Ser consumidores o personas, esa es la cuestión

El rey lo gobierna todo,
el clérigo reza por todo,
el abogado aboga por todo,
el labrador lo paga todo
y alimenta a todos

El buen hombre paga por todo, canción recogida en Ciudades hambrientas, de Carolyn Steel.

Sevilla, 15/I/2022

Hamlet vuelve cada día a la escena, en el gran teatro del mundo. He leído recientemente una entrevista con la arquitecta Carolyn Steel (Londres, 1965), que sobrecoge en su contenido, porque llega a manifestar que “elegir ser consumidor por encima de persona es la muerte en vida”. Me ha interesado mucho leerla y compartirla con la Noosfera, por mi vocación de antropólogo y persona que admira la reflexión humana que ayuda a construir un mundo mejor, para convertirnos también en mejores personas con “la que está cayendo”, dicho de forma directa y convincente. Es maravilloso encontrarnos con estas personas, porque nos ofrecen la oportunidad de retirarnos por un momento al rincón de pensar y evaluar cómo estamos viviendo en este mundo tan complejo y lleno de sobresaltos diarios, donde estamos situados, estamos y, en la medida de lo posible, somos.

Carolyn Steel es autora de dos ensayos, Ciudades hambrientas (1), en el que explica cómo la forma de las urbes depende de la manera en que nos alimentamos, “al igual que las personas, las ciudades son lo que comen”, y Sitopia. en el que aborda cómo la comida puede salvar al mundo, porque gran parte de él está hambriento. En la primera obra citada, la autora afirma en su prólogo que “Ciudades hambrientas se ocupa de dos grandes temas, la comida y las ciudades, pero su verdadero centro de atención no reside en ninguno de los dos. Reside en la relación entre ambas, algo que ningún otro libro ha abordado nunca directamente”, o que hay que hablar de ello porque […] “las ciudades engullen ya el 75 por ciento de los recursos de la Tierra, y se espera que en el año 2050 la población urbana se haya duplicado, así que no cabe duda de que el tema está de actualidad”. En Sitopia, la autora afirma que “vivimos en un mundo moldeado por la comida, una Sitopia (sitos, comida; topos, lugar). La comida, y cómo la buscamos y la consumimos, ha definido nuestro viaje humano. Desde nuestros antepasados cazadores-recolectores en busca de alimento hasta los enormes apetitos de las ciudades modernas, la comida ha dado forma a nuestros cuerpos y hogares, nuestra política y comercio, y nuestro clima. Ya sea la decisión diaria de qué comer o el monopolio de la producción industrial de alimentos, la comida toca cada parte de nuestro mundo. Pero al olvidar su valor, nos hemos desviado hacia una forma de vida que amenaza a nuestro planeta y a nosotros mismos. Sin embargo, la comida sigue siendo fundamental para abordar los problemas y las oportunidades de nuestra era digital urbana. Basándose en ideas de la filosofía, la historia, la arquitectura, la literatura, la política y la ciencia, así como en las historias de los agricultores, diseñadores y economistas que están rehaciendo nuestra relación con la comida, Sitopia es una visión provocativa y estimulante para el cambio y cómo prosperar en nuestro superpoblado y recalentado planeta. En su nuevo libro, inspirador y profundamente reflexivo, Carolyn Steel, señala el camino hacia un futuro mejor”.

En la entrevista, Carolyn Steel aborda problemas que perduran a lo largo de los siglos, con comportamientos bastantes irracionales cuando vemos lo sucedido hasta hoy día, tal y como lo demuestra desde la primera pregunta y respuesta (las respuestas van en cursiva):

¿Por qué pagamos más por la plata si necesitamos más el trigo?

La gente que paga por la plata ya tiene el trigo. Hace 10 años me pregunté qué es una buena vida. Me obsesionaba averiguar qué nos hace felices y por qué nuestra economía se dirige en la dirección opuesta.

¿Qué encontró?

Nuestra idea de una buena vida es un concepto del siglo XIX. La vida de cualquier agricultor era dura. De modo que si alguien le decía: “Ya no tendrás que trabajar a la intemperie, lo harás bajo el techo de una fábrica”. ¿Cómo rechazar esa promesa de futuro?  

Más adelante, aborda el origen de nuestros problemas actuales:

¿Los problemas de la humanidad comenzaron cuando dejamos de compartir el bosque o cuando dejamos de cultivar lo que comemos?

Algunas sociedades de cazadores nómadas tenían una aspiración material tan baja que conseguían lo que se proponían y la gente se sentía rica.

¿Cómo lo sabe?

Leyendo a historiadores como Marshall Sahlins [autor de Economía de la Edad de Piedra] entiendes cómo les costó cambiar porque estaban felices viviendo en la naturaleza. Trabajaban para sobrevivir. Entendían la naturaleza como un lugar de abundancia, no como un medio del que protegerse. No temían las malas cosechas: cuando no había, se trasladaban. Desde que nos convertimos en sedentarios vivimos con sensación de escasez.

Y llega a una conclusión de por qué hemos llegado hasta lo que nos está sucediendo ahora:

Controlar el alimento es poder. Muchos problemas históricos explotaron cuando los responsables de alimentar al pueblo no conseguían hacerlo. Los políticos de hoy no quieren ese problema, dedican su energía a ser reelegidos. Y el poder de alimentar queda en manos de otros.

De cada vez menos: los supermercados están en manos de pocos grupos.

Vivimos la ilusión de la diversidad. Los supermercados tienen miles de productos. Pero, en realidad, muchos son repeticiones de distintas formas realizados por la misma marca. Parece que podamos elegir, pero lo realmente distinto es mucho más caro porque cuesta más producirlo. La alimentación del planeta está en manos de apenas cinco marcas. Los colmados y las fruterías de barrio no pueden competir con eso. Comemos lo que quieren que comamos. Amazon ha empezado a servir comida a domicilio. No tienen bastante con una parte del pastel, lo quieren todo. Y nosotros se lo permitimos a cambio de una cierta comodidad y una pequeña rebaja en el precio.

No quiero detallar más lo que debe leerse en la totalidad de la entrevista para comprender el pensamiento de la autora y, si nos gusta, quedarnos con sus publicaciones para comprenderla mejor. De cualquier forma, rescato dos puntualizaciones, porque una de ellas es la que me ha llevado a escribir estas palabras:

¿Hasta dónde se puede llegar?

Al final todo remite a lo mismo: ¿cuál es nuestra idea de una buena vida? Y parece que esforzarse lo mínimo lleva las de ganar: no cocinar, no limpiar y ver Netflix toda la noche. Es una podredumbre global. No lleva a una vida mejor.

¿Usted ve Netflix?

Sí. Claro que necesito relajarme en casa. Pero intento que eso no decida todo lo demás, como comer bien, ser justa o sentirme bien.

¿Qué hace para sentirse bien?

Cocino. Cultivo verduras. Escribo, investigo, denuncio… El circo romano entretenía y alimentaba a la población. Y algo parecido tenemos hoy. Estamos pagando un precio muy alto por tener comida y entretenimiento baratos. Elegir ser consumidor por encima de persona es la muerte en vida.

Leyendo esta entrevista he recordado a la urbanista americana Jane Jacobs, que he citado en varias ocasiones en este cuaderno digital. Lo que ocurre en las ciudades nunca nos es ajeno. Existen patrones escritos desde hace millones de años y las ciudades se reinventan permanentemente: “¿por qué ha triunfado el superorganismo de la ciudad sobre otras formas sociales? Como en el caso de otros insectos sociales, hay varios factores, pero uno crucial es que las ciudades, como las colonias de hormigas, poseen una inteligencia emergente: una habilidad para almacenar y recabar información, para reconocer y responder a patrones de conducta humanos. Contribuimos a esa inteligencia emergente, pero para nosotros es casi imposible percibir nuestra contribución porque vivimos en la escala incorrecta” (3). La escala incorrecta es que no somos conscientes de que en ese aquí y ahora en el que nos toca vivir a cada una, a cada uno, se están produciendo movimientos ciegos en nuestras casas, barrios, mercados de alimentación, pueblos y ciudades, ajenos a nuestro control inteligente, pero que están condicionando la vida de los más próximos, quizás hoy lejanos y muy desconocidos, aunque es posible, real, que con las decisiones urbanísticas de hoy, no dejemos vivir a los que queremos por la degradación de un hábitat propicio y que hoy decimos que “disfrutamos” como eslogan aprendido en la cartelería de la usura enladrillada.

