El punto omega (VIII)

Este capítulo, relativo a “cuestiones particulares” solo tenía cuatro párrafos, pero los he vuelto a leer una y otra vez. Recuerdo cómo a la altura del Golfo de León, de madrugada y en mi primer viaje a Italia, en 1968, en el “Canguro Bianco”, de la compañía italiana “Traghetti Sardi” consorciada con la naviera española Ybarra, viajando en la clase más popular de poltronas, en un barco presentado como uno de los más confortables en el mar por su sistema automático de estabilizadores, leía con detalle estas breves reflexiones y pensaba en la realidad del mar como elemento aglutinador de las primeras culturas que se han detectado en diferentes puntos de la Tierra y cómo han aportado la realidad de la comunicación entre las especies. Era un libro de viaje que me llevaba a vivir unos meses en Bedizzole sul Garda, cerca de las grutas de Catulo.

Comenzaba este breve capítulo con una frase rotunda, capaz de hacer tambalear las conciencias más ortodoxas: “La cuestión relativa a la “primera pareja” humana es, según Pierre Teilhard de Chardin, científicamente ociosa”. Me gustaría no descontextualizar esta referencia estremecedora para una época en la que pensar era un ejercicio valiente por sí mismo. Si además ponías en solfa “los grandes principios de la fe cristiana”, con un relato de la creación en danza, el conflicto interior y exterior estaba servido. Para el gran paleontólogo francés, los descubrimientos de los homínidos en Pekín, así como en el cabo de Buena Esperanza, en lugares tan distantes, son fenómenos de algo que se muestra ya acabado, pero que aparece como fenómeno humano en distintos lugares. Es evidente que el monogenismo (crecimiento ramificado gracias a una sola pareja) no tiene sentido en el ámbito científico. Es solo cuestión de fe.

Escribió Augusto Monterroso un cuento precioso en 1959, “El eclipse”, mezcla de imaginación y realidad, que puede ilustrar muy bien esta declaración sorprendente narrada por Teilhard: la aparición en diferentes lugares de la tierra de los primeros seres erectos, los antropopitecos, con una aparente igualdad en su fisonomía externa y con un grado de inteligencia bastante parejo. Por mucho que el bendito fray Bartolomé Arrazola intentaba persuadir a los indígenas de una selva de Guatemala para que no le mataran: “si me matáis –les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca”, éstos lo tuvieron claro desde el principio ante un propagador de la fe y del más allá. Aquellos primeros pobladores de Guatemala, mucho antes que los conquistadores “españoles” llegados allí gracias al mar al que hacía referencia al principio, decidieron acabar con estas monsergas del fraile, sacrificándolo en la piedra  de los ritos, comenzando inmediatamente a recitar una por una por una las infinitas fechas en que se producirían eclipses lunares y solares, demostrando que eran excelentes astrónomos, tal y como “la comunidad maya había previsto y anotado en sus códices sin la ayuda de Aristóteles”. Es decir, ya estaban allí antes de que fray Bartolomé Arrazola intentara persuadirles de la bondad de los poderes divinos traídos desde la España de Carlos V.

La aparición de homínidos en determinadas zonas del Universo, no se debe a un fenómeno puramente biológico (biogénesis), como puede darse en el fenómeno micológico al darse condiciones climáticas propicias en muchos lugares de la tierra. Según Teilhard, la antropogénesis es el logro de un solo “phylum” en el haz de los homínidos. Y así acababa el capítulo. La verdad es que provocaba desasosiego a una persona que buscaba conocer la razón de la existencia de las personas en el mundo. Y la frase era muy críptica. Habiendo pasado cuarenta años, la ciencia tiene explicaciones a este fenómeno en clave teilhardiana, pero he recurrido a sus propias explicaciones para comprender mejor las cuatro frases que generan “asuntos particulares”. Para Teihard se ha producido en el Universo un movimiento hacia adelante por una cosmogénesis, es decir, el fenómeno global de la evolución del Universo. Esta realidad se ha interpretado por el ser humano como una posibilidad de ser en diferentes estadios: biogénesis (génesis de la vida), antropogénesis (génesis de la especie humana, un único phylum, es decir, una única raiz) y  Noógenesis (génesis del conocimiento –en su época reinterpretado como del “espíritu”). Este proceso se fragmenta en estadios más importantes y aquí es donde aparece el concepto de proximidad al desarrollo cerebral de vital importancia en esta reinterpretación de su doctrina.

La proximidad anunciada se hace patente mediante la progresividad de cinco estadios inclusivos: la “moleculización”, donde se produce el paso de los átomos a las grandes moléculas que permiten la aparición de la vida, la “cefalización”, o tendencia evolutiva del sistema nervioso y de los órganos de los sentidos a concentrarse en la cabeza; la cerebración, porque el cerebro se repliega y se enrolla más sobre sí mismo en el transcurso del tiempo, provocando la “antropogénesis”, la “hominización”, al introducirse la simbiosis entre la cerebración y la posición bípeda, facilitando el hecho de pensar. Por último, la “planetización”, fenómeno de convergencia de los seres humanos entre sí, cada vez más numerosos en un planeta en sucesivo crecimiento.

Queda el “phylum”. He buscado las propias explicaciones de Teilhard de Chardin para intentar abarcar este concepto (1). En varios contextos creo haber captado su razón de ser: sistema coherente y progresivo de elementos biológicos colectivamente asociados, es decir, el fenómeno humano es el resultado de una complejidad creciente, sistémica, coherente y progresiva, por la génesis de las especies (a lo que llama via filética); se inicia el desarrollo complejo del cerebro en determinadas especies y aparece (así comprendemos etimológicamente el concepto “fenómeno”) el eje privilegiado de la complejidad-consciencia: el de los primates. Aquí es donde se produce la mutación cerebral “hominizante” que todavía desconocemos en su esencia. La segunda especie de la vida está servida: la noosfera. Se nos abren unas vías de exploración impresionantes.

Como se decía al final de las películas de mi infancia, próximamente veremos en este “salón virtual” los siguientes pasos (trailer) de la malla pensante que actualmente configura Internet y que es posible y viable por la banda ancha. Cualquier parecido con la realidad dejará de ser pronto pura coincidencia. ¡Ojalá podamos ofrecer esta oportunidad, en claves mucho más sencillas, a los que están al otro lado de la brecha digital, que son muchos!. Va por ellos.

(1)Teilhard de Chardin, Pierre (1968). Yo me explico, Taurus: Madrid, pág. 91s.

Sevilla, 9/V/2006

El punto omega (VII)

La correspondencia entre alfa y omega como representación del comienzo y final de un proyecto, se hace patente en referencia a la creación. Parece obvio hacer una correlación entre el hilo conductor de este comentario de texto “avanzado”, es decir, la consolidación de la malla de cerebros pensantes, en terminología de Teilhard: la Noosfera, y el comienzo de la vida humana: la creación. De hecho, hay que admitir que en este asunto estamos entretenidos desde hace millones de años, aunque parezca mentira, presentándolo en sociedad en el esquema pascaliano de la razón de la razón y la razón del corazón.

