La mirada de Ana Torrent escondía una ideología

Detalle de los ojos de Ana Torrent en Cría cuervos

Sevilla, 2/XI/2021

Ayer crucé mi mirada de nuevo con la de Ana Torrent (Madrid, 1966) en la película Cría cuervos, leyendo una entrevista a la actriz por parte de un periodista excelente, Manuel Jabois, en el diario El País. Aquel primer trimestre de 1976, año de su estreno, fue muy especial en mi vida de secreto y la película de Carlos Saura removió la moviola de mi pasado y presente en ese momento, sobre todo porque iniciaba un futuro desconcertante. No la olvido, ni tampoco la mirada inquietante de Ana, con unos ojos negros inmensos y el enigma de sus silencios, incluso en el baile con los compases de la canción de José Luis Perales e interpretada por Jeanette, ¿Por qué te vas?, que también forma parte de la banda sonora de mi vida. La pregunta siempre es inquietante, como la mirada de Ana Torrent, ante lo que queremos, creemos y se marcha de nuestras vidas. De ahí mi agradecimiento hoy, Ana, al cruzar mis ojos con tu mirada de entonces.

Cuarenta y cinco años después, hago un repaso de la intrahistoria de este país y vuelven a resonar aquellos compases, arropados por una letra que tampoco he olvidado: Bajo la penumbra de un farol / se dormirán / todas las cosas que quedaron por decir / se dormirán. Lo hago de nuevo porque la pregunta la tengo asociada a las ideologías, que están desaparecidas del escenario mundial y, obviamente, de nuestro país, situación que ya he tratado en este cuaderno digital en varios momentos de su existencia y que rescato hoy por su pertinencia en los tiempos que corren. Es curioso constatar que sólo unos días antes de que entráramos de lleno el año pasado en el confinamiento de la pandemia, concretamente el 29 de febrero de 2020, escribí una reflexión sobre estas cuestiones, que considero de Estado, bajo el título Ideología para transformar la sociedad: ¿por qué te vas?, que conserva plenamente su actualidad sin cambiar apenas una coma. Juzgue usted, lector o lectora de estas líneas:

Estamos atravesando una crisis importante de ideologías. No son inocentes y cualquiera no sirve para transformar el mundo y hacerlo más habitable, más amable y más confortable para todos. Sé que cuando se habla de esta realidad interior, personal o colectiva, rápidamente se nos tacha de utópicos equivocados de siglo. No lo percibo así, más aún cuando defiendo una ideología de marcado carácter social que ayuda a cambiar ese mundo que no nos gusta, a veces tan próximo que incluso nos asusta.

Navegando en esta patera frágil de la vida, en la que suelo embarcar a diario, suelo recurrir a un recurso barato (no está en el mercado), que es soñar despierto, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

Estas razones anteriores me han recordado una pregunta que hice en un post que escribí en este cuaderno digital en 2015, Ideología, ¿por qué te vas?, que vuelvo a publicar a continuación. Creo que mantiene su vigencia en su fondo y forma. Tenemos derecho a soñar despiertos y las ideologías de izquierda siguen siendo imprescindibles para transformar este mundo que a muchos no nos gusta.

Geraldine Chaplin y Ana Torrent en Cría Cuervos, dirigida por Carlos Saura

Ideología, ¿por qué te vas?

Tengo asociada esta pregunta a la escena de Cría cuervos, excelente película de Carlos Saura, que se estrenó dos meses después de la muerte de Franco, en la que Ana (Ana Torrent) la bailaba con sus hermanas. Es probable que los censores no comprendieran el trasfondo de la película que jugaba con el retrato político de España en esos momentos. La he recordado hoy al conocer la investigación científica que se ha desarrollado por la Universidad de Washington en la que se ha descubierto que los cuervos aprenden cuando a un miembro de su especie no le van bien las cosas: “La presencia del cuervo muerto podía decir a los otros pájaros que un lugar es peligroso y debería visitarse con precaución. Los graznidos ruidosos que emiten los pájaros podrían ser una forma de compartir información con el resto del grupo”.