Biomímico. Proyecto del artista mural Eric Okdec, en Sevilla / JA Cobeña

Las personas que habitan una ciudad crean barrios siempre. Ahí están. El software aprende a reconocer patrones siempre que se le den las instrucciones precisas. La inteligencia está en la base de los cerebros humanos, los que permiten hacer más simple la vida para vivir mejor. Y emergen hacia el exterior, naciendo, saliendo y teniendo principio siempre de otra cosa, en la interpretación que la Real Academia da a estos vocablos construidos de la misma forma. Con la inteligencia creadora de Jane Jacobs: que se respeten planes urbanísticos en los que las manzanas de casas sean más pequeñas, en aceras más vitales, en zonas de uso múltiple por doquier y sistemas de transporte público que siempre piensen en las personas. Para que el viaje de la vida sea siempre a alguna parte. Para que los mercados sacien el hambre de todos, como urgencia planetaria, porque nuestros antepasados salieron de África hace millones de años para ser felices con lo que conseguían a diario, cazando, pescando y recolectando. Nada más. Nuestros antepasados, como afirma Carolyn Steel, eran felices viviendo en y de la naturaleza. Lo descubrí hace años cuando en el paseo de un amanecer claro y luminoso de esta ciudad leí unas palabras inolvidables en una pintura mural del Polígono de San Pablo, una obra esplendorosa del artista Eric Okdec: biomímico no es cosechar los recursos de la naturaleza, pero el sentarse a sus pies como estudiantes. Así escrito, sin modificar palabra alguna. Junto a este lema tan sorprendente, descubrí otra acepción no menos aleccionadora: biomímica, es la práctica de pedir prestados los diseños principales de la naturaleza para crear más productos y procesos sostenibles. Maravilloso.

(1) Steel, Carolyn, Ciudades hambrientas, 2020, Madrid: Capitán Swing.

(2) Steel, Carolyn, Sitopia, 2020, London: Penguin (Shatto & Windus).

(3) Johnson, Steven, Sistemas emergentes, 2003, Madrid: Turner-FCE, p. 90.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Hablar bien y convencer, en política, esa es la cuestión

¿Cuál es tu profesión? Ser bueno

Marco Aurelio, Meditaciones

Sevilla, 12/I/2022

Siento un profundo respeto por la oratoria, entendida como el arte de hablar bien y convencer al mismo tiempo. Es verdad, pero doy un paso más: hay que ser buena persona para hablar bien y convencer. Hoy he entrado en mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca para volver a leer algunas páginas que tengo señaladas de un libro, El arte de hablar bien y convencer (1), un preciado manual para oradores, al que tengo aprecio y que respeto en su inteligente configuración: “Libro esencial, diáfano, hoy día imprescindible contra superficiales denostadores y falsificadores del arte de hablar bien, sobre todo en un tiempo en que se atropella la corrección del lenguaje, y no solo para “desfacer entuertos”, como diría don Quijote. Libro de pequeñas proporciones, pero de sustancial y fecundo contenido, no debería estar ausente de biblioteca ninguna. Su esencial brevedad, sin caer en la oscuridad, recorre, sin tacha ni ausencia, cuanto importa conocer y saber”.

Si importante es hablar bien en cualquier circunstancia y lugar, hoy quiero detenerme en lo que está ocurriendo en las Cortes Generales del Estado (Congreso de los Diputados y Senado), las Sedes de la Palabra en representación el Pueblo, porque en los últimos años estamos asistiendo a un verdadero espectáculo de contra oratoria, fundamentalmente porque no se da importancia alguna a la palabra bien dicha y convincente, sino a lo primero que se le ocurre a determinadas señorías, porque también hay que decir que no conviene generalizar, partiendo de un gran principio democrático que respeto: todas las señorías no son iguales. Dicho esto, basta leer detenidamente los Boletines Oficiales de las Cortes Generales, en cualquiera de sus últimos números, para constatar que la oratoria no es flor que adorne a sus señorías en la actualidad. Si grave es esto, quiero entrar en materia con algo más profundo y con una pregunta de gran calado ético: ¿No será que no hablan bien los padres y las madres de la patria, porque no son buenas personas? Veamos lo que dicen al respecto los grandes clásicos de la oratoria, con algún ejemplo.

Elijo para comenzar a Marco Fabio Quintiliano, abogado y peofesor de retórica, nacido en Calahorra en el siglo I d. C., porque es rotundo en su Instituciones oratorias (2): “Por lo común, el discurso manifiesta las costumbres y descubre los secretos del corazón, y no sin razón dejaron escrito los griegos que cada uno habla en público según la vida que tiene” (XI, 1), es decir, el orador será honrado si es creído o creíble, como manifiesta también en el mismo libro, en el capítulo IV, 2: “Nunca habla mejor el orador que cuando parece hablar con verdad”. Lo que de verdad me llama la atención en Quintiliano es la contundencia a la hora de unir oratoria con ética, tal y como lo demuestra de forma reiterada en su libro: “No separo el oficio de orador de la bondad moral” (II, 18),  “Porque no solamente digo que el que ha de ser orador es necesario que sea hombre de bien, sino que no lo puede ser sino el que lo sea. Porque en la realidad no se les ha de tener por hombres de razón a aquellos que habiéndose propuesto el camino de la virtud y el de la maldad, quieren más bien seguir el peor; ni por prudentes a aquellos que no previendo el éxito de las cosas, se exponen ellos mismos a las muy terribles penas que llevan consigo las leyes y que son inseparables de la mala conciencia. Y si no solamente los sabios, sino que también la gente vulgar ha creído siempre que ningún hombre malo hay que al mismo tiempo no sea necio, cosa clara es que ningún necio podrá jamás llegar a ser orador” (XII, 1).

Junto a lo expuesto, Quintiliano entra también en elogiar la elocuencia, entendida como la define la Real Academia Española en sus dos acepciones: “Facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir” y “Eficacia para persuadir o conmover que tienen las palabras, los gestos o ademanes y cualquier otra acción o cosa capaz de dar a entender algo con viveza”: “Por más que se disimule, finalmente se descubre el fingimiento y nunca ha sido tan grande la fuerza de la elocuencia, que no titubee y vacile siempre que las palabras desmienten al corazón. Un hombre malo, por precisión, tiene que decir lo contrario de lo que siente; pero a los hombres de bien jamás les faltará que hablar de las cosas buenas, ni dejarán de inventar siempre lo mejor (porque ellos mismos serán también prudentes), cuya invención, aunque carezca de los primores del arte, tiene bastante hermosura con su natural adorno, y todo aquello que se dice conformándose con la virtud, no puede menos de ser persuasivo por su propia naturaleza”. También, habla de la osadía de los necios cuando se atreven a aproximarse a la erudición: “El necio es más atrevido en la elocución, punto muy delicado en la elocuencia; no desecha ninguna expresión, antes se atreve a todo. De donde nace que como siempre aspira a lo extravagante, y raro, suele decir alguna cosa grande. Pero esto, que rara veces sucede no recompensa los demás vicios” (II, 13).

Lo descrito anteriormente es una maniobra de aproximación de lo que ocurre en la actualidad en el país, en diversas sedes parlamentarias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Creo que ha llegado la hora de exigir responsabilidades a sus señorías en relación con el uso de la palabra, recordándoles que la tienen delegada por el pueblo que lo ha votado. Lo que venimos presenciando y oyendo en los últimos años en sedes parlamentarias es casi una tragicomedia, salvo honrosas excepciones. Hemos oído mucho ruido y hemos obtenido pocas nueces, dicho en roman paladino (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…, Gonzalo de Berceo). Muy poca moderación en los discursos ha sido la tónica general en los últimos años, olvidando un gran principio que nos recuerda de nuevo Quintiliano: “La moderación es la que sobre todo debe llevarse la atención primera. Porque no es mi objeto formar un comediante, sino un orador” (XI, 3).

