Frecuentando la locura

Alicia, la del País de las Maravillas, no quería andar entre locos. Pero el Gato, de forma socarrona, le advierte: Me parece difícil que puedas evitarlo; aquí todo el mundo está loco. Traigo a colación esta reflexión después de haber leído un libro precioso, El nuevo elogio de la locura (1), de Alberto Manguel, autor al que sigo desde hace muchos años. Mejor dicho, sigo su locura por el desarrollo del conocimiento a través de la lectura.

Estamos rodeados de locura. Nos envuelve. Si estamos atentos a los medios de comunicación social, creo que es fácil detectar que algo pasa en el mundo actual que no nos gusta, porque no es que pasen más cosas a diario, es que las conocemos al momento: está pasando, lo estamos viendo, como reza un eslogan de una cadena de televisión. E integramos las locuras como si no pasara nada: crisis, paro, gripe A, guerras, atentados, violencia de género, pateras, jóvenes subsaharianos vendiendo pañuelos fabricados por el primer mundo, regulaciones de empleo, fichajes de Ronaldos, morosidad, sálvame, sálvanos, etc.

Y quizá sea un gran remedio saber leer entre líneas todo lo que está ocurriendo. Pasan más cosas que antes: NO. Lo que ocurre es que ahora las conocemos inmediatamente y con profusión de detalles, hasta una desvergüenza fuera de toda ética privada y pública. Cuando yo era pequeño, por ejemplo, mucha gente tenía que esperar hasta la semana siguiente para leer en El Caso los detalles de la locura organizada. Eran días y horas de desconocimiento y de elucubración solo contenida por las emisoras de radio. Por cierto, entre serial y serial, que no sé lo que era peor, sí escuchar o leer. Por cierto, en medio de una censura atroz, para no alterar la charanga y la pandereta. Pero solo se conocía lo que otros querían que se supiera. No se podía conocer como ahora la locura de lo que estaba pasando realmente en la sociedad más próxima, ni por supuesto en la lejana.

La locura actual está teñida de un principio de Sófocles, entre otros: la existencia más placentera consiste en no reflexionar. Dice Manguel que “la locura, degradada a mera torpeza, a una estupidez voluntaria que se hace evidente en casi todos nuestros actos cotidianos, ha adquirido prestigio universal y se ha convertido en motivo de jactancia. La locura sublime no inspira gran respeto, mucho menos se la alienta. Lo que importa es el poder, y las ganancias adquiridas a través del poder. En nuestra época, la meta reconocida es ser percibido como un necio poderoso”.

La locura no es una señora con un gorro de puntas de las que cuelgan cascabeles, en un nuevo acto machista por asignación de este rol pérfido a la mujer. La locura puede ser entendida en su sentido más noble como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo (2), aunque si la naturaleza humana no responde a las necesidades diarias, la gracia nunca puede presuponer lo que naturaleza no da (gratia non datur, natura dispensatur). El famoso cuento del violín, escrito por Federico el Grande, lo resume muy bien: la vida me pide, a veces, que toque el violín solo con tres cuerdas, luego con dos, luego con una [cada una, cada uno que ponga otro nombre a las cuerdas de su locura…], pero los resultados son obvios, la locura crece:

Os pido, si os place, que este cuento
Os enseñe, queridos amigos,
Que por grande que sea el talento
El arte no se basta sin los medios

Sevilla, 21/VIII/2009

(1) Manguel, Alberto (2006). Nuevo elogio de la locura. Barcelona: Lumen.
(2) Manguel define así a un lector ideal, junto a otras muchas definiciones: “Robinson Crusoe no era un lector ideal. Lee la Biblia para hallar respuestas. Un lector ideal [de lecturas especiales] lee para encontrar preguntas” (los corchetes son míos).

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