¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo.
Blas de Otero, en una carta dirigida a Vicente Aleixandre en 1955.
Sevilla, 3/VIII/2024
En estos primeros días de agosto me refugio en la poesía porque está elaborada con palabras, que es de lo poco que nos queda como algo personal e intransferible, en el proceso de creación desde el cerebro de cada uno, cada una.
Si a alguien le debo la localización de este refugio anímico es al poeta Blas de Otero, de quien aprendí el valor laico de la palabra, porque en mi infancia en tierras de Castilla, me enseñaron sólo su valor sagrado, en un juego de palabras bastante enrevesado para un niño: el Verbo se hizo Carne. Así, sin más explicaciones, porque todo era un asunto de fe.
Por estas razones, vuelvo a publicar hoy el artículo que el año pasado dediqué a un poeta especial, Blas de Otero y la palabra que le quedaba en agosto de 1955, porque él me enseñó el auténtico valor de la palabra, sobre todo en tiempos difíciles como los actuales, tan maltratada, ninguneada, manipulada, adulterada y utilizada de forma violenta contra todo el que no piensa de forma uniforme, mediocre, capitalista, dictatorial o… fascista, por resumirlo en una palabra.Sobre todo, porque aprendí de él algo que me impactó mucho cuando dijo que, ante las adversidades de su vida, “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”.Hermosas palabras, que en mí quedan.
Buscando islas desconocidas en este mes de agosto tan especial, he encontrado una carta del poeta Blas de Otero (Bilbao, 1916 – Majadahonda, Madrid, 1979) dirigida a Vicente Aleixandre, el 18 de agosto de 1955, que me ha parecido una lección histórica de importancia capital para conocer a este poeta, con una trazabilidad familiar muy compleja y desde el punto de vista existencial también, con pérdida de fe incluida:
Querido Vicente: Te escribo esta carta aunque me da vueltas la cabeza, pero estoy tan solo que necesito hablar con alguien y creo que mejor que contigo… Por eso tu carta me hizo como siempre mucha compañía y además el regalo que me anuncias, yo sé que tú me has visto bien aunque yo me enseño tan poco y por eso lo que escribas estará bien y lo de menos es el estilo que es tan puro («buen sentido…») como he visto en el de Hidalgo. Pero pasa luego que la vida, no acabo de poder con ella, no me tengo a mí mismo, esta es la verdad y encima han sucedido tantas cosas, y las verdaderas son las que no sabe nadie no las que dicen. Pero tú ya sabes que yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido. Yo no miento pero mi libro que quieren darlo en «Cantalapiedra» no sé qué hacer no me considero al nivel de mi palabra, ojalá fuese cierto lo que en este sentido dicen. Lo de menos es que los poemas sean regulares para mí, pero es lo que publiqué, no para otros, pero la conciencia es cada vez mayor, me está resultando ya monstruosa. ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Yo no escogí mi sitio de nacimiento y luego toda esta España, la de los periódicos y la censura que no es broma en mi caso y el no tener ahora un medio de vida todavía, ni la mujer, pero así es más bonito, lo que hace falta es que tenga fuerzas que vencimiento jamás lo tendré. Perdona todo esto, Vicente. Es para ti, claro, por eso lo he hecho. No sé qué contarte de otras cosas, ahora no tengo ganas.
Un fuerte abrazo
Blas
Dámaso no me envió el libro, será el verano, ya lo recibiré.
En el contexto de su situación personal, en una revolución interior constante hacia la poesía social, cuando dice “Cantalapiedra” se refiere a su obra Pido la paz y la palabra, que se publicó ese año, 1955, en Ediciones Cantalapiedra, en Torrelavega (Santander), siendo la palabra lo único que de verdad le quedó siempre y que tan maravillosamente nos legó en un poema de este libro que no olvido, En el principio, que he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital:
Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra.
Al leer varias veces la carta dirigida a su amigo del alma, Vicente Aleixandre, he comprendido mejor que nunca este poema tantas veces citado por mí y que permanece intacto en mi persona de secreto. Aún así, he querido compartirlo hoy de nuevo, comprendiendo la soledad sonora de Blas de Otero: ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Para que no se olvide, en momentos de turbación política, ni siquiera un momento, siguiendo sus pasos cuando decía que “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Portada de la primera edición de Platero y yo, 1914
Sevilla, 2/VIII/2024
Dedicado a mis nietos, Adrián y Alejandro, a los que tanto quiero.
Publiqué este artículo el año pasado. Vuelvo a hacerlo hoy, sin tocar nada, dejándolo tal cual, como aprendí de Juan Ramón Jiménez cuando hablaba de las rosas, porque así son ellas. Además, lo reproduzco hoy respetando el hilo conductor de transmitir una idea circular en este blog, desde su primer día de vida literaria, utilizando de nuevo aquellas palabras que debo a otro premio Nobel de Literatura, Orham Pamuk, cuando afirmó que “escribir es como cavar un pozo con una aguja”, salvando lo que debo salvar, simplemente por la actualización temporal, aspecto de forma que no de fondo, recordando a José Manuel Blecua, ex director de la RAE, cuando dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. En esta ocasión, lo hago copiando de Juan Ramón Jiménez, porque forma parte de mis principios y, si no gustan, no tengo otros, separándome por un momento de mi admirado Groucho Marx. En un tiempo en el que se arrojan valores por la ventana desde nuestro desvencijado vehículo vital, vuelvo a hacer una declaración de principios sobre por qué escribo en este blog, en una etapa de jubilación en la que sigo asumiendo, cada día que pasa, que lo nuestro es pasar, con ardiente impaciencia personal y social, sabiendo que ahora tengo un compromiso intelectual con la sociedad en la que vivo. A veces, siguiendo tan solo la ruta de un pájaro herido, leyendo de nuevo a Juan Ramón Jiménez para no sentirme así, por no vivir así, perdido. Gracias anticipadas, querido lector, querida lectora, si está interesado o interesada en leer unas palabras necesarias en mi vida, casi imprescindibles para seguir escribiendo y viviendo.
Platero y yo está grabado a fuego en mi alma de secreto, porque sigue siendo un libro para personas mayores, como Juan Ramón Jiménez explicaba en su advertencia al público lector, a los hombres que lean este libro para niños, asumiendo por mi parte que es un libro escrito también para adultos, sobre todo para los que todavía llevamos con orgullo un niño dentro, tal y como lo describía también Saramago en ocasiones especiales: «siempre he llevado dentro al niño que fui», aunque la confesión final en este aviso de Juan Ramón es para tenerla en cuenta: Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.
En cualquier caso, deberíamos leer Platero y yo con frecuencia, yo lo hago, para comprender bien que las palabras pueden ayudarnos a entender que otro mundo es posible, tal y como lo expresó Juan Ramón Jiménez tan cerca de Platero, dejándonos llevar por el niño que fuimos o que seguimos siendo.
