Curso de verano para entender el mundo al revés / y 7. Pidamos lo imposible

Mayo del 68, París

Sevilla, 25/VII/2021

En el siglo doce, el geógrafo oficial del reino de Sicilia, Al-Idrisi, trazó el mapa del mundo, el mundo que Europa conocía, con el sur arriba y el norte abajo. Eso era habitual en la cartografía de aquellos tiempos. Y así, con el sur arriba, dibujó el mapa sudamericano, ocho siglos después, el pintor uruguayo Joaquín Torres García. Nuestro norte es el sur, dijo. Para irse al norte, nuestros buques bajan, no suben. Si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darle vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?

Eduardo Galeano, Una pregunta, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

“Sed realistas, pedid lo imposible», fue la expresión que ha representado siempre el celebérrimo Mayo francés del 68 y las manifestaciones en las calles de París, de las que fueron sus principales protagonistas los estudiantes universitarios, desde Nanterre a la Sorbona. Era una afrenta integral contra la Autoridad, su significante y su significado arropado en las teorías de Herbert Marcuse sobre la unidimensionalidad del ser humano, en todas sus expresiones posibles, porque esta Autoridad soterraba cualquier posibilidad de cambio en la sociedad francesa y, por extensión, europea y mundial. Todo un símbolo que rescato hoy ante lo que ocurrió en la clase de ayer de este Curso tan interesante para poder entender de alguna forma el mundo al revés que nos rodea tofos los días por tierra, mar y aire.

La profesora nos dijo al comenzar la clase que íbamos a invertir el planteamiento anterior del desarrollo de cada encuentro, es decir, comenzaríamos con una referencia del libro de “texto y contexto” de Galeano, para después buscar la mejor aplicación al momento actual y acabar con un homenaje a palabras muy concretas de Galeano que el alumno o la alumna que quisiera podía proponer como broche final del Curso. Así lo hicimos y un compañero alzó la mano para decirnos que en las primeras páginas había una referencia a muchos “cómplices” de que él hubiera escrito este libro, siendo para él un placer “denunciarlos”. Después de relacionar muchos nombres y apellidos de amigos y conocidos, no inocentes porque sabían lo que hacían colaborando con él en la redacción del mismo, con su culpa individual y colectiva, leyó un nombre final que tiene su aquél: “Y en gran medida es también responsable santa Rita, la patrona de los imposibles”.

Ahí nos quedamos, en el análisis de lo imposible, en una sociedad que deserta a diario de cualquier compromiso que vaya más allá de los intereses de cada uno. Nos pareció a todos de gran interés debatir sobre esta realidad social y el encuentro no tuvo desperdicio alguno. Pero, ¿qué es lo imposible? Las acepciones del diccionario nos orientan, en principio, sobre las mejores definiciones posibles, pero de las cuatro que por primera vez aparecieron en el Diccionario de la lengua española, en 1780, me quedo con la tercera, la de orientación metafísica según el citado diccionario, precisamente por posibilista: cosa sumamente dificultosa o ardua, porque la primera no abre posibilidad alguna para avanzar en la vida: lo que no puede ser o no se puede hacer. Se comprende mejor que la pintada del mayo francés dejaba una puerta abierta a la acción revolucionaria vital: haced lo imposible, aunque sea algo sumamente dificultoso o arduo.

Lo que más me llamó la atención y quiero resaltar en este resumen diario del Curso, es que la referencia al mayo francés fue uno de los primeros recursos para analizar la situación social actual ante los imposibles diarios. Pero Galeano, en las últimas páginas de La escuela del mundo al revés, expone que tenemos el derecho al delirio, sin tener que recurrir a la abogada oficial de los imposibles: “Ya está naciendo el nuevo milenio. No da para tomarse el asunto demasiado en serio: al fin y al cabo, el año 2001 de los cristianos es el año 1379 de los musulmanes, el 5114 de los mayas y el 5762 de los judíos. El nuevo milenio nace un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio romano, que un buen día decidieron romper la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo de la primavera. Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho: un buen día, el papa de Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuándo nació”. De un plumazo, Galeano nos abre los ojos y nos lleva de la mano a soñar que otro mundo es posible, aunque muchos creen y dan por sentado que es imposible.

A continuación, nos dice que “El tiempo se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y teme esta frontera”, invitándonos en ese momento a volar, algo que necesitamos en este mes de julio del 2021 de los cristianos, el 1399 de los musulmanes, el 5134 de los mayas y el 5782 de los judíos. Es verdad, añade, porque “Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio. La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así [la llegada en 2000 del nuevo Milenio] por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio”.

Esa es la razón que definitivamente debatimos en clase, siendo razonables: debíamos pedir lo imposible en “un mundo diseñado por el enemigo” (en frase de mi admirado Juan Cobos Wilkins), porque “aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y, como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: Amarás a la naturaleza, de la que formas parte;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero”.

Finalizó la clase y el Curso. Sobraban las palabras de siempre, llevadas de la voz por panegíricos que no sirven para nada. Lo que si aprendimos en esa clase es que cada día nos otorga el derecho al “delirio” de pensar y transformar la sociedad, según Galeano, por el mero hecho de haber nacido, soñando de verdad que otro mundo es posible y eso, ayer tarde, nos bastaba para volver a casa con la ilusión de transformar este mundo cada día más al revés e imposible. Además, cuando el Sur puede ser el Norte del mundo, tal y como lo trazó el geógrafo Al-Idrisi hace ya muchos siglos, estamos proclamando en voz alta que no estamos locos por el delirio de vencer lo imposible; que sabemos, como muchos antepasados nuestros, lo que queremos y amamos sobre todas las cosas posibles, aunque difíciles y arduas, en beneficio del interés general, de todos y sin dejar a nadie atrás.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 6. Ni los más rápidos, ni los más altos, ni los más fuertes

Sevilla, 24/VII/2021

Con espíritu olímpico en el contexto de Tokyo 2020, asistimos a la clase de ayer en nuestra querida escuela de verano, aunque la verdad sea que no siempre somos los más rápidos, los más altos, ni los más fuertes en la Olimpiada de la Vida, tal y como nos lo está demostrando a diario la pandemia actual, entre otros muchos principios de realidad. Reflexioné sobre este acontecimiento mundial recientemente, glosando la figura de Mohamed Katir, un atleta que representa a España en esta Olimpiada, porque tengo el deber de interiorizar el espíritu de lucha sin descanso y superar la carrera en la calle que me corresponda correr en mi mundo público, de todos, y en el de secreto a lo largo de la vida. Conviene que no olvidemos, con humildad, que muchos venimos de la Nada, como Katir. De ahí su gran ejemplo.

Lo enunciado anteriormente cobra hoy su sentido “olímpico” en un mundo al revés de superestrellas del deporte, de sueldos millonarios y hasta casi insultantes, de apuestas deportivas con publicidad no controlada, de jugadores de todo tipo que se convierten en mercancía pura y dura en el gran Mercado del Deporte. Es por ello que hablar de un deportista de élite, Mohamed Katir (Alcazarquivir, 1998), hijo de emigrantes -su madre marroquí y su padre egipcio-, de los nadies desde hace muchos años que provienen de la Nada, consideré que era un deber ciudadano al compartir su seña de identidad de este país (está nacionalizado como español desde 2019), que tanto los maltratan en determinadas esferas políticas, sociales y laborales para vergüenza y sonrojo de muchos. Sus padres llegaron en patera a este país hace ya muchos años y tuvieron una vida muy difícil de integración social en este territorio tan dual y cainita.

