¿Oísteis? La luz se pierde. Se hunde la barca en la noche. Sólo la mar permanece.
Rafael Alberti, en Pleamar (1942-1944)
Sevilla, 18/VI/2023
Hace casi 46 años que publiqué un artículo en El Correo de Andalucía, en su página de opinión, Lo que piensa el mar, que leído de nuevo y con las actualizaciones de género y contexto necesarias, podría recobrar su actualidad plena, porque hoy puede ser una reflexión importante sobre el sentido de la vida cuando se inicia el verano. Así lo presento de nuevo:
Sentarse frente al mar es como asistir a un espectáculo permanente, a teatro lleno. Las personas se acercan a él en una cita anual, junto a la frontera de la tierra. Los niños y niñas lanzan sus cometas al aire, en un encuentro con el cielo sin diálogo de palabras. Si se mezclan con la tierra, son los mejores alfareros. ¿Quién no ha visto a un niño o una niña modelar su castillo de arena? Hay veces que el agua, en sucesivas oleadas, va deshaciendo una ilusión, un proyecto, ante los ojos sabios de cualquier criatura.
No importa, siempre se puede construir de nuevo. Cuando se contempla esta parte del espectáculo, pienso en nuestras ilusiones, castillos en el aire, que la vida regala de vez en cuando como el mejor obsequio a ese niño o niña que todos llevamos dentro. El auténtico desencanto surge ante las oleadas de problemas e insatisfacciones que erosionan paulatinamente fe y obras. ¡Y qué difícil es recomenzar! Al menos, esta cita con el mar te recuerda que la felicidad y la alegría hechas castillos, suponen una atención, un trabajo y una vigilancia constante.
Esta es una reflexión fugaz de una persona junto al mar. Pero, ¿qué piensa el mar del espectáculo de los veraneantes? Si todo lo anterior puede tener un molde clásico de vivencias, esta pregunta -aparentemente inocente– cuestiona la esencia y la existencia de cada ser humano, fundamentalmente porque al mar lo conocemos más por sus frutos, que por elucubraciones estériles.
Creo que aquí radica el éxito de su espectáculo: entiende el silencio de cada persona, en contraposición al ruido del mundo; entiende el diálogo porque calla y sabe escuchar; tiene siempre una habitación interior para todos, frente al mundo superficial. Piensa, por último, sobre las personas, sin herirlas. Y si alguna de sus reacciones no las entendemos, es preferible callar e intentar comprender, porque, incluso las personas, con un cerebro a punto, también desencadenamos cataclismos incomprensibles. El mar, mientras piensa, nos contempla en situación de misterio.
Lo que lo que está ocurriendo hoy en el mar Mediterráneo, que se convierte casi de continuo en sepultura de miles de migrantes, cobraría un sentido importante si fuésemos capaces de entablar este verano algún contacto con cualquier mar u océano para saber qué piensa de estas tragedias. A mí me lo aconsejó un día ya muy lejano Rafael Alberti, a través de su libro «Pleamar», dedicado a su hija Aitana, «en estos años tristes, mi más bella esperanza». Hoy, lector o lectora de este cuaderno digital, me he permitido hacerte esta sugerencia. Nada más. Gracias.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Al-Idrisi, Mapamundi perteneciente a la Tabula Rogeriana (i) / América invertida, dibujo de Joaquín Torres García, 1943, Museo Juan Manuel Blanes, Montevideo (d).
Sevilla, 13/VI/2023
Aprendí de la voz de Mario Benedetti, hace ya muchos años, que debía tomar conciencia de que el Sur también existe en el mundo, aunque el Norte seguía haciendo de las suyas desde que el mundo es mundo, […] con sus predicadores / sus gases que envenenan / su escuela de chicago / sus dueños de la tierra / con sus trapos de lujo / y su pobre osamenta / sus defensas gastadas / sus gastos de defensa / con su gesta invasora / el norte es el que ordena […]. Después, supe a través de Luis Cernuda, el poeta universal nacido en Sevilla, en un artículo publicado en 1931 sobre “José Moreno Villa o los andaluces en España”, que “Andalucía, ya se sabe, es el Norte de España; pero no la busquéis en parte alguna, porque no estará allí. Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos dentro”. Es una metáfora preciosa basada en la actitud transformadora del aquel poeta malagueño, olvidado por muchas personas instaladas en el síndrome del Sur o que sufren el complejo territorial español de nuevo cuño, por mucho que Mario Benedetti se esforzara en resaltar las virtudes de esta localización privilegiada.
Lo que no conocía es que hace no sólo años, sino siglos, un geógrafo, botánico y polígrafo de origen andalusí, concretamente malagueño y nacido en Ceuta, Al-Idrisi (1100-1165), tal y como lo cuenta Eduardo Galeano en su obra Patas arriba. La escuela del mundo al revés, hizo una interpretación invertida del Universo: En el siglo doce, el geógrafo oficial del reino de Sicilia, Al-Idrisi, trazó el mapa del mundo, el mundo que Europa conocía, con el sur arriba y el norte abajo. Eso era habitual en la cartografía de aquellos tiempos. Y así, con el sur arriba, dibujó el mapa sudamericano, ocho siglos después, el pintor uruguayo Joaquín Torres García. Nuestro norte es el sur, dijo. Para irse al norte, nuestros buques bajan, no suben. Si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darle vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?
Hoy, un día después de haberme desvinculado de la suscripción al diario El País, descubro en él, de nuevo, en abierto (todos los trabajadores y colaboradores no son iguales…), una columna de mi admirada escritora Irene Vallejo , Ser sur, en la que recoge esta visión tan peculiar del mundo que ya imaginó Al-Idrisi y que más tarde dibujó Joaquín Torres García: “El sur se ha convertido en categoría ideológica, más que cartográfica, el modo en que los centros de poder describen la periferia. En rigor, todas las posiciones son relativas: cada lugar es a la vez norte, sur, este y oeste, dependiendo de dónde se sitúe quien observa. Pero predomina el punto de vista septentrional, y hasta el lenguaje expresa preferencias: “Perder el norte” es sinónimo de conductas erráticas y desvaríos. Ahí nace el tópico de ese sur que disfruta ventajas no ganadas —el sol, el clima, la exuberancia— y sufre penitencias merecidas —pobreza, emigración—. Sin embargo, en un planeta esférico no hay un arriba y un abajo, ni superioridad o inferioridad. Todos los puntos son iguales. No existe ninguna razón científica para ubicar el norte por encima del sur, más allá de la mirada de los exploradores europeos. La historia explica mejor que la geografía las coordenadas de nuestros prejuicios”.