Por esta razón y siguiendo la estela de una generación de poetas en torno al año 1927, del siglo pasado, a la que me he aproximado desde que comenzó agosto en mi patera particular, que cuando llueve mucho en la alta mar de la vida, se moja y se hunde como las demás, he abierto Platero y yo por su capítulo 66, porque recuerdo que hablaba de fuego en el mes de agosto, en Lucena, no muy lejos de Moguer, con el candor de las palabras en este libro de niños, niñas y mayores de cualquier género, asunto que tampoco pasa por alto en este capítulo, al comentar con cierto encanto y desdén, quién podría ser su pirómano imaginario, alguien con la figura afeminada de Pepe el Pollo, un Oscar Wilde moguereño, famoso personaje real en el pueblo, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…
LXVI
Fuego en los montes
¡La campana gorda!… Tres…, cuatro toques… ¡Fuego!
Hemos dejado la cena, y, encogido el corazón por la negra angostura de la escalerilla de madera hemos subido, en alborotado silencio afanoso, a la azotea.
…¡En el campo de Lucena! grita Anilla, que ya estaba arriba, escalera abajo, antes de salir nosotros a la noche… ¡Tan, tan, tan, tan! Al llegar afuera—¡qué respiro!—, la campana limpia su duro golpe sonoro y nos amartilla a los oídos y nos aprieta el corazón.
—Es grande, es grande… Es un buen fuego…
Sí. En el negro horizonte de pinos, la llama distante parece quieta en su recortada limpidez. Es como un esmalte negro y bermellón, igual a aquella Caza, de Piero di Cosimo, en donde el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros. A veces brilla con mayor brío otras, lo rojo se hace casi rosa, del color de la luna naciente… La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno… Una estrella fugaz corre medio cielo y se sume en el azul, sobre las Monjas… Estoy conmigo…
Un rebuzno de Platero, allá abajo, en el corral, me trae a la realidad… Todos han bajado… Y en un escalofrío, con que la blandura de la noche, que ya va a la vendimia, me hiere, siento como si acabara de pasar junto a mí aquel hombre que yo creía en mi niñez que quemaba los montes, una especie de Pepe el Pollo—Oscar Wilde moguereño—, ya un poco viejo, moreno y con rizos canos, vestida su afeminada redondez con una chupa negra y un pantalón de grandes cuadros en blanco y marrón, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…
El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.
Un detalle último. He observado con atención reverencial el cuadro La caza, de Piero di Cosimo, identificado hoy día como Una escena de caza, que cita Juan Ramón Jiménez en el capítulo dedicado al fuego en los montes. Es una metáfora de la vida muy actual, porque los protagonistas, personas de todo tipo y con actitudes muchas veces aberrantes respecto de los animales, ¡es la historia de la humanidad!, están “a lo suyo”, cazándolos a palo limpio, mientras que el bosque arde como si no pasara nada: “el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros”, decía Juan Ramón Jiménez, tan cerca de su querido Platero. Una metáfora muy actual en nuestro mundo al revés, en el que cada uno pinta el cambio climático como le va, algunos y algunas como si no fuera con ellos la cosa, al igual que la realidad que pintó di Cosimo hace ya tanto tiempo. Por eso, las palabras del poeta suenan como una premonición para el siglo XXI, para este mes de agosto de 2023: La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno…
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Si se calla el cantor calla la vida Porque la vida, la vida misma es todo un canto. Si se calla el cantor, muere de espanto La esperanza, la luz y la alegría.
Horacio Guaraní, Si se calla el cantor, 1972
Sevilla, 1/VIII/2024
El año pasado, tal día como hoy, recordé a un poeta que cuida mi alma de secreto. Verán. En Vega de Zujaira, pedanía de Pinos Puente (Granada), Federico García Lorca escribió un poema, Cantos nuevos, en agosto de 1920, con tan sólo veinte años, que vuelvo a leer hoy de nuevo (lo hago frecuentemente) para encontrar sentido a un presente complejo en el país:
Agosto de 1920
(Vega de Zujaira)
Dice la tarde: ¡tengo sed de sombra! . Dice la luna: yo, sed de luceros . La fuente cristalina pide labios y suspiros el viento.
Yo tengo sed de aromas y de risas. Sed de cantares nuevos sin lunas y sin lirios, y sin amores muertos.
Un cantar de mañana que estremezca a los remansos quietos del porvenir. Y llene de esperanza sus ondas y sus cienos.
Cantar sin carne lírica que llene de risas el silencio. (Una bandada de palomas ciegas lanzadas al misterio).
Un cantar luminoso y reposado, pleno de pensamiento, virginal de tristeza y de angustias y virginal de ensueños.
Cantar que vaya al alma de las cosas y al alma de los vientos y que descanse al fin en la alegría del corazón eterno.
De este poema, analizo lo que para mí es lo mejor, para quedarme con ello, porque “tengo sed”, como le ocurría al poeta querido, de un cantar de mañana que estremezca / a los remansos quietos / del porvenir. Y llene de esperanza / sus ondas y sus cienos. / Un cantar luminoso y reposado, / pleno de pensamiento, / virginal de tristeza y de angustias / y virginal de ensueños. Lo manifiesto así porque estamos en un momento político en el país muy especial, extremadamente complejo, que necesita una respuesta convincente para todas las personas que conformamos el “pueblo español”, donde radica la soberanía según la Constitución, sin excepción alguna, pero sobre todo para quienes cuidamos nuestro voto día a día para avanzar en progreso democrático y en un entorno de libertades, buscando siempre el blindaje político del Estado de Bienestar en beneficio del interés general.
Me gustaría y sueño con ello, que en este mes que comienza hoy se dilucidara la situación delicada de Cataluña, que se calmara la permanente confrontación política y que se cuidara la convivencia ciudadana, que nos permita como país seguir paseando por alamedas de igualdad, libertad y justicia, que vaya al alma de las cosas y al alma de los vientos, para que podamos, más pronto que tarde, descansar al fin en la alegría del corazón eterno.
Al fin y al cabo, es lo que nos recuerda Federico García Lorca en su cantar de agosto que, para mí, sigue siendo de una novedad y urgencia extrema: Un cantar de mañana que estremezca / a los remansos quietos / del porvenir. Y llene de esperanza / sus ondas y sus cienos. Gracias, también, por recordarnos que lo importante es ir al alma de las cosas y al alma de los vientos.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
El poeta Ángel González está muy presente en este cuaderno digital, porque me identifico con él en su forma de interpretar la vida a través de una poesía no inocente. En el ecuador de la canícula, recurro de nuevo a su vida y obra, inseparables, en un viaje especial veraniego hacia alguna parte, porque siempre me ofrece una lectura realista de la vida y de su país, el mío, con profunda desazón en muchas ocasiones, aunque aportando siempre luz, vida y fuego en la penumbra del alma.
