Ombra mai fú

Photo: Decca / Uli Weber, recuperada el 11 de octubre de 2009 de la home page de Cecilia Bartoli

En una etapa personal en la que voy con frecuencia del timbo al tambo, tengo dificultades para escribir en este cuaderno y hoy, cuando me atrevo a escribir en mi brevedad de ser este post, lo hago escuchando de fondo a una persona que admiro desde hace unos años, Cecilia Bartoli, cantando un aria de la ópera de Handel, Jerjes (Serse).

“Ombra mai fù
di vegetabile
cara ed amabile
soave più”

(Jamás ha existido sombra vegetal tan querida y amable)

En aquella ocasión, que puede ser en el fondo y en la forma la de hoy, decía lo siguiente: “Aquí está listo el post de hoy, para ser llevado a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales hacen posible la historia jamás contada, de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, a los asuntos importantes para la búsqueda de la felicidad. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, para las compañeras y compañeros de trabajo, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser”.

Cecilia Bartoli, con la edición de un disco extraordinario, Sacrificium, se ha comprometido con una historia muy triste para la sociedad en general, la de los “castrati”, donde la Corte, la Iglesia y las personas más influyentes de la sociedad no tenían escrúpulo alguno en seguir marginando a la mujer a costa de niños napolitanos que vivían una experiencia sangrante desde la perspectiva emocional de cada uno.

Hoy, en homenaje a aquellos cantantes de ópera castrados en sus almas, los recuerdo con la voz de Cecilia, sonando el querido Largo de Handel, el aria Ombra mai fú, con un mensaje para navegantes vitales:

Jamás ha existido sombra vegetal tan querida y amable

Mientras, he buscado la compañía de Cecilia Bartoli para demostrarme los contrapuntos de la vida, donde Farinelli y Cafarelli encantaban la vida de un público fervoroso, aunque en esa ópera, Serse, personaje principal de la misma, es un travestido en sí mismo, buscando sombras materiales donde cobijarse…

Sevilla, 11/X/2009

Anónimos de solemnidad

Emigrantes, Shaun Tan

Noticia del sábado 19 de septiembre de 2009: una patera ha naufragado a primera hora de la mañana cerca del islote de Perejil, en aguas jurisdiccionales de Marruecos. Hasta el momento han sido localizados los cadáveres de ocho tripulantes (….) Siete de las ocho víctimas son mujeres y hay alguna embarazada. En la embarcación viajaban unas 40 personas [quizá 60], de las que tan solo once han sido rescatadas con vida: cuatro mujeres y siete hombres. El naufragio de hoy eleva a más de 70 cifra inmigrantes muertos en 2009.

Noticia de 20 de septiembre de 2009: “Creían estar viendo los destellos de un faro. Habían salido sobre las cinco de la mañana para adentrarse en el Estrecho con destino a las costas españolas y poco después estaban perdidos. Uno de los tripulantes de la patera cogió su móvil y llamó al 112. «Dijo que veía las luces de un faro. Y eso hacía suponer que estaban cerca», dice una fuente de la Cruz Roja. «Pero parece que no habían salido de las aguas de Marruecos». El sueño de cada una de las personas que viajaban en aquella embarcación -entre 36 y 40, según han declarado los supervivientes- se fue al traste nada más salir. Seguramente, habían hecho ya lo más duro: atravesar el desierto desde varios puntos de África Occidental durante meses y sobrevivir en Marruecos durante otros tantos. Les quedaban sólo doce kilómetros para llegar a su objetivo, pero la embarcación neumática en la que navegaban volcó en las proximidades del Islote Perejil, en aguas jurisdiccionales marroquíes”.

Noticia del martes 22 de septiembre de 2009: Ayer se cumplió el tercer día de la búsqueda de los inmigrantes desaparecidos el pasado sábado al volcar la embarcación en la que viajaban frente al islote de Perejil. Los resultados siguen siendo negativos.

Noticia de hoy: la tragedia de Perejil ha dejado de ser noticia.

