Antonio Muñoz Molina, desde mi ventana discreta

Antonio Muñoz Molina / Volver a dónde / RTVE

Sevilla, 14/IX/2021

El confinamiento ha sido un tiempo de reflexión y encuentro con nuestra persona de secreto. Así lo ha vivido el escritor Antonio Muñoz Molina y así nos lo cuenta en su última publicación, Volver a dónde. Le aprecio, respeto y sigo de cerca desde hace ya muchos años, recordando también en mi tiempo profesional, en el ámbito público, el retrato que hacía de los funcionarios en su novela En ausencia de Blanca y que nunca he olvidado, porque a Blanca, la protagonista de esa obra no le gustaba pronunciar la palabra “funcionario”, aludiendo a Mario, su marido. Cuando Blanca quería referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía: “son funcionarios mentales”. Nunca lo fui.

Desde mi ventana discreta, que también me sirvió como horizonte al que podía mirar a través de la escritura de artículos en este blog durante el confinamiento, que luego materialicé en una publicación, La ventana discreta, observo ahora la publicación de Antonio Muños Molina, leo las entrevistas de presentación y me acerco a su lectura porque admiro la recurrencia en su vida y obra a sus ancestros ubetenses, un lugar mágico que visité en 2019, siguiendo una recomendación virtual de Antonio Muñoz Molina que me llenó de sentimientos encontrados con la vida y sus circunstancias. Él ha manifestado recientemente en una entrevista en el diario El País que “Hay que tener mucho cuidado con lamentar la pérdida de virtudes que existieron en el pasado”, como si el mito del eterno retorno, que aprendí en mis años jóvenes de Mircea Eliade, hubiera vuelto para quedarse con motivo de la pandemia, en un desafío metafísico con la nueva normalidad: “Ahora es cuando no tengo ganas de salir a la calle” justo cuando acaba de abolirse el estado de alarma es la primera línea de Volver a dónde (Seix Barral), el libro con el que Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 65 años) desmenuza la realidad pandémica de nuestro tiempo y la suya propia, hecha de recuerdos de un niño de familia campesina. Entrelaza presente y pasado a través de una narración que comienza bucólica y termina siendo bellísima, brillante e implacable”. También advierte en otra entrevista que hay que tener cuidado con la nostalgia y con el embellecimiento del pasado, porque las personas que rondamos su edad sabemos que lo ocurrido en este país ha sido una lección de historia nada propicia para recrearse en aquellos tiempos difíciles.

La sinopsis oficial del libro nos abre una ventana discreta a su interior: “Madrid, junio de 2020. Tras un encierro de tres meses, el narrador asiste desde su balcón al despertar de la ciudad a la llamada nueva normalidad, mientras revive los recuerdos de su infancia en una cultura campesina cuyos últimos supervivientes ahora están muriendo. A la dolorosa constatación de que con él desaparecerá la memoria familiar, se le suma la certeza de que en este nuevo mundo nacido de una crisis global sin precedentes aún prevalecen unas prácticas dañinas que podríamos haber dejado atrás. Volver a dónde es un libro de una belleza sobrecogedora que reflexiona sobre el paso del tiempo, sobre cómo construimos nuestros recuerdos y cómo éstos, a su vez, nos mantienen en pie en momentos en que la realidad queda en suspenso; un testimonio imprescindible para entender un tiempo extraordinario y la responsabilidad que adquirimos con las nuevas generaciones. Certero observador de la actualidad, Antonio Muñoz Molina ofrece en estas páginas, a modo de una suerte de Diario del año de la peste de Daniel Defoe contemporáneo, un lúcido análisis de la España actual a la vez que refleja la transformación irreversible de nuestro país durante el último siglo”.

Abro el libro y leo algo más que las once primera palabras citadas anteriormente, en el punto y seguida de la fecha elegida para comenzar a narrar sus sentimientos personales y autobiográficos: Junio 2020. Aparece inmediatamente después una reflexión que me anima a seguir leyendo sin límite de tiempo ni espacio, porque comprendo perfectamente que el estado de alarma que acababa de ser abolido seguía en nuestro espíritu: “El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarilla”.

Tengo a mano mi libro La ventana discreta, que abro por su prologo en el que leo en sus palabras finales: “En esta recta final, que se alargaba mucho más tiempo del previsto inicialmente por la prisa existencial que nos entró a todos para salir del túnel, había que escribir, en la medida de lo posible y sin faltar nunca al principio de realidad que todos teníamos que asumir, sobre la reconstrucción del país y con una mirada más ambiciosa todavía, sobre la reconstrucción del mundo, porque todo lo humano nos pertenece, con independencia de dónde vivamos: “Necesitamos pensar ya en la Reconstrucción del Mundo para poder reconstruir España. Así de claro y contundente. Es difícil salir de este túnel amargo de la COVID-19 sin una visión estratégica de alcance planetario que siente las bases para establecer un nuevo orden mundial político y económico para salvaguardar la salud pública, económica y democrática del planeta Tierra. Las soluciones que hasta ahora cohesionaban el mundo declarándolo una aldea común ya no valen y los ordenadores portátiles de los hombres de negro han comenzado a cerrarse masivamente sin capacidad de reinicio alguno. Eso sí, habiendo salvado previamente la totalidad del dinero invertido, dejando a millones de ciudadanos y Estados a su “mala” suerte. En este contexto, he recordado como tarea preparatoria un cuento precioso de Jorge Luis Borges, El Congreso, que ya he comentado una vez en este cuaderno digital, porque traduce una realidad existencial del devenir del mundo en el que todos estamos ahora obligatoriamente obligados a comprenderlo para entendernos mejor. Leerlo es casi una obligación de Estado”.

Vuelvo al libro de Antonio Muñoz Molina y tomo conciencia de que la pregunta que plantea en el título sigue hoy sin respuesta: volvemos, sí, pero a dónde, porque el mundo ya no es lo que era o lo que debería ser. Esa es la cuestión. Recuerdo ahora a Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, en el Prólogo de Doce cuentos peregrinos – obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en “La Isla Desconocida”-, porque quiero cumplir una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos de la turbación ignaciana: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”, las que ahora estamos sufriendo al prepararnos para el futuro próximo que ya sabemos que no será lo que antes era, para volver a ser o tener lo que quizá nunca hemos sido o tenido antes. Es lo que me permite comprender ahora que somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para asimilar lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas, fracasos humanos y sociales en torno a esta pandemia.

Lo que deseo ahora, de nuevo, siguiendo los consejos de Pablo Neruda, es agregar luz a la patria en tiempos revueltos, como ciudadano de a pie que solo camina a veces en la más profunda oscuridad e incertidumbre para encarar el futuro: “Otra vez, ya se sabe, y para siempre / sumo y agrego luz al patriotismo: / mis deberes son duramente diurnos: / debo entregar y abrir nuevas ventanas, / establecer la claridad invicta / y aunque no me comprendan, continuar / mi propaganda de cristalería” (El Sol). Navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria, en el aquí de este momento y en el ahora de este orden nuevo mundial y doméstico, en el que el mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, en palabras premonitorias de las primeras líneas del último libro de Antonio Muñoz Molina, Volver a dónde, escritas por lo que vio y sintió el año pasado, durante el confinamiento, desde su ventana discreta.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El mundo no está al revés por culpa de una manzana

René Magritte, La chambre d´ecoute, 1958

Sevilla, 9/IX/2021

El Museo Thyssen-Bornemisza inaugura la semana próxima una exposición temporal bajo el título La máquina Magritte, dedicada a este pintor surrealista y al que profeso una profunda admiración, tal y como se puede comprobar en las páginas de este cuaderno digital, en bastantes referencias pictóricas por su contenido y mensajes tan atractivos. Es la “primera retrospectiva de René Magritte (1898-1967) que se celebra en Madrid desde la que le dedicó la Fundación Juan March en 1989. El título La máquina Magritte destaca el componente repetitivo y combinatorio en la obra del gran pintor surrealista, cuyos temas obsesivos vuelven una y otra vez con innumerables variaciones. La muestra se divide en las siguientes secciones: (1) Los poderes del mago (2) Imagen y palabra (3) Figura y fondo (4) Cuadro y ventana (5) Rostro y máscara (6) Mimetismo y (7) Megalomanía. Comisariada por Guillermo Solana, director artístico del museo, la muestra reúne más de 90 pinturas. La exposición se completa con una instalación en la sala balcón mirador, en la primera planta del museo, de una selección de fotografías y películas domésticas realizadas por el pintor, por cortesía de Ludion Publishers”.

Hoy, en un mundo real  que no es el mundo que nos enseñaron en nuestras escuelas de antaño, donde la manzana, ese oscuro objeto de deseo de Magritte, era la única culpable de que el mundo esté así, al revés, recupero su representación simbólica y surrealista en una reflexión que me acompaña desde hace ya muchos años a través de una pintura suya, La chambre d´ecoute, 1958, un clásico de Magritte, en la que nos deja un mensaje críptico para este aquí y ahora, porque el mundo al revés que nos rodea no es el Mundo, ni es el culpable de todos nuestros males en el momento actual. Desentrañar esta reflexión junto a Magritte es el cometido principal de estas líneas. Sabíamos ya que su manzana a secas, no era una manzana y que el bien y el mal no nació por la tentación de una serpiente que estaba cerca de la fruta prohibida.

