Cualquier parecido con la realidad no es, a veces, pura coincidencia

Telediario – 21 horas – 10/02/22 (rtve.es)

He cerrado mi balcón
Porque no quiero oír el llanto
Pero por detrás de los grises muros
No se oye otra cosa que el llanto.

Federico García Lorca, en Casida del llanto

Sevilla, 11/II/2022

Anoche escuché en el Telediario 2 de RTVE, una entrevista breve del periodista Carlos del Amor al actor Carlos Olalla, rotulada con un título llamativo, La penuria de ser actor, en un espacio amplio dedicado a la industria del cine y con motivo de la próxima entrega de los Premios Goya 2022, que no me dejó tranquilo, al tomar conciencia de nuevo de qué supone la cultura en general y el cine en particular para nuestro país. Contó Carlos Olalla que en cierta ocasión y ante la terca realidad de no tener literalmente para comer él y su madre, también actriz con 84 años, decidieron salir a la calle y recitar poemas para obtener algún dinero para sobrevivir. Así de duro y claro al mismo tiempo donde, por esa vez, lo que estaba pasando, a diferencia de las películas, no era pura coincidencia con la realidad actual del país y del mundo del cine, acuciado también en determinados momentos por la pobreza real y severa de muchos actores y profesionales de una industria que supone mucho para la economía de la cultura, que también existe. Tal y como se decía en la entrevista, “la mitad no llega a los tres mil euros al año”. Decía Olalla que “todo lo que nos rodea es mentira y la alfombra roja es la más grande. Eso no es más que un escaparate al que vamos porque nos invitan, vamos con ropa prestada porque la mayoría no la podemos ni pagar y, sobre todo, vamos allí para que se acuerden de que seguimos viviendo”. Es verdad que el teléfono de su casa, para ofrecerle trabajo, ha sonado alguna vez en el último año, el teléfono “al final del pasillo”, como le gustaba decir a Pilar Bardem en su ardiente impaciencia como actriz y con un compromiso social muy activo.  

En 2016 se pudo conocer esta terca realidad, que aún perdura obviamente por la pandemia que estamos atravesando, en el caso de Carlos Olalla, como un ejemplo que vale más que mil palabras. En una entrevista en El Correo, en noviembre de 2016, se decía lo siguiente: “El llanto es un perro inmenso”, dice el poema de Lorca que Carlos Olalla, un actor de 59 años curtido «en cien series», recita ahora en los vagones del metro de Madrid acompañado de su madre, de 84, «no solo para poder comer» sino para denunciar la precariedad en su profesión y «mantener la dignidad». Su madre, la poeta y actriz Cristina Maristany, recibe una pensión de 600 euros de la asociación de Artistas Intérpretes, Sociedad de Gestión (AISGE) y él una ayuda asistencial de 400, que le dan tres meses dos veces al año, «y eso es todo», relata el actor”.

En la citada entrevista se dice algo que sobrecoge al conocer el dato a pesar del tiempo transcurrido que no es mejor en la actualidad: “Según un reciente informe de la sociedad de gestión AISGE, solo el 8% de los actores españoles puede vivir de su profesión. Carlos Olalla reconoce que más de un mes no ha podido pagar el alquiler y le han cortado el teléfono. A veces ha tenido que recurrir al subsidio de 400 euros de AISGE o tirar de los restos de un premio de periodismo que este autor de media docena de novelas y ensayos ganó hace un tiempo. «Siempre encuentras a alguien que te ayuda. Cuando sale algo, devuelves el dinerillo que te han dejado. Por lo menos estoy haciendo lo que me gusta», se consuela. Para Olalla, el propio colectivo de intérpretes favorece «la falacia» de que viven en un mundo ideal de fiesta y glamour. Ahora en los castings, desvela, se pregunta el número de ‘followers’ [seguidores]. «Nosotros mismos nos etiquetamos, siempre de alfombra roja en alfombra roja. Ponemos comentarios en las redes sociales para hacer ver que nos va bien, porque si no, no nos llaman». La cruda realidad es que si actúas en una sala de teatro alternativa no se cobran los ensayos. «Si haces cuentas no llega a una retribución neta de cincuenta céntimos a la hora», calcula el actor, que desde hace quince meses no se sube a un escenario en protesta por el IVA cultural del 21%. «No quiero prostituir mi profesión»”.

Vuelvo a leer la Casida del llanto (1), de García Lorca, en homenaje a los poetas árabes de Granada, que tantas veces habrá leído Carlos Olalla junto a su madre en el Metro de Madrid, en un esfuerzo por comprender algo esencial en la vida si dejamos abiertos los balcones de la dignidad humana: hay que escuchar siempre el llanto de los más débiles. Incluso en el glamour del cine, porque también existe.

He cerrado mi balcón
Porque no quiero oír el llanto
Pero por detrás de los grises muros
No se oye otra cosa que el llanto.

Hay muy pocos ángeles que canten,
Hay muy pocos perros que ladren,
Mis violines caben en la palma de mi mano.

Pero el llanto es un perro inmenso,
El llanto es un ángel inmenso,
El llanto es un violín inmenso,
Las lágrimas amordazan al viento,
No se oye otra cosa que el llanto.

Amo el cine y escuchar las palabras de Carlos Olalla, recitando este poema en los vagones del Metro de Madrid para poder comer, junto a su anciana madre, me conmueve. Confieso que en mi vida he tenido siempre una debilidad cinematográfica, entre otras muchas, que me ha marcado para siempre y que me lleva a tener una deuda no saldada con su magia tantas veces oculta. Me refiero a lo que llamo personalmente “el síndrome de Errol Flynn”, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia, el Cine Ideal en Sevilla. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra, porque lo importante era y será que nunca hay que rendirse ante la adversidad de la indignidad humana.

Sinceramente les confieso que, a diferencia del clásico aviso en los títulos de crédito de antes, cualquier parecido de lo aquí contado con la realidad de lo que he visto y vivido en la película de mi vida, no ha sido una pura coincidencia. Como tampoco lo ha sido lo vivido por Carlos Olalla y su madre, actores ambos, en la hermosa película de su vida.

(1) García Lorca, Federico, CASIDA DEL LLANTO (II), en Diván del Tamarit, 1975 (Obras completas. Tomo I, 19ª edición). Madrid: Aguilar, p. 590.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Telediario – 21 horas – 10/02/22 (rtve.es)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Conduce mi coche, quizás descubra mi vida

Sevilla, 6/II/2022

El estreno de una película en este país, de título aparentemente simple, Drive my car (Conduce mi coche), nos ofrece desde esta semana una oportunidad para reflexionar aspectos muy importantes de la vida, tales como el amor, la incomunicación y la soledad que nos invade cuando perdemos el sentido del viaje humano en cada existencia humana, utilizando la metáfora del coche, a través de personas que no vuelven a estar junto a nosotros en la aventura de hacer camino al viajar hacia alguna parte de nuestra vida. Además, la película se centra concretamente en la pérdida de la mujer amada por parte de un hombre, aunque creo que sólo es una metáfora del director para llevarnos a un terreno complejo de la ausencia del amor verdadero en la vida de cualquier persona, con independencia del género de la persona afectada, cuando además la persona amada desaparece o muere para siempre. O no. Es introspección, en el sentido más puro del término.

Esta película está dirigida por Ryūsuke Hamaguchi, el cineasta japonés que tiene ya una estela de reconocimientos cinematográficos muy importantes, tales como el Gran Premio del jurado en la Berlinale 2021 por La rueda de la fortuna y de la fantasía y ahora, por Drive My Car, donde obtuvo en en el Festival de Cannes 2021 el premio al mejor guion, así como el Globo de Oro 2022, en Los Ángeles, encaminándose a los Oscar 2022 al estar preseleccionada representando a Japón. El premio al mejor guion es muy importante, porque la película trata de lo narrado por Haruki Murakami (Kioto, 1949) en el primer relato de su novela Hombres sin mujeres (1), aunque hay cambios simbólicos en el color del coche descapotable y protagonista de la película, de marca SAAB, amarillo en el original de Murakami, no rojo, y en el que el protagonista, Kafuku, viajaba siempre en el asiento junto a la conductora, no en el de detrás. También, en determinados momentos, en el contenido de los diálogos originales del relato, del que recuerdo expresamente un pasaje en el que la conductora pregunta a Kabuku, actor profesional, por qué se hizo actor, si le hacía feliz convertirse en alguien diferente o si nunca se le había pasado por la cabeza no querer volver a ser quien era, a lo que Kafuku responde con una afirmación muy concreta: actuar es siempre algo transitorio, porque su felicidad estaba en tener la certeza de que siempre podía volver a ser quien era, “ser yo mismo”. Metáforas sorprendentes que se pueden dar en nuestras vidas a diario en el gran teatro del mundo.

