Nos cambian las preguntas

Fotograma de la película Ser y Tener (imagen recuperada de http://thecia.com.au/reviews/b/images/be-and-to-have-0.jpg, el 7 de septiembre de 2008)

Desde que tengo uso de razón (siempre me ha parecido una frase preciosa, de dudoso origen), he estado buscando respuestas a las preguntas cotidianas, sin llegar casi nunca a tener meridianamente claras las sencillas, aquellas que están lejos de las del millón de dólares. Desde que tengo uso del corazón, en la clave de duda pascaliana (una es la razón de la razón, y otra la razón del corazón), asisto con pre-ocupación a una búsqueda de respuesta para todo, para la razón, para el corazón. Y cuando repaso la vida de secreto, en los pocos segundos que te deja el sin-vivir diario, ocurre algo casi siempre inesperado, ya detectado en pintadas callejeras de la ciudad de Quito, de la Universidad de la Sorbona, en referencias del poeta ecuatoriano recientemente fallecido, Jorge Enrique Adoum ó del querido Benedetti: cuando ya teníamos todas las respuestas, cambiaron de pronto todas las preguntas… (más o menos).

Mi generación ha crecido en el terreno de las preguntas sin límite, para las que casi nunca teníamos respuestas. Hemos tenido que buscar apasionadamente muchas de ellas, quizás desesperadamente, en la trastienda de nuestras vidas, como yo buscaba los libros “prohibidos” en algunas librerías de Madrid, en años difíciles del siglo pasado. Y salíamos más o menos airosos creyéndonos una determinada verdad verdadera, más para el uso del corazón que de la razón. Y hemos crecido en ese terreno de interrogantes personales e intransferibles de una sociedad española que creía tener respuesta para todo, pero que no las daba para casi nada, sobre todo las que facilitaban y facilitan todavía los opinadores y tertulianos de turno, sin teoría crítica alguna que las respalde.

Y cuando seguimos atravesando la crisis, mejor dicho, las crisis, nos encontramos con un suelo firme, el ético, sobre el que se asientan todas nuestras verdades, nuestras respuestas a la vida personal e intransferible, al que le cambian el guión continuamente, porque cambian constantemente las preguntas de la vida: quiénes somos, por qué estamos, por qué vivimos a veces desesperadamente, por otras muy duras: qué tenemos, por qué nos endeudamos personal y monetariamente hablando y por qué morimos en vida cuando sufrimos cualquier revés no esperado. ¿La crisis?

Y seguimos buscando las mejores respuestas. Las que nos proporciona la inteligencia personal e intransferible, aquella que nos reconduce permanentemente a la búsqueda de la felicidad. Aquella que supone aceptar que la infelicidad también existe aunque traduce algo muy claro en la dialéctica derivada del uso de la razón y del uso del corazón, porque nunca debe figurar en el catálogo humano de las mejores respuestas, de la respuestabilidad, ¡perdón por el neologismo!, entendida como la capacidad para responder a las preguntas de la vida con inteligencia y libertad, sabiendo que el mal y los hijos e hijas de las tinieblas también existen. Aunque nos las cambien constantemente…

Sevilla, 11/VII/2009

2 comentarios en “Nos cambian las preguntas

  1. Buenos días, José Antonio.

    Como tantas otras veces, me siento identificado con tu comentario. Esa generación a la que te refieres, a la que yo mismo me refiero también con cierta frecuencia, es, en realidad un subconjunto de su coetánea.

    No sé cuántos somos. Tal vez, cada vez menos -y no solamente porque la edad nos puede-. Pero esa base ética está ahí, firme, construída, en efecto, de los restos de los edificios tal vez más vistosos pero muy poco seguros que nos cobijaron en nuestra niñez y primera juventud.

    Un abrazo,
    Angel

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  2. Querido Ángel: Gracias, una vez más, por estar presente en esta navegación vital, acompañando siempre la interpretación del cuaderno de derrota. Siempre me ha gustado vivir en el terreno de las preguntas y nuestra generación tenía que buscar las “otras” a menudo, porque las respuestas “oficiales” no nos convencían. Lo mismo que la música militar, que por lo menos, a algunos, nunca nos supo levantar…

    Un abrazo,

    José Antonio

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