Llevo muchos años aproximándome a un dilema que nos aprisiona en vida: ¿por qué somos buenos o malos?, o mejor, ¿por qué actuamos bien o mal?, incluso con extrema violencia, o peor todavía ¿por qué cuando queremos hacer las cosas bien, salen mal, y además nos auto inculpamos o lanzamos las responsabilidades hacia los demás, sin com-pasión [sic] alguna? Los que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, lo teníamos fácil, en principio. Esas preguntas, que son terrenales para las iglesias, solo tienen una respuesta clara y contundente en la católica y la judía: la responsabilidad de actuar mal, cuando lo tuvimos todo a favor, para actuar bien, es de nuestros antepasados, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?). La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos nos ofrecieron para justificar razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta sobre si la ética cerebral es instinto o aprendizaje, dejando la manzana maligna al margen, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

El biólogo evolucionista Marc Hauser, que ha trabajado en los últimos veinticinco años sobre esta aproximación científica de la que he hablado anteriormente, sobre el que ya hice alguna presentación en un post de este cuaderno, Ética del cerebro, dice en su libro “La mente moral”, algo apasionante: “hemos desarrollado un instinto moral, una capacidad que surge de manera natural dentro de cada niño, diseñada para generar juicios inmediatos sobre lo que está moralmente bien o mal sobre la base de una gramática inconsciente de la acción. Una parte de esta maquinaria fue diseñada por la mano ciega de la selección darwiniana de años antes de que apareciera nuestra especie; otras partes se añadieron o perfeccionaron a lo largo de nuestra historia evolutiva y son exclusivas de los humanos y de nuestra psicología moral. Estas ideas se basan en lo que nos permite descubrir otro instinto: el lenguaje” (1). Creo, por tanto, que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión u omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos. Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad o a las personas (José Ferrater Mora, El hombre en la encrucijada), en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma u otra, muy lejos de la manzana que, como en el agigantamiento tan característico de Magritte, ha perdurado en el tiempo como causa de todos los males, ocupando nuestra habitación interior, la del alma y la de los secretos.

Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada y la fruta prohibida, la manzana, sobre la que la Biblia nunca habla de ella, tal como se recogió en la famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva (nunca la manzana), que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (2). Queda claro que la manzana fue harina del costal católico, apostólico y romano, por más señas.

El cerebro contiene un instinto básico que nos lleva a actuar bien o mal con patrones construidos hace millones de años. La estructura cerebral reptiliana que todavía permanece en nuestro cerebro guarda un gran misterio de millones años que debemos descubrir. Es probable que de esta forma sufriéramos menos en el difícil día a día de nuestra existencia y comprendiéramos mejor nuestros propios actos sorprendentes y, lógicamente, los de los demás, aprendiendo qué es la com-pasión (el sufrimiento con o junto a los otros). Básicamente en términos de responsabilidad personal y social, sabiendo que “responsabilidad” es la capacidad de dar respuesta individual o colectiva, con conocimiento y libertad como sus dos elementos esenciales, a cualquier situación que se nos presenta en el acontecer diario. Bien o mal, y hasta qué grado de compromiso o consecuencia, es harina de otro costal. Quizá, de un conjunto de estructuras cerebrales en funcionamiento permanente, sin descanso, que todavía no conocemos, bajo el mando del cerebro reptiliano todavía presente en las llamadas respuestas éticas.

Vuelvo al Museo Thyssen-Bornemisza y escucho el hilo conductor de la próxima exposición para intentar comprender mejor la Máquina de Magritte o, si lo prefieren, la Máquina del Tiempo o la de la Verdad. Su manzana, es cierto, no es la manzana pecadora que conocí en mi infancia, como causante de todos los males que nos asolan en la actualidad en un mundo al revés que detesto y que procuro obviarlo a diario. Es verdad también que la manzana no es la responsable de la situación del mundo actual, porque la manzana de Magritte nunca fue una manzana. La de la Biblia, tampoco, porque nunca existió, aunque haya ocupado millones de páginas de nuestra Historia causando un dolor irreparable a millones de personas que lo fiaron todo a una fruta del paraíso.

(1) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.

(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los García merecen la atención de sus paisanos

Sevilla, 8/IX/2021

Más el trabajo humano
Con amor hecho, merece la atención de los otros

Luis Cernuda, A sus paisanos, en La desolación de la quimera

Lo dijo Luis Cernuda desde el exilio a sus paisanos de Sevilla, transido de dolor por la falta de respeto hacia la memoria histórica de su país, de su vida y de su obra. Lo he recordado hoy especialmente al conocer con detalle la saga de los García, una familia de profundas raíces sevillanas, de origen humilde, pero que ha aportado al mundo unos valores culturales inolvidables. Un apellido de apariencia muy simple, García, aunque con historia, que representa una saga que hoy estoy interesado en recuperar en este cuaderno digital, porque para mí era una isla desconocida, recuperada gracias a la labor de la Fundación Juan March, que dedica esta semana un homenaje muy completo a esta familia andaluza de proyección internacional. También hay que señalar la publicación en 2018 de un libro dedicado íntegramente a esta saga, Los García, una familia para el canto, escrito por Andrés Moreno Mengíbar, siendo “la primera biografía que trata de esta saga familiar al completo -cuatro generaciones- fundamental en la historia de la ópera y el canto de los siglos XIX y XX; […] hasta el momento existía una muy escasa bibliografía en español de esta familia: apenas la traducción de la biografía de Manuel García de James Radomsky y un par de títulos sobre su hija María Malibrán. La obra cuenta con una presentación a cargo de Teresa Berganza y un emocionante prólogo de la última descendiente de los García, Diana Pauline García.

La sinopsis del libro ayuda a situar la realidad y el deseo de esta familia, siguiendo de cerca el espíritu de Cernuda: “La saga familiar de los García es uno de los cimientos fundamentales de la Historia de la Ópera y del Canto en los siglos XIX y XX. La Escuela García, el método de canto más famoso, ha servido de base para la formación de cantantes durante generaciones. Su origen se sitúa en Sevilla, donde nace en 1775 Manuel García, cantante, compositor, empresario y maestro de canto que llevó la ópera por primera vez a Estados Unidos. Su hijo Manuel Patricio perfeccionó y consolidó científicamente el método de enseñanza de su padre y con él formó a algunas de las más famosas voces del XIX. De Manuel, el sevillano, nacieron también sus hijas María [García] Malibrán, diva romántica por antonomasia, y Pauline [García] Viardot, cantante, maestra, compositora y musa de artistas como Tourgueniev, Saint-Saëns, Berlioz, Massenet, Wagner o Brahms. Una tercera y hasta una cuarta generación se encargaron de transmitir las esencias de las enseñanzas familiares, en una cadena en la que siempre se guardó la añoranza de sus orígenes andaluces y su compromiso”.

Lo que verdaderamente me ha emocionado es leer un artículo precioso sobre esta familia, Cuando los García fundaron… Europa, escrito por Rubén Amón, por lo que supuso de proyección internacional, a través del análisis de un ensayo de Orlando Figes, Los europeos,  que recrea los orígenes de la identidad cultural del continente a partir de la revolución del tren y del impulso de esta familia de cantantes españoles y de raíz andaluza: “Los García revolucionaron Europa. Empezando por el patriarca. Manuel (1775-1832). Compositor. Y cantante superdotado. Le correspondió estrenar en Roma ‘El barbero de Sevilla’, de tal manera que los vaivenes de la ópera de Rossini se convirtieron en la banda sonora del continente europeo y en un insólito argumento aglutinador. Su música se tarareaba en Milán y en San Petersburgo. En Viena y en Madrid. No ya por la amabilidad y luminosidad del repertorio, sino porque Rossini se adhirió a las revoluciones contemporáneas. Ninguna más evidente que la invención del ferrocarril. La abolición del espacio, la victoria del tiempo. Europa se comunicaba. Y entretejía una identidad cultural, cosmopolita, que bien puede contarse desde la perspectiva de los García”.

La biografía del patriarca, Manuel García, es un ejemplo de superación y del trabajo humano y cultural, “con amor hecho”, que también decía Cernuda sobre la consideración que debían tener sus paisanos hacia quien lo merecía: “Manuel García (1775-1832) fue quien llevó la ópera por primera vez a Estados Unidos. Era hijo de un zapatero sevillano del barrio del Arenal que llegó a ser el tenor preferido de Rossini al interpretar el papel de Almaviva en El barbero de Sevilla. García resumía el estilo galante, la música de Haydn, la ópera cómica italiana y el lenguaje castizo de la tonadilla. Fascinó en París con su polo Yo que soy contrabandista, que narraba el mito del bandolero andaluz que tanta influencia tendría en la moda pintoresca por lo español. En Londres fundó una Academia de Canto y allí publica sus Exercises and method for singing. Luego llegaría la oportunidad de llevar la ópera a Estados Unidos y México”.

El próximo 26 de septiembre se estrena en la sede de la Fundación Juan March I tre gobbi (Los tres jorobados), “la única de las cinco óperas de salón que compuso García que hasta ahora no se ha estrenado en España. El montaje cuenta con la dirección escénica de José Luis Arellano y la dirección musical de Rubén Fernández Aguirre. La ópera, que García compuso para sus alumnos de campo, está basada en un entremés de Carlo Goldoni y cuenta la historia de una joven pretendida por tres jorobados”.

Luigi Pedrazzi 1834 c.a. / Retrato de María [García] Malibrán (detalle). Fondo de la colección de del Museo Teatral de la Scala (Milán).

