Como recuerdo simbólico de las 7.291 personas mayores que murieron en las Residencias de Madrid durante los primeros meses de la pandemia, sin atención sanitaria, abandonadas a su suerte; también, recordando a sus familias, porque merecen nuestro respeto y denuncia continua de lo sucedido, sin descanso, sin silencios cómplices de todo tipo, hasta que se sepa la verdad de lo que ocurrió y se depuren las responsabilidades públicas de muertes que se pudieron evitar.
Sevilla está muy presente estos días en mi persona de secreto. Hoy me acuerdo…, como decía Joe Brainard, una vez más, que en diciembre de 2018 asistí a un acto en el Consulado General de Portugal en esta ciudad, con motivo de la celebración del día de la lectura en Andalucía, en el que se homenajeaba a José Saramago y en el que su viuda, Pilar del Río, contó una anécdota sobre el origen del libro más polémico de su compañero de vida. Paseando los dos en Sevilla por la calle Sierpes, se volvió Saramago hacia el célebre quiosco de Curro situado en la zona de La Campana y allí vio escritas unas palabras que luego dieron el título a una obra preciosa: El evangelio según Jesucristo, denostada por el Vaticano, incluso en un obituario dedicado al fallecimiento del autor, en junio de 2010, a modo de libelo de repudio, de Claudio Toscani, publicado en L´Osservatore Romano (El observador romano), periódico oficial de la Iglesia Católica, bajo el título de L´onnipotenza (presunta) del narratore, que juzgaba esta obra como un “desafío a las memorias del cristianismo del que no se sabe qué salvar si, entre otras cosas, Cristo es hijo de un Padre que, imperturbable, lo manda al sacrificio; que parece entenderse mejor con Satanás que con los hombres; que dirige el universo con potestad y sin misericordia. Y Cristo no sabe nada de Sí mismo hasta que se encuentra a un paso de la Cruz; y que María fué para él una madre ocasional; y que a Lázaro se le deja en la tumba para no destinarlo a una muerte suplementaria. Irreverencias a parte, la esterilidad lógica, antes que teológica, de esos asuntos narrativos, no produce la deconstrucción ontológica buscada, sino que se enrosca en una parcialidad dialéctica tan evidente que es preciso negarle toda credibilidad”.
Aquella mirada de Saramago, en un momento mágico para Sevilla, es justo recordarla hoy, porque lo que ayer fue duda hoy se puede convertir en certeza, intentando comprender el final de aquella obra nacida curiosamente en esta tierra, cuando Dios decía: “[…]: Hombres, perdonadle [a Jesús], porque él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazareth y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.
Hoy, quiero recordar al ciudadano Jesús del que tantas veces he hablado en este cuaderno digital, al que descubrí con seis años en Madrid, viendo aquella película del régimen que me enseñó muchas cosas, Marcelino, Pan y Vino, entre ellas admirar a ese Jesús del madero que fue antes un niño proletario y cómo Marcelino me animó a decir en mi casa que conocía a alguien que se llamaba “dios” y que sabía que tenía un amigo imaginario de nombre Manuel, que siempre tuvo un sitio en mi alma de niño. En este mundo tan complejo, siento la ausencia de esos amigos de la infancia, de ese líder de juventud, Jesús, comprendiendo mejor que nunca lo que Saramago quería transmitir en su atrevida lectura laica del evangelio, cuando nos recordaba que su padre le decía a Jesús aquello de “ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.
Inolvidable libro, porque después de haber pasado tanto tiempo, sigo pensando lo mismo que el Nobel portugués. O lo que es lo mismo, … tras un día, otro viene, y lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza, a pesar de que sigo sin encontrar respuestas a la mayor parte de las grandes preguntas de la vida. Quizás, porque aquellas palabras agónicas del ciudadano Jesús, sobre el abandono que sintió aquel día lejano que se recuerda en la Semana Santa, ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?, nueve palabras en español, cuatro en hebreo, siguen todavía sin respuesta alguna para el común de los mortales, los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada, a los que defendió siempre Eduardo Galeano en su compromiso social y laico, entre las dudas y certezas de cada día, incluso hoy, en un sábado universal, santo y laico, por la gracia de Dios y de la democracia.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Enrique Irazoqui y Pier Paolo Pasolini, durante el rodaje de Il Vangelo secondo Matteo (1964)
Sevilla, 29/III/2024
La verdad de la historia que justifica que hoy sea un día festivo, se debe -al igual que ayer- a un relato de un héroe en su época llamado Jesús de Nazareth. Desde una perspectiva estrictamente laica, siempre me ha interesado la historia en torno a este día que, en alguna ocasión, he recogido en este cuaderno digital. Después del nacimiento de este héroe, cuentan los cronistas de la época que María, su madre, estaba loca de contenta por las cosas maravillosas que los pastores decían de su niño. También citan a una profetisa anciana de nombre Ana, que conocía muy bien a la gente del templo y hablaba a todo el mundo de las cosas del niño. Y Jesús comenzó su vida normal, creciendo en todos los sentidos.
La verdad es que los citados cronistas han sido muy escuetos en sus manifestaciones, pero constituyen en sí mismas un dato muy importante para la humanidad: es necesaria la revolución en las épocas de estancamiento social, de aburguesamiento en todos los sentidos, en las que el denominado “orden social” enloquece en detrimento de millones de personas que suelen ser los más pobres de cada lugar.
Cuentan que la clave del «éxito» de Jesús estaba en su presencia como revulsivo ante los conformismos manifiestos. Toda su vida estuvo llena de intervenciones puntuales en determinadas problemáticas personales y sociales de sus paisanos o ciudadanos próximos. Vino a llamar las cosas por su nombre, que además en hebreo o arameo, tiene una importancia vital porque allí la palabra era lo que les quedaba. La verdad es que a Jesús de Nazareth se le ha situado tan alto en la historia posterior a lo que verdaderamente ocurrió que para muchos no hay posibilidad de entenderlo en su justo sentido. Quizás el cronista Marcos ha sido el más sencillo de todos los profesionales de la época para traemos a la lectura actual una figura de Jesús rica en contenidos humanos. Su enseñanza con autoridad ética es entendida en contraposición a los profesionales de la fe de su época, es decir, se le notaba que lo que decía era importante para el mismo Jesús, se lo creía (en vocabulario actual), a diferencia de los jefes espirituales de siempre, que ya no convencían a nadie por su falta de testimonio y compromiso con las personas sencillas, pobres, marginadas y enfermos físicos, psíquicos o sociales que les rodeaban a diario.
Para un intérprete progresista de la fe o de la creencia en el ser humano, lo lógico era sufrir los reveses del poder vigente. Su muerte estaba anunciada de antemano. Nadie se debía escandalizar. Molestaba y no interesaba. Y sabía que al final se iba a quedar solo. Así fue. Se podía convertir en un desaparecido u olvidado cualquiera. Y al fin, este hombre molesto para la sociedad aletargada es eliminado por el procedimiento de la época. La misma autoridad que empadrona, es la autoridad que mata, apoyada por la institución religiosa, por la muchedumbre aborregada, que compara a Jesús con Barrabás. Esa es su miseria. Así se hizo. Muchos le delataban. La realidad es que el ciudadano Jesús se quedó solo ante el peligro del poder constituido, de los de siempre, de los que no aceptan el progreso ni en orden social equitativo, distributivo y justo.