He escogido una aproximación a la sinopsis oficial de la película en la 47ª edición del Festival del Cine Independiente de Seúl, donde se presentó esta película el 25 de noviembre de 2021, por respetar el intramundo asiático que se abre paso en otros mundos con esta película, donde se explica que “Yusuke Kafuku, actor de teatro y director, está felizmente casado con Oto, guionista. Sin embargo, Oto muere repentinamente después de dejar atrás un secreto. Dos años más tarde, Kafuku, aún incapaz de hacer frente por completo a la pérdida de su esposa, recibe una oferta para dirigir una obra de teatro en un festival de teatro y se dirige a Hiroshima en su automóvil. Allí conoce a Misaki, una mujer reticente asignada para convertirse en su chofer. Mientras pasan tiempo juntos, Kafuku se enfrenta al misterio de su difunta esposa que lo persigue en silencio”. En la página oficial de la película, el director profundiza en las razones de haber abordado este relato de Murakami: “Hay tres razones por las que quería hacer una película basada en el cuento de Haruki Murakami, “Drive My Car”. Una es que presenta a Kafuku y Misaki y describe las interacciones entre estos dos personajes intrigantes. Y estas interacciones tienen lugar dentro de un automóvil. Estas representaciones revivieron mis propios recuerdos de conversaciones íntimas que solo nacen dentro de ese espacio cerrado y en movimiento. Porque es un espacio en movimiento, en realidad no está en ninguna parte, y hay momentos en que ese lugar nos ayuda a descubrir aspectos de nosotros mismos que nunca le hemos mostrado a nadie, o pensamientos que antes no podíamos expresar con palabras. Lo siguiente es que el cuento se ocupa de la actuación como tema. Actuar es tener múltiples identidades, lo cual es una forma de locura socialmente aceptada, por así decirlo. Hacerlo como un trabajo obviamente es agotador y, a veces, incluso provoca colapsos. Pero conozco gente que no tiene más remedio que hacerlo. Y estas personas que actúan para ganarse la vida son, de hecho, curadas por esa locura, que les permite seguir viviendo. Este tipo de actuación realizada como una “manera de sobrevivir” es algo que me ha interesado durante mucho tiempo. El último factor es el personaje ambiguo llamado Takatsuki y la forma en que se representa su «voz». Kafuku está bastante seguro de que Takatsuki se acostó con su esposa antes de que ella falleciera, y considera que el hombre «no es un actor especialmente hábil». Pero un día, Takatsuki descubre el punto ciego de Kafuku. «Si esperamos ver verdaderamente a otra persona, tenemos que empezar por mirar dentro de nosotros mismos», dice, y la razón por la que este comentario bastante estereotipado devasta a Kafuku es que él siente intuitivamente que es una «verdad» que nunca podría haber descubierto por su cuenta: “Sus palabras fueron claras y cargadas de convicción. No estaba actuando, eso es seguro”.

Misaki, interpretada por la actriz Toko Miura, se convierte en un determinado momento de la película y, nunca mejor dicho, por exigencia del guion, en la conductora del coche en el que en el asiento de atrás viaja siempre Kafuku (Hidetoshi Nishijima), en innumerables viajes por Hiroshima, con su intrahistoria profunda y con múltiples aspectos sin resolver. Es verdad que lo manifestado por el director de la película es una realidad diaria en el viaje hacia alguna o ninguna parte en nuestra vida y en el que siempre está presente la persona de secreto de cada uno, de cada una, en un ejercicio permanente de introspección. Quizás necesitamos que alguien ocupe el sitio de conductor o conductora de nuestra vida, para ayudarnos a descubrir quienes somos en realidad desde el asiento de atrás o al lado del conductor, a pesar de que sea un momento crucial que no nos gustaría que ocurriera, o sí, que muchas veces nos lleva a solicitar que ese conductor o conductora pare para bajarnos de ese coche metafórico en cualquier sitio y seguir caminando a pie hacia alguna parte. O hacia ninguna, porque a pesar de todo la soledad es siempre mala consejera cuando se pierde el norte del amor. Esa es la cuestión.

(1) Murakami, Haruki, Hombres sin mujeres, 2015. Barcelona: Tusquets Editores.

NOTA: la imagen de Haruki Murakami en la fotocomposición, se ha recuperado de Haruki Murakami y la música en sus obras (radionacional.co).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

No matar a los ruiseñores (ni a los gorriones)

Matar a un ruiseñor, 1962

Sevilla, 18/I/2022

La noticia ha saltado a todos los medios de comunicación: Matar a un ruiseñor ha sido elegido, por parte de los lectores y críticos de The New York Times, como el mejor libro escrito de los últimos 125 años. La novela de la escritora americana Harper Lee ha resultado elegida entre 125 libros de todos los géneros, con motivo del aniversario del suplemento Book Review del citado periódico. Una vez más, esta novela muestra que a pesar del paso de los años desde su publicación en 1960, no ha perdido interés por su contenido plagado de matices éticos, sociales y humanos. Lo demuestra el hecho de que en esta convocatoria se han propuesto hasta 125 libros de todo tipo de géneros, ensayos, biografías o novelas, participando 67 países y más de 50 estados (América). La obra obtuvo el Premio Pulitzer en el año siguiente de su publicación. Como anécdota interesante en su forma, que no en el fondo de la novela, es que la traducción del título de la obra “Matar a un ruiseñor” (To Kill a Mockingbird) no es correcta, porque el pájaro que trata en ella es concretamente un cenzontle común o sinsonte, un ave nativa de América del Norte, América Central y el Caribe, pero no un ruiseñor. Ambas aves cantan especialmente bien, son de tamaño parecido aunque de costumbres diferentes y quizás sea el canto en ambas una de sus señas de identidad más reconocible.

El argumento de la novela es de suma importancia para comprender el hecho de que todavía se siga reconociendo su estela como obra que tuvo un valor incalculable en el continente en que se situó su hilo conductor, Estados Unidos. La historia nace en un pueblo ficticio de Maycomb, Alabama y se conocen estos detalles por una narradora de ocho años, Scout Finch, que vive junto a su hermano Jem y su padre Atticus, un abogado viudo de mediana edad: “Jem y Scout entablan amistad con un niño llamado Dill que está de visita en Maycomb durante el verano y que se hospeda en la casa de su tía. Los tres niños están aterrorizados y a la vez fascinados por su vecino «Boo» Radley, quien posee un carácter huraño. […] Tras dos veranos de amistad con Dill, Scout y Jem comienzan a recibir pequeños regalos que alguien coloca en un árbol próximo a la casa de Radley. Varias veces, el misterioso Boo les hace pequeños presentes a los niños, pero para desengaño de ellos, nunca aparece en persona. A Atticus le encargan la defensa de un hombre de raza negra llamado Tom Robinson, acusado de violar a una joven mujer blanca llamada Mayella Ewell. Aunque muchos de los pobladores de Maycomb no están de acuerdo, Atticus acepta defender a Tom de la mejor manera posible. […] Dado que Atticus no desea que los niños presencien el juicio de Tom Robinson, Scout, Jem y Dill lo observan en secreto desde el balcón destinado a los negros. Atticus logra probar que tanto Mayella como su padre Bob Ewell, el borracho del pueblo, mienten en sus acusaciones. […] Aunque existe una evidencia considerable sobre la inocencia de Tom, el jurado lo encuentra culpable. La fe que Jem tenía en la justicia se ve sacudida cuando Tom, condenado y desesperado, intenta escapar de la prisión y recibe un tiro. Humillado por lo que se ha revelado durante el juicio, Bob Ewell jura vengarse. Bob se encuentra con Atticus en la calle y le escupe a la cara, trata de irrumpir en la casa del juez que presidió el juicio y amenaza a la viuda de Tom Robinson. Finalmente, ataca a los indefensos Jem y Scout cuando se dirigían caminando a su casa de regreso de una feria de Halloween en la escuela. En la reyerta Bob Ewell le rompe un brazo a Jem, pero en el medio de la confusión aparece alguien que rescata a los niños. El hombre misterioso lleva a Jem a su casa y Scout se da cuenta de que el hombre que los ayuda no es otro que el huraño Boo Radley. El sheriff de Maycomb descubre que Bob Ewell ha muerto durante la riña. Atticus considera que es un homicidio justificado y que Boo Radley será declarado inocente sin problemas. Sin embargo, la niña, Scout, le dice a su padre que exponer a Boo al escrutinio público de un juicio le causaría gran perjuicio, algo que «sería como matar un ruiseñor», haciendo referencia a un consejo dado por el mismo Atticus en el que decía que matar ruiseñores, que solo cantan y no hacen daño, es un acto malvado” (1).

