El invierno entra hoy en nuestras vidas, para quedarse con nosotros 88 días

Solsticio de Invierno

La nieve cruje como pan caliente
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,
y yo pienso en el pan y en las miradas mientras camino sobre la nieve.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Sevilla, 21/XII/2025 – 08:15 h UTC (CET+1)

El invierno (del latín hibernus) en el hemisferio norte, donde se encuentra nuestro país, comienza hoy, a las 16 horas 3 minutos, hora oficial peninsular según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional – Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana). Esta estación durará aproximadamente 88 días y 23 horas, y terminará el 20 de marzo de 2026 con el comienzo de la primavera.

Hoy es domingo y me parece
que la mañana no está únicamente sobre la tierra
sino que ha entrado suavemente en mi vida.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Me ha interesado conocer esta entrada puntual de una estación que sirve de marco temporal a una fiesta multisecular, la navidad, que sigue plenamente vigente. Se habla oficialmente de solsticio del invierno (del latín solstitiumSol quieto), porque “el inicio del invierno en el hemisferio norte está definido por el instante en que la Tierra pasa por el punto de su órbita desde el cual el Sol presenta su máxima declinación sur. El día en que esto sucede, el Sol alcanza su menor elevación sobre el horizonte al mediodía y describe en el cielo el arco más corto. Como resultado, ese es el día con menos horas de Sol del año. Además, durante varios días la altura máxima del Sol al mediodía parece no cambiar”, está quieto (solsticio).

Yo veo el río como acero oscuro
bajar entre la nieve.
Veo el espino: llamear el rojo,
agrio fruto de enero.
Y el robledal, sobre tierra quemada,
resistir en silencio.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Es muy interesante conocer que “las noches del invierno son largas y con frecuencia secas, por lo que resultan excelentes para observar el cielo”. ¡Qué privilegio humano, hacer cielo al volar con nuestra mente, con nuestros sueños, trascendiendo difíciles caminos al andar! Será la oportunidad para ver distintos planetas y constelaciones a lo largo de cada noche.

Hoy, domingo, la tierra es semejante
a la belleza y la necesidad
de lo que yo más amo.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Una curiosidad más sobre la realidad que experimentamos en este solsticio, es que en determinados días de invierno amanece más tarde y anochece más temprano. ¿Por qué? Ello es debido a que “aunque el día del solsticio de invierno corresponde al de menor número de horas de Sol, la diferencia de horas entre el día y la noche depende de la latitud del lugar. Para la latitud de Madrid, el día del solsticio de invierno tendrá 9 horas y 17 minutos de Sol, a comparar con las 15 horas y 3 minutos de Sol que tuvo el día más largo (solsticio de verano). La diferencia entre el día más corto y el más largo es por tanto de casi seis horas de Sol”.

Junto a Antonio Gamoneda puedo afirmar que hoy domingo, 21 de diciembre de 2025, en el que entra el invierno, la tierra es semejante a la belleza y la necesidad de lo que yo más amo. Eso me basta para cantar la belleza de este día, de esta estación.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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El Principito, hoy / 5. Se hace cielo al volar

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XII

Sevilla, 20/XII/2025 – 07:32 h CET (UTC+1)

Se hace cielo al volar junto al principito. También, camino al andar por estos vericuetos digitales. Ahora abordo la experiencia vivida y sentida en el tercer, cuarto y quinto planeta visitados (capítulos XII, XIII y XIV), con una brevísima estancia en el primero, porque me permite conocer la realidad terca de un bebedor, del que nuestro pequeño héroe obtuvo una respuesta encadenada a su pregunta sobre la razón de beber: “bebo para olvidar que tengo vergüenza de beber”, que lo dejó perplejo, alejándose de aquel encuentro de forma inmediata: “Las personas grandes son decididamente muy, pero muy extrañas, se decía a sí mismo durante el viaje”. Un bucle imperfecto, pero real como la vida misma.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XIII

Prosiguió su viaje interplanetario. El principito nunca renunciaba a preguntar, pero no entendía la mayor parte de las respuestas recibidas (Antonio Machado lo proclamó a los cuatro vientos: Para dialogar, preguntad, primero; después… escuchad). Es lo que ocurrió de nuevo en su cuarto viaje, cuando descubrió a un hombre de negocios autoproclamado como “serio”, que no contaba tonterías, vaya. No paraba de contar y contar, en una sucesión de números y sumas infinitas, hasta que el principito, que lo preguntaba todo, quiso saber en realidad qué es lo que estaba contando en ese momento: “quinientos un millones… […] de esas cositas que se ven a veces en el cielo. —¿Moscas? —No, cositas que brillan. —Abejas? —¡No, no! Cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Pero yo soy serio! No tengo tiempo para desvariar. —¡Ah! ¡Estrellas!—Eso es. Estrellas.—¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

Ante esta pregunta, el hombre de negocios, serio, preciso, cuenta por qué lo hace, poseer las estrellas. El diálogo que sigue es digno de ser reproducido con literalidad obligada del texto, para poder ser entendido: “Quinientos un millones seiscientas veintidós mil setecientas treinta y una. Yo soy serio, soy preciso. —¿Y qué haces con esas estrellas? […] Nada. Las poseo. […] Me sirve para ser rico. […] Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra. Éste, se dijo a sí mismo el principito, razona un poco como el ebrio. Sin embargo, siguió preguntando: ¿Cómo se puede poseer estrellas?—¿De quién son? —replicó, hosco, el hombre de negocios. —No sé. De nadie. —Entonces, son mías, pues soy el primero en haberlo pensado. —¿Es suficiente? —Sin duda. Cuando encuentras un diamante que no es de nadie, es tuyo. Cuando encuentras una isla que no es de nadie, es tuya. Cuando eres el primero en tener una idea, la haces patentar: es tuya. Yo poseo las estrellas porque jamás nadie antes que yo soñó con poseerlas. —Es verdad —dijo el principito—. ¿Y qué haces tú con las estrellas? —Las administro. Las cuento y las recuento —dijo el hombre de negocios—. Es difícil. ¡Pero soy un hombre serio!”.

Este diálogo kafkiano culmina con la explicación de cómo el hombre de negocios, serio y exacto, guarda en un cajón “el justificante” de lo contado cada día, porque además puede documentarlo en un papel y depositarlo en un banco. Para el principito, todo lo ocurrido y manifestado por el hombre serio, era divertido, bastante divertido y poco serio, porque “tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas grandes”. Él poseía cosas concretas en su asteroide, las atendía personalmente y las cuidaba, pero el hombre de negocios “no era útil para las estrellas”. Él sí para sus cosas, para su asteroide. En su fuero interno y según lo vivido hasta este momento, las personas grandes eran extraordinarias, pero poco útiles para la vida de los aparentemente pequeños.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XIV

Finalizamos hoy con el vuelo al quinto planeta, donde descubrirá un único habitante, un farolero y su farol, en una superficie minúscula, cumpliendo siempre una consigna, encender y apagar el farol, de día y noche, así cada minuto, en un frenesí desmedido.