Quizás tengamos el recuerdo muy vivo de esta familia a través de la hija de Manuel García, María García Malibrán (1808-1936), aunque muy poca asociada a su padre porque su nombre artístico era brevemente “la Malibrán”: “Un retrato de la gran María Malibrán cuelga del Museo Carnavalet de París. La cantante posa para la posteridad y su nombre aún resuena en las crónicas de la ópera romántica. María tuvo una vida breve, pero novelesca, y sobre ella hicieron películas Sacha Guitry, Guido Brignone, Werner Schoeter o Michel Jakar. Sin olvidar que la mezzosoprano Cecilia Bartoli ha recuperado recientemente su repertorio. La Malibrán, con su voz de soprano sfogato, fue la gran diva de su tiempo. Debutó en la Ópera de París en Semiramide de Rossini y era tanta su fama que tras las actuaciones el público la seguía fuera del teatro. Se casó muy joven para librarse del yugo de su padre Manuel García, que la obligaba a sesiones interminables de ensayo. De hecho, en una representación de Otelo en la que Manuel García hacía del moro celoso y su hija de la desdichada Desdémona, la escena final del crimen estuvo a punto de suceder de forma real sobre el escenario “ (1).

Para completar la saga hay que recordar brevemente que su hijo Manuel Patricio García, inventor del laringoscopio y mentor principal del tratado de enseñanza del canto elaborado por su padre, Ejercicios para la voz, hasta tal punto que Moreno Mengíbar llega a decir en la publicación suya citada anteriormente que “Manuel Patricio pasa por ser el fundador de la Otorrinolaringología moderna”. También, hay que citar a la tercera hija de Manuel García, Pauline [García] Viardot, que se casó con Louis Viardot, director del Théatre Italien de París, que acabaría manteniendo una relación sentimental con Ivan Tourgueniev: “Fue mezzosoprano y la primera extranjera que cantó el repertorio italiano en Rusia. Pauline estudió piano con Meysenberg y Liszt, y composición con Anton Reicha. Chopin escribió para ella varias composiciones y la autora George Sand, amante del músico, se inspiró en ella para su novela Consuelo, una cantatriz que recorre las cortes europeas. Sin duda, una familia irrepetible”.

He cumplido el mandato amable de Cernuda con el que abría estas palabras. Sólo he pretendido poner atención al trabajo humano y cultural, bien hecho, de unos paisanos sevillanos, andaluces y sobre todo europeos que elevaron la cultura de nuestro país llevándola con gran dignidad artística a Europa y otros países “allende los mares”. Para que no se olvide, porque de acuerdo con el ensayo de Figes, “el ferrocarril, la ópera, el capitalismo, la emancipación de los artistas (y los García) transformaron el continente y predispusieron su propia identidad. No por razones geopolíticas, sino porque la revolución de las nuevas tecnologías -el telégrafo, la fotografía, la impresión industrial…- predispuso el abatimiento de las fronteras y generalizó el trasiego de los artistas” (2).

(1) Los García, la saga andaluza que revolucionó la ópera | Cultura | EL PAÍS (elpais.com)

(2) Libros: Cuando los García fundaron… Europa (elconfidencial.com)

NOTA: la imagen de cabecera es una fotocomposición del autor en la que figuran las portadas de los dos libros citados en el artículo y un dibujo de Manuel García, realizado por F. Gratoy y recuperado de Los García, la saga andaluza que revolucionó la ópera | Cultura | EL PAÍS (elpais.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Qué es el filo cortante de la existencia?

Sally Rooney

Sevilla, 7/IX/2021

Hace cuarenta y cuatro años publiqué en prensa un artículo en el que hacía referencia explícita a Martin Buber y su reflexión sobre las relaciones humanas: son “el filo cortante de la existencia” […] porque esencialmente nos abrimos al otro, al tú, dejando abierta la habitación interior, manifestando públicamente la existencia de una persona de secreto. Reconocernos ontológicamente inseguros, nos ofrece unas posibilidades óptimas de realización. La conciencia de privación de lo más o menos elemental, nos sitúa en dimensión de indigencia, lo cual, a través de nudos sucesivos, desembocará en el encuentro con un ser que «ofrece» a nivel humano-trascendente o sobrenatural. Cada persona es un proceso que se desarrolla o se niega”.

Cuando en este país se enseñaba educación para la ciudadanía, escribí en este cuaderno digital una reflexión sobre una idea que tengo grabada en mi persona de secreto y que no he olvidado en mi camino vital: las relaciones humanas son el filo cortante de la existencia. La he rescatado al conocer la publicación inminente de la escritora irlandesa Sally Rooney, Dónde estás, mundo bello (Literatura Random House), a través de una entrevista publicada en El País Semanal, que no debería dejar indiferente a nadie. Tengo que decir a modo de declaración de principios que no me gusta la política editorial de mercado de los best seller, pero me he dejado llevar en esta ocasión por el título de la citada entrevista, “Aceptar la intimidad es aceptar la posibilidad de que otra persona nos hiera”, porque siempre me han ocupado y pre-ocupado [sic] las relaciones humanas y porque las manifestaciones de esta escritora son de sumo interés.

Es verdad que en la entrevista habla al final de asuntos eternos que conmueven el alma humana: “Los protagonistas de mi último libro se preguntan qué tenemos para reemplazar las antiguas costumbres porque estas están desapareciendo sin que les hayamos encontrado sustitutas. No quisiera caer en la nostalgia. No defiendo las maneras de vivir que dominaron el siglo XX, pero mis personajes se preguntan cómo vivir sin modelos” Y ante la pregunta de si vivimos una orfandad ideológica, ella responde que “No sabemos qué nos sustenta. En el mundo que hemos dejado atrás había sentido de la comunidad. También mucha represión, claro, pero ahora estamos sin modelos. Y eso sucede también en las relaciones. Solía haber normas no escritas sobre cómo prosperaban y eso se está desmoronando”.

Estas han sido las razones de por qué he vuelto a Martin Buber y su filo cortante de la existencia. En aquel artículo de 2007, analizando contenidos esenciales de aquella asignatura fallida, Educación para la ciudadanía, de feliz memoria histórica en nuestro país, profundicé sobre la importancia de las relaciones entre hombres y mujeres, la familia y sus tipos: “Casi sin respirar existencialmente, los autores introducen una reflexión premonitoria de un mundo deshumanizado, a través de un comentario sobre la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, poniendo a trabajar a las alumnas y alumnos con preguntas personales e intransferibles, llevándolos a una constatación aparentemente aséptica pero germen de todas las controversias: existe una gran variedad y una gran pluralidad de seres humanos que habitan en este planeta, pero la identidad de cada hombre y de cada mujer es particular de uno mismo. E inmediatamente se ataca un frente menos moderno en los tiempos que corren, el sexo, pero muy actual por las corrientes contrapuestas en un país de contrarios religiosos, familiares, laborales, deportivos y territoriales”.

A partir de aquí reproduzco parcialmente aquél artículo de 2007, porque aunque han pasado ya catorce años, creo que nos ayuda hoy a despejar esa incógnita sobre las relaciones humanas que tanto nos hacen sufrir a diario:

“Desde el primer momento se ponen las cartas boca arriba: algo que bastaría solo constatarlo por la realidad biológica de cada una, de cada uno, “se convierte, sin embargo, en la mayoría de las sociedades, en la irracional justificación para que las mujeres no sean tratadas en condiciones de igualdad” [sic]. Nace así el primer mensaje educativo de la Unidad, dado que las relaciones entre hombres y mujeres están condicionadas por la dimensión sexual y de género.
Quien siga de cerca la lectura de las páginas de este cuaderno de bitácora, sabe que mi planteamiento respecto de las relaciones de las mujeres y de los hombres es diferente, porque mientras que tradicionalmente se arranca de la dimensión sexual y de género, como es el caso de este libro, yo suelo hacerlo desde la inteligencia personal e intransferible de cada mujer y de cada hombre, de cada cerebro humano, porque ahí está la sede de la inteligencia y sus resultados en términos de resolver problemas, algunos tan importantes como el de la convivencia relacional. Luego las proyecciones sexuales y de género son el resultado de lo que “fabrica” el cerebro, gran olvidado en todos los planteamientos que he leído al respecto.

Ya lo comentaba en el post Cerebro y género: ¿diferentes inteligencias?: “Hoy voy a analizar con base científica, al menos así lo pretendo, la realidad de la llamada “inteligencia femenina y masculina”. ¿Existen, realmente? Creo que no. Existe una inteligencia concreta de un ser humano, comprensiva de otras muchas formas de ser inteligentes, que ha sido concebido como hembra, como varón, y que obedece a un patrón genético personal e intransferible, con un programa de vida desconocido que lo va a modelar a lo largo de su existencia. Es verdad que existen unas diferencias anatómicas evidentes, indiscutibles. Pero las capacidades derivadas del carné genético todavía no se conocen, es decir, se desconocen las auténticas posibilidades de ser de cada una, de cada uno, como una limitación de base existencial que nos debería hacer reflexionar hacia la sencillez y humildad del “todavía no sabemos por qué ocurren estas cosas” en el cerebro, en la corteza cerebral sobre todo. Y esta realidad nos afecta a todos, por igual. Somos iguales en el desconocimiento del porqué de nuestras comprensiones, de nuestro desarrollo cognitivo, de nuestra consciencia y, sobre todo, de nuestro devenir particular. No nos engañemos, podemos predecir, pero no sabemos con exactitud de reloj suizo qué es lo que va a suceder en nuestros cerebros en el segundo siguiente. Aquí se parte de la principal igualdad de género. Y esta aventura la contrataron nuestros padres. Así, hasta el infinito”. Verdaderamente apasionante, desde el punto de vista científico.