Cualquier parecido con la realidad actual social en muchas de sus manifestaciones no es pura coincidencia. Lo anteriormente expuesto es un resumen de la obra en la que entrecruzan varias tramas de indudable interés. Su trazabilidad ética sigue manteniendo su interés en relación con posturas actuales frente a los juicios precipitados que hacemos a diario, matando a ruiseñores a diestro y siniestro. Comprendo perfectamente que Matar a un ruiseñor siga siendo elegida como una obra extraordinaria. La película que se hizo sobre su fondo argumental tampoco la olvido. Tampoco la escena en que Atticus (Gregory Peck) explica a su hijo Jem a Scout y un amigo, Walter, que no se deben matar a los ruiseñores porque “no hacen otra cosa que cantar para regalarnos el oído, no picotean en los sembrados, no entran en los graneros para comerse el trigo, no hacen más que cantar con todas sus fuerzas para alegrarnos”. El que quiera entender que entienda, aunque yo lo comprendí muy bien el día que conocí a Pardal, un niño-gorrión, pequeño como el ruiseñor, que estaba asombrado con su profesor republicano porque un día le dijo que podría ver la lengua de las mariposas con el microscopio que esperaban con ardiente impaciencia de los de la Instrucción Pública, con la voz inconfundible de Fernando Fernán Gómez en el papel de su maestro, Don Gregorio: “[…] una trompeta enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa” (2). Y aquel niño, como un gorrión, tuvo siempre envidia de las mariposas: “Qué maravilla. Ir por el mundo volando con esos trajes de fiesta…”. Así, ensimismado con la vida, hasta que un día el maestro, Don Gregorio, desaparece en una cordada de presos durante la guerra civil española, a los que incluso él insulta y tira piedras por el sinsentido de la vida, por tanto silencio cómplice que nos asola ¡Qué paradoja tan cercana!

Hoy comprendo mejor que nunca que no hay que matar a los ruiseñores, ni a los gorriones. Se llevan bien con las mariposas, esas que vuelan por el mundo con traje de fiesta. Me retiro a mi rincón de pensar y escucho la canción de Serrat, Como un gorrión, que tanto me aportó en mi vida joven, porque soy consciente, todavía hoy, lo que significaba aquello que cantaba para quien lo quisiera escuchar: “nació libre como el viento, / no tiene amo ni patrón / y se mueve por instinto / como un gorrión”. Con el estribillo de la vida que cada uno pone a su verdad verdadera. Por ejemplo, la de Papageno, el protagonista de La flauta mágica” de Mozart, encantador de pájaros, sin ir más lejos o… sí, para tutearnos con las nubes mientras lo permita el cambio climático. Como un ruiseñor o como un gorrión.

Canto del ruiseñor

(1) Matar un ruiseñor – Wikipedia, la enciclopedia libre

(2) Rivas, Manuel, La lengua de las mariposas, en ¿Qué me quieres, amor?, 1999. Madrid: Alfaguara.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Vida digna

Escena de «Antes de ti», en las que ambos protagonistas acuden a un Concierto en el que se interpreta el Concierto para oboe y orquesta de Mozart (KV 314)
Concierto para oboe y orquesta de Mozart (KV 314), primer movimiento (Allegro aperto), bajo la dirección de Claudio Abbado y con la interpretación como solista de oboe de Lucas Macías

Sevilla, 2/I/2022

El año pasado escribía en este cuaderno digital que la democracia brilla en todo su esplendor cuando avanza en derechos y libertades individuales y colectivas que tienen fiel reflejo, finalmente, en leyes sustantivas del Estado. Es el caso de la eutanasia, entendida como un derecho individual, que contempla la “actuación que produce la muerte de una persona de forma directa e intencionada mediante una relación causa-efecto única e inmediata, a petición informada, expresa y reiterada en el tiempo por dicha persona, y que se lleva a cabo en un contexto de sufrimiento debido a una enfermedad o padecimiento incurable que la persona experimenta como inaceptable y que no ha podido ser mitigado por otros medios”, tal y como se defendía con ardor guerrero y democrático en el Congreso de los Diputados, cuando se aprobó, el 17 de diciembre de 2020, la Proposición de Ley Orgánica de regulación de la eutanasia con 198 votos a favor, 138 en contra y 2 abstenciones “en una votación de conjunto tal y como exigen el artículo 81 de la Constitución y el 131 del Reglamento del Congreso, donde también establece la necesaria mayoría absoluta para su aprobación y continuar así su tramitación en el Senado”. También se aprobó en esa sesión del Congreso “el dictamen remitido por la Comisión de Justicia con la incorporación de las correcciones técnicas de los G.P Socialista y Confederal de Unidas Podemos-En Comú Podem-Galicia en Común aprobadas en Pleno, con 198 votos a favor, 138 en contra y 2 abstenciones. No toda la política es igual ni los políticos que la ejercen tampoco son iguales. Para que no se olvide ni siquiera un momento, porque hubo muchos votos en contra.

Sin embargo, el 25 de junio de 2021 fue un día muy importante para la democracia española porque entró en vigor la Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia, aprobada por el Congreso en el mes de marzo, tres meses después de su publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE). El recorrido de esta disposición ha sido muy largo en este país tan dual y controvertido, pero finalmente es un derecho más para la ciudadanía y un deber que hay que desarrollar todavía a través de las Comunidades Autónomas, con sus famosas “peculiaridades”, donde la política nunca es inocente. Muestra de ello es la batalla que están planteando desde hace tiempo todos los sectores conservadores del país con el objetivo de presentar recursos de inconstitucionalidad de esta norma sustantiva.

En este sentido, al haber tenido anoche la oportunidad de ver de nuevo la película «Antes de ti», vuelvo a publicar hoy, en mi espíritu y letra de escritura circular, el artículo que publiqué en julio de 2020, Dignitas, porque entendí que había que hacer una labor divulgativa del derecho a morir con dignidad, que se ha refrendado con la Ley que lo ampara y que sigue vigente en todas y cada una de sus palabras. Asimismo, vuelvo a agradecer también el Tiempo de Democracia Actual que vivimos en este aquí y ahora en nuestro país, sin el que no hubiera sido posible aprobar esta ley de salvaguarda de la dignidad humana ante el sufrimiento y la muerte. Sirva como ejemplo que la primera persona que se acogió a la Ley de eutanasia fue una mujer residente en el País Vasco de 86 años, enferma en fase terminal. Murió en su casa con la ayuda de los médicos y rodeada de sus familiares el 23 de julio de 2021, casi un mes después de haber entrado en vigor la Ley.

Dignitas

El cine es un medio extraordinario para crear conciencia y tejido crítico social sobre muchos asuntos de la vida ordinaria. Cumple una función cultural y social muy importante. Anoche repusieron una película que se ha presentado siempre como una historia de amor (lo es), Antes de ti, que tiene un hilo conductor muy profundo: la eutanasia en su sentido más exquisito de amor y respeto a la vida digna. Está basada en un best seller de Jojo Moyes, que se ha tratado siempre como un film edulcorado, pero creo que es justo y necesario que se reconozca que aborda también un problema que no acabamos de asumir con normalidad absoluta: la elección de una muerte digna por parte del protagonista, un joven que es atropellado por una moto y queda tetrapléjico por una lesión medular, frustrando plenamente su vida personal y profesional.