Mientras, como no me quedo tranquilo, vuelvo a leer un post que escribí en 2006 y que me conmueve siempre por su historia de secreto: La parábola de los eritreos. Los nuevos pobres de solemnidad. Anónimos, a palo seco. De vidas en busca de luces de faro, porque todavía sigue vigente aquella pintada que descubrí en una pared de Sevilla en 1977: «A los de vida destrozada, ¿quién los reivindica?»

Sevilla, 23/IX/2009

El orgullo de Apeles (parábola actual)

Sandro Botticelli, La calumnia de Apeles (1495)

Cuentan las buenas lenguas, ¡menos mal en los tiempos que corren!, que Apeles de Cos, era un pintor griego, muy protegido por Alejandro Magno, del que no conocemos obra alguna que podamos valorar, pero que era reconocido en el orbe mundial por su “gracia” especial para reflejar la realidad griega en sus obras. Y cuentan también que una vez pronunció una frase, quizá impertinente, pero que dejaba ver a través de sus pinceles su auténtica persona de secreto: Ne supra crepidam sutor judicaret: el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias. ¡Valiente atrevimiento el del zapatero! Todo, porque contemplando un día una obra suya, ya había mostrado su insolencia al hacerle un comentario, a priori constructivo, sobre un fallo en el diseño de las sandalias del cuadro. Apeles, todo orgullo, corrigió el fallo. Y cuando pensó que el zapatero ya no hablaría más, ¡zás!, vuelta a empezar. Ya no solo estaba el fallo en las sandalias, dijo el humilde zapatero, sino también en la forma de las piernas pintadas en el cuadro. No sabemos si siguió opinando sobre otras zonas del cuerpo pintado por Apeles, ante su monumental enfado. Solo que le espetó la enigmática frase que después ha derivado en otra más popular: Ne supra crepidam sutor judicaret.

Ya sabemos. Cuando se emite un juicio sobre los demás, hay que ser cautos porque Apeles hay en todas partes, zapateros también, y es probable que debamos mirar antes a nuestros pies para que no se descubra la debilidad de nuestro cerebro. Ya comprendo mejor la frase popular: ¡zapatero, a tus zapatos!, porque de piernas, brazos y cabezas mal pintados, en el ámbito político, andamos sobrados todos.

Sevilla, 13/IX/2009

Ética cerebral (I): ¿instinto ó aprendizaje?

René Magritte, La chambre d´ecoute, 1958

Llevo mucho tiempo pensando en escribir un ensayo sobre esta asombrosa pregunta, resumida en un dilema que nos aprisiona en vida: ¿por qué somos buenos ó malos?, o mejor, ¿por qué actuamos bien ó mal?, incluso con extrema violencia, o peor todavía ¿por qué cuando queremos hacer las cosas bien, salen mal, y además nos autoinculpamos o lanzamos las responsabilidades hacia los demás, sin com-pasión [sic] alguna? Los que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, lo teníamos fácil, en principio. Esas preguntas, que son terrenales para las Iglesias, solo tienen una respuesta clara y contundente en la católica y la judía: la responsabilidad de actuar mal, cuando lo tuvimos todo a favor, para actuar bien, es de nuestros antepasados, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?).

La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos nos ofrecieron para justificar razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta que encabeza este post, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

Inicio con este post una serie que tengo estructurada en capítulos que en algún momento constituirán páginas de un ensayo querido. Hoy solo quiero hacer la presentación, apoyado por un científico que ha trabajado en los últimos quince años sobre esta investigación científica, Marc Hauser, sobre el que ya hice alguna presentación en el post Ética del cerebro, texto premonitorio de la investigación que pretendo llevar a cabo. En su libro “La mente moral”, parte de un planteamiento apasionante que será hilo conductor de mi pre-ocupación actual en este campo de investigación psiconeurológica: “hemos desarrollado un instinto moral, una capacidad que surge de manera natural dentro de cada niño, diseñada para generar juicios inmediatos sobre lo que está moralmente bien o mal sobre la base de una gramática inconsciente de la acción. Una parte de esta maquinaria fue diseñada por la mano ciega de la selección darwiniana de años antes de que apareciera nuestra especie; otras partes se añadieron o perfeccionaron a lo largo de nuestra historia evolutiva y son exclusivas de los humanos y de nuestra psicología moral. Estas ideas se basan en lo que nos permite descubrir otro instinto: el lenguaje” (1).