Siendo muy joven tuve la oportunidad de conocer al director italiano Pier Paolo Pasolini a través de una película que me pareció entonces la mejor crónica visual de lo narrado anteriormente en lenguaje cinematográfico del siglo XX. Su título El evangelio según Mateo, era la justificación de una narración cruda de esta historia tan interesante y liberadora. La hizo sin concesión alguna a la tradición, resaltando en cada plano la humanidad de Jesús. Pasolini había creado una escuela digna de ser explicada. Partiendo de su modo y manera de ser, luchó por rescatar el lenguaje de los barrios más pobres de Roma, incorporándolo al cine del proletariado. Nadie se puede imaginar, sin cierta sorpresa, a Pasolini cerca de Vittorio de Sica como ayudante de dirección. Quizá esta didáctica del costumbrismo y realismo italiano llevó a nuestro autor-director de escena a revolverse y comprometerse con la sociedad a través del cine, medio de expresión no inocente y desconcertante a veces en nuestra sociedad contemporánea. El evangelio según Mateo es un claro exponente de lo explicado anteriormente.
Pasolini hizo con esta película un cine diferente, singular, diverso: “Jesús (Enrique Irazoqui) es mostrado continuamente caminando entre el desierto o entre pueblos en ruinas. Su mirada, como la de Pasolini, no evita a los leprosos ni a los cojos, sino que se detiene en ellos; la cámara, por su parte, se complace, por ejemplo, en la mano del mesías que acaricia los rostros marchitos de quienes acuden a él para encontrar salud. El contacto entre dos cuerpos alivia, de ahí la alegría del rostro de la adolescente María (Margherita Caruso) al ver regresar a José, al saber que, sin importar lo que digan los demás, él ha decidido estar con ella” (1).
Lo que verdaderamente me conmocionó, en mis años jóvenes, fue conocer que la Oficina Católica Internacional del Cine entregó a Pasolini, cuatro años después, en 1968, un premio por una obra jamás entendida desde la institución: Teorema. La posibilidad de que el Espíritu Santo entrase en cada uno de nosotros constituyó el móvil del premio. Cuando se descubrió que Pasolini volaba más bajo que el espíritu, la institución se arrepintió y explicó a los cuatro vientos su voto. El anatema estaba servido. En definitiva muy poca gente había entendido el mensaje real de la película: no es necesario invocar a los espíritus para llenarse de amor en vida, cualquier amor.
La dialéctica pasoliniana estaba precisamente en esa denuncia de la corrupción personal y social de la moral establecida, farisaica en la mayor parte de las ocasiones. El canto al hombre total a lo largo de su obra, belleza cósmica, verdad acrisolada por el amor a los cuatro vientos, la denuncia de todos los totalitarismos, incluido el del amor establecido en normas legales y religiosas más o menos vigentes, es un magnífico título de crédito para una obra jamás filmada: la de la vida de cada uno en el compromiso sencillo/difícil de existir, siendo copartícipe y compañero de los más pobres de la tierra, los pobres del Señor, que él gustaba llamar, imbuido de un marcado carácter sacral en su fotocomposición diaria de la vida, real como ella misma.
NOTA: la imagen está tomada durante el rodaje de la película de Pier Paolo Pasolini “Il vangelo secondo Matteo” (1964), que considero una obra maestra para comprender el mensaje humano del ciudadano Jesús. Figuran en ella Enrique Irazoqui, que interpretó el papel de Jesús y el director, Pier Paolo Pasolini.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Anoche, Ucrania volvió al foco mundial a través de la ceremonia de entrega de los premios Óscar, en su 96ª edición, cuando se proclamó vencedora, en el apartado dedicado a la mejor película documental, una obra imprescindible del cine de ese país malherido, 24 días en Mariúpol,lugar que tengo grabado en mi alma de secreto y reflejado en palabras que figuran en este cuaderno digital, desde que contemplé con horror su asedio y destrucción implacable por Rusia en 2022, pocos días después del comienzo de la invasión.
Alejado personalmente de la industria americana del cine, con su famosa y crónica doble vara de medir los actos humanos y los premios que se conceden, a veces, a producciones de dudosa ética cinematográfica, que también existe, siento algo especial por este reconocimiento, que llega en un momento delicado de olvido de lo que está pasando y seguimos viendo en Ucrania y Gaza, entre otros conflictos latentes y manifiestos a escala mundial, como si todo lo que sigue pasando a diario fuera un documental de ficción, no la transmisión de una inquietante realidad que nos atañe a todos.
Anoche lo explicó en pocas palabras su director, Mstyslav Chernov, cuando recogió la famosa estatuilla: “Este es el primer Oscar de la historia de Ucrania, pero probablemente seré el primer director que diga sobre este escenario que ojalá nunca hubiera hecho esta película. Ojalá fuera capaz de cambiarlo porque Rusia nunca hubiera atacado y ocupado Ucrania”. Mejor forma de definir el momento, imposible, incluso en sus palabras finales: “Podemos hacer que la verdad prevalezca y que la gente de Mariúpol y los que dieron su vida nunca sean olvidados, porque el cine construye memoria y la memoria hace historia”.
Recuerdo con este motivo lo que escribí recientemente sobre Mariúpol en este cuaderno digital: “Dos años después, me resisto a ser mero espectador de lo que está pasando y estoy viendo en Ucrania. Me remueve la conciencia todos los días y reconozco que estoy consternado y conturbado. Consternado, en el sentido profundo de la palabra tal y como se recogió por primera vez en el Diccionario de Autoridades publicado en 1729 por la Real Academia de la Lengua: “Atemorizado, asombrado, perturbado y espantado”. Cualquiera de las cuatro acepciones refleja bien mi estado de ánimo. Tanto que hemos luchado por la instauración de la democracia a lo largo de los siglos, como la mejor forma de convivencia humana y con profundo dolor contemplo de nuevo la imagen del Teatro Dramático de Mariúpol, que hace un triste honor a su nombre, hoy más que nunca. También, conturbado, atendiendo las ricas acepciones de las Autoridades citadas, porque estoy inquieto, conmovido, confundido y desasosegado, provocando todo ello una mudanza cerebral muy importante aunque siga escuchando la recomendación piadosa de San Ignacio en estos tiempos de guerras en la aldea global que se ha convertido el mundo al revés. Cada día que pasa estoy más convencido de que soy pesimista en el sentido más profundo del término que aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Benedetti en 1999 (1): Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado.