El capítulo que comentamos hoy hace referencia al “nuevo concepto de la creación”. En los dibujos que hice sobre la teoría de Teilhard en 1966 y que he perdido en el largo viaje de mi vida, puse especial empeño en hacer foco sobre la imagen predilecta de mi autor preferido en aquella época: una espiral que se va elevando paulatinamente desde una amplia base, estrechándose poco a poco hasta terminar en una cúspide. Con esta imagen quería simbolizar Teilhard la idea de que en el primer acto creativo ya estaba implícita la creación material y espiritual. Es difícil entender hoy con mentalidad científica, rigurosamente objetiva, la disponibilidad programada de la creación como acto único, sin aceptar la evolución como componente esencial del desarrollo de la materia y del cerebro de los antropopitecos: hombres-mono. También es verdad que lo que se descubre sobre la realidad del cerebro “ya está allí”. Lo que hacemos es descorrer el velo de la incomprensión en su sentido más primigenio. El problema persiste en hacer patente la creación por parte de Dios, como punto alfa de la existencia de la vida programada.

El intervencionismo de Dios como responsable exclusivo del punto alfa fue explicado en 1948 por Teihard en una concesión que hizo a Roma por las serias advertencias que había recibido por las teorías vanguardistas desarrolladas en su obra maestra “El fenómeno humano”. El intervencionismo de los científicos con fe cristiana y católica podía justificar la participación divina en el único acto posible de la creación, si se admite que la creación es como un “programa informático comprimido” que necesita un descompresor de signos históricos para poder “leerlo” en el tiempo. Lo que Teilhard no admitía de ninguna de las maneras era el intervencionismo continuo de Dios: lo que se hizo por primera vez (punto alfa) se hizo para “siempre”, aunque este siempre se esté desarrollando y desvelando todavía. No necesitaba “retoques” históricos. Solo queda la ardua tarea de descubrir la potencialidad del ser humano, de su cerebro como identificador de la razón de su existencia individual y colectiva. Lo que se descubre cada día en los laboratorios científicos “ya estaba allí”. Sobrecogedor, como determinante de la vanguardia científica, de vital importancia, trascendental podríamos decir, en relación con la investigación sobre el cerebro, sobre la corteza cerebral.

Si lo psíquico precede a lo morfológico (¿recuerdan el ejemplo que expliqué sobre la fiereza del tigre en “El punto omega (V)”?), lo importante es la base que ocupa la inteligencia sobre la potencialidad de ser. Así se ha demostrado en la historia de la humanidad: las nuevas especies aparecidas en la selva de Foja son importantes para la humanidad porque la inteligencia del ser humano ha permitido organizar expediciones y utilizar “herramientas especiales” para darles valor. Si no hubiera sido por la explosión del conocimiento humano, las famosas especies que se han descubierto “ahora”, continuarían en el anonimato. Como el funcionamiento de las neuronas. Nuevas especies y neuronas en movimiento perpetuo siempre estaban allí. Cobra especial interés en este apartado la ética de la investigación, la ética del cerebro, como nueva expresión que algún día no muy lejano me gustaría desarrollar y que aprendí de los profesores López Aranguren y Sánchez Vázquez. Son las neuronas interactuando las que hacen posible poner en valor las personas y las cosas. Nace así un nicho de investigación apasionante.

Es en este punto donde Teilhard entró en contradicción severa con la Iglesia oficial. Es muy difícil conciliar el único acto creador de Dios, el punto alfa, y la teoría animista radical, de cómo se insufla el alma, el espíritu de Dios (“rúaj”, en hebreo), en ese acto creador (por cierto, pronuncie esta palabra hebrea, rúaj, y verá como la experiencia de exhalar aire era la representación real de cómo Dios insuflaba su espíritu sobre la haz de las aguas, en la primera aparición del vocablo en el relato de la creación, en Génesis, 1, 2, solo a través de dos consonantes habilitadoras de la experiencia sumerio-acádica, la “r” y la “j”, porque las vocales serían escritas después, en la interpretación masorética del texto primigenio). Para los investigadores más escépticos, incluso para agnósticos radicales, ésta es una cuestión baladí, porque Dios no es necesario en el laboratorio. Indudablemente es un espacio que hay que habilitar para el respeto a las creencias. Respeto bilateral siempre, porque la historia ha demostrado que el ser humano necesita creer aunque se admitan cuatro variaciones sobre el mismo tema: en la naturaleza (ecologismo actual), en la sociedad (las grandes transformaciones sociales y políticas), en el hombre (dicho así como máxima expresión de la existencia humana y en el sentido genérico expresado por la cultura griega) y en Dios (así se ha recogido en la historia de las religiones). Teilhard fue muy radical en este planteamiento: quien defienda una intervención continua de Dios sobre la tierra priva de toda su fortaleza al primer acto creador y único del Universo.

La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, su tesis radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada.

Sevilla, 6/V/2006

El punto omega (VI)

Los primates se portaron con prudencia en las primeras fases de su desarrollo. Con esta frase apasionante retomo hoy el recorrido hacia el punto omega iniciado el 16 de abril. El capítulo que analizo en esta ocasión tiene un título sugerente y programático: “Aparición del hombre”.  Los animales de cerebro y manos han desarrollado el cerebro de forma especializada. Siempre me gustó la siguiente expresión de Teilhard: estos primates estaban situados en un “callejón morfológico con salida”, a diferencia de otros seres vivos que se habían estancado definitivamente en su evolución, incluso en la rama de los mamíferos. Algo se hipertrofió en su proceso creativo que solo permite reproducir lo que ya hemos visto y sentido. Siempre igual. Sin embargo, los primates entusiasmaron a Teilhard porque allí sí había rastro de la explosión hacia adelante. Sus observaciones evidenciaban hechos constatables: sus dientes no han seguido desarrollándose. Han conservado los cinco dedos. Sus miembros son aparentemente simples y más propicios a la evolución interior que explicábamos recientemente.

La gran especialización ha estado radicada en el cerebro, en tres direcciones diferentes pero complementarias: afinamiento de los nervios, perfeccionamiento del cerebro e incremento de la consciencia. El gran salto en este perfeccionamiento larvado en millones de años se produce según la tesis de Teihard hace solo un “millón de años”. Vital Kopp describe esta situación con un cierto aire novelesco: “Helo ahí de repente. Silenciosamente se presenta este ser, el completamente distinto, el más misterioso y desconcertante de todos los seres del cosmos, de naturaleza totalmente diferente, que escapa a la tradicional teoría de los seres vivos…Pero es en el interior donde se ha efectuado la revolución, un sacudimiento de dimensiones planetarias en la biosfera entera” (1). Y de esta forma se pone la primera piedra de la noosfera. Es el único ser vivo que mira dentro de sí. Y vuelve a presentarse en sociedad la tesis ya planteada en este recorrido actualizado en busca del punto omega de la vida: se hace visible, por primera vez, el interior de las cosas y alguien nos lo explica con el lenguaje, con palabras, con signos que manifiestan la realidad de las cosas. Me ha maravillado siempre la grafía en hebreo de casa: bet. Quien conoce cómo se escribe se da cuenta inmediatamente cómo hubo mucho interés en los primeros antropopitecos en demostrar la oquedad como símbolo de la acogida que presta una casa. Los tres trazos formando un hueco es una forma visible de expresar el interior cósmico. La experiencia fue antes que la palabra (el interior cósmico).