Visitar este planeta era un reto para el principito: “Tal vez este hombre es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, que el vanidoso, que el hombre de negocios y que el bebedor. Por lo menos su trabajo tiene sentido. Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella más, o una flor. Cuando apaga el farol, hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy hermosa. Es verdaderamente útil porque es hermosa”.

La realidad que encontró el principito fue que el planeta giraba cada vez más rápido, cada minuto, convirtiendo la vida del farolero en una sumisión a una consigna, encender y apagar el farol, sin lugar a descanso alguno. Tanto es así que el farolero le descubre el secreto: “—¡Qué raro! ¡En tu planeta los días duran un minuto! —No es raro en absoluto —dijo el farolero—. Hace ya un mes que estamos hablando juntos. —¿Un mes? —Sí. Treinta minutos. ¡Treinta días! Buenas noches. Y volvió a encender el farol. El principito lo miró y le gustó el farolero que era tan fiel a la consigna. Recordó las puestas de sol que él mismo había perseguido, en otro tiempo, moviendo su silla. Quiso ayudar a su amigo”.

De esta forma, el principito le da a conocer un medio para que descanse cuando quiera, “pues se puede ser, a la vez, fiel y perezoso”: “Tu planeta es tan pequeño que puedes recorrerlo en tres zancadas. No tienes más que caminar bastante lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás… y el día durará tanto tiempo como quieras. —Con eso no adelanto gran cosa —dijo el farolero—. Lo que me gusta en la vida es dormir. —Eso es no tener suerte —dijo el principito. —Eso es no tener suerte —dijo el farolero—. Buenos días. Y apagó el farol”.

El farolero sería despreciado por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios, pensaba el principito, aunque a él no le parecía ridículo: “Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo. Por ello, “suspiró nostálgico y se dijo aún: —Éste es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es verdaderamente demasiado pequeño. No hay lugar para dos… El principito no osaba confesarse que añoraba a este bendito planeta, sobre todo, por las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol, ¡cada veinticuatro horas!”.

El relato prosigue. Había descubierto un amigo y no podía olvidarlo. Sobre todo porque era un ejemplo de fidelidad. Encender y apagar un farol, esa es la cuestión. La consigna de un trabajador pequeño en un planeta pequeño, muy pequeño. Quizás sea esta última reflexión la que me recuerda ahora una idea feliz de un personaje de este planeta, Eduardo Galeano, cuando escribió algo que nunca olvido: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

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El Principito, hoy / 4. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo IX

Sevilla, 18/XII/2025 – 19:23 h (CET+1)

La lectura de El Principito, como el mundo, sólo tiene interés hacia adelante. Es lo que me ocurre en esta tarea de persona mayor que lee un relato sin edadismo alguno, hoy centrado en los capítulos IX, X y XI. Además, con un interés especial al iniciar el protagonista un largo viaje plagado de experiencias inolvidables.

Las tareas preparatorias de este cambio de rumbo interplanetario se centran en las responsabilidades de cuidados del asteroide que lo acoge, su casa, deshollinando tres volcanes, arrancando brotes de baobabs y fijando las distancias de la terca flor, ahora arrepentida, de la que ya hemos hablado en artículos anteriores con cierto desasosiego, dando muestras siempre de su vanidad de vanidades, junto al orgullo que la acompañó desde su primer encuentro. Si el principito acometía estas tareas de cuidados del asteroide era, en el fondo, porque tenía la impresión de que no iba a volver a pisar aquella tierra. ¿Dulce o amarga despedida? Puede ser triste a secas, porque el amor no correspondido acaba rompiéndose siempre de mil formas. El símil mejor para comprender este destrozo es el de una pieza de cerámica muy valiosa, que un día cae al suelo y se rompe, se pegan sus piezas rotas meticulosamente para recomponerla, pero siempre acaba notándose su fractura.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo X

El principito buscaba en este viaje una ocupación e instruirse al mismo tiempo. Entre los asteroides de su zona,  325, 326, 327, 328, 329 y 330, eligió el primero, habitado por un rey, sentado en su trono y cubriendo toda la superficie con su manto de armiño. Su principal preocupación es que su autoridad fuera respetada, encontrando en el visitante una oportunidad extraordinaria para comprobarlo: “El rey exigía esencialmente que su autoridad fuera respetada. Y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, daba órdenes razonables. «Si ordeno —decía habitualmente—, si ordeno a un general que se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía».

El rey reinaba sobre su planeta, otros planetas y las estrellas, su poder era absoluto y universal. Todo el mundo le obedecía, por lo que el principito lo puso a prueba: “Quisiera ver una puesta de sol… Dame el gusto… Ordena al sol que se ponga. —Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina, y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta? —Vos —dijo firmemente el principito. —Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer —replicó el rey—. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya aarrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

Gran lección para el principito, pero la puesta de sol quedaba pendiente, aunque el rey se la concedió incluso con hora exacta. Como se demoraba el cumplimiento de esta petición, le comunicó al rey que se iba. Es el momento en el que creo que recibe una segunda lección inolvidable para el joven príncipe: “No partas —respondió el rey, que estaba muy orgulloso de tener un súbdito—. ¡No partas, te hago ministro! —¿Ministro de qué? —De… ¡de justicia! —Pero no hay a quién juzgar! —No se sabe —le dijo el rey—. Todavía no he visitado mi reino. Soy muy viejo, no tengo lugar para una carroza y me fatiga caminar”. Todo eran dudas para el principito porque en aquel asteroide no había nadie: “Te juzgarás a ti mismo —le respondió el rey—. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio. Yo —dijo el principito— puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte. No tengo necesidad de vivir aquí” (la negrita es mía).

Entrando en el juego autoritario del rey, después de una propuesta absurda para retenerlo como súbdito, el principito le lanza un órdago sin éxito alguno: “Si Vuestra Majestad desea ser obedecido puntualmente podría darme una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, que parta antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables… Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló un momento, y luego, con un suspiro, emprendió la partida. —Te hago embajador —se apresuró entonces a gritar el rey. Tenía un aire muy autoritario. Las personas grandes son bien extrañas, díjose a sí mismo el principito durante el viaje”. Culmina así este capítulo con enseñanzas importantes, aunque la principal es clara: no todo vale en el poder autoritario, porque no somos súbditos en el mundo, sino ciudadanos. Tampoco, el engatusamiento en torno al poder, porque siempre corrompe. Cuidado entonces, porque las personas grandes, con gran poder, son peligrosas.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XI

Finalizo la incursión planetaria de hoy, acompañando al principito en su segundo viaje, un planeta habitado por un vanidoso, los tipos que siempre necesitan estar cerca de personas que los admiren y hete aquí que el principito era un candidato perfecto. Cayó en la trampa del vanidoso porque por mucho que aplaudía ante él, se levantaba el sombrero para saludar, pero así siempre y de forma cansina, sin más, porque lo único que buscaba era las alabanzas. Ante una pregunta quizá impertinente, “Y qué hay que hacer para que el sombrero caiga? […] el vanidoso no le oyó. Los vanidosos no oyen sino las alabanzas. —Me admiras mucho verdaderamente? —preguntó al principito. —Qué significa admirar. —Admirar significa reconocer que soy el hombre más hermoso, mejor vestido, más rico y más inteligente del planeta.

