde moguereño—, ya un poco viejo, moreno y con rizos canos, vestida su afeminada redondez con una chupa negra y un pantalón de grandes cuadros en blanco y marrón, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…
El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.
Un detalle último. He observado con atención reverencial el cuadro La caza, de Piero di Cosimo, identificado hoy día como Una escena de caza, que cita Juan Ramón Jiménez en el capítulo dedicado al fuego en los montes. Es una metáfora de la vida muy actual, porque los protagonistas, personas de todo tipo y con actitudes muchas veces aberrantes respecto de los animales, ¡es la historia de la humanidad!, están “a lo suyo”, cazándolos a palo limpio, mientras que el bosque arde como si no pasara nada: “el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros”, decía Juan Ramón Jiménez, tan cerca de su querido Platero. Una metáfora muy actual en nuestro mundo al revés, en el que cada uno pinta el cambio climático como le va, algunos y algunas como si no fuera con ellos la cosa, al igual que la realidad que pintó di Cosimo hace ya tanto tiempo. Por eso, las palabras del poeta suenan como una premonición para el siglo XXI, para este mes de agosto de 2023: La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno…
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Si se calla el cantor calla la vida Porque la vida, la vida misma es todo un canto. Si se calla el cantor, muere de espanto La esperanza, la luz y la alegría.
Horacio Guaraní, Si se calla el cantor, 1972
Sevilla, 1/VIII/2024
El año pasado, tal día como hoy, recordé a un poeta que cuida mi alma de secreto. Verán. En Vega de Zujaira, pedanía de Pinos Puente (Granada), Federico García Lorca escribió un poema, Cantos nuevos, en agosto de 1920, con tan sólo veinte años, que vuelvo a leer hoy de nuevo (lo hago frecuentemente) para encontrar sentido a un presente complejo en el país:
Agosto de 1920
(Vega de Zujaira)
Dice la tarde: ¡tengo sed de sombra! . Dice la luna: yo, sed de luceros . La fuente cristalina pide labios y suspiros el viento.
Yo tengo sed de aromas y de risas. Sed de cantares nuevos sin lunas y sin lirios, y sin amores muertos.
Un cantar de mañana que estremezca a los remansos quietos del porvenir. Y llene de esperanza sus ondas y sus cienos.
Cantar sin carne lírica que llene de risas el silencio. (Una bandada de palomas ciegas lanzadas al misterio).
Un cantar luminoso y reposado, pleno de pensamiento, virginal de tristeza y de angustias y virginal de ensueños.
Cantar que vaya al alma de las cosas y al alma de los vientos y que descanse al fin en la alegría del corazón eterno.
De este poema, analizo lo que para mí es lo mejor, para quedarme con ello, porque “tengo sed”, como le ocurría al poeta querido, de un cantar de mañana que estremezca / a los remansos quietos / del porvenir. Y llene de esperanza / sus ondas y sus cienos. / Un cantar luminoso y reposado, / pleno de pensamiento, / virginal de tristeza y de angustias / y virginal de ensueños. Lo manifiesto así porque estamos en un momento político en el país muy especial, extremadamente complejo, que necesita una respuesta convincente para todas las personas que conformamos el “pueblo español”, donde radica la soberanía según la Constitución, sin excepción alguna, pero sobre todo para quienes cuidamos nuestro voto día a día para avanzar en progreso democrático y en un entorno de libertades, buscando siempre el blindaje político del Estado de Bienestar en beneficio del interés general.
Me gustaría y sueño con ello, que en este mes que comienza hoy se dilucidara la situación delicada de Cataluña, que se calmara la permanente confrontación política y que se cuidara la convivencia ciudadana, que nos permita como país seguir paseando por alamedas de igualdad, libertad y justicia, que vaya al alma de las cosas y al alma de los vientos, para que podamos, más pronto que tarde, descansar al fin en la alegría del corazón eterno.
Al fin y al cabo, es lo que nos recuerda Federico García Lorca en su cantar de agosto que, para mí, sigue siendo de una novedad y urgencia extrema: Un cantar de mañana que estremezca / a los remansos quietos / del porvenir. Y llene de esperanza / sus ondas y sus cienos. Gracias, también, por recordarnos que lo importante es ir al alma de las cosas y al alma de los vientos.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
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