Para finalizar, me atrevo a abordar una recomendación desde la calle pública: los padres y las madres de la patria deberían hacerse con avíos para el viaje político de una legislatura, a título de “prendas” necesarias para ejercer el arte de conseguir lo posible en su oratoria diaria y en las sedes parlamentarias, o en las de los elegidos públicos en cualquier foro político en Ayuntamientos o sedes públicas en las que se trabaje con la tríada democrática de espacio, tiempo y dinero públicos, según recomienda Quintiliano: “En un orador son muy agradables prendas la afabilidad, llaneza, moderación y cariño. Y aun aquellas otras diferentes de éstas, cuales son aborrecer a los malos, conmoverse con la común suerte y castigar los delitos o injurias, y todas las cualidades decorosas, como ya dije al principio, le convienen a un hombre de bien” (XI, 1), para completarlo con la siguiente reflexión: “Estas son las armas que [el orador] debe tener a mano; con la ciencia de estas cosas debe estar apercibido, teniendo al mismo tiempo un grande acopio de palabras, y figuras, orden en la invención, facilidad en la disposición, firmeza en la memoria y gracia en la pronunciación y ademán. Pero de todas estas prendas la más excelente es una grandeza de corazón, a la que ni el temor abata, ni el ruido de las voces amilane, ni la autoridad de los oyentes detenga más de lo que requiere el respeto que se merecen. Pues al paso que son abominables los vicios que se oponen a estas prendas, cuales son la demasiada satisfacción, temeridad, malignidad y arrogancia, así también si falta la constancia, confianza y fortaleza, de nada servirá el arte, el estudio y la misma ciencia; como si se diesen armas a los cobardes y de poco corazón para pelear. Aunque mal de mi grado (por cuanto puede siniestramente interpretarse), me veo precisado a decir que la misma vergüenza, defecto verdaderamente digno de aprecio y raíz fecunda de las virtudes, es muchas veces opuesta a las buenas prendas de un orador, y ha sido causa de que muchos, ocultando las grandezas de su ingenio y estudio, pereciesen en el retiro del silencio” (XII,5).

Son sólo unos ejemplos o proposiciones que decía Pablo Milanés en una bella canción de título homónimo: Propongo compartir lo que es mi empeño / Y el empeño de muchos que se afanan / Propongo, en fin tu entrega apasionada / Cual si fuera a cumplir mi último sueño. El que quiera entender que entienda, pero necesitamos buena oratoria de hombres y mujeres buenas en política, para acabar con los escándalos y sonrojos parlamentarios. Lo que puedo asegurar es que he querido construir un discurso amable sobre la pregunta que planteaba al comenzar a escribir estas líneas y cuya respuesta espera la sociedad de este país con ardiente impaciencia: ¿No será que no hablan bien algunos padres y algunas madres de la patria, porque no son buenas personas? En Quintiliano se puede encontrar alguna solución a esta realidad que nos asola.

(1) López Navia, Santiago A. (ed.), El arte de hablar bien y convencer. Platón, Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, 1997. Madrid: Ediciones Temas de Hoy. Sobre la obra de Quintiliano, he utilizado la citada por el autor en su libro, Quintiliano, Instituciones oratorias, en la traducción de Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier, editada en Madrid en 1916 por la Librería de Perlado y Páez, sucesores de Hernando, a la que se puede acceder online en la Biblioteca Virtual de la Universidad de Sevilla, en la siguiente dirección: Instituciones oratorias – Universidad de Sevilla (us.es), con alguna corrección sintáctica para facilitar la comprensión del texto.

(2) Quintiliano, Marco Fabio, Instituciones oratorias

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Los libros estremecen el alma

Sevilla, 12/I/2022

[…] y no olvidéis este precioso refrán que escribió un crítico francés del siglo XIX: «Dime qué lees y te diré quien eres».

Federico García Lorca, en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros (septiembre, 1931)

Me lo ha recordado recientemente la escritora Irene Vallejo en un libro que es una pequeña joya literaria, Manifiesto por la lectura (1), en uno de sus capítulos caligráficos dedicado al estremecimiento de agua, trayendo a colación unas palabras de Federico García Lorca en el contexto de la alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, un discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros en el mes de septiembre de 1931, sobre el que ya he tratado algunos de sus párrafos, en varias ocasiones, en este cuaderno digital: “Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerle e inquietarle y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia” (2).

El discurso, en general, es una obra maestra de la literatura iniciática. Recomiendo su lectura con frecuencia para que no se olvide una de sus misiones fundamentales, destacada en esta ocasión por Irene Vallejo: los libros pueden estremecernos el alma. Federico García Lorca no quería que tuviéramos el alma muerta, sino animada permanentemente por la lectura: “Yo he visto a muchos hombres de otros campos volver del trabajo a sus hogares, y llenos de cansancio, se han sentado quietos, como estatuas, a esperar otro día y otro y otro, con el mismo ritmo, sin que por su alma cruce un anhelo de saber. Hombres esclavos de la muerte sin haber vislumbrado siquiera las luces y la hermosura a que llega el espíritu humano. Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, viven, miran, comen, pero están muertos. Más muertos que las piedras y más muertos que los verdaderos muertos que duermen su sueño bajo la tierra, porque tienen el alma muerta. Muerta como un molino que no muele, muerta porque no tiene amor, ni un germen de idea, ni una fe, ni un ansia de liberación, imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así”. Para él, la lectura era la base de los programas populares que más le preocupaban en ese momento político en el país, que se traducían en Misiones Pedagógicas y que tanto bien hicieron.

Mejor no se puede decir, aunque sea una aventura desconocida acercarse al alma de cada uno, de cada una, de todos. Los libros son un medio fantástico y García Lorca lo sabía: “¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiódor Dostoyevski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida”.

La lectura, a modo de sacudida interna que lo remueve todo, desnuda y estremece el alma de secreto de cada lector o lectora. Además, los otros pueden llegar a saber quiénes somos a través de nuestros libros. Tenía razón Federico en aquella alocución inolvidable.

(1) Vallejo, Irene, Manifiesto por la lectura, 2020. Madrid: Siruela.

(2) Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros. Discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros (septiembre, 1931) / Federico Garcia Lorca | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (cervantesvirtual.com)

NOTA: en la fotocomposición de la cabecera de estas palabras, figura una imagen de Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos (1914).

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Tina Modotti: el olvido de su belleza cansada

Sevilla, 11/I/2022

Hoy, después de leer con suma atención un artículo excelente publicado en elDiario.es, me acerco a una historia fantástica que difícilmente se puede sintetizar en la brevedad de un post, aunque sí cumple el objetivo de este blog: descubrir una isla desconocida, en la que perdura la biografía de Tina Modotti (1896-1942), la actriz, fotógrafa y militante comunista italiana que nos presentó en sociedad la novelista, periodista y biógrafa Elena Poniatowska, Premio Miguel de Cervantes en 2013, en su obra Tinísima (1), a través de sus 663 páginas, publicada en México en 1992, donde “nos lleva por la fascinante historia de una de las mujeres más destacadas en el área artística y política de la primera parte del siglo XX […] Ella es retratada dentro del círculo en que se movió junto a personajes de renombre dentro del ámbito político cultural. Su amor por la justicia, el comunismo y la fotografía son las características que más se destacan dentro del relato y que bajo vivencias personales, y a pesar de sus no tan largos años de vida, la fortaleza de su carácter y visión de mundo son la fuerza de toda la narración. Los amores, amistades y relevancia de las ideas inmortalizan a una mujer carismática en épocas dadas entre guerras y revoluciones”.

En síntesis, la vida de Tina Modotti es un cúmulo de experiencias de revolución interior en un contexto social muy difícil en el primer cuarto del siglo XX, porque Tina Modotti, una mujer que nace en Udine en 1896, “[…] un pueblo italiano en el que había trabajado como obrera siendo casi una niña, viaja de adolescente a Estados Unidos en barco, testigo y parte de las migraciones masivas que tanto han tenido que ver con el norte, centro y sur de América. Luego se convierte en la joven fascinada con la posibilidad de un éxito veloz, propio del “american dream”, participa en películas mudas, descubre la vida de los artistas de vanguardia, recibe la adoración de los hombres, en particular la de su primer marido, Roubaix de L’Abrie Richey; y conoce a su segundo amor, amén de maestro de fotografía, Edward Weston. Posteriormente, huye de los rigores de la cultura anglosajona a México; se convierte en artista, en admiradora y modelo de Diego Rivera, y se adscribe a las utopías de progreso y revolución socialista mundial. Se une al pintor Xavier Guerrero y comienza a explorar las tradiciones y pasiones antimodernas del México posrevolucionario, lanzado hacia el futuro con toda su carga de atavismo. En este país se convierte en una diva, rodeada por una “pléyade” de artistas y personalidades públicas, y se hace famosa como fotógrafa. Conoce al revolucionario cubano Julio Antonio Mella, con el que vive una historia amorosa que está de algún modo presente en todo el texto [Tinísima], y que transcurre poco antes de que él fuese asesinado por sus enemigos políticos. Finalmente, es juzgada por conspiradora y expulsada de México por extranjera. Después de vagar una temporada en un barco que hace las veces de cárcel, comienza su periplo europeo, escenario de su relación con el revolucionario italiano Vittorio Vidali, y llega a transformarse en una suerte de Mata Hari, aunque bastante puritana, del espionaje soviético, y, tiempo después, en la militante sacrificada y humilde que sirve a los republicanos españoles como enfermera, cocinera y, alguna vez, traductora, olvidada de que fue en el pasado una fotógrafa talentosísima y original, tal como lo evidencian las frecuentes alusiones en la novela y las fotos que ilustran el texto. Prematuramente envejecida y aplastada por las decepciones y fracasos de su paso por la Alemania prenazi, La Unión Soviética y la Guerra Civil española, vuelve a México acompañada por Vidali y muere en este país a los cuarenta y cinco años” (2).