En España tenemos una muestra cinematográfica que conmovió a muchos patios de butacas y salas de estar, no sé si de ser, no hace tantos años. Me refiero a la película “Mar adentro”, basada en un hecho real, la muerte asistida de Ramón Sampedro hace ya 22 años, derecho sobre el que ya había reflexionado previamente en su obra Cartas desde el infierno, en 1996, antes de elegir una buena muerte ante tanto sufrimiento personal: “No me guía otro interés que el de mostrar que la intolerancia del Estado y la religión son como una idea fija (…) Dejadme cruzar la línea, dejadme saltar”.

El 11 de febrero pasado sentí una emoción especial al conocer que el Congreso de los Diputados había “tomado en consideración” la proposición de ley para regular la eutanasia, con el siguiente resultado: 201 votos a favor, 140 votos en contra y 2 abstenciones y, por tanto, se comenzaba «a tramitar la ley orgánica de regulación de la eutanasia que presentó el Grupo Parlamentario Socialista [el 24 de enero de 2020]. Este es el primer paso del procedimiento legislativo, que continuará con la apertura del plazo para presentar enmiendas”, según recoge la nota de prensa del Congreso. Creo que ha sido un hecho memorable en este país, después de un recorrido tortuoso de esta proposición de ley, tal y como lo recordaba en mi post anterior dedicado a la eutanasia y publicado en este medio el 6 de abril de 2019. Desgraciadamente, el proceso del coronavirus ha ralentizado de nuevo su tramitación parlamentaria, pero de momento está blindado el procedimiento legal y en la fase de presentación de enmiendas al articulado en el seno de la Comisión de Justicia del Congreso.

Soy especialmente sensible a esta realidad humana que tanto sufrimiento supone a las personas y a sus familias. Tengo presentes hoy a miles de alumnas y alumnos a los que enseñé que la eutanasia era una buena opción humana, la mejor decisión cuando el hecho de vivir en estadios permanentes de sufrimiento y dolor, sin esperanza alguna, deja de tener sentido. Les hablaba de la ética de situación, como resquicio ético para estas situaciones, en un país en el que una gran parte de él tenía helado el corazón, jugándome el tipo porque los comisarios políticos del Régimen también asistían a clase camuflados: “Hago esta mención de mi intrahistoria porque en aquellos años descubrí que era imprescindible abordar la ética de situación como guía y camino para el discernimiento humano más digno, de la que me enamoré para siempre, frente al dogmatismo de la Iglesia Católica que hacía estragos en este país. Aquellas clases del Profesor Häring [del que fui alumno durante un Curso impartido por él] me abrieron los ojos definitivamente sobre la importancia de hacer uso de la libertad en momentos transcendentales de la existencia, tanto en la vida como en la muerte. Me lo explicaba Häring en las clases y en su humilde habitación del Alfonsianum en Roma, porque había prestado servicios en la aviación alemana de Hitler, como capellán y en Rusia, donde aprendió que tenía que atender siempre a cualquier ser humano aplicando la ética de situación, fuera amigo o enemigo, actitud que le acarreó serios disgustos y la separación final de aquellos servicios militares por ser considerado persona non grata para el ejército alemán. El problema radicaba en que había contemplado mucha muerte indigna en directo y había tenido que ayudar a morir alejado del dogma católico que había aprendido y enseñado en su proceso de evolución ética. Häring sufrió mucho por sus actitudes éticas hasta su fallecimiento, sobre todo por el trato recibido por la iglesia oficial, a la que recordó que cuando era citado en Roma para justificar su doctrina de libertades le recordaba algo tan grave como estar presente ante Hitler en un juicio sumarísimo. Häring me enseñó a defender la vida digna, en cualquier circunstancia, sin más limitación que la aplicación de la ética de situación en su defensa plena y con el amparo de la ley correspondiente” (1).

Estas reflexiones ya las he hecho anteriormente en este cuaderno digital, pero he considerado que debía rescatarlas hoy. Más pronto que tarde, ya no hará falta recurrir a la ética de situación vergonzante y oculta, porque la libre elección de morir dignamente estará regulada legalmente en este país, esperemos que a muy corto plazo. Literalmente, lo único que pretende esta ley es “legislar para respetar la autonomía y voluntad de poner fin a la vida de quien está en una situación de enfermedad grave e incurable, o de una enfermedad grave, crónica e invalidante, padeciendo un sufrimiento insoportable que no puede ser aliviado en condiciones que considere aceptables. Con ese fin, la ley regula y despenaliza la eutanasia en determinados supuestos, definidos claramente, y sujetos a garantías suficientes que salvaguarden la absoluta libertad de la decisión, descartando presión externa de cualquier índole» (2).

Ha sido un recorrido largo y lo verdaderamente lamentable es que no se ha llegado a tiempo para ayudar a miles de personas a morir dignamente por una elección personal que permite, como decía Sampedro, cruzar la línea de la intransigencia, saltar…, en un acto de libertad plena para elegir la mejor muerte, sobre todo, la más digna. Anoche, en un plano casi final de la película se podía leer el membrete de la carta que recibe el protagonista, Dignitas, porque había elegido una muerte digna. Dignitas es un grupo suizo “que ayuda y asiste a morir, con la asistencia de médicos y enfermeras calificados, a personas con enfermedad terminal y enfermedades graves físicas y mentales. Además proporciona el suicidio asistido para personas con plenas facultades mentales que deben someterse a un informe médico riguroso preparado por un psiquiatra, que establecerá la condición del paciente, aspectos todos ellos requeridos por la legislación y la Corte Federal de Suiza” (3).

Afortunadamente, cualquier parecido de la película de anoche con la realidad, ya no será en los próximos meses en nuestro país una pura coincidencia. Mientras, escucho con veneración una versión muy premiada del concierto para oboe y orquesta de Mozart (KV 314), bajo la dirección de Claudio Abbado y con la interpretación como solista de oboe del valverdeño Lucas Macías, recogido en su primer movimiento en planos especiales en la película, recordando cómo la pareja protagonista intenta con la música dar un sentido a sus vidas, porque es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum). Una gran lección que no olvido.

(1) https://joseantoniocobena.com/2019/04/06/eutanasia-y-muerte-digna/

(2) Proposición de ley orgánica de regulación de la eutanasia, Exposición de motivos, p. 2.

(3) http://www.dignitas.ch/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Milana bonita, dos palabras preciosas de un santo inocente

Sevilla, 28/XII/2021

No es la primera vez que recuerdo estas palabras en el día de los Santos Inocentes. La última vez fue con motivo del fallecimiento, en septiembre de este año, de Mario Camus, director de una pelicula de culto en el cine español, Los santos inocentes, que no olvido en su fondo y forma, según la obra homónima de Miguel Delibes. Me fijé también en un instrumento que formaba parte de la banda sonora de la película, el rabel, que quizás pasó desapercibido en su proyección cinematográfica, pero que simboliza el mensaje cultural que aún queda en la España olvidada y vacía. Milana bonita hizo todo lo demás a través de un santo inocente. El que quiera entender…, que entienda, en una novela y una película que, como pasa con las ideologías, nunca fueron inocentes.

Milana bonita, dos palabras para recordar a Mario Camus

Sevilla, 19/XI/2021

Ayer voló a su cielo particular Mario Camus, junto a su inseparable milana bonita, recordándonos que nos entregó un día ya lejano un regalo cinematográfico, Los santos inocentes, en el que él sabía lo que nos daba pero no lo que en verdad recibíamos, un fragmento de nuestra memoria histórica con el tiempo dentro. Aprendí a conocer nuestro triste pasado como país gracias a Miguel Delibes y a su versión llevada al cine de la mano magistral de Mario Camus.