Sentadas estas bases y en aras de la brevedad que exige este análisis (por cierto, sé que siempre me recuerdan que en un blog los post tienen que ser muy breves…), he elegido la dialéctica de levedad frente a la pesadez y ahí marco las diferencias. Asuntos tan importantes para la vida de cada una y de cada uno, no se pueden tratar de forma frívola y despacharlos con cuatro palabras u opiniones de última hora. Para eso ya tenemos cadenas de televisión donde hay cola para declararse tertuliano o estrella invitada, y cobrar lo indecible por contar a lo largo de dos horas su striptease personal, que a juzgar por las audiencias no son timoratos con los tiempos privados, vicios privados y públicas virtudes de determinada audiencia que arrastra la publicidad que mantiene el programa en cuestión. Por ello, asuntos trascendentales como la interacción de hombres y mujeres, tienen que cuidarse hasta la saciedad. De nuevo, los autores del libro introducen una didáctica pormenorizada sobre la condición sexual de cada persona, para que una vez aprendidas estas cuestiones básicas (reitero las carencias de tratamiento del cerebro sexuado), “descubramos finalmente cuáles son las ideas erróneas que sobre el sexo y la sexualidad se suelen sostener en la sociedad para justificar un trato discriminatorio hacia las mujeres”.

En este sentido vuelvo a insistir en que el enfoque se podría ampliar hacia el análisis de cómo nacen los estereotipos sexistas y machistas, de los que he publicado también algunas versiones que pueden ser de interés. De cara a la información y formación de las mujeres, siento especial predilección por el que dediqué a la mujer lectora, a aquella que se informa y que con esta información puede ser más libre y educarse mejor para la ciudadanía, con gran escándalo de muchos hombres, más cerca de nosotros de lo que algunos [sic] creen. A partir de este abordaje sexual, se introduce a las alumnas y alumnos en el análisis de la condición sexual, la dimensión humana de la misma, sus funciones, tratando por igual el factor de reproducción con el de comunicación, con el desarrollo emocional y afectivo, y como base para la construcción de identidades. También con la mera búsqueda de placer, aunque me ha llamado la atención la “restricción” que plantea al aclarar “pero entendido como sensación general y saludable de bienestar”, olvidando el cerebro reptiliano que todavía trastea en el sistema límbico de las alumnas y alumnos en pleno fragor de la batalla adolescente. Y como aquí no se escapa nadie, de la batalla diaria –ya adulta quizás- de su cerebro, querida lectora, querido lector. Del mío, también.

[…] Si controvertidos son los planeamientos anteriores, el tratamiento de la familia en la sociedad actual no lo es menos, ante la desestructuración (no por ello siempre “mala”) que se produce con amparo legal y que tan frustrante es para parte de la población española, quizá la más reticente para la implantación de esta asignatura. El abordaje que se hace es positivista, claramente posicionados en su defensa de la familia como derecho que “todos los seres humanos poseemos”, en el marco establecido por el artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: la familia es “el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Pasa de puntillas sobre el análisis de la controversia actual, resaltando los valores tradicionales con la entradilla: “Históricamente, en nuestras sociedades, predomina el modelo de familia heterosexual y monógama, basada en la fidelidad y el amor entre un hombre y una mujer que tienen el propósito de procrear”. Prudentes como serpientes y sencillos como palomas, en términos del evangelista Mateo.

Se desarrolla el estudio de la pluralidad de modelos o tipos de familia, sus funciones y el reconocimiento constitucional español a la familia, tratado de forma extensa en la Unidad 7. Se desemboca en el matrimonio, como modo específico de entender y construir la familia. Aplaudo que recojan, a título informativo, la referencia a la ley que permite a las personas del mismo sexo contraer matrimonio. Y se aprovecha la ocasión -la pintan calva- para aclarar de forma detallada cuál es la posición de la Iglesia al respecto. Sin comentarios. Acaba la exposición de contenidos de la Unidad con las relaciones intergeneracionales. Se trata con mucho candor este asunto e intentan enfocarlo con prudencia benedictina: “tanto tu padre como tú podéis tener una opinión diferente de las cosas” o “piensa que tú puedes interpretar sus normas como un intento de dominación y control, mientras que ellos pueden verlas como una forma de amor y protección. Debes tener claro que ellos se preocupan mucho por ti”. Finaliza la Unidad con la estructura que ya expliqué en el post anterior. Se inician numerosas actividades, con una referencia magnífica a Billy Elliot, el choque de identidades de género en la infancia, la enseñanza de la historia y cómo es la familia de cada una, de cada uno. Se sacan conclusiones generales y se cierra la Unidad con una Anécdota Final escalofriante: las reglas que Albert Einstein estableció para que su esposa Maric las obedeciera cuando vivieran juntos. He seleccionado una de ellas para la reflexión: “Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando estas se requieran por apariencias sociales”.

Me he marchado al saloncito donde tengo el video y me he puesto a curiosear el estuche de la película Billy Elliot. Y a recordar la huella que me dejó en el cerebro su identidad como persona. ¿Saben una cosa?: estoy muy contento con asistir a estas “clases”. Por lo que aprendo, por lo que siento”.

Así finalicé aquellas palabras y el estudio de la asignatura fallida, que desapareció tristemente del sistema educativo público de este país. Vuelvo al libro de Sally Rooney, Dónde estás, mundo bello, que se publica hoy a nivel mundial y me quedo con su sinopsis oficial por ahora: “Dos amigas se acercan a la treintena en ciudades distintas y tras mucho tiempo sin verse. Alice, novelista, conoce a Félix, que trabaja en un almacén, y le pide que la acompañe a Roma para promocionar su último libro. En Dublín, su mejor amiga, Eileen, está superando una ruptura y empieza a flirtear con Simón, un chico al que conoce desde que eran niños. Mientras el verano se acerca, las dos chicas se envían correos electrónicos en los que se ponen al día. Hablan de su amistad, de sus relaciones, de arte, literatura y de un futuro cada vez más incierto. Dicen que quieren verse pronto, pero ¿qué pasará cuando lo hagan? Alice, Félix, Eileen y Simón todavía son jóvenes, pero pronto dejarán de serlo. Se juntan y se separan, se desean y se mienten. Tienen sexo, sufren por amor, por sus amistades y por el mundo en el que viven. ¿Están en la última sala iluminada antes de la oscuridad? ¿Encontrarán una manera de creer en un mundo bello?”.

Por lo que conozco de la autora, la ficción se puede confundir a veces con la realidad y lo que permanece, a pesar de que la vida fluye, es que las relaciones humanas son el filo cortante de la existencia, tal y como lo demuestra la autora con una reflexión preocupante: aceptar la intimidad es aceptar la posibilidad de que otra persona nos hiera. Las respuestas al título del libro, ¿Dónde estás, mundo bello?, están en el viento, como si la vida fuera esa canción protesta de Bob Dylan jamás cantada, a pesar de lo aprendido sobre el amor a través del tiempo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Interpretar el mundo? No, transformarlo

Sevilla, 5/IX/2021

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Julio Numhauser, Cambia todo cambia

Sé el cambio que quieres ver en el mundo

Frase de cabecera de Pierre Chevelle , atribuida a Gandhi

Los que nos hemos educado alrededor de la tesis XI contra Feuerbach, defendida por Karl Marx, aprendida en la España de la dictadura que nos helaba el corazón y que en síntesis decía que «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo», tenemos conciencia de que la praxis transformadora del mundo al revés es la única solución a sus males sempiternos, agudizados ahora por la pandemia, la pobreza severa, las guerras, las migraciones y el cambio climático que, a título indicativo, no exhaustivo, representan los males, dolores e injusticias sociales que acosan al mundo actual.

Después de muchos años de dialéctica marxista de teoría y praxis, hoy comparto la experiencia de un emprendedor francés muy joven, Pierre Chevelle, que tiene la osadía de afirmar que se puede cambiar el mundo “en 2 horas”, en un alarde de praxis total. En una primera impresión, suenan estas palabras como las típicas de un charlatán de feria, pero leyendo el contenido de su proyecto de vida, la realidad terca es que te atrapa hasta límites insospechados. Es autor de una trilogía bajo el mismo título, Cómo cambiar el mundo en dos horas, pero con diversas iniciativas, hasta 10, a modo de micro compromisos como las llama él y de las que entresaco a continuación las cinco primeras.

En un artículo reciente de Anna Argemi, publicado en el diario El País, se dice que “Según Chevelle, existen ya en nuestro planeta muchas micro iniciativas encaminadas, por ejemplo, a mejorar el lugar de la mujer en la sociedad, la calidad de los alimentos o la biodiversidad, por citar algunos ejemplos. Para el autor, el reto hoy en día no consiste tanto en innovar y descubrir el Mediterráneo, sino en dar apoyo a esas soluciones que actúan ya en un marco muy concreto para que sean adoptadas de manera masiva por la sociedad civil. ¿Y si la manera más simple de cambiar el mundo fuera uniéndose a esas personas que ya están manos a la obra en ello? Por todo ello, presenta de manera práctica y dinámica 10 proyectos que quieren cambiar el mundo… Y a cada uno de nosotros de manera que cada lector encuentre la manera que le conviene para contribuir al cambio. Chevelle los ha seleccionado basándose en tres criterios: la innovación social, el impacto y la accesibilidad. En este primer artículo presento los cinco primeros proyectos”. A continuación, aborda estos proyectos con una pregunta definitoria de la quintaesencia de su obra: “¿Y si la manera más simple de cambiar el mundo fuera uniéndose a esas personas que ya están manos a la obra en ello?