Por estas razones de la razón y del corazón, como demócrata convencido, sé que a pesar de este reconocimiento cinematográfico, Ucrania sigue representando hoy el miedo global, aunque a pesar del miedo global a la libertad, quiero seguir abriendo una puerta para la paz en aquel territorio y en Gaza, que tampoco olvido, siguiendo los consejos de Eduardo Galeano, una vez más, a través del llamado «derecho al delirio«, en un mundo loco, con ejemplos rotundos para pensar que son realidades posibles en un mundo nuevo, una invitación a volar sobre la realidad que nos duele, consterna y conturba a diario, del que personalmente he escogido algunos que sanan mi alma: “los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas; los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos; el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra; la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda y, como corolario, la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: amarás a la naturaleza, de la que formas parte; serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma”. Es verdad, estos delirios son una invitación a experimentar el derecho a volar alto, algo que agradezco cuando vivimos tan atados a la dura realidad de la tierra, situación que no nos permite ver mas allá de lo que nos transmiten a diario los agoreros mayores del mundo al revés. Tan lejos, tan cerca.
El Óscar a 24 días en Mariúpol, es un premio imprescindible, fundamentalmente porque nos obliga a olvidar el olvido y porque cualquier parecido de esta extraordinaria obra ucraniana con la realidad de cualquier guerra no es pura coincidencia. Lo dijo, en un mensaje escueto, el director del documental premiado: “el cine construye memoria y la memoria hace historia”.
(1) Benedetti, Mario, Rincón de haikus, 2001. Madrid: Visor Libros.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
En abril de 2023 dediqué un pequeño homenaje a una película rodada en este país, 20.000 especies de abejas, que me conmovió, porque contaba una historia especial sobre la singularidad trans desde la perspectiva de una niña y su pequeño mundo íntimo y personal, en una sociedad tan proclive a las etiquetas y prejuicios de todo tiempo, sin mezcla de comprensión alguna.
Como manifiesto más adelante, esta película no es inocente, hay una ideología en ella y cumple una misión muy importante: contar, de forma especial, una historia cercana, honesta y sincera, impregnada de valores humanos, que ayuda en definitiva a transformar la sociedad actual.
Por este motivo, vuelvo a publicar aquellas palabras sobre la historia de Lucía, declarando, horas antes del comienzo de la ceremonia, que es mi candidata a la mejor película de los premios Goya 2024, aunque más allá de este reconocimiento cinematográfico, sólo sirva para dignificar a los niños y niñas de este país que no son aceptados socialmente en su singularidad trans.
Desde hace bastantes meses sigo de cerca una aventura apasionante, la de la película dirigida por Estibaliz Urresola Solaguren, autora también de su guion, 20.000 especies de abejas, multipremiada a pesar de su corta vida, que hoy se estrena en las salas de nuestro país, en la que se narra algo de especial interés por su trasfondo humano en un mundo en el que se vive de forma difícil la diversidad y la singularidad, tal y como la explica la sinopsis oficial de esta obra de arte: “Cocó [Sofía Otero], de ocho años, no encaja en las expectativas del resto y no entiende por qué. Todos a su alrededor insisten en llamarle Aitor pero no se reconoce en ese nombre ni en la mirada de los demás. Su madre Ane, (Patricia López Arnaiz), sumida en una crisis profesional y sentimental, aprovechará las vacaciones para viajar con sus tres hijos a la casa materna, donde reside su madre Lita (Itziar Lazkano) y su tía Lourdes (Ane Gabarain), estrechamente ligada a la cría de abejas y la producción de miel. Este verano que cambiará sus vidas obligará a estas mujeres de tres generaciones muy distintas a enfrentarse a sus dudas y temores. Y sobre todo, a Ane a ser por fin honesta consigo misma”.
He leído todo lo que podido sobre la génesis de la película y he encontrado algo de marcado interés ante la realidad pura y dura del mercado cinematográfico, porque esta película no es mercancía sino un producto que nace a través de una productora también singular, Gariza films, que tiene intereses muy diferentes a los que fomenta ese mercado y sus mercancías, de las que la industria del cine tampoco se libra: “es una productora feminista e independiente que crea y produce proyectos audiovisuales desde 2010. El cine es nuestra manera de vivir, nuestra pasión. Por eso, realizamos nuestros proyectos siempre desde la cercanía y la sinceridad”. Sus características principales son: el apoyo al talento joven “porque creemos en el talento de los jóvenes emergentes que como nosotras crean proyectos de gran calidad que tienen muchas, pero muchas cosas que contar al mundo”, ser una productora feminista, es decir, “un espacio libre para poder dar voz a las historias que tienen que ser contadas. Apostamos por nuevas directoras que proyectan diferentes perspectivas. Queremos un cine igualitario, en el que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades de mostrar su creatividad e ingenio cinematográfico y trabajamos por conseguirlo. ¡Y lo conseguiremos!”, así como hacer un cine independiente y de autor: ”visibilizamos las películas que crecen al margen del epicentro de la industria. Cuidamos cada detalle de cada proyecto en el que participamos y garantizamos la diversidad”. Y, por último, defienden la escucha, la cercanía y la honestidad: “nos encanta escuchar nuevas historias, el vértigo que se siente al principio de un proyecto y formar parte de pequeños y grandes equipos de trabajo. Para nosotras cada proyecto tiene unas necesidades diferentes, y es nuestra labor reconocerlas y responder adecuadamente a cada una de ella, de forma individualizada y personalizada”.
Todo lo anterior es lo que está detrás de una historia tan hermosa como la que narra esta bellísima película, porque es un hecho constatable que la producción de la misma no es inocente, hay una ideología detrás de cada producción y llevan a cabo algo muy importante: contar, de forma especial, una historia cercana, honesta y sincera, impregnada de valores humanos, que ayude en definitiva a transformar la sociedad actual. La película tiene ya un amplio reconocimiento cinematográfico mundial, como ganadora en la Berlinale del Oso de plata 2023 a la mejor interpretación de la jovencísima actriz con sólo nueve años, Sofía Otero y la Biznaga de oro en el Festival de Málaga de este año a la mejor película, en la que la directora lanzó un mensaje reivindicativo: «Creo que cada vez más hay una voluntad de poner en valor y visibilizar las infancias trans. Es muy importante que estos niños encuentren su sitio en el mundo. Con esta película he querido hablar de ello desde el enfoque de la familia y cómo se transforman todos sus miembros cuando tienen que acompañar a una persona que se está expresando de una forma distinta a la que todos habíamos concebido«. También obtuvo la Biznaga de Plata a Mejor Actriz de Reparto para Patricia López Arnáiz.
Conocí hace dos meses la intrahistoria de esta película, que me conmovió: “Un proyecto que nació cuando Urresola conoció el caso de Ekai, un niño trans de 16 años que se suicidó tras luchar por un tratamiento hormonal que nunca logró. “Dejó una carta y me conmovió”, recuerda la directora. “Era una carta de despedida, pero al mismo tiempo me conmovió la esperanza que proyectaba él en esa carta hacia la generación de las niñas y los niños que vinieran detrás de él, que vivieran un escenario de más aceptación y donde lo tuvieran más fácil que él. Recuerdo que, a raíz del caso de Ekai, hubo un despertar, por lo menos en la sociedad vasca, sobre esta temática, que yo creo que no formaba parte de la agenda social ni del imaginario. No pensábamos que lo trans pudiera estar ya presente desde las infancias más tiernas”, […] Un despertar que luego se multiplicó por toda España y que también provocó movimientos reaccionarios como “ese autobús naranja que intentaba preservar los pensamientos más rígidos de la idea del género y de las identidades”. “Creo que justamente lo que logró ese autobús fue dar mucha más repercusión y altavoz a esta realidad”, dice la autora sobre la campaña que impulsó HazteOír. 20.000 especies de abejas nació en 2018, cuando Urresola comienza el proceso de investigación y las entrevistas a las familias de niñas y niños trans. Su proceso de creación ha ido en paralelo con la evolución de la sociedad española que ha concluido en la aprobación de la ley trans que coincide en el tiempo con la presentación del filme en la Berlinale”.
