El tren de la vida

 Dedicado a todos los amantes de la revolución digital, dispuestos siempre a viajar hacia alguna parte…

 – Perdone. Es tarde y hoy tengo una cita con el tren.

– ¿Cómo dice? ¿Una cita con el tren?

– Sí.

Abro la puerta del coche. Me introduzco en él con una prisa inhabitual. Los semáforos en rojo ponen a prueba mi paciencia. El cronómetro me obsesiona. ¿Llegaré? Todo es matrícula cercana, peatón imprudente, cielo gris, color rojo, pesadilla fugaz. Yo solo pendiente de la cita. El mundo pendiente de su supervivencia. Ni el mejor enemigo me detendría. Ni el dinero más honrado. Otro frenazo. Casi nos rozamos. Hora punta. Caravana interminable. Sudor. Miro por el espejo retrovisor: coches, parejas fundidas, hombres solos, cigarrillos quemados nerviosamente. Música cercana poniendo una nota de serenidad al maremagnum de tráfico. Discusión. Otro semáforo. Estación.

¿Por qué no existirá una ventanilla para «LEJANÍAS»…? Siempre me ha sorprendido la palabra «cercanía».

– Buenas tardes. ¿Puede darme, por favor, un billete para «LEJANÍAS», perdón, para Madrid?

– ¿?

– ¿Cuánto le debo, aparte de su sorpresa?

Llego a la puerta de Salidas. Un empleado se interpone en el paso:

– ¡Oiga! ¿Lleva usted billete?

– Sí.

– ¿Y el equipaje?

– Va conmigo. Es ligero.

Si supiera que mi bagaje es de 30 años, no lo habría comprendido. Busco mi tren. Ayer leía en una revista: «El tren está al servicio de la comunidad y necesita su confianza, porque nuestro tren es, eso, nuestro». Sí, mi tren. Tengo la impresión de que me agrego a una romería… Su nombre es mariano y contradictorio: «Virgen de la Soledad». Al menos, ya somos tres en este viaje: el tren, la soledad y yo.

Música ambiental. Refrigeración. Sillón reclinable. Compañía. Una mujer. ¿Quizá sola? Físicamente, sí. Qué extraño que dos voluntariamente solos, estemos obligatoriamente unidos por un billete. ¿Diálogo? ¿Por qué no? Primero procuraré serenarme. Pensar.
Casi sin darme cuenta me he alejado del ruido de la ciudad, del trabajo habitual, de los amigos, de mi casa y de mi parentela, en busca de algo nuevo, de experiencias hecha carne, de caminos por andar. ¿Por qué? Quizá por la propia insatisfacción que siempre viaja conmigo desde aquel encuentro brutal con la vida. Estoy cansado, hastiado de tanta mentira, tanto fraude, de tanto convencionalismo y de tanta contemporización. Confieso que hoy busqué refugio en el tren, por todo el valor simbólico que encierra… La lectura de un «slogan» publicitario me cuestionó hace pocos días este momento climático: «EL TREN: una voluntad en marcha». Es verdad. La inteligencia necesita complementarse con otra facultad espiritual que me cualifica como hombre: la voluntad. Así justifico los hechos y mis actitudes. Para poder dar razones de mi yo, de mi hombre de secreto, necesito que mi voluntad esté en marcha, como motor móvil que dé sentido a mi vida. En este caso tengo que estar agradecido a los medios de comunicación social, porque indudablemente han «situado» mi crisis humana.

He sentado la impaciencia de los semáforos y de las matrículas cercanas. Juntos, nos hemos puesto a reflexionar. Ahora tengo que desempeñar el rol de viajero. Pero no, quiero romper los moldes clásicos del viajero español y demostrarme a mí mismo que llevo también un alimento invisible…, como el equipaje de la pregunta en la estación. Soy un hombre que he buscado lejanía de lo habitual, para encontrar paz. Tengo mis convicciones religiosas y políticas. Cuando decidí olvidarme de todo y dejarlo sobre el andén, la búsqueda de un tren de vida me situó frente al recuerdo religioso. Y aquel «affiche» político y publicitario me miró desafiándome a una lucha en mi sitio, en mi tierra, con los míos, como gritándome: ¡Alto a la huida existencial!.