Propuse ayer este ejemplo deportivo y vital como muestra contemporánea con la ceremonia inaugural de los Juegos en Tokyo y a mis compañeros y compañeras de clase les pareció una buena idea, así como a la tutora de turno. Lo más interesante estribaba en analizar con detalle una frase rotunda de Katir: vengo de la Nada, aunque adquirimos el compromiso de analizar igualmente el lema de la Olimpiada de este año: juntos por la emoción, cuestión que siempre he admirado en el ser humano junto a los sentimientos. Pedí intervenir al comienzo de la clase, una vez despejado el hilo conductor el día y les leí el relato que escribí hace unos años, Emocionentes (1), sobre una característica de nuestra vida que nos hace vibrar en muchos momentos de nuestra singladura vital gracias a nuestro maravilloso cerebro y porque pertenezco al Club de los Emocionentes (perdón por el neologismo). Tengo que reconocer que como millones de personas que poblamos este planeta Tierra, sé que no soy Citius (el más rápido), Altius (el más alto), Fortius (el más fuerte) en la Olimpiada de la Vida, pero sí Emocionente. Hoy vuelvo a entregar a la Noosfera estas reflexiones, como si fueran el testigo de una hipotética carrera de relevos existencial. Me puse de pie en la clase y leí el relato para que nos ayudara a comprender mejor el lema de los Juegos Olímpicos de este año y así participar en ellos de una forma original: juntos en la clase unidos por la emoción:

Hace ya mucho tiempo, se descubrió en un país de nunca jamás, una palabra sorprendente, porque el rey del cerebro (así lo llamaban los habitantes del lugar) no sabía cómo explicarla: emocionentes. Solo se conocía una muy parecida: inteligentes, pero era cierto que tendría que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino de la memoria. Cabalgando despacio, porque el rey entendió que era posible conocerle bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno.

Él, bravucón donde los haya, recordaba los ojos de María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Sabía que algo le ocurría al mirar esos ojos saltones y que sucedía algo esencial para la vida de los emocionentes, porque normalmente siempre se escucha al corazón mucho más fuerte que al viento, ya que si esta búsqueda al galope, no tiene corazón, es solo eso, búsqueda. El rey, tan sabio, sabía que las palabras nuevas (ésta, emocionentes, la había localizado en una larga misiva de carácter regio) no ruborizan, recordando una cita de Cicerón a la que profesaba gran estima: una carta no se ruboriza (Epistola enim non erubescit). El rey del cerebro, en sí mismo, no se ruboriza. ¡Faltaría más! Solo sabía que podía pedir auxilio a los sentimientos cuando la maquinaria perfecta cerebral atisba el sufrimiento humano.

Y descubrió algo maravilloso en su consulta: él era propietario de un caballo encorvado, conocido como hipocampo, que ya se encontraba hace millones de años en los mamíferos primitivos, es decir, ¡estaba en su cerebro! Y lo sustancial: formaba parte del sistema límbico, como estructura fundamental de diferentes tipos de memorias y almacén de las emociones por su proximidad con la amígdala. ¡Vamos por partes!, decía ruborizado a pesar de él mismo. El rey no daba crédito. “¡Soy propietario de un caballo maravilloso y nadie me lo había anunciado!”. Pero he aquí que lleno de curiosidad quiso conocerlo de forma más cercana. Y comenzó a leer y leer, a preguntar en todas partes de aquél mundo de nunca jamás, y supo que si quería conocer y domesticar su caballo encorvado tenía que “abrir su cerebro” para localizarlo. El consejo de sabios fue contundente: no se ve desde fuera. Y comenzaron a explicarle que hace muchos años, unos científicos especializados abrieron uno por curiosidad y se encontraron estructuras donde cabalgaba tranquilamente un caballo como el suyo.

Siguió preguntando, más y más, hasta que una sabia mujer le susurró algo al oído:

– cabalgas porque te emocionas.

De pronto, supo que la información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. Así lo confirmaba aquél grupo de expertos. Y que también puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y que comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes. ¡Qué palabras tan desconocidas! Aquél rey supo en ese momento que este caballo encorvado es mayor y más activo en las mujeres, es decir, ellas pueden estar en todos los “detalles” de lo que ocurre en determinadas ocasiones; sufre cambios hormonales constantes en una dialéctica entre el estrógeno y la progesterona, activas “amazonas” en la carrera de la vida personal y en pareja.

Se lo diría a la reina: en el primer día del periodo, el hipocampo es activado por el estrógeno reforzando e incrementando en un 25% sus conexiones: se recuerda y aprende más y mejor, es decir, la actividad recordatoria puede ser frenética en la segunda semana del ciclo menstrual. Y él sabía que conocer estas realidades fisiológicas ayuda a los hombres a respetar más a la mujer, entre otras cosas porque sus posibilidades de aprendizaje son una continua lección programada, mes a mes, que hace muy valiosa la experiencia menstrual desde esta óptica contrastada por la ciencia. También le contaron que se había investigado el envejecimiento en esta maravillosa estructura cerebral y que si se mantiene la terapia hormonal en mujeres menopáusicas, su memoria tenderá a envejecer más lentamente, porque las dosis de estrógenos activan la memoria verbal y de largo plazo.

El rey agradeció a los sabios y sabias del lugar, la aproximación que le habían ofrecido sobre el cerebro desnudo. Como era un rey moderno, supo que existía un acto que “susurraba a los caballos” como metáfora de la aprehensión de la vida. Y comenzó a correr y correr anunciando su “descubrimiento”: él como persona, más que como rey, no solo era inteligente, sino también emocionente, porque sabía a ciencia cierta, que en el cerebro, junto al caballo que acababa de descubrir, se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala”, situada exactamente en el lóbulo temporal y que forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Y que galopaba directamente al sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza cerebral.

Lo que había descubierto sobre la amígdala era fascinante. Supo que es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Además y dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. También, que se puede llegar a conocer el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala. Había leído, además, que el cerebro es capaz de decodificar el significado y el sentido emocional de palabras que se presentan a las personas de su reino, de manera subliminal. De ahí la importancia de los anuncios publicitarios y su falta de inocencia, en aquél mundo del nunca jamás. Obvio. Y qué campo tan interesante se abría en su reino para la educación infantil y en casa, en el trabajo y en la Universidad Regia. Los elementos de contexto en los que vivían las personas de aquél lugar, hacían evidente las emociones de cada día, de su existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en el interior de las personas sin que se tome plena conciencia de ello! Es lógico que a veces las personas más próximas al rey le dijeran: “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos.

Conoció que el estrógeno, la progesterona y la testosterona son actores y actrices invitados en el funcionamiento de la amígdala en el cerebro sexuado. Todo lo que ocurra a nivel hormonal afecta a la amígdala. La razón es obvia: si el estrógeno está equilibrado en su funcionamiento ordinario, complejísimo, la amígdala hará vivir y sentir las emociones conscientes e inconscientes de forma regular, modulando actuaciones preprogramadas. Después, los sentimientos y emociones que se construyen en la amígdala, en compañía del hipocampo y del hipotálamo, se bifurcan en razón del protagonismo que concurra en relación con las hormonas masculina o femenina: la progesterona y la testosterona. Y en cada ciclo de vida personal, el protagonismo es diferente. Por ello, supo el rey, que la inteligencia individual, comienza a escribir en el libro de vida de cada persona en particular, cómo se aborda la resolución de problemas diarios para vivir de forma adecuada. Sin florituras agregadas. Solo se regula la mejor forma de vivir, sabiendo que la amígdala es sensible de forma particular con todo lo que a mí me pasa y me acaba afectando de forma momentánea (emociones) o duradera (sentimientos).

El rey, con su caballo desbocado, tuvo la impresión de que la próxima vez que se comiera una almendra, iba a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacía a diario. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que recuerde algo que ya protegió el caballo encorvado, porque ya sabe por qué está sintiendo algo especial.

El rey ya lo había dicho: somos emocionentes.