Cumplo hoy una misión: rescatar del olvido a una mujer extraordinaria que también colaboró en la lucha por la libertad de este país, formando parte de una memoria histórica que no deberíamos olvidar nunca, como narra con pulcro detalle Elena Poniatowska en el libro citado y que he leído con atención reverencial a pesar de la dureza de gran parte de las páginas dedicadas a Tina durante la guerra civil española en los años 1936 a 1939. Rafael Alberti, con quien compartió días muy tristes durante esa guerra tan descarnada, cainita y fratricida, junto a María Teresa León, hablaba así de ella: “Tina Modotti era una mujer extremadamente bella, pero a mí me pareció que era una belleza cansada, la de una mujer que había tenido una vida muy intensa, que había trabajado mucho…”, como atestiguan las veces que Elena Poniatowska la cita junto a él y su trabajo incansable en Madrid, a través de la organización denominada Socorro Rojo, en su trabajo diario como camarada Carmen, allí donde hacía falta, desde la enfermería hasta en la cocina del Hospital Obrero.

Su vida fue apasionante, una vida corta porque murió en México con tan sólo 45 años, mientras viajaba en un taxi, su país querido donde había crecido años antes como persona libre y comprometida con la política y la justicia social. La visión de Elena Poniatowska sobre Tina Modotti durante su estancia en España, comienza a detallarse en Tinísima a partir de la página 422, que he leído con atención para conocer su dura experiencia durante la guerra civil en Madrid y a partir de julio de 1936. Su periplo comienza como enfermera del Hospital Obrero y miembro del batallón femenino del Quinto Regimiento de Madrid, utilizando su nuevo nombre como camarada del Partido Comunista, María. Me ha llamado la atención la referencia al Batallón del Talento, en Madrid, que formaba parte del Quinto Regimiento, en el que figuraban Machado, Alberti, León Felipe, Miguel Hernández, Bergamín, entre otros, con misiones específicas con los milicianos y milicianas, sobre todo en el ámbito de la educación y la cultura, enseñándoles a leer y a escribir, junto a colaboraciones en el periódico Misión Popular.

Lo que me ha estremecido es conocer la cercanía de Tina con Antonio Machado en su exilio del país. Elena Poniatowska lo detalla a partir de la fecha en que Tina conoce las condiciones lamentables en la que Antonio Machado, su madre y su hermano José junto a su pareja, cruzaron la frontera francesa. En una reunión en París en febrero de 1939, en la que estaba presente Tina Modotti, el que fuera ministro de Exterior de Negrín, detalla cómo el doctor Puche llevó a Machado a la frontera y que sabía que estaba alojado en un hotel de Colliure desde el 29 de enero. Con anterioridad, Tina se había preocupado desde su estancia en Valencia como miembro del Socorro Rojo, de que había que ayudar a Machado a dirigirse a Francia. Tina viajó a Colliure y regresó llorando ante la situación de Machado y su madre, con 88 años. Gracias a su intervención, el Socorro Rojo dispuso que a todos los refugiados españoles se les ofreciera apoyo moral, material y orientación jurídica. De esta forma, el primer caso que se trata es el de Antonio Machado, su madre y su hermano José. A pesar de estas buenas intenciones nadie responde ante la situación lamentable de los Machado, falleciendo el insigne poeta el 22 de febrero de 1939, en una austeridad y olvido clamorosos, en soledad y con un féretro envuelto con el calor la bandera republicana. Como detalla Elena Poniatowska en su obra, Julián Zugazagoitia, que fue ministro de la Gobernación durante el gobierno de Negrín, presente en el fallecimiento de Machado como cónsul, pronunció ante el féretro del poeta, en francés, unas palabras teñidas de dolor y simbolismo: “Pobres españoles, han perdido la guerra porque todos son poetas”. En el fondo de su alma.

Los vídeos sobre Tina Modotti (primera y segunda parte), que se inician con el que figura en la cabecera de estas palabras, ilustran de forma suficiente la vida y obra de esta mujer de gran belleza interior, pero también de “belleza cansada” por su azarosa vida, tal y como lo pudo comprobar Rafael Alberti en la convivencia con ella durante los primeros años de la guerra civil española, de infeliz recuerdo, pero sí del necesario respeto que debemos profesar a este acontecimiento, al formar parte de la memoria histórica de este país. Les recomiendo que los vean con el respeto también de quienes nos acercamos a estos ejemplos revolucionarios, que no deberíamos olvidar en tiempos durmientes, de mediocracia y silencios cómplices.

(1) Poniatowska, Elena, Tinísima, 1992: México: Ediciones Era.

(2) Kozak.pmd (pitt.edu)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Stefan Zweig me recuerda la historia de Job en tiempos difíciles

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. ¡Sólo Dios basta!

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Nada te turbe

Sevilla, 8/I/2022

Vuelvo a leer los clásicos con frecuencia. En esta ocasión de la mano de Stefan Zweig, en una obra suya preciosa, que recomiendo con ardor guerrero en este tiempo de mudanzas: Encuentros con libros (1). Entre sus reseñas extraordinarias, localizo de nuevo una que no olvido, la dedicada a un libro de Joseph Roth publicado en 1930, Job (2), que cuenta una historia que se repite siempre en la cotidianidad más pura y sin tener que esperar a tiempos difíciles, aunque ahora se nos pida más que nunca tener la paciencia de Job, tal y como lo describí en un artículo del año pasado que dediqué a esta locución que tanto estragos ha hecho en la humanidad frente a la rebeldía con causa: «La historia de Mendel Singer, que abandona a un hijo tullido en su aldea natal para partir con el resto de su familia a América, sirve a Roth para retomar con sutileza la historia de Job y sus infortunios, la pérdida de la fe y la experiencia del sufrimiento. El antiguo y familiar libro bíblico adquiere, en esta elaboración contemporánea, nueva e inesperada fuerza. Cuando fue publicado en 1930, representó el primer gran éxito para su autor, consagrándolo como uno de los más grandes escritores de su tiempo».

Stefan Zweig resalta en el análisis del libro de su entrañable amigo Joseph Roth, diversos aspectos que me interesa mucho destacar en esta ocasión de reencuentro con su obra en plena pandemia. En primer lugar, la define como una novela que se caracteriza por su «sencillez y contención», algo que había conseguido Roth después de publicar A diestra y siniestra y Fuga sin fin. Añade que su gran acierto es abordar un problema que sigue teniendo vigencia en cada día de la vida de cualquier persona: como de repente: «de la noche a la mañana, el destino nos envía una desgracia a casa, enfermedad, muerte o pobreza». Y surgen en el protagonista de la obra las grandes preguntas de la historia de la humanidad: «Por qué a mí? ¿Qué he echo yo para merecer esto? ¿Por qué no le ha ocurrido a otro? ¿Por qué no ha podido tocarle al vecino, al amigo, al enemigo? ¿Por qué me ha tenido que pasar precisamente a mí y no a ellos?» Así se encadenan eternas preguntas que lo conducen a Job, el personaje de la Biblia. No voy a descubrir la novela en su integridad pero suceden cosas que nos resultan cercanas a las de Job, incluso recupera la felicidad después de múltiples episodios, incluidos los del «exilio» a Nueva York. Me quedo con sus comentarios finales. «En lugar de leer, tenemos la oportunidad de experimentar el dolor del justo. Por una vez, no tendremos que sentir rubor por emocionarnos con una verdadera obra de arte que conmueve el corazón». El dolor del justo, esa es la cuestión y para que no olvidemos esa injusticia social.