Leí ayer una reseña en RTVE sobre esta película en la que se hacía una comparación con otra obra maestra de este país, El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, por la mirada tan cautivadora de Ana Torrent, como ahora es la de Sofía Otero: “El simbolismo del universo de las abejas vuelve a llevarnos a la cinta de Víctor Erice. De la colmena a las abejas. Aunque la de Erice no representaba con ellas la diversidad, en ambos casos sí entraña la complejidad en los enlaces familiares y busca mostrarse la sorpresa que encierra la infancia, el descubrimiento del mundo adulto a temprana edad, de la conciencia de uno mismo. Una distancia de 50 años entre ambos títulos, que se enlazan también a través de la hechizante mirada de sus protagonistas, porque, al igual que ocurrió con la de Ana Torrent, la de Otero se quedará para siempre en la historia de nuestra retina cinematográfica”.
Amo el cine y deseo que esta película, 20.000 especies de abejas, haga un recorrido maravilloso de divulgación de la parte más ejemplar del mundo cinematográfico, como escuela de vida. Escribí en este cuaderno digital, tiempo atrás, que cuando era pequeño me emocionaban las dos palabras inglesas, The End, que aparecían siempre en los últimos planos de las películas de sesión continua, en los cines refrigerados del ferragostomadrileño. Fue especial el día de Candilejas, porque Chaplin era un ídolo de mi vida en el barrio Salamanca, en Madrid, para un niño del Sur que soñaba con su tierra de origen, viviendo el discreto encanto de la burguesía, tan lejana de la ternura triste de Charlot, de los cómicos, como el que representaba el payaso Calvero en aquella hermosa película. También, el de El chico, con un mensaje que debido a mi corta edad me situaba más cerca del niño John en su experiencia vital al vivir separado de su madre. Todas las películas tienen un final (es lo que tienen de malo…), 20.000 especies de abejas, también, pero la vida sigue dispuesta a ofrecernos siempre miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos para volver a verlas como en el caso de “El chico” o la protagonizada por la realidad de Lucía, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro.
El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos en cuestiones de tanto calado como las que se tratan en esta película. Descansar es, a veces, despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea. Es lo que esperaba siempre en su mundo tan singular, Lucía, la protagonista de 20.000 especies de abejas, una bella película para el siglo XXI, en un país tan controvertido como el nuestro que, afortunadamente, ya dispone de un marco legal propicio para salvaguardar la diversidad de género, a través de la recientemente promulgada Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, que deberíamos conocer todos para respetarla y llevarla a la práctica en nuestra azarosa vida diaria. Fundamentalmente, porque en 20.000 especies de abejas, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.
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Fotograma de La memoria infinita – En la imagen, Gustavo Góngora y Paulina Urrutia
Sevilla, 17/I/2024
Ayer vi en una sala comercial el documental La memoria infinita, unas horas después de haber publicado un artículo sobre ella, “La memoria infinita” permite olvidar el olvido, en el que a modo de premonición advertía que no era una película sólo para contarla y ya está, sino, sobre todo, para verla y sentirla. Así fue y por esta razón he elegido la mejor interpretación de este sentimiento que he encontrado hasta hoy, envolviendo emociones y a través de su directora Maite Alberdi, en un diario digital chileno, La Tercera, en una columna suya publicada el 8 de septiembre de 2023, El legado infinito, que reproduzco íntegro por el valor intrínseco de su contenido:
*No es sencillo aventurarse en la respuesta de por qué ´La memoria infinita´ ha batido récords históricos. Por qué llena salas y por qué se habla tanto de ella. Me encantaría decir que fue porque trabajamos años o podría hablar del camino que construí con las películas anteriores, o de su campaña, pero nada de eso justifica del todo el alcance que ha tenido. Pienso que la respuesta se acerca a algo mucho más simple.
El éxito de audiencias tiene que ver con la emoción, con lo que permanece en Augusto y en el espectador. Lo que queda es el amor, en un momento en el que ya no se habla de eso. Agradecemos ser testigos de un buen amor, de uno real, el de la Pauli y el Augusto, con todas sus dimensiones, no uno construido en Hollywood.
Augusto sabía lo que le pasaría y no tuvo miedo de que lo filmara. Nadie entendía por qué alguien que se preocupó de preservar la memoria, estaba dispuesto a registrar la forma en que la perdería. Tal vez para algunos, perder la memoria es perderlo todo. Pero muy por el contrario, Augusto se quedó con lo más importante. Sus memorias emotivas y sus emociones más profundas. Los datos se desdibujaron. Me he preguntado con esta película, de qué sirve tanta información. Augusto, un periodista que trabajaba con ella, que no olvidaría un hecho, los pierde. Pero jamás pierde su identidad, la encuentra en los libros, en sus amigos, en su casa, en sus emociones. El regalo de su testimonio habla de eso.
Él se encargó de dejarnos una lección aún más grande: lo único que queda marcado en el cuerpo a todo evento, son los dolores profundos, pero ante todo los amores más grandes. Esta es una película sobre la permanencia de lo que el cuerpo recuerda, no sobre el olvido. Vemos en Augusto una ternura a la que nos estábamos desacostumbrando. Nos enseñó las infinitas formas de preservar la memoria en todas las etapas de su vida, incluso cuando parecía perdida.
Finalmente, la película sienta un camino de cómo encontrar de nuevo la ternura que nos hacía tanta falta. De cómo abrazarnos. Y llega con una emoción que no sabemos dónde poner. Muchos me decían “no quiero verla, porque me da miedo ir a llorar”. Saliendo de una función, un supervisor que trabaja en el cine nos contaba entre risas que, en las salas, el equipo retira más pañuelitos de gente que ha llorado que pop corn [palomitas].
Lo que parece una anécdota divertida, tiene una pequeña pero importante verdad. Nos contaba que la gente llora -pero no de tristeza- y que se quedan quietos hasta al final de los créditos. Nos volvemos a conectar con nuestra memoria emocional. Y ese es el legado infinito de la historia de Augusto Góngora”.