Con profundo respeto, me aproximo a su breve autobiografía, que no olvido, como tampoco lo hago del retrato conmovedor de mi paisano Antonio Machado: “Nací en Oviedo en 1925. El escenario y el tiempo que corresponden a mi vida me hicieron testigo –antes que actor- de innumerables acontecimientos violentos: revolución, guerra civil, dictaduras. Sin salir de la infancia, en muy pocos años, me convertí, de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía. Regreso, casi viejo, a los orígenes, súbdito de nuevo de la misma Corona. Zarandeado así por el destino, que urdió su trama sin contar nunca mi voluntad, me resigné a estudiar la carrera de Leyes, que no me interesaba en absoluto pero que tampoco contradecía la costumbre, casi norma de obligado cumplimiento (“todo español es licenciado en Derecho mientras no se demuestre lo contrario”), a la que se sometían en su mayor parte los jóvenes de mi edad y de mi clase social –clase media, transformada en mi caso, como consecuencia de la guerra civil, en muy mediocre. Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo poesía fue, antes que por otras razones, para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir. Pero yo hubiese preferido ser músico –cantautor de boleros sentimentales- o tal vez pintor. Fui, en cambio, funcionario público. En 1970 vine por vez primera a América –México y EE. UU.-, y empecé a quedarme por ese continente a partir de 1972 (profesor visitante en las universidades de New México, Utah, Maryland y Texas). En la actualidad, enseño literatura española contemporánea en la Universidad de New México”.
Quizás comprendo mejor su intrahistoria íntima cuando me acerco también a su otra forma de identificarse en la vida, en su soledad sentida, ideológica, sobre todo cuando lo expresa con la fuerza de sus palabras repasando un calendario existencial, como me pasa a mí hoy, en el día que finaliza julio: “Aquí, Madrid, mil novecientos / cincuenta y cuatro: un hombre solo / Un hombre lleno de febrero, / ávido de domingos luminosos, / caminando hacia marzo paso a paso, / hacia el marzo del viento y de los rojos / horizontes —y la reciente primavera / ya en la frontera del abril lluvioso… / —Aquí, Madrid, entre tranvías / y reflejos, un hombre: un hombre solo. / —Más tarde vendrá mayo y luego junio, / y después julio y, al final, agosto—. / Un hombre con un año para nada / delante de su hastío para todo” (1).
Al final de nuestro acontecer diario, inexorable, siempre viene agosto, aunque a diferencia de lo que expresa Ángel no me encuentro solo a pesar de mi matusalénica edad, como decía Benedetti, porque soy un hombre, es verdad, con un año más, eso sí, delante de una esperanza en todo, que no hastío. La soledad que siento es más en la vertiente ideológica, porque es verdad que cuando se intenta vivir con la coherencia del sentimiento y conciencia de clase al lado, ambas realidades existenciales a la vez, es más difícil encontrar a las personas que desean vivir y expresar lo mismo conmigo, contigo, con ellas y ellos. A pesar de tener que asumir, como siempre, el principio de realidad, me reafirmo en lo he dicho anteriormente: no me siento con hastío para todo, porque leyendo de nuevo a Ángel González, llego a un soneto precioso, Donde pongo la vida pongo el fuego (2), grabado en mi memoria de secreto, porque sin salir nunca de su infancia se convirtió “de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía”. Zarandeado siempre por el destino, que urdió su trama sin contar nunca con su voluntad:
Donde pongo la vida pongo el fuego De mi pasión volcada y sin salida. Donde pongo el amor, toco la herida. Donde dejo la fe, me pongo en juego.
Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego Vuelvo a empezar sin vida, otra partida. Perdida la de ayer, la de hoy perdida, No me doy por vencido, y sigo, y juego
Lo que me queda: un resto de esperanza. Al siempre va. Mantengo mi postura. Si sale nunca la esperanza es muerte.
Si sale amor, la primavera avanza. Pero nunca o amor, la fe segura: Jamás o llanto, pero mi fe es fuerte.
La vuelvo a leer varias veces, para convencerme de que mi fe es fuerte, porque a veces, en la vida, sale amor al siempre va y porque sé que el verano en el que estamos instalados, avanza para unirnos y para que tengamos fe en que, de esta forma, jamás seremos vencidos…, ni estaremos solos.
(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra. Barcelona: Planeta-Seix Barral, 2018, p. 16.
(2) González, Ángel, Ibidem, p. 128.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
No hay mejor fórmula de participación en democracia que estar bien informados sobre lo que nos ocupa y pre-ocupa a diario, salvaguardando siempre el interés general, que es la actitud democrática por excelencia frente a individualismos a ultranza, porque la información objetiva y científica es lo que nos permite conocer que es lo que está pasando en las maniobras desestabilizadoras que propician el ocaso de la democracia. Es lo que pretende abordar una publicación reciente, La desigualdad en España, coordinada por tres investigadores, Berna León, Javier Carbonell y Javier Soria, con prólogo de Thomas Piketty. La sinopsis facilitada por la editora, nos ayuda a comprender el alcance de la misma: “«La historia de la humanidad es la historia de la lucha por la igualdad. La convicción de que la brecha entre ricos y pobres se puede y se debe reducir ha sido uno de los principales motores de cambio político en nuestro pasado. El estudio de estos conflictos pone de relieve una realidad que en ocasiones olvidamos: la desigualdad es, en última instancia, una decisión política» [del prólogo de Thomas Piketty]. ¿Funciona el ascensor social en España? ¿Es cierto que la desigualdad es necesaria para el crecimiento económico? ¿Cuánto influyen las herencias en el éxito profesional? Cuando se estudia la desigualdad, suele darse respuesta a estas preguntas exclusivamente desde la economía, la ciencia política o la sociología, pero no, como se propone aquí, desde una perspectiva cruzada. Por ello, los temas tratados abarcan desde las raíces históricas de la acumulación de riqueza hasta la brecha generacional, pasando por la influencia del sistema fiscal, la disparidad ocupacional de género o la relación entre genética y desigualdad. Más de una treintena de firmas expertas —nacionales e internacionales— se dan cita en estas páginas para desentrañar los mitos que sostienen y perpetúan la desigualdad en España. Este libro no solo ofrece una exhaustiva radiografía del tema, sino que también realiza una llamada a la acción para lograr una sociedad más justa e igualitaria”.
Si de lo que se trata es de encarar la desigualdad, comparto con Piketty una afirmación rotunda: la desigualdad es, en última instancia, una decisión política. Siendo una verdad incontestable, creo que este libro sirve de altavoz de un preocupante aviso para navegantes en el barco de la democracia. Lo analiza muy bien un artículo en el diario El País, Si no combatimos la desigualdad, lo pagaremos con la democracia, escrito de forma didáctica por Javier Munárriz, en el que se exponen cuestiones candentes sobre la desigualdad en nuestro país: “El trabajo presenta la desigualdad en España como un círculo vicioso. Su principal expresión está en el reparto de la riqueza: el 10% que más tiene acumula más del 50% de la riqueza total, mientras la mitad de abajo ostenta en torno al 7%. La riqueza determina a su vez los ingresos, que son en España más desiguales que en el conjunto de la UE. Y uno y otro desnivel —riqueza y renta— minan a su vez la igualdad de oportunidades”.
