Luis Cernuda vuelve pronto a su casa en Sevilla

Casa de Luis Cernuda – Calle Acetres, 6, en Sevilla / JA COBEÑA – 29/09/2926

Desde siempre tuviste el deseo de la casa, tu casa, envolviéndote para el ocio y la tarea en una atmósfera amiga. Mas primero no supiste (porque eso lo aprenderías luego, a fuerza de vivir entre extraños) que tras de tu deseo, mezclado con él, estaba otro: el de un refugio con la amistad de las cosas. Afuera aguardaría lo demás, pero adentro estarías tú y lo tuyo.

Luis Cernuda, La casa, en Ocnos

Sevilla, 30/IX/2026 – 12:47 h CET (UTC+2)

Luis Cernuda está muy presente en mi vida, concretamente en este cuaderno digital a lo largo de sus casi veintiún años de presencia en la Noosfera, la malla pensante de la Humanidad, como se puede comprobar en los 112 artículos en los que de una forma u otra lo cito, como homenaje humilde a su vida y obra. También, como “paisano” suyo que siempre le ha reconocido su trabajo, con amor hecho, que respeto y cuido con esmero, sintiendo un profundo dolor cada vez que leo y recuerdo de memoria unas palabras que nos dedicó en una obra magna, Desolación de la quimera, donde figura un poema, A mis paisanos, que me conmueve todavía hoy al escribirlo:

Más el trabajo humano
Con amor hecho, merece la atención de los otros

Casa de Luis Cernuda, en 2015, donde estaba instalada la Cristalería “Valeriano Díaz” desde 1917, en venta a través de una inmobiliaria, como se puede apreciar en la imagen / JA COBEÑA – 18/05/2015

Recuerdo como si fuese ayer una fecha que hoy, al escribir estas palabras, cobran un sentido especial. Me refiero al 24 de septiembre de 2016, día en el que firmé en la plataforma digital Change.org, una petición promovida por la Asociación de Defensa del Patrimonio de Andalucía (ADEPA), para que la Junta de Andalucía declarase la casa natal de Luis Cernuda como Bien de Interés Cultural. El año anterior ya había escrito en este sentido un post, PALABRAS DEL AMANECER / 4. Donde Luis Cernuda nació…, en el que mostraba mi asombro por haber descubierto una realidad dolorosa en mis paseos matutinos de entonces, por la ciudad de sus sueños: “porque donde hoy habita el olvido de Sevilla es en la casa donde nació Luis Cernuda, que está en venta al mejor postor, sin que se atisbe el rescate digno por parte de organizaciones públicas de su ciudad natal. Soy consciente de que la cultura es la pariente pobre de la situación económica actual y la que está sobrellevando como puede la crisis económica y, sobre todo, de ideas, en la ciudad de sus paisanos”. Por ello, me alegró saber que se había iniciado un camino para que con la declaración de su casa natal como BIC, dos meses después de la petición en Change.org, la cultura andaluza triunfara en un mundo de mercancías, hasta llegar al próximo 16 de diciembre, día en el que se inaugurará definitivamente la Casa de Luis Cernuda.

Confesado lo anterior, me interesa señalar hoy que la conmemoración oficial del aniversario del centenario del encuentro histórico que dio origen al grupo del 27, se celebrará el 16 de diciembre de este año, coincidiendo con la apertura de la Casa Luis Cernuda, su casa, uno de los grandes proyectos patrimoniales y literarios del Ayuntamiento, después de un tortuoso recorrido que he recogido en este cuaderno digital en años anteriores, para respetar la memoria histórica del proyecto controvertido de lo que será la Casa Luis Cernuda, sin incluir el segundo apellido, Bidón, como había expresado en un momento de su vida el poeta.