Andalucía, la del Sur, la que siempre está presente en estereotipos del Norte, también del mundo guiri, tiene a veces un serio problema con su pasado porque suele olvidar habitualmente lo que es meritorio y digno. Es el caso de José Moreno Villa, poeta, articulista, crítico, historiador de arte, documentalista, dibujante y pintor español, citado anteriormente y a quien casi nadie conoce, como ejemplo de otro andaluz extraordinario que hizo de la poesía un arte para vivir y convivir en este país, más allá de los complejos del Sur. Lo leí en cierta ocasión en un artículo muy interesante de James Valender, publicado por la revista “Residencia de Estudiantes”: “En 1957, en sus Estudios sobre poesía española contemporánea, Luis Cernuda publicó unas duras palabras sobre la suerte que, según él, le esperaba a la obra poética de Moreno Villa: «La pobreza, la ignorancia, la indiferencia de nuestro ambiente literario han hecho que este poeta sincero y tan auténtico no recibiera nunca la atención que por lo menos merece. Y en cuanto a esperar que las generaciones venideras enderecen la injusticia cometida en su caso, sería esperar demasiado; entre nosotros la literatura no tiene, cuando la tiene, sino actualidad». Ha llegado el momento para que tal triste profecía quede por fin desmentida” (1), porque es verdad que “Andalucía, ya se sabe, es el Norte de España; pero no la busquéis en parte alguna, porque no estará allí. Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos dentro”.
Irene Vallejo lo explica muy bien en su artículo, cuando ensalza el resurgir del sur, con el encanto que Al-Idrisi, Luis Cernuda, José Moreno Villa o Joaquín Torres García, entre otros ensalzadores del Sur, lo hicieron desde que el mundo es mundo, según cuenta la historia: “El artista uruguayo Joaquín Torres García desafió en 1943 los preceptos cartográficos y mentales con su dibujo América invertida, donde la Patagonia apunta, como una cúspide, hacia arriba. Escribió: “Ahora le damos la vuelta al mapa, y así tenemos una idea verdadera de nuestra posición. El sur es nuestro norte”. Revolucionando el atlas, José Saramago imaginó en La balsa de piedra la península Ibérica como isla flotante rumbo a Sudamérica. La rebelde Mafalda, ante el globo terráqueo, se preguntaba qué habrán hecho ciertos pobres sures para merecer ciertos nortes. No olvidemos que esos territorios vilipendiados inventaron el alfabeto, la democracia y las constituciones, la moneda, la historia, el teatro, la filosofía y la física, la ciudadanía y el derecho internacional, innumerables corrientes artísticas, el realismo mágico, una cierta sabiduría en el vivir. Para la escritora Adelaida García Morales, El sur era el lugar anhelado, la promesa de otro mundo posible. Frente a magas y agravios, necesitamos como Odiseo antídotos que desafíen los apodos de la piara. No hay esquinas en una esfera, ni existen en este planeta lugares “suralternos”: aún queda soñar y navegar rumbo al resurgir del sur”.
Cuando leía la referencia de Irene Vallejo a la película de Víctor Erice, El Sur, según el guion de Adelaida García Morales, leído por mí en varias ocasiones precisas, he recuperado también de mi memoria de secreto la admiración por aquella obra cinematográfica de gran calado emocional, porque siendo un niño andaluz en Madrid, toda mi ilusión era volver un día a esta tierra, soñando que volvería al Sur, navegando, como dice ella, rumbo al resurgir de esta Comunidad, a la que tanto quiero.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos (1914) / Archivo Fundación Federico García Lorca – Centro Federico García Lorca
Sevilla, 5/VI/2023
Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que éste es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida.
Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros
Estuve en 2016 en Fuente Vaqueros (Granada). Fue un momento mágico la visita a la casa natal de Federico García Lorca, recorriendo los rincones donde nació un poeta de mi persona de secreto y de todos, en determinados momentos muy especiales. Estaban allí sus cosas, su alma. Subí a la primera planta, el antiguo granero, y me encontré una exposición temporal inaugurada el 5 de junio, en conmemoración ritual del día de su nacimiento en 1898, sobre la relación hermosa, personal y profesional, con un pintor de Huelva, José Caballero, al que tuve la oportunidad de conocer personalmente a principios de los años ochenta.
Señalo a continuación mis frases marcadas, sin comentario alguno para no contaminar su auténtico sentido. Las entrego a la Noosfera, en un territorio concreto, España, por si hay alguien interesado en valorar el poder de la educación, de la cultura, de la lectura, que es lo que hace libres a los seres humanos. Un regalo con estela, como tantas veces he escrito, como aprendí de mis antepasados.
Vuelvo a publicar aquellas sensaciones anímicas en una visita emocionante, en un cumpledías muy especial. ¿Qué sentía García Lorca por su pueblo? Recordé la alocución dedicada a sus paisanos, con motivo de la inauguración de una humilde biblioteca pública, probablemente en septiembre de 1931, porque su contenido es una magnífica referencia actual al poder que pueden alcanzar las personas a través de la cultura. Compré una edición muy cuidada de la citada alocución, “barata” en el sentido que el poeta daba a esta palabra, no confundiendo valor y precio, con objeto de volver a leer y releer sus palabras y traerlas al imaginario actual previo a las próximas elecciones generales del 23 de julio. Dicho y hecho.