Y consideró su misión cumplida, aunque para él, este maravilloso cuento humano no había hecho nada más que empezar…

Se hizo un gran silencio y rápidamente nos pidieron que localizáramos un texto del libro de Galeano vinculado a este mundo al revés con el tema tratado hoy. Rápidamente, una compañera lo encontró en el curso básico de racismo y machismo, que propuso leerlo y comentarlo también. Llevaba el título de Los héroes y los malditos, que decía lo siguiente en su contexto de fin del siglo XX:

Dentro de algunos atletas, habita un gentío. En los años cuarenta, cuando los negros norteamericanos no podían compartir con los blancos ni siquiera el cementerio, Jack Robinson se impuso en el béisbol. Millones de negros pisoteados reconocían su dignidad en este atleta que brillaba como nadie en un deporte que era exclusivo para blancos. El público lo insultaba y le tiraba maníes, los rivales lo escupían; y en su casa recibía amenazas de muerte. En 1994, mientras el mundo aclamaba a Nelson Mandela y su larga pelea contra el racismo, el atleta Josiah Thugwane se convertía en el primer negro sudafricano que ganaba una olimpíada. En estos últimos años, está siendo normal que los trofeos olímpicos queden en manos de Kenia, Etiopía, Somalia, Burundi o Sudáfrica. Tiger Woods, llamado el Mozart del golf, está triunfando en un deporte de blancos ricos; y hace ya muchos años que son negros los astros del baloncesto y del boxeo. Son negros, o mulatos, los jugadores que más alegría y belleza dan al fútbol. Según el doble discurso racista, es perfectamente posible aplaudir a los negros exitosos y maldecir a los demás. En la Copa del Mundo que ganó Francia en el 98, eran inmigrantes casi todos los futbolistas que vestían la camiseta azul y al son de la Marsellesa iniciaban cada partido. Una encuesta realizada en esos días confirmó que cuatro de cada diez franceses tienen prejuicios racistas, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.

Dentro de algunos atletas actuales, que participan en estos Juegos Olímpicos, habita un gentío de personas muy dignas. Nos pasará, por ejemplo, cuando veamos brillar este año a la gimnasta americana Simone Biles, que siempre deslumbra por la dignidad humana que lleva dentro. De lo que estábamos convencidos en la clase es de que en este mundo todos somos emocionentes, es decir, podemos vivir unidos por las emociones en la Olimpiada de la Vida, sin ser los más altos, rápidos o más fuertes, sólo porque nuestro cerebro trae de fábrica ese recurso humano, fantástico, llamado hipocampo, sin necesidad de tener que comprarlo en el gran Mercado del Mundo, es decir, no es mercancía. Además, porque somos inteligentes, aunque a partir de hoy muchos sepamos que cada día tenemos que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino hacia Ítaca de la memoria emocional. Cabalgando despacio, porque sabemos que es posible conocerlo bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno, en la Olimpiada Diaria de la Vida.

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2010). Emocionentes, en III Concurso de relatos breves “Guadalupe González”. Sevilla: Junta de Andalucía. Consejería de Hacienda y Administración Pública, págs. 85-89.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 5. La eterna confusión de valor y precio

Sevilla, 23/VII/2021

Cuanto vale se ignora y nadie sabe / ni ha de saber de cuánto vale el precio

Antonio Machado (1875-1939). Nota manuscrita en unos papeles perdidos

Ayer volví a mi clase puntual del Curso de verano con la ilusión de un niño, aunque de fondo sentía algo parecido a lo que sucedía cuando ese niño interior escribía a los Reyes Magos de Oriente para que me trajeran el caballo de cartón soñado y dibujado en mi carta, que llevaba deletreada la palabra ·c-a-b-a-l-l-o con plumilla, a la inglesa. Una vez que lo descubría de su envoltorio de papel imposible y pasado el primer deslumbramiento por la sorpresa, descubría que ya no tenía gracia montarme muchas veces en él y acababa muy pronto en su cuadra a modo de armario. Después, me iba a la habitación a escribir de nuevo a un rey desconocido que me permitiera ser feliz todos los días, porque tenerlo (el juguete…) me permitía comprobar que ya se me había escapado la ilusión por la montura del equino. Y así me ha pasado desde entonces, buscando por todas partes la forma de disfrutar los placeres basados en bienes básicos y en personas cercanas bajo la forma de familia, compañeras y compañeros de trabajo, amigos, proveedores conocidos y respetados (en clave de valor), frente a lo que me ofrecen los bienes de consumo (puro precio y mercado), por mucho que se empeñe en ello, con perdón, la publicidad que nos invade por tierra, mar y aire, que tienen nombre propio y de los que ahora no quiero acordarme.

Han pasado los años desde aquella aventura frustrada del caballo de cartón y todo lo que me rodea está tocado por el poderoso caballero don dinero. En los primeros minutos de la clase, una mano reclamó la atención del tutor del día y procedimos de la forma que ya se ha hecho habitual: arrancamos con una noticia elegida democráticamente por todos y después buscamos su correlato con la obra de Galeano que nos sirve de libro de texto y de contexto. La noticia a comentar ha nacido en la última reunión del Banco Central Europeo, donde se dirimen las grandes decisiones sobre la realidad terca del dinero a repartir entre todos los países afectados por la pandemia, cuestión no baladí en estos momentos (1): “La discusión ha sido la antesala de otro debate fundamental: el de cómo y cuándo empezar a reducir los estímulos del programa pandémico de compra de activos, previsto para la reunión de septiembre, cuando también anunciará sus nuevas previsiones económicas. Aunque la decisión dependerá del habitual tira y afloja entre palomas halcones —esto es, entre el ala moderada y los partidarios de endurecer la política monetaria—, dos fuerzas tiran en sentido opuesto: por un lado, la expansión de la variante delta añade nuevas incertidumbres a la recuperación que invitan a no precipitarse en el tapering o retirada progresiva de los estímulos económicos. Por otro, la esperada subida de la inflación nutrirá de argumentos a los que ven llegado el momento de pisar el freno, aunque en sus previsiones actuales el banco insiste en que se trata de un repunte transitorio derivado de la reapertura de las economías: prevé que toque techo en el 2,6% en el cuarto trimestre, retroceda al 1,5% en 2022 y siga perdiendo fuelle hasta el 1,4% en 2023”. Al menos, nos va quedando claro que los hombres de negro quedan bautizados como “halcones” y que los más moderados son “palomas”.

Siendo esto así, aporté en la clase que hace ya bastantes años escribí en este cuaderno digital sobre esta realidad en términos que reproduzco a continuación, visto lo visto: “Tenía razón Antonio Machado: todo necio confunde valor y precio (Proverbios y cantares, LXVIII). Se me ha ido el alma a la lectura de un reportaje publicado hoy en el diario El PaísCosas que el dinero puede comprar, o no, que me ha activado áreas cerebrales que estaban dedicadas desde hace días a otros escenarios de progreso, quizá porque estaba influenciado por un ataque de admiración de Woody Allen, en torno a una frase suya que ahora, paradojas de la vida, publicita un Banco: Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y haciendo caso al Dr. Cardoso, un personaje peculiar en la vida de Pereira (Tabucchi), he comenzado a frecuentarlo, como una forma de invertir inteligencia para ser más feliz. Y andando en estas cuitas de tempus fugit, anuncio del banco, futuro, resto de mi vida, blog, compromisos varios, descubro una lectura de las que llamo “necesarias”, al menos para mí, reforzando una creencia clara: en el futuro en el que quiero vivir, el dinero no te lo facilita todo. Según el estudio elaborado por Manuel Baucells, profesor de la escuela de negocios IESE y Rakesh K. Sarín, de la UCLA Anderson School of Management de la Universidad de California: Does more money buy you more happiness?, había malas noticias para algunos, porque parece ser que algo de felicidad se puede comprar con dinero pero no toda la felicidad. El estudio citado decía que cuando compramos algo y lo empezamos a disfrutar, de forma inversamente proporcional “decae” la ilusión, más o menos, “porque ya tenemos lo que deseábamos”: el dinero no da la felicidad, pero la puede comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparamos con personas más afortunadas. Y empezamos a ver lo que los demás tienen y así indefinidamente, generando la envidia. Luego parece ser que es más importante desear las cosas que tenerlas.