He recuperado mi artículo del año pasado sobre esta historia de fondo del «santo Job», tal y como se la citaba en mi casa cuando era niño y pensaba, sentía y hacia las cosas de niño. Aquella historia tan mal contada, me llevó siempre a cultivar una gran virtud, la paciencia: «Si la inteligencia humana es la capacidad de resolver problemas para que la paciencia sea ardiente pero no nos queme, voy a repasar la historia de la inteligencia paciente en la humanidad, con brevedad, para que sea dos veces buena para mi alma impaciente, fundamentalmente para aprender de sus errores y horrores que se han cometido, planteándome si es posible averiguar dónde se aloja la paciencia en el cerebro (la sede de la inteligencia que nos hace ser pacientes) y como se configuran las manifestaciones humanas de una realidad existencial que, al menos, la gran mayoría de las personas, conocemos como virtud refrendada por el santo Job que, recuerdo, no la tuvo durante los momentos difíciles en su vida ni era un dechado de esa virtud. Gran empresa, sin ánimo de escribir las bases de un libro de autoayuda, que no me gusta nada». Pasen y lean. Hoy, le debo a Zweig seguir cultivando una virtud cada vez más en desuso.

Stefan Zweig y Joseph Roth, fotografiados en Ostende (Bélgica) en 1936.

Me enseñaron a tener la paciencia del santo Job

Estamos viviendo en tiempos de coronavirus y de paciencia infinita. Cuando era niño me enseñaron que el modelo de paciencia que debía adoptar en mi vida era la del santo Job, al que desconocía por completo. Cuando dejé de hacer y pensar las cosas de niño, comprobé que había sufrido un engaño monumental porque Job tenía de todo menos la paciencia infinita que me habían inculcado desde que tuve uso de razón. Lo que pasó es que usé la razón de forma audaz y verifiqué qué pensaba Job de las injusticias del mundo, dándome cuenta de que tenía muy poca paciencia cuando contaba sus penas, que no alegrías: los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad arrastra; como una nube ha pasado mi saludY ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción (Job, 30, 15s), hasta el punto de que el joven Elihú le reprende y lo lleva de la mano para ser paciente (Job, 32-37), para que busque, curiosamente, la sede de la Inteligencia [sic]: huir del mal, claro objeto del deseo impaciente de Job, porque lo que declaraba como sede de la inteligencia, reaccionar ante cualquier tipo de agresión, resolver problemas, era un elemento diferenciador esencial de la búsqueda desesperada de la sede de la sabiduría: temer a Dios, es decir, para los no creyentes hay que aceptar que algo pasa ahí fuera, a veces, que no controlamos y que nos hace sufrir mucho. La conclusión de Job ante tanto sufrimiento en su vida es que Dios se había pasado con él.

Si la inteligencia humana es la capacidad de resolver problemas para que la paciencia sea ardiente pero no nos queme, voy a repasar la historia de la inteligencia paciente en la humanidad, con brevedad para que sea dos veces buena para mi alma impaciente, fundamentalmente para aprender de sus errores y horrores que se han cometido, planteándome si es posible averiguar dónde se aloja la paciencia en el cerebro (la sede de la inteligencia que nos hace ser pacientes) y como se configuran las manifestaciones humanas de una realidad existencial que, al menos, la gran mayoría de las personas, conocemos como virtud refrendada por el santo Job que, recuerdo, no la tuvo durante los momentos difíciles en su vida ni era un dechado de esa virtud. Gran empresa, sin ánimo de escribir las bases de un libro de autoayuda, que no me gusta nada.

¿Cómo nace la paciencia? Sin lugar a dudas porque el cerebro actual ha vencido al cerebro reptiliano, es decir, la corteza cerebral que configura hoy la realidad existencial de cada persona permite controlar los impulsos más primitivos de los seres humanos, de nuestros antepasados, que solucionaban cualquier beligerancia y adversidad (infortunios y trabajos) con agresividad total. Hay una realidad histórica: se han necesitado millones de años para “preparar” la configuración del cerebro que posibilite “tener paciencia” y “aprender” a convivir con ella si tener que llamarla necesariamente “virtud”, porque es una posibilidad que ofrece históricamente la estructura global del cerebro humano. Job fue una prueba palpable de ello.

¿Dónde reside la paciencia? En todas las estructuras del cerebro que interactúan para dar órdenes pacientes e impacientes a través de la corteza cerebral, reflejadas en la conducta implícita o explícita de cada persona, aprendida o genéticamente fundada, con un control férreo del sistema límbico donde se alojan las centralitas de los sentimientos y emociones, sabiendo también que los ojos están grabando permanentemente miles de ocasiones para provocar la paciencia e impaciencia, en un debate ético que hacen trabajar a destajo a las neuronas en lo que saben hacer: alimentar acciones humanas pacientes e impacientes en milisegundos. Sabiendo, que no descansan nunca a pesar de que dormimos y soñamos desesperadamente. Científicamente se sabe que las neuronas no se permiten nunca la licencia para descansar. A no ser que las obliguemos farmacológicamente a cambiar su rumbo desestructurado cuando, a veces, la impaciencia no nos deja vivir como personas y nos provoca algún trastorno mental que nos inhibe la posibilidad de ser y estar en el mundo dignamente.

Y yendo de mis asuntos a mi corazón, repaso, por último, el Diccionario de la Lengua Española (edición el Tricentenario), encontrándome con definiciones de paciencia (del latín patientia) de amplio calado cultural: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas, facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho, lentitud para hacer algo, […] y tolerancia o consentimiento en mengua del honor. De todas ellas, me quedo con una: saber esperar, aunque sea con ardiente paciencia (Neruda). Creo que la propia necesidad cerebral de autoformarse a lo largo de la vida, con más de cien mil millones de posibilidades (neuronas) de hacer cosas y sentir nuevas vibraciones de sentimientos y emociones, acotadas en el tiempo vital de cada persona, son un reflejo de que las estructuras del cerebro necesitan a veces esperar, con más o menos paciencia aprendida o inducida genéticamente, para que nos mostremos tal y como somos, para que alcancemos nuestros proyectos más queridos y deseados, porque oportunidades tenemos de forma personal e intransferible a través de una estructura que dignifica por sí mismo a cada ser humano: la corteza cerebral que venció al cerebro original de los reptiles, otorgándonos genéticamente la posibilidad de ser inteligentes.

Aprendamos por tanto de ella, de su forma de ser en cada una, en cada uno. Por aquello de las posibilidades que se abren a través de las cadaunadas, de la ética del cerebro. Sin alterarnos, escuchando a Teresa de Jesús en el momento actual, reinterpretándola, por si nos alumbra algo en tanto desconcierto que nos derrama el alma, tal y como lo describía el ciudadano Job: porque la vida a veces nos turba, nos espanta, porque estas situaciones pasan, porque Dios se muda en la conciencia de muchas personas, porque la paciencia casi nada alcanza. Porque muchas personas no tienen a Dios, no tienen nada, todo les falta ¡Y sólo Dios no basta!

(1) Zweig, Stefan, Encuentros con libros. 2020, Barcelona: Acantilado: Quaderns Crema.

(2) Roth, Joseph, Job, 2007. Barcelona: Acantilado: Quaderns Crema.

NOTA: la imagen de Zweig y Roth se ha recuperado de https://elpais.com/cultura/2015/03/23/babelia/1427132022_446499.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ayeres, mañanas, pero no hoyes

Sevilla, 7/I/2022

Hemos pasado de ayeres navideños a mañanas laicos casi sin darnos cuenta, porque la palabra hoyes no existe. Hoy, nos queda un gran trabajo personal por realizar. Tengo que reconocer que estaba avisado por Mario Benedetti en su poema Conjugaciones (1), Entre siempre y jamás, cuando decía con una brevedad temporal pasmosa lo siguiente:

1 (álbum)

Cómo quisiera fotografiar
minucia por minucia
pedazos de futuro
y colocar las instantáneas
en un álbum
para poder hojearlo
lenta, morosamente
en un manso remanso
del pasado

2 (claves)

Algunas claves
del futuro
no están en el presente
ni en el pasado
están
extrañamente
en el futuro

3 (variantes)

La muerte es sólo una
de las varias variantes
del futuro
quizá la más primaria
acerca de la otras
espléndidas variantes
no han concluido aún
las investigaciones

4 (complemento)

Para entender mejor
cuán reaccionario
era Jorge Manrique
hay que desarrollar
el complemento de su tesis
o sea
todo tiempo futuro
será peor

5 (después)

El futuro no es
una página en blanco
es una fe
de erratas

6 (ausencia)

En la última
asamblea
del futuro
faltaré
sin aviso

7 (rigores)

En las fronteras
del futuro
hay un control
estricto
sólo son admitidos
los sobrevivientes

8 (previsión)

De vez en cuando es bueno
ser consciente
de que hoy
de que ahora
estamos fabricando
las nostalgias
que descongelarán
algún futuro

9 (plurales)

Hay
ayeres
y mañanas
pero no hay
hoyes

Ha amanecido hoy, un día de calendario de enero corriente, en su papel de después de tanto fasto, porque ya no habrá otro igual, en el que tomo conciencia de que al singular de hoy le viene muy bien su singularidad, porque no se pueden coleccionar hoyes sino ayeres y mañanas. No es culpa de la Real Academia Española de la Lengua el hecho probado de que no exista esa palabra, sino de que a cada día le basta su propio afán (un evangelista lo recogió hace siglos como un refrán de la calle) y que su representación latina mediante dos palabras mágicas, carpe diem, está demostrado que es una experiencia maravillosa. Es verdad, porque hoy es un día muy especial y puede ser un gran día, que tendrá ayeres y mañanas, pero no hoyes. Sólo futuro, porque el pasado ya se fue. De lo que estoy seguro es de que la singularidad de hoy de cada persona es lo más importante, el tesoro más preciado que tenemos en su afán, sabiendo que esa singularidad, entendida como servir a los demás con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo (RAE, Diccionario de Autoridades, 1730), tiene algo mágico: el tiempo de cada hoy dentro.