Vayan a verla. Es una lección maravillosa de amor mutuo y un homenaje implícito a las ideologías no inocentes, las que hacen que un mundo mejor sea posible, con una condición: olvidar el olvido, preservando siempre la memoria democrática de cada uno, cada una, de todos. Para comprender bien este mensaje, escucho de nuevo una canción inolvidable, ¿A dónde van?, que figura también en la banda sonora de la película. Me ayudan en esta ocasión sus primeras preguntas: ¿A dónde van las palabras que no se quedaron? / ¿A dónde van las miradas que un día partieron? / Acaso flotan eternas / Como prisioneras de un ventarrón / O se acurrucan entre las rendijas / Buscando calor // Acaso se van / ¿Y a dónde van? / ¿A dónde van?
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Chile tiene en su memoria democrática cincuenta años de dolor dentro, desde que en 1973 sufriera un golpe de Estado cruento y desolador, con daños colaterales de todo tipo que hacen imposible su olvido. Precisamente, ahora, vuelve a nuestras pantallas de cine este recuerdo, en una película documental que refuerza la importancia de respetar siempre la memoria democrática de un país, de la que nosotros, en España, tampoco deberíamos estar tan lejos en determinadas ocasiones. Aprendí en su día de Eduardo Galeano que «no hay nada mejor que olvidar el olvido», recuperar de la mejor forma posible la memoria de un país, de su pasado: “Olvidar el olvido: don Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo. Recordar el pasado, para liberarnos de sus maldiciones: no para atar los pies del tiempo presente, sino para que el presente camine libre de trampas. Hasta hace algunos siglos, se decía recordar para decir despertar, y todavía la palabra se usa en este sentido en algunos campos de América latina. La memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”. Excelente reflexión.
En este contexto, leo hoy la sinopsis de la película chilena ‘La memoria infinita’, estrenada la semana pasada en los cines comerciales de este país, multipremiada en encuentros internacionales de cinematografía en diferentes versiones, que describe a la perfección una obra suprema del cine documental de ese país, marcada por un compromiso social activo, no inocente: “La memoria infinita cuenta la conmovedora historia de amor de Augusto y Paulina, que han estado juntos y enamorados hace más de 25 años. Hace 8 años sus vidas cambiaron para siempre con el diagnóstico de Alzheimer de Augusto. En un relato sobre el recuerdo individual y colectivo, Augusto, quien fuera un destacado periodista cultural de la televisión chilena, y Paulina, reconocida actriz y ex ministra de cultura, dialogan entre la reconstrucción de la memoria e identidad, y a la vez mantienen vivo ese amor cómplice inquebrantable”.
No es una película para contarla y ya está, sino para verla y sentirla en su justo desarrollo argumental, llevándonos de la mano para comprender el ejemplar compromiso personal y profesional de sus protagonistas para cuidar la memoria histórica de su país, arrasada durante la dictadura de Pinochet y para que se olvide el olvido mediante la atención diaria a la memoria democrática infinita, que ahora puede salvar al pueblo chileno en términos de consolidación de la dignidad humana. Se está escribiendo mucho sobre la intrahistoria de esta película, pero quiero resaltar unas palabras del artículo publicado en el diario.es, Amor, enfermedad y memoria histórica en el conmovedor documental chileno que aspira al Oscar, por su contenido especial en relación con su producción y recorrido humano y político: “El inicio fue “la historia de amor”, pero los recuerdos de él [Augusto Góngora], su trabajo y “todo el material de su programa Teleanálisis” empezaron a salir en las grabaciones, y el tema de la memoria empezó a cobrar fuerza. Un trabajo que llega cuando se cumplen 50 años de aquel golpe de Estado. Paulina Urrutia y Maite Alberdi creen que en Chile se vivió un proceso de cambio justo cuando Augusto comenzó a contar de forma clandestina lo que ocurría: “Lo que pasaba no era un discurso oficial que todos viéramos. Era clandestino, se pasaban las cintas en mano. Tomó muchos años poder hablar sin miedo de ciertos temas en los canales oficiales, pero creo que el país se sintió con la libertad de comunicar abiertamente esa historia. La película habla también de este momento. Podemos hacer actos conmemorativos, pero si no recordamos el dolor de lo que nos pasó en el cuerpo con esas situaciones, nunca vamos a vivir realmente el duelo histórico y, por supuesto, se van a volver a repetir los hechos”. Paulina Urrutia recuerda una cita de Augusto para reforzar esta teoría, “la única manera de hacer memoria es con vocación de futuro” y añade que es una labor de todos que esa memoria no se pierda: “El ejercicio de la memoria, el recuperar nuestra historia, es un ejercicio permanente y es maravilloso cuando el arte toma parte de esa tarea que es una tarea ciudadana y una tarea de Estado”.
Con estas palabras reivindico en su fondo la persona y la obra política de Salvador Allende, porque quiero mantener viva su memoria en mi persona de secreto, que diría Ortega y Gasset, junto a la de todos, cuando seguimos defendiendo su presencia en nuestras vidas, como presidente, siempre presente en democracia, siempre. Me retiro a mi rincón de pensar y escucho la banda sonora de la película, grabando en mi memoria de hipocampo la letra de su melodía final, La danza de las libélulas, obra revisada especialmente por su compositor para esta delicada ocasión, Manuel García, chileno por más señas, con un mensaje implícito: Ahora parece que yo / debo mirar hacia el mar / descubrir la noche y su reflejo entre los botes / Mañana vas a encontrar una flor que te dejé / contra el pecho abrazarás su suave fuego / y en una danza sutil, libélulas del jardín / cruzarán el cielo de tus sentimientos. También, ¿A dónde van?, de Silvio Rodríguez. Es la oportunidad para no olvidar el olvido, para comprender junto a Galeano que «la memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ajinoam Nini, Noa, cantante israelí interpretando La vida es bella
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. Los civiles tienen miedo a los militares. Los militares tienen miedo a la falta de armas. Las armas tienen miedo a la falta de guerra.Es el tiempo del miedo.
Eduardo Galeano, El miedo global
Sevilla, 19/XII/2023
En memoria de los niños y niñas del mundo que mueren a diario en guerras incomprensibles. Hoy, dedicado especialmente a los que vemos todos los días sufrir y morir en la guerra entre Israel y Hamás, como una noticia más que ya no conmueve al mundo en fechas especiales, en las que deberíamos asumir al menos la responsabilidad de defender cada uno, cada una, sin miedo y en la medida de sus posibilidades, que la paz es la única solución viable para las contiendas actuales, sin dejar ninguna atrás, incluso las domésticas, que tampoco son inocentes.
En estos días próximos a la celebración de la navidad histórica y viendo lo que está pasando a diario en la guerra entre Israel y Hamás, en el escenario palestino de la franja de Gaza, tan cercano al territorio de Belén, me viene a la memoria la película La vida es bella y el tema principal de su banda sonora, interpretada por la cantora israelí Noa, con voz precisamente no inocente en esa realidad bélica, porque cambian las tornas y ahora los que debían haber aprendido de la historia, llevan a cabo una masacre sin compasión, por mucho que se pretenda justificar como legítima defensa por el ataque despiadado y execrable de Hamás a Israel, el pasado 7 de octubre. Todo tiene una proporcionalidad en la vida, pero la respuesta de Israel es brutal y sin compasión alguna, ojo por ojo y diente por diente, a modo de batalla entre David y Goliat, nunca mejor dicho en términos bíblicos y judíos, quebrantándose continuamente el derecho internacional humanitario respecto de la población civil, que está siendo atacada sin piedad alguna.