—¡Pero si eres la única persona en el planeta!

—¡Dame el placer! ¡Admírame de todos modos!

—Te admiro —dijo el principito, encogiéndose de hombros—.Pero, ¿por qué puede interesarte que te admire? Y el principito se fue”.

Otra vez más, constata lo que significa el reino de las personas grandes, mayores, con poder: “Las personas grandes son decididamente muy extrañas, se decía para sus adentros durante el viaje”. Poder autoritario, absoluto del rey y la vanidad expresada hasta la última potencia, de un vanidoso profesional, habían defraudado al principito en su búsqueda de un mundo imaginario mejor para los más pequeños. De todas formas, estaba convencido de que había que seguir haciendo camino… al viajar.

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El Principito, hoy / 3. Hay que juzgar por actos, no por palabras

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo VI

Sevilla, 17/XII/2025 – 12:08 h (CET+1)

Hoy nos adentramos en los sentimientos del principito, con claves muy claras en los capítulos VI, VII y VIII del libro, que oscilan entre la melancolía, tristeza y el fracaso de un amor no correspondido. Sobre las dos primeras, el principito confiesa algo esencial: “Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol”. En su caso, habitando en un pequeño asteroide, sólo tenía que mover la silla cuarenta y tres veces para asistir a sucesivas puestas de sol de igual número.

Sumido aparentemente en este estado de ánimo, el principito revela un secreto al narrador, “largo tiempo meditado en silencio”: “Si un cordero come arbustos, come también flores”, incluso con espinas. El narrador, ocupado en la reparación de su avión, no da crédito a esta sorprendente pregunta, dando respuestas de “personas mayores”, que sólo tratan de cosas serias, a juicio del principito, que se toma la vida muy en serio: “Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores”. Esta respuesta encolerizó al hombrecito príncipe, que lanzó un discurso cargado para él de razones irreprochables: “Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos comen igualmente las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores se esfuerzan tanto en fabricar espinas que no sirven nunca para nada? ¿No es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es más serio y más importante que las sumas de un Señor gordo y rojo? ¿Y no es importante que yo conozca una flor única en el mundo, que no existe en ninguna parte, salvo en mi planeta, y que un corderito puede aniquilar una mañana, así, de un solo golpe, sin darse cuenta de lo que hace? ¿Esto no esimportante? Enrojeció y agregó: si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas. Se dice: «Mi flor está allí, en alguna parte…». Y si el cordero come la flor, para él es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?”. La verdad es que el mensaje es una metáfora del amor, sin cursilería alguna, porque cuando se descubre uno, su individualidad exige protección y defensa a toda costa. No es cuestión de ciencia de hombres grandes o mayores, sino de conciencia, de sentimiento, un estado afectivo duradero. En pocas palabras, el amor no es flor de un día…, a pesar de las espinas, que haberlas, haylas.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo VII

No se trata en estos artículos de hacer un mero comentario de texto, sino contextualizar en 2025 los mensajes del autor de El Principito, salvando lo que haya que salvar en un mundo al revés de determinados mayores, ante la frescura de un hombrecito pequeño, textualmente bautizado como el principito. Por esta razón, la continuidad del relato en el último capítulo analizado hoy, con una lectura de un hombre mayor, como es mi caso, la considero como una oportunidad más que me da la vida para descubrir su verdadero sentido, lo que Herman Hesse llamaba “obstinación”, algo que busco siempre con ilusión y especial empeño.

Todo comienza recuperando el sentido de una flor hermosa, observando nuestro héroe pequeño su despertar, pidiendo el riego como desayuno diario, justo y necesario. A partir de ese momento, también descubre en esa flor amada una auténtica feria de vanidades, autosuficiencia y una especial tiranía: “De este modo, el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto dudó de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se sentía muy desgraciado. No debí haberla escuchado —me confió un día—; nunca hay que escuchar a las flores. Hay que mirarlas y aspirar su aroma. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no podía gozar con ello. La historia de las garras, que tanto me había fastidiado, debe de haberme enternecido…”.

A continuación es donde se aborda el hilo conductor de estos primeros días de convivencia del narrador aviador con nuestro principito, que ya lo he hecho amigo en mi vida, agradeciéndole una lección aprendida: “No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias!Pero yo era demasiado joven para saber amar” (la cursiva es mía).

Continuará. Mientras, procuraré no olvidar que hay que juzgar por actos, no por palabras.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo VIII

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El principito, hoy / 2. La importancia de ser de otro planeta, un asteroide por más señas

El principito sobre el asteroide B 612. Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo III

Sevilla, 16/XII/2025 – 09:55 h (CET+1)

Los capítulos III, IV y V de El Principito nos invitan a conocer la procedencia del hombrecito, un asteroide, también pequeño como él, concretamente el B 612, identificado así por el narrador, por su vinculación histórica a “las personas grandes”, a las que sólo les preocupan los números: “las personas grandes aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: «¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?». En cambio, os preguntan: «¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?». Solo entonces creen conocerle. Si decís a las personas grandes: «He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el tejado…», no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: «He visto una casa que vale cien mil francos». Entonces exclaman: «¡Qué hermosa es!».

No se debe olvidar este aviso para aviadores o navegantes imaginarios: las personas grandes sólo aman las cifras, nunca preguntan por lo esencial. Es el momento en el que el narrador hace una confesión transcendental para comprender su mensaje en esta novela: “Pero, claro está, nosotros, que comprendemos la vida, nos burlamos de los números. Hubiera deseado comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Hubiera deseado decir: «Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…». Para quienes comprenden la vida habría parecido mucho más cierto. Pero no me gusta que se lea mi libro a la ligera. ¡Me apena tanto relatar estos recuerdos!…”.

Precisamente es en este momento crucial cuando aparece la quintaesencia de esta obra, la valoración de la amistad, en una transmisión de su magia tan necesaria para las personas grandes, mayores. Para los que envejecemos, también: “Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y puedo transformarme como las personas grandes, que no se interesan más que en las cifras”.