Otra vez aparece mi síndrome del caballo de cartón o lo que está ocurriendo ahora con las nuevas tecnologías de la información y comunicación con el llamado síndrome de la última versión, porque nunca llegamos a tener lo último de lo último y eso frustra hasta límites insospechados. Ahora venía la parte más interesante de la segunda parte de la clase, sin emular precisamente a Groucho Marx con su famoso frase que no olvido en estos momentos, con su ironía característica y en el contexto de la crisis mundial de 1929,  en su fondo y forma muy parecida a la actual desde 2008: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”.

Me levanté y propuse que dedicáramos el tiempo que quedaba hasta finalizar la clase a leer lo que Galeano dedica  a la dialéctica valor y precio en su apreciado libro, en un capítulo sobre las lecciones de la sociedad de consumo y bajo un epígrafe no inocente, Globalización, bobalización: “Hasta hace algunos años, el hombre que no debía nada a nadie era un virtuoso ejemplo de honestidad y vida laboriosa. Hoy, es un extraterrestre. Quien no debe, no es. Debo, luego existo. Quien no es digno de crédito, no merece nombre ni rostro: la tarjeta de crédito prueba el derecho a la existencia. Deudas: eso tiene quien nada tiene; alguna pata metida en esa trampa ha de tener cualquier persona o país que pertenezca a este mundo. El sistema productivo, convertido en sistema financiero, multiplica a los deudores para multiplicar a los consumidores. Don Carlos Marx, que hace más de un siglo se la vio venir, advirtió que la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la tendencia a la superproducción obligaban al sistema a crecer sin límites, y a extender hasta la locura el poder de los parásitos de la «moderna bancocracia», a la que definió como «una pandilla que no sabe nada de producción ni tiene nada que ver con ella». La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura del consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura empieza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo”.

A todos los asistentes nos pareció bien trabajar sobre estas palabras y el debate fue muy interesante y fructífero. Hay que reconocer que son palabras duras, pero certeras, aunque lo malo de su trasfondo es que son muy actuales y que afectan al niño que fuimos y somos, en un ejemplo que él recoge también en el libro de texto y que simboliza mejor que nada lo que he querido resaltar sobre lo aprendido en esta clase: todo necio confundo valor y precio en este mundo al revés y eso lo aprendemos desde nuestra infancia, en nuestro mundo infantil:

Hay que tener mucho cuidado al cruzar la calle, explicaba el educador colombiano Gustave Wilches a un grupo de niños:

-Aunque haya luz verde, nunca vayan a cruzar sin mirar a un lado, y después al otro.

Y Wilches contó a los niños que una vez un automóvil lo había atropellado y lo había dejado tumbado en medio de la calle. Evocando aquel desastre que casi le costó la vida, Wilches frunció la cara. Pero los niños preguntaron:

-¿De qué marca era el auto? ¿Tenía aire acondicionado? ¿Y techo solar eléctrico? ¿Tenía faros antiniebla? ¿De cuántos cilindros era el motor?

Para terminar, a modo de pregón de la linterna mágica en la que a veces estamos instalados viendo pasar sólo sombras de la realidad humana, a modo de la caverna que tanto sobrecogía a Galeano desde el comienzo del libro (mucho antes a Platón), invitándonos a pasar y ver en ella el gran espectáculo del mundo al revés, leímos a continuación unas palabras con formato pregón dedicadas a las pobrezas de ese mundo que al menos a mí tanto me preocupa en este aquí y ahora, dejándonos la tarea de llevarnos estos mensajes a casa para meditarlos en nuestro rincón de pensar, en un hipotético mundo al derecho que también existe:

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos.

Pobres, lo que se dicen pobres, son los que no saben que son pobres.

Hoy, me permito añadir algo: Pobres, los que confunden siempre valor y precio. No es lo mismo en un mundo al derecho, que también ensalza Galeano: “Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”.

(1) El BCE instaura un periodo más prolongado de tipos de interés bajos | Economía | EL PAÍS (elpais.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 1. Introducción

Sevilla, 17/VII/2021

Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.

Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés

En el mes de marzo pasado me dijeron que estaba abierta la matrícula de la Escuela del Mundo al Revés y sin pensármelo dos veces decidí matricularme a mi matusalénica edad, que diría Benedetti, porque tal y como estaba la “cosa” en ese momento estaba convencido de que no entendía casi nada de lo que estaba pasando, aunque muchos me advertían que lo que pasaba era que no sabíamos en el fondo lo que nos pasa y que me tengo que convencer de que “estoy obligatoriamente obligado a entenderlo”, como aprendí en mis años jóvenes del poeta malagueño Rafael Ballesteros. La verdad es que ese aserto no me solucionó nada, probablemente porque soy un inconformista de cuidado. En el acto de la matrícula (gratuita, por cierto) me indicaron que íbamos a utilizar un libro de texto muy interesante, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, de Eduardo Galeano, autor que siempre he admirado por sus lecciones de ética mundana. Me dijeron que era imprescindible llevarlo siempre encima para comprender bien el sentido de cada clase. ¿Se convertiría en un libro de cabecera?

Dicho y hecho. Abrí el libro por su primer capítulo, para ir calentando motores, leyendo sin pestañear su primer apartado: Educando con el ejemplo: “La escuela del mundo al revés es la más democrática de las instituciones educativas. No exige examen de admisión, no cobra matrícula y gratuitamente dicta sus cursos, a todos y en todas partes, así en la tierra como en el cielo: por algo es hija del sistema que ha conquistado, por primera vez en toda la historia de la humanidad, el poder universal. En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos”. La verdad es que para empezar no estaba mal el discurso, porque tengo que confesar que algo así me pasa casi todos los días, porque el mundo está trastocado y en permanente mudanza por tierra, mar y aire, desoyendo a San Ignacio sobre lo que se debe hacer en tiempos de turbación.

A continuación, abordaba varios epígrafes de marcado interés: los modelos de éxito, los alumnos y un curso básico de injusticia. Eran tres maniobras de aproximación al mundo al revés, a título de ejemplo, que una vez leídas me sobresaltaron aún más, quizá sea por aquello del inconformismo crónico que padezco. Sobre los modelos de éxito arrancaba su análisis con una introducción contundente: “El mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Sus maestros calumnian la naturaleza: la injusticia, dicen, es la ley natural. Milton Friedman, uno de los miembros más prestigiosos del cuerpo docente, habla de «la tasa natural de desempleo». Por ley natural, comprueban Richard Herrstein y Charles Murray, los negros están en los más bajos peldaños de la escala social. Para explicar el éxito de sus negocios, John D. Rockefeller solía decir que la naturaleza recompensa a los más aptos y castiga a los inútiles; y más de un siglo después, muchos dueños del mundo siguen creyendo que Charles Darwin escribió sus libros para anunciarles la gloria”.

Cuando trataba el epígrafe de los alumnos, otra vez volvía a la carga para describir cómo es el mundo de muchos niños de hoy, es decir, su mundo al revés: “Día tras día, se niega a los niños el derecho de ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”. La verdad es que esta visión descarnada me servía para darme cuenta de que hay personas en el mundo que siguen pre-ocupadas (así, con guion) con lo que pasa en el mundo o en mi barrio más próximo. Describía, uno tras otro, ejemplos de lo que pasa a los niños del mundo, que puede ser hoy lo que les ocurre a muchos niños y niñas aquí en Sevilla, en la barriada del Vacie o en las Tres Mil Viviendas, en el Polígono Sur, en Amate y en Los Pajaritos: “Entre los niños que viven prisioneros de la opulencia y los que viven prisioneros del desamparo, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de clase media. Que te dejen ser o que no te dejen ser: ésa es la cuestión, supo decir Chumy Chúmez, humorista español. A estos niños les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden”.