Creo que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión ú omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos. Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad ó a las personas, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma ú otra.

Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en la famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (2).

El cerebro contiene un instinto básico que nos lleva a actuar bien o mal con patrones construidos hace millones de años. La estructura cerebral reptiliana que todavía permanece en nuestro cerebro guarda un gran misterio de millones años que debemos descubrir. Es probable que de esta forma sufriéramos menos en el difícil día a día de nuestra existencia y comprendiéramos mejor nuestros propios actos sorprendentes y, lógicamente, los de los demás, aprendiendo qué es la com-pasión (el sufrimiento con o junto a los otros). Básicamente en términos de responsabilidad personal y social, sabiendo que “responsabilidad” es la capacidad de dar respuesta individual o colectiva, con conocimiento y libertad como sus dos elementos esenciales, a cualquier situación que se nos presenta en el acontecer diario. Bien o mal, y hasta qué grado de compromiso o consecuencia, es harina de otro costal. Quizá, de un conjunto de estructuras cerebrales en funcionamiento permanente, sin descanso, que todavía no conocemos, bajo el mando del cerebro reptiliano todavía presente en las llamadas respuestas éticas.

Sevilla, 6/IX/2009

(1) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.
(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

El cerebro cotilla

Vivimos una época resplandeciente de cotilleos, chismes y cuentos. Basta repasar las programaciones de los medios de comunicación y, básicamente, de revistas y cadenas de televisión, para concluir que el cotilleo campa a sus anchas. Muchas veces me he preguntado a qué se debe tal éxito social y desde mi pre-ocupación científica principal, es decir, cómo se comportan las estructuras del cerebro en la vida diaria, me he preguntado qué mecanismos se desencadenan en el cerebro de las personas cotillas, de las cotilleras y cotilleros, para que se obtenga tanto beneficio personal, familiar y social.

Diccionario de Autoridades. Real Academia Española, 1729 (pág. 645,2)

Mi primera aventura investigadora la he centrado en averiguar cómo se fijó, limpió y dio esplendor a la palabra “cotilla” en la sociedad española, en su modo de hablar, sabiendo que cuando se construyen palabras es porque se introyectan en el lenguaje de una sociedad por aceptación popular. La primera vez que se encuentra la definición oficial de “cotilla” es en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia, de 1729 (pág. 645,2), como diminutivo de la “cota”, es decir, un jubón sin mangas, una especie de armadura que se usaba en principio de cueros y después de mallas de hierro o de alambre gordo [sic], y que después se “suaviza” como una casaca de tela, embutida con barba de ballena y pespunteada, recogiendo en esta primera acepción un poema de la Autoridad de la época:

Éste, pues, por sus pecados,
Quiere a una niña de plata,
De esas de cotilla de oro,
Y de tabí de enaguas.

Es en 1927 la primera vez que se introduce en el Diccionario de la Real Academia (RAE Manual 1927, pág. 593, 1-2) un dibujo de la cotilla. Y hay que esperar hasta 1936 a que se introduzca, por primera vez, una segunda acepción del lema “cotilla” como mujer chismosa y parlanchina (RAE U 1936, 365,1). Asimismo, se introduce también una segunda acepción en el lema “cotillero”, con la siguiente definición: persona amiga de chismes y cuentos (RAE Usual 1937, pág. 365, 1). Creo que las fechas no son inocentes y coinciden con una etapa histórica del país, la II República, que permitía estas libertades, aunque con un severo toque machista, que todo hay que decirlo y que fija definitivamente el Régimen, manteniendo la acepción sin cambio alguno en sucesivas ediciones. En la edición de 1956, es la última vez que se incluye la acepción de “cotilla” como mujer chismosa y parlanchina. Es en la edición de 1970 cuando se introduce por primera vez en masculino y femenino la definición de cotilla (segunda acepción), como persona amiga de chismes y cuentos, que se ha mantenido hasta la última edición de 1992 (22ª). Es en esta edición donde se consagra también el lema “cotilla” como segunda acepción de la palabra “cotillero”, introducida en 1937, como persona amiga de chismes y cuentos.