Teilhard recurre al ejemplo del agua hirviendo para explicar didácticamente el salto de la biosfera a la noosfera. Fue necesario el paso de los 99 grados a los 100 para que se apareciera esta realidad humana: se trastornó el equilibrio interior de la tierra. La noosfera es ya una realidad: la alfombra de cerebros se extiende por el Universo, con independencia de dónde aparezcan los primeros vestigios. Hay una expresión en el vocabulario científico teilhardiano de una gran belleza: la noosfera es obra de la naturaleza entera. Aquí es donde ha hecho crisis la escuela creacionista de cuño clásico, al hacer una asignación directa a Dios de este momento mágico en la humanidad. Y sigue interpretándolo Vital Kopp de forma magistral: “La tierra entera, forcejeando hacia adelante, ha trabajado en ella y con miras a ella… Así, lo humano es una flecha que se dispara por efecto de la tensión planetaria de la biosfera entera” (2).

El interior cósmico se ha dado cuenta con la aparición del hombre de que se ha tocado techo en el proceso de la evolución de las “ramas no humanas”. Y hacen un pasillo al ser humano para que pueda servirse de ellas. Hacia atrás quedan los aprendizajes de la atracción sexual, las leyes de la procreación, la tendencia a la lucha por la existencia, por sobrevivir ante cualquier adversidad, la curiosidad por ver y rastrear, el gusto por capturar (cazar) y consumir. La biosfera pone en bandeja al ser humano lo que se considera necesario. La noosfera es una tarea mucho más ardua. Mientras que en el proceso hacia atrás todo se puede compartir y descubrir porque ha finalizado su forma de ser y estar en el Universo, y las piezas del puzzle coinciden en un esquema común, a partir de la emergencia de la noosfera la complejidad es total. La inteligencia complica la existencia. Por eso escribimos estas anotaciones en búsqueda de un punto de encuentro más que de llegada: el punto omega que se configura con la nueva reinterpretación de la noosfera.

Me ha llamado mucho la atención el debate que ha surgido en días pasados sobre la dignificación de los primates, suscitada por una proposición no de ley sobre la protección de chimpancés, orangutanes, gorilas y bonobos, que se ha presentado por parte de un diputado socialista en el Congreso y que se ha comenzado a debatir el pasado 25 de abril. Pretende acabar con la «esclavitud» de los grandes simios; eliminar su maltrato, su comercio, su uso en investigación o con fines lucrativos (circos, laboratorios); proteger su medio ambiente, y liberar a los que están enjaulados. Los que estamos trabajando en el mundo cerrado de la inteligencia comprendemos mejor iniciativas de este tipo. Quizá haya que explicar mejor el sentido último de la misma, sobre todo cuando se utilizan palabras fronterizas como las que definen la declaración de los derechos de los grandes simios, al forzarse mucho en lenguaje coloquial lo que tenemos elevado al máximo nivel de Estado, aunque luego abandonemos cualquier sutileza a la hora de aplicar la realidad del comportamiento humano comparado con el de los animales más próximos.

Lo anunciábamos al principio: los primates entusiasmaron a Teilhard porque allí sí había rastro de la explosión hacia adelante. Por eso nos preocupa saber más sobre la aparición del hombre, sobre sus antepasados. Por eso merecen tanto respeto, porque cuidándolos sabremos más de la corteza cerebral humana, de la última razón de la inteligencia, del carnet genético que fundamenta la mente sana y enferma de los seres humanos en nuestros días. Porque nos preocupa la locura humana, de la que sabemos tan poco. Porque los primates nos pueden llevar a una investigación que permita alcanzar, a corto plazo, resultados fantásticos para el bienestar humano. Porque son prudentes, como decíamos al principio.

(1) Vital Kopp, Josef (1965), Origen y futuro del hombre, Herder: Barcelona, pág. 45.

(2) Ibídem, pág. 47.

Sevilla, 1/V/2006

El punto omega (V)

Vamos a intentar aproximarnos al análisis que Teilhard llevó a cabo sobre el nacimiento de la vida, su gran dilema con la presión ambiental gracias a los descubrimientos de Darwin. Su investigación estaba limitada por el estado del arte de su época. Su referencia permanente a la incapacidad del científico de descifrar cómo había “brotado” la vida desde lo físico, químico ó lo estrictamente orgánico no era viable simplemente porque los sedimentos sobre los que se podía investigar estaban transformados. Hoy la realidad es muy diferente. Las investigaciones recientes sobre los orígenes de la materia orgánica nos permiten descifrar con exactitud matemática, de reloj suizo, cómo se produjo la evolución de la materia. Siguen estando presentes muchos interrogantes y la razón de Aristóteles planea sobre los grandes laboratorios ultramodernos:  la razón de ser del “primer motor inmóvil”,  es decir, cómo se puso en movimiento el universo en todas sus manifestaciones. La verdad es que la conclusión de Teilhard está sobrepasada. La ciencia ha ganado esta partida. Pero quedan muchas por jugar, aunque nos suene como algo muy chocante su desafío en la fe del dueño del carbón que no del carbonero: el misterio está oculto en Dios para siempre.

Pero él mismo deja una puerta abierta llena de esplendor: solo si se lograran reproducir estos procesos en el laboratorio se resolvería parcialmente el enigma. Aunque otra vez da un paso atrás dejando entrever que el nacimiento de la vida, en todas y cada una de sus manifestaciones, es algo indescifrable. Este movimiento de contrarios, pendular, es algo  muy asentado en la ciencia aunque en Teilhard solo tenía interés si el avance de la investigación era una realidad y no una quimera.

El llamado salto a la complejidad, la evolución de la materia en estado puro a lo que se llama vida, es una evolución lógica hacia la consciencia, la interioridad que analizábamos en la “entrega” anterior: vida es la explosión de la energía interior bajo una tensión biológica hacia el próximo estadio de la existencia que, a todas luces, está por llegar permanentemente. Y todo obedece a un plan. Esta era la visión intrínseca de la evolución cósmica según Teilhard: todo está perfectamente determinado por Dios, aunque el plan lo revele paulatinamente. El hecho de que el libro de instrucciones de cada ser viviente ó carnet genético se esté develando en la actualidad a través de la genómica, es una manifestación de este plan develado, por llamarlo de alguna forma, de la “hoja de ruta” de Dios sobre la vida. Es una interpretación “permitida” por el ser superior, por el llamado también “primer motor inmóvil”, al que hacíamos referencia anteriormente, en homenaje a los más escépticos.