Aquella maravillosa película estrenada en 1997, que no olvido (como se puede comprobar en páginas múltiples de este cuaderno digital), escrita y dirigida por el excelente actor italiano Roberto Benigni, que también desempeñó el papel del protagonista, Guido Orefice, está basada parcialmente en la experiencia personal sufrida por un judío sobreviviente al Holocausto, Rubino Romeo Salmoni, que contó lo allí vivido en una obra, Al final derroté a Hitler, así como en la propia de Benigni, porque su padre también pasó dos años en un campo de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial.
El argumento no era equívoco, sino muy explícito, como se escucha al comenzar la película en sus primeros planos, a través de una voz en off: Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad. La historia, posteriormente contada, se sitúa en el periodo histórico de Italia que va desde 1939 a 1945. Es la de un joven judío, Guido Orefice, cuya gran ilusión era abrir con el paso del tiempo una librería en Arezzo (Italia), dado que el trabajo de camarero en el hotel de su tío no le convence. Después de varios episodios que intentan reflejar el cambio político en su país, es decir, la llegada paulatina del fascismo, se ve envuelto en esa transformación por haberse casado con Dora, una profesora a punto de contraer matrimonio con Rodolfo, el hijo de un funcionario fascista, al que abandona por el amor que muestra a Guido. En ese intervalo de tiempo, nace su hijo, Giosué, al que siempre desea mostrarle la parte más amable de la vida, en la búsqueda permanente de la felicidad.
Pronto se trunca ese proyecto vital porque el día del cumpleaños de este hijo tan querido, Guido, su hijo Giosué y su tío Eliseo, son detenidos por las fuerzas de ocupación alemanas, dado su origen judío, subiéndolos a un tren rumbo a un campo de concentración. Eliseo es considerado un preso inútil y es llevado directamente a las cámaras de gas, mientras que Dora, que desea unirse a ellos, es separada con violencia cuando intenta subirse al tren, al no ser judía. Lo que viene después lo dejo para el visionado de la película bajo el tamiz de la tan necesaria y a veces denostada memoria histórica y democrática, aunque me causa todavía tremendo dolor la frase en off, de nuevo, en los planos finales, con la misma voz que se escucha al principio: Esta es mi historia. Ese es el sacrificio que hizo mi padre. Aquel fue el regalo que tenía para mí, que es la de Giosué siendo ya adulto, al asumir la cruda realidad de la forma en que murió su padre, haciéndole feliz cuando era sólo un niño y hasta que lo fusilan, que me imagino como la tarea casi imposible de tantos padres y tantas madres en Gaza en la actual guerra, cuando mueren de forma despiadada junto a ellos, en sus casas, campamentos, colegios y hospitales en los que buscan refugio.
Israel, que conoce tan a fondo el holocausto, del que La vida es bella es sólo un relato que, desgraciadamente, se puede repetir en cualquier momento, a modo de nueva fábula en sentido inverso, debería parar inmediatamente esta guerra en Gaza, recordando cuántos miles de niños y niñas pueden ser un Giosué de la película, porque ellos lo sufrieron en carne propia, salvando lo que hay que salvar, donde también muchos padres y muchas madres gazatíes los hacen reír cada día desde el Norte hasta el Sur de la franja, para que sientan que a pesar de las bombas, la vida es un sorteo como el del tanque imaginario de la película citada y que a veces, sólo a veces y a pesar de los pesares, te entrega el premio de vivir dignamente, en paz, mostrándoles, de la forma que pueden, que esa horrible vida actual debería ser para ellos, más pronto que tarde, también bella.
En este relato de hoy, una realidad que no es fácil contarla, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Hay mucho dolor irreparable, cuando lo que debería haber en Gaza es, como en cualquier fábula, libertad y belleza, una natividad permanente para ser felices. No es una voz en off, sino un grito unánime de justicia internacional, lanzado a los cuatro vientos.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Herminia y Carlos en un fotograma del episodio final de Cuéntame / RTVE
Sevilla, 1/XII/2023
El pasado miércoles se emitió el capítulo final de la serie “Cuéntame como pasó”, que desde 2001 ha estado presente en la televisión pública de este país. Veintidós años cronológicos y veintitrés temporadas en total. No ha pasado desapercibido este hecho, que ha marcado un antes y después en este tipo de formatos que tanto se han enriquecido ahora, por el hecho de la concurrencia de múltiples plataformas que se han lanzado a una carrera desenfrenada de estrenos con variada temática, algunos con bastante éxito y que han permanecido también varias temporadas, aunque ninguno es comparable con el éxito obtenido por “Cuéntame”, como se denominaba a secas en sus comienzos de 2001.
Ahora, nos queda a cada espectador contar cómo han pasado los años de la serie, cómo hemos vivido 22 años de acontecimientos de la familia Alcántara, que reflejan muchos comportamientos personales, familiares, profesionales y sociales de las personas que entretejemos día a día la malla pensante de este país. Radio Televisión Española, presenta así su sinopsis, ya sin peligro de espóiler alguno: “Como tantos españoles, los Alcántara emigraron a Madrid desde su pueblo natal en la Mancha, Sagrillas, en los años 50. A través de la vida de la familia Alcántara, ‘Cuéntame’ refleja algunos de los acontecimientos más destacados de nuestra historia reciente y los cambios que experimentaron los españoles en su vida. Todo lo que es humano y nos emociona tiene cabida en la serie más premiada de la televisión española”.
Jacobo Delgado, coordinador de guion de la serie y de esta última temporada, creo que sintetiza bien el trabajo desarrollado a lo largo de los años: “Cuéntame nos ha contado nuestra historia, nos ha emocionado, durante muchísimos años. Está en el top de la ficción televisiva nacional sin ninguna duda. Haber participado en ella es un privilegio absoluto». Creo que tal y como describe las secuencias finales, nos ayuda a comprender qué han querido transmitir a través de imágenes muy reveladoras de la intrahistoria de la familia Alcántara: “Durante muchas temporadas se ha especulado con la posible muerte de Herminia, pero era complicado matar «a la abuela de España», como se conoce al personaje. Sin embargo, el equipo de guion ha sido valiente, dando el paso en esta temporada final para que su fallecimiento tuviera un propósito mayor: lograr unir de nuevo a toda la familia. «Le dimos muchas vueltas. Lo que teníamos clarísimo cuando nos sentamos a escribir esta temporada es que la serie iba a acabar con Cuéntame vista en la televisión, eso sí. Que el evento final familiar fuese la muerte de la abuela fue una idea que surgió y se discutió bastante», revela Jacobo Delgado, confesando que incluso se llegó a descartar la idea: «La medio desechamos, pero más tarde volvimos a pensar que era buena idea. Lo era porque, por un lado, era bastante lógico dada la edad de Herminia, y por otro, nos daba un evento familiar sobre el que construir tramas que cerrasen toda la serie. Fue una de las primeras ideas, pero le dimos varias vueltas y hubo muchas dudas, pero creo que al final tomamos la decisión correcta. La secuencia con Carlos, en la que se dicen tantas cosas, es de las más potentes de la temporada. La propia María Galiana cuenta que entró en trance rodando esa secuencia y no es para menos viendo la reacción de todos. Esa es de las que más nos hizo llorar a nosotros, y eso que hemos llorado mucha esta temporada. Pero lo bueno es que la escena acaba con una sonrisa. Herminia dobla la servilleta de su personaje, solo le quedaba hablar con Carlos y tras esa conversación muere, pero su recuerdo queda vivo en ese encargo que le hace a su nieto de mantener a la familia unida», explica el guionista, argumentando así el porqué de esa decisión tan dramática.