A partir de aquí comienza a desgranar cinco proyectos a lo que hice referencia antes y que figuran en el primer tomo, en los siguientes términos, que los mantengo de forma íntegra por su indudable interés y a título informativo:

“1) Microdon.fr. Permite a privados y a empresas redondear salarios o compras para con esa moneda financiar iniciativas solidarias. También puede donarse tiempo en vez de dinero. La web cuenta ya con 12 años a sus espaldas y en este tiempo han apoyado 1.500 asociaciones que han recibido 30 millones de euros. Cuentan en su base de datos con 7.500 trabajadores que donan gratuitamente su tiempo.

2) Letsdoitworld.org. El movimiento de limpieza empezó en el 2008 en Estonia cuando 50.000 personas se dieron cita un mismo día para dejar el país como los chorros del oro en solo cinco horas. Cabe señalar que 50.000 personas representan nada más y nada menos que el 4% de la población total del país báltico. De Estonia al mundo entero, puesto que son los instigadores del World Clean Up Day, que agrupa hoy en día 180 países y más de 50.000 voluntarios con un único objetivo: liberar al planeta de la basura.

3) Wikipedia. ¿Quién no ha recurrido en algún momento a la “enciclopedia de internet” para recabar una información básica sobre personajes o lugares? No muchos son conscientes sin embargo de que esta enciclopedia gratuita y universal puede ser no solo leída sino también editada y modificada por cualquiera que tenga conocimientos para enriquecerla. Modificar un artículo puede ser una buena contribución a la causa.

4) Makesense. Se trata de una comunidad internacional de ciudadanos que ayudan a los emprendedores sociales a resolver sus desafíos. Y lo hacen participando en “atracos de ideas”, es decir, talleres de creatividad donde una decena de personas exponen sus ideas para ayudar al emprendimiento social. Tras 10 años de funcionamiento contabilizan 200.000 ciudadanos movilizados para resolver retos sociales y medioambientales, el acompañamiento de 8.000 proyectos de emprendimiento en siete países y 10.000 colaboradores de empresas y organizaciones comprometidas con la transición.

5) Passerelles et compétences. ¿Por qué no poner en contacto profesional con asociaciones que necesitan ayuda de un experto, sea en el ámbito financiero, tecnológico, de comunicación? Passerelles et compétences nació con la voluntad de establecer un puente entre profesionales que quieren donar su tiempo y sus competencias de manera voluntaria y gratuita a asociaciones de la economía social y solidaria. Desde su fundación en Francia hace 15 años suman 6.600 voluntarios y 3.101 asociaciones que han recibido ayuda de su parte”.

En el segundo tomo de su trilogía trata de sintetizar lo aprendido en el primero sobre determinadas iniciativas, como las expuestas anteriormente, que se pueden convertir en micro compromisos, atendiendo a tres principios:

– Colaborar con asociaciones, sin gastar un céntimo.

– Deconstruir los prejuicios sobre las religiones y actuar inmediatamente tras los ataques que se puedan producir en tal sentido.

– Movilizar a un líder en una causa que esté muy cerca de nuestro corazón.

En el tercer tomo, el autor señala que a través de la lectura del mismo, a modo de una guía práctica, se podrá aprender cómo salvar una vida… en 45 minutos, a financiar a asociaciones sin gastar dinero y cómo iluminar el día de una persona sin hogar en 5 minutos. Todo ello complementado por una actitud para aprender cómo debemos cambiar nosotros primero para poder cambiar el mundo después, aceptarnos como seres imperfectos y hacer que nuestros seres queridos se comprometan en compromisos concretos.

Lo expuesto anteriormente es un botón de muestra de cómo podemos abordar hoy la transformación del mundo con iniciativas solidarias. Quedan atrás las experiencias individuales que son un ejemplo y muchas veces imprescindibles para alentar a esta llamada mundial para la construcción de un mundo nuevo. En pleno confinamiento por la pandemia planteé el año pasado una reflexión sobre la reconstrucción del nuevo orden mundial en los siguientes términos, que reproduzco para finalizar estas líneas dedicadas a la nueva formulación de aquella tesis tan didáctica de Karl Marx contra Feuerbach, centrada en la necesaria transformación del mundo que habitamos en la actualidad. “Necesitamos pensar ya en la Reconstrucción del Mundo para poder reconstruir España. Así de claro y contundente. Es difícil salir de este túnel amargo de la COVID-19 sin una visión estratégica de alcance planetario que siente las bases para establecer un nuevo orden mundial político y económico para salvaguardar la salud pública, económica y democrática del planeta Tierra. Las soluciones que hasta ahora cohesionaban el mundo declarándolo una aldea común ya no valen y los ordenadores portátiles de los hombres de negro han comenzado a cerrarse masivamente sin capacidad de reinicio alguno. Eso sí, habiendo salvado previamente la totalidad del dinero invertido, dejando a millones de ciudadanos y Estados a su “mala” suerte”.

Tengo que reconocer que existe un problema grave consistente en que no existen manuales perfectos o guías didácticas para transformar el mundo, preparar el futuro, el día después, o al menos yo no los conozco, aunque lo expuesto sobre los proyectos del joven emprendedor francés Pierre Chevelle sea una oportunidad para iniciar una metodología nueva, celular, de la transformación del mundo, tan necesaria y benéfica para todos. El problema es de tal magnitud que será necesaria una Reconstrucción del Mundo con un alcance que no se ha conocido jamás por la transformación que debe suponer. Casi todas las respuestas que teníamos para todo lo que se movía en él hace solo un años y medio, desde la fecha del inicio de la pandemia, a modo de interpretaciones, ya no sirven para casi nada y ahora, en medio de una incertidumbre mundial incalculable, tenemos que barajar el cambio masivo de todas las preguntas y respuestas para construir el nuevo futuro a tenor de lo ocurrido, en una macro empresa de transformación mundial en la que deberíamos empeñarnos todos, sin excepción alguna.

Una cosa más. Creo que viendo y escuchando atentamente el vídeo de Julio Numhauser junto a su hijo, cantando “su” canción protesta, Cambia todo cambia, desde su doloroso exilio en Suecia, se comprende bien que me atreva a proponerla como el himno del nuevo orden mundial, de la nueva normalidad, de la Nueva Transformación Mundial. Divulguémosla, porque nos llena el corazón de realidad y esperanza junto a los micro compromisos de Pierre Chevelle.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Pierre Chevelle.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Sueño con escribir hoy una carta de amor a mano

Sevilla, 1 /IX/2021

Cuando llega septiembre, viendo una mariposa blanca revolotear cerca de mi ventana, sueño con recibir una carta escrita a mano. Sé que las personas que tenemos conciencia de vivir en un siglo equivocado, que no es el nuestro, escribir sobre estas realidades es algo costoso anímicamente, pero me anima a hacerlo hoy el hecho de conocer la última publicación en España de Shaun Usher, Cartas Memorables: Amor, cuya sinopsis no deja lugar a dudas sobre el hilo conductor de mis palabras: “Desde tiempos inmemoriales hasta finales del siglo XX, las cartas fueron el medio por excelencia de que disponían las personas para expresar sus ideas, razones y sentimientos. Shaun Usher, auténtico «arqueólogo» de la comunicación epistolar, ha reunido en este librito conmovedor algunas de las misivas más románticas, líricas, trágicas y divertidas de los últimos dos siglos sobre el amor. Desde los primeros aleteos pasionales y los placeres de la carne hasta los reproches y los sentimientos no correspondidos, una lectura deliciosa que expone sin rubor la amplia y variadísima gama de recursos disponibles para gestionar los asuntos del corazón. Cartas de Simone de Beauvoir, Ludwig van Beethoven, Napoleón Bonaparte, Jorge Luis Borges, Johnny Cash, Frida Kahlo, Nelson Mandela, Vladimir Nabokov, John Steinbeck y Evelyn Waugh, entre otros”. Shaun Usher comenzó hace décadas con un proyecto en Internet, Letters of Note, del que poco a poco han surgido publicaciones de cartas de acuerdo con un hilo conductor de diversa factura. Ahora, se refiere al Amor, pero existen otras publicaciones con temáticas apasionantes por su fondo y forma y atendiendo siempre a sus autores correspondientes.

Hablar hoy de escribir de puño y letra, como se ha hecho siempre, es una provocación para los nativos digitales, aunque basta no olvidar la historia para comprobar lo que ya Platón advirtió sobre la escritura y sus riesgos implícitos, pero poniendo cada letra en su sitio. Lo encontramos en su obra Fedro, en la que narra una historia preciosa sobre la dialéctica de la palabra escrita, contada por Sócrates, entre un dios antiguo Teut, que se dice que inventó la escritura y el rey de Tebas, Tamus. Un día “Teut se presentó al rey y le mostró las artes que había inventado, y le dijo lo conveniente que era difundirlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba. Dícese que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra, que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura dijo Teut:

– «¡Oh rey! Esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener.