Ideas para un país nuevo, gracias a García Lorca
1. Siempre todas mis conferencias son leídas, lo cual indica mucho más trabajo que hablar, pero al fin y al cabo, la expresión es mucho más duradera porque queda escrita y mucho más firme porque puesto que puede servir de enseñanza a las gentes que no oyen o no están presentes aquí. 2. Los pueblos que viven solamente apegados a la tierra tienen únicamente un sentimiento terrible de la muerte sin que haya nada que eleve hacia días claros de risa y auténtica paz social. 3. Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, viven, miran, comen, pero están muertos […] porque tiene el alma muerta [… porque no tiene amor, ni un germen de idea, ni una fe, ni un ansia de liberación, imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así. 4. Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta Biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada. No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? ¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida. Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz. Y no olvidéis que lo primero de todo es la luz. 5. Ya lo dijo el sagacísimo Voltaire: Todo el mundo civilizado se gobierna por unos cuantos libros: La Biblia, El Corán, las obras de Confucio y de Zoroastro. Y el alma y el cuerpo, la salud, la libertad y la hacienda se supeditan y dependen de aquellas grandes obras. Y yo añado: todo viene de los libros. La Revolución Francesa sale de la Enciclopedia y de los libros de Rousseau, y todos los movimientos actuales societarios comunistas y socialistas arrancan de un gran libro, del Capital, de Carlos Marx. 6. La humanidad empujaba misteriosamente a unos cuantos hombres para que abrieran con sus hachas de luz el bosque tupidísimo de la ignorancia. Los libros que tenían que ser para todos eran por la circunstancias objetos de lujo, y sin embargo son objetos de primera necesidad. 7. Se dice que el dolor de saber abre las puertas más difíciles. Y es verdad. 8. Pero con ser esto magnífico [el Renacimiento], el paso grande lo daba el editor Cristóbal Plantino en Amberes. Era de aquella casita con su patinillo cubierto de hiedras y sus ventanas de cristales emplomados, de donde salía la luz para todos con el libro barato y donde se urdía una gran ofensiva contra la ignorancia que hay que continuar con verdadero calor, porque todavía la ignorancia es terrible y ya sabemos que donde hay ignorancia es muy fácil confundir el mal con el bien y la verdad con la mentira. 9. El libro deja de ser un objeto de cultura de unos pocos para convertirse en un tremendo factor social. […] Porque contra el libro no valen persecuciones. Ni los ejércitos, ni el oro, ni las llamas, pueden contra ellos; porque podéis hacer desaparecer una obra, pero no podéis cortar las cabezas que han aprendido de ella, porque son miles y, si son pocas ignoráis dónde están. 10. Cada día que pasa las múltiples casa editoriales se esfuerzan en bajar los precios, y hoy ya está el libro al alcance de todos en ese gran libro diario que es la prensa, en ese libro abierto de dos o tres hojas que llega oloroso a inquietud y a tinta mojada, en ese oído que oye los hechos de todas las naciones con imparcialidad absoluta; en los miles de periódicos, verdaderos latidos del corazón unánime del mundo. 11. Es preciso […] que los maestros se esmeren en no enseñar a leer a los niños mecánicamente, como hacen tantos por desgracia todavía, sino que les inculquen el sentido de la lectura, es decir, lo que vale un punto y coma en el desarrollo y forma de una idea escrita. 12. Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que este es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida. 13. Y que es preciso que los pueblos lean para que aprendan no sólo el verdadero sentido de la libertad, sino el sentido actual de la comprensión mutua y de la vida. 14. […] y no olvidéis este precioso refrán de un crítico francés del siglo diecinueve: «Dime qué lees y te diré quién eres» [François Mauriac].
Así lo dijo García Lorca. Para que no se olvide, porque en aquella alocución nos indicó algo transcendental que envuelve el momento crucial de depositar nuestro voto en las próximas elecciones generales del 23 de julio: “no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y éste es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida”.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
A través de mi admirado escritor con compromiso social activo, Manuel Rivas, he conocido un manifiesto precioso publicado en la revista gallega Luzes, El señor Brecht, después de las elecciones, a modo de editorial, en torno a su famoso poema A los que vendrán después, que me ha conmovido por su profundidad en el mensaje expuesto, con una traducción personal del gallego, por la que pido de antemano disculpas si no recoge en alguna de sus palabras y frases el auténtico espíritu gallego con el que está escrito: “Quien vivió la experiencia de la lucha antifascista, al mismo tiempo que Brecht fue, en muchos casos, gente indómita que tuvo el coraje de no sucumbir ante la pesada maquinaria de un terror nunca visto. Por eso el texto dedicado a las generaciones futuras tiene tanta vigencia y utilidad contemporánea. Es el testimonio de alguien que luchó en las circunstancias más adversas, sí, pero que tiene el doble coraje de darle la vuelta al espejo y ver el lado oscuro. Esa zona de sombra que malogró y, malogra, tantas experiencias que nacen con un propósito liberador y son destruidas por la práctica sectaria. Y no hay excusas. Pedir indulgencia a los que van a nacer después es la forma más inteligente de decirles: no hagáis lo mismo. O para decirlo con la ironía de un brechtiano gallego: «No vuelvas a cometer errores equivocados».
Le devuelvo la palabras a Bertolt Brecht, para leer con detalle su poema y no sólo interpretarlo (En Poemas– 1913–1956, trad. de A. Marcos)
A los que vendrán después
1
Realmente vivo en tiempos sombríos. La inocencia es locura. Una frente sin arrugas denota insensibilidad. El que ríe es porque todavía no ha oído la terrible noticia. ¡Qué tiempos son estos, en que hablar sobre árboles es casi un crimen porque implica silenciar tanta injusticia! Ese, que cruza tranquilamente la calle, ¿será encontrado cuando los amigos necesiten su ayuda? Es verdad que todavía me gano el sustento, pero creedme: es por casualidad. Nada de lo que hago justifica que yo pueda comer hasta hartarme. Las cosas todavía me van bien (si la suerte me abandonase, estaría perdido). Me dicen: “¡Come, bebe, alégrate por lo que tienes!” Pero… ¿cómo puedo comer y beber si estoy arrebatando al hambriento su comida, y mi vaso de agua le falta al sediento? Y sin embargo continúo comiendo y bebiendo. Me gustaría también ser sabio. Los libros antiguos nos hablan de la sabiduría: consiste en apartarse de los problemas del mundo y, sin temores, dejar que transcurra tranquilamente el tiempo de nuestra breve vida en la tierra, pagar el mal con el bien, no satisfacer nuestros deseos, sino desecharlos. He aquí lo que llaman sabiduría. Pero yo no consigo hacer tales cosas. Verdaderamente vivo en tiempos sombríos.
2
Llegué a las ciudades en tiempos conflictivos cuando reinaba el hambre, me mezclé entre los hombres en época turbulenta y me rebelé con ellos. Así fue transcurriendo el tiempo que me fue concedido en la tierra. Comí mi pan en medio de batallas, dormía entre asesinos, traté despreocupadamente los asuntos amorosos, y fui impaciente con la naturaleza. Así fue transcurriendo el tiempo que me fue concedido en la tierra. En mi época todos los caminos conducían al fango, mis palabras me traicionaban ante el verdugo, yo era poca cosa. Pero pienso que los gobernantes se sentían más seguros sin mí. Así fue transcurriendo el tiempo que me fue concedido en la tierra. Nuestras fuerzas eran escasas, la meta se hallaba distante y aunque podía distinguirse claramente, me parecía que yo tal vez no la alcanzaría. Así fue transcurriendo el tiempo que me fue concedido en la tierra.
3
Vosotros, que surgiréis del marasmo en que nosotros nos hemos hundido, acordaos también, cuando habléis de nuestras flaquezas, de los tiempos sombríos de los que os habéis librado. Cambiábamos más frecuentemente de país que de zapatos, a través de las guerras de clases, desesperados, porque reinaba la injusticia y nadie se indignaba. Bien sabemos que el odio contra la ruindad deforma el rostro y la rabia contra la injusticia enronquece la voz. ¡Ah!, nosotros, que queríamos preparar el terreno para la bondad no pudimos ser bondadosos. Pero vosotros, cuando llegue el momento en que el hombre sea bueno para el hombre, acordaos de nosotros con comprensión.