Sentir el desarraigo a esta velocidad, es arrancarte algo y alguien. Quizá es que ha sonado la alarma de la vida, de la limitación humana. Aquí no hay tirador, ni instrucciones suplementarias. Ni siquiera multa. Sólo, miedo existencia!. Vacío. En definitiva, contradicción.

Camino fijo, nuevos semáforos, nuevas paradas. Pero al menos no soy consciente, ni me siento responsable. Me llevan…

– ¿Un cigarrillo?

– No, gracias. Acabo de tirar uno.

– ¿Quiere hojear este libro?

– ¿Cómo se titula?

– «Poesía», es una edición muy importante de la poesía de Rafael Alberti.

– Si no le molesta, prefiero hablar.

– Sí, sí, encantado.

Inconscientemente he sentido un estremecimiento físico y psíquico. Por primera vez en muchos años, alguien ha preferido hablar a distraerse de la vida. Al menos, así lo intuyo. Recuerdo cuando era alumno, aquella clase de Filosofía sobre Pascal, cuando nos explicaban su doble camino: o compromiso, o diversión… existencial.

– Mire, le vengo observando desde media hora antes de sentarnos casualmente juntos. Nos hemos conocido a la luz de los semáforos. Éramos dos inquietos. Intuí su prisa. Quizá fue su simpatía humana, en su sentido más profundo. Le envidié al verle entrar en la estación, con ese aire tan desenfadado. Aquella pregunta acerca del billete para «Lejanías», me centró la imagen difusa que hasta ese momento tenía de Vd. ¿Paradoja? Éramos dos voluntariamente solos y obligatoriamente unidos por unas horas. Gracias al tren, aquí y ahora. El mañana no lo conocemos. Pero perdone, no he parado de hablar un momento y, en principio, he sido descortés con Vd., porque fue quien me invitó a la comunicación y al diálogo, en ese ofrecimiento tan superficial para muchos…

– Sí, es verdad. No importa que me hable ininterrumpidamente. Lo prefiero. Será la única forma de sentir el vértigo de la intercomunicación, porque la soledad me hace retroceder, me anquilosa. Hable, hable sin temor…

Cinco horas de viaje darían para escribir muchos libros y muchas impresiones. Fue una conversación plagada de silencios que hablaban por sí solos. La observación conjunta del paisaje, de los pueblos, de las montañas y de los hombres, fueron motivos de comunicación verbal profunda. Aprendí mucho de aquella soledad-mujer, sentada en la vida, como dice el pueblo alemán. Una soledad modelada como tren, me ofreció un camino corto y compañía para continuar la búsqueda incesante de la verdad. Aquello parecía una novela rosa, un cuento de mi abuela, contado con la prisa de acabar bien, pero yo lo vivencié con la tragedia de la vida y con la esperanza del cielo…

– Adiós…

– Adiós…

Cuando llegué a mi destino, decidí volver a lo mío. Esta fuga sirvió para darme cuenta de la inconsistencia humana. Regresaré con nuevo equipaje. Invisible, pero esperanzador. Me subiré al tren de la vida y procuraré evitar ser el farol rojo…, aunque esté en marcha. Tendré que encontrarme de nuevo con coches, personas, semáforos y niños inconscientes. Si es verdad que mi voluntad está en marcha, tengo que demostrarlo.

Nuevo coche. El 021. Asiento de pasillo. Ha cambiado el panorama paradójicamente. De la contemplación de la naturaleza, he pasado al roce con la realidad del hombre, en ese corredor de la vida donde el retorno se hace innecesario… Poesía. Abro el libro de Alberti y leo:

«Tren del día, detenido
frente al cardo de la vía.

– Cantinera, niña mía,
se me queda el corazón
en tu vaso de agua fría.