Me ha parecido una metáfora que se puede aplicar a las personas y sus creencias políticas que se ausentan de nuestras vidas y de nuestros proyectos vitales e ideológicos, donde nadie es imprescindible, aunque a veces sí necesarios, porque los seres humanos pertenecemos a ese club selecto de atención a lo que ocurre alrededor de la muerte y sólo nosotros sabemos qué ocurre cuando desaparecen las ideologías. Deberíamos aprender de esta situación y de sus circunstancias, por qué no están, por qué se fueron o los echaron, por qué les corrompió la política y murieron para la decencia y la dignidad y por qué no dejan pasar a personas más jóvenes, más dignas, que saben cambiar las cosas en este momento en el que hay muchas cosas que cambiar. Así podríamos compartir la información veraz con los miembros de nuestros grupos humanos más queridos, para no volver a pisar caminos que no se deben andar.

Cualquier parecido de esta reflexión política con la realidad actual, no es como en el cine pura coincidencia. Aunque recuerde ahora a Carlos Saura escuchando esta canción de Jeanette como telón de fondo de una situación de España que como a él, en 1975, me agrada cada vez menos. Es la ideología, pero ¿por qué se va?

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El juego del calamar no es inocente

Fotograma de El juego del calamar (Episodio 1)

Sevilla, 21/X/2021

He visto, leído y oído muchas cosas sobre esta serie surcoreana que está suponiendo muchos quebraderos de cabeza para los educadores en general, padres, profesores y familias de este país. Llevo varias semanas informándome a fondo sobre la misma y creo que estoy en condiciones de emitir un juicio bien informado para evaluarla, según aprendí en su día de Carol Weiss, una profesora excelente en evaluación social. Comunicados oficiales de psicólogos, sociólogos y educadores en general alertan de que esta serie no deben verla menores de 16 años, porque su contenido no es inocente, retratando una sociedad de competitividad extrema,  implacable con los perdedores, lanzando un mensaje subliminal de violencia social para los que pierden dinero en todas las vertientes posibles y cómo pueden volver a obtenerlo a costa de la muerte de los demás si es necesario. Todo ello inmerso en un juego, el del calamar, que para los surcoreanos tiene miles de años de antigüedad, pero para los occidentales casi acaba de llegar para quedarse un tiempo entre nosotros que ojalá sea breve.

La sinopsis de la página oficial de Netflix, que distribuye la serie, no refleja realmente su contenido, obligando a visualizarla para saber de qué se trata: “Cientos de jugadores con problemas de dinero aceptan una invitación rarísima para competir en juegos infantiles. Dentro les esperan un tentador premio y desafíos letales”. Son los dos tráileres oficiales los que enseñan de forma velada de qué trata el juego, de los que entresaco las siguientes frases en el primero: “Todos los que estáis aquí estáis viviendo al límite, con deudas que nos podéis saldar. Aquellos que no quieran participar, hacérnoslo saber ahora. El primer juego se llama luz roja, luz verde”, con imágenes de disparos desde el primer momento, con un mensaje desafiante: “Aquellos que ganen los seis juegos, tendrán como premio una gran suma de dinero, 456.000 millones de wones; tu sueño de infancia tiene reglas muy simples, convertido en pesadilla. El jugador que se niegue a jugar será eliminado”. En el segundo, la declaración de intenciones va subiendo de tono, hasta unos límites que se resumen perfectamente en una frase, “todo por el dinero”: “Los que estáis aquí participaréis en seis juegos diferentes durante seis días. Los que estáis aquí estáis viviendo al límite…, […] no se puede matar a alguien así…, os recuerdo que estamos aquí para daros una oportunidad” y ante la pregunta “¿a qué vamos a jugar?”, la voz responde que “nos han hecho jugar a un juego que jugábamos de niños, el siguiente a lo mejor también lo es, tienen reglas muy simples, esto es el infierno y no hay reglas, tenemos que matar a los demás si queremos salir de aquí con el dinero. Y estas manos están manchadas, si me traicionas te mataré, ¿de verdad vais a seguir con esta locura? ¡Y todo por el dinero! Y seamos sinceros, no quieren a un viejo ni a una mujer como compañeros”.