Y la teoría del árbol de la vida, tantas veces glosado por artistas del renacimiento e incluso contemporáneos, en pinturas y escritos memorables, se manifiesta en todo su esplendor: todos los seres vivos siguen brotando como ramas, porque la biosfera es una realidad. Y los últimos descubrimientos de “islas” paleontológicas, humanas, de plantas y animales desconocidos, son una manifestación palpable de que son manifestaciones de un tronco común disperso por todos los continentes actualmente identificados. No son descubrimientos en el pleno sentido del término: son meros alumbramientos de unas especies que se han desarrollado de un tronco común, salidas a la superficie de la biosfera para general conocimiento de la humanidad insaciable de conocer sus orígenes. Teilhard lo llamaba “ilusión óptica” porque lo que aparece hoy tiene su razón de ser en un único origen de la vida, el tronco común. Y queda mucho por descubrir. La gran pregunta es cómo es que lo que se encuentra en la actualidad son solo formas acabadas. Los últimos descubrimientos de nuevas especies en las Montañas de Foja, una remota selva de Papúa-Nueva Guinea (Indonesia) cuestiona estos grandes principios del tronco común: “Allí, los científicos han explorado un área de más de un millón de hectáreas de jungla. Los investigadores dicen haber identificado hasta una veintena de especies nuevas de ranas, cuatro de mariposas y cinco de palmeras, aunque todavía no existe una confirmación independiente de que esto sea así. «No hay ni una sola senda, ni un signo de civilización, ni un rastro de una comunidad humana que haya vivido nunca ahí», ha explicado Beehler (miembro del equipo descubridor). Incluso dos indígenas de la zona que acompañaban a los investigadores se quedaron sorprendidos por el aislamiento de la zona” (1). ¿Todo evolucionó allí?. Las formas acabadas así lo atestiguan. Por ahora. Se decía en los tiempos de Teilhard que no llevaba razón en su forma de exponer su teoría científica porque en el gran archivo de la tierra no se encuentran transiciones.

Teilhard se hacía las siguientes preguntas ante esta crítica rotunda: si nos ponemos así (científicamente hablando) ¿dónde está el primer sumerio, el primer griego, el primer romano, el primer coche, la primera lanzadera para tejer? Todo lo primitivo se pierde y hoy no tenemos la perspicacia de los cuentos de Pulgarcito para seguir la senda de las piedras blancas que nos lleven al tesoro. Las formas primigenias se han perdido definitivamente. Y a esto se podría responder ¿es que se han perdido las primeras pruebas para demostrar que Dios existe? Teilhard reaccionaba rápidamente: descubramos, poco a poco el libro de instrucciones de la existencia. Algo parecido a lo que hace Craig Vanter con la genómica, por ejemplo. O la nave que fotografía Venus en un streeptease cósmico.

Y la gran lección de este ascenso cósmico lo simboliza y demuestra Teilhard con la asunción de la realidad del sistema nervioso humano. Y sobre todo el cerebro, el gran rey de la selva por descubrir, cada vez más voluminoso y sinuoso, del tamaño de una servilleta mediana, extendida, en su córtex pensante. Y si la razón de ser de la existencia es “anímica”, para Teilhard, el gran antecedente de la biogénesis no podía ser otro que la psicogénesis, porque lo anímico era el gran proyecto ya que la gran explosión de la evolución, para conocerse a sí misma, fue el cerebro. Teilhard lo simplificaba en un ejemplo muy gráfico: el tigre no es fiero porque tiene las garras, sino al revés: tiene garras porque en su evolución natural se desarrolló en él el instinto de fiereza. Por decirlo de alguna forma, las garras vinieron después. La evolución entera es la consecuencia de la ramificación de lo psíquico. El eje de avance es una línea delgada roja anímica, no material.

Al finalizar esta lectura comentada de mi descubrimiento iniciático, en su quinta reinterpretación, he recordado al protagonista de “La vida es bella”, Guido Orefice, cuando frecuenta la existencia con su amigo Ferruccio y nos deja un mensaje alentador: ser inteligente es una realidad del Sur, se manifiesta montando una librería y comprendiendo a Schopenhauer, sobre todo si te lo explica un amigo: “soy aquello que quiero ser…”. Esto último en homenaje a la ley del péndulo y al movimiento de contrarios. ¿Porqué no?. En homenaje también a Teilhard de Chardin, tan actual en nuestros días. 

(1) Un equipo científico dice haber hallado un área inexplorada con nuevas especies en Indonesia, El Pais, 7-2-2006

Sevilla, 30/IV/2006

El punto omega (IV)

Es necesario hacer un paréntesis en la presentación de esta publicación “digital” por la propia entidad de su contenido. Es un esfuerzo que “merece la pena” en aras de la divulgación científica de la teoría de Teilhard respecto de la razón de ser de la noogénesis y de su proyección en la noosfera, la malla pensante, la corteza cerebral del mundo, lo más próximo a la realidad de la red de redes. Esta cuarta entrega se va a centrar en el interior de la materia cósmica. Recuerdo que estoy haciendo un comentario de texto actualizado de mi libro iniciático, hace casi cuarenta años, sobre Teilhard. Ayer, en el viaje de vuelta de Madrid, fui descubriendo de manera asombrosa las bases de la corteza cerebral humana, según Jeff Hawkins y su teoría de la inteligencia predictiva. Es un secreto a voces la ignorancia sobre nuestro interior mental, a pesar del esfuerzo espectacular de los últimos años.

¿Qué es el interior de la materia cósmica? Nadie duda a la altura de la investigación actual, del estado del arte accesible a la mente humana, que la historia hacia atrás está todavía por escribir. Solo sabemos lo que aparece, sin que pertenezca a la escuela fenomenológica. Pero lo comprobado en laboratorio es mucho. Cualquier científico sabe abordar con celeridad extrema la frontera de los límites de la investigación física y química de la humanidad. Es maravilloso constatar cómo la genómica nos está brindando, segundo a segundo, el conocimiento del interior de la vida, incluida la del ser humano. Y está demostrando, no sin cierta desazón, que la composición de la maravillosa fórmula que hace posible las cadenas genéticas, el libro de instrucciones de la especie humana, no separa mucho la realidad del ratón, de la del ser humano. Y esto no ha hecho nada más que empezar. A la hora de enseñar el carnet genético, como persona, quizá estoy obligado a mirar al lado por si algún ratón nos está imitando. Existe una diferencia mínima, en poco más del 1%, entre la secuencia genética del ser humano y del chimpancé, y el mismo número aproximado de genes, lo que nos confunde respecto de las notables diferencias observables a primera vista entre seres humanos y chimpancés.  «Lo que nos hace humanos no es la aparición de nuevos genes», subrayó en 2001 Carlos Ortín, de la Universidad de Oviedo, miembro del equipo que secuenció el chimpancé. ¿Sigue vigente, por tanto, la problemática derivada del interior de la materia cósmica?.

La realidad constatable es que el Universo, macro o micro, da igual, está en continua transformación. El famoso “pánta rei”, todo fluye, nada permanece, es una de las mayores expresiones de inteligencia conectiva multisecular. Este relativismo científico permite seguir avanzando en cualquier estadio en que se encuentre la persona que habita un pequeño territorio del Universo: e pur si muove. Y Teilhard comienza su exposición sobre el “lado interior” de las cosas. El ser humano solo toma conciencia de este movimiento continuo cuando la intensidad del mismo aparece. Ese es el momento álgido de la demostración de las hipótesis. Cuando se ejecutan. Lo latente se hace manifiesto. El ya pero todavía no de Bloch. La física y la química demuestran cada segundo que pasa la humanidad en su existencia, en su “calendario” en términos gregorianos, su permanente evolución basada en la intensidad. Por analogía, la aceleración de partículas hace más viable la investigación del cambio de dirección de las partículas cargadas, cualquiera que sean, pero de interés para los investigadores. Ahí está el éxito del electrón, en su intensidad.