– Ingenioso Teut –respondió el rey–, el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que el sabio que aprecia las ventajas y las desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida (Platón, Fedro, 274c-277a)».

He recordado inmediatamente la importancia que daba mi maestra de la infancia rediviva, Doña Antonia a la caligrafía, entendida de acuerdo con la definición de la RAE (del gr. καλλιγραφία), como el “arte de escribir con letra bella y correctamente formada, según diferentes estilos” y en su segunda acepción, como el “conjunto de rasgos que caracterizan la escritura de una persona, de un documento, etc.”. Las letras que se utilizan hoy en el mundo digital distan mucho de aquellas que se escribían con letra bella y correctamente formada, aunque en el fondo traducen la misma problemática que exponía magistralmente Platón, en boca de Sócrates: por sí mismas, no dicen nada, porque necesitan, sobre todo, conocer bien a quien las escribe, cuestión ésta no inocente en el mundo digital donde el anonimato es el rey. Continuaba diciendo Sócrates: “Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano, pasando de los que entienden la materia a aquellos para quienes no ha sido escrita la obra, sin saber, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse. Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro de su padre, porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse”. Basta referirse a la escritura actual que aparece en las redes digitales para comprender bien el problema expuesto por Platón, porque la belleza no solo está en escribir bien lo que se pretende decir con palabras, sino en el fondo de las mismas. Culmina el diálogo con una reflexión extraordinaria: “El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia es el que puede defenderse por sí mismo, el que sabe hablar y callar a tiempo”. Es decir, es importante escribir pero siendo conscientes de lo que escribimos para poder justificarlo posteriormente, como haría siempre un jardinero sabio, que respetaría el conocimiento científico, porque:“…si alguna vez escribe, sembrará sus conocimientos en los jardines de la escritura para divertirse; y formará un tesoro de recuerdos para sí mismo, para que cuando llegue la edad en que se resienta la memoria –y lo mismo para todos los demás que lleguen a la vejez– pueda regocijarse viendo crecer estas tiernas plantas. Y mientras los demás hombres se entregan a otras diversiones, pasando su vida en orgías y placeres semejantes, él recreará la suya con la ocupación de que acabo de hablar”.

Como botón de muestra del valor histórico de la escritura a mano, recojo a continuación fragmentos de la carta que escribió Simone de Beauvoir a su amante americano, el escritor Nelson Algren, desde su habitación del Hotel Lincoln, en Nueva York, en diciembre de 1950. El conjunto armónico de una hoja con membrete de hotel, escrita a mano con cuidada caligrafía, firmada con palabras de amor, dentro de un sobre apaisado con bordes azules y rojos de correo aéreo, con sello o sellos de la época y matasellos que dan fe de un lugar y, a veces de una hora, con una dirección exacta y un remite que delataba o no al autor a autora de una carta con alma, no pueden ser sustituidos por los medios digitales actuales de cualquier tipo que sean. Sobre todo, cómo no recordar la maravillosa espera a que llegaran a los destinos queridos… y su apertura y despliegue de la hoja u hojas escritas, impregnadas a veces de un olor característico. Intuyo que algo así pasó por la cabeza de Simone de Beauvoir al escribir las palabras que siguen:

A 30 de septiembre de 1950, Hotel Lincoln, Nueva York

Nelson, queridísimo amor mío: poco después de que te marchases llegó un hombre sonriente y me entregó tu flor estrafalaria y preciosa con los dos pajaritos y la tarjeta. Eso casi da al traste con mi ejemplar compostura. «No llores más», me ponías, y me costó lo mío no hacerlo, aunque se me da bien la tristeza sin lágrimas, mucho mejor que la ira fría: mis ojos han permanecido secos hasta ahora, secos como la mojama, aunque mi corazón es una especie de masa blanda y sucia. […] He venido a mi habitación para escribirte y tomarme un whisky, pero ahora no creo que pueda dormir: siento Nueva York a mi alrededor, y nuestro verano a mi espalda […] No estoy triste, más bien estupefacta, incapaz de reconocerme a mí misma, sin acabar de creer que estés tan lejos, tan sumamente lejos; tú, que siempre has estado tan cerca de mí […] Cuando lo desees, no tienes más que decirlo. […] Pero debes saber que siempre te estaré esperando. No, no puedo pensar que no volveré a verte jamás: he perdido tu amor y ha sido (es) doloroso; me niego a perderte a ti también. De todos modos, soy tuya hasta tal punto, Nelson, y lo que me has dado significa tanto para mí, que nunca podrías arrebatármelo. Además, valoro tanto tu ternura y amistad que todavía me conmuevo, dichosa y agradecida pese a todo, cuando te reconozco dentro de mí. Confío en que esa ternura y amistad no me abandonen jamás. En lo que a mí respecta, resulta desconcertante y me avergüenza admitirlo, pero es la única verdad que doy por buena: sigo queriéndote tanto como te quería cuando me lancé a tus brazos remisos, es decir, con todo mi ser y mi sucio corazón.

No puedo hacer menos. Pero eso no te molestará, cariño, y no hagas del escribir cartas una obligación, sólo escríbeme cuando lo sientas, sabiendo en cada momento que recibirlas me hará muy feliz. Bueno, todas estas palabras parecen tontas. Parece que estás cerca, tan cerca, déjame acercar a ti, como en los viejos tiempos, déjame estar dentro de tu corazón por siempre.

Tu Simone.

Estos son los motivos que han suscitado mi interés en leer esta obra de Shaun Usher, porque quiero conocer con detalle lo que escribieron de puño y letra los autores citados, con su tipo humano de letra, porque escribir con el alma, respetando escrupulosamente la mayéutica de Sócrates asimilada de forma especial por Platón, es bello cuando se enriquecen con los trazos humanos. Es mi sueño hoy, escribir con alma una carta a mano, reiterando lo manifestado anteriormente: las letras que se utilizan hoy en el mundo digital distan mucho de aquellas que se escribían con letra bella y correctamente formada, tan queridas en mi infancia, aunque en el fondo traducen la misma problemática que exponía magistralmente Platón, en boca de Sócrates: por sí mismas, no dicen nada, porque necesitan, sobre todo, conocer bien a quien las escribe, cuestión ésta no inocente en el mundo digital donde el anonimato es el rey. No es lo mismo.

Lo aprendí hace tiempo: “El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla: la individualidad. La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…” (1). Es lo que probablemente intentó explicarnos Gabriel García Márquez, hace ya muchos años, sobre el realismo mágico de sus palabras manuscritas, aunque él las escribiera con una máquina de escribir clásica que quizás superaba con creces la letra creada por la bola de tungsteno de su bolígrafo BIC de turno. Pero éste probablemente estaba allí, muy pendiente de su mano creadora, al igual que estaba en mi infancia más próxima. Como para él lo estaba de la carta comunicando la pensión al coronel Buendía, que tanto esperó, mucho menos importante que lo que nos sucede en el día a día, cuando vamos como él del timbo al tambo de nuestras vidas.

(1) Millán, José Antonio (2015, 22 de octubre). El misterio de las palabrasEl País.com.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Adiós, adiós, Luna de Agosto

Rafael Alberti y Nuria Espert

Sevilla, 31/VIII/2021

Hace un año comencé el mes de agosto con una palabra, Beñesmer, como se conocía en la cultura guanche este mes: «era la festividad más importante de los aborígenes guanches (Islas Canarias). Era la fiesta de la cosecha y el día central del año de magos, en él los guanches ordenaban los asuntos materiales, y festejaban y veneraban las tradiciones culturales y espirituales. Era considerada como el «Año Nuevo Guanche», que coincidía con la recogida de la cosecha». El Imperio Romano apartó todas las culturas existentes en el mundo y el emperador Augusto hizo una de las suyas estableciendo este mes con su nombre y dedicado a él. La Historia es implacable y como buscador de historias con minúsculas que engrandezcan el alma humana, vuelvo a publicar el contenido que dediqué el año pasado a aquella palabra guanche que tiene hoy, en el último día del mes, un significado especial. Espero que esta luz de luna llena de agosto no se apague en los meses venideros, porque el mundo necesita salir del túnel actual y emprender un nuevo camino con ilusiones temporales que lleven la luz dentro.

En la cultura guanche el mes de agosto se conocía como Beñesmer (Luna de Agosto). Dejamos por un momento la romanización del calendario, al haber dedicado este mes al emperador Octavio Augusto, que hizo lo indecible para que agosto no tuviera menos días que su antecesor, Julio, dedicado al emperador Julio César, porque entre emperadores estaba el juego, mejor dicho, el prestigio. Soy una persona enamorada de aquella tierra, Canarias, especialmente de Lanzarote, donde muchos veranos he recuperado su belleza lunar, su mar y su malpaís, algo tan contradictorio pero que César Manrique lo convirtió en algo muy bello. Recuerdo cómo Rafael Alberti expresó su impresión personal al describir aquella isla en una intervención inolvidable que hizo en 1979, en un acto cultural junto a Nuria Espert, en Los Jameos del Agua. Allí leyó un poema dedicado a César Manrique, que reproduzco íntegro por su belleza:

Lanzarote. Primera estrofa (31 de mayo de 1979) 

A César Manrique,
pastor de vientos y volcanes

Vuelvo a encontrar mi azul,
mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible
que yo siempre soñé para mi vida.