Como estamos en el ecuador del verano, bastaría hoy recordar estos signos evidentes de la desigualdad social en virtud de la terrible suerte de vivir en una Comunidad Autónoma u otra, evidenciando la realidad que hay que combatir con urgencia porque constituye una serie advertencia para la salvaguarda del Estado de Bienestar y para la democracia, por extensión. Un botón de muestra basta para comprender la desigualdad esencial cuando llega el verano, situación que propicia un tiempo libre de niños y niñas de este país, complejo y no tutelado en muchas familias. Así lo atestigua el reciente informe publicado por la ONG Educo, Los derechos de la infancia no se van de vacaciones. Infancia en riesgo y alimentación saludable en verano, que deberíamos leer con atención casi reverencial, como uno de los documentos de obligado conocimiento para un verano ético ante la desigualdad, que también existe. El fenómeno con el que nos encontramos cada verano, el olvido vacacional de miles de niños y niñas de este país, es decir, desigualdad en estado puro y constatable, se demuestra con datos objetivos en el citado informe: “Es lógico pensar que, para los niños y niñas, las vacaciones de verano son uno de los mejores momentos del año. Casi tres meses por delante para disfrutar con la familia, en la playa o en la montaña, en el pueblo o en la ciudad, yendo a pasear, a comer helados y a jugar con los amigos y amigas. Sin embargo, esta idílica imagen se aleja, y mucho, de la realidad de miles de niños y niñas en España. En 2014, Educo denunció que los más de 500.000 niños y niñas perceptores de las becas comedor se quedaban sin este tipo de ayuda al terminar las clases. Hoy, 10 años después, son más de 850.000 quienes reciben este apoyo durante el curso escolar. Es decir, en una década casi se han duplicado las becas públicas para acceder al comedor. Este aumento es debido a una mayor preocupación a nivel social y por parte de las administraciones de asegurar la alimentación de niños, niñas y adolescentes en el espacio educativo. Sin embargo, cuando llega el verano y cierra la escuela, dejan de recibir esta ayuda, poniendo en riesgo su derecho a la alimentación. Y solo son la punta del iceberg. Estos niños y niñas forman parte de los 2,7 millones que viven en riesgo de pobreza y exclusión».
Ante lo expuesto anteriormente, vuelvo a recordar algo que me conmueve a diario y que resalté este año cuando también abordé en el mes de febrero, en este cuaderno digital, los resultados definitivos de la Encuesta de condiciones de vida (ECV) de 2023, elaborados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), aplicados a Andalucía, donde finalizaba mi exposición diciendo que es imprescindible conocer con datos científicos que 3.185.308 ciudadanos y ciudadanas en Andalucía (INE, padrón continuo a 1 de enero de 2022), es decir, un 37,5% del total de población en esta Comunidad, están viviendo la pobreza en sus vidas y, de forma más aguda, la pobreza severa, en un porcentaje del 11,9% del total, más de un millón de personas en Andalucía, arrojando cifras lo suficientemente elocuentes para confirmar que algo no estamos haciendo bien en esta Comunidad, porque contra datos no valen argumentos. Lo digo una vez más: ahí están los datos anteriormente expuestos, desnudos, junto a la gran pregunta que nos compromete a todos, qué hacer en una contraescuela del mundo al revés en nuestro país, un mundo magistralmente descrito por Eduardo Galeano, en mi Comunidad Autónoma.
Personalmente, lo tengo claro: debemos compartir reflexiones científicas y datos, como los que se facilitan en la publicación citada, La desigualdad en España, para poder emitir juicios bien informados, porque sólo ante un gobierno de Estado o Comunidad Autónoma, pre-ocupado (así, con guion) por la desigualdad actual económica, laboral y social en la población, no cualquier gobierno, porque todos no son iguales, se deben denunciar estas cifras que afectan a tantas personas, a tantos niños, a tantas niñas, a tantos jóvenes, con un objetivo claro: que se aprueben leyes y disposiciones con urgencia para solucionar esta situación de extrema desigualdad. Es la única vía para que se transforme la sociedad española, permitiendo que la igualdad, solidaridad y justicia social permita a todos avanzar en derechos y libertades que mejoren las condiciones de vida para salir de la pobreza en cualquiera de sus estadios, que afectan a millones de ciudadanos en este país, de andaluces y andaluzas también, niños y niñas sobre todo, los más desfavorecidos, los pobres severos, los nadies de Eduardo Galeano, tantas veces citados en este cuaderno digital, que procuro no olvidarlos aunque a veces yo sea un pájaro herido por el principio de realidad de la desigualdad que sustenta la pobreza severa y exclusión social que nos asola, con cifras -desde mi punto de vista- insoportables para atender como merece la dignidad humana de millones de personas en este país.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Me lo ha recordado hoy una excelente escritora, Irene Vallejo, que la he incorporado a las grandes maestras de mi vida, de las que tanto aprendí y aprendo: es necesario -yo diría que urgente- reflexionar sobre los modos de ver lo que está pasando y estamos viendo. En la tribuna publicada hoy en el diario El País, Quizás, quizás, quizás, cita a sus queridos clásicos populares, Pirrón, Platón y Sócrates, también a Mafalda, para recordarnos que no hay nada más importante en la vida que reconocer el gran beneficio de la duda, sobre todo en nuestro aquí y ahora, en días en que apenas sobrevivimos a una Gran Mentira, en sesión continua, propiciada por grandes y potentes máquinas de fango, con sus maquinistas dentro, personajes mediocres y no inocentes, por cierto.
Junto a sus queridos clásicos, cita a un ”moderno”, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente hoy, John Berger, que saltó a la fama mundial en los primeros años de la televisión, a través de un programa de la BBC, Modos de ver, que no daba nada por resuelto en el modo de proceder los artistas de la pintura, bien sintetizado en su sinopsis oficial: «El programa televisivo Ways of seeing, dirigido en 1972 por un jovencísimo John Berger, se propuso analizar cómo nuestros modos de ver afectan a la forma de interpretar. La serie recibió diversos premios, revolucionó la teoría del arte y fue adaptada al presente libro, convirtiéndose desde entonces en un título indispensable de la teoría del arte y de la comunicación visual. En estas páginas, Berger analiza cuatro aspectos de la interpretación de la pintura al óleo: su origen relacionado con el sentido de la propiedad, el uso continuado de la mujer como objeto pictórico, la relación entre la herencia visual de la pintura y la publicidad y, finalmente, la transformación del significado de la obra original en el marco de sus múltiples reproducciones. En esta nueva edición, minuciosamente revisada, se ha recuperado el diseño original de Richard Hollis». Así ,lo explica también Irene Vallejo en su artículo: «Aconsejó al público de la BBC buscar en los museos, más allá del aura de misterio y religiosidad que impregna las obras expuestas, el discurso agazapado del poder. Advirtió que todas las imágenes incorporan los sesgos, prejuicios y manipulaciones de su tiempo y, por eso, la mirada nunca debería renunciar a su potencia crítica. Y para dar fe de ello, lo dejó claro en sus palabras de despedida al finalizar la emisión de su exitoso programa: “Espero que tomen en cuenta lo que les he dicho. Pero sean escépticos con ello”. En una palabra: duden.