Junto con la lectura completa del Manifiesto citado y publicado en Luzes, volviendo de esta lectura a nuestros asuntos, de forma destacada a las próximas elecciones generales del 23 de julio, invito a repasar algunas ideas de este poema de Brecht, porque creo que tienen una actualidad extraordinaria de principio a fin. Ante los resultados obtenidos por la izquierda el pasado 28 de mayo, podemos tener la tentación, como expresa Brecht, de hacer “algo verdaderamente sabio”, apartarnos “de los problemas del mundo / y, sin temores, / dejar que transcurra / tranquilamente / el tiempo de nuestra breve vida en la tierra, / pagar el mal con el bien, / no satisfacer nuestros deseos, sino desecharlos. / He aquí lo que llaman sabiduría. / Pero yo no consigo hacer tales cosas. / Verdaderamente vivo en tiempos sombríos». Tal cual, siento en la actualidad nuestro estado del arte político de la izquierda en nuestro país. Por si nos quedaban dudas, en la segunda parte del poema aborda con un estribillo recurrente, Así fue transcurriendo el tiempo / que me fue concedido en la tierra, los avatares de la vida diaria, que pueden ser los nuestros, los tuyos, los míos, los de todos, incluso los que a algunas personas nos han llevado a lo largo de la vida a soñar en que el mundo puede transformarse, no sólo cambiarse, como decía Feuerbach, en beneficio del interés general de todos, de su bienestar con mayúscula, reconociendo a estas alturas de la película social, de miedo, que “Nuestras fuerzas eran escasas, la meta / se hallaba distante / y aunque podía distinguirse claramente, me parecía / que yo tal vez no la alcanzaría». Tal cual.
De estos antecedentes viene las hermosas palabras del Manifiesto que he conocido a través de Manuel Rivas, dichas en gallego también y que traduzco de nuevo, referidas a versos de la tercera y última parte del poema: “No, no se puede «preparar al mundo para la cordialidad» con intransigencia, odio y política de facciones. Antes de luchar por el poder, conviene preguntarse para qué se quiere el poder. Sea en el ámbito que sea. No se puede ganar la confianza del electorado cuando el campo propio está lleno de gente herida por la desconfianza. Las elecciones siempre son buenas para aprender. En Galicia existen hoy depósitos de esperanza que permiten vislumbrar un nuevo ecosistema político, más inclusivo, democrático y de autogobierno eficaz. El nacionalismo supo hacerse más cordial, ampliando sus coordenadas sociales y su presencia geográfica. La herencia de las mareas, allí donde prevalecía el espíritu de unión. Y la imprescindible reanimación del espacio socialista en Galicia, con la responsabilidad de «preparar el país para la cordialidad», frente a la «guerra fría» en que la extrema derecha está convirtiendo la política. En la incertidumbre, está el peligro cierto de que prevalezca el retroceso y la descivilización. La mejor respuesta es tejer un pacto alternativo de sociedad decente, de cordialidad democrática”.
Me encantaría transmitir hoy a las generaciones que nacen ahora, a los más jóvenes del país, que en esa tercera parte del poema hay un sentimiento de esperanza fundada en que no se repita la parte más triste de la democracia, la del desencuentro humano llevado hasta límites que tenemos cerca, en Europa, en África, con sus guerras intestinas, y ante el ocaso de la democracia por múltiples factores, con un avance imparable de las derechas más extremas, como ya está ocurriendo en nuestro país, donde las descalificaciones groseras, los bulos más insultantes e infames, junto a las noticias continuamente falsas, inundan los medios de comunicación y las redes sociales, ante un sentimiento generalizado de que “a mí que no me llamen”. Sabemos que muy cerca de nosotros, en nuestros barrios, en nuestra ciudad, en nuestra provincia, en nuestra Comunidad, en nuestro país, reina muchas veces la injusticia y como decía Brecht “nadie se indigna”, se sigue votando a quienes nos hacen daño personal y social, abandonando los cuidados mínimos del Estado de Bienestar. Los que estamos preocupados sabemos que nos pasa: “Bien sabemos que el odio contra la ruindad / deforma el rostro y la rabia contra la injusticia / enronquece la voz”. También, la tentación de abandonar el barco del desencanto y la desafección en el momento más delicado para seguir navegando hacia el Bien Común.
Es en estos momentos cuando Brecht finaliza su poema dejándonos un mensaje para pensarlo detenidamente, sobre todo cuando estamos ante la cuenta atrás de las elecciones generales del 23 de julio, algunos seguimos pensando que hay que preparar el terreno para la bondad, para la cordialidad, que dice el mensaje gallego y porque sabemos que si finalmente no pudiéramos conseguir vencer en las citadas elecciones desde una posición de progreso, de izquierda unida, para que no sea vencida, nunca se debería abandonar esa bondad humana, porque los que vendrán después, deben saber que llegará el día en que personas caminarán por las anchas alamedas de libertad, que decía Salvador Allende, o lo que es lo mismo desde la óptica de Brecht: “cuando llegue el momento / en que el hombre sea bueno para el hombre”, los que vienen después de nosotros deberán acordarse de nosotros con comprensión. Porque lo intentamos. Ese es nuestro reto, nuestro deber político pendiente a la hora de votar el 23 de julio de 2023. Para que no se olvide, ni siquiera un momento.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
La semana pasada asistí en un teatro de barrio de esta ciudad, Távora, en el Cerro del Águila, a una representación especial por parte de la Compañía Hartateatro, de una obra excelente en su producción, dirección e interpretación, con un título que tiene muy presente la vida y obra de Federico García Lorca, Enlorquecidas. Una obra original de Marta Ocaña basada en textos del poeta granadino en los que la presencia de sus mujeres tenía un sentido especial. Su sinopsis oficial no deja lugar a dudas sobre su fondo y forma: “Siete mujeres vienen a darle voz a aquellas nacidas de manos de Lorca a través de palabras, cante, baile y música en vivo de la mano del flamenco. Mujeres que, como todas nosotras, han nacido en un entorno de opresión con marcados roles de género. Como dijo Juan en Yerma, “las ovejas en el redil y las mujeres dentro de sus casas”. Cada una de ellas atraviesa un mismo camino lleno de vidas condicionadas por el deber de una mujer, la felicidad de una boda, la crítica de un pueblo o el latido de unos caballos con un deseo que no se apaga. Celos, juicio y opresión que despiertan la necesidad de un cambio hacia la comprensión y la libertad de la mujer”.