(1) Benedetti, Mario, en Vientos del exilio, 1983. Madrid: Visor.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Un Manifiesto imprescindible por la lectura

A mis amados les dejo las cosas pequeñas;
las cosas grandes son para todos
.

Rabindranath Tagore, Pájaros perdidos, 178

Sevilla, 4/I/2022

Si todavía les queda alguna duda sobre el mejor regalo de Reyes, les recomiendo uno que les encantará. Se trata de un pequeño libro, Manifiesto por la lectura (1), de Irene Vallejo, la entrañable autora de El infinito en un junco (2), libro muy cercano en mi alma de secreto, porque descubrirán en él la importancia de enamorarse de la lectura como compañera inseparable en el viaje de la vida a cada Ítaca particular y a la de todos, según la ideología que justifica los actos humanos de cada cual: “Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva. Los libros nos recuerdan, serenos y siempre dispuestos a desplegarse ante nuestros ojos, que la salud de las palabras enraíza en las editoriales, en las librerías, en los círculos de lecturas compartidas, en las bibliotecas, en las escuelas. Es allí donde imaginamos el futuro que nos une”.

El libro es el resultado de un encargo que le hizo la Federación de Gremios de Editores de España en los primeros meses del año pasado, para que su sabia escritura acompañara a la petición de un Pacto de Estado por la lectura y el libro, necesario e imprescindible, en un país que edita mucho pero lee menos. El subtítulo que utiliza Irene Vallejo es precioso: caligrafías de un cuidado. Es verdad, porque a través de nueve semblanzas, nos lleva de la mano a descubrir la belleza de la escritura y su resultado inmediato en formato libro en la actualidad o en papiros hace ya miles de años: frágiles, alas y cimientos, arquitecturas del cuidado, fantasmas de voces, ideas extravagantes, estremecimientos de agua, peligros casi imperceptibles, herramientas de reconstrucción y salvemos el milagro. Es importante resaltar que Irene Vallejo ha expresado el deseo de que todos los derechos de autora que se generen de este libro, se dediquen al apoyo de proyectos e instituciones en favor del fomento de la lectura. Una muestra de su grandeza humana y altura de miras que tanto echamos de menos en la sociedad de mercado actual, donde casi todo es mercancía y donde hay una confusión permanente entre valor y precio.

He llegado a este libro, tal y como Irene Vallejo lo presenta en sus primeras páginas, a través de unas palabras de Gustavo Martín Garzo en Elogio de la fragilidad: «A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda. Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada». Una persona como yo, que busca siempre islas desconocidas, debe agradecer siempre y compartir este hallazgo tan feliz.

Irene Vallejo escribe siempre con alma. Lo podrán comprender leyendo este fragmento dedicado a la fragilidad humana en el Manifiesto citado, especialmente en este tiempo de pandemia: “Somos una especie frágil, particularmente frágil: ni muy fuerte, ni demasiado rápida ni especialmente resistente al hambre, la sed, el calor o el frío. No estamos adaptados al vuelo o la vida bajo el agua. Nacemos completamente indefensos y nuestra infancia es más prolongada que la de ningún otro animal. Hasta un virus minúsculo nos pone en peligro. Sin embargo, la brisa de una cualidad asombrosa nos ha impulsado hacia un desarrollo inesperado, hacia un imprevisible progreso. Esa facultad es nuestra imaginación, que, aliada con el lenguaje, nos permite soñar lo inconcebible, colaborar y fortalecernos unas a otros. Somos la única especie que explica el mundo con historias, que las desea, las añora y las usa para sanar”.

No se lo pierdan, porque casi sin darse cuenta habrán firmado con su lectura el mejor pacto posible por la lectura, individual y colectivo, que como las alas de mariposa conmoverá el alma de todos y de cada uno en particular, en este tiempo existencial tan revuelto y tan poco propicio para hacer mudanzas en la forma de ser y estar en el mundo. Una cosa más: si lo desean, pueden acompañar la lectura de este pequeño libro escuchando unas obras de música clásica vinculada a Mozart, en su trayectoria vital, que les permitirá soñar despiertos con él a través de composiciones magistrales, respetando su cronología de creación, en las que he seleccionado movimientos serenos, sobre todo andantes, andantinos y adagios, que inspiran tranquilidad, confianza y esperanza en cada presente y para animarnos a frecuentar el futuro leyendo. Ante la sexta ola de la pandemia que nos asola, la música puede ser compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum), tal y como aparece en la tapa de mi clave, que tanto amo. En el fondo, lo que hago hoy es enviar un regalo pequeño, siguiendo a Tagore, el Manifiesto por la lectura, de Irene Vallejo, a las personas con las que comparto la Noosfera, la malla pensante de la humanidad.

(1) Vallejo, Irene, Manifiesto por la lectura, 2021. Madrid: Siruela.

(2) Vallejo, Irene, El infinito en un junco, 2020. Madrid: Siruela.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Augusto Monterroso todavía está aquí

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 21 de diciembre de 1921- Ciudad de México, 7 de febrero de 2003)

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí

Augusto Monterroso

Sevilla, 26/XII/2021

Antes de que finalice este año, deseo ofrecer un sencillo homenaje en el centenario de su nacimiento en Tegucigalpa el 21 de diciembre de 1921, al escritor hondureño Augusto Monterroso, nacionalizado posteriormente como guatemalteco y, finalmente, exiliado de por vida en México, donde falleció, famoso por su cuento breve El dinosaurio: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Siempre ha sido un objetivo en mi vida alcanzar el objetivo de la brevedad, que si buena es dos veces buena, como aprendí en su momento de Baltasar Gracián, pero la escuela en la que me formé desde mi infancia era analítica y así he seguido haciendo las cosas en mi vida, cuestión no inocente porque al crecer en el pensamiento filosófico de los presocráticos, la realidad diaria se convierte en algo muy complejo como para despacharlo en dos segundos rápidos y vitales.

Ítalo Calvino, el escritor italiano al que debo tanto en mi forma de pensar y escribir, reconoció el valor incalculable de la rapidez y concisión en la literatura y así lo expresó en una conferencia titulada Rapidez, que desgraciadamente nunca llegó a pronunciar porque falleció una semana antes de trasladarse a la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts) en septiembre de 1985, para llevar a cabo su compromiso de participar en las Charles Elliot Norton Poetry Lectures, que luego se recopilaron como obra póstuma bajo el título de Seis propuestas para el próximo milenio (1). Esta obra la he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital porque a lo largo de los dieciséis años de vida que ya tiene, Calvino siempre ha estado presente en él ante el fenómeno de la hoja en blanco, precisamente utilizando el título de la conferencia que se ha incorporado a aquellos borradores de Harvard con el título de El arte de empezar y el arte de acabar, cuya introducción sigue siendo un norte en mi vida intelectual, procurando siempre que lo que escriba sea algo especial, siguiendo las recomendaciones de Calvino, tantas veces citadas en hojas digitales anteriores: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela. Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial”.