Avanzando en su lectura, descubrimos que el narrador recurre a lo que sabe hacer bien para no olvidar a sus pequeño amigo: “Por eso he comprado una caja de colores y de lápices. Es penoso retomar el dibujo, a mi edad, cuando no se han hecho más tentativas que la de la boa cerrada y la de la boa abierta, a la edad de seis años. Trataré, por cierto, de hacer los retratos lo más parecidos posible. Pero no estoy del todo seguro de lograrlo. Unos dibujos salen bien y otros no. Me equivoco también un poco en la talla. Aquí el principito es demasiado alto. Allá es demasiado pequeño”. Lo importante es no olvidarlo.

El capítulo V lo dedica el narrador a alertarnos sobre algo sorprendente: el drama de los baobabs, que comienza como preocupación por su tamaño para alimentar a su cordero, porque los baobabs, “antes de crecer, son muy pequeñitos”, pero si no se atiende su desarrollo se convierten en un peligro. Una metáfora que se explica más adelante, en un diálogo aleccionador atendiendo a su contenido: “En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar. “Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil». Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la tierra estas ideas. “Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…”Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: «¡Niños, atención a los baobabs!» Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba animado por un sentimiento de urgencia”.

La metáfora está servida. Las malas hierbas, las apariencias engañosas ante las que hay que estar atentos, el cuidado del planeta como una tarea diaria de disciplina, porque cuando las hierbas son pequeñas, tanto las de los baobabs como las de las rosas, apenas se distinguen, lo que lleva a situaciones de contemporización y postergación de las acciones dignas, siempre urgentes para la sociedad, para luego no arrepentirnos por dejaciones y silencios cómplices.

Los baobabs. Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo V

Estamos avisados por el principito, porque cuando la maledicencia crece, el planeta Tierra sufre mucho. Esa es en la razón de por qué el narrador hace suyo un sentimiento del principito: «¡Niños, y no tan niños, atención a los baobabs!». De ahí nació un dibujo del narrador que sigo contemplando a diario, aunque tengo que confesar que hace muchos años leí un cuento senegalés, La princesa, el baobab y los cauris, traducido del wolof, que me deja muchas dudas en mi mente sobre la bondad de lo que los baobabs entregan a la humanidad. El que quiera entender que entienda. He vuelto a leerlo, porque cantaba las excelencias de sus hojas y su sombra, sin haber entendido en aquella ocasión por qué los despreciaba el Principito. Y con el corazón de niño que siempre fui, he comprendido que hay que saber buscar el sentido a la complejidad de la vida, montados en los caballos de mar de nuestros cerebros (hipocampos), que vuelan hacia el sol, aunque al igual que Groucho, en cualquier caso, siga necesitando localizar a un niño de cuatro años para entender los asuntos de la vida, de la muerte, de sus luces y sombras, que a todos -a veces- nos siguen pareciendo cuentos escritos en chino, wolof, francés o en mi idioma, en el amanecer hoy de un día normal en Sevilla, un pequeño lugar del planeta Tierra… o en el asteroide B 612, tan querido para el Principito, un héroe atemporal e imaginario en 2025.

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El Principito, hoy / 1. Las personas grandes nunca aprenden por sí solas

Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, 1943, acuarelas del capítulo I.

A mis nietos Adrián y Alejandro, para que siempre conserven la amistad del principito.

Sevilla, 15/XII/2025 – 07:20 h (CET+1)

Dicho y hecho. Con la ilusión de un niño con zapatos nuevos, compré ayer una edición de El Principito, escrita por Antoine de Saint-Exupéry y publicada por la editorial Salamandra, que respeta íntegramente el original traducido por Bonifacio del Carril, “con las acuarelas del autor”, tal y como se publicó por primera vez por la editorial argentina Emecé, el 20 de septiembre de 1951.

Ayer anuncié también en este cuaderno digital que iba a publicar una serie dedicada a esta novela corta, que siempre he entendido como dirigida a todas las edades, atribuyéndome por razones de edad, la especialmente concebida por el autor para mi condición de persona mayor o grande, no olvidando que fui niño, ratificado en sus primeras páginas, concretamente en el capítulo primero, ante el fracaso que cuenta el narrador (alter ego del autor) sobre la interpretación por parte de las llamadas “personas grandes”, de los dibujos que hizo cuando tenía tan solo seis años: “De este modo abandoné a la edad de seis años lo que pudo haber sido una brillante carrera de pintor. Me encontraba decepcionado a raíz del fracaso de mis dos primeros dibujos. Insisto en que las personas grandes no comprenden nada por sí mismas y es cansador para nosotros, los niños, darles siempre y siempre explicaciones”.

En esta primera entrega, esta experiencia de fracaso infantil, o no, según se mire, me ha recordado una escena hilarante protagonizada por Groucho Marx, al pronunciar aquella frase gloriosa en Sopa de ganso, en una reunión memorable de la Cámara de Diputados de Freedonia: “¡Hasta un crío de cuatro años sería capaz de entender esto!… Búsqueme un crío de cuatro años, a mí me parece chino“. Traído a nuestra realidad política actual, ambos niños, de cuatro años el de Groucho Marx y seis, el de Saint-Exupèry, cuestionan la incapacidad de las llamadas personas mayores o grandes de interpretarla de forma correcta y en su justo sentido. Siguiendo al pie de la letra lo solicitado por Groucho o el “cansancio” del narrador con alma de niño según Saint-Exupéry, es lo que tendría que gritar hoy la gente, los de abajo, en el Congreso de los Diputados, porque están obligatoriamente obligados a entenderse, cuando a muchos demócratas nos parece chino el diálogo de sordos en el que están instalados en la actualidad. Porque la situación política de este país les debería llevar a comprender que el resultado de las urnas es un mandato explícito para que se busquen siempre acuerdos de gobierno, tan necesitado este país de ellos, que… hasta un niño de cuatro años o de seis, es capaz de entenderlo.

De todas formas, el final del capítulo primero es desolador. Las personas “grandes” siguen o seguimos sin entender mucho qué pasa realmente en la vida, a no ser que se contemporice todo de un modo mediocre y con un gran peligro que acecha, porque no hay nada más peligroso que un mediocre con poder: “Cuando encontraba alguna persona grande que me parecía algo lúcida, realizaba la prueba de mi dibujo número 1 [¿sombrero o boa?] que siempre he conservado y conservo aún. Me interesaba saber si verdaderamente comprendería mi dibujo. Sin embargo, siempre me respondían: «Es un sombrero». Desde ya que no les hablaba entonces de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su alcance, hablándoles de bridge, de golf, de política y de corbatas. Así es como se quedaban conformes por haber conocido a un hombre tan razonable”.