Esta intrahistoria del vocablo traduce la actividad cerebral de la persona cotilla, como una acción vinculada en principio a mujeres, cotilleras, de por sí chismosas y parlanchinas, pero que posteriormente se reconoce a toda persona que es amiga de chismes y cuentos, sin olvidar que al unirse la palabra “cotilla” al vocablo cotillero, se puede deducir claramente que la actividad de cotilleo se llevaba a cabo, fundamentalmente, en los talleres de los cotilleros, artesanos nada inocentes y siempre rodeados de mujeres a las que hacían los ajustadores de ballenas. Me quedo con la última acepción extendida a toda clase de personas, para intentar dilucidar por qué el cerebro construye este rasgo de personalidad, de tanto éxito en el momento actual. Y los sucesivos diccionarios de la Real Academia son implacables desde el siglo XVIII con los chismes y con las personas chismosas, como identificador de este rasgo tan peculiar: persona que es cuentista, enredadora y que se ocupa en meter cizaña entre amigos y parientes y persona que es pesquisidora de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa (RAE A 1729, 325,1), ésta última definición atribuida a Fray Luis de León, en La Perfecta Casada §.9. Porque el chisme es murmuración o cuento con que alguno intenta descomponer una persona con otra metiendo cizaña, y refiriendo lo que no tiene necesidad de que se sepa. Chisme viene del latín Schisma, por ser este el efecto del chisme, la separación, el cisma, que siempre causa discordias y malas avenencias.

¿Por qué construye el cerebro chismes y cuentos, como perfecto cotilla? Sin lugar a dudas porque esta actividad produce bienestar y satisfacción en muchas personas, a través de neurotransmisores amables para determinadas estructuras cerebrales. Porque el cerebro, a través del sistema límbico, siempre busca el mejor camino para la satisfacción, porque garantiza el bienestar diario, aunque sea momentáneo, a ráfagas. El cerebro, que aprende perdiendo y ganando, agota el conocimiento de lo que pasa, como “pesquisidor” de cuanto sucede a nuestro alrededor, aunque no seamos conscientes de ello, sea o no verdad. Siempre está grabando por diversas “pistas” e intenta recuperar aquello que causa satisfacción, recuperando lo que ha guardado en el hipocampo. Y en esta actividad frenética interviene el aprendizaje respecto de lo que acontece en cada vida, desde la preconcepción, donde el adiestramiento en este tipo de actividades, fabricar chismes y cuentos, puede ser una actividad perfectamente asumida en entornos familiares, laborales y de amigos. Si además, socialmente hablando, causa reconocimiento e hilaridad, por lo que se dice y se comenta, el bienestar está servido. Multiplicando el bienestar oculto o expreso, por cien, si estos chismes o cuentos se fabrican por periodistas científicos, que es como se denominan hoy determinados cotillas profesionales, como patente de corso de lo que ocurre en los entornos cotillas de papel cuché o de la alta definición. Multiplicando los cachés de chismosos y cuentistas, de las marcas comerciales, de las empresas de publicidad. Con el dinero de todas y todos los cotillas, al comprar y consumir aquellos productos que se introducen en la cadena de anuncios del programa de cotilleo, como descanso en el papel investigador de la vida de los demás, a cualquier precio, porque a mayor audiencia, mayores ingresos, a costa de los pesquisidores de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventores, parleros y chismosos.

El pasado 26 de agosto leí un post en el blog de un periodista muy querido, Juan Cruz, que llevaba por título “El gen del cotilleo”. Termino este post con sus palabras, porque resumen muy bien hasta donde puede llegar el cerebro humano, cotilla y cotillero, que no puede con ese gusano de la aparente felicidad: “El cotilleo es como el gusano inservible de las frutas, lo quitas y parece que la fruta ya no está contaminada por la actividad modesta e insistente del gusano. Pero el gusano, en el mundo de la información malsana, es decir, del cotilleo, el rumor y la difamación, que muchas veces están juntos, es como un gusanillo, intriga su cuerpecillo, lo vemos deambular en torno nuestro y no nos decidimos a matarlo; creemos que es, tan solo, una sombra, y termina apoderándose de la fruta. Este contagio del cotilleo está afectando a la conversación cotidiana, daña a la esencia de lo que nos decimos y abre la puerta para aventuras aún más arriesgadas, en las que se pone en peligro la estima de los otros, y, aunque eso no se note en la superficie, nuestra propia autoestima. Ayer hablaba Gaspar Llamazares en el Congreso de «las mentiras de destrucción masiva». Hay mentirijillas que si se ponen juntas, y se animan a través del cotilleo, destruyen masivamente no sólo la conversación sino la reputación de las personas, generan un bicho bochornoso del que se tendría que prevenir la sociedad, y no sólo la sociedad de la cultura, la política o el espectáculo, sino la sociedad entera, que un día va a encontrarse que no halla otro tema de conversación que la que propone el cotilleo como materia informativa. El gen del cotilleo está excitadísimo, no le demos tregua”.