En este sentido, si traigo hoy a colación a Ítalo Calvino es por su cita en la citada conferencia, Rapidez, del escritor hondureño Monterroso, cuando se refiere a él reflexionando sobre una literatura basada en la concisión, como presagio de que sería una realidad inexorable en el siglo venidero: “La concisión es sólo un aspecto del tema que quería tratar, y me limitaré a deciros que sueño con inmensas cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama. En los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento. Borges y Bioy Casares recopilaron una antología de Cuentos breves y extraordinarios. Yo quisiera preparar una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible. Pero hasta ahora no encontré ninguno que supere el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Italo Calvino (Santiago de Las Vegas, Provincia de La Habana, Cuba, 15 de octubre de 1923-Siena, Italia, 19 de septiembre de 1985)

Su declaración de intenciones en esta conferencia sobre la rapidez es muy clara y contundente: “[…] hoy el valor que quiero recomendar es justamente éste: en una época en que triunfan otros media velocísimos y de amplísimo alcance, y en que corremos el riesgo de achatar toda comunicación convirtiéndola en una costra uniforme y homogénea, la función de la literatura es la de establecer una comunicación entre lo que es diferente en tanto es diferente, sin atenuar la diferencia silla exaltándola, según la vocación propia del lenguaje escrito. El siglo de la motorización ha impuesto la velocidad como un valor mensurable, cuyos récords marcan la historia del progreso de las máquinas y de los hombres. Pero la velocidad mental no se puede medir y no permite confrontaciones o competencias, ni puede disponer los propios resultados en una perspectiva histórica. La velocidad mental vale por sí misma, por el placer que provoca en quien es sensible a este placer, no por la utilidad práctica que de ella se pueda obtener. Un razonamiento veloz no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario; pero comunica algo especial que reside justamente en su rapidez. Cada uno de los valores que escojo como tema de mis conferencias, lo he dicho al principio, no pretende excluir el valor contrario: así como en mi elogio de la levedad estaba implícito mi respeto por el peso, así esta apología de la rapidez no pretende negar los placeres de la dilación. La literatura ha elaborado varias técnicas para retardar el curso del tiempo; he recordado ya la iteración; me referiré ahora a la digresión”.

Calvino amaba un lema por encima de todo: Festina lente, apresúrate despacio, pero sobre todo cuando se representa por contrarios. Prefería el símbolo de este lema figurativo a través de una mariposa y un cangrejo juntos, más que el clásico de Erasmo de Rotterdam, el delfín alrededor de un ancla, porque en este último caso siempre estaba el mar por medio, cuando en la mariposa y el cangrejo había dos realidades terrenales con misiones diferentes: puede volar la imaginación, pero siempre hay que volver al pensamiento que se fija en la memoria, es decir, hay que ir hacia atrás en la vida para expresar de la mejor forma posible el vuelo de la mariposa.

Después de una fantástica contraposición entre los dos estilos de literatura que pueden representarse a través de Mercurio y Saturno, incluso se declara “saturnino”, melancólico, contemplativo, solitario, aunque su gran aspiración como escritor es parecerse a Vulcano, “dios que no planea en los cielos sino que se refugia en el fondo de los cráteres, encerrado en su fragua, donde fabrica infatigablemente objetos acabados en todos sus detalles, joyas y ornamentos para las diosas y los dioses, armas, escudos, redes, trampas. Vulcano, que contrapone al vuelo aéreo de Mercurio el ritmo discontinuo de su paso claudicante y e! golpeteo cadencioso de su martillo. La conclusión de Calvino es obvia: “El trabajo del escritor debe tener en cuenta tiempos diferentes: el tiempo de Mercurio y el tiempo de Vulcano, un mensaje de inmediatez obtenido a fuerza de ajustes pacientes y meticulosos; una intuición instantánea que, apenas formulada, asume la definitividad de lo que no podía ser de otra manera; pero también el tiempo que corre sin otra intención que la de dejar que los sentimientos y los pensamientos se sedimenten, maduren, se aparten de toda impaciencia y de toda contingencia efímera”.

Finaliza su espléndida conferencia con un cuento chino, con algunas palabras más que en el de Monterroso, pero con un mensaje implícito extraordinario: “Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. «Necesito otros cinco años», dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto”.

A pesar de este esfuerzo literario por escribir una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible, Calvino no encontró ninguno que superara al del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Fue su gran homenaje al escritor de tres nacionalidades, en una azarosa vida de compromiso social, ensalzada de la mejor forma posible en esta preciosa conferencia póstuma del escritor italiano al que debo tanto.

Primer canon de la Ofrenda musical, BWV 1079 de Bach, conocido como el «canon cangrejo»

Johann Sebastian Bach mostró el arte de la rapidez y concisión musical en su reconocida obra breve Primer canon de la Ofrenda musical, BWV 1079conocido como el «canon cangrejo». Es un homenaje complementario por mi parte a Bach y Monterroso, junto a Calvino, ensalzando la brevedad buena de los tres, según Baltasar Gracián en su arte de prudencia que no olvido: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Además, con alma.

(1) Calvino, Ítalo, Seis propuestas para el próximo mileno, 1998, Madrid: Siruela.

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La lotería en el mundo al revés, según Borges

Sevilla, 23/XII/2021

El día después del sorteo del año sigue siendo un buen día para recordar la dialéctica continua en nuestras vidas de azar y necesidad. Todo es lotería en la vida de este país y de este mundo al revés, quizás con un regusto borgiano a través de su relato, La lotería en Babilonia, publicado en 1941 (1) en un contexto político mundial muy especial, un cuento muy profundo en contenidos y con un mensaje muy claro, que se explica al final del mismo: el azar es una necesidad social para que todo funcione y así hasta el infinito, porque todo, absolutamente todo, se sortea, incluso la muerte. Es el propio Borges quien manifiesta sin rubor alguno que este cuento no es inocente en sus simbolismos y que trata de una ficción política. El problema radica es saber identificar quién es el dueño de la Organización que está detrás de “la lotería” mundial, la Compañía actual, porque existir… existe.

Todo comienza al parecer con el origen inocente (?) de la lotería, que nace en Babilonia, pasando por vicisitudes que hacen que La Compañía, la organización oficial de la misma, cada vez concentre más poder omnímodo para sortear el bien y el mal, porque siempre se gana o se pierde, incluso ambas cosas a la vez, logrando que la lotería fuera secreta, gratuita y general a petición del pueblo. Está claro que el autoritarismo está servido. Lo que comenzó como una lotería tradicional acabó siendo algo muy diferente: “su virtud moral era nula. No se dirigía a todas las facultades humanas, únicamente a la esperanza». La gratuidad era algo que al final podía “tocar” a todos: “Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre automáticamente participaba de los sorteos sagrados y secretos… Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar, para el concursante, su elevación al concilio de los magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte».

Para la Compañía, la lotería era una interpolación del azar en el orden del mundo y aceptar errores no significa contradecir el azar: es corroborarlo. De ahí nacieron conjeturas preocupantes para la Organización lotera. Cualquier parecido de la situación social actual con la lotería de Babilonia y su representación oficial, La Compañía, no es como en las películas una ficción o pura coincidencia sino, a veces, una realidad cruda. Unas veces se espera del Estado que controle la suerte de todos y otras se abren disputas cainitas para que se descentralice este reparto de suerte: “Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos, ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola?, ¿no es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo no estén sujetas al azar?”.

Todo es azar, aunque siempre está la Compañía detrás, que lo administra. Algo parecido al mundo actual, donde por un lado están los ciudadanos del mundo al revés, que compran diariamente papeletas o décimos para sobrevivir, según los recursos de cada uno, esperando que el sorteo nunca se pare, para suerte de algunos y desgracia de todos: “Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración, he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía… Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía… Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta”.

La lotería de Babilonia puede ser la lotería del mundo actual. Han pasado siglos desde que ocurrieron los hechos que cuenta el narrador del cuento, pero no se nota en la condición humana. Así lo atestigua el final del relato de Borges: “La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además, ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares”.

El que quiera entender que entienda o que juegue al azar en su vida. La Compañía, bajo diversos nombres hoy, sigue viva. Tenemos un origen común, sin lugar a dudas también babilonio, una condición humana que compartimos, probablemente complicada y compleja, pero muchas personas, millones, no son culpables de nada, ni de la mala suerte en la lotería de la vida, porque a esa señora, la culpa de los falsos compañeros de viaje, nunca se la han presentado, ni se han quedado con su cara, no la conocen. Unos pocos, la Compañía actual según Borges, vinculados casi siempre a los fondos de inversión y que caben en un taxi, deciden en este momento que escribo estas palabras, en un piso de cualquier rascacielos de Manhattan, cómo se reparte hoy la miseria en la lotería del mundo al revés y la respuesta es pulsar un botón para distribuirla, nada más, bajo la apariencia de suerte en un sorteo nada inocente. Esa acción no está al alcance de cualquiera y la mayoría silenciosa o ruidosa mundial no acaba de entender nunca por qué viniendo de donde venimos, ya sean creacionistas o evolucionistas, estamos alcanzando la más alta cota de la miseria y mala suerte actual. Y lo que es peor, con el solo esfuerzo de algunos que han demostrado hasta la saciedad que no son inocentes. De lo que estoy convencido es de que la culpa de todo esto no la tenemos ni yo, ni usted, ni el vecino, ni siquiera sus parientes, ni la gente común, mucho menos los nadies de Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida. Los jugadores anónimos de una lotería mundial que reparte de todo menos esperanza y dignidad humana. La Compañía del siglo XXI, según la Historia.