Estando en estas cuitas, me he adentrado en el capítulo II, una vez decidido que el futuro del narrador no era la pintura sino volar, con estudios previos recomendados por las personas grandes: geografía, historia, cálculo y matemáticas. Conformismo preocupante. Un accidente lo sitúa en el desierto y allí se encuentra otra vez con la realidad de la pintura, del dibujo, al escuchar la voz de un hombrecillo, solicitando que le dibujase un cordero. Sorprendido lo intentó dos veces, cordero 1 y cordero 2, nunca del agrado del peticionario, hasta que finalmente busca una respuesta inteligente mediante el dibujo de una caja con tres agujeros, ¡con el cordero dentro!, que resultó del agrado del “hombrecito”, acostumbrado a las cosas pequeñas: “Se inclinó hacia el dibujo y exclamó: ¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido… Y así fue como conocí al principito”.

¡Ay, las cosas pequeñas!, pero no las señaladas sarcásticamente por Groucho: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”. Siempre las he apreciado y este capítulo segundo comienza ya a ofrecer pistas de quién es el hombrecito del desierto, el principito, que así lo llama también el narrador. Es un motivo reforzador de mi gusto por las pequeñas cosas, las auténticamente pequeñas, que aprendí hace ya muchos años de un gran hombre, Rabindranath Tagore, a través de una obra preciosa, Pájaros perdidos, con una traducción impecable de Zenobia Camprubí, la compañera de vida de Juan Ramón Jiménez. Fue el “pájaro” 178 el que me descubrió una nueva vida: A mis amados les dejo las cosas pequeñas; / las cosas grandes son para todos.

La lectura de los dos primeros capítulos refrescan mi memoria histórica de la dignidad humana impregnada de valores. En este mundo al revés, donde el caballo grande, ande o no ande, es lo que entusiasma en nuestros alrededores, ha merecido la pena encontrarme de nuevo con este pájaro pequeño o con el pequeño cordero tan querido por el principito, porque nos hace más libres la posibilidad de dejar, regalar, ofrecer, entregar aquello que es verdaderamente cercano y que es posible compartir, aunque sea aparentemente muy poca cosa, muy pequeño. Aunque cuando nos retiremos a nuestra soledad sonora, que tan magníficamente vivieron Tagore, Zenobia y Juan Ramón, por este orden, necesitemos recoger con nuestras manos un nuevo pájaro perdido, el 130, que nos marca caminos para ser mejores, comprendiendo hoy el significado de los dibujos fallidos del narrador: Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera la verdad.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

Todos los mayores han sido primero niños

Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, 1943

Todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)

Antoine de Saint-Exupéry, en la dedicatoria de El Principito

Sevilla, 14/XII/2025 – 13:30 h (CET+1)

En la primera edición de El Principito, obra publicada en 1943 por Antoine de Saint-Exupéry, figuraba una dedicatoria que nunca me pasó desapercibida, «A Leon Werth: Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Verdaderamente necesita consuelo. Si todas esas excusas no bastasen, bien puedo dedicar este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO«

Si recojo íntegra esta dedicatoria es porque pienso que en ella está la quintaesencia de esta obra, acusando una vez más la dificultad de escribir cuentos, para cualquier edad, como confesó en su día Juan Ramón Jiménez en su memorable Platero y yo, cuando afirmaba lo siguiente: «Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca. ¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer! Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

Si retomo hoy la lectura nueva de El Principito, como persona mayor que recuerda que he sido niño, salvando la advertencia del autor, es porque sé que esta excelente obra, ha pasado a ser este año de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. En tal sentido, me he propuesto escribir, como segunda razón y sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry la escribió atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses «que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos«, una serie de artículos durante esta Navidad, Año Nuevo y Reyes, que respeten la estructura y contenidos de esta novela corta, ¿cuento quizás?, desarrollada a través de 27 capítulos, con mi interpretación actualizada en 2025 y quizás, en el año próximo, de lo que el autor quiso dejar como legado de su alma inquieta a la Humanidad. 

Comienzo con estas palabras a volar de nuevo, como persona mayor, en búsqueda de un mundo mejor, acompañado por un pequeño príncipe aleccionador.

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¡Paz y Libertad!

Ahora que mi blog cumple veinte años

Fotomontaje con la imagen de la portada de ‘El cuento de la isla desconocida’, de José Saramago, en la versión en tailandés (เรื่องของเกาะที่ไม่รู้จัก), incorporando la leyenda personal ‘Guía Cavafis” / JA COBEÑA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias. 
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón, 
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta 
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Constantino Cavafis, Ítaca 

Sevilla, 11/XII/2025 – 06:00 h (CET+1)

Mi blog cumple hoy veinte años de vida digital. Las primeras palabras que escribí en lo que llamo ahora “cuaderno digital”, más allá del sustantivo “blog”, fueron para presentarme a la Noosfera, la malla pensante de la humanidad, porque fue Teilhard de Chardin el que me inspiró el título del mismo, que mantengo intacto veinte años después, porque como decía el famoso tango de Gardel, el tiempo -veinte años- ha pasado como si nada, cuando es verdad que su hilo conductor ha permanecido inalterable, convencido como estoy de que el mundo sólo tiene interés hacia adelante.

En aquella declaración de principios de 11 de diciembre de 2005, recordándola con una melodía de Serrat de fondo, de la banda sonora de mi vida (ahora que tengo veinte años o lo que hoy es lo mismo, ahora que mi blog cumple veinte años), decía que iniciaba una etapa nueva en la búsqueda diaria de islas desconocidas: “Internet es una oportunidad preciosa para localizar lugares que permitan ser sin necesidad de tener. La metáfora usada por José Saramago [en El cuento de la isla desconocida] será una realidad cuando ante el fenómeno de la hoja en blanco, teniendo la oportunidad de decir algo, esto sea diferente y sirva también para los demás. Puerta del Compromiso. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma «Seis propuestas para el próximo milenio»: «…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial» (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar)”.

Creo que a través de más de tres mil artículos, he cumplido con aquél compromiso. Los han leído alrededor de dos millones y medio de personas provenientes de centenares de países de este mundo al revés, realidad incontestable y muy presente en el cuaderno por obra y gracia de Eduardo Galeano, con una obvia representación mayoritaria de países latinoamericanos por la lengua utilizada, con México a la cabeza. ¡Qué experiencia tan extraordinaria, gracias al mundo digital!, el que me enseñó a comprenderlo, sobre todo, Nicholas Negroponte (Nueva York, 1943), entre otros maestros de las tecnologías de la información y comunicación.