En el día de los santos inocentes de 2018, escribí unas palabras de homenaje a este gran director, El rabel de los santos inocentes, resaltando también un instrumento ancestral cántabro, el rabel, porque ponía música a una historia conmovedora, con la sencillez de un alma inocente y bendita como la de su intérprete, Pedro Madrid, que nunca tuvo tiempo para ver la película porque la vida le exigía estar siempre presente en sus tareas cotidianas. Hoy, vuelvo a publicar aquellas palabras, porque creo que encierran en sí mismas el mejor homenaje póstumo que puedo ofrecer a Mario Camus. No está solo, porque cerca, muy cerca, le espera impaciente Azarías, junto a su querida milana bonita.

Muchas personas recordamos la película Los santos inocentes, dirigida por Mario Camus, basada en una obra homónima de Miguel Delibes, a través de una frase icónica, ¡Milana bonita!, pronunciada de forma repetida con la voz profunda e inconfundible de Paco Rabal en su papel de Azarías. Lo que no recordará casi nadie es que la banda sonora de la película está interpretada por Pedro Madrid, un rabelista de Cantabria, un músico inocente de extracción rural, que no vio la película porque estaba dedicado en cuerpo y alma a su tierra, Polaciones, y a su parentela, nada más, muy lejos del bullicio mundano.

El rabel es un instrumento de cuerda frotada, tres cuerdas concretamente, que Pedro tocaba con destreza: “Éste -y muestra el que tiene en esos momentos en sus manos- está hecho de madera de tejo. Es un árbol milenario cargado de leyendas, pero es muy difícil encontrarlo. También los hago de serval, que es un árbol sagrado de los antiguos celtas” (1). Tiene raíces árabes, el rabáb, según el diccionario de la RAE: instrumento musical pastoril, pequeño, de hechura como la del laúd y compuesto de tres cuerdas solas, que se tocan con arco y tienen un sonido muy agudo. Desde 1505 tenemos registrada la existencia de este instrumento en el diccionario de Fray Pedro de Alcalá, matizada posteriormente en el de Autoridades, en 1737: “instrumento músico pastoril, de hechura como la del laúd”.

La aportación de Pedro Madrid a la película es un símbolo del argumento de la misma, porque desprende sabiduría rural a manos llenas, es decir, la exposición desnuda de las relaciones amo-sirviente durante la posguerra en España, donde el desprecio al que menos tiene y, además, te sirve, era una seña de identidad de la burguesía cortijera de la época. Delibes escribió una denuncia social descarnada, continua, en formato de novela, con una trama en la que los santos inocentes son aquellas personas que viven con dignidad el hecho de ser diferentes, singulares, casi sin darse cuenta, casi siempre ignorados por la sociedad.

Hoy, día de los santos inocentes, he recordado la película y un instrumento humilde, el rabel, tocado con destreza por Pedro Madrid, un gran desconocido para la historia de la música en este país. Lo escucho en los títulos de crédito de la película, llevándome en volandas como la grajilla de Azarías. Es solo un homenaje a su colaboración en la historia de la literatura y el cine en este país, en un día del calendario muy especial.

(1) https://elpais.com/diario/1985/09/06/ultima/494805604_850215.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Namasté, Verónica

Sevilla, 14/XII/2021

Muchas preguntas surgen alrededor de lo acontecido en los momentos finales de la vida de Verónica Forqué, una de las actrices más representativas del teatro y del cine en España. Como suele ocurrir con estos acontecimientos, vuelven los panegíricos a los que somos tan dados en este país y muy pocas personas se detienen ante un problema de salud mental, la depresión, que ella misma había verbalizado de forma descarnada en programas de amplio impacto mediático.

Puede ser un buen momento para reflexionar sobre esta realidad que tantas veces se oculta en el país, la enfermedad mental en todas sus manifestaciones posibles y que tanto hace sufrir a los que las sufren y a sus círculos más próximos de familia, compañeros de trabajo y amigos. Profesionalmente creo que conozco bien esta problemática, a la que me acerco de forma recurrente porque me sigue pre-ocupando (así, con guion, como ocupación antecedente), por su propagación en todo el mundo y mucho más con ocasión de la pandemia que tanto sufrimiento físico, psíquico y social lleva consigo.

En el acto de presentación del Plan de Acción 2021-2024 Salud Mental y COVID-19, por parte del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la ministra de Sanidad, Carolina Darias, el pasado 9 de octubre, en un acto celebrado en La Moncloa con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, el presidente afirmó que de acuerdo con la OMS “tener salud mental es tener un estado completo de bienestar físico, mental y social, y aquí es cuando te surgen las preguntas. ¿Cuántas personas a nuestro alrededor poseen ese estado de plenitud? ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nos sentimos en plenitud? En el día a día, incluso, ¿cuántas veces nos sentimos así y durante cuánto tiempo? Yo creo que ese bienestar está claro que no es fácil de conseguir y, por desgracia, para algunas personas es casi imposible y, sin embargo, es a lo que todos y todas debíamos de aspirar, también desde los poderes públicos, y es a construir una felicidad individual y también una felicidad colectiva”. Agregó también, en el contexto de la pandemia, «Que el 10,8% de la población española haya consumido tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir y el 4,5% haya tomado antidepresivos o estimulantes en los últimos días dice mucho del estado de salud de nuestra sociedad y de sus problemas estructurales» ha destacado. «Tenemos que analizarlos y hacerles frente con toda la responsabilidad y el poder que tiene el Estado, y también con el apoyo de las sociedades científicas. Nuestra responsabilidad es actuar».

Hizo una referencia muy próxima a la realidad vital de Verónica Forqué, cuando citó a la escritora Almudena Sánchez “en un libro publicado recientemente [Fármaco] sobre su depresión, y en el que decía lo siguiente: «es hora de que la fragilidad salga al escenario». Y aquí también habéis hecho referencia a la necesidad de visibilizar esta realidad. Y así es. Yo creo que es importante pasar del silencio al debate y del debate tenemos que pasar a la acción porque lo que es evidente es que no podemos normalizar que tantas personas necesiten pastillas para poder dormir o para poder levantarse y vivir. Tampoco podemos normalizar que el trabajo produzca ansiedad, no podemos normalizar que el sufrimiento se viva en soledad y tampoco que los cuidadores y cuidadoras de las personas que sufren también se sientan solos”.

Hace falta un gran debate de Estado sobre la salud mental, en el que se dé prioridad absoluta a la participación ciudadana y profesional vinculada a esta actividad de atención prioritaria de Estado, en todas sus manifestaciones posibles. Las primeras palabras de Almudena Sánchez traducen de forma espléndida lo que sentimos con la ausencia de Verónica Forqué y la catarata de preguntas que surgen a raíz de su ausencia ¿voluntaria?, después de haber sufrido una depresión profunda: “El suicidio es un momento de no pensar. Es un acto que se hace con el corazón en agua hirviendo, como las langostas. No eres consciente hasta que ya no estás con los pies en la tierra, porque morirse es no estar. Es no participar. Hablarán de ti y no podrás intervenir. Verás a un niño con los ojos brillantes y no lo podrás abrazar. No puedes nada. Suicidarse es prohibirse”.

Participo hoy de un recuerdo especial hacia esta actriz que tanto nos hizo reír en vida, en la cotidianidad de la cordura oficial. Hoy, me despido de ella con una palabra que amaba mucho en sus últimos tiempos de supervivencia a pesar de todo: Namasté (me inclino ante ti/hago una reverencia a la persona que hay en ti”, en hindi), aunque la mayoría de los por qué en torno a su vida y muerte sigan sin respuesta en nuestro loco mundo de todos los días y a la espera, con ardiente impaciencia, de que se atienda la salud mental como una emergencia nacional, creo que de Estado, de amplio espectro.

Verónica Forqué nos deja un mensaje muy importante: la fragilidad de nuestros cerebros ha salido al escenario, porque el suicidio sigue siendo en España la primera causa externa de mortalidad, con cerca de cuatro mil fallecimientos al año, con una media de diez personas al día, lo que demuestra que algo grave está pasando en nuestro mundo mas próximo cuando miles de personas se prohíben vivir a pesar de todo.