Aquí están mis rumores,
mis músicas dejadas,
mis palabras primeras mecidas de la espuma,
mi corazón naciendo antes de sus historias,
tranquilo mar, mar pura sin abismos.

Yo quisiera tal vez morir, morirme,
que es vivir más, en andas de este viento,
fortificar su azul, errante, con el hálito
de mi canción no dicha todavía.

Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia,
y puedo serlo aún, aunque sangrando,
profundamente, vivamente herido,
lleno de tantos muertos que quisieran
revivir en mi voz, acompañándome.

Más no quiero morir, morir aunque lo diga,
porque no muere el mar, aunque se muera.
Mi voz, mi canto, debe acompañaros
más allá de las edades.

He venido a vosotros para hablaros y veros,
arenales y costas sin fin que no conozco,
dunas de lavas negras,
palmares combatidos, hombres solos,
abrazados de mar y de volcanes.

Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo.
Siento que va a habitarme el fuego que os habita.

En 2014 publiqué un libro en este cuaderno digital,  La Tegala de Saramago, dedicado al premio Nobel portugués, que vivió hasta su fallecimiento en Tías (Lanzarote), en un lugar que visité días después de su ausencia definitiva de esa tierra volcánica en 2010. Saramago, desde su tegala particular, nos ha dejado un legado de compromiso literario inolvidable. ¿Por qué la tegala de Saramago? Sencillamente, porque a él le gustaba incardinarse en la tierra que le acogió en 1993, en cualquier tierra que le respetara, y la tegala es un lugar de referencia para la población canaria, un lugar en altura suficiente para que los guanches pudieran comunicarse con señales de humo. Señales que desde Tías, desde la calle donde habitó y habitará por muchos años, La Tegala, Saramago hizo y hace al mundo entero para que nos comprometamos con la esencia de la vida, dejándonos llevar por el niño o la niña, ¿inocentes?, que todos llevamos dentro.

MESA DE TRABAJO SARAMAGO 2010
Mesa de trabajo de José Saramago, Tías (Lanzarote), agosto de 2010 / JA COBEÑA

Recuerdo como si fuera ayer la estancia en su biblioteca personal, que amablemente nos dejaron visitar. Su sencilla mesa de trabajo, unos libros con páginas marcadas por Pilar del Río, la manta roja de Ikea reposando en el brazo izquierdo del sillón que tantas veces lo acogió, diccionarios, bolígrafos, mapas, las mesas con correspondencia pendiente de responder, las estanterías llenas de escritura impresa facilitada por Saramago, traducida por Pilar del Río, en ese esfuerzo por entregarnos sus palabras a todas horas, para que todos lo comprendiéramos muy bien, levantándonos de cada suelo particular, en la interpretación de la ética que hizo en su momento López Aranguren, entendiendo la ética como el suelo firme en que se basan todas nuestras actitudes, la “solería” que vamos poniendo en nuestras personas de secreto a lo largo de la vida. Elefantes, libros, revistas, ediciones maravillosas de uno de mis libros preferidos: El cuento de la isla desconocida, que tantas veces regalo, incluso como ideario para familiares, amigos y funcionarios que compartieron responsabilidades públicas en mi vida profesional.

En este beñesmer recuerdo los que he vivido durante bastantes años en aquella tierra tan acogedora que no olvido. Hoy he unido dos mensajes esclarecedores de Alberti y Saramago en referencia a la cultura guanche respetada hasta nuestros días. También, la obra ciclópea de César Manrique que siempre respetó la trazabilidad histórica del pueblo guanche que le permitió hacer su beñesmer tan particular. He leído muchos cuadernos de Saramago, en formato atómico y digital. Mi aprecio por la isla de Lanzarote me ha llevado siempre a buscar en cada página escrita en ellos, lugares y menciones específicas a una isla que tanto respeto por la vida y obra de César Manrique, pastor de vientos y volcanes, omnipresente en cada paso que das por sus dunas de lava negra, en la acertada expresión que le regaló Rafael Alberti, en una visita que hizo a Manrique en su casa, hoy Museo, de Taro de Tahiche: He venido a vosotros para hablaros y veros, / arenales y costas sin fin que no conozco, / dunas de lavas negras, / palmares combatidos, hombres solos, / abrazados de mar y de volcanes.

NOTA: la imagen de Rafael Alberti y Nuria Espert se recuperó el 1 de agosto de 2020 de https://biosferadigital.com/noticia/pastor-de-vientos-y-volcanes-el-rastro-de-alberti

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El buscador de historias / y 7. Martínez Montañés, el escultor de la fragancia perdida

Juan Martínez Montañés, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, c.a. 1635, Museo del Prado / Flores de azahar

Sevilla, 30/VIII/2021

Finalizo hoy esta búsqueda de historias de la mano de Eduardo Galeano, de la mejor forma que podía hacerlo, paseando por Sevilla y recordando a Juan Martínez Montañés, un escultor inolvidable en torno a la imaginería católica de esta sacrosanta ciudad. Leyendo las páginas finales de su libro El cazador de historias, llegué a una que tenía que ver con este escultor, que reproduzco para no alterar su sentido, en su forma y fondo. Además, salvando lo que haya que salvar, es un pequeño homenaje a una persona que quiso regalar a Sevilla lo mejor que sabía hacer, esculpir la madera, en una época de pandemia por la peste que asolaba la ciudad y que ahora, al leer estas bellas palabras de Galeano, sabemos que desde donde quiera que esté volvería a hacerlo por esta ciudad a la que tanto amó. Leer esta historia, El escultor, conmueve hoy como si él estuviera ahora mismo entre nosotros, sus “paisanos” de espíritu:

En mayo de 1649, Sevilla perdió el aroma que siempre le había dado fama y consuelo.
Olía a muerte la ciudad de los azahares.
Atacada por la peste, la gente abría zanjas donde echarse a morir y los naranjos daban lástima en lugar de flores.
El escultor Juan Martínez Montañés, que a lo largo de sus muchos años había creado los Cristos y los santos de los templos sevillanos, quiso esculpir la fragancia perdida.
A esa tarea dedicó toda la energía que le quedaba, noche tras noche, día tras día.
Y tallando flores murió.
Dicen que Sevilla resucitó porque él ofreció en sacrificio la poca vida que le quedaba. Y dicen que sus flores, las nacidas de sus manos, limpiaron el aire de la ciudad muribunda
.

Es la mejor forma de finalizar esta serie dedicada a buscar historias en islas desconocidas. La maestría de Galeano nos ha traído a Sevilla para recordarnos al niño protagonista de su introducción a la historia del arte, cuando cenando con Nicole y con Adoum, hablaron de un escultor que trabajaba un día rodeado de niños, porque todos los niños del barrio son sus amigos: ”Un buen día la alcaldía le encargó un gran caballo para una plaza de la ciudad. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito. El escultor empezó a trabajarlo, subido a una escalera, a golpes de martillo y cincel. Los niños lo miraban hacer. Entonces los niños partieron, de vacaciones, rumbo a la montaña o el mar. Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado. Y uno de los niños, con los ojos muy abiertos, le preguntó: Pero… ¿cómo sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?» (1).

En definitiva, al igual que le ocurría a Miguel Ángel con el mármol de sus bellas esculturas, lo que hizo Martínez Montañés con su ofrenda a Sevilla, en momentos tan difíciles de pandemia, fue quitar la madera sobrante a las flores de azahar que ya estaban dentro de ella. De esta forma, esculpió también para su ciudad su fragancia perdida. Para ayer, hoy y mañana, para siempre.

(1) Galeano, Eduardo, enDías y noches de amor y de guerra, 2005. Madrid: Siglo XXI de España.

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El buscador de historias / 6. La ropa nunca debería ser un trapo

Sevilla, 29/VIII/2021

En medio de tanta confusión con la moda de vestir, los y las “influencers”, campañas publicitarias de cada estación y desfiles de modistos y modistas de todo tipo, así como las grandes tiendas virtuales, he encontrado una historia de Galeano que me ha encantado y que hoy quiero compartir con el resto de buscadores del mundo. Él le puso un título en principio aséptico, El tejedor, aunque todo lo que escribe nunca es inocente. Vean por qué:

“En Oaxaca, en el taller de Remigio Mestas, se aprende que la ropa está viva.

Hay curiosos que se asoman atraídos por la hermosura de los huipiles, los rebozos y los paños, pero ese no es más que el punto de partida de un hondo espacio de encuentro.

Remigio, indio zapoteca, ha organizado un grupo de tejedores de las diversas comunidades mexicanas, que tejiendo recuperan sus raíces y su orgullo:

La ropa no es un trapo-, dice Remigio, y explica que las ropas de vestir tienen espíritu y trasmiten energía, cuando son nacidas de manos amantes.

La buena tela te dice: soy tu segunda piel.

Y para comprobar que no miente, basta con tocar cualquiera de sus obras”.

Me he sumergido en el mundo de Remigio, maestro textilero, para conocer con detalle su ingente obra cultural y me he quedado con una idea que repite sin cesar: las personas que tejen la ropa en la Asociación de Hermanos de Hebra, fundada por él, tienen una genética que les hace idear y amar lo que hacen, con proyectos tan interesantes como el denominado “Telares que retoñan”. Hoy he comprendido que, efectivamente, la ropa nunca debería ser considerada como trapos sino como la segunda piel. Valoraríamos entonces qué importancia tiene respetar qué significado tiene, quiénes están detrás de cada ropa que nos ponemos y cómo las etiquetas de fabricación y origen delatan qué está pasando en el mundo de la confección lista para llevar.