Julio Numhauser, junto a su hijo Maciel – Todo cambia (vídeo oficial, 2016)
Personalmente amo el cambio ante muchas dudas existenciales, porque detesto el conformismo, inmovilismo y la mediocridad galopante de la sociedad que no duda ante nada, salvando los principios éticos que, en mi caso, los mantengo aunque no gusten a los demás, porque no tengo otros y son el suelo firme de mi vida, la solería que he ido poniendo poco a poco en mi persona de secreto para justificar mis actos, no por el ajustamiento mediocre que nos rodea por tierra, mar y aire, según aprendí hace ya muchos años de mi querido profesor José Luis López Aranguren. Permanecer en el Club del Cambio, gran maestro de la vida, sé que me va a ayudar ante esas dudas diarias, porque sé también que Cambia lo superficial /Cambia también lo profundo / Cambia el modo de pensar / Cambia todo en este mundo. Por tanto, Cambia el rumbo el caminante / Aunque esto le cause daño / Y así como todo cambia / Que yo cambie no es extraño. En esta ocasión, esa actitud la aprendí de la letra de la canción de Julio Numhauser, Todo cambia, uno de los fundadores de Quilapayún, junto a Mercedes Sosa, la voz como cantora que era, que llevaba la duda existencial dentro, que -salvando lo que haya que salvar- poco tenían que envidiar a Pirrón o Sócrates, cerca siempre de John Berger, porque tenían algo en común: su modo de ver lo que pasa en la vida y vemos a diario, que nunca fue ni será inocente. Quizás, quizás, quizás, que yo dude ya de casi todo a esta altura de mi matusalénica edad, les aseguro que no es extraño.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
¡Oh Deporte, tú eres la Paz! Estableces relaciones amistosas entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. A través de ti, la juventud del mundo aprende a respetarse y, de este modo, la diversidad de las virtudes nacionales se convierte en fuente de una emulación generosa y pacífica.
Pierre de Coubertin (bajo el seudónimo de Georges Hohrod y Martin Eschbach), Oda al deporte, IX, en el Pentatlón de las Musas de Estocolmo, 1912, galardonada con la medalla de oro.
Lema: «Ouvrons Grand les Jeux» («Abramos a lo grande los Juegos»)
Sevilla, 26/VII/2024
No es la primera vez que recuerdo a Píndaro de Tebas, el precursor de narrar bellas historias sobre lo que ocurría en cuatro localizaciones de los Juegos Olímpicos, en los siglos V y IV a. C., Olimpo (olímpicas), Nemea, Delfos (la pitia délfica) y Corinto (Ístmicas), con expresiones que no olvido ensalzando a la figura olímpica y también terrenal del ser humano: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95). Es lo que podemos añorar hoy cuando se inauguran los Juegos Olímpicos de París 2024, en los que al igual que hizo Píndaro en su tiempo y momento, conoceremos a los grandes triunfadores que obtendrán medallas de oro, plata y bronce, convirtiéndose en seres especiales de un día.
En este sentido, sé que dentro de la persona de secreto de los y las atletas actuales, que participan en estos Juegos Olímpicos, habita el alma de personas muy dignas, aunque la verdad sea que no siempre somos los más rápidos, los más altos, ni los más fuertes en la Olimpiada de la Vida. Incluso ellos o yo mismo, porque tengo que reconocer que como millones de personas que poblamos este planeta Tierra, no soy Citius (el más rápido), Altius (el más alto), Fortius (el más fuerte), aunque sí emocionente [sic], es decir, podemos vivir unidos por las emociones en esa Olimpiada real de la Vida, sin ser los más altos, rápidos o más fuertes, sólo porque nuestro cerebro trae de fábrica ese recurso humano, fantástico, llamado hipocampo, la cuna cerebral de las emociones, sin necesidad de tener que comprarlo en el gran Mercado del Mundo, es decir, no es mercancía. Además, porque somos inteligentes, aunque muchos sepamos que cada día tenemos que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino hacia Ítaca de la memoria emocional. Cabalgando despacio, porque sabemos que es posible conocerlo bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno, en la Olimpiada Diaria de la Vida.
La Olimpiada de París inicia hoy su recorrido deportivo, con una situación que clama a los cuatro vientos la urgencia del cambio en el espíritu meramente competitivo de la misma, atendiendo lo ocurrido a grandes atletas y deportistas de élite en general por la ansiedad que viven en sus carreras deportivas, donde la competición y el triunfo final es lo más importante, no tanto participar, que queda sólo como reclamo olímpico trasnochado, desde aquella famosa frase que pronunció monseñor Ethelbert Talbot, arzobispo de Pensilvania, en la catedral de Saint Paul, en el oficio de la víspera de la jornada inaugural de los Juegos de 1908, celebrados en Londres, atribuida erróneamente a Pierre de Coubertin: Lo más importante en los Juegos Olímpicos no es ganar, sino participar, así como en la vida lo más importante no es el triunfo, sino la lucha. Lo más importante no es la conquista, sino el combate. Lo digo porque en la intrahistoria de los Juegos Olímpicos, que se celebran por la magna decisión y empeño del barón de Coubertin, desde 1896 (Atenas), hay que reconocer una realidad del olimpismo mundial porque en los Juegos de Estocolmo, en 1912 y en su quinta edición, es la primera vez que se recupera algo esencial en las Olimpiadas desde su nacimiento en el siglo VII antes de Cristo: la relación íntima entre el arte y el deporte. Ya lo había manifestado el barón de Coubertin en un artículo publicado en Le Figaro el 4 de agosto de 1904, titulado “L’Olympiade romaine”: “Ha llegado la hora de iniciar una nueva etapa y restaurar la Olimpíada en su belleza primera. En la época de esplendor de Olimpia –e incluso después, cuando Nerón, vencedor de Grecia, ambicionaba recoger en las riberas del Alfeo unos laureles siempre envidiados- las letras y las artes, armoniosamente combinadas con el deporte, garantizaban la grandeza de los Juegos Olímpicos. En el futuro debe ocurrir lo mismo” (1).
En esa ocasión, Olimpiada de 1912, volvieron a ser convocados artistas en general, al igual que en aquellas Olimpiadas griegas, donde escritores, poetas, filósofos, escultores, historiadores y otros líderes en diferentes ramas del saber, se encontraron de nuevo en una competición artística denominada Pentatlón de las Musas, que contemplaba cinco manifestaciones artísticas relacionadas con la arquitectura, música, literatura, pintura y escultura, con el requisito esencial de que las obras tenían que estar basadas en el deporte, sabiendo que en las Olimpiadas originales también se contemplaba el Pentatlón deportivo: lucha, carreras, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de disco y salto de longitud. Coubertin, bajo el seudónimo de Georges Hohrod y Martin Eschbach, participó también con una Oda al deporte en el Pentatlón de las Musas de Estocolmo, en 1912, que fue galardonada con la medalla de oro, en la que ensalzaba el deporte como placer de dioses, esencia de la vida, porque representa la belleza, la justicia, la audacia, el honor, la alegría, la fecundidad, el progreso y la paz: ¡Oh Deporte, tú eres la Paz! Estableces relaciones amistosas entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. A través de ti, la juventud del mundo aprende a respetarse y, de este modo, la diversidad de las virtudes nacionales se convierte en fuente de una emulación generosa y pacífica.