El tercer epígrafe, dedicado al curso básico de injusticia, me conmovió en una de sus primeras líneas: “La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalitarismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la organización desigual del mundo. La maquinaria de la igualación compulsiva actúa contra la más linda energía del género humano, que se reconoce en sus diferencias y desde ellas se vincula. Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”. Lo que más me sorprendió en aquella lectura iniciática fue la clamorosa diferencia que exponía entre ser o tener, dialéctica que ya aprendí a identificar con Erich Fromm y que intenté rescatar entonces en las palabras de Galeano: “Quien no tiene, no es: quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes importados, está simulando existir. Economía de importación, cultura de impostación: en el reino de la tilinguería [los tontos, bobos y simples], estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado. La mayoría de los navegantes está condenada al naufragio, pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajes de los que pueden viajar. Los préstamos, que permiten atiborrar con nuevas cosas inútiles a la minoría consumidora, actúan al servicio del purapintismo [actitud de aparentar] de nuestras clases medias y de la copianditis de nuestras clases altas; y la televisión se encarga de convertir en necesidades reales, a los ojos de todos, las demandas artificiales que el norte del mundo inventa sin descanso y, exitosamente, proyecta sobre el sur. (Norte y sur, dicho sea de paso, son términos que en este libro designan el reparto de la torta mundial, y no siempre coinciden con la geografía)“. Una anécdota que cuenta Galeano en este epígrafe me pareció de un simbolismo práctico como la vida misma: “Existe un solo lugar donde el norte y el sur del mundo se enfrentan en igualdad de condiciones: es una cancha de fútbol de Brasil, en la desembocadura del río Amazonas. La línea del ecuador corta por la mitad el estadio Zerâo, en Amapá, de modo que cada equipo juega un tiempo en el sur y otro en el norte”.

Hechas estas lecturas apresuradas por mi urgencia vital en ese momento, pero que viví de forma muy especial, tomé en consideración que el mundo al revés que vivimos se entiende mejor cuando tomamos conciencia de que tenemos un problema económico muy grave en el país, que viene de antiguo, la irrupción brutal de la COVID-19 y sus daños colaterales en el tiempo, el paro galopante, el mal comportamiento de los políticos, así como los problemas derivados de esta situación que son muchos; la sanidad pública cada vez más asfixiada en profesionales, la inversión y dotación económica insuficiente para casi todo lo que se mueve, problemas de pobreza severa y otros de variada índole social; la situación de los jóvenes cuya horquilla de fracaso social es cada vez más alarmante; también, la falta de conciencia ciudadana ante lo que está ocurriendo y, por último, la realidad alarmante de la eterna dialéctica entre educación pública y concertada, con gran menoscabo de la primera, cuando invertir en educación es la garantía de nuestro futuro.

Aquél día me quedé en un silencio íntimo sepulcral después de aproximarme a aquella matrícula de urgencia vital, aunque reconocía que el Curso era muy difícil de entender y asimilar, sobre todo porque estaba de acuerdo con la descripción del mundo al revés que hacía Galeano, aunque en aquél momento no atisbaba muchas salidas a la situación descrita. Fundamentalmente, porque ya lo había comentado en este cuaderno digital el año pasado, cuando personalmente decía que él “nos invitó hace ya veintidós años a entrar en la escuela de ese mundo tan opresivo para personas que buscan otra forma de ser y estar en el mundo de todos y lo sintetizó en unas palabras, Si Alicia volviera,  que no olvido: “Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies” (1).

Ha pasado el tiempo y vuelvo a tener la necesidad de acudir a una formación reglada en este ámbito, porque todos los días asisto al gran teatro del mundo al revés por doquier que, sinceramente, me cuesta mucho entender y además con la sensación de que cabemos en un taxi los que vivimos esta realidad y no queremos hacer una huida ciega hacia adelante. La única forma de hacerlo es acudir ahora a un Curso de verano sobre esta realidad y no perder una sola clase. Hoy, como en marzo pasado, me he vuelto a asomar a la ventana de Alicia y me he dado cuenta de que lo que veo y siento es el mundo al revés en su aquí y ahora en el que me ha tocado vivir. Reconozco que entenderlo es harina de otro costal, porque casi todo está patas arriba. Esa es la razón por la cual he buscado en la oferta veraniega de formación a distancia y virtual un Curso de verano para entender el mundo al revés. Lo necesito y deseo compartir la asistencia. Sé que la dignidad humana que lleva a la libertad personal y colectiva del mundo al derecho, es un camino a recorrer durante toda la vida y ahora, en este verano, en este Curso anunciado. Esa es la cuestión, como le pasaba al protagonista de la famosa obra de teatro de Fernando Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano, salvando lo que haya que salvar, aunque no podamos a veces tenerlas en este mundo al revés (cada uno que imagine la suya en el decorado que viva…), porque las guerras, las faltas de acuerdo, la pandemia, la desafección ideológica y política, el paro galopante, la pobreza severa de muchas personas, el desencanto estructural del país y la ausencia clamorosa de valores, no nos permiten comprarlas y disfrutarlas en el momento deseado y deseante que tanto añoraba Luisito, el protagonista de aquella hermosa película de igual nombre. Incluso para ir, cada día y de forma imaginaria, a las clases anunciadas en este interesante Curso de Verano, que todavía tiene algunas plazas libres.

(1) Eduardo Galeano (1998). Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Sólo Federico

Ilu Ros junto a Federico, su obra

Sevilla, 14/VII/2021

Decía el poeta ítalo-argentino  Antonio Porchia (1885-1968) que se sabe lo que se entrega, pero no lo que se recibe: sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido. Recientemente, me han regalado un libro precioso, Federico, una biografía del gran poeta granadino, de cuyo nombre, sólo su nombre, quiero acordarme ahora expresamente, ilustrada por Ilu Ros y editada por Lumen (1), con un claro objeto de deseo: expresar en palabras lo que he sentido al recibirlo como regalo. Agradecimiento eterno, por encima de todo. Es una edición muy cuidada, una aventura atrevida, aunque Federico es siempre una garantía de que cualquier viaje que iniciemos con él siempre será hacia alguna parte. Es un libro didáctico, sobre todo, que demuestra la importancia que tiene saber divulgar en nuestro aquí y ahora tan particular, una vida ilustrada de Federico como alma de nuestra memoria histórica como país.

Ilu Ros ha hecho un trabajo extraordinario al dibujar la vida del poeta granadino teniendo en cuenta fuentes solventes y donde se refleja siempre la forma de ser y estar Federico en el mundo. He leído varias entrevistas de la autora porque quería conocer el proceso de elaboración del libro desde que le ofrecieron la posibilidad de dibujar una historia tan compleja y rica a la vez, sus miedos iniciales, sus dudas, su elección del color según se mire por el cristal de la vida del poeta, en definitiva el respeto reverencial a su palabra en todos los formatos posibles y la elección del título que ya era un compromiso desde que se concibió la forma de llevar a cabo este proyecto. Basta leer la introducción para comprender lo que esta maravilla encierra: “Federico solo hay uno” o algo que expresó en una entrevista reciente y muy interesante, en la que resumía en breves palabras su verdadero sentir en su bella obra ante una pregunta inquietante:

– “Y por último, Federico, ¿sólo hay uno?

– Hay más, pero está claro que cuando suena ese nombre él es de los primeros que se nos vienen a la mente. No hay sólo uno, pero ese uno sí que es eterno”.