El interior de las cosas en la consciencia de las mismas. Y aquí se reproduce de nuevo el debate ético, para Teilhard, entre creacionismo y evolucionismo. La creación, según Teilhard, supuso la aparición del hombre sobre la Tierra. Pero su gran visión crítica (de acuerdo con López Aranguren: sometida a crisis como juicio) se vislumbra al hacer partícipe de este salto consciente a los animales y plantas: el comportamiento de los insectos y de los celentéreos (invertebrados eumetazoos diblásticos) es inexplicable sin esta visión interior. En el caso de las plantas es más difícil de explicar. Quizá, más difícil de captar. Y nace el debate entre la dialéctica de lo que interesa a la ciencia: el interior y/ó el exterior de las cosas, de los seres humanos, animales y plantas. Antes lo decía: Hawkins, en su incipiente teoría de la inteligencia como expresión de la memoria-predicción, se interesa por el interior de la corteza cerebral. Durante mucho tiempo se ha trabajado en superficie. Ahora toca trabajar desde el interior mismo de la conectividad cerebral para descubrir, por ejemplo, por qué nos emocionamos. Fascinante. Pasen y vean.

Y Teilhard se hace fuerte en un argumento muy sólido: el interior o consciencia es una dimensión equitativa y saludable del Universo, sin distinción, que corresponde a la materia entera del mismo, “aunque con intensidad muy variada”. Su gran limitación vino de la prohibición científica a la hora de “excavar” las entrañas de la Tierra con su martillo de geólogo. Más difícil era admitir que también se podía excavar el interior cósmico que afecta por igual al ser humano que al celentéreo tan complicado que citábamos anteriormente, pero que es una forma de ser animal muy diferente (sin ir más lejos el moho de fango que narra de forma fascinante Steven Johnson en su obra “Sistemas emergentes”, al justificar su teoría de la agregación social).

Avanzando en esta reflexión crítica, me he encontrado con una anotación mía, de hace treinta y ocho años, sobre esta frase de corte teilhardiano: “Así en el cosmos entero, el lado exterior material, el único que la ciencia suele tomar en consideración, está acompañado de un lado interior consciente, las más de las veces oculto”. Y escribo asÍ: “esta frase resume todo lo dicho anteriormente”. Es verdad, porque lo oculto es lo que apasiona menos en la verdad científica. Aunque a mi me supuso poner en crisis la razón de la razón y la del corazón en una dialéctica pascaliana que permite hoy la realidad de una enorme pre-ocupación (así escrito) sobre el lado interior del cerebro y de su máxima expresión comprensiva y de aprehensión a través de la inteligencia. Y culmina esta teoría en una definición apasionante, también subrayada: la consciencia es una propiedad cósmica de intensidad variable, que podemos seguir a través de todos los grados ascendentes de crecimiento de la vida, hasta el pensar reflejo del hombre.

Y donde quiebra esta grandiosa teoría por construir todavía, si acudimos solo al campo de la investigación cerebral como máxima expresión de lo que interesa saber acerca de la vida humana, de su salud y enfermedad (mental, por ejemplo), es la permanente voluntad de conciliación de materia y espíritu en Teilhard, aunque de forma velada: nada puede aparecer en el mundo que desde un principio no existiera ya oscuramente. La evolución hacia la complejidad está servida. Es lo que ha demostrado la lectura de los poco más de 3.000 millones de letras (pares de bases químicas) que resultó tener el libro de instrucciones de la especie humana, leído en 2005.

A esta realidad cósmica la llamaba Teilhard embriogénesis. Cuando ayer, a la altura de Despeñaperros, se abría mi mente a la teoría de la corteza cerebral como generadora de la inteligencia creadora porque soy capaz de mantener en la memoria las experiencias anteriores que he vivido (¿quizá que han vivido mis antepasados, incluidos los ratones y los chimpancés?) y, además, realizando predicciones sobre algo “ya experimentado”, se llega a demostrar que puedo conseguir que el lado interno de las cosas tenga una significación especial, vislumbraba la razón de la razón de Teilhard y su rabiosa actualidad. Aunque como muy bien decía Rafael Alberti en un poema revelador aplicable a esta crisis temporal en las iglesias de la ciencia, que fueron también las que ocasionaron la crisis de Teilhard, la crisis está servida: “Confiésalo, Señor, solo tus fieles hoy son esos anónimos tropeles que en todo ven una lección de arte. Miran acá, miran allá, asombrados, ángeles, puertas, cúpulas, dorados… y no te encuentran por ninguna parte” (Roma, peligro para caminantes).

Sevilla, 26/IV/2006

El punto omega (III)

Estoy inmerso en el proceso de construir el constructo “inteligencia digital”, valga la redundancia y con el compromiso en red de hacer un comentario de texto, actualizado, de los orígenes científicos de Teilhard de Chardin para llevarlo a nuestros días. El tercer capítulo del libro iniciático de Vital Kopp llevaba un título muy sugerente “Volver a reunir lo separado”. Es una frase programática, hilo conductor de una dialéctica que mantiene vigente toda su actualidad. Y la pregunta, que parece una obviedad para muchos, se hace muy interesante en los tiempos que corren, porque ¿qué es lo que se separó? Vamos a intentar reinterpretarlo en el lenguaje de nuestros días.

En el principio existió la creación o el comienzo de la vida celular. En el terreno de las creencias cualquier hipótesis es posible y, por tanto, respetable. En el terreno científico no hay vuelta de hoja: en el principio fue la evolución de la vida, la evolución de las especies. Y Teilhard vivió sumido en esta contradicción in término: el hombre de la Biblia, del primer relato de la creación, era el mismo hombre que el pitecántropus erectus pekinensis, un “eslabón perdido” descubierto por él en la China y, denominado, a partir de ese momento “punto alfa del universo”. Pero ahí es donde se centra el gran problema de fe, de creencia, de laboratorio, de la geología, de la biología y de la neurociencia actual: saber dónde se produjo el salto real para la estructuración del cerebro y de su proyección más humana: la inteligencia. La gran preocupación de Teilhard radicaba en la “fusión” de la naturaleza humana con la estrictamente biológica, hasta tal punto que la distinción se hace ininteligible atendiendo a sus orígenes: “a su parecer, el hombre, como fenómeno integral, forma parte de la naturaleza. Está por consiguiente sujeto, incluso en cuanto forma un todo, a las exigencias y a los métodos de las ciencias naturales”, en frase de Vital Kopp.

Lo que se separó está claro. Dos formas de interpretar el comienzo del mundo, de la vida, que Teilhard intentó conciliar con escaso éxito, llamemos las cosas por su nombre. Su mente de geólogo estuvo en contradicción permanente con su razón del corazón católico, en puro esquema pascaliano. Su destierro último, por mucho que queramos revestirlo de diplomacia vaticana, en el hotel Fourteen, en la calle setenta y tres Este de Manhattan, en “un cuartucho con una sola ventana con vistas a un mugriento patio de luces y al muro trasero del club nocturno Copacabana”, tal y como lo describe Tom Wolfe en “El periodismo canalla y otros artículos”, traduce de forma muy evidente que este tipo de personas hay que alejarlas de la sede central del conocimiento dogmático de base científica: Roma. Y quizá sea esta situación irreconciliable desde la perspectiva católica la que propició que Teilhard dedicara ya toda su vida intelectual a “reunir lo separado”, buscar la “convergencia de la humanidad”, simbolizada en el descubrimiento de los eslabones perdidos (pitecántropus) a través de su martillo de geólogo. Se entiende así, desde la perspectiva digital de Negroponte, que la convergencia comprensiva, creada por la mano de Dios (según Teilhard), permitía ahora unir la especie humana como un único sistema nervioso, una “membrana viva”, una “máquina pensante”, una conciencia unificada por la piel pensante o noosfera, concepto que se analiza más hoy como cooptado por Teilhard que creado por él mismo, como ya expliqué en “La esfera de la inteligencia (Noosfera)”.