Recuerdo ahora también que en la Olimpiada de Londres, en 1948, se entregó la última medalla de oro a la poetisa finlandesa Aale Maria Tynni, por versos como: «Laurel de Grecia de noble origen el más celebrado de los árboles, mirando a tu noble corona, deslumbrada debe estar la mente». Fue la última vez que se celebraron este tipo de encuentros, con un manifiesto deterioro por la Olimpiada celebrada en Berlín, en 1936, por las maniobras del fascismo alemán al mando de Goebbels, donde se escoraron todas las medallas a favor de poetas alemanes e italianos por razones obvias. El espíritu de este Pentatlón, auspiciado por el barón de Coubertin, en su primera celebración en la Olimpiada de Estocolmo de 1912, se perdió íntegramente, desapareciendo definitivamente en la Olimpiada de Helsinki de 1952.
Sería maravilloso que el Comité Olímpico Internacional recuperara este pentatlón de las musas y, también, una nueva visión de la ética del deporte en general, debiéndose operar un giro copernicano en su ordenación y organización a través del Comité Olímpico Internacional (COI). Creo que es urgente su recuperación y contar con muchas más manifestaciones artísticas. Es probable que en esa relación del deporte con el arte o del arte con el deporte, tanto monta monta tanto, se pudiera recuperar la belleza de la vida ensalzada por Coubertin en su Oda, que ahora se podría completar con una nueva Oda al Deporte y al Arte. No faltarían candidatos. Otro gallo cantaría si un día decidiéramos buscar las musas de nuestra vida, sin distinción de género buscador y sin necesidad de Olimpiadas específicas, como si lo pudiéramos considerar como una rutina diaria, participando todos los días de nuestro quehacer cotidiano, sin competitividad alguna. Nos daríamos cuenta de que sólo consiste en estar atentos a lo que nos transmite la vida a través de pequeñas cosas, sobre todo de palabras que suenan como la música, el auténtico secreto de las musas que desean transmitir en todo momento.
Las nueve Musas que nos ha legado la historia de la humanidad, representan disciplinas artísticas de un valor incalculable, sin olvidar la perspectiva de género a lo largo de los siglos, porque fueron el mejor incentivo para interpretar la belleza de vivir despiertos: Calíope, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Clío, la historia; Erató, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Euterpe, la música; Melpómene: la tragedia; Polimnia, los cantos sagrados y la poesía sacra; Talía, la comedia; Terpsícore, la danza y la poesía coral y Urania, la astronomía, poesía didáctica y las ciencias exactas. ¿No sería fantástico recuperar, para empezar, estas musas en una Olimpiada de la Cultura y el Deporte? Para empezar a recorrer este camino es recomendable leer el único libro que hasta ahora, salvo error por mi parte, se ha dedicado a esta interesante historia del arte en el Olimpismo mundial, The Forgotten Olympic Art Competitions: The Story of the Olympic Art Competitions of the 20th Century, escrito por Richard Stanton: “Todas las personas con las que he hablado acerca de esto han quedado sorprendidas” dice Richard Stanton, autor de The Forgotten Olympic Art Competitions (Las olvidadas competiciones Olímpicas de arte) “Me enteré de éstas mientras leía un libro de historia, en él me encontré con un pequeño comentario acerca de las competiciones olímpicas de arte, sólo alcancé a pensar —¿Qué competiciones?—”. Impulsado por su curiosidad, escribió el primer y único libro publicado sobre el tema…” (2).
Llevamos siglos con una invocación muy bien relatada por John Milton, en El paraíso perdido, cuando pide a las musas algo muy sutil: “Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre. Y el fruto de aquel árbol prohibido cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre, más grande, reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada”. Como si no existieran otras Musas que nos indicaran una y mil veces el camino de la belleza y del amor sin tener que recurrir al pecado, al fracaso humano, a perder muchas veces en las diversas carreras de la vida sin alcanzar los sueños soñados. Lo explicó de forma espléndida Píndaro de Tebas hace ya veinticinco siglos, hablando de las Olimpiadas en Delfos: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95).
NOTA: la fotocomposición de cabecera representa (izquierda) el cartel original de la Olimpiada de Estocolmo, celebrada en 1912, donde tuvo lugar por primera vez el Pentatlón de las Musas. A la derecha (arriba), figura un cuadro del pintor francés Michel Dorigny, Apolo y las Musas (El Parnaso), pintado en 1640 (ca.) y que figura en la actualidad en los fondos del Szépmûvészeti Múzeum, en Budapest (Hungría). Abajo, a la derecha, figura la escultura El trotón americano, “un caballo de 20 pulgadas de altura, tirando de un pequeño carro”, que fue premiada por primera vez con medalla de oro, en el Pentatlón citado, realizada por el tirador, escritor, escultor y pintor estadounidense Winans Walter para esa ocasión. Se da la feliz coincidencia de que también había conseguido ya su primera medalla de oro en la Olimpiada de Londres, de 1908, en la modalidad de tiro de precisión.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas.
Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?
Eduardo Galeano, Extranjero, en El cazador de historias
Hace ya unos años que tomé nota de esta frase de Galeano, en una presentación de su obra Los hijos de los días y no la he olvidado. Buscando historias propias y asociadas junto a él, en mi calidad de averiguador de la vida, tal y como lo pensaban los mayas, he encontrado una de título muy breve, Extranjero (1), que me suena muy próxima en estos días en los que hemos asistido en el Congreso de los Diputados a un espectáculo de falta absoluta de solidaridad con los menores migrantes en nuestro país, al no aprobarse el pasado martes la modificación de la Ley de Extranjería que permitiría la obligatoriedad de asumir cada Comunidad Autónoma un cupo detallado en la citada modificación legal, como muestra de solidaridad y corresponsabilidad ante la migración de menores, que desborda en la actualidad a Canarias.
Galeano cuenta en Extranjero una experiencia personal, probablemente durante su estancia en Barcelona como consecuencia de su exilio, que ahora no olvido:
“En un periódico del barrio de Raval, en Barcelona, una mano anónima escribió:
Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas.
Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?”
Creo que sobran palabras para demostrar que una cosa es ser extranjero y otra muy diferente sentirlo como algo propio en esta aldea global en la que hemos convertido el mundo al revés. Por si nos quedaba alguna duda, todavía es más lacerante opinar sobre los extranjeros, entre los que se encuentran los menores migrantes citados anteriormente, como diablos responsables de los males de este mundo o de este país, como si se tratara del Infierno de Dante. Es Galeano el que reflexiona de nuevo sobre esta realidad en El diablo es extranjero (2), en una historia con nombre propio que no admite paliativos:
El culpómetro indica que el inmigrante viene a robarnos el empleo. Y el peligrosímetro lo señala con luz roja. Si el intruso, el venido de afuera, es joven y pobre y no es blanco, está condenado a primera vista por indigencia o inclinación al caos o portación de piel. Pero si no es joven ni pobre, ni oscuro, de todos modos merece la malvenida porque ha venido a trabajar el doble a cambio de la mitad.