Namasté, Verónica…

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La audiencia de Francisco con Yolanda Díaz

Sevilla, 13/XII/2021

A nuestro país se le ven las posturas cerriles y cainitas de la derecha por los agujeros de las túnicas de sus creyentes católicos, apostólicos y romanos, como le ocurría más o menos a Diógenes, el buscador de personas, porque estando un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico, éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva, se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, porque dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Volviendo a nuestra terca realidad, un país católico y apostólico, que tiene también su “altura romana”, estos nuevos Diógenes piensan que esa altura de miras no se debe entregar a una política comunista sin más. Vanidad de vanidades, todo es vanidad, como la de Diógenes, que decía una autoridad clásica, muy eclesial por cierto.

Salvando lo que haya que salvar, la derecha ha salido en tromba a criticar con una dureza inusitada la audiencia que Francisco ha mantenido con la ministra y vicepresidenta segunda del Gobierno, porque “cómo se le ocurre a una comunista y, por supuesto, cómo puede ser que nada más y nada menos que el Papa se siente a hablar con esa comunista redomada”. El Papa sólo debe sentarse con el Poder, como siempre ha sido, a través de las Autoridades, no con una ciudadana, mujer por más señas, ministra de un país aconfesional y con una misión posible: cruzar unas palabras, en tan sólo cuarenta minutos, sobre cuestiones fundamentales, relaciones laborales, pandemia y cambio climático, de sumo interés para Francisco, cuyo resultado lo resumió Yolanda Díaz en pocas palabras: “Hoy me he reunido con el Pontífice en el Vaticano para dialogar sobre el trabajo decente, la crisis de la Covid-19 y el futuro del planeta. Construir un mundo más solidario y más justo solo es posible con diálogo entre diferentes en favor del bien común. Hay esperanza», para finalizar con una escueta pero rotunda afirmación: “ha sido un encuentro emocionante”.

Esta situación me ha recordado una película de culto dirigida por Marco Ferreri, La audiencia (1971), con un guion del inconmensurable Rafael Azcona, en la que Amedeo, el protagonista, es un hombre sencillo que llega a Roma desde el norte de Italia con el propósito de tener una audiencia privada con el Papa para hablar con él sobre asuntos de carácter filosófico y teológico que le preocupan. Más o menos, lo que ha pretendido Yolanda Díaz, a pesar de su impacto mediático. La gran diferencia es que la situación de la película de Ferreri se desarrolla en una Roma clásica por antonomasia y todo son dificultades inauditas para que Amedeo consiga su objetivo, hasta que finalmente muere en la Plaza de San Pedro sin haber conseguido el objetivo de mantener un encuentro con el Papa, una audiencia. La trama de la película no tiene desperdicio alguno y refleja el poder fáctico de la iglesia y su falta de sensibilidad y atención a los que de verdad querrían hablar con el Papa, de tú a tú, sobre la cosas que les preocupan del terco día a día.

Esta audiencia en el Vaticano es una muestra de que Francisco emite en otra frecuencia que no es la de la Iglesia que criticó duramente Ferreri y que todavía perdura en la Urbe. Alabo este tipo de encuentros, aunque los medios oficiales vaticanos no hicieron mención alguna de esta audiencia, porque ellos sólo recogen las de los Jefes de Estado o de Gobierno. El que quiera entender que entienda. Marco Ferreri no se sorprendería tampoco. Quizás nos consuele hoy un poema precioso de Rafael Alberti, Basílica de San Pedro (1), que tengo grabado en el corazón, en el que siento a Francisco como el protagonista del poeta gaditano, Pedro, a secas, que sólo quiere volver a ser pescador, porque es lo suyo:

Di, Jesucristo, ¿Por qué
me besan tanto los pies?

Soy San Pedro aquí sentado,
en bronce inmovilizado,
no puedo mirar de lado
ni pegar un puntapié,
pues tengo los pies gastados,
como ves.

Haz un milagro, Señor.
Déjame bajar al río;
volver a ser pescador,
que es lo mío.

(1) Alberti, Rafael, Roma, peligro para caminantes, 1968. México: Joaquín Mortiz.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de La reforma laboral centra el encuentro entre Yolanda Díaz y el Papa Francisco (eldiario.es)

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es imagen-libro.jpg

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.  

Plácido y Berlanga, en la navidad de 2021

Sevilla, 5/XII/2021

Dedicado a mi hermana Loli, en su cielo particular, porque muchas veces comentamos esta película y su crítica social, ambientada en una ciudad, Madrid, a la que los dos conocíamos muy bien. Sobre todo, el discreto encanto de su burguesía y con la esperanza de que el mundo camine en belleza y dignidad humana para que todo en belleza y dignidad acabe.

Quedan pocos días para que finalice el año en el que se conmemora el 100º aniversario del nacimiento del director de cine Luis García-Berlanga. En el tiempo que nos ocupa ya la navidad anticipada que controla el mercado, tengo asociado cada año y por estas fechas un recuerdo imborrable de una película de culto dirigida por Luis García-Berlanga (1921-2010), Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original y prohibido por la censura del régimen franquista), con un guion memorable en el que colaboró Rafael Azcona, a quien he dedicado también palabras de respeto y admiración en este cuaderno digital. Marcó mucho mi pasión por el “cine comprometido”, como se decía antes. Un detalle que no me pasó nunca por alto es que en el cartel promocional de la película aparecían las siguientes palabras junto al apellido del director: Berlanga vuelve con un motocarro, una estrella de oriente y un pobre diablo. ¡Lo que había que aguantar en ese tiempo de dictadura para sobrevivir! Porque la verdad es que Berlanga volvía con sus películas para algo mucho más profundo en almas inquietas de este país y para calentar a los que teníamos helado el corazón. Este recuerdo me ha permitido revivir también mis años de infancia y adolescencia en Madrid, en el barrio de Salamanca, donde había Plácidos y familias burguesas dispuestas en Navidad a sentar pobres en su mesa con dosis de neorrealismo celtibérico, no italiano, sin que el pobre de Cesare Zavattini, el guionista italiano de moda, tuviera culpa de ello. También podría denominarse realismo trágico español a diferencia del excelente realismo mágico colombiano, que tan maravillosamente expuso en alguna de sus obras el gran escritor Gabriel García Márquez.

El argumento de esta película es imborrable como crítica, sutil y directa al mismo tiempo, de la época franquista en la que se rodó. Conocí personalmente el mundo de los isocarros, los fregaos (en palabras de Plácido) para pagar las letras mes a mes, los coordinadores de las campañas para sentar pobres y ancianos en las mesas de los “pudientes”, los urinarios públicos atendidos por mujeres que reflejaban su dignidad mediante delantales blancos rodeados de puntillas, impolutos. Las estrellas gigantes de Navidad de papel de plata con orientación imposible hacia la izquierda (¡qué paradoja!), los repartos por sorteo (te tocaba un pobre al que había que atiborrar -al menos la noche de Nochebuena- para adormecer las conciencias católicas, apostólicas y romanas), para demostrar en ruedas de prensa, también imposibles, con amistades, compañeras y compañeros de trabajo, y vecindad, que “se tenía un pobre en casa”, la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: “Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!”.

Berlanga escribió un guion junto a Rafael Azcona, que no tenía desperdicio y que recuerdo ahora para los más jóvenes del lugar: con motivo de la promoción de las ollas a presión Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma.

Lo escribí hace trece años y vuelvo a exponer mis principios en torno a la metáfora de la película porque no tengo otros. Hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Berlanga y Rafael Azcona, desde donde quiera que estén, podrían volver a escribir un guion utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!

Gracias, Luis García-Berlanga por habernos ayudado con películas memorables a conocer la trastienda del Régimen sin que ellos supieron apreciarlo así. Ahí radicaba su miseria. Cien años no son nada cuando se demuestra que las personas volvemos a tropezar socialmente dos veces en la misma piedra de la indignidad. Asumo que Berlanga ha muerto, pero vuelve… a levantar nuestras almas caídas, de pobres diablos, como Plácido, en estos recuerdos con el paso del tiempo de sus películas dentro. Gabriel García Márquez a quien debemos una semblanza del realismo trágico, no mágico, de la Navidad, lo dijo alto y claro en un artículo publicado en 1980, en el diario El País: “Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran”.