Salvando lo que haya que salvar, a lo largo de esta maravillosa experiencia, he escrito millones de palabras, leídas a través de casi dos millones y medio de visitas a este cuaderno digital, desde su inicio el 11 de diciembre de 2005, pretendiendo siempre ser consecuente con su subtítulo, que sigue apareciendo desde su nacimiento, es decir, alcanzar con cada publicación un objetivo como resultado pretendido: buscar islas desconocidas todavía por descubrir en el sentido de “penetrar directamente en el subconsciente de cada persona, lector o lectora, con su carga emotiva y filosófica” en todos y cada uno de sus contenidos, con objeto de que cada artículo o post, sea una experiencia intensamente subjetiva que lleve al lector o lectora a un nivel interno de conciencia como lo hace la música, tantas veces citada y reproducida aquí en textos y contextos diferentes. Lo que puedo asegurar hoy al hacer un alto en este camino digital, es que ha sido un viaje largo, una odisea, en el sentido más clásico del término, en su primera acepción aceptada por el Diccionario de la RAE: viaje largoen el que abundan las aventuras adversas, mis pre-ocupaciones (así, con guion), porque de todo hay en la viña del Señor de mis mayores, como cantaba mi paisano Antonio Machado, al que nunca he olvidado en esta bitácora o cuaderno de derrota, en lenguaje del mar. Cuaderno digital, en definitiva.

Los que hemos optado por iniciar otro tipo de viajes a islas desconocidas, a lo largo de la vida y utilizando sólo la imaginación, sabemos que la recomendación a Ulises del viaje a Ítaca, según Constantino Cavafis, era una extraordinaria guía de viaje: Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Lo que pasa es que en los momentos actuales de desconcierto democrático mundial, sólo sabemos que no sabemos lo que nos pasa y a la vuelta de cualquier viaje de norte a sur y de este a oeste en nuestro hemisferio particular e inquietante en esta etapa tan larga, protagonizado por el Ulises que casi todos llevamos dentro, puede que nos ocurra como al protagonista de un poema de Ángel González, Los ilusos de Ulises, que tampoco olvido: Siempre, después de un viaje, / una mirada terca se aferra a lo que busca, / y es un hueco sombrío, una luz pavorosa / tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve. // Fidelidad, afán inútil. / ¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte? / Nadie ha sido capaz / -ni aun los que han muerto- / de destejer la trama / de los días.

Veinte años en la Noosfera ha sido un compromiso para destejer las tramas de cada día, con el objetivo de compartir este trabajo de rueca digital, escribiendo en páginas en blanco de este cuaderno digital como si cavara un pozo con una aguja, tal y como lo aprendí de Orhan Pamuk, a través de unas palabras pronunciadas en el discurso del acto de entrega del Premio Nobel de Literatura 2006: Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla, […] escribo para ser feliz.

Probablemente y con esta perspectiva homérica, habría que editar urgentemente una nueva guía de viajes, la guía Cavafis, para aprender la clave de todo viaje a las Ítacas particulares que, en muchas ocasiones, es una mudanza al interior de nosotros mismos. Es lo que aprendí hace ya muchos años en un viaje que inicié en el velero “La isla desconocida”, que me mostró José Saramago en su cuento homónimo, a modo también de guía para navegantes inquietos, aquel lejano 11 de diciembre de 2005, que recomiendo leer como guía imprescindible para personas aventureras que necesitan encontrar islas desconocidas, siguiendo el cuaderno de bitácora del propio Saramago y escuchando la voz protagonista de una mujer admirable que aplica siempre el principio de realidad en su vida: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

Y a pesar de que soy consciente, con espíritu gardeliano, de que veinte años no son nada, sigo decidido a ampliar el horizonte de miras de este blog, cuaderno de bitácora, cuaderno digital en definitiva, con sus blancas letras, como las de la carabela del cuento de Saramago: cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas… Es lo que hicieron los protagonistas del cuento de Saramago al finalizar su microhistoria y, quizá, la tuya y la mía, la vuestra, queridos tripulantes digitales: Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.

Gracias, lector o lectora, gracias por haberme acompañado hasta aquí a lo largo de estos veinte años. Lejos de pararme, sigo haciendo camino al andar. Con tu quiero y mi puedo, recordando a Ricardo Cantalapiedra, obligatoriamente obligado a seguir comprometido con el mundo de todos (Rafael Ballesteros, dixit) y guardándome lo que entiendo por verdad porque sigo buscándola junto a la de los demás, como homenaje personal a mi paisano Antonio Machado.

Cuando escribo estas palabras, he buscado envolverlas, como regalo a la Noosfera, escuchando el Adagio del Concierto para clarinete en La mayor, KV 622, compuesto en 1791 por Mozart, el último año de su vida, cuando tenía 35 años: Clarinet Concerto in A major, K.622. Es una versión que aprecio mucho, interpretada por la Iceland Symphony Orchestra, dirigida por Cornelius Meister y con la intervención de la clarinetista solista Arngunnur Árnadóttir. Doscientos treinta y cuatro años después de su composición, tampoco son nada cuando escucharlo y sentirlo eleva el espíritu a los cielos y me permite creer y transmitir a los cuatro vientos que otro mundo es posible.

Veinte años después, confieso que hago hoy acopio de avíos en tierra, de nuevo, para poder navegar cada vez mejor por un mundo diseñado a veces por el enemigo (Juan Cobos Wilkins, lo dijo…).

NOTA: la imagen de cabecera es un fotomontaje que he realizado sobre la portada de El cuento de la isla desconocida de José Saramago, en la versión en tailandés (เรื่องของเกาะที่ไม่รู้จัก), que pude tener en mis manos y hojear durante la visita a la biblioteca del premio Nobel en Tías (Lanzarote), en el mes de agosto de 2010.

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Cuentos para el invierno y la navidad de 2025

Yo, una vez, dijo ahora O’Chanel, una vez me comí un alma

Manuel Rivas, en La barra de pan (Cuentos de un invierno, 2005).

Sevilla, 07/XII/2025 – 07:42h (CET+1)

Hoy recupero en mi permanente escritura circular en este cuaderno digital, unas palabras escritas en 2023 desde el atrás de la vida, pero con alma. Verán por qué.

La esencia del título de este artículo se la debo a un gran maestro de la literatura española, Manuel Rivas, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente en estas fechas porque cuida como nadie las formas y los lugares del alma, que lo desarrolla en un libro breve, Cuentos de un invierno, de por sí, por breve, dos o muchas veces bueno, que también es de una navidad, según se mire, recopilado en una obra conjunta, Lo más extraño, cuya sinopsis oficial los integra ofreciendo un hilo conductor en el arte de escribir relatos: “Manuel Rivas reúne todos sus relatos en esta obra, que es también una psicogeografía, una zona de rescate de la memoria frente a la amnesia, donde el deseo lucha con la muerte y la imaginación levanta el vuelo. Así, emerge un mundo que parecería estar a la espera de su invención. En Lo más extraño aparecen relatos ya célebres como «La barra de pan» o «La lengua de las mariposas», cuentos extraordinarios por descubrir como «La llegada de Ingrid», y otros sorprendentes como «La sombra del sueño». Autor de novelas como El lápiz del carpinteroLos libros arden mal o Todo es silencio, Rivas presenta con este volumen una constelación narrativa singular, donde cada relato es un avance de la mirada, un logro sensorial. Los miedos, las pasiones, la emigración, la guerra, los naufragios, la religión, la culpa, la depredación, el arte y la vida, el poder y sus máscaras, el humor insurgente, la incomunicación, la resistencia de las voces bajas, el andar vagabundo del ser y las palabras a la búsqueda de una segunda existencia… Lo más extraño ahonda en el enigma humano, con un lenguaje incandescente e indócil”.