Tren de noche, detenido
frente al sable azul del río.

– Pescador, barquero mío
se me queda el corazón
en tu barco negro y frío».

Pienso. Duermo. Sueño. Y es verdad, porque mi corazón se ha quedado en el mundo abierto y humano, en un tren de mediodía…

Huelva, 1977

El día X

En el editorial de un periódico, el 20 de enero de 2006, se hacía la siguiente reflexión: «En una revisión radical y peligrosa de la doctrina nuclear francesa, el presidente y jefe de las Fuerzas Armadas francesas, Jacques Chirac, anunció ayer que Francia podría contestar con un ataque atómico a Estados que utilizaran medios terroristas contra ella o para garantizar «los aprovisionamientos estratégicos y la defensa de los aliados». Hace años comencé a escribir un cuento, hoy inconcluso, que ya podía tener final. Sobre todo porque lo podría sobreescribir cualquier ciudadana ó ciudadano responsable.

Sevilla, 22/01/06

Nunca se veía la luna. Jugar con ella, en sonrisa o tristeza, no era posible aunque la noche fuera eterna. Las estrellas eran solo un recuerdo de niño asombrado.

– Jorge, ¿dónde estás?

– Mirando esta planta…, es verde y cariñosa, ¡me abraza!

Era verdad. Jorge confundía sus brazos con las hojas de aquellas plantas verdes, impasibles, que junto a su pelo rubio parecían crecer en caricia de madre. Rosa jugaba a ser mujer.

Estos dos niños no necesitan presentación. Su vida anterior casi no cuenta. Una bomba de neutrones acabó con la existencia humana y animal que les rodeaba en Lugaria. Crecían por instinto de conservación. La historia les había escrito, dejándoles huella. Las salidas de aquella planta subterránea habían sido esporádicas. Toda la ciudad estaba tranquila. Comercios eternamente encendidos, con rebajas de Enero que no parecían interesar a nadie. Autobuses y coches en situación estática de maqueta. Puertas siempre abiertas en todas direcciones. Periódicos detenidos en el tiempo, en una insólita fecha:

1 de Febrero de 2006

Silencio absoluto. Sólo el diálogo de Jorge y Rosa rasgaba el vacío existencial de aquella ciudad.

– ¡Mira ese hombre en el escaparate: parece que está hablando!, Mira aquellos niños, podríamos llevarlos a casa…, al menos nos acompañarían por un tiempo. Tú podrías coger un hombre y yo una mujer. Después venimos a por los niños y así formamos una familia. ¿Por qué no jugamos a construir una familia?

– Vale Jorge. Me parece estupendo.

Dicho y hecho. A los pocos minutos, sin vigilantes en las puertas y sin precauciones de ningún tipo, cogieron unos maniquíes vestidos de invierno social y a duras penas los llevaron a casa, aquél subterráneo de silencio permanente con música de “rap» como recuerdo de un día “X”.

– Sienta a tu muñeco aquí, Jorge. Podría ser nuestra madre, ¿verdad? Yo voy a poner a «papá” aquí, en este sillón, leyendo un periódico eterno. Como la televisión ya no sirve, nos va a prestar un servicio como mesa de juego. En esta sala entraremos poco, aunque siempre daremos los “buenos días” y las “buenas noches”. . .

– Rosa, ¿quieres seguir estudiando?

– Sí, ahora es mejor porque ya no hay exámenes. Tú estudias lo que quieras, yo también y al final ponemos en común lo que sabemos. De todas formas, podemos ir al Colegio para leer los temas que se estaban dando el año fatídico. ¡Vamos!.