El artículo de Gabo finaliza con unas palabras inolvidables sobre esta fiesta: “[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”. Y continúa con una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos”. Berlanga y Azcona hubieran suscrito estas palabras como sacadas de su guion de Plácido para la posteridad…, que es hoy, por la trifulca comercial que rivaliza con el niñodios y que se llama Papá Noel: “Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina”. Ni con la de este país, con un villancico popular que comienza diciendo “Madre, a la puerta hay un niño, tiritando está de frío”. Inmediatamente después viene la estrofa que resuena en los planos finales de Plácido y que todavía hoy estremece mi corazón: «¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!».

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El realismo mágico tiene siempre el encanto dentro

Sevilla, 26/XI/2021

Gabriel García Márquez fue un maestro en mostrar el realismo mágico de su país, de la vida, siempre con su encanto dentro. Mi querido Gabo, me recuerda siempre una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, como me ocurre ahora cuando me enfrento a la página en blanco, navegando en los mares procelosos de la turbación ignaciana. Hoy, cuando retomo -no sin dificultades anímicas y cierto desencanto existencial- esta bendita y sacrosanta ob-ligación [sic, con guion], resuenan sus palabras del prólogo de Doce cuentos peregrinos con una fuerza especial: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”. Es verdad. Aquí están listas las palabras de hoy, para ser llevadas a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales hacen posible la historia jamás contada, de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, a los asuntos importantes para la búsqueda de la felicidad y su encanto. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, para las compañeras y compañeros de trabajo, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser.

La verdad es que somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca. Lleva razón Gabriel García Márquez en su prólogo: el que lea estas palabras (por qué no este cuento) sabrá qué hacer con ellas. Como me pasa a mí al escribirlas. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como peregrinos de la felicidad. Del encanto de la vida, cuando un conjunto de cualidades hacen que una cosa o una persona sea sumamente atractiva o agradable.

Mirabel, protagonista de Encanto

En este contexto, traigo a colación hoy la última película de Walt Disney Animation Studios, con un tirulo paradigmático, Encanto, un musical en toda regla que se estrena hoy en nuestro país y que “nos narra la historia de una familia extraordinaria, los Madrigal, que vive oculta en las montañas de Colombia en una casa mágica, en un pueblo vibrante de un maravilloso y hechizado lugar llamado Encanto. La magia de Encanto ha bendecido a todos los niños y niñas de la familia con un don único, desde superfuerza hasta poderes curativos. A todos menos a Mirabel. Pero cuando descubre que la magia que rodea Encanto está en peligro, Mirabel decide que ella, la única Madrigal normal y corriente, quizá sea la última esperanza de su extraordinaria familia. La película contiene nuevas canciones compuestas por el ganador de los premios Emmy®, GRAMMY® y Tony®, Lin-Manuel Miranda («Hamilton», «Vaiana»), está dirigida por Byron Howard («Zootrópolis», «Enredados») y Jared Bush (codirector de «Zootrópolis»), codirigida por Charise Castro Smith y producida por Clark Spencer y Yvett Merino”.

La historia que cuenta tiene también su encanto, en un cierto paralelismo con los Buendía, la familia que asentó García Márquez en Macondo. Todo nace en una humilde vela que otorga unos poderes especiales y protección asociada a la joven Alma, que pasan a las nuevas generaciones.  Protección y poderes que se transmitirían a las nuevas generaciones, con algo diferencial: cuando cada miembro de la familia Madrigal cumple 5 años, una ceremonia a la que asisten los vecinos del pueblo revela el don le ha sido concedido: mover objetos de gran peso, cambiar de apariencia física, sanar con la comida o escuchar cualquier sonido por lejos que se produzca, capacidades que les ayudar y proteger a sus vecinos. Todos menos Mirabel, una adolescente inquieta y siempre sonriente que ve cómo todos son diferentes… y nadie es capaz de entenderla en ciertos momentos (2). A esto hay que añadir que la casa en la que viven los madrigal también tiene poderes mágicos: “Algunas de sus puertas llevan a lugares mágicos y ella misma tiene capacidad para moverse y ayudar a sus inquilinos. Aunque todo cambiará cuando Mirabel descubra en una visión que tanto la casa como la vela que confiere poderes están a punto de ser destruida, la primera, y apagada la segunda. Algo en lo que no cree Alma, ahora una anciana venerable que cuida de su prole”.

Con esta carta de presentación es obvio recordar al gran Gabo, que con su realismo mágico nos llevó en volandas por la vida, con su encanto a través de palabras trenzadas en frases que elevan el sentimiento de ser humanos: “Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos a diferencia del bisabuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor” (2). ¡Qué belleza de palabras! Lo demostró también en el mensaje que dedicó a los lectores de Cien Años de Soledad, que según nos contaba en un discurso pronunciado en Cartagena de Indias en 2007: “[…] son hoy una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo. No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario, quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano”. O con bellas historias e imágenes de encanto en Colombia, como pretende transmitir la película que se estrena hoy. En definitiva, un homenaje implícito a sus palabras rodeadas siempre de realismo mágico.

En un mundo en el que sobrevivimos rodeados por los enemigos del alma humana, es maravilloso que la historia nos recuerde que existen la belleza, el encanto y la alegría, a modo de Tres Gracias, que podemos comprender mejor al contemplar el grupo escultórico inolvidable esculpido por Antonio Canova, que representa estas tres realidades. Hoy, yendo del timbo al tambo de mi vida, como he escrito anteriormente, recordando siempre a Gabriel García Márquez en sus cuentos peregrinos, que me recuerdan que todavía es posible descubrir el realismo mágico de la vida, con su encanto dentro.

(1) Encanto, la película musical de Disney que va a sorprender (antes de las Navidades) a toda la familia | Cine (elmundo.es)

(2) En El cataclismo de Damocles. Conferencia de Ixtapa. México, 1986. Extracto del discurso que Gabriel García Márquez pronunció el 6 de agosto de 1986, en el aniversario 41º de la bomba de Hiroshima.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada. 

Los Conciertos de Brandeburgo, de J. S. Bach: cuando lo diferente siempre suena mejor al estar unido

Gustav Leonhardt, en el papel de J.S. Bach, en Crónica de Anna Magdalena Bach, 1967

Sevilla, 4/XI/2021

En este año, concretamente el pasado 24 de marzo, se ha cumplido el 300º aniversario de un hecho histórico: la presentación en sociedad de unos conciertos para muchos instrumentos (Six Concerts avec plusieurs instruments, en el original), compuestos por Johann Sebastian Bach en 1721 y que escucho siempre con respeto reverencial, que dedicó de forma no inocente al margrave (marqués) Christian Ludwig de Brandenburg-Schwendt (1677-1734), Su Alteza Real Mi Señor, hermano del Rey de Prusia, conocidos desde su redescubrimiento en 1849, como los Conciertos de Brandenburgo (Brandeburgo, en correcto español). Para mí es una obra sublime del barroco, de la que conservo en mi memoria de hipocampo secreto la interpretación al clave y dirección de los seis conciertos, simultáneamente, por parte de uno de los músicos que mejor comprendieron la música de Bach, Karl Richter, sobre el que he escrito en diversas ocasiones en este cuaderno digital.