Placa en bronce, como homenaje a Luis Cernuda, en el Paseo de los Poetas de la Generación del 27, en la calle Tetuán, en Sevilla / JA COBEÑA

Ayer, paseando por esta ciudad tan querida por Cernuda, me acerqué a la calle Tetuán para contemplar las primeras señales de lo que será el Paseo de los Poetas de la Generación del 27, donde el pasado 27 de julio, el alcalde de Sevilla, descubrió una placa de bronce en el suelo, en homenaje al poeta. Está situada allí porque en esa calle se encontraba en 1927 el Ateneo de Sevilla, institución que gracias al buen hacer de su presidente y del responsable de Cultura, José María Romero Martinez, con la inestimable y reconocida colaboración del filántropo, dramaturgo y torero, Ignacio Sánchez Mejías, al que se ha dedicado la primera placa ya colocada en el Paseo, propiciaron un encuentro de poetas el 16 de diciembre de 1927, que abrió el camino de reconocimiento desde entonces de un nuevo movimiento literario, los poetas de la generación del 27, en un acto de inauguración del evento celebrado con motivo del tercer centenario del nacimiento del poeta y dramaturgo cordobés, Luis de Góngora y Argote.

Luis Cernuda, que está ya presente en nuestra calle Tetuán, nos abrirá las puertas de su casa en esta ciudad en la calle Acetres el próximo 16 de diciembre, que ayer visité también para conocer el avance de las obras, sin poder entrar en su interior. Luce en su fachada un color blanco, característico en esta ciudad, habiéndose respetado su fachada, tal y como la conoció Cernuda. La próxima inauguración será la ocasión de que esta ciudad le demuestre que “sus paisanos” le reconocen su trabajo, “con Amor hecho” y que lo respetarán y cuidarán con esmero.

Confieso que la dialéctica entre la realidad y el deseo ha sido una constante en mi vida, siempre bajo la estela de lo aprendido de Cernuda. Podría enumerar muchas palabras, muchos versos y muchos textos suyos que me han servido de acicate en momentos difíciles, pero hoy me quedo con uno, que permite múltiples interpretaciones, pero que quiero conservar en el alma que no se expone a intereses que no respetan las libertades:

“Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”
.

Y cada uno, cada una, yo mismo, caminamos siempre entre realidades y deseos que no son del mundo capitalista, “desnudos de toda posesión”, buscando siempre esa libertad ardiente, con escalofríos, tal y como él me lo transmitió hace ya tantos años, que recordamos hoy por su ausencia a veces deseada y deseante: 

“Todo lo que es hermoso tiene su instante y pasa”, es decir, “Sigue, sigue adelante y no regreses, Fiel hasta el fin del camino y tu vida, No eches de menos un destino más fácil, Tus pies sobre la tierra antes no hollada, Tus ojos ante lo antes nunca visto”.

Me honra pensar que junto al dolor que sintió Cernuda por el olvido de sus paisanos, citado anteriormente, también escribió más adelante y en el mismo poema, algo que me reconforta hoy especialmente:

Mas no todos igual trato me dais,
Que amigos tengo aún entre vosotros,
Doblemente queridos por esa desusada
Simpatía y atención entre la indiferencia

[…]

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GALERÍA DE IMÁGENES TOMADAS AYER DE LO QUE ES Y SERÁ “CASA LUIS CERNUDA”

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Otoño 2026 / y 6. La generación Cafrune: aquí, allí y allá

Jorge Cafrune (1937-1978)

Sevilla, 26/IX/2026 – 08:58 h CET (UTC+2)

Pertenezco a la generación que oía diariamente, en mis años jóvenes, al cantor argentino Jorge Cafrune, solo o acompañado por la tutela del Régimen, sobre todo una canción, No soy de aquí ni soy de allá:

No soy de aquí ni soy de allá
No tengo edad ni porvenir
Y ser feliz es mi color de identidad

Cantábamos con coros llenos de alegría por alcanzar la libertad en un país imposible. Hoy, cuando finalizo esta serie dedicada a Ángel González, abro el libro de sus poemas dedicados a los Otoños y leo el último dedicado a la identidad libertaria, Aquí o allí, como un testamento vital al formar parte de su último libro:

Quién es el que está aquí, y dónde:
¿dentro o fuera?