El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos en estos tiempos del mundo gobernado por el miedo.
Y la verdad es que el inmigrante está siempre situado a primera mano, ahí no más, a la vista, a la hora de encontrar culpables del desempleo, de la inseguridad y de otras muchas temibles desgracias.
Antes Europa derramaba sobre el mundo, sobre el mundo entero: soldados, presos, campesinos muertos de hambre… que eran protagonistas de las aventuras coloniales y han pasado a la historia como mensajeros de Dios. Era la civilización lanzada al rescate de la barbarie.
Ahora el viaje ocurre al revés. Eso quiere ser la invasión de los invadidos. Los que llegan o intentan llegar desde el sur al norte son protagonistas de las desventuras coloniales que pasan a la historia como mensajeros del Diablo. Es la barbarie lanzada al asalto de la civilización.
Creo que debe llegar el día en el que hablemos con estos menores migrantes “de extranjeros a extranjeros”, porque de eso sabemos mucho a través de la Historia, que -por cierto- se nos olvida en este país muy pronto. Como decía Galeano, los humanitossomos contradicciones que caminan, extranjeros de cuerpo y alma, en cualquier lugar o en alguna parte de la gran Aldea Global en la que se ha convertido el mundo al revés en el que vivimos, también nuestro país. Lo que puedo asegurar ante lo sucedido en el Congreso, es que detesto el culpómetro y el peligrosímetro hacia los menores no acompañados y migrantes en general, extranjeros en definitiva, porque reconozco que también lo soy en este mundo al revés, en este país, diseñado a veces por el enemigo.
(1) Galeano, Eduardo. El cazador de historias, 2016, Madrid: Siglo XXI España, p. 69..
(2) Galeano, Eduardo. Espejos. Una historia casi universal, 2008. Madrid: Siglo XXI España.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!
Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta recién casado, 1916-1917
Sevilla, 23/VII/2024
Hoy cumple un año la legislatura actual, plagada de sobresaltos y situaciones políticas nada edificantes, propiciadas por un hecho irrefutable: la derecha, en todas sus versiones, incluyendo la ultraderecha ultramontana y su más allá, no aceptó los resultados de las urnas, porque lo que pensaron que iba a ser un paseo triunfal para entrar en La Moncloa, se perdió para ellos hasta hoy, un año después, más cada día después que la democracia agregue hasta el final de la legislatura, gracias a la realidad objetiva de los votos de la izquierda y nacionalismos históricos de este país, convirtiendo aquellos resultados en la crónica de una coalición progresista anunciada para llevar adelante el Gobierno progresista, legítimo, de este país.
He vuelto a leer el artículo que publiqué ese Día Grande de la Democracia, ¡Cuidemos bien el voto, en este día tan esencial para la democracia!, hace exactamente un año, y respetando lo allí expuesto, incluso con palabras idénticas, lo he contextualizado en la realidad actual, tarea nada fácil porque estoy muy preocupado con el telón de fondo de la política en este país al revés, en pleno ocaso de la democracia. Cambiando los tiempos de los verbos utilizados hace un año, surgen muchas preguntas sin respuesta en la misión diaria de cuidar del voto, aunque lo importante es no olvidar aquellas palabras que aprendí de Julio Numhauser, en su preciosa canción, “Cambia, todo cambia”: Pero no cambia mi amor / Por mas lejos que me encuentre / Ni el recuerdo ni el dolor / De mi pueblo y de mi gente
Pasen y lean…
Hoy, un año después de la celebración de las elecciones generales, un día clave para la democracia en nuestro país, en el que gracias a él se eligieron los miembros del Congreso de los Diputados y del Senado, he recordado de nuevo unas palabras preciosas de Juan Ramón Jiménez, poeta al que tanto admiro, a modo de introducción a su querido diario como poeta recién casado (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia!-, porque resumen perfectamente el cuidado extremo que debemos observar con nuestras responsabilidades individuales y colectivas en cada día después de este día grande para la democracia:
¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!
Es difícil encontrar un prontuario de cómo actuar de forma responsable en tiempos difíciles para la política digna, pero estas palabras de Juan Ramón Jiménez descubren todos los ámbitos de la vida de cada persona que ahora, más que nunca, debemos tener en cuenta mediante actos responsables, personales e intransferibles. Cuidamos aquél día, el de hace un año, en el que se votó un proyecto de país, que encerraba también todas las realidades y todas las variedades de la existencia, proyectadas en tres situaciones que ese día nos llenaron de esperanza al conocer los resultados de las votaciones, en momentos que personas progresistas y del amplio espectro de las izquierdas y nacionalismos democráticos, necesitábamos reforzar ilusiones y oportunidades para seguir adelante, políticamente hablando: crecer, caminando siempre hacia adelante, actuar de forma saludable de tal forma que ennoblezca cada acto humano y descubrir la belleza de la hermosura de todo aquello que se hace bien respondiendo a la ética personal y colectiva, atendiendo al suelo firme (la solería de nuestra vida) que justifica todos los actos humanos, algo sobre lo que escribo con frecuencia en este cuaderno digital.
Este principio de realidad freudiano, nos permite, un año después, reflexionar sobre lo que ha ocurrido hasta ahora en la política general en este país, para mí unos hechos muy preocupantes para la consolidación del Estado de Bienestar en este año de legislatura, con voladuras controladas de las bases democráticas que lo sustentan, lo que nos lleva a reflexionar que con lo que está pasando y estamos viendo, no se sabe cómo será el mañana. Juan Ramón Jiménez abordó esta dialéctica con una recomendación muy sabia: si hoy, 24 de julio de 2024, hacemos bien las cosas, cuidando nuestro voto progresista de forma responsable, puede convertirse el tiempo transcurrido hasta ayer en un sueño y cada mañana en una visión de esperanza. Esa es la razón y no otra, de seguir cuidando bien el voto de hace un año, de aquél día que, un año después, sigue siendo mío, que es también tuyo, de los demás, de todos, porque encierra todas las realidades y todas las variedades de nuestra existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura de la vida digna, viviendo la libertad que nos entregó el resultado final de las elecciones generales, en un camino vivo para seguir defendiendo hoy la democraciaen nuestro país: Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día, 23 de julio de 2024.
(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916-1917), Madrid: Visor Libros, 2011.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo: ¡la gente va allí a bañarse! Yo no he visto nunca el mar. El maestro nos dice que iremos a bañarnos. Yo digo que no voy a ir porque tengo miedo de que me voy a ahogar.