Es precisamente la convergencia de las personas el gran atractivo de su teoría científica hoy en plena operación rescate del pecio teilhardiano en el mar del olvido científico. Y la pregunta se nos hace algo obligado: ¿se estaría refiriendo Teilhard a la aparición de la gran red mundial de conocimiento y comunicación llamada Internet?. Creo que nos vamos aproximando al punto omega de su teoría noosférica, apoyada indefectiblemente por una nueva teoría científica denominada neurociencia, que es apasionante. Lo iremos viendo.

Sevilla, 22/IV/2006

El punto omega (II)

El vuelo de la inteligencia es el que nos enseña a aprender a aprender (1). En este análisis sobre Teilhard, hay un segundo rumbo del vuelo que nos propone siempre el profesor Marina, que nos permite conocer mejor lo que sucede, para romper la rutina y el tedio de muchas vidas anónimas. Lo importante es valorar lo que dejamos más que lo que vamos a conocer. Dejamos confusión, prejuicios, error, ignorancia, la persistencia de lo histórico, de lo inamovible, de la tradición. Adquirimos conocimiento. Cuando trabajaba en el proyecto de historia de salud digital, en el Sistema Sanitario Público de Andalucía, nos propusimos darle un nombre nuevo. Así nació “Diraya”, que en árabe quiere decir “conocimiento”, porque en una interesante lectura sobre Averroes, descubrí el valor de la dialéctica en el vuelo de su inteligencia: es más importante trabajar en el conocimiento (diraya) que progresa, que estar viviendo permanentemente de la tradición (riwaya). Así lo expresaba Dominique Urvoy, en su libro “Averroes”: ”bajo la estabilidad social del cuerpo de los ulemas se manifestaban tensiones, crujidos, que explican la insatisfacción de Averroes ante la orientación ideológica predominante en al-Andalus durante su juventud, y su opción decisiva a favor de una reforma que, ante todo, se concibe como el resultado del uso de la razón. Tanto más cuanto  que, nos dice su biógrafo más próximo a él en el tiempo,  Ibn al-Abb¬ar, se sentía más inclinado hacia el conocimiento (diraya) que hacia la simple transmisión (riwaya)” (2).

Mucho se ha escrito sobre la personalidad controvertida de Teilhard. De acuerdo con la postura de Averroes, el “nómada de la ciencia”, como es descrito por Josef Vital Kopp, en el libro sobre el que iniciaba el comentario de texto, actualizado, en el artículo de 16/IV/2006, cubrió una vida de 74 años (1881-1955) plagada de sobresaltos, en la búsqueda del probable punto omega, en el Universo en el que tenía que migrar constantemente por el imperativo categórico de la rigidez dogmática de la Iglesia romana, que acabó desterrándolo a una habitación de un hotel, en Nueva York, donde muere en soledad, víctima de su trabajo incansable por aunar esfuerzos en la dialéctica creacionismo-evolucionismo. Crisis nacida en el terreno de las preguntas que preconizaban hipótesis de trabajo científico, auxiliado por su martillo de geólogo: ¿de dónde viene y adónde va el hombre y cuál es el puesto y destino del hombre dentro del cosmos?. El ejemplo más contundente se encuentra en el fracaso intelectual de Teilhard al conocer que su obra principal “El fenómeno humano” (1948) no era aprobada por la censura de Roma, aunque ¡paradojas de la vida!, la Academia francesa de Ciencias lo elige como miembro de la misma dos años después del duro golpe romano.

Con la misma pasión subrayé página a página, a mis dieciocho años, la obra prohibida en una España que helaba el corazón. Preparé trabajos de investigación, escribí un ensayo en francés sobre la evolución creadora de Maurice Blondel y dibujé hasta la saciedad los círculos concéntricos de la nueva forma de ser la persona y el cerebro en el mundo: la geosfera, la biosfera y la noosfera, cruzados por una línea delgada roja de la nueva interpretación de la continuidad alfa y omega, asimilados al principio y fin de la vida, en el terreno de la creación y/ó en el de la evolución. Esa era la cuestión a dilucidar, pero había que tener el valor científico de plantear la cuestión en el terreno de las hipótesis que en sucesivos artículos iremos desentrañando.

Queda claro para los amantes de la ciencia e investigación-acción que Teilhard fue un ejemplo de constancia en la creencia. Sin calificarla, en principio. Diraya, mejor que riwaya.

Sevilla, 20/IV/2006

(1) Marina, José Antonio (2000), El vuelo de la inteligencia. Barcelona: Plaza & Janés Editores, págs. 15 y 187.

(2) Urvoy, Dominique (1998), Averroes. Madrid: Alianza, pág. 43.

El punto omega (I)

Era la una y media de la madrugada. Fue un momento sobrecogedor, difícil de explicar. La última frase del libro “Origen y futuro del hombre”, de Josef Vital Kopp, era un homenaje a cuarenta años de permanencia en algún lugar oculto de mi cerebro, después de aquella primera lectura y análisis en 1966, de meses de estudio hasta que la Autoridad competente me recomendó que no investigara tanto sobre Teilhard de Chardin, porque era una persona que había muerto como había vivido: solo, equivocado de siglo, contraviniendo las teorías de la creación, reviviendo las teorías darwinistas en una nueva interpretación de raíces dudosas acerca de la creación y la evolución de las especies.

Desde la portada, pasando por el índice y por mis propias anotaciones, pasaron imágenes y secuencias extraordinarias para un joven de dieciocho años que había descubierto que otro mundo era posible. Y he vuelto a leer página a página al autor que interpretando a Teilhard de Chardin me llevó de la mano (creo que también de la inteligencia) a descubrir una interpretación del mundo que se simboliza en la cabecera de este diario digital: el mundo solo tiene interés hacia adelante (Tientsin, 1923, recogida en sus Lettres de voyage, 1923-1939).

Con la mayor asepsia posible, pasando por el matiz de mi intrahistoria, deseo entregar a la comunidad humana de la red, pre, intra y postcientífica, aquella primera lectura que abrió la posibilidad de que hoy rescatemos lo esencial de aquellas aventuras teilhardianas para beneficio de la noogénesis actual. Es una deuda ética con la inteligencia digital, reinterpretada su tesis principal. Tal y como Vital Kopp arrancaba en su Nota Preliminar, “el análisis científico de su pensamiento requerirá todavía años, sin que, por ahora, pueda preverse cuál será el resultado de tal labor”. Queda mucho por estudiar y analizar en el corpus teórico de Teilhard, pero es indudable que se puede y debe acudir a sus bases científicas para construir el armazón científico de la inteligencia digital, tal y como propugno como nuevo paradigma científico. Es muy ilusionante acometer esta tarea, que será lenta, de riesgo, pero con un hilo conductor (leit motiv) claro y conciso, utilizando las claves de Monterroso para hacerlo más accesible: el mundo, el cerebro, solo tienen interés si miramos hacia adelante, si se hacen transparentes para el conocimiento humano.