Con lo expuesto anteriormente la serie no oculta su hilo conductor, que cualquier persona puede leer em Wikipedia: “La serie narra la historia de 456 personas que deciden convertirse en jugadores de una serie de misteriosos y enfermizos juegos infantiles de supervivencia mortal para tener la oportunidad de ganar la cantidad máxima de 45 mil millones de wones. Cada persona que muere añade 100 millones de wones al premio, incitando el conflicto entre los jugadores. El juego final, también el que da título a la serie, es el juego del calamar. Es bastante físico y solo termina cuando se logra llegar a un ganador final. El juego se llama así ya que el área en que se juega tiene diferentes formas geométricas (círculo, cuadrado o triángulo) en el suelo, que, en su conjunto, parecen formar un calamar. Si un atacante logra atravesar al defensor y entrar en la cabeza del calamar, se proclama como ganador del juego”.

Hasta aquí creo que lo expuesto refleja bien de qué va esta serie, que la distribuidora oficial alardea de gran impacto mundial, con más de 142 millones de espectadores. El impacto es de tal calibre que Amazon anuncia ya para el próximo Halloween la mercadotecnia completa del juego, que veremos en algún lugar de nuestro barrio: disfraces, máscaras, guantes, monos rojos de los protagonistas, pasamontañas, cinturones tácticos militares, botas de seguridad, chaquetas y chándales con diversas numeraciones de los participantes en el juego, camisetas, zapatillas, pelucas, disfraz de niña del juego luz verde-luz roja y, finalmente, ¡las armas!: rifle y pistola. Además, nos tenemos que amarrar los cinturones éticos porque han anunciado que, probablemente, la serie la van a llevar a un videojuego. Desgraciadamente, éstos, los cinturones éticos, no se venderán en Amazon porque en el Gran Mercado del Mundo, la ética brilla por su ausencia.

Pienso mucho en nuestros hijos y nietos, nativos digitales, ante fenómenos como el narrado anteriormente, porque creo que tendrán más confianza en ellos mismos si participan en la creación del mundo en el que desean vivir, programando y viendo videovidas [sic] (perdón por el neologismo) más que videojuegos donde la violencia y el dinero sean su hilo conductor. Crear y no consumir irracionalmente, esa es la cuestión. Cada 6 de agosto recordamos lo que ocurrió hace 76 años en Hiroshima, donde la bomba atómica “Little boy” (muchachito) fue una metáfora al viento sobre el doble uso de las tecnologías. 140.000 muertos siguen pesando como una losa sobre la historia de hombres y mujeres que trabajan en las tecnologías de vanguardia para que la humanidad entera sepa que la inversión económica que se está haciendo en la actualidad sirve también para fabricar chips que se utilizan lo mismo para la consola Play Station que para los misiles Tomahawk, es decir, en el doble uso. Mientras que la Play Station permite que niños del mundo entero se entrenen a matar, gracias al chip paradójico, no inocente tampoco, ingenieros y militares de los cinco continentes siguen diseñando los misiles más mortíferos, con idéntico chip, en un juego tan peligroso como aquél en el que se forma la conciencia. Por ello deberíamos proteger el uso racional de las tecnologías y destruir los arsenales mortíferos que día a día, en cualquier rincón del planeta, pueden ofrecernos la imagen dibujada por Saramago en su obra “Ensayo sobre la ceguera”: permanecer ciegos, simbólicamente, a un mundo de caos y desorden que promociona juegos [o videojuegos y series] para matar y vivir” (1).

Creo que estamos viviendo en un mundo al revés, como tantas veces he expuesto ya en este cuaderno digital. No quiero hacerle el octubre a esta serie porque no me interesa nada. La tengo incluida en el grupo de cine o televisión que llamo “innecesario”, doloroso, casi cruel para el alma humana, que detesto, porque su mensaje,  además, no es inocente, reproduciendo lo peor de lo peor del capitalismo feroz y activo, así como del precio, que no valor, que sigue teniendo el poderoso caballero don dinero y que en esta serie no tiene límite, porque como símbolo, cada persona que muere o matamos en ella, suma dinero al bote final. Impresentable. Eduardo Galeano, lo explicaba muy bien a través de un cuento, Alicia en el País de las Maravillas (2), de una forma más interesante que los cuentos infantiles en el juego del calamar, por ejemplo en la interpretación que se transmite en el de la niña de luz verde-luz roja: Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.

(1) Véase en: http://www.joseantoniocobena.com/?p=9

(2) Galeano, Eduardo. Patas arriba. La escuela del mundo al revés, 2008. Madrid: Siglo XXI España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.