Sevilla, 29/VIII/2009

La historia de Erika

http://obrasocial.lacaixa.es/

Comprendo que detrás de Erika está una entidad financiera, sujeta a todo tipo de opiniones y críticas. Pero tengo que reconocer que junto a la estrategia comercial de la misma, hay que aceptar la realidad de lo que señala: el estrago de la pobreza en España, también en mi “ciudad de las personas”, Sevilla, que también “de los pobres”, y las palabras de Erika, en su pequeña historia con alma, me han hecho reflexionar muchas cosas. Por este motivo, las recojo en este post, sin agregar nada más, porque por sí solas pueden volar para posarse, en el silencio digital, en personas con alma…

Yo no tengo cosas…
Lo único que tengo son los libros y ya está

A ver… sé cocinar, sé limpiar,
sé hacer la compra, poner lavadoras…

No sé… cuidar a mis hermanas,
ayudarlas en los deberes, ducharlas y todo esto.

Me hubiera gustado no ser tan mamá.

Yo prefiero estar en el colegio antes que en mi casa
con problemas, pero claro si no podía irme…

Por eso también faltaba porque tenía que estar al cargo
de mis hermanas mientras mi madre trabajaba y eso.

Habrá que apechugar con lo que haiga [sic].

Me gustaría sacarme una carrera…
de profesora… de matemáticas.

Sevilla, 23/VIII/2009

Frecuentando la locura

Alicia, la del País de las Maravillas, no quería andar entre locos. Pero el Gato, de forma socarrona, le advierte: Me parece difícil que puedas evitarlo; aquí todo el mundo está loco. Traigo a colación esta reflexión después de haber leído un libro precioso, El nuevo elogio de la locura (1), de Alberto Manguel, autor al que sigo desde hace muchos años. Mejor dicho, sigo su locura por el desarrollo del conocimiento a través de la lectura.

Estamos rodeados de locura. Nos envuelve. Si estamos atentos a los medios de comunicación social, creo que es fácil detectar que algo pasa en el mundo actual que no nos gusta, porque no es que pasen más cosas a diario, es que las conocemos al momento: está pasando, lo estamos viendo, como reza un eslogan de una cadena de televisión. E integramos las locuras como si no pasara nada: crisis, paro, gripe A, guerras, atentados, violencia de género, pateras, jóvenes subsaharianos vendiendo pañuelos fabricados por el primer mundo, regulaciones de empleo, fichajes de Ronaldos, morosidad, sálvame, sálvanos, etc.

Y quizá sea un gran remedio saber leer entre líneas todo lo que está ocurriendo. Pasan más cosas que antes: NO. Lo que ocurre es que ahora las conocemos inmediatamente y con profusión de detalles, hasta una desvergüenza fuera de toda ética privada y pública. Cuando yo era pequeño, por ejemplo, mucha gente tenía que esperar hasta la semana siguiente para leer en El Caso los detalles de la locura organizada. Eran días y horas de desconocimiento y de elucubración solo contenida por las emisoras de radio. Por cierto, entre serial y serial, que no sé lo que era peor, sí escuchar o leer. Por cierto, en medio de una censura atroz, para no alterar la charanga y la pandereta. Pero solo se conocía lo que otros querían que se supiera. No se podía conocer como ahora la locura de lo que estaba pasando realmente en la sociedad más próxima, ni por supuesto en la lejana.