¿Soy yo el que siente y el que da sentido
al mundo?
¿O es el secreto corazón del mundo
-remoto, inaccesible-
el que me da sentido a mí?

Qué lejos siempre entonces ya de todo,
incluso de mí mismo;
qué solo y qué perdido yo,
aquí o allí.

Ángel González (1925-2008)

No la toco ni la interpreto más, porque así es la poesía de Ángel González, su vida. Un ejemplo para no olvidarlo. Vuelvo a escuchar a Cafrune porque me sirve para seguir luchando por la libertad compartida no siendo de aquí o de allá, solo y perdido en un mundo diseñado por el enemigo, siguiendo la palabra sabia de Juan Cobos Wilkins, un poeta entrañable que conoce bien el corazón de la tierra, de este loco mundo al revés.

Gracias por haberme acompañado hasta aquí, lector, lectora, en este otoño, caminando hacia un desconocido allá, el secreto corazón del mundo.

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Otoño 2026 / 5. Resquicios de melancolía

Joan Manuel Serrat, Balada de otoño, 1969

Sevilla, 25/IX/2026 – 08:48 h CET (UTC+2)

Otoño es una estación propicia para la melancolía. Estudié esta realidad psicológica durante mis años de juventud, donde la vivía como algo muy distante en el tiempo. Hice trabajos de investigación sobre esa realidad que va y viene muchas veces a lo largo de la vida. La pérdida de la luz, cada día un minuto por hora, hace que el tiempo de esplendor lumínico se acorte y todo se prepara para recibir el invierno y su cruda realidad.

El otoño de nuestras vidas es un libro escrito en la memoria de secreto. Decir otoño es decir algo que solo se aprende de la naturaleza: las hojas caen, el frío aparece como por ensalmo, el tiempo se acorta para disponer de luz aunque la llevemos dentro y la lluvia aparece y se ausenta peligrosamente a capricho del cambio climático ordenado por el ser humano.

Ángel González cuenta que nació en 1925: “El escenario y el tiempo que corresponden a mi vida me hicieron testigo de innumerables acontecimientos violentos: revolución, guerra civil, dictaduras. En muy pocos años me convertí, de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía. Regreso, casi viejo, a los orígenes, súbdito de nuevo de la misma Corona. Me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo poesía fue, para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir”. Quizá, al leer su poema Estampa de invierno, formando parte de uno de sus Otoños, comprendo perfectamente que su memoria esté desquiciada:

Mientras yo en mi yacija como es debido yazgo
arropado en las mantas y las evocaciones
de días más luminosos y clementes,
por no sé qué resquicio de mi ventana entra
un cuchillo de frío,
un gris galgo de frío
que se afana en mis huesos con furia roedora.

No es de ahora, ese frío.
Viene desde muy lejos:
de otras calles vacías y lluviosas,
de remotas estancias en penumbra
pobladas sólo por suspiros,
de sótanos sombríos
en cuyos muros reverbera el miedo.

(En un lugar distante,
trizó una bala
el luminoso espejo de aquel sueño,
y alguien gritaba aquí, a tu lado.
Amanecía.)

No.
No está desajustada la ventana;
la que está desquiciada es mi memoria.

Hoy, en mi otoño particular, he recordado también las ventanas desvencijadas de mi vida y me he dado cuenta de que el frío que ha entrado en determinados momentos y que he pasado en algunos otoños vividos, son los de la soledad sonora que rodea nuestros pasos, poniendo a funcionar la moviola de la intrahistoria de cada uno. Sobre todo la de aquella absurda guerra civil que tanto afectó a mi familia. La que recordaba perfectamente Ángel González en su trayectoria vital, en este poema.

No ha sido fácil en este país haber vivido una conversión, no paulina en la forma de ser y estar en el mundo, siendo sucesivamente súbditos de un rey, ciudadanos de una república y, finalmente, objetos de una tiranía. Memoria, bendita memoria que se abre hueco a veces en el canto triste de la melancolía.

A pesar de todo, hoy ha amanecido para otoñar de la mejor manera, muy cerca de Ángel González, que no es poco.