También presentan en síntesis su puesta en escena: “Enlorquecidas hace un recorrido desde una energía sombría, llena de colores oscuros, hasta la aparición de colores vivos, como símbolo de libertad. Bernarda Alba ya dijo “Ojalá tardéis muchos años en pasar el arco de mi casa” y Julieta en El Público “No he tropezado con una amiga en todo el tiempo, a pesar de haber cruzado más de tres mil arcos vacíos”. Esta obra invita, precisamente, a un viaje a través del “arco”. Un arco que nos llama hacia el cambio. Un camino que se muestra a través de las mujeres y sus ropas, y de sillas en movimiento, que forman parte de ese mundo sin luz. Elementos que ayudan a estas mujeres atemporales en su transformación a lo largo de la obra. Todo ello acompañado en directo por el flamenco con música en vivo”.
Me pareció una representación excelente, conjuntada y reivindicativa de principio a fin, utilizando el quejío de siete mujeres en diferentes roles que llevaban a Lorca dentro. Procuré experimentar sensaciones especiales como escuchaor de sus palabras, de su cante, de su baile, de su danza, de sus lamentos, de sus gritos, de sus quejíos. Un ambiente especial se respira en el Teatro Távora, un teatro de barrio de los que amaba Mozart, como lo expresó de forma rotunda al estrenar en uno de Viena su ópera maravillosa La Flauta Mágica, frente a otras posibilidades de haberlo hecho en teatros reales, de la Corte, que en Viena eran tan importantes.
Me sentí escuchaor de esta obra extraordinariamente representada por el elenco de la Compañía Hartateatro, porque las personas que vivimos en Andalucía, que respetamos su identidad, es decir, su extraordinaria «superficie espiritual», que decía García Lorca, sobre todo porque llevamos la luz con el tiempo dentro, como Juan Ramón Jiménez definía a Moguer, su pueblo y las personas que vivían en él, hemos aprendido a escuchar la vida de nuestro alrededor y llevarla a la poesía, al cante, al baile, al sentir cotidiano y Enlorquecidas rescata a García Lorca en su reivindicación del papel de la mujer en el mundo desde Andalucía. Luis Cernuda, contemporáneo suyo, hizo un retrato precioso del andaluz porque somos un enigma a pesar de la luz interior que el dolor de nuestra historia no olvida, siempre con el tiempo dentro, amor desbordante, pasión en nuestra música que acompaña siempre la alegría y calma el dolor, que compartimos hasta buscar la luz con el tiempo fuera, como escuchaores y escuchaoras de todo lo que se canta con el dolor de esta tierra, como como le gustaba decir a Antonio Mairena: ¨[…] la actitud experimental , la búsqueda, la inquietud y la curiosidad, son cualidades imprescindibles para ser y hacer flamenco. La cantaora y el bailaor, la guitarrista o el fotógrafo que intenta captar el duende inaprensible, así como el oyente o escuchaor que diría Antonio Mairena- buscan -o deberían buscar- no salir indemnes de la experiencia. Quiero decir con ello que el flamenco no resbala por la piel, sino que la modifica para siempre. Es un elogio de la caricia o, si quieren, una exaltación del impacto” (1). Con las letras de su cante jondo, desgarrado, como el que se cantó durante la representación de esta obra de raíces lorquianas, que escucho siempre con atención reverencial para seguir luchando y viviendo en pleno siglo XXI, porque el quejío del flamenco, como escuchaor, no resbala por mi piel, sino que la modifica para siempre. He comprendido bien que escuchar el dolor actual de esta tierra, de las mujeres “enlorquecidas”, es un elogio de la caricia o, si quieren, una exaltación de su impacto en mi alma de secreto, para honra de Andalucía y sus gentes, tal y como lo aprendí de las palabras de García Lorca pronunciadas hace tan solo cien años, en el primer Concurso de Cante Jondo, “canto primitivo andaluz”, tal y como rezaba en el cartel promocional del evento, celebrado en Granada en los días 13 y 14 de junio de 1922.
Escuché durante la representación, dos veces, una canción sefardí que García Lorca rescató en una letra que se hizo muy popular: La Tarara, sí; / la tarara, no; / la Tarara, niña, / que la he visto yo. // Lleva la Tarara / un vestido verde / lleno de volantes / y de cascabeles […] Con esta canción, tan querida por el pueblo, se demostró de forma sencilla que no hay fronteras ni murallas cuando abrimos el corazón a la cultura. Una sencilla canción rememoró en nuestra memoria de hipocampo el contenido de una letra cuya melodía se la debemos a músicos árabes que vivieron durante siglos en Andalucía, en Sevilla. La letra era otra cuestión, aunque todos coincidíamos en la versión que nos regaló García Lorca en 1931, en su andar de compromiso activo, del timbo al tambo, por estas tierras españolas de Dios: La Tarara, sí; / la tarara, no; / la Tarara, niña, / que la he visto yo. // Luce mi Tarara / su cola de seda / sobre las retamas / y la hierbabuena. // Ay, Tarara loca. / Mueve, la cintura / para los muchachos / de las aceitunas.
Cuando salí del Teatro Távora, saboreando lo que allí había escuchado y visto, recordé mi viaje a Viena en 2007, a través de la mirada de Papageno en su puerta del teatro sobre el río Viena, mi querido Teatro de barrio, libro que publiqué en 1987, en cuya contraportada figuraba Papageno, como homenaje a este protagonista excelso de La flauta mágica, sintiéndose cómplice del movimiento de la Secesión, A cada época su arte, al arte su libertad, situado personalmente a escasos metros de su deteriorada figura, cubierto de plumas y con su inseparable jaula para meter/sacar los pájaros encantados sin saber nunca a qué tipo de pájaros –uccellaci o uccellini, pasolinianos- se estaba refiriendo en su larga andanza desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Lo contemplé en aquel viaje durante bastantes minutos y cerrando los ojos imaginé el día del estreno de su maravillosa ópera, el 30 de septiembre de 1791, dos meses antes del fallecimiento de Mozart, dirigiéndola en un teatro muy sencillo, de un barrio alejado del Anillo Real y de la Iglesia Oficial de Viena. Así, hasta contemplarlo hoy de nuevo en mi mente, cuando vuelvo con Enlorquecidas a un teatro de barrio, el Távora, muy especial y querido en Sevilla.
(1) Ordóñez Eslava, Pedro, Flamenco y vanguardia. En un instante, un quejío y un anhelo, en Andalucía en la historia, 74, 2022, p. 41.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Hoy, un día clave para la democracia en nuestro país, en el que se vota para elegir a representantes políticos en 12 autonomías y 8.131 ayuntamientos, he recordado de nuevo unas palabras preciosas de Juan Ramón Jiménez, poeta al que tanto admiro, a modo de introducción a su querido diario como poeta recién casado (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia!-, porque resumen perfectamente el cuidado extremo que debemos observar con nuestras responsabilidades individuales y colectivas en este día grande para la democracia:
¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!