La lectura de nuevo, por mi parte, de este conjunto de cuentos, ocho en total, en su publicación original (hace veinte años, que para mí, con acento gardeliano no son nada), considero que es un excelente trabajo preparatorio para “celebrar” estas fiestas, bastante alejado de los fastos acostumbrados, porque me lleva de la mano a conocer la quintaesencia de lo que Manuel Rivas quiere transmitirnos a través de unos relatos, en los que el telón de fondo es siempre el invierno pero, sobre todo, la navidad, como he podido leer en un trabajo didáctico, excelente, llevado a cabo por la Universidad Complutense de Madrid, centrado en esta obra para diseccionarla hasta el último detalle, en una relación profesor-alumno en la que hoy entro a formar parte como aprendiz de escritor con alma: “El invierno es el telón de fondo para este conjunto de cuentos escritos por Manuel Rivas como sólo él sabe hacer, relatos evocadores, nostálgicos, con una gota de humor y de ternura que transforma lo cotidiano en algo muy bello. Con el dominio de las técnicas narrativas, Manuel Rivas aborda con especial sensibilidad cuentos que hablan entre otras cosas de su Galicia natal, de la Guerra Civil y sus consecuencias etc… personajes, reflexiones, sentimientos que nos permitirán disfrutar leyendo, que nos gustarán, que conseguirán interesarnos y conmovernos. Los ocho cuentos presentan argumentos independientes, con el único nexo de la Navidad o el invierno como trasfondo, tanto en el presente, como en el recuerdo de los personajes. A partir de ese trasfondo, encontramos ocho tramas basadas en la emigración, la posguerra, la navegación, la resistencia al franquismo, el fútbol, el tráfico de drogas o las vacas locas; ocho historias que, además abordan temas universales como el desamor y la infidelidad, el egoísmo y el sentimiento de culpa, la superstición, la soledad y la idealización de los recuerdos, el amor como motor que nos impulsa contra cualquier adversidad, la integración de las personas con deficiencias psíquicas, la traición, la venganza y el amor a los animales. En «La llegada de Ingrid» una niña cuenta con inocencia, cómo la estabilidad familiar se vino abajo cuando su padre emigró a Alemania y en este tiempo, su mejor amigo siempre estuvo cerca de la familia. «La barra de pan» narra cómo una mísera barra de pan es considerada un objeto de ensueño… en tiempos del racionamiento de posguerra. «OK; OK; OK» narra la historia de un pescador que se resiste a aceptar su culpabilidad en el hundimiento del barco en el que navegaba. «El amor de las sombras» cuenta cómo un emigrante vuelve por Navidad con la mujer que cree sigue esperándole. En «El enamorado de María» narra cómo un ex-actor que había renunciado al amor de su vida por temor a la guerra, conocerá a un pobre diablo, el jefe de uno de los pocos grupos de maquis que aún existían en los montes gallegos, quien es capaz de meterse en la boca del lobo sólo para poder ver a su amada y al hijo de ambos. «El partido de Reyes» cuenta cómo un muchacho recuerda a Félix, un amigo con síndrome de Down, que vive su instante de gloria en un partido de fútbol contra los chicos de otro barrio. «El cartero de Papá Noel» presenta la historia de alguien que quiere retirarse de su vida de narcotraficante e intenta burlar a la policía y a los secuaces de su «jefe» disfrazándose de cartero de Papa Noel. En «Madonna» conocemos por boca de una niña, algunas historias de vacas, vacas individuales, con nombre, con humildes dueños que las amaban antes de que la locura de la enfermedad se las llevara”.

Fantástica tarea la que tengo por delante y a la que invito a participar a quienes lean estas líneas, porque ¿existe mejor tarea que escribir, por ejemplo, hacia atrás, sobre lo que de verdad nos emociona hoy, como le ocurre a la protagonista de “Madonna”? Lo comprendo perfectamente, porque así lo guardo en mi persona de secreto en esta forma de proceder anímicamente, siguiendo al pie de la letra la frase que regaló el escritor y psiquiatra portugués, António Lobo Antunes, en el acto de recepción del Premio de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro en la ciudad de Guadalajara (México), en noviembre de 2008, transfiriendo una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana, alada, que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, entusiasmados con nuestras almas aladas. Lo mismo que me ocurre hoy, al aproximarme a una lectura responsable de unos cuentos preciosos y peregrinos, al ir del timbo al tambo de la vida en este invierno y en una navidad próxima, en las postrimerías de 2025. Hago, de todas formas, una confesión: me ha emocionado leer La barra de pan, porque he comprendido lo que significa comerse el alma humana, por azar o necesidad, por cosas que nos ocurren en el atrás de la vida. También en el presente o cuando frecuentamos el difícil futuro amable de cada día, incluso si es invierno y navidad al mismo tiempo.

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¡Paz y Libertad!

La Constitución sigue cuidando el alma herida de la democracia en nuestro país

Noray en el puerto de Punta Calero (Lanzarote), con la sombra imaginaria de la carabela La isla desconocida de Saramago / JA COBEÑA

Te quiero como para leerte cada noche, como mi libro favorito quiero leerte, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio…

Mario Benedetti, Te quiero sin mirar atrás

Sevilla, 6 de diciembre de 2025, Día de la Constitución – 12:11 h (CET+1)

El alma de la democracia en nuestro país está herida, como en otros lugares del mundo, ante su ocaso deliberado que llevan a cabo las fuerzas antidemocráticas, que no la aprecian y la manipulan a diario frente al interés general del pueblo español, fundamentalmente la derecha extrema y la ultraderecha, el soberanismo sin límites, el odio a los diferentes y migrantes, el populismo, la corrupción a diestra y siniestra, la coerción a la libertad y al pensamiento a través de la digitalización a ultranza y la obsesión con la tecnología como gran hermano todopoderoso, artificial siempre en su “inteligencia interna” y muy poco humano, el consumismo desbocado y los retos de nuestro entorno, en especial el capitalismo extremo, no solidario, las guerras y el cambio climático.