Tengo grabadas las frases de Herminia en su encuentro imborrable en su pueblo, Sagrillas, a la sombra de la encina que plantó su padre cuando ella nació, con Carlos, el nieto ausente pero muy querido por ella: “En los tiempos duros es cuando hay que reírse. Cuando la cosa va bien no tiene mérito”, “una cosa es que me queráis, que a mí eso me hace feliz y otra que me necesitéis …, pero eso es la vida, Carlos, unos nos vamos y otros vienen, es natural”. A la pregunta de Carlos de qué quiere decir con esas últimas palabras ella contesta con dos cosas: “no quiero que en mi entierro os vistáis de negro, porque es muy triste…; tampoco vais a ir de fiesta, normal, quiero que no haya coronas, porque los de las empresas de muertos las usan de serie, son feísimas…, un ramito de flores del campo, eso es lo que quiero”, “quiero que os echéis un baile, un pasodoble. No quiero cosas tristes”. En este momento, Carlos le pregunta a su abuela “por qué estamos hablando de esto”, a lo que ella responde. “¿Tú que crees? Ahora, la otra cosa que quiero: tus hermanos, tus hermanos no están unidos, […] yo quiero que tú te encargues de arreglar esto, […] se han dichos unas cosas…, ellos casi no se ven…, ya ni siquiera hacemos la paella los domingos, […] tú eres el que lo tienes que arreglar, porque tú conoces la historia de esta familia y tú eres el que puedes hacer que siga para adelante, […] tú eres escritor y has sabido contar muy bien las cosas que han pasado, tú debes conseguir ahora que pasen cosas buenas para luego escribirlas, […] ¡anda, dame un beso!
Lo que vino después lo dejo para que cada persona que vea estas escenas y las finales de esta última entrega, comprenda que la vida es así, pero que podemos aprender a través de estos mensajes que otro mundo es posible a pesar de las desavenencias personales y familiares en las que nos vemos enredados en bastantes ocasiones. Carlos cumplió con las peticiones de la abuela una vez que fallece bajo su árbol querido, curiosamente una encina, de la que yo aprendí en mis años jóvenes que su misión es dar corazón. Una fiesta de pueblo, una orquesta que ameniza la noche del 13 de septiembre de 2001, unas canciones, un pasodoble, pusieron el broche final de la serie, con las peticiones cumplidas por Carlos y que Herminia pudo contemplar desde su cielo particular, escuchando los compases de una familia que “quería bailar toda la noche”, sobre todo el “pasodoble” soñado por la abuela de todos, así como el “bolero” con la voz de Karina, la fiel compañera de Carlos desde la adolescencia, recordándonos cómo han pasado los años de Cuéntame, cómo cambian las cosas…, las vueltas que da la vida, aunque el amor sigue creciendo en quien lo encuentra, que acaba envolviéndonos, como dice la canción, porque es verdad que han pasado años y pasarán, pero el tiempo no ha podido hacer que pase esta serie de largo en nuestras vidas, porque al fin y al cabo nos ha contado la vida misma, lo nuestro. En este caso, cualquier parecido con la realidad de este país, contada a lo largo de 22 años, no ha sido pura coincidencia.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Desde que era niño, haciendo las cosas de niño y pensando también como un niño, he vivido de cerca la cultura Disney en todas sus proyecciones posibles. He dibujado todos los protagonistas de mis años de infancia, con especial atención al pato Donald, Mickey Mouse, Minnie Mouse, Pluto y Goofy, imágenes que guardo en mi memoria de hipocampo. Es verdad que mí personaje preferido era Peter Pan, el de Disney (1953) y su mundo de nunca jamás. Este año, se cumple el centenario del nacimiento de esta factoría de sueños y deseos no inocentes, fundada en 1923 por Walt Disney junto a su hermano Roy, celebrándolo con la presentación de una nueva película, Wish. El poder de los deseos, rodada con tecnología de última generación, con algún guiño a las anteriores, en la que han intentado hacer un repaso visual a su intrahistoria y que, leyendo entre líneas, se puede atisbar en su sinopsis oficial: ”En Wish: El poder de los deseos, Asha, una optimista con mucho ingenio, pide un deseo tan potente que le responde una fuerza cósmica, una pequeña bola de energía ilimitada llamada Estrella. Juntas, Asha y Estrella se enfrentan a un imponente enemigo, el Rey Magnífico, gobernante de Rosas, para salvar a su comunidad y demostrar que cuando la voluntad de una persona conecta con la magia de las estrellas, pueden ocurrir cosas maravillosas. Con las voces en versión original de la actriz ganadora del Premio de la Academia,Ariana DeBose como Asha, Chris Pine como Magnífico y Alan Tudyk como Valentino (la cabra favorita de Asha), la película está dirigida por el ganador del Óscar, Chris Buck (Frozen. El reino del hielo, Frozen II) y FawnVeerasunthorn (Raya y el último dragón), producida por Peter Del Vecho (Frozen. El reino del hielo, Frozen II) y coproducida por Juan Pablo Reyes (Encanto). Jennifer Lee (Frozen. El reino del hielo, Frozen 2) es la productora ejecutiva y Lee y Allison Moore (Night Sky, Manhunt) son las guionistas del proyecto. Con canciones originales de la cantante y compositora nominada al Grammy, Julia Michaels y del productor/compositor/músico ganador del Grammy, Benjamin Rice, además de música del compositor Dave Metzger”.
El hilo conductor, una vez más, el poder de los deseos y cómo interviene la magia de una estrella para conseguirlos, frente al poder omnímodo de un rey malvado, porque de ellas, las estrellas, vienen casi siempre las soluciones a los grandes problemas de la vida, establece una dialéctica rey malo/ heroína buena, con la ayuda misteriosa de una estrella. Esto sucede porque los humanos no podemos hacer las cosas bien solos, lo que nos lleva a analizar este relato con detalle, para dejar a cada personaje en su sitio en este loco mundo, porque el mundo real no funciona así, a pesar de que la película se anuncia como portadora de “una historia que lleva un siglo esperando a ser contada”. Ha pasado ese siglo y visto lo visto, los reyes siguen estando desnudos, a la manera de Andersen, dejando mucho que desear en algunos casos; las princesas de toda la vida, que lo consiguen todo aunque vengan de extracción social pobre, ya no son tales, porque la mujeres han dado pasos de gigante por sí mismas, gracias a sus creencias de empoderamiento y no a Disney, huyendo despavoridas de esta representación sempiterna de la mujer “princesa rescatada”, de ese nombre; los sueños ya no necesitan de estrella alguna para ser alcanzados y para encontrar el auténtico sentido de la vida no es necesario seguir llamando a las puertas del castillo del rey, de cualquier patriarca, sobre todo a la de los regalos para ser felices, porque el secreto está en buscarnos a nosotros mismos para saber quiénes somos.