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Otoño 2026 / 4. Este cielo, en la hora malva

LA HORA MALVA

…Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla [Cartagena de Indias] en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer…

Gabriel García Márquez,  en Vivir para contarla.

Sevilla, 24/IX/2026 – 08:27 h CET (UTC+2)

En la hora crepuscular, malva, tan querida por Gabriel García Márquez, comprendo bien un mensaje implícito en unos cuentos suyos preciosos, peregrinos: caminamos hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados por la incertidumbre de lo que nos pasa en la vida, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Inexorablemente, los días terminan apagándose lentamente y el otoño deja siempre un minuto atrás, día a día, quitándonos luz casi sin darnos cuenta. ¿Luz malva? Leo a Ángel González, en un poema dedicado al Otoño, Este cielo, un cielo muy concreto:

El brillo del crepúsculo,
llamarada del día
que proclama que el día ha terminado
cuando aún es de día.

El acorde final que,
resonante,
dice el fin de la música
mientras la música se oye todavía.

Este cielo de otoño,
su imagen remansada en mis pupilas,
piadosa moratoria que la tarde concede
a la débil penumbra que aún me habita.

En este cielo de otoño, de minutos robados a la luz, día a día, sigo dando vueltas por este loco mundo al revés, caminando desde mi corazón a mis asuntos (Miguel Hernández, dixit), viviendo momentos políticos muy delicados en este país, porque aunque algunos se empeñen en lo contrario, no todos vamos en el mismo barco. Suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida” de Saramago, una patera sin quilla, insegura, pero con Norte. Un barco en el que me suelo sentar en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todas las ideologías son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pasa cada día. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir permanentemente valor y precio. Porque el otoño nos avisa con rigor que la luz democrática, como la nave de Fellini, se va, en un ocaso programado por las fuerzas del Mal, el neofascismo que avanza por tierra, mar y aire.

No es lo mismo, no es lo mismo…, en una piadosa moratoria que la tarde concede
a la débil penumbra que aún me habita. De color malva, por supuesto.

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Otoño 2026 / 3. Ciegos al color de la vida

ERICH LESSING
Julie Andrews, junto a su hija, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas” / Erich Lessing

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

Ángel González, en Otoños y otras luces. I. Ciego

Sevilla, 23/IX/2026 – 07:27 h CET (UTC+2)

El Otoño llegó esta madrugada, puntual como siempre, una estación de colores ocres, verdes apagados, hojas caídas, tonos cambiantes, casi todo ocre: “¿De cuándo ese carmín que fue violeta?, ¿De dónde el oro que era ocre hace un instante?”. Ángel González lo recuerda en su cuarto poema, Ciego, como si todo lo envolviera la acromatopsia (1), que solo afecta a los seres humanos. Lo aprendí leyendo a Oliver Sacks, tan presente siempre en este cuaderno digital, porque esta enfermedad real es la ceguera del color, que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. En su magnífico libro La isla de los ciegos al color (2), descubrí que existe un lugar en el mundo, en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, donde todo se ve siempre de color gris, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Hoy, recordando a Sacks de nuevo, pienso que el poema de Ángel González, extiende geográficamente, por todo el mundo, la ceguera a la vida:

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

Confieso que he vivido una experiencia extraordinaria, simbólica, de lo que significa el paso del blanco y negro al color, en el contexto del libro citado de Oliver Sacks y tras la lectura meditada del poema de Ángel González. Ocurrió cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”, porque la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”. Me sigue impresionando esa fotografía en blanco y negro de Julie Andrews, que reproduzco en la cabecera de este artículo. Y pienso que Lessing quiso dejar para la posteridad la impronta real de la sonrisa en esa relación madre-hijo, en la lectura de una carta quizás imposible, como homenaje a esta necesidad, dado que en su caso, tuvo que emigrar desde Viena a Palestina a los 16 años, por la ocupación de Hitler, arrancándolo de su familia más cercana. Cuando regresó a Viena, en 1947, su madre ya había fallecido en el campo de concentración de Auschwitz.