Respuesta inteligente para abordar, página a página, esta biografía sentida y sintiente, aunque la sinopsis oficial del libro no deja tampoco lugar a dudas: “Federico solo hay uno. No le hacen falta apellidos. Un nombre que reconocen tanto niños como adultos, que suena a duende, a cante jondo y a romance popular, pero también a la vanguardia más rompedora. Un nombre que encarna la alegría y las sombras de España, la época más brillante de nuestra cultura desde la Edad de Oro, pero también la guerra y la vergüenza de un pueblo que nunca podrá perdonarse la muerte del poeta que más lo representaba. En este libro escuchamos las voces de aquellos que lo conocieron, desde su familia cercana hasta la legión de amigos y amigas que lo frecuentaron en sus años granadinos, en las juergas líricas de la Residencia de Estudiantes o a lo largo de su intensa vida literaria. Y, por supuesto, la suya propia: la del poeta, la del dramaturgo, la del conferenciante, con la claridad de unas ideas que hoy tienen la misma fuerza, y, por fin, la voz desnuda del hijo, del hermano y del amante enamorado. Ilu Ros fusiona voces y palabras con sus ilustraciones, que nos arrastran como la magnética personalidad de Federico García Lorca: icono de generaciones pasadas, presentes y futuras”.

Son 350 páginas bellas, muy bellas, que una a una siempre aguarda la siguiente para descubrir el caleidoscopio vital de Federico, como si deseara que nunca acabara la necesidad de conocer mejor a este poeta eterno. Sus retratos, múltiples, reflejan casi siempre un rictus de tristeza o melancolía, porque su alma, perfectamente captada por Ilu Ros, sufría cada momento que latía junto al corazón del niño que siempre fue y que descubrí en la interpretación reciente que he leído sobre su niñez rediviva, que también anoté en este cuaderno en el pasado mes de febrero. En esos días leí apasionadamente “Las cosas de Federico (2), una obra delicada y aleccionadora escrita por Mónica Rodríguez sobre el niño que Federico García Lorca siempre llevaba dentro, con ilustraciones que transmiten su alma: “Los cuentos y la imaginación nos permiten no solo ser más felices, también avanzar y crear, ponernos en la piel de otros, en este caso del pequeño Lorca, e incluso para cambiar las cosas y tener un mundo más justo”. Como en aquella ocasión, al presentar hoy la obra de Ilu Ros, Federico, tengo que manifestar alto y claro, a diferencia de los llamados “cazadores” de tesoros que los buscan para introducirlos en el tráfico mercantil, confundiendo siempre valor y precio, que disfruto más compartiéndolos sin más interés que seguir participando en la construcción de un mundo más feliz y digno para todos, como lo deseaba construir Federico, a través de la lectura necesaria de estas obras tan aleccionadoras y bellas.

No quiero finalizar estas palabras sin recordar las que he leído sobre ella en la editorial del libro (3), cuando narra una semblanza del año en el que realizó esta obra: “[…] se encerró a vivir un año con Federico García Lorca. Ahora, abre la puerta sonriente y nos invita a pasar a “Federico”, su nuevo libro, no sin antes avisar: “Los españoles tenemos una mancha de nacimiento en la frente que es el tiro que a él le pegaron”. Leer esta bella obra, contribuye a restañar sólo una parte de una terrible herida que aún perdura en nuestras almas y con un sólo nombre eterno, Federico.

(1) Ros, Ilu, Federico, 2021, Barcelona: Lumen.

(2) Rodríguez, Mónica, Las cosas de Federico, 2021, Lérida: Milenio.

(3) Ilu Ros (penguinlibros.com)

NOTA: la imagen de Ilu Ros en la fotocomposición de cabecera, se ha recuperado hoy de Ilu Ros (autor de Cosas nuestras) – Babelio

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 6. Lo moderno será clásico

Sevilla, 6/VII/2021

Tenemos una oportunidad en estos días de futuro imperfecto de aprender lo aportado por la humanidad a lo largo de su historia, en las diferentes vertientes clásicas que nos enseña el Diccionario de la Lengua Española (RAE) en su lema “clásico”, como adjetivo, de las que he escogido las cinco primeras acepciones porque cada una de ellas es un compendio de aprendizaje multisecular: “Dicho de un período de tiempo: de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.; dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece al período clásico. Aplicado a un autor o a una obra: “esa película es un clásico del cine”; dicho de un autor o de una obra: que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia; perteneciente o relativo al momento histórico de una ciencia en el que se establecen teorías y modelos que son la base de su desarrollo posterior y dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana.

Admiro la cultura clásica desde todas las perspectivas posibles, para lo bueno y para lo malo, porque estoy convencido de que nada humano me es ajeno, aunque tengo que reconocer una debilidad clásica: los autores denominados presocráticos, tales como Pitágoras, Parménides, Tales de Mileto, Heráclito, Diógenes, Demócrito y Anaximandro, entre otros menos conocidos, constituyen mi pensamiento armado en lo clásico que sigue siendo moderno. Una publicación reciente que trata esta realidad inexorable, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy (1), de David Hernández de la Fuente, nos confirma esta imperiosa necesidad de admirarnos, en el sentido aristotélico más profundo, de las aportaciones de los clásicos cada vez más populares, según afirma el propio autor en su introducción: “Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Ítalo Calvino en Por qué leer los clásicos”

Hojear este cuaderno digital en el que escribo casi a diario como cavando un pozo con una aguja, demuestra mi admiración por Calvino, del que ya no me he separado y del que sigo aprendiendo a diario, cuando me enfrento al fenómeno de la página en blanco, sabiendo el aprecio que él tenía por los clásicos, demostrado en una obra preciosa que recomiendo leer una y mil veces:  Por qué leer los clásicos (2), en el que ofrece catorce razones para leer a estos autores, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles, entre las que destaco hoy la tercera, una vez llegado este momento de frecuentar el futuro imperfecto de nuestra vida: “Debe haber, por tanto, un momento en la vida adulta dedicada a revisar los libros más importantes de nuestra juventud. Hay grandes clásicos que ejercen una influencia tan particular en nosotros que se niegan a ser erradicados de la mente escondiéndose en los pliegues de la memoria, camuflándose como el inconsciente colectivo o individual. Es por ello por lo que deben releerse una vez alcanzamos la madurez. Incluso si los libros siguen siendo los mismos (aunque ellos no cambian, a la luz de una perspectiva histórica alterada), sin duda nosotros sí hemos cambiado, y nuestro encuentro con esa misma lectura será una cosa totalmente nueva. En realidad podríamos decir: 4 [cuarta razón]. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. Traigo a colación esta reflexión porque frecuento mucho la lectura de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias. Clásicos a veces no populares, por supuesto.

Creo que el futuro imperfecto se ennoblecerá si acudimos a los clásicos, en un alarde de modernidad, aunque parezca un oxímoron (3) al uso. ¿Les ha gustado la propuesta de Calvino para frecuentar el futuro? Recuerdo que faltan trece razones para completar esta guía de lectura elaborada por Calvino, que pueden leer aquí facilitada por la editorial Siruela. No les va a defraudar y comprenderán por qué hay que leer a quienes tanto han aportado a la humanidad a través de sus textos y contextos. Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida (4), hace una introducción extraordinaria al respecto en su pequeña pero densa obra, que me conmueve en su justo sentido: Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Aviso para navegantes virtuales en busca de futuros más sutiles y perfectos, sobre todo en la educación integral e integrada que tanto necesita este país, que serán modernos pero muy clásicos al mismo tiempo.

(1) Hernández de la Fuente, David, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy, 2021. Barcelona: Ariel.

(2) Calvino, Ítalo, ¿Por qué leer los clásicos?, 2012. Madrid: Siruela.

(3) Oxímoron (RAE. (Diccionario de la lengua española, RAE, 2020): “combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador”.

(4) Ordine, Nuccio, Clásicos para la vida, 2017. Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuadernos de verano para personas mayores

Sevilla, 16/VI/2021

Cuando era niño y hacía las cosas de niño, había un momento excelso en la vida escolar cuando se acercaba el verano, porque podía ir a la librería madrileña «Lino» y comprar allí el cuaderno de verano correspondiente, a veces varios, que traían láminas para dibujar y recortables de la época, camuflados entre deberes de estío para no olvidar lo aprendido. Eran muy bonitos, en color por tecnicolor, como las películas, que siempre los llevé en mi cabás a la espalda en los desplazamientos familiares de verano, acompañados como amigos inseparables de mi querido plumier de dos pisos.