El camino del Colegio era suficientemente conocido. Pareció este día mas largo, ya que la distancia era grande y el autobús permanecía parado en huelga permanente a la puerta del Centro. No había golosinas. Ni Paco, con su kiosco nuevo, ni el portero Juan. Ni su pequeña radio, a todo volumen, con la publicidad del día.  Entraron en sus respectivas clases y recogieron los útiles necesarios para seguir las clases por radio, en una emisión internacional que provenía de Alfran, país que por conflicto político había lanzado la terrible bomba…

– ¿Rosa, te acuerdas de aquella canción que se llamaba “Mirando al sol”?. Yo la cantaba muchas veces, pero hace tanto tiempo que ya no me acuerdo apenas. Solo recuerdo una parte que decía:

Si miras al sol
No cierres los ojos…
Sería para él enojo
Al darte luz y calor…

Una canción cualquiera que instaba a mantener los ojos bien abiertos ante una realidad que quemaba en su proximidad. La canción era casi un programa futuro que Jorge y Rosa cantaban en inocencia de doce años. La guitarra y la flauta eran compañeros inseparables. 

Muchas horas de rasgueo inseparable suplían una actividad normal añorada. Ni un solo grito de protesta, ni un solo ademán de castigo. Solo quedaba el abrazo a una guitarra o el beso a una flauta que sonaba notas de una canción que se podría llamar «Ave Fénix”.

En Jorge y Rosa existía amor. Para ellos no tenía ningún valor la teoría de los hechos. Ahora, la vivencia diaria tenía que configurar una nueva teoría. El desamor les había llevado a una situación de convivencia donde la necesidad mutua hacía descubrir a ambos la belleza de sus cuerpos desnudos, en un grito de amor que no se sentía por este nombre. Los ojos que se cruzaban en miradas de afecto, simbolizaban una ceguera multisecular.

– Te quiero así, Rosa. Tú y yo podemos construir una nueva casa, una nueva ciudad, una nueva nación, un nuevo mundo. Tú y yo podemos soñar, nadie nos lo prohibirá. Deja que te contemple: no me importaría vivir muchas horas en pensamiento tuyo. Mira a tu alrededor: los relojes ya no limitan ni controlan nada, solo nos recuerdan que el tiempo corre, como nuestras vidas.

Salieron y pasearon hasta un Parque grandioso. La ausencia de niños convertía aquella zona en una selva urbana. Jorge y Rosa decidieron transforrnar aquel jardín y devolverle su belleza en potencia.  Todos los días arreglaban un sector del Parque, hasta que pasados unos meses el paseo ya no era el mismo. La soledad aún gritaba ausencia, pero nadie debía volver a jugar allí hasta que la ciudad estuviera a punto para una convivencia nueva, en plenitud de amor.

Las calles quedaron limpias. Los comercios, con sus puertas abiertas, invitaban a la no especulación, en un ideal de servicio a todo tipo de necesidades en intercambio mínimo. Los Bancos ya no existían. Se convertirían en lugares donde la cultura se daría sin intercambio económico. En sus sueños, Jorge y Rosa, planificaban así su nueva ciudad.

Lo que más preocupaba era el sitio donde albergar las dependencias para un «museo del hombre anterior». Allí irían todos los trajes de la época, del día «X», los utensilios de trabajo mas sofisticados, las ideas más «deslumbrantes», los vehículos mas representativos, la maqueta de un Banco y de edificios públicos donde se gestaron las grandes soluciones a los conflictos permanentes del hombre anterior…, los «planning” de lo que se llamaba Ejército, Policía, Administración, etc. El único oro que se podría utilizar como símbolo sería para realizar las letras que anunciarían la existencia del Museo:

MUSEO DEL HOMBRE ANTERIOR

La ciudad, después de cuatro años, ya no era la misma. Jorge y Rosa, dieciséis años ambos, no habían trabajado en vano. Habían descubierto el valor del amor como única moneda de intercambio a la hora de relacionarse con los otros “tú», con los animales y con las cosas. Toda la ciudad parecía a punto para recibir al hombre nuevo. La apertura a la naturaleza era total. Ya no había coches. Los que quedaban por las calles morirían definitivamente en sus cementerios. No era posible ya ningún tipo de contaminación, puesto que la Naturaleza respondería a las necesidades del nuevo hombre. La comida ya no estaría adulterada y habría lo necesario para cada uno. El dinero ha perdido su significado. Quizá haya sido el mejor hallazgo de Jorge y Rosa. El trabajo de los nuevos habitantes sería recompensado en elementos necesarios para vivir y emplear equitativamente el tiempo de ocio. La distribución  de viviendas se haría en términos de justicia y los parques y jardines serían todos de dominio público. El cine y los medios de comunicación social se potenciarían en torno a un principio de esperanza y de felicidad. Las cárceles ya no son necesarias.