Exactamente, lo que nos recomendó José Saramago en su “Cuento de la isla desconocida”, donde la mujer que zurcía en palacio cerca del filósofo del rey, sabía cuál era la fórmula mágica para ser felices y dignos en la vida: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual”.
Un día, hace ya muchos años, a modo de una película íntima, sin factoría Disney alguna que me alumbrara la vida, decidí ampliar el horizonte de miras de este cuaderno de bitácora, con nuevas y blancas letras: cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas… Es lo que hicieron los protagonistas del cuento de Saramago al finalizar su microhistoria y, quizá, la tuya y la mía, la vuestra, queridos tripulantes digitales: “Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma”.
Les aseguro que, con profundo respeto a las historias de Disney, convertidas en guiones no inocentes para aprehender la vida, cualquier parecido de lo que he contado en este cuaderno digital, con la realidad de sus casi dieciocho años de vida, no es pura coincidencia. Sólo me viene a la cabeza, en el momento de escribir estas líneas, una petición a la vida, un “deseo”: ojalá llegue el día en el que se pueda rodar una película sobre el cuento de Saramago, como guion mágico, lejos de Disney, que nos permita descubrir la principal isla desconocida que existe en elmundo, la que cada persona lleva dentro, para que se cumpla el deseo más digno de cada uno, cada una, con sus cadaunadas: ser felices, sin estrellas que nos digan lo que tenemos que hacer en los momentos más difíciles, cuando en la penumbra vital hacemos camino al andar.
Es verdad lo que decía al principio: cuando era un niño, hacía las cosas de niño y me aferraba en algunas ocasiones a Peter Pan, tan niño como yo, porque deseaba ser como él y no crecer en un mundo al revés, de cartón piedra, diseñado por el enemigo (o por la factoría Disney, la de toda la vida). Era mi deseo (wish) íntimo, sin estrella alguna que iluminara este sentimiento, que todavía perdura en mi niñez rediviva.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo: ¡la gente va allí a bañarse! Yo no he visto nunca el mar. El maestro nos dice que iremos a bañarnos. Yo digo que no voy a ir porque tengo miedo de que me voy a ahogar.
Lucía Carranza, una alumna de la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos), en el cuaderno El Mar, Visión de unos niños que no lo han visto nunca, enero de 1936.
Sevilla, 19/XI/2023
Anoche cumplí un sueño en el cine de gran pantalla, al contemplar, sentir y mirar detenidamente la mar imaginaria en una película imprescindible en los tiempos que corren, El maestro que prometió el mar, sobre la que ya he escrito en este cuaderno digital, donde se cuenta una historia que me conmovió al vivirla de cerca, la de un maestro, Antoni Benaiges Nogués, nacido en un pueblo de Tarragona, Mont-roig del Camp, en 1903, que ejerció su preciosa tarea en un destino rural desde 1934, concretamente en la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba, un pequeño pueblo de Burgos, de infeliz memoria por su trágico fusilamiento, llevado a cabo el 25 de julio de 1936, recién iniciada la guerra civil, siendo enterrado en una fosa común que todavía no se ha podido localizar, para mayor escarnio de sus familiares y allegados más directos, así como para la memoria histórica y democrática de este país.
Hoy, recordando esta trágica historia en mi memoria democrática y como muestra de respeto a tantos maestros y maestras de este país, que también fueron fusilados y vejados durante la guerra civil y años posteriores de la dictadura, he recuperado un relato de Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, con un título programático, La función del arte, I, que también podría ser la del cine, porque resume bien lo que sentí durante toda la proyección:
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas dunas de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedo mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
– ¡Ayúdame a mirar!
Es lo que aquellos niños y niñas de la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba, sintieron en los meses preparatorios para conocer ese mar que soñaban de diferentes formas y que dejaron plasmadas en su cuaderno monográfico elaborado artesanalmente en su pequeña imprenta artesanal, bajo la atenta mirada de su querido maestro, Antoni, a secas. Les ayudó a saber cómo era el encanto de su vida diaria y… el del mar, antes de verlo por primera vez, porque él les enseñó desde el primer momento a mirarlo. Ese cuaderno concreto tenía una fecha de edición: enero de 1936. Seis meses más tarde, la locura de la guerra civil acabó con todas las ilusiones de esos niños y niñas, forjadas durante días y meses de trabajo arduo y eficaz de su maestro. El 25 de julio de 1936, unos días después de su apresamiento infame, fue asesinado de un tiro en la nuca, de la manera más vil que se pueda imaginar, gracias al terrible silencio cómplice, que tanto detesto, de los salvadores de aquella patria y su bandera rojigualda, que no hicieron nada por evitarlo.
He recordado hoy estos hechos verdaderos, para que no se olviden ni siquiera un momento, en días aciagos para este país, en los que parece que no hemos aprendido nada de los trágicos sucesos de la pasada guerra civil, en un país tan dual y cainita por definición. Los niños y niñas de aquél pueblo, que fueron alumnos y alumnas de un maestro extraordinario, imprescindible para la historia de este país, como símbolo de otros muchos durante la guerra civil y los años posteriores de dictadura, que los ayudó a mirar la vida de otra forma, sintieron la necesidad de saber mirar el mar de la vida, porque soñar lo hicieron de forma expresa a través de sus redacciones en el cuaderno mágico que sus pequeñas manos imprimieron, uno a uno, sin descanso alguno y para la posteridad democrática de este país. En definitiva un ejemplo extraordinario para aprender a mirar, soñar y vivir democráticamente en común, en libertad y sin hacernos daño.
Tal y como finalizaba en mi artículo anterior, En memoria de Antoni Benaiges Nogués, un maestro imprescindible, escribo de nuevo estas palabras, con alma, para que no se olvide la maravillosa obra didáctica de este maestro rural, ni siquiera un momento, porque hay que decirlo alto, claro y fuerte: estamos avisados. Como ejemplo a secundar, podemos aprender y reforzar la historia democrática de este país, viendo esta película y leyendo una obra monográfica que ha servido para elaborar el guion de la misma, El maestro que prometió el mar, una publicación coordinada por Francesc Escribano, difundiéndolas a los cuatro vientos para reforzar nuestra democracia, en momentos cruciales como los que estamos viviendo en la actualidad ante la legislatura progresista y de su futuro alentador, ya iniciada, cargada también de legítimas esperanzas. Como las que transmitió el maestro Benaiges a tantos niños y niñas de un pueblo burgalés, Bañuelos de Bureba, recordados hoy gracias a la magia del cine y de la memoria democrática, que nos enseñan hoy, una vez más, el arte de soñar y mirar.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.