Lucía Carranza, enero de 1936
Sevilla, 18 de julio de 2024, en el 88 aniversario del comienzo de la guerra civil
El texto que figura en la cabecera de este artículo lo escribió Lucía Carranza, una alumna de la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos), en el cuaderno El Mar, Visión de unos niños que no lo han visto nunca, editado artesanalmente en enero de 1936. Si hoy lo rescato es para simbolizar, con las palabras que aún nos quedan, un pequeño homenaje a las personas que sufrieron en nuestro país el escarnio de la guerra civil durante casi tres años y, posteriormente, durante casi cuarenta años de dictadura franquista, víctimas del mal llamado “glorioso alzamiento nacional”, que comenzó el 18 de julio de 1936 y que tristemente recordamos hoy, con un profundo respeto a la memoria histórica y democrática de este país.
Con este motivo, vuelvo a publicar hoy el artículo que figura en este cuaderno digital desde el 8 de noviembre de 2023, con un título, En memoria de Antoni Benaiges Nogués, un maestro imprescindible, que encierra en sus palabras un relato que sobrecoge y da a conocer razones de fondo para amar, 88 años después y con todas nuestras fuerzas, la democracia y no las guerras propiciadas por el fascismo y las ultraderechas de todo tipo.
En memoria de Antoni Benaiges Nogués, un maestro imprescindible
En mi singladura diaria por el mar abierto de mi vida, he llegado a una isla desconocida por mí, la vida y obra de Antoni Benaiges Nogués, un maestro olvidado por la España que, todavía hoy, siempre hiela el corazón, que decía Antonio Machado, una persona de las imprescindibles de Bertolt Brecht, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente mediante este pequeño homenaje que deseo tributarle con palabras, que nos quedan, en este cuaderno digital, pero no sólo a él, sino a miles de maestros y maestras que fueron maltratados de mil formas indeseables, incluso con la muerte, durante la guerra civil y años posteriores de dictadura.
Esta localización extraordinaria la he podido llevar a cabo gracias al cine, ¡bendito cine!, a una película, El maestro que prometió el mar, que se presentó en la Semana Internacional del Cine (SEMINCI), de Valladolid, en octubre pasado, dirigida por Patricia Font y cuya sinopsis ya es atractiva, de por sí, para almas inquietas: “Ariadna, descubre que su abuelo busca desde hace tiempo los restos de su padre, desaparecido en la Guerra Civil. Decidida a ayudarlo, viaja a Burgos, donde están exhumando una fosa común en la que podría estar enterrado. Durante su estancia allí, conocerá la historia de Antoni Benaiges, un joven maestro de Tarragona que antes de la guerra fue profesor de su abuelo. Mediante un innovador método pedagógico Antoni inspiró a sus alumnos y les hizo una promesa: llevarlos a ver el mar”, poniendo en valor la lucha de tantas familias que todavía buscan a sus familiares enterrados anónimamente en fosas comunes a lo ancho y largo de este país. He procurado buscar antecedentes históricos de esta historia verdadera, porque en esta ocasión cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, al estar basado el guion en la vida y obra de un maestro, nacido en un pueblo de Tarragona, Mont-roig del Camp, en 1903, que ejerció su preciosa tarea en un destino rural desde 1934, concretamente en la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba, un pequeño pueblo de Burgos, de infeliz memoria por su trágico fusilamiento, llevado a cabo el 25 de julio de 1936, recién iniciada la guerra civil, siendo enterrado en una fosa común que todavía no se ha podido localizar, para mayor escarnio de sus familiares y allegados más directos, así como para la memoria histórica y democrática de este país.
Gracias a la búsqueda citada, he localizado también una obra imprescindible para conocer detalles necesarios para comprender el alcance de la vida y obra de Antonio Benaiges, El maestro que prometió el mar, una publicación coordinada por Francesc Escribano, junto a textos de Francisco Ferrándiz y Queralt Solé, con trabajo de documentación y fotografías de Sergi Bernal, en una coedición llevada a cabo por las editoriales Blume y Ventall, que ha servido de base para el guion de la película, cuya sinopsis amplia la intrahistoria de esta vida ejemplar llevada al cine: “Antoni Benaiges, un maestro de Mont-roig del Camp, Tarragona, fue destinado a la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba, un pequeño pueblo de la provincia de Burgos, en 1934. Gracias a una metodología de enseñanza pionera y revolucionaria para la época, basada en la participación activa de los niños y el uso de la imprenta, comenzó a transformar la vida de sus alumnos y la del pueblo. A finales de julio de 1936, el maestro desapareció. Durante más de 75 años, su trabajo y personalidad permanecieron en la intimidad del recuerdo de sus antiguos alumnos y su familia, hasta que, en agosto de 2010, a pie de fosa, un vecino de Bañuelos haría emerger la figura del maestro asesinado en 1936 y la conmovedora historia de una promesa que no se pudo cumplir. «El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo. La gente va allí a bañarse. Yo no he visto nunca el mar. El maestro nos dice que iremos a bañarnos».
Me ha sobrecogido conocer algo que deseo compartir con quienes me acompañan a menudo en esta singladuras hacia islas desconocidas. Se trata del pequeño homenaje que el 18 de julio de 2021 se celebró en el cementerio de Bañuelos de Bureba, al levantarse un cenotafio, un pequeño monumento funerario dedicado a este maestro inolvidable, imprescindible, sin su cadáver, porque no se sabe dónde está, en un nicho en el que depositaron objetos y recuerdos actuales sobre su vida y obra, el guion de la película citada, por ejemplo y en el que sobre una lápida roja se colocó una inscripción que todavía, al escribirla, me emociona y conturba: “ANTONI BENAIGES NOGUÉS, MAESTRO DE NUESTRA ESCUELA. Nos dejó ser niños, antes de ser hombres, nos enseñó el valor de la palabra, nos prometió el mar”.
Como una premonición de la censura que viene y que ya está presente en las ciudades y pueblos gobernados por la derecha y su más allá en este país, la ultraderecha intolerante por principio, esta historia real llevada a una producción teatral dirigida por Xavier Bobés y Alberto Conejero, El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca, fue vetada durante el verano pasado por el alcalde de Briviesca (Burgos) del Partido Popular, recién formado el nuevo gobierno de la localidad, aludiendo a razones “económicas y técnicas”, cuando con el consistorio anterior todo habían sido facilidades para su representación.
Para que no se olvide la maravillosa obra didáctica de Antoni Benaiges Nogués, ni siquiera un momento, hay que decirlo alto, claro y fuerte: estamos avisados. Como ejemplo a secundar, podemos aprender y reforzar la historia democrática de este país, viendo esta película a partir del próximo viernes 10 de noviembre en cines de este país, difundiéndola a los cuatro vientos para reforzar nuestra democracia, en momentos cruciales como los que estamos viviendo en la actualidad ante la próxima investidura progresista y de futuro alentador, cargado también de legítimas esperanzas. Como las que transmitió el maestro Benaiges a tantos niños y niñas de un pueblo burgalés, Bañuelos de Bureba, recordados hoy gracias a la magia del cine y de la memoria democrática.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.