Muchas cosas quedaban por hacer en la nueva Ciudad, pero los fundamentos eran evidentes. Su fisonomía era especial, algo que siempre habían soñado los dos niños sin historia.

Pasados los años, una noche cualquiera, de luna llena y sonriente, acogió el amor nuevo de Jorge y Rosa. Un nuevo ser era el símbolo del hombre nuevo que en sus mentes y en sus manos habían forjado a lo largo de su vida… Y comenzaron a llegar de todas partes, al amor de una experiencia nueva, en un paraíso urbano que necesitaba escribirse para otros dos mil años de historia…

Y despertaron, descubriendo que su ciudad todavía estaba allí.

Perdona, querido internauta, quien quiera que seas: cualquier parecido con la realidad puede ser que algún día no sea pura coincidencia.

Huelva/Sevilla, 1982-2006

Olor suave

Cuento escrito al amor del nuevo milenio…

Aquel libro sugería las ausencias sentidas por Christian, aunque ser ciego al color era, en su caso, algo más que una metáfora. La acromatopsia venía a poner sobre la mesa los interrogantes del mundo occidental acerca de los grandes beneficios de la cultura, de la inteligencia social y de los sentimientos que, en palabras de Alberti, siempre se tienen que escuchar mucho más fuerte que el viento.

Eran las veintitrés horas exactas del día 31 de diciembre de 2000. Hace solo un año vivió una experiencia inolvidable, en el espíritu de Kiribati. Todo el mundo estuvo pendiente de esta isla, de su reconocimiento por el diccionario, las enciclopedias, los atlas y las consultas en Internet. Lo que pudiera pasar allí sería una primera lectura intercontinental de lo que podría pasar en el aquí europeo. Era el temido efecto 2000. Y la lectura compulsiva de todo lo que se refería a la cultura de las antiguas Islas Gilbert, ponía sobre la mesa de Christian unos mundos de color que le llevarían hasta la Micronesia, donde las islas de Pongelap y Pohnpei harían su presentación en la sociedad occidental para mostrarnos una cara metafórica de la vida: ser ciegos al color no impide encontrar la felicidad. Así transcurrieron los meses anteriores a las veintitrés horas del día 31 de diciembre de 2000, inmerso en unas contradicciones de cultura y en el marco de grandes interrogantes.

Christian vivía en una gran ciudad del sur de España, donde el color y los olores conviven a diario en un esfuerzo por demostrar al mundo que necesitamos las sensaciones para ser. Aquella lectura de 1999, unos días antes de la memorable fecha del 31 de diciembre, había dejado huella en su quehacer diario. El mundo occidental recibiría un aviso importante para interpretar su futuro, dependiendo de unas pequeñas islas, en Kiribati, donde el color y las sensaciones eran el exponente básico de su supervivencia. Y Christian tenía que reinterpretar en claves digitales lo que no eran más allá que sensaciones en torno al color y al olor, como elementos descriptores de aquella cultura.

Y todo volvía a rememorar aquellas sensaciones, ahora en compañía de Clara, trece años menor que él y con unas cualidades que acortaban espacios y tiempos. No había que perder esta oportunidad. Puso el reloj de arena al revés y así hasta dieciséis veces, el tiempo exacto para hacer pasar la hora que marcaría la entrada en el nuevo año, siglo y milenio, dependiendo de la perspectiva de cada uno. Junto al reloj, un perfume, una fragancia de diccionario, olor suave y delicioso, algo más para los dos que una marca, porque la primera vez que lo intercambiaron supuso una mezcla de encuentro, gozo y pasión, al tocar la piel de ella y hacer reales las sensaciones para los dos. Caja con tonos azules como los ojos de Clara, siempre vigilantes de cada acto de la conciencia, de lo que no se ve pero se siente: sin reparos, con el encanto de un francés aprendido y sentido para la ocasión, donde las yemas de los dedos dibujaban expresiones libres por la rugosidad de sus líneas envolventes.