Ahora, cuando ya soy considerado mayor, jubilado y pensionista oficial, dejando atrás aquellas cosas de niños, conozco la publicación inminente de un cuaderno de actividades para adultos, Cuaderno Golden Blackie Books. Vol. 1, especialmente pensado para personas mayores o mejor dicho, más “experimentadas (de más edad, dirán algunos)”, según la sinopsis de la editorial que trabaja desde hace años en esta idea de proactividad inteligente: “El Cuaderno Golden ofrece pasatiempos, ejercicios de lógica, anagramas, sopas de letras, test, crucigramas y muchos otros ejercicios y juegos, elaborados a partir de referentes inolvidables como Serrat, Meryl Streep, Rodríguez de la Fuente o Lola Flores, con los que has bailado, aprendido, cantado, leído, vivido. Sin dejar de lado nuevos conceptos y aprendizajes de hoy para mantener la mente activa y los pies en tierra”. Está destinado a las personas que “que no se conforman con matar el tiempo, ni siquiera con pasarlo, sino que quieren disfrutarlo al máximo. En la playa, en la terraza, de pícnic, de viaje, de relax, con amigos, en pareja, con tus hijos… o para aprovechar ese momentito en el que por fin te quedas a solas, sin ruido ni pantallas. Porque nunca hay que dejar de aprender… ¡Ni de divertirse!”.

Considero que es una aventura editorial extraordinaria, ya consolidada después de haberse publicado diez números generalistas en el ámbito de adultos y esta primera edición para los “más experimentados”, un eufemismo feliz dedicado cuidadosamente a las personas mayores, para mantener en forma el cerebro. Para las personas que amamos la lectura de libros es una noticia excelente, avalada por el trabajo cuidado y de gran altura profesional de la editorial. Los autores son dos experimentados profesionales de la cultura creativa y de ilustración, María López Villodres y Cristóbal Fortúnez, que nos animan a comprender a nuestra edad mayor que este cuaderno “no es de deberes”, porque nadie nos obliga a hacer lo que se indica allí, que “funciona con energía solar, por eso lo sacan en verano”, el próximo 23 de junio, con un último consejo: que “apaguemos el móvil, cojamos un lápiz y disfrutemos aprendiendo”. Tengo que reconocer que el saber no ocupa lugar, pero también es una realidad constatable que cada vez tengo menos sitio en mi “experimentado” cerebro. Sé que el verano es una estación que invita a viajar o a imaginar sueños, también a leerlos en pasajes de la vida, que es otra forma de hacer viajes de interior (del alma), acompañado ahora por este cuaderno para viajeros experimentados de la vida. Nada más que por eso, lo he elegido hoy como cuaderno de compañía.

Tengo que reconocer que en este largo viaje de la vida, siempre tengo presentes las recomendaciones de Kavafis sobre la importancia de Ítaca: Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguantar a que Ítaca te enriquezca. Hoy, gano mucho con la lectura de este cuaderno que me seguirá ayudando a buscar lecturas en islas desconocidas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Bibliotecas humanas, libros abiertos

Proyecto Biblioteca humana: “publicamos personas como libros abiertos”

Sevilla, 11/VI/2021

Cada persona es un libro abierto: “publicamos personas como libros abiertos”, dice el mensaje de la imagen de cabecera. Me gusta pensar en esta realidad, sobre todo cuando las bibliotecas son paraísos en los que sueño con frecuencia. Pero la concepción y la realidad de las mismas han cambiado mucho a pesar de su larga tradición, tan extraordinariamente narrada por Irene Vallejo en su preciosa obra “El infinito en un junco” (1). Un ejemplo vale más que mil palabras y me refiero al proyecto que nació en Dinamarca hace veinte años, con una denominación apasionante, Biblioteca humana, que ratifica el aserto que se utiliza con frecuencia al reconocer la sabiduría de una persona, calificándola como un libro abierto, aunque lo que se pretende en realidad con ese proyecto es que reconozcamos en el otro quién es mediante un encuentro en el que uno narra su vida y ese otro, que escucha, “lee” lo que se transmite, sobre todo cuando con esa acción vencemos estereotipos, prejuicios y desconocimiento de la realidad personal de otras personas diferentes y singulares.

La Biblioteca Humana fue creada en Copenhague en la primavera de 2000 por Ronni Abergel, su hermano Dany y sus amigos Asma Mouna y Christoffer Erichsen. El evento original “estuvo abierto ocho horas al día durante cuatro días seguidos y contó con más de cincuenta títulos diferentes. La amplia selección de libros brindó a los lectores una amplia variedad de opciones para desafiar sus estereotipos, por lo que más de mil lectores aprovecharon para dejar a los libros, bibliotecarios, organizadores y lectores atónitos ante la recepción y el impacto de la Biblioteca Humana”. Según la propia organización, “la biblioteca humana es, en el verdadero sentido de la palabra, una biblioteca de personas. Organizamos eventos en los que los lectores pueden tomar prestados seres humanos que sirven como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendrían acceso. Cada libro humano de nuestra estantería, representa un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social, origen étnico, etc.”.

Considero que es un proyecto fascinante y que cada biblioteca pública o privada de este país debería contar con una sección dedicada al “fondo humano”, si así se pudiera llamar, donde tendríamos la oportunidad de organizar encuentros para “retirar” libros (personas) en actos concretos y “leer” lo que nos cuentan sobre sus vidas, que siempre son libros abiertos, no como se entiende hoy esta expresión vinculada a la sabiduría de una persona determinada, sino a la realidad de esa persona que aparece ante mí con un título y que puede ser de interés general conocerla. Sería muy interesante que llegara un día que la biblioteca pública Infanta Elena de Sevilla, por ejemplo, pudiera anunciar que se incorporó la semana pasada una persona al “fondo” de la misma y que se puede “reservar” su “lectura” en un día y en una hora concreta, lo que se traduciría en un encuentro personal o colectivo para “conocer” (leer) a fondo su vida, porque de esta forma los lectores podríamos “tomar prestados seres humanos” (valga la expresión) como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendríamos acceso. Cada libro humano de las nuevas estanterías de la Biblioteca Humana Infanta Elena, podría representar un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social u origen étnico. Aquí tendrían cabida los nadies, por ejemplo, que tendrían muchas cosas que decir y denunciar.

El ”fondo” de estas bibliotecas humanas puede ser riquísimo: «Soy bipolar», «Veterano de guerra», «Historia de un gitano», «Creo en el poliamor» son algunos de los títulos que se pueden encontrar en estas reuniones literarias. Inicialmente surgieron como un mecanismo de inclusión para ciudadanos excluidos por diferentes motivos de la comunidad. Para darles voz y un espacio en el que poder expresarse de forma libre y entender el background del que proceden” (2). Como la imaginación es muy libre, podemos hacer un ejercicio breve de aportación de nuevos “títulos” que estaríamos interesados en “leer” casi inmediatamente. ¿Dónde está la diferencia sobre una biblioteca tradicional? En que las relaciones humanas se enriquecerían hasta límites insospechados porque cada persona, que es un mundo, nos podría enriquecer con la “lectura” de su vida. Preciosa idea para cuidar el alma humana. Creo que algo así intuyó el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C., cuando sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”.

(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela.

(2) Bibliotecas humanas: qué son y dónde encontrarlas – Uppers

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El tiempo, después de la alarma, puede tener un color especial

Fotocomposición del autor sobre una imagen original del libro El color del tiempo

Sevilla, 9/V/2021

Cuando finaliza el estado de alarma actual por la pandemia del coronavirus, este país puede tener un color especial a partir de hoy mismo, abandonando poco a poco el blanco y negro asociado al dolor, junto a su escala de grises. Es una ocasión para vivirla de forma especial junto a la lectura de una publicación reciente, El color del tiempo, que nos ayudará a comprender cómo hemos vivido a lo largo de la historia en una dialéctica permanente entre el blanco y negro vinculados a sucesos que no se deberían repetir nunca y cómo el color devolvió con su llegada al mundo de las imágenes la alegría de retratar el mundo y a las personas tal y como somos. Quizás también, ahora, tal y como eran o como podremos ser si frecuentamos el futuro de una manera digna y responsable.