Portada de los Six Concerts avec plusieurs instruments, escrita en francés, compuestos por J.S. Bach y dedicados al Margrave (Marqués) de Brandenburg [sic], el 24 de marzo de 1721

Siendo como siempre justo y benéfico, hoy he vuelto a descubrir esta obra en sus múltiples facetas, insondables a veces, por la lectura de dos artículos que recomiendo para comprender bien esta obra inconmensurable de Bach. El primero, el que dedicó Luis Gago, recientemente, en el diario de El País a esta efeméride, con un título sugerente y aleccionador, La audaz y perenne juventud de los Conciertos de Brandeburgo, del que recojo literalmente las primeras frases por su profundo significado: “Casi al final de los espartanos títulos iniciales de la mejor película jamás realizada sobre un compositor clásico, Crónica de Anna Magdalena Bach, empieza a sonar un fragmento del primer movimiento del quinto de los conocidos como Conciertos de Brandeburgo. Sus directores, Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, anotan minuciosamente en su guion los compases exactos: 147 a 154. A continuación, en la primera escena, la cámara muestra únicamente, de espaldas, a Gustav Leonhardt, que encarna al compositor alemán y afronta, mientras el resto de los músicos guardan silencio, el extenso “solo senza Stromenti” (”compases 154 a 219″, detalla el guion) de este movimiento, un dechado de virtuosismo. Cuando concluye, el plano se abre y vemos tocar a todos los intérpretes, un grupo de siete músicos con vestuario e instrumentos de época, los nueve últimos compases del movimiento. Entre ellos se encuentra, al violonchelo, el patrón de Bach en aquel momento, el príncipe Leopold de Anhalt-Köthen, al que da vida Nikolaus Harnoncourt”, el gran Harnoncourt, el violonchelista que después pasó a ser un excelente director de orquesta, que siempre miraba al cielo durante los conciertos junto al baile armónico de sus manos, un alemán con alma austriaca que falleció en 2016 y que estudió de forma pormenorizada el contexto histórico, instrumental y musical de Bach y Mozart. Junto al Concentus Musicus Wien, tocó y dirigió obras con instrumentos del siglo XVIII, rescatados para no alterar la esencia de las partituras analizados compás a compás, frase a frase y en la partitura completa.

Atraído por estas palabras de Gago he visto la película completa, más allá de los Conciertos de Brandeburgo, con el objetivo de entrar en la vida y obra más significativa de Bach: “Se rodó en 1967 y se estrenó en Utrecht en 1968: interpretar entonces a Bach con instrumentos similares a los que utilizó el compositor era un acto auténticamente revolucionario. Muchos espectadores de la película no habían visto ni oído nunca a buen seguro nada parecido”. Fue la gran pasión de Harnoncourt a lo largo de su vida y así lo atestigua un libro que recomiendo leer para contextualizar bien su vida y obra consagrada a la música barroca y clásica: “Diálogos sobre Mozart” (1). Lo que verdaderamente me ha entusiasmado es la declaración de Gago sobre Bach en su obra cuando viene a decir que su música nunca fue inocente: “Tampoco puede pasarse por alto, en línea con la tesis de un polémico artículo de Susan McClary sobre el Bach más político aparecido en 1987, que, en el arranque mismo de la película, el servidor (Bach) ostente una clara posición de primacía sobre su patrón (el príncipe), sobre todo teniendo en cuenta que Straub y Huillet, decididos a ofrecer una imagen del genio plenamente desromantizada y a deslizar tras la asepsia aparente de las imágenes y el guion sus posiciones políticas izquierdistas, incidirán más adelante en el incómodo sometimiento del compositor a sus superiores durante su posterior destino profesional en Leipzig, cuyas autoridades municipales jamás cobraron conciencia de la magnitud del talento de su díscolo empleado”.

El segundo artículo al que he hecho referencia con anterioridad, en referencia a la película excelente sobre Bach, Crónica de Anna Magdalena Bach, es la crítica sobre su contenido realizada por Carlos Andrés Torres Herrera en Icónica. Pensamiento fílmico: “En Crónica de Anna Magdalena Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach, 1967), una pareja de cineastas nos relata la vida y obra de una pareja de músicos. Danièle Huillet y Jean-Marie Straub muestran a través del cine el trabajo que Anna Magdalena Wilcke y, su esposo, Johann Sebastian Bach hicieron en la música: “Pretendemos mostrar personas atareadas en hacer música; pretendemos mostrar personas que realizan efectivamente un trabajo delante de la cámara, […] Al mostrar a músicos dedicados a su labor, la dupla Huillet- Straub no sólo “muestra” una forma de pensar y hacer música: también revelan su manera de proceder cinematográfica. Traducen a lo fílmico las ideas musicales. Encuentran en lo visual un eco de lo sonoro. Y en ese intercambio de ideas, la fuga adquiere un papel preponderante”. La fuga como una forma de expresar el contrapunto: “El contrapunto es como si una persona cantara una canción, una segunda persona otra muy diferente, y una tercera persona una melodía aún más diferente, todo esto al mismo tiempo. Resulta que todas estas canciones tan distintas entre sí, juntas suenan bien, tienen armonía. Esa fue una de las obsesiones de Bach: hacer que lo diferente suene mejor cuando está unido”. Efectivamente, ese es el gran secreto en la obra de Bach: “Podríamos decir que el primer plano secuencia es una exposición. Primero vemos a un sujeto, Johann Sebastian Bach, interpretando una virtuosa melodía en el clavecín, el Concierto de Brandenburgo no. 5. De pronto, la cámara se aleja y descubrimos que junto a él hay un conjunto de instrumentistas, el contrasujeto. La cámara nos ayuda a oponerlos e identificarlos. Los Conciertos de Brandenburgo son una forma de la fuga que se llama concerto grosso donde un conjunto pequeño de instrumentos se opone a uno grande”.

Las fugas y contrapuntos de Bach a lo largo de su obra significaron mucho en todas y cada una de sus composiciones. En los Seis Conciertos de Brandeburgo igualmente: “Las fugas son una forma de reelaborar lo pasado y lo presente. Nos fuimos y ahora que regresamos todo se vuelve diferente. ¿Por qué? Las cosas cambian o desaparecen, pero tenemos la posibilidad de reinventarlas. “Hacer la revolución es volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas”. Straub-Huillet [los directores de la película] imaginan lo que ya desapareció. No sólo la Historia sino las canciones que ya no existen. Lo único que canta Anna Magdalena Bach en la película es un aria (“Mit Freuden sei die Welt verlassen») de la que sólo se conserva el libreto, pues su música se perdió en algún momento. ¿Cómo, entonces, la puede cantar? Los músicos se dieron a la tarea de reconstruir la música a partir de otras composiciones de Bach. Gran ejercicio de imaginación y reinvención del pasado”.

Vuelvo a escuchar los Conciertos de Brandeburgo, pero en su versión inolvidable del gran maestro Karl Richter. Lo haré también, próximamente, con la edición especial que ha publicado Harmonia Mundi con instrumentos de época, interpretados por la Akademie für Alte Musik Berlin, celebrando la efeméride del tricentenario. Intervienen la violinista Isabelle Faust (con un Steiner) como solista en dos de los conciertos y Antoine Tamestit, como primera viola (con un Stradivari): “La rapidez de sus tempi recuerda a las versiones tenidas en su día (1987) por radicales y transgresoras de Musica Antiqua Köln. Superado aquel enfoque reivindicativo y aquel afán de extirpar de raíz cualquier vestigio de adherencias románticas, no muy alejados de los que alientan también en la película Crónica de Anna Magdalena Bach, su principal virtud es quizá conseguir que estas seis obras nos lleguen exultantemente jóvenes y llenas de vida, la misma que les ha permitido mantenerse tan frescas y audaces como cuando nacieron, al menos oficialmente, rodeadas de incógnitas, hace 300 años”.

Los Conciertos, según la interpretación al clave y dirección de Karl Richter, que se pueden visualizar y sentir en el vídeo que encabeza estas palabras finales, fueron grabados del 1 al 10 de abril de 1970 en el Castillo Nuevo de Schleissheim (Munich). Destaco un momento mágico de Richter, entre otros muchos (más bien diría que a lo largo de todos los conciertos), dirigiendo a la orquesta Bach en posiciones casi imposibles, al simultanear la dirección con la interpretación al clave, moviendo las manos en giros indicadores de melodías preciosas interpretadas por Richter y su orquesta como solo ellos sabían hacer, en un contrapunto permanente. Me refiero, por ejemplo, al primer movimiento del Concierto número 5, Allegro, donde se puede observar la maestría de Richter en el clave. Así comienza la película de Crónica de Ana María Bach. Pasen, vean y escuchen.

(1) Harnoncourt, Nikolaus, Diálogos sobre Mozart. Reflexiones sobre la actualidad de la música, 2016. Barcelona: Acantilado.

Harmonia Mundi, Conciertos de Brandeburgo, Edición del Tricentenario

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.