Así comenzó el rito. Ya había dado la décima vuelta al reloj de arena y todo hacía presagiar que la fragancia podía llenar de recuerdos el contenido del mejor regalo que se podían cruzar.

– Te recuerdo siempre a través del azul del cielo. Es el mejor referente, quizá porque no lo abarco, aunque el juego de mis dedos en la caja de este perfume me sugiere siempre que tú eres así: inabarcable y libre en tus formas, como siempre te sentí y te amé. Y, ¿sabes una cosa?. Sentí unas sensaciones extrañas cuando terminé la lectura del libro que me ha acompañado en las horas previas al sueño durante las últimas semanas, donde los protagonistas eran personas ciegas al color, porque siempre ven todo en blanco y negro o, a lo sumo, en gris. Pensé que la pérdida que sufriría al padecer esta enfermedad, la acromatopsia, me privaría de tus ojos y de los sentimientos que se despiertan en su eterno retorno de sensaciones y emociones.

– Si importante es esta pérdida, porque sé lo que significan los colores para ti, mucho más importante es el mundo de los olores, un universo mucho más intenso y que permite penetrar la piel, los afectos y cultivar la estela de lo que somos. Siempre permanece el recuerdo de cómo olemos y el perfume ha estado unido a las culturas más inteligentes del planeta. ¡Fíjate cómo se valoran los olores en el sur, espacio al que tú y yo pertenecemos!. Y ambos sabemos que aquél perfume de nuestros primeros encuentros, al que has hecho referencia en tu búsqueda del tiempo encontrado a través de la velocidad de la arena, significó mucho sin que tuviéramos que utilizar las palabras. Bastaba unas gotas de este perfume, para comenzar una aventura hacia lo desconocido pero siempre llena de valor humano y de recuerdos, como los de aquellos primeros pobladores ribereños que cuidaban la cultura del intercambio de los regalos prometiéndose fidelidad: el jésed.

Y así se aproximaba el nuevo año, el siglo y el milenio, a través de una experiencia nacida en el regalo y en la realidad de una esencia conocida por los dos sin tener que justificarla por su oportunidad ni en festividades programadas. Cuatro veces más y ya estamos en el rito de las campanadas. No hay tiempo que perder.

– Clara, solo quince minutos nos separan de una experiencia que nunca se volverá a repetir en nuestra existencia. Nuestro azul envolvente debe permanecer en el tiempo que se aproxima y este regalo que ha perdurado en el tiempo debe hoy recobrar especial importancia, sobre todo cuando conocemos la calidad de nuestra existencia, de nuestra cultura al poder valorar los colores y saber de sus interpretaciones en el espectro cromático de los códigos románticos.

– Si el azul ha sido el código de nuestras miradas, el perfume debe ser el hilo conductor de nuestros encuentros. Así, color y olor pueden crear el mejor efecto 2001 sobre nuestras vidas, durante el tiempo que seamos capaces de seguir encontrando sentido a lo que hacemos y, sobre todo, somos. Entenderás así que esta entrada de año, siglo, milenio, te recordarán también Kiribati, Pongelap y Pohnpei en un entorno de reconocimiento inteligente a la vida que nos permitió nacer en el Sur, donde las culturas que crearon nuestros usos y costumbres se embriagaron de perfumes muy sofisticados en su elaboración, porque nacieron de los sentimientos de las personas que todavía se maravillaban de plantas y flores que mezcladas entre sí componían la mejor fragancia para enamorar…

Sevilla, 6/I/01