La locura actual está teñida de un principio de Sófocles, entre otros: la existencia más placentera consiste en no reflexionar. Dice Manguel que “la locura, degradada a mera torpeza, a una estupidez voluntaria que se hace evidente en casi todos nuestros actos cotidianos, ha adquirido prestigio universal y se ha convertido en motivo de jactancia. La locura sublime no inspira gran respeto, mucho menos se la alienta. Lo que importa es el poder, y las ganancias adquiridas a través del poder. En nuestra época, la meta reconocida es ser percibido como un necio poderoso”.

La locura no es una señora con un gorro de puntas de las que cuelgan cascabeles, en un nuevo acto machista por asignación de este rol pérfido a la mujer. La locura puede ser entendida en su sentido más noble como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo (2), aunque si la naturaleza humana no responde a las necesidades diarias, la gracia nunca puede presuponer lo que naturaleza no da (gratia non datur, natura dispensatur). El famoso cuento del violín, escrito por Federico el Grande, lo resume muy bien: la vida me pide, a veces, que toque el violín solo con tres cuerdas, luego con dos, luego con una [cada una, cada uno que ponga otro nombre a las cuerdas de su locura…], pero los resultados son obvios, la locura crece:

Os pido, si os place, que este cuento
Os enseñe, queridos amigos,
Que por grande que sea el talento
El arte no se basta sin los medios

Sevilla, 21/VIII/2009

(1) Manguel, Alberto (2006). Nuevo elogio de la locura. Barcelona: Lumen.
(2) Manguel define así a un lector ideal, junto a otras muchas definiciones: “Robinson Crusoe no era un lector ideal. Lee la Biblia para hallar respuestas. Un lector ideal [de lecturas especiales] lee para encontrar preguntas” (los corchetes son míos).

El espejo imperial (de un emperador o presidente actual con traje nuevo…)

Hace muchos años, trabajé con ilusión desbordante en un Proyecto digital muy revolucionario, implantado en todos los hospitales públicos de la Comunidad Autónoma de Andalucía. Se llamaba y se llama “Mundo de Estrellas”, mediante el cual las niñas y niños ingresados por enfermedades de diferente origen, podían encontrar en las tecnologías, mediante mundos virtuales, un aliciente para pasar horas de diversión y aprendizaje social en los hospitales: navegación, chat y “quedadas” virtuales en la discoteca virtual, llenaban tiempos imposibles de estos niños y niñas, en Andalucía.

Había conocido años antes una experiencia dirigida por Steven Spielberg, el proyecto Starbright (hoy Starlight), del que aprendí muchas cosas. Pero me llamó la atención la publicación de un cuento, El traje nuevo del emperador (1), editado por la Fundación del mismo nombre y con el prólogo de Spielberg, que servía para financiar una parte de los gastos de los diferentes Proyectos de la Fundación, que recomiendo en su versión al castellano y por sus magníficas ilustraciones, que suelo leer a menudo, sobre todo para refrescar siempre una recomendación del afamado director: ¡Cuidado con los tejedores espabilados!

La nueva versión del cuento de Andersen, no tiene desperdicio. Pero una interpretación de una de sus autoras, la actriz Geena Davis, sobre el espejo imperial en el que tantas veces se debe mirar un emperador de hoy que se precie de serlo, me ayuda a entender lo que humanamente no hay por donde cogerlo cuando se habla tanto de los regalos a determinados altos mandatarios de este país, durante el ejercicio público de sus funciones. Lo transcribo tal cual, esperando que me perdone Geena y la Fundación si hago uso indebido del mismo, aunque cumplo una misión tradicional y consustancial con los contadores de cuentos: utilizar solo la palabra, el boca a boca ó el bit a bit, para transmitirlo.

El espejo imperial

Como lo cuenta Geena Davis

Soy PERFECTO

No bromeo, soy perfectísimo. Reflejo las cosas exactamente como son. Soy incapaz de cometer un error.

Es cierto que el emperador y yo hemos discutido a menudo por unos cuantos kilos o por la progresiva extensión de su calva, pero por lo general termina aceptando mi punto de vista. Por esta razón me había divertido tanto con la farsa de los tejedores. Estaba seguro de que una vez que el emperador se contemplara en mi luna el día de la gran prueba final vería la verdad: los ladrones quedarían en evidencia, y al final todos nos desternillaríamos de risa.