Para mí, como he afirmado en anteriores ocasiones, la Constitución promulgada en 1978 es como el noray para barcos anímicos, personas siempre, que se amarran a él para asegurar su permanencia en el puerto real de la Democracia, con todas las garantías, sobre todo para protegerlos de oleajes procelosos como los de la vida misma, con ejemplos muy claros en los primeros pasos de esta compleja legislatura. Es un símbolo que me emociona siempre y lo observo en mis incursiones en puertos seguros cada vez que recalo en ellos con mi «Isla Desconocida» que, un día ya lejano, me regaló José Saramago en un cuento inolvidable. Por ello y llegado este día conmemorativo, manifiesto de nuevo que quiero a la Constitución como para leerla cada noche, porque como mi libro favorito que es quiero leerla siempre, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio…

Hoy, cuando se cumple el 47 aniversario de nuestra Constitución, vuelvo a utilizar las palabras que me quedan en mi persona de secreto y en la de todos, escritas el año pasado en este cuaderno digital, también el anterior y… siempre, desde 1978, recordando un día muy especial para la salvaguarda de la convivencia en este país, en el que la Constitución se aprobó por las Cortes en sesiones plenarias del Congreso de los Diputados y del Senado celebradas el 31 de octubre de 1978, siendo ratificada por el pueblo español en referéndum de 6 de diciembre de 1978, y sancionada por S.M. el Rey ante las Cortes el 27 de diciembre de 1978. Antecedentes para no olvidarlos, ni siquiera un momento.

Constitución de España, 1978

La Constitución es la base de la identidad del Estado. Así lo vivo y así lo he expresado en varias ocasiones en este cuaderno digital. Es uno de mis principios políticos como ciudadano demócrata en tiempos muy modernos, de turbación, en los que siempre he creído que se pueden hacer mudanzas intelectuales. Además, si no gustan en la actualidad a muchos recién llegados a la política activa o a los pasados de rosca, que haberlos haylos, lo siento porque no tengo otros (a diferencia del gran aserto de Groucho Marx). Para ello, vuelvo a leer reflexiones mías elaboradas y dedicadas a Aristóteles en el rincón de pensar, que nos dejó un tratado de Política con mayúsculas, gran ausente en estos tiempos de cólera y desconcierto por los evidentes desajustes territoriales en este país, con un ejemplo actual muy controvertido en torno a un partido nacionalista e independentista como Junts, con una presión insoportable a través de sus siete escaños en el Parlamento. He vuelto a leer el libro tercero de esta magna obra, que se refiere a la relación del Estado con los ciudadanos y, más en concreto, a la teoría de los gobiernos y de la soberanía, porque recordaba que en ese texto se encontraba una frase que habría que grabar en el Congreso con letras de oro: a la Constitución es a la que debe atenderse [siempre] para resolver sobre la identidad del Estado.

No hay que despreciar el contexto en la que lo escribe: “Pero admitamos que el mismo lugar continúa siendo habitado por los mismos individuos. Entonces ¿es posible sostener, en tanto que la raza de los habitantes sea la misma, que el Estado es idéntico, a pesar de la continua alternativa de muertes y de nacimientos, lo mismo que se reconoce la identidad de los ríos y de las fuentes por más que sus ondas se renueven y corran perpetuamente? ¿O más bien debe decirse que sólo los hombres subsisten y que el Estado cambia? Si el Estado es efectivamente una especie de asociación; si es una asociación de ciudadanos que obedecen a una misma constitución, mudando esta constitución y modificándose en su forma, se sigue necesariamente, al parecer, que el Estado no queda idéntico; es como el coro que, al tener lugar sucesivamente en la comedia y en la tragedia, cambia para nosotros, por más que se componga de los mismos cantores. Esta observación se aplica igualmente a toda asociación, a todo sistema que se supone cambiado cuando la especie de combinación cambia también; sucede lo que con la armonía, en la que los mismos sonidos pueden dar lugar, ya al tono dórico, ya al tono frigio. Si esto es cierto, a la constitución es a la que debe atenderse para resolver sobre la identidad del Estado. Puede suceder por otra parte, que reciba una denominación diferente, subsistiendo los mismos individuos que le componen, o que conserve su primera denominación a pesar del cambio radical de sus individuos” (1).

Salvando lo que haya que salvar, mutatis mutandis, es impecable el análisis. Todo cambia y nada permanece (panta rei), siguiendo el adagio de Heráclito de Éfeso. Es verdad. Quienes no se adaptan a los entornos cambiantes, sufren mucho porque pierden seguridad en el quehacer y quesentir (perdón por el neologismo) de todos los días. En España, ante la realidad de Cataluña, reaccionamos en su momento tarde y mal, agarrándonos a la Constitución como un clavo ardiendo, en lugar de entenderla como un noray al que se deben asegurar los cabos cuando llegamos de la alta mar de los conflictos o del que hay que quitarlos para poder navegar en mares abiertos de libertad. Y la historia demuestra que esta realidad viene de antiguo, desde la etapa presocrática, cuando Heráclito pretendió que las personas dignas nos acostumbráramos a pensar que todo fluye y que nada permanece, como actitud vital, incluso las Constituciones, porque solo hay que pensar en una imagen preciosa: nadie se baña dos veces en el mismo río o en el mismo mar. Porque no controlamos la perpetuidad de lo que hacemos, vivimos, somos, sentimos y conocemos. Es verdad, porque si comprendiéramos estas palabras excelentes de Aristóteles en su tratado más político, pueden cambiar las asociaciones de ciudadanos (el que quiera entender que entienda), las Comunidades, la Constitución, pero hay un magma que aglutina todo, la propia Constitución, que es a la que debe atenderse siempre para resolver sobre la identidad del Estado. Aunque haya un cambio, incluso radical, de los individuos y las organizaciones en las que se integran, que son los que componen el Estado.

Finalmente, vuelvo a analizar también unas palabras esclarecedoras de lo anteriormente expuesto, que se encuentran en el referido capítulo IV del libro tercero de Política: “todas las constituciones hechas en vista del interés general, son puras, porque practican rigurosamente la justicia; y todas las que sólo tienen en cuenta el interés personal de los gobernantes, están viciadas en su base, y no son más que una corrupción de las buenas constituciones; ellas se aproximan al poder del señor sobre el esclavo, siendo así que la ciudad no es más que una asociación de hombres libres”. Dicho queda por Aristóteles hace muchos siglos y por Baltasar Gracián después: lo breve, si bueno, dos veces bueno.

Es verdad, quiero a la Constitución como para seguir leyéndola cada noche, como mi libro favorito, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio. No la olvido en uno de los marcapáginas que utilizo en el libro de mi vida. El país, Cataluña, País Vasco y los brotes del nacionalismo en general, a lo que deben aspirar siempre es a ser asociaciones de personas libres articulada por la Constitución, una Asociación escrita y hecha en vista exclusiva del interés general. Ante esta finalidad tan obvia, recuerdo ahora, en este día, el artículo 13 de la Constitución de 1812, en la que se recogía algo esencial para el pueblo español y que tanta falta hace en las circunstancia actuales: «El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar [así, la cursiva es mía] de los individuos que la componen». Para que no se olvide, constitucionalmente hablando, ni siquiera un momento.

(1) Aristóteles. Política · libro tercero. Del Estado y del ciudadano. Teoría de los gobiernos y de la soberanía. Del reinado.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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