(1) Borges, Jorge Luis, en Ficciones (El jardín de senderos que se bifurcan), 1996. Madrid: Alianza Editorial.

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CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La abuelidad es mucho más que una palabra

Paco Roca, Mural en el Metro de Madrid, 2020

Yo no creo en la edad.

Todos los viejos
llevan
en los ojos
un niño,
y los niños
a veces
nos observan
como ancianos profundos.

Pablo Neruda, Oda a la edad

Sevilla, 19/XII/2021

Fue en Argentina donde nació esta palabra, en 1977, que todavía no reconoce la Real Academia Española de la Lengua, gracias a los trabajos desarrollados por la doctora en Medicina, Médica Psiquiatra y Psicoanalista argentina Paulina Redler, que expresa “la relación y función de los abuelos con respecto a los nietos, y los efectos psicológicos del vínculo”. Estoy en plena fase de aprendizaje de esta realidad existencial y me interesa mucho conocer a fondo estos trabajos científicos sobre la influencia de la abuelidad en los nietos de una familia. Maternidad, paternidad y abuelidad forman una tríada indisoluble para que se alcance el bienestar físico, psíquico y social de los hijos y nietos, donde cada vínculo así llamado desempeña un papel fundamental en la vida de una familia.

La doctora Redler aborda esta importante realidad en la vida de los abuelos en su libro, Abuelidad: más allá de la paternidad (1), publicado en 1986, definiendo este nuevo vocablo como “una fase del desarrollo de un individuo, caracterizado por el efecto que en su organización psíquica resulta de «tener un nieto y ser y amarse a través de los nietos». El momento, habitualmente coincide con una etapa de la trayectoria de vida en la que se producen importantes pérdidas (viudez, jubilación, enfermedades, etc.) que obligan a una reorganización psíquica y relacional. De este modo, la abuelidad se conforma como una oportunidad para ello”. El libro matriz de esta teoría de Redler aborda la historia de las vicisitudes de la palabra abuelidad, el significante y de lo que había en su lugar, la abuelidad en Freud a la luz del psicoánalisis, los aspectos narcisistas que encierra, el hallazgo de la relación objetal, la relación de abuelidad y feminidad, así como abuelidad y masculinidad, finalizando con la completud imaginaria, la aceptación de las diferencias y las conclusiones.

Se puede explicar la abuelidad de muchas formas, en el tiempo transcurrido desde la aparición del vocablo abuelidad, atribuido a Redler en su significado actual, pero yo tengo una muy clara, la permanente defensa de la identidad personal en la relación de los abuelos y abuelas con sus nietos y nietas, violentada en muchas ocasiones, que entresaco de un cuento de Mario Benedetti, Pacto de sangre (2), salvando lo que haya que salvar, que es un homenaje hermoso a la abuelidad citada, del que entresaco su hilo conductor, una vez aclarado que el protagonista, Octavio, una persona con 84 años, había decidido no hablar con los que le rodeaban a diario, sufriendo la denominación de “abuelo” a cada paso que daba: “A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda, para entrar de lleno en el otro protagonista de esta historia, su nieto: “El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto, que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba imaginación). Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo, claro. Esto empezó hace un año, cuando Octavio tenía siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, carajo, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que yo podía hablar, y por otro, yo le contaría cuentos que nadie sabía. Está bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algodón. Se las arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidas al abuelo, y él responde que sí, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño cómplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos. Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se había lastimado una pata en una trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero cómo, ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que él quede pelado, también podrá recuperar el pelo. Vos no, lo desengaño, porque no eres ni serás brujo. Y él dice qué lástima y tiene un poco de razón, porque si yo hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio antes de los cincuenta”.

La abuelidad ha jugado un papel transcendental en la historia de la humanidad. La tradición oral siempre estuvo en las personas mayores de las comunidades que vivían en las orillas del Tigris y el Éufrates, cuando los abuelos contaban a sus nietos sentados en sus rodillas la historia de sus antepasados y éstos los atendían con atención reverencial. Así, siglo tras siglo, desde que tenemos constancia de esta realidad en el siglo VII a.C. Otro ejemplo histórico, en nuestro país, ha sido el papel que desempeñaron los abuelos durante la crisis económica que se inició a escala mundial en 2008 y que consistió no sólo en apoyo económico a sus familias, sino cómo se convirtieron en pilares fundamentales de ellas a lo largo de casi una década, con la atención a los nietos como enseña de su abuelidad. Esa es la razón de por qué escribí una reflexión cargada de dolor ante el comportamiento social ante las personas mayores durante la pandemia en la primera ola de 2020, Un mural que nos pregunta ¿qué es lo que ha ocurrido?, en la que destacaba que era necesaria “una reflexión objetiva, rigurosa y de respeto al comportamiento social y político en relación con la atención sociosanitaria a las personas mayores en todo el país, donde se ha podido comprobar que el nivel asistencial en este tiempo tan difícil ha dejado mucho que desear, dejándonos muchas preguntas sin respuesta. Cada palo debe aguantar su vela y tenemos que reconocer que las cosas no se han hecho bien, no de forma global, porque seríamos injustos al descalificar genéricamente la atención que se les ha prestado, pero sabiendo que su situación ha tenido tintes dramáticos en determinados lugares del país que merecen todavía un análisis para pedir las responsabilidades a las que hubiera lugar y sin distinción alguna de personas o autoridades directamente implicadas en lo ocurrido. El Estado está obligatoriamente obligado, por transparencia y dignidad pública, a dar las explicaciones necesarias, objetivas y veraces, para que se sepa a la mayor brevedad ética posible, la verdad de lo ocurrido con el fallecimiento por el coronavirus de las personas mayores en residencias asistenciales. Nada puede justificar el silencio, mucho menos si es cómplice”. La abuelidad se negó a muchas personas mayores, esa es la cuestión, como ha pasado tantas veces a lo largo de la historia.

Verdaderamente sorprendente es que en el país donde nació el vocablo abuelidad, Argentina, se haya reconocido un indicador científico, el índice de abuelidad, que tanta información ha dado sobre la identificación genética de los bebés robados durante la dictadura militar, sin olvidar nunca el papel jugado por las Abuelas de Mayo en sus reivindicaciones históricas y ejemplares, que por sí mismas eran un ejemplo andante de la abuelidad elevada hasta sus últimas consecuencias. La abuelidad femenina necesita un reconocimiento mundial por preservar, junto a la tradición oral multisecular de la abuelidad masculina en las genealogías, el trabajo silencioso y bien hecho en el seno de las familias, siendo su saber hacer diario un valor incalculable cuando el núcleo familiar se desestructura para siempre, causando un dolor irreparable para cada miembro de la misma y que sólo ellas han sabido reparar en muchas ocasiones a lo largo de los siglos. Siempre me ha llamado la atención científica la realidad dolorosa de cómo la abuelidad ha atendido la separatidad que sufren muchos niños de sus padres, tan magníficamente estudiada por John Bowlby. Gracias a los abuelos, muchos niños y niñas salen adelante desde el punto de vista afectivo después de haber sido separados de sus padres, gracias a que los abuelos siempre han estado allí. Hablaré en su momento de una realidad científica que perdura en nuestra sociedad, la separatidad humana, fuente de mucho dolor para la migración y los refugiados, por ejemplo, que asolan cada día a este mundo al revés.

El final del cuento de Benedetti resume bien qué importancia puede tener la abuelidad en un pacto entre nietos y abuelos, en palabras de Octavio, el protagonista de su cuento: “Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita [su hija] ni Aldo [su yerno]. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna”.

Sigo estudiando la abuelidad científica. Mi investigación la compartiré con la Noosfera en páginas de este cuaderno digital, probablemente en una serie, como acostumbro a hacer en asuntos complejos y extensos en su exposición y resultados. Les adelanto que estoy asistiendo ya a clases diarias de abuelidad y creo que progreso adecuadamente. Adrián se llama el maestro, mi nieto.

(1) Redler, Paulina, Más allá de la paternidad, 1986. Buenos Aires: Legasa.

(2) Benedetti, Mario, en Despistes y franquezas, 1997. Madrid: Alfaguara.

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