Es difícil encontrar un prontuario de cómo actuar de forma responsable en tiempos difíciles para la política digna, pero estas palabras de Juan Ramón Jiménez descubren todos los ámbitos de la vida de cada persona que ahora, más que nunca, deberíamos tener en cuenta mediante actos responsables, personales e intransferibles. Un día como hoy, en el que se vota, como debería ser al fin y al cabo cada día, encierra también todas las realidades y todas las variedades de la existencia, proyectadas en tres situaciones que nos llenan de esperanza en momentos que necesitamos reforzar ilusiones y oportunidades para seguir adelante, políticamente hablando: crecer caminando siempre hacia adelante, actuar de forma saludable de tal forma que ennoblezca cada acto humano y descubrir la belleza de la hermosura de todo aquello que se hace bien respondiendo a la ética personal y colectiva, atendiendo al suelo firme (la solería de nuestra vida) que justifica todos los actos humanos, algo sobre lo que escribo con frecuencia en este cuaderno digital.
Este principio de realidad freudiano nos permite a su vez reflexionar sobre lo que ha ocurrido hasta ahora en la política general y municipal en este país, a veces algo más que un mal sueño, mientras que no se sabe cómo será el mañana. Juan Ramón Jiménez aborda esta dialéctica con una recomendación muy sabia: si hoy hacemos bien las cosas, votando de forma responsable, puede convertirse el tiempo transcurrido hasta ayer en un sueño y cada mañana en una visión de esperanza. Esa es la razón y no otra, de cuidar bien el voto de hoy, de este día mío, que es también tuyo, de los demás, de todos, porque encierra todas las realidades y todas las variedades de nuestra existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura de la vida digna, viviendo la libertad que nos entrega hoy, de nuevo, la democracia.
(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916-1917), Madrid: Visor Libros, 2011.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Sevilla, 14/V/2023 (actualizado sobre el publicado en la serie original, Preguntas de Mayo, el 20/V/2021).
Finalizo hoy una serie de artículos dedicados al inmenso mar de las preguntas en un tiempo, como el actual, lleno de dudas para vivir dignamente. He vuelto a leer una obra póstuma de Neruda, Libro de las preguntas(1), muy querida y presente en mi biblioteca del alma, escogiendo a lo largo de esta serie y hasta hoy algunas que resultan inquietantes cuando te aproximas a las cosas de personas mayores, porque ya no vivimos las cosas de niño, recordando aquella hermosas palabras de un viajero incansable, Pablo de Tarso, en su primera alocución a los Corintios (13, 11): «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño».
Acudo hoy de forma diligente a ese conjunto de preguntas de Neruda en su preciado libro, concretamente cinco, deteniéndome especialmente en el capítulo 44 (XLIV), en torno a su niñez:
¿Dónde está el niño que yo fui, sigue adentro de mí o se fue? ¿Sabe que no lo quise nunca y tampoco me quería? ¿Por qué anduvimos tanto tiempo creciendo para separarnos? ¿Por qué no morimos los dos cuando mi infancia se murió? ¿Y si el alma se me cayó por qué me sigue el esqueleto?
Es importante recordar el niño o niña que fuimos, indagando en la memoria de hipocampo si continúa o no junto a nosotros, como hilo conductor de la primera de estas preguntas. Ya digo que desde la perspectiva de la ciencia del cerebro allí está, en el hipocampo, quizás en una espera tocada de ese caballito de mar inquieto por la ardiente impaciencia de ser recuperada a tiempo. La segunda es más desconcertante porque responde a la compleja niñez de Neruda, muchas veces citada en su obra. ¿Puede ser ahora un buen momento para recordarla? Cada uno, cada una sabe cómo fue y lo importante es no despreciarla o pasar por alto al buscarla en la estructura compleja de nuestro cerebro, porque también está allí.
La tercera pregunta es quizá la más desconcertante porque es la declaración del desgarro humano por el crecimiento en dos caminos que siempre se bifurcan, aunque siempre he creído que siguen caminando en paralelo sin que la niñez entre nunca en vía muerta. Los aprendizajes de la niñez rediviva lo demuestran en un sentido o en otro. La intensidad de las preguntas sube en el cuarto interrogante: ¿Por qué no morimos los dos / cuando mi infancia se murió? Aquí suele contar cada uno como le ha ido la vida o la feria (de la vida). ¡Cuántas veces añoramos la niñez por ello!, porque la niñez no muere en nosotros, se abandona.
La quinta y última pregunta es para mí la más profunda porque simboliza la pérdida del alma vestida de inocencia, porque es la verdadera seña de identidad de la infancia, que él explicaba muy bien a través del juego y los juguetes, como fueron siempre sus mascarones de proa y popa en su casa de Isla Negra: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”.
He vuelto a Pablo de Tarso para ver si encontraba algo para ilusionar a los que hace tiempo hemos dejado de hacer las cosas de niño y la verdad es que me ha dejado lleno de dudas: «Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido». ¿Se refiere a las creencias expuestas por José Ferrater Mora en su obra El hombre en la encrucijada, como respuestas en diferido al enigma de vivir? (2). Él decía que necesitamos tener creencias, que no podemos vivir sin ellas, y a lo largo de las páginas de su tesis existencial demuestra que el mundo ha evolucionado hacia adelante gracias a que nuestros antepasados y muchas personas contemporáneas han tenido y tienen creencias en cuatro ámbitos, juntas o por separado, de una forma u otra, da igual, pero siempre relacionadas con las Personas, la Naturaleza, Dios/dioses o la Sociedad. Así durante muchos siglos. Nos necesitamos y juntos podemos hacer camino al andar. Puede ser una buena forma de encontrarnos cara a cara con el niño o niña que fuimos y que nunca debimos abandonar para resolver el enigma de vivir dignamente.
Hasta aquí hoy, con esta serie, qué quizás nos ayude a interpretar mejor este mundo al revés, como nos lo recordaba en mis años jóvenes el poeta malagueño Rafael Ballesteros, en una composición, Ni yo tampoco entiendo, que la hizo popular el grupo Aguaviva y que lo sintetizaba en una frase que tengo grabada en mi persona de secreto: De este mundo los dos sabemos poco.Y sin embargo, estamos aquí obligatoriamente obligados a entenderlo.
(2) Ferrater Mora, José (1965). El hombre en la encrucijada. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
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Sevilla, 13/V/2023 (publicado en la serie original, Preguntas de Mayo, el 22/V/2021).