Por otra parte, es indiscutible aceptar que el estado del arte de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación hacen viable esta meta, esta “intuición” investigadora en la construcción de un punto omega hacia el que caminamos digitalmente. Teilhard lo afirmó rotundamente: “El misterio del mundo aparece dondequiera que se logra ver transparente el universo” y esta transparencia es una de las grandes preocupaciones de personas, instituciones y Gobiernos actuales. En definitiva, porque necesitamos saber y la gran oportunidad de hoy, para alcanzar este proyecto de existencia, nos la brindan los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. Esta realidad la demostraremos hasta la saciedad y veremos con aplicaciones prácticas cómo es una verdad incuestionable, en una búsqueda compartida al estilo machadiano: no tú verdad, ni la mía, sino la verdad tal y como se aparece y siente emocionalmente y a nivel de sentimientos hoy, en los cinco continentes.
En el primer capítulo del libro, “El pleito perdido”, se aborda con objetividad la realidad insondable de la bifurcación del creacionismo y del evolucionismo para justificar el origen del ser humano. Cuarenta años después, se debe aceptar que la convergencia es cada día mayor, pero hay un punto de partida donde “el primer motor inmóvil de Aristóteles” (protón kinún akíneton) sigue siendo una realidad para los creacionistas, mientras que la ciencia ha adelantado que es una barbaridad. La reproducción de seres vivos en laboratorio, la mejora intervenida de la especie, el carnet genético, la genómica en definitiva, van dando la razón a las teorías darwinistas chocando, a veces frontalmente, con la bioética trasnochada en su sentido más primigenio. Subrayé, en su momento esta frase: “Hoy día la evolución, incluso la del hombre, es un hecho indudable. Lo único que se resiste todavía a ser captado en términos científicos, es la fuerza motriz que impulsó la progresión ascendente: en una palabra, el cómo de la evolución”. Y en ese cómo andamos todavía, buscando las líneas delgadas rojas entre la investigación de laboratorio y el respeto a las creencias, donde la pregunta del origen del ser humano puede quedar sin responder ante la magnificencia de Dios.

Se desarrolla la historia de un pleito perdido porque de acuerdo con Vital Kopp, “cuando hoy leemos la apologética que en su tiempo se escribió contra Darwin, tenemos la impresión de leer las actas de un pleito perdido”. Y es una cuestión esencial la posibilidad de construir teoría científica respetando la convivencia entre realidad y creencia.

Estoy leyendo simultáneamente otro libro apasionante: “Sobre la inteligencia”, de Jeff Hawkins y Sandra Blakeslee (Espasa, 2005), donde se reafirma su idea de que su gran momento investigador sobre el cerebro y el rol de la inteligencia fue en 1986, cuando se dio cuenta de que la principal función del córtex no era generar comportamientos, sino hacer predicciones”. La memoria juega un papel muy importante desde la estructura cerebral porque predice los comportamientos y, en definitiva, es la base de la inteligencia. ¿Nos ayudará a comprender la visión del punto omega? Lo iremos analizando.

Javier Sanpedro, en la edición de El País, de 6/VIII/2005, analizaba con cierta ironía y sagacidad la siguiente pregunta: ¿Por qué tenemos los mismos genes que un ratón? “Porque la naturaleza humana no es cosa de genes, responderá el místico. Porque nuestros genes parecen los mismos pero no lo son, protestará el técnico. Porque no somos más que ratones, sonreirá el cínico. Expresadas con más solemnidad, y sobre todo con muchas más palabras, éstas vienen a ser las tres reacciones generales a la más chocante paradoja que la moderna genómica nos ha arrojado a la cara: que sólo tenemos 25.000 genes, pocos más que un gusano y muchos menos que una cebolla, y que encima los compartimos con el ratón. El místico, el técnico y el cínico tienen una brizna de razón, no digo que no, pero les voy a proponer otra respuesta mucho mejor. Un siglo de neurología ha demostrado por encima de toda duda razonable que el córtex cerebral, sede de la mente humana, está hecho de módulos especializados. Una lesión localizada puede eliminar las inflexiones gramaticales, las operaciones aritméticas, el tacto social o la capacidad para tomar decisiones, y las modernas técnicas de imagen confirman cada día la naturaleza modular de nuestra mente. Pese a todo ello, hace casi 30 años que el neurólogo norteamericano Vernon Mountcastle se convenció de que el córtex es casi uniforme por cualquier criterio que se considere -el mismo aspecto, la misma organización en seis capas, los mismos tipos de neuronas en cada capa, la misma arquitectura de circuitos- y, en un brillante salto conceptual, propuso que todas las áreas del córtex, los célebres módulos especializados, ejecutan la misma operación. No precisó cuál”.

Es obligado seguir investigando. Seguiremos abordando con visión de futuro estas cuestiones. Solo se trataba de calentar motores para dejar volar a la inteligencia, digital por supuesto.

Sevilla, 16/IV/2006

La esfera de la inteligencia (Noosfera)

En un libro recopilatorio de artículos de Tom Wolfe, El periodismo canalla y otros artículos, encontré en 2001 una referencia a Teilhard de Chardin (a quien debo mi interés manifiesto por el cerebro desde 1964), que tiene una actualidad y frescura sorprendentes: “Con la evolución del hombre –escribió-, se ha impuesto una nueva ley de la naturaleza: la convergencia”. Gracias a la tecnología, la especie del Homo sapiens, “hasta ahora desperdigada”, empezaba a unirse en un único “sistema nervioso de la humanidad”, una “membrana viva”, una “estupenda máquina pensante”, una conciencia unificada capaz de cubrir la Tierra como una “piel pensante”, o una “noosfera”, por usar el neologismo favorito de Teilhard. Pero ¿cuál era exactamente la tecnología que daría origen a esa convergencia, esa noosfera? En sus últimos años, Teilhard respondió a esta pregunta en términos bastante explícitos: la radio, la televisión, el teléfono y “esos asombrosos ordenadores electrónicos, que emiten centenares de miles de señales por segundo”. La cita es lo suficientemente expresiva de lo que Teilhard intentó transmitir a la humanidad a pesar del maltrato que sufrió por la Autoridad competente del momento, tanto científica, como ética y, por supuesto religiosa.