Pero no: el emperador se plantó delante de mí y nos miramos el uno al otro. Con los ojos buscaba el reflejo de su persona pero no podía dejar de mirar los de sus consejeros, que seguían el “ensayo general” desconcertados. Estoy convencido de que Su Majestad vio lo que yo, sin dejar lugar a dudas, reflejaba: un emperador prácticamente desnudo, enmarcado en un espejo; un par de nerviosos “tejedores”; el transparentemente siniestro primer ministro, y todo el cabeceo aprobatorio de la corte imperial de tontos.

Sin embargo, no dijo esta boca es mía. Nadie dijo una palabra. Yo casi me hago añicos por la frustración. Había creído que el emperador era un hombre sensato. ¡Por mi gloria! ¿Es que no se daba cuenta?

Y colorín, colorado, este cuento, por desgracia, todavía no se ha acabado…

Sevilla, 18/VIII/2009

(1) The Starbright Foundation (1998). El traje nuevo del emperador. Barcelona: Ediciones B.

La luz es un regalo para el cerebro

Fragmento de fotograma recuperado de http://www.elearningcyl.com/material.htm (Telefónica Learning Services), el 20 de julio de 2007.

Unas palabras del director de fotografía, Javier Aguirresarobe (1), me han devuelto la capacidad de activar la posibilidad de escribir una reflexión sobre la relación de la luz y el cerebro: «Somos creadores de sensaciones, debemos estar ocultos, ser los ojos del director«. Es apasionante el descubrimiento de la necesidad de la luz para la construcción diaria de la inteligencia humana. Las personas preocupadas por captar la luz verdadera de la vida, son capaces de generar sensaciones, saben estar ocultos en silencios cómplices y son los ojos de muchas personas, fundamentalmente de las que están más cerca. Y es imprescindible conocer bien el arte de captar la luz propia para conocer la de lo demás, la de los otros.

Aún así, la capacidad de ver, de aprovechar la luz cada segundo, es una de las habilidades que reflejan de mejor forma la auténtica libertad de las personas, porque los demás nunca podrán captar en su totalidad aquello que identifico como resultado de la luz, mi luz propia. La que a veces identifico para los demás. La que incluso necesitan. Y el cerebro sale siempre beneficiado con la gestión de la luz. Ya escribí en junio de 2007 sobre una estructura que funciona como un reloj en el cerebro, el núcleo supraquiasmático (NSQ), que “es muy sensible a la luz, que la necesita y regula de forma ordenada para dosificar las reacciones físicoquímicas del cerebro que actúa. Traduce (procesa) constantemente la información que recibe de la retina y su relación con la hormona melatonina, sintetizada en la glándula pineal (durante las situaciones de oscuridad), permite su síntesis y liberación a través del ritmo circadiano correspondiente, produciéndose el pico máximo de secreción durante la noche. Son momentos trascendentales en la vida humana. Saber cuándo ocurren estos acontecimientos hormonales en la vida de cada una, de cada uno, es una situación comprometida con el reloj biológico personal e intransferible. Sobre todo porque se escriben páginas que deben ser conocidas y tratadas con la intimidad que requiere este conocimiento de sí mismos”.

¿Sabemos que es la luz? Aprendí de un Diccionario muy querido por mí, el de Autoridades (RAE A 1734, pág. 441,1) que la luz es claridad, fulgor, esplendor y que propiamente se llama así porque difunde el Sol para iluminar el mundo. ¿Se puede definir mejor? Además, de acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española (RAE, 22ª edición), me quedo con dos acepciones, interesadas sin lugar a dudas, la primera: Agente físico que hace visibles los objetos, y la sexta: Esclarecimiento o claridad de la inteligencia. Ambas conviven a diario en nuestras vidas, junto a catorce interpretaciones más, como mínimo. La luz me permite ver los objetos, las personas, permitiéndome la inteligencia interpretar con todas sus consecuencias aquello que veo, las personas a las que miro, aunque probablemente sin la calidad y aptitud de Aguirresarobe, casi siempre, porque muchas veces no somos creadores de sensaciones, no sabemos estar ocultos, ni ser los ojos de las otras, de los otros.