La vida está sujeta a un calendario inexorable: días, meses y años, uno tras otro, sin parar y sin caminos intermedios. Horas, minutos y segundos, uno tras otro también, perfectamente organizados y sincronizados. El refranero español, tan sabio, lo expresa de una forma especial: mayo y junio hacen un mes que el mejor del año es. Me ha sorprendido en esta ocasión la primera pregunta del capítulo 46 (XLVI) de la obra de Neruda objeto de esta serie, Libro de las preguntas, porque plantea una cuestión íntimamente relacionada con el tiempo y sus circunstancias: ¿Y cómo se llama ese mes / que está entre Diciembre y Enero? Quizás fue un día ya lejano, leyendo a Benedetti, cuando descubrí que él hablaba de cumpledías al referirse al consabido cumpleaños, como siempre, a modo de combate cuerpo a cuerpo con la vida ordinaria, con lo consuetudinario, porque ese cumpledías tiene lugar en un tiempo y en un momento particular de cada uno, “cuando en el instante en que vencen los crueles se entra a averiguar la alegría del mundo y mucho menos todavía se nota cuando volamos gaviotamente sobre las fobias o desarbolamos los nudosos rencores”.
Neruda hace una pregunta inquietante, hilvanada con otras a cual de ellas más interesante, cuando descubrimos que el calendario de nuestra vida es lo más íntimo de nuestra propia intimidad, sin casi nada que ver con el almanaque gregoriano que nos invade a través del Mercado, tan medido, tan tirano, aunque todo se presente a veces como las doce uvas de un racimo para simbolizar un año:
¿Y cómo se llama ese mes que está entre Diciembre y Enero? ¿Con qué derecho numeraron las doce uvas del racimo? ¿Por qué no nos dieron extensos meses que duren todo el año? ¿No te engañó la primavera con besos que no florecieron?
Todo es tiempo y ya lo he analizado en varias ocasiones en este cuaderno digital. Casi siempre he enmarcado mis reflexiones en torno a un tratado existencialista, Qohélet, donde se detallan veintisiete momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno desarrollado con un denominador común llamado “tiempo”, en una dialéctica permanente de contrarios: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Es muy importante destacar que en las diferentes formas de vivir expuestas anteriormente, existen muchas realidades positivas, catorce concretamente: nacer, plantar, sanar, edificar, reír, danzar, abrazarse, buscar, guardar, coser, callar, hablar, amar y vivir en paz. Comprobamos de esta forma que la historia de las experiencias vitales humanas obedece a la búsqueda de un sano equilibrio con los tiempos difíciles de las restantes experiencias que podríamos calificar como negativas (con matices).
Quizás ha llegado el momento de interpretar el tiempo fuera de su encorsetado cronograma y primar esta búsqueda de razones positivas para vivir cada segundo de cada día, de cada mes, para que parezca que el tiempo se detiene en un ciclo que sólo tiene un nombre: felicidad, porque hay que sacar tiempo para disfrutar lo que dice Qohélet (una persona que le gusta vivir en comunidad, compartir), porque era la experiencia de sus antepasados a lo largo de los siglos, aunque para que no se nos suban los humos a la cabeza (todos podemos ser histéricos, palabra derivada de la griega “ústéra”, útero, que explica que los humos se nos suben a la cabeza y así nos va…), él nos dice que seamos prudentes a la hora de valorar las 27 experiencias de los tiempos de cada uno, de cada una, en su totalidad y entender qué significado tiene vivir, aunque sea de forma temporal propia, apasionadamente.
Con esta perspectiva, lo de menos es cuantificar el tiempo en horas y días, por ejemplo, cuando parece que se detiene “como si no pasara o se nos fuera casi sin darnos cuenta” en nuestra realidad más próxima. Comprenderemos mejor las preguntas restantes de Neruda, porque cuando somos felices, durante un tiempo, creemos que los meses duran a veces años y que la primavera de besos y abrazos necesarios puede aparecer en cualquier estación del año. O no. De ahí sus inquietantes preguntas para este mes de Mayo y la más sugerente que hago en este aquí y ahora: ¿cómo se llama el mes que está entre mayo y junio? La respuesta no está en el viento, que diría Bob Dylan, sino en la forma que tiene cada persona de interpretar el tiempo que nos pertenece y atrapa casi sin darnos cuenta.
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A quién le puedo preguntar ¿Qué vine a hacer en este mundo?
Pablo Neruda, Libro de las preguntas (XXXI)
Sevilla, 12/V/2023 (publicado en la serie original, Preguntas de Mayo, el 23/V/2021).
El artículo que sigue es un extracto adaptado del que publiqué en plena pandemia. Hoy, he respetado el núcleo de mis palabras sobre la pregunta de Neruda, ¿No será nuestra vida un túnel?, en una normalidad anormal, porque vivimos momentos políticos muy complejos y con gran afectación de la democracia. Los túneles nos lo diseñan a diario los llamados “hombres de negro”, los mediocres, los aguafiestas diversos de la vida, los políticos indecentes, los negacionistas de todo lo que se mueve, los profesionales de los silencios cómplices, pero para salir de ellos tenemos oportunidades como las que nos presentan ahora las elecciones diversas del país, al poder votar, porque todos los trenes políticos no son iguales ni los políticos que los conducen tampoco.
La mejor respuesta la escribí aquel día, porque de trajes éticos va la vida, para no ir desnudos al caminar despiertos… y poder experimentar con el voto político nuevas claridades, que tanta falta hacen.
Para mí, salir del túnel es una pregunta… o varias, según se mire. Lo aprendí de Pablo Neruda, leyendo su precioso Libro de las preguntas, en el que me detengo hoy al llegar a la XXXV, ¿No será nuestra vida un túnel?:
No será nuestra vida un túnel entre dos vagas claridades?
O no será una claridad entre dos triángulos oscuros?
O no será la vida un pez preparado para ser pájaro?
La muerte será de no ser o de sustancias peligrosas?
El problema radica en comprender qué quiso decir Neruda al escribir estas palabras llenas de misterio. ¿Qué son las claridades? Pienso que nuestros objetivos vitales: dos, tres, muchos, truncados a veces por el llamado principio de realidad, triángulos oscuros en nuestras vidas. Entre peces y pájaros anda el juego de preguntas, aunque sabemos que somos peces o pájaros dependiendo del agua o cielo que probemos o sobrevolemos, si sabemos que son, de acuerdo con la famosa parábola de David Foster Wallace que recogió en un discurso que pronunció en 2005 en la ceremonia de graduación de los alumnos del Kenyon College (Ohio): “Van dos peces nadando por el mar y se encuentran con un pez más viejo que viene nadando en dirección contraria. El pez mayor los saluda y les dice, “Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguen nadando y al cabo de un rato uno de ellos mira al otro y le pregunta, «¿Qué demonios es el agua?» Yo diría también ¿Qué demonios es el cielo? Al final del túnel, lo peor es no saber quiénes somos o si un virus peligroso puede impedir que nos hagamos estas preguntas.