La sinopsis oficial de El color del tiempo no deja lugar a dudas: “Hay un tiempo que nuestro cerebro entiende en blanco y negro, ese tiempo que media entre el nacimiento de la fotografía y la popularización de la imagen en color, ese siglo largo que va de 1850 a 1960. Y, sin embargo, fue un tiempo a color, tan vivo como el rojo de la camisa de Garibaldi, tan refulgente como el dorado de la trompeta de Louis Armstrong, tan límpido como el azul del cielo donde los hermanos Wright volaron por primera vez, tan pardo como las camisas de los miembros del Partido Nazi o tan verde como los campos de Francia en 1914… Insuflar colores a ese tiempo es lo que han conseguido el tándem que forman Marina Amaral, una talentosa artista brasileña, y Dan Jones, un historiador británico, para narrar una historia del mundo contemporáneo que conjuga el impacto de unas imágenes que cambian nuestra forma de ver ese pasado con unos textos ágiles e incisivos. Desde la Guerra de Crimea o la Revolución Industrial a la crisis de los misiles o el inicio de la exploración espacial, El color del tiempo explica un siglo decisivo de la historia universal, con el auge y caída de imperios, el vertiginoso desarrollo de la ciencia, la tecnología y las artes, la tragedia de la guerra y las sutilezas de la política, y las vidas de aquellos hombres y mujeres, famosos o anónimos. Marina Amaral ha creado doscientas imágenes a partir de fotografías contemporáneas, restaurándolas digitalmente para ofrecerlas cómo nunca se han visto, casi resucitadas, que se entreveran con la narrativa de Dan Jones, que las ancla y explica en su contexto. Así, conjugados imagen y verbo, El color del tiempo regala una perspectiva única de un pasado tan cercano que explica el mundo de hoy, quebrando la barrera mental que el ajado sepia imponía a unos sucesos de los que apenas nos separan un par de generaciones”.

Es una publicación para contemplarla, fotografía a fotografía, incluso comparándolas poco a poco, para valorar la importancia del color en nuestra historia, en nuestras vidas. Los que nacimos en blanco y negro y poco a poco pasamos al color por tecnicolor, conocemos bien el discreto encanto de los negativos de la vida en el sentido más profundo del término. Cuando era niño me asombraba lo que ocurría con los carretes de una vieja máquina Agfa que rodaba por casa. El asombro fue mucho mayor cuando pasamos al color, porque era sorprendente obtener unas copias que reproducían fielmente lo que verdaderamente pasó en el momento de fotografiar a personas, paisajes o cosas. Era el realismo mágico de la vida que siempre tenía su valor porque veíamos finalmente el positivo en escala de grises como mucho, en un esfuerzo por superar el blanco y negro puros, después de una espera inquietante por el revelado que permitía finalmente ordenar y guardar las fotografías seleccionadas, cosa que difícilmente ocurre ahora con la revolución digital.

También me acuerdo, siguiendo la concatenación de los “me acuerdo” de Joe Brainard (1), del patio de mi colegio en Madrid, de aquella escalera mágica de madera que nos permitía contemplar a través del muro medianero que separaba el colegio de la distribuidora de películas contigua, los miles de fotogramas en blanco y negro tirados en el suelo, de forma desordenada, que podíamos recuperar con mil artimañas de niñez para intentar montar una película imposible, uniendo fotograma con fotograma al trasluz, como suele pasar en la vida real. De alguna forma, queríamos escudriñar los rollos de película de la productora, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos de forma imaginaria en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño.

Yo me convertía en Totó durante ese tiempo, el protagonista maravilloso de Cinema Paradiso, contemplando los cortes obtenidos de la censura y señalados en el visionado con trozos de papel que insertaba en el rollo y que le dejaba ver el proyeccionista una vez cortados, su gran amigo Alfredo. Hoy, he contemplado bastantes imágenes del libro enunciado, El color del tiempo, y he puesto “señales” como Totó, visualizando e identificando muchos detalles a través del color incorporado a los negativos de blanco y negro. Las fotografías de personajes como Einstein o Hitler, casi al natural, no me han dejado indiferente. Sobre todo, la imagen de una enfermera durante la gripe mal llamada “española” de 1918, como decía Carlos del Amor en su comentario a la misma el pasado viernes en el informativo de la noche, “parece que está sacada hoy”. Al fin y al cabo, es un pequeño homenaje al personal sanitario, en general, que nos ha atendido y lo siguen haciendo en la pandemia actual, junto con otros muchos servidores públicos. Para que no se olvide al iniciarse hoy un nuevo presente y futuro al finalizar el estado de alarma y tener la oportunidad todos, sin excepción, de poner a partir de ahora un nuevo color a la vida de cada uno, de todos, sin dejar a nadie atrás.

Después de visualizar una parte de la historia del mundo con el color incorporado que les da nueva vida, gracias a este libro precioso, vuelvo a mi caja de sueños, que contiene centenares de negativos para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color (2). La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda (3), recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, sabiendo que a veces, en nuestra persona de secreto, tienen el tiempo dentro y con un color especial.

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.

(3) Sacks, Oliver (1999). La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, p. 22.

(2) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks ya citado, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la seguiré proyectando en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La maravillosa aventura de leer un libro

Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

Sevilla, 23/IV/2021, Día Internacional del Libro

El artículo que sigue lo publiqué inicialmente el 23/I/2021, como homenaje a Irene Vallejo por su excelente libro El infinito en un junco, que recomiendo como bálsamo adecuado para cuidar el alma en nuestro desamparo actual por la pandemia y por la desconcertante adaptación paulatina a la nueva normalidad. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C. Suelo hacerle caso y entro con frecuencia en la de mi casa a cuidar el alma. Les aseguro que siempre me reconforta y anima para seguir descubriendo la paz y la belleza de la vida. Háganlo, porque es una experiencia inolvidable.

Uno de los placeres más útiles, en el código ético de Nuccio Ordine, es el de la lectura. Así lo confirma también una escritora extraordinaria, Irene Vallejo, en su libro canónico “El infinito en un junco”, que recomiendo leer en un acto de agradecimiento reverencial a la historia de los libros: “Hablemos por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la costumbre te impide asombrarte por lo que haces. Piénsalo bien. Estás en silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento. Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido estar. Hay un aura casi mágica en todo esto” (1). Es excelente esta descripción pero tenemos que pensar que en la historia de los libros, leer no siempre ha sido así. Esta es su grandeza actual.

Las personas que hojean este cuaderno digital y leen sus páginas de navegación en busca de islas desconocidas, saben que considero la lectura como el arte para vivir, para aprender a leer las señales de la vida, porque hablar y escribir es solo cosa de personas. Leer, igual. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones, de forma indisoluble, en relación con lo que nuestro cerebro lee. La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

En alguna ocasión he manifestado que España es un país de bares, que no de librerías, porque la lectura no es una tarea habitual para millones de ciudadanos que lo habitan. Además, la mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad de lo breve. La mensajería instantánea, por ejemplo, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.

Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

He comprendido muy bien el interés de Irene Vallejo por ilusionarnos con la lectura, retirándome por unos momentos, al preparar estas líneas, “a una habitación interior” donde me han hablado personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para mi (en este caso, Federico García Lorca, Nuccio Ordine, Irene Vallejo y Alberto Manguel, entre otros autores) y donde el tiempo pasa al compás de mi interés por escribir de la mejor forma posible, porque comprender y compartir lo que leo es bello y la mejor vacuna contra los males del alma.

(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela, p. 60s.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

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