He leído la etiqueta de mi camiseta y he visto que está hecha en Myanmar (Birmania). La han fabricado máquinas sin alma, pero con personas que dan a un botón para que en una cadena de producción llegue hasta mi cuerpo, por un miserable salario y en jornadas laborables interminables. No tengo conciencia de su valor humano. Este es el motivo de haber compartido hoy esta historia, para que nos ayude a aprender, de una vez por todas, a comprender que cada cosa que nos ponemos o calzamos deberían ser siempre una segunda piel.

Cuando Remigio Mestas explica que en una tela aparece una balsa, que llevan también unas iniciales, sabe que la ha confeccionado la familia Palafox. Incluso si no lleva estas iniciales, el identificador de la familia desde sus ancestros es la balsa con pescadores. No hace falta nada más. Cuando alguien se pone su ropa sabe que tiene alma y una larga historia familiar detrás. Además, la ropa, los tintes y la confección son artesanales de principio a fin. Esa ropa está hecha por manos amantes, tienen espíritu y transmiten energía. No es lo mismo, no es lo mismo que la realidad de la confección actual. La familia Palafox plasma en sus telas sus protecciones, sus dioses, su medio ambiente, desde hace miles de años. Viven en San Mateo del Mar (Tehuantepec), donde confeccionan auténticas obras de arte. Es impresionante escucharle decir que después de dieciocho años de trabajo en la Hermanos de Hebras, han logrado que el trabajo tenga una remuneración justa, tanto para el artesano como para el consumidor, así como cuidar la calidad en todas las fases de confección de cada pieza. La constancia y lo justo son la clave de su éxito.

Otro mundo por descubrir por nuestra parte es el universo de los colores de sus ropas: “En el Textil Oaxaqueño existen tres colores fundamentales: la grana cochinilla, que se usa en comunidades zapotecas, mixtecas, tacuates; el azul añil, de la familia de la leguminosa, presente en mucha de la indumentaria tradicional del Estado; y el caracol [violeta], que es uno de los colores más importantes en el mundo y en Oaxaca también, sobre todo en la costa chica y en la parte del istmo. El caracol se obtiene de un molusco que hay en los pueblos chontales de huatulco, algunos zapotecos y mixtecos de la costa de Puerto Ángel, y rumbo a Pinotepa Nacional”.

Me despido por hoy de Galeano y de Remigio Mestas, agradeciéndoles que con su compañía haya descubierto de nuevo el valor auténtico de la ropa, el valor de su circulo sostenible y del respeto a la cultura y la dignidad de los pueblos artesanos desde su genética. Ha sido extraordinario entrar hoy en su tienda de la dignidad textil, de su arte, en el centro de Oaxaca, con un nombre de profundo respeto a los antepasados: Los baúles de Juana Cata. Volveré de nuevo para conocer a fondo sus huipiles, rebozos y paños, ropas que dignifican al ser humano de Oaxaca o de cualquier lugar del mundo dónde sus ropas viajan, como segunda piel, hacia alguna parte de la dignidad humana.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de El hilo continuo: La conservación de las tradiciones textiles de Oaxaca (d2aohiyo3d3idm.cloudfront.net)

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El buscador de historias / 5. Un niño llamado Nemo

Sevilla, 28/VIII/2021

Salí muy temprano a buscar la historia de hoy, acompañado por Galeano, deteniéndome en una profecía vinculada a un protagonista de principios de siglo XX, el pequeño Nemo, que no hay que confundir con el protagonista de Pixar, con su encanto particular. La historia, que se llamaba “Profecías” era así:

¿Quién fue el que mejor retrató el poder universal, con un siglo de anticipación?
No fue un filósofo, ni un sociólogo, ni un politólogo.
Fue un niño llamado Nemo, que allá por 1905 publicaba sus aventuras, dibujadas por Windsor Mc Cay, en el diario New York Herald.
Nemo soñaba el futuro.
En uno de sus sueños más certeros llegó hasta Marte.
Ese desdichado planeta estaba en manos del empresario que había aplastado a sus competidores y ejercía el monopolio absoluto.
Los marcianos parecían tontos, porque hablaban poco y poco respiraban.
Nemo supo por qué: el amo de Marte se había hecho dueño de las palabras y del aire.
Las claves de la vida., las fuentes del poder.

Me interesó mucho esta historia, su texto y contexto, porque el mensaje era profundo. ¿Quién daba vida a Nemo? Un historietista -¡qué palabra tan bonita!- estadounidense, Winsor Mc Cay, con un papel relevante en la historia universal del cómic, autor del clásico Little Nemo in Slumberland (El pequeño Nemo en el País de los sueños), que abriría el camino al cine de animación e inspiraría entre otros autores al mismo Walt Disney: “Little Nemo in Slumberland está considerada una de las obras clásicas del cómic de todos los tiempos. Cada página de la serie corresponde a un sueño del niño Nemo –»nadie», en latín–, y tiene una estructura recurrente: en todas las páginas, en una pequeña viñeta del ángulo inferior derecho, Nemo despierta; la página siguiente, sin embargo, retoma el sueño donde había quedado la noche anterior, lo que confiere a la serie una estructura folletinesca que permite introducir numerosos personajes secundarios y mostrar un mundo de los sueños (Slumberland) de una gran riqueza narrativa. Por la importancia que concede a lo onírico, se ha relacionado la obra de Mc Cay con movimientos culturales posteriores, como el surrealismo o la literatura del absurdo. […] Su obra pone en escena arquitecturas fantásticas, elementos decorativos inspirados en el art nouveau, así como faunas y floras imaginarias, en un inacabable derroche de imaginación.

Quise conocer también el argumento de la serie dibujada por Mc Cay: El protagonista del cómic era un niño llamado Nemo -«nadie», en latín-, y cada página dominical de la serie correspondía a un sueño suyo. El protagonista despertaba siempre en la última viñeta de la página, a veces entre llantos, cayendo de la cama, o debiendo ser atendido por sus padres. Los sueños de Nemo, sin embargo, tenían continuidad narrativa, lo que daba a la serie una estructura folletinesca muy adecuada para introducir numerosos personajes secundarios y mostrar un mundo de los sueños (Slumberland) de una gran riqueza narrativa. Al comienzo de esta serie, visita a Nemo en sus sueños un emisario del rey Morfeo, con la orden de llevarle al País de los Sueños, donde deberá convertirse en compañero de juegos de la Princesa (cuyo nombre no se menciona en el cómic). Lo consigue, tras muchas vicisitudes, pero entonces su sueño es interrumpido por la aparición de un extraño personaje, Flip, que lleva un sombrero de copa con la frase «Wake Up» («Despierta») escrita en él. Desde entonces, Flip se convierte en el principal antagonista de Nemo, pues, sólo con verle, manda al protagonista de vuelta a la prosaica realidad. Flip termina convirtiéndose en un compañero algo gamberro de Nemo, y aparecen otros personajes secundarios, como el Doctor Píldora, el Imp, el Niño Caramelo y Santa Claus, además de los anteriormente citados.

Conocido el contexto de esta serie, lo que verdaderamente me llamó la atención fue la profecía que encierra esta historieta. Creo que hoy más que nunca nos suena Marte como un planeta bastante cercano, sus hipotéticos dueños y el gran vencedor de la batalla por adueñarse de su territorio, así como el resultado: el dueño de los dueños se había apropiado también del habla de los marcianos y del aire, las claves de la vida, las fuentes del poder. El que quiera entender que entienda, pero visto lo visto recientemente con el gran espectáculo del mundo orbital y marciano, habrá que estar pendientes para que no se vuelva a repetir la historia. Lo analicé en un  artículo reciente sobre el insultante turismo espacial y la imprescindible perspectiva orbital.

Mientras leía lo que me indicaba Galeano, recordé otra historia suya, El mar (1), en el que el protagonista, el pequeño Diego, descubrió el mar y ante tanta inmensidad y fulgor, el niño se quedó mudo de hermosura y cuando al fin pudo hablar de nuevo, pidió a su padre una sola cosa: que lo ayudara a mirar:

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
—¡Ayúdame a mirar!

La diferencia entre la primera historia y la segunda estriba en que el poder omnímodo de quienes lo detentan de forma espuria, es capaz de quitar la palabra a las personas e incluso el aire que respiran, convirtiendo ese sueño en una realidad anunciada por un profeta niño. En el caso del pequeño Diego, la naturaleza libre es quien entrega su hermosura al niño que sólo quiere una cosa: mirar, al igual que nos sucede con muchas imágenes de nuestra vida en las que sólo viéndolas valen más que mil palabras. El problema siempre es el mismo a lo largo de la Historia: todo necio confunde siempre valor y precio.

Al igual que el pequeño Nemo, tenemos un derecho barato que es soñar despiertos, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De buscar historias junto a Galeano durante unos días, para dar un sentido a la vida. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

NOTA: la imagen de cabecera es una fotocomposición formada por la imagen de la izquierda, una reproducción de la obra de McCay editada por Norma Editorial y la de la derecha, una reproducción recuperada hoy de 7-Winsor-McCay.jpg (2499×2076) (animationstudies.org).

(1) Galeano, Eduardo, El libro de los abrazos, 1993. Madrid: Siglo XXI de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.