Quizás encuentro la mejor respuesta a este ramillete de preguntas en la inmediatamente anterior del libro citado, la XXXIV: Con las virtudes que olvidé, ¿me puedo hacer un traje nuevo?
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
¿Cuántas iglesias tiene el cielo? ¿Por qué no ataca el tiburón a las impávidas sirenas? ¿Conversa el humo con las nubes? ¿Es verdad que las esperanzas deben regarse con rocío?
Pablo Neruda, Libro de las preguntas, IV
Sevilla, 10/V/2023 (publicado en la serie original, Preguntas de Mayo, el 25/V/2021).
El capítulo IV del Libro de las preguntas plantea cuatro interrogantes muy llamativos que pueden tener respuesta dependiendo del color del cristal con el que se miren. De las cuatro, me quedo hoy con la cuarta porque en tiempos de coronavirus hay que buscar apasionadamente las esperanzas, tantas como ilusiones y sueños tengamos en la actualidad, aplicando indefectiblemente el principio de realidad, pero siendo conscientes de que necesitan “regarse con rocío” constantemente. Su ideología no era inocente, como militante del partido comunista chileno, según he manifestado en reiteradas ocasiones en este cuaderno digital al citar al filósofo neomarxista Georg Lukács (1885-1971), en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y, por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).
Hace 44 años escribí un artículo sobre un gran teórico de la esperanza, Ernst Bloch, porque siempre ha sido una virtud que he cuidado en mi azarosa vida, en una permanente búsqueda de islas desconocidas. Decía en aquella ocasión que cuando muere un filósofo, el ser humano [él decía “hombre”, en un contexto filosófico universal del ser humano] se resiente, porque es algo parecido a que la vida se roba sabiduría a sí misma. La obra de Ernst Bloch, me obligaba en mi juventud, de una forma u otra, a recordar algunas reflexiones suyas que todavía hoy aportan luz en el camino de búsqueda de la verdad a través de la esperanza. Bloch, por encima de teorías y prácticas, era filósofo. Su espíritu abierto y en camino le hizo adoptar una postura de sabio ante un mundo pluriforme. Era hijo de su época y debido a su experiencia frente al irracionalismo, su filosofía se hace más auténtica, más veraz. En definitiva, su marxismo era muy puro, bien estructurado, enormemente esperanzador. Aquí radica la quintaesencia de su doctrina: concebir la esperanza como principio humano para vivir la trascendencia, es decir, la posibilidad permanente de que el ser humano se realice plenamente en comunión con otros.
Para esto es necesario, por encima de todo, vivir una fe secular con la fuerza del mensaje mesiánico que aporta el marxismo. Para Bloch, el primer fallo del marxismo llamado oficial radica en su negación de la religión como dínamis, como fuerza arrolladora que es capaz de saciar el hambre de realización personal que tiene todo ser humano. Es un planteamiento idealista, pero quizá el único camino. Bloch insiste en la profundización del marxismo como idealismo impregnado de realidad, que lleva a la revolución social dentro de unos parámetros humanos, no estrictamente materiales. Planteamos así una perspectiva de futuro donde el ser humano es el gran artífice del mundo, sirviéndose de la naturaleza, de los valores morales e incluso de la estética. Indicaba también, que no debemos olvidar su conexión con el pensamiento de Georg Lukács. La realidad analizada por Bloch no es un todo presente, ya hecho. Si existe la realidad es gracias a un proceso (ya, pero todavía no). Y si hay proceso, hay pasado, presente y futuro. Este futuro-presente es, para Bloch, la autoconciencia.
Esta realidad-futuro-presente es dialéctica y asume sus limitaciones propias. La filosofía sería la encargada de transformar el mundo de la dialéctica sujeto-objeto, llevando al hombre al autoconvencimiento de la necesidad de desaparición del proletariado: “La filosofía no puede realizarse sin la supresión del proletariado y el proletariado no puede autosuprimirse sin que se realice la filosofía”. En un mundo dominado por la economía, Bloch se admira del poder intelectual y cultural como agentes transformadores de la sociedad, donde el ser humano, una vez más, es el centro por la asunción de su conciencia. Frente al principio materialista de Marx de que la realidad social determina la conciencia del hombre, Bloch presenta a la conciencia individual del hombre como determinante de la historia y de su historia, enfrentándose cotidianamente con la insatisfacción humana vivida en necesidad y negación. Por ello, el ser humano lucha por alcanzar su plenitud. El hecho es que todavía no la ha alcanzado. Esta “hambre cósmica” se experimenta en el deseo de alcanzar un sentido pleno de la vida: “La sustancia, la materia humana no está todavía ni determinada ni completa sino que se halla en un estado utópico abierto, un estado en el que todavía no ha aparecido su auto-identidad. Por consiguiente, no sólo el existente específico, sino toda la existencia dada y aún el mismo ser tiene márgenes utópicos que rodean la actualidad con posibilidades reales y positivas”.
La esperanza surge al experimentar el ser humano que si todavía no ha alcanzado el futuro, el presente no es el fin. Y el hecho de vivir éste no le motiva para lograr la plenitud de su ser. Esta hambre es impulso cósmico y la esperanza consiste en dejarse impregnar de este impulso. El ser humano no acaba su existencia con la muerte. Aquí Bloch se separaba una vez más del marxismo oficial. Argumentaba que una lucha por un no existencial, no tendría sentido. Es necesaria, por tanto, la inmortalidad personal. El proceso de unión de almas cantará un día la sociedad sin clases, siempre y cuando el hombre no abandone la lucha en el sentido de que todo cuanto vivimos y experimentamos todavía no es la realización plena o el futuro aparentemente “utópico”.
He querido compartir hoy un principio ético llamada “esperanza”, que he mantenido en mi vida y que he ido alimentando hasta hoy de lecturas ideológicas no inocentes. El éxito filosófico de Bloch, con su teoría del principio “esperanza”, fue demostrarnos que tenemos que llegar a ser “ateos” por la gracia de Dios, es decir, hay que creer en la trascendencia sin un Trascendente alienador. Por ello, hay que rechazar de base la superstición y la mitología de la religión. Sólo así, el ser humano adquirirá su desarrollo pleno. En definitiva, permitirá regar con rocío, todos los días, las esperanzas legítimas que cada uno tiene, dando respuesta a la pregunta profunda de Neruda, aprendiendo a ser felices cada día, una experiencia de esperanza en el amor, entre otras, como hambre cósmica en tiempos de coronavirus.
(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.
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