De algo sí estoy seguro: soy el mejor director de fotografía de mi vida. De vez en cuando entro en los archivos del cerebro, en mi filmoteca privada y cotejo luces y sombras de mi propia vida. Solo, a través de la inteligencia creadora, pongo los títulos de crédito, banda sonora y diálogos. Gracias al cerebro creador, que no entra en guerra de mercado para lograr la alta definición, esa que la propaganda lucha por imponernos a toda costa, olvidando que la personal e intransferible es algo más que el Full HD 1080 de turno. Alta verdad, alta resolución de la propia vida, gracias a la luz, sin estándar alguno. Muchas veces, simplemente luz, en definitiva, al final de un túnel. Claridad para la inteligencia.

Sevilla, 26/VII/2009

(1) García, Rocío (2009, 25 de julio), El filósofo de la luz, El País (Babelia), p. 5.

Nos cambian las preguntas

Fotograma de la película Ser y Tener (imagen recuperada de http://thecia.com.au/reviews/b/images/be-and-to-have-0.jpg, el 7 de septiembre de 2008)

Desde que tengo uso de razón (siempre me ha parecido una frase preciosa, de dudoso origen), he estado buscando respuestas a las preguntas cotidianas, sin llegar casi nunca a tener meridianamente claras las sencillas, aquellas que están lejos de las del millón de dólares. Desde que tengo uso del corazón, en la clave de duda pascaliana (una es la razón de la razón, y otra la razón del corazón), asisto con pre-ocupación a una búsqueda de respuesta para todo, para la razón, para el corazón. Y cuando repaso la vida de secreto, en los pocos segundos que te deja el sin-vivir diario, ocurre algo casi siempre inesperado, ya detectado en pintadas callejeras de la ciudad de Quito, de la Universidad de la Sorbona, en referencias del poeta ecuatoriano recientemente fallecido, Jorge Enrique Adoum ó del querido Benedetti: cuando ya teníamos todas las respuestas, cambiaron de pronto todas las preguntas… (más o menos).

Mi generación ha crecido en el terreno de las preguntas sin límite, para las que casi nunca teníamos respuestas. Hemos tenido que buscar apasionadamente muchas de ellas, quizás desesperadamente, en la trastienda de nuestras vidas, como yo buscaba los libros “prohibidos” en algunas librerías de Madrid, en años difíciles del siglo pasado. Y salíamos más o menos airosos creyéndonos una determinada verdad verdadera, más para el uso del corazón que de la razón. Y hemos crecido en ese terreno de interrogantes personales e intransferibles de una sociedad española que creía tener respuesta para todo, pero que no las daba para casi nada, sobre todo las que facilitaban y facilitan todavía los opinadores y tertulianos de turno, sin teoría crítica alguna que las respalde.

Y cuando seguimos atravesando la crisis, mejor dicho, las crisis, nos encontramos con un suelo firme, el ético, sobre el que se asientan todas nuestras verdades, nuestras respuestas a la vida personal e intransferible, al que le cambian el guión continuamente, porque cambian constantemente las preguntas de la vida: quiénes somos, por qué estamos, por qué vivimos a veces desesperadamente, por otras muy duras: qué tenemos, por qué nos endeudamos personal y monetariamente hablando y por qué morimos en vida cuando sufrimos cualquier revés no esperado. ¿La crisis?

Y seguimos buscando las mejores respuestas. Las que nos proporciona la inteligencia personal e intransferible, aquella que nos reconduce permanentemente a la búsqueda de la felicidad. Aquella que supone aceptar que la infelicidad también existe aunque traduce algo muy claro en la dialéctica derivada del uso de la razón y del uso del corazón, porque nunca debe figurar en el catálogo humano de las mejores respuestas, de la respuestabilidad, ¡perdón por el neologismo!, entendida como la capacidad para responder a las preguntas de la vida con inteligencia y libertad, sabiendo que el mal y los hijos e hijas de las tinieblas también existen. Aunque nos las cambien constantemente…

Sevilla, 11/VII/2009