Desde 1964 no he parado de trabajar sobre la Noosfera (del griego “nóos” inteligencia y “sfaíra” (1), esfera: conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven, de acuerdo con la definición de la Real Academia Española, aceptada desde 1984), como tercer nivel o tercera capa envolvente (piel pensante) de las otras dos: la geosfera y la biosfera. Y en esta etapa actual de investigación, que deseo compartir con la malla pensante de la Web, he comprendido muchas claves que la difícil historia de España, en el siglo pasado, no permitían vislumbrar. Teilhard había construido su teoría de la Noosfera, sobre las corrientes científicas de su época. Y era un secreto a voces, desconocido en esta parte de Europa, que su fuente secreta estaba en el científico ruso-ucraniano Vladimir I. Vernadsky: “En mi disertación en la Sorbona de París en 1922–23, acepté la fenomenología biogeoquímica como la base de la biosfera. El contenido de parte de estas disertaciones salió publicado en mi libro Estudios de Geoquímica, que apareció primero en francés en 1924, y luego en una traducción rusa en 1927. El matemático francés y filósofo bergsoniano Le Roy aceptó el fundamento biogeoquímico de la biosfera en tanto punto de partida, y en sus disertaciones en el Collège de Francia en París, introdujo en 1927 el concepto de la noosfera como la fase geológica por la cual atraviesa la biosfera ahora. Él destacaba que llegó a semejante noción en colaboración de su amigo Teilhard de Chardin, un gran geólogo y paleontólogo que ahora trabaja en China. La noosfera es un fenómeno geológico nuevo en nuestro planeta. En él, por primera vez el Hombre deviene en una fuerza geológica a gran escala. Puede y debe reconstruir la esfera de su vida mediante su trabajo y pensamiento, reconstruirla de forma radical en comparación con el pasado. Se abren ante él posibilidades creativas cada vez más amplias. Puede que la generación de nuestros nietos se acercará a su florecimiento.” (fragmento del artículo que escribió Verdnasky en diciembre de 1943. Originalmente lo publicó la revista American Scientist en inglés en enero de 1945, de acuerdo con una investigación recopilada por el Instituto Schiller).

Esta investigación permite deducir que la reinterpretación católica de Teilhard sobre el punto equidistante del creacionismo y evolucionismo, se decantaba por este último avalado por sus descubrimientos del pitecantropus erectus (hombre-mono, erguido) en Pekín. Con una visión deslumbrante acerca de la inmensa tarea que quedaba para descubrir la importancia, por ejemplo, de la revolución digital.

Y esta revolución consiste en agrandar el cerebro de la sociedad, de la humanidad, en clave Teilhardiana. Por ello la inteligencia digital tiene un futuro muy prometedor: “¿No podrían los cerebros individuales conectarse unos con otros, en este caso a través del lenguaje digital de la Web, y formar algo mayor que la suma de las partes, lo que el filósofo y sacerdote Teilhard de Chardin llamó la “noosfera”? Wright no está convencido de que la respuesta sea sí, pero sostiene que la pregunta no es disparatada: “Hablar hoy de la existencia de un cerebro global gigante sigue siendo un disparate. Pero hay una diferencia. Actualmente las personas que hablan del tema lo hacen libremente. Tim Berners-Lee, el inventor de la World Wide Web, ha señalado paralelismos entre la Web y la estructura del cerebro, pero insiste en que el cerebro global no es más que una metáfora. Teilhard de Chardin, por el contrario, afirmó que la humanidad está constituyendo un cerebro real, como el de nuestras cabezas, pero de mayor tamaño” (2).

Se abre una esperanza nueva para la investigación. En las claves de Vernadsky (¿el primer ecologista?), Le Roy, Bergson y Teilhard, hay mucho que investigar. Lo que parece innegable es la capacidad del ser humano actual para constituir una malla humana excelente para intercambiar las grandes preguntas sobre la vida y la muerte, eso sí, mirando solo hacia adelante y extendiendo las redes neuronales desde la emergencia del ser humano al comienzo de cada vida.

Sevilla, 15/IV/2006

(1) Es muy interesante la quinta acepción de “esfera” aceptada por la Real Academia Española: “5. fig. Ámbito, espacio a que se extiende o alcanza la virtud de un agente, las facultades y cometido de una persona”, RAE, Diccionario de la Lengua española, 2001.
(2) Johnson, S. (2003).Sistemas emergentes, Madrid: Turner-FCE, 103s.

Semana Laica

Estamos viviendo la denominada Semana Santa en el calendario de las fiestas religiosas cristianas, en lenguaje Microsoft. Así aparece en los asistentes personales digitales (PDA), para programar con tiempo las fiestas correspondientes a las tres religiones monoteístas. No podemos negar que la ingeniería digital está en todo. Los sistemas emergentes ratifican a diario, que incluso en las semanas laicas (cualquiera del año) la sociedad se organiza habitualmente en torno a lo que le interesa, es decir, dan lugar a comportamientos inteligentes. Sevilla se organiza durante todos los días de las semanas “laicas” con las miras puestas en la “Semana Santa”, la única, la principal del año, la definitiva, la que propicia cartelería indicativa como la que conocí hace muchos años en un pueblo del Aljarafe, en una pizarra “dedicada”, que decía: “faltan 264 días para el Rocío”.  Y cada día, con tiza y borrador, se diseñaba de forma humilde la cuenta atrás de la alegría…

El mundo solo tiene interés hacia adelante y los sistemas emergentes, de abajo hacia arriba siguen marcando las pautas de comportamiento colectivo. Cada uno sabe de lo suyo. Las agencias de viaje, atómicas ó digitales, organizan también esta semana a lo laico, es decir, sin ferias ni festejos cristianos, judíos y musulmanes, preparando una escapada para compensar la fuerza de lo santo. El azahar de Sevilla actúa como feromona atrayente para distribuir trabajos muy bien estandarizados. Sin tocar a quien organiza el mayor espectáculo del mundo, porque los de abajo conocen su misión. Tienen oficio. La música sacra de las bandas que han estado preparando sus salidas en semanas laicas, para la semana santa, actúa de catalizador para conducir a las masas que se trasladan en clave de “bulla” hacia alguna parte. Familias enteras de los barrios deshechos por el boom inmobiliario que vuelven en esta Semana Santa a su lugar de origen para recuperar las señas de identidad que les arrancó la especulación y su mejor nivel de vida, aunque hayan perdido el valor del contacto familiar y de la vida compartida en las aceras, porque viven en estado de alerta en los nuevos adosados que ni siquiera tienen parroquia al lado, blindados por la inseguridad ciudadana. Con la excusa de la “Semana Santa”, de su cofradía de toda la vida, de su “Señor ó Señora de Sevilla”, vuelven para recuperar aunque solo sean unas horas, sus tiendas, sus colegios, sus plazas, sus aceras de siempre, donde se hacía eso, la vida. Es decir, sus días laicos, sus semanas laicas, donde solo tiene sentido ese Jesús de la agonía que era la fe de sus mayores, como decía Antonio Machado. Las aceras existen, en definitiva, para crear el “orden complejo” de la ciudad, como afirma Steven Jonson en el libro que comento más adelante.

Hoy, las aceras de Andalucía, funcionan como soporte de interacciones sociales viendo las procesiones. Aunque desde la inteligencia digital siempre me ha encantado saber que Jesús de Nazareth, en su ataque continuo de humanidad, se cansaba y se dormía, porque estaba hecho polvo, en el cabezal del barco (Mc 8,23). En silencio. Comprendiendo el valor de cada día laico y lo que cuesta vivir tranquilo con uno mismo. El que permite que juntos, desde la base, sigamos construyendo una nueva forma de ser en el mundo, en cada segundo, minuto, hora, día, semana y acera, laicos.

Continúo con la lectura de mi libro de cabecera en esta Semana: “Sistemas emergentes”, de  Steven Jonson (Turner-Fondo de Cultura Económica). Se me han ocurrido muchas cosas tras la reflexión a la que me han llevado sus primeras páginas. Y con motivo de esta cita puntual, deseaba transformar la realidad del Miércoles Santo en un día normal, laico, reinterpretando lo que ocurre a mi alrededor. Es que el subtítulo es para no dejar tranquilo a nadie: “O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software”. Casi nada: inteligencia digital compartida.

Sevilla, 12/IV/2006