En el mundo al revés en el que estamos instalados, sólo queda en este Otoño de 2026, abrir los ojos, oír el paso de la vida, sin ver nada, sin escuchar nada, tal y como nos lo enseñó Ángel González: Como si al mundo entero / una nevada súbita / lo hubiese recubierto / de silencio y blancura. La única forma de contemplar dignamente en este otoño, la realidad de la vida.

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. 

(2) Sacks, O., La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, 1999.

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Otoño 2026 / 2. Cuando venimos de los álamos

Myriane Bourgeois, canta “De los álamos vengo, madre”, compuesta por Joaquín Rodrigo, en “Cuatro madrigales amatorios”. Piano: Jean-François Grondin

Sevilla, 22/IX/2026 – 07:14 h CET (UTC+2)

El otoño nos prepara para recibir el invierno con toda su crudeza, con la doble cara del dios Jano. Es la antesala de la pérdida de la luz convirtiendo las sombras y grises en un testigo implacable de lo que viene. En Sevilla casi no existe el otoño. Verano e invierno se estrechan la mano día a día y miran de reojo a un otoño que casi hermanan con calor y frío sin pasos intermedios, sin confundirlo con la tibieza apocalíptica: “puesto que no estás ni frío ni caliente sino tibio estoy para vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 14-16), una cita matemática (número pi) que no se olvida, sin lugar a duda, que son solo palabras puestas en la boca del dios de los creyentes.

Mientras, leo a Ángel González en su tercer poema de Otoños, Casi invierno:

Alamedas desnudas,
mi amor se vino al suelo.
Verdes vuelos, velados
por el leve amarillo
de la melancolía, 
grandes hojas de luz,
días caídos
de un otoño abatido por el viento.

¿Y me preguntas hoy por qué estoy triste?

De los álamos vengo.

El otoño anuncia siempre los grises del invierno, mirando por el retrovisor del tiempo el color de las tres estaciones anteriores. En esta antesala del invierno, en pleno otoño, constatamos que muchas veces somos ciegos al color, no por una enfermedad, la acromatopsia, sino porque nos acostumbramos a vivir en blanco y negro, como si el color o la alegría no hubiera llegado a nuestras vidas. Cuando era niño, viviendo en una sociedad de eternos grises (incluido el uniforme de la policía…), no había nada que me hiciera disfrutar más que cuando entraba al cine de sesión continua en Madrid y anunciaban en pantalla que la película que íbamos a ver era en “color por tecnicolor”. Era una forma de interpretar la vida de forma diferente.

El otoño hace que, a veces, decaiga el ánimo. La tristeza de Ángel González cuando venía de los álamos tenía una explicación, que leí recientemente en palabras de su esposa, Susana Rivera, cuando afirmaba que la referencia a los álamos no era ni a los que había conocido en New México o los de su tierra, en el Paseo de los Álamos de Oviedo. Eran los que “[…] se imaginaba cuando escuchaba a Victoria de los Ángeles cantar, «De los álamos vengo madre, de ver como los menea el viento…». Ponía ese disco en momentos muy especiales, muchas veces amanecimos escuchándolo”.

De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos de Sevilla, de ver a mi linda amiga, de ver a mi linda amiga. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre (1).

Y me consuela saber que los álamos queridos por Ángel González estaban en Sevilla, porque su quintaesencia figuraba en un poema popular anónimo recopilado por Juan Vázquez, un extremeño muy vinculado al movimiento renacentista de Sevilla, donde falleció en 1563, en una obra que llevaba por título Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y cinco voces (Sevilla, 1560). “De los álamos vengo madre…”, una canción cantada por villanos, es decir, un villancico, figuró siglos más tarde como cuarto madrigal amatorio compuesto por el maestro Joaquín Rodrigo, respetando la melodía original que había escuchado durante su estancia en París hacia finales de los años treinta.

Otoño, desde los álamos de Sevilla en la Alameda de Hércules, el jardín público más antiguo de Europa, ¿me preguntas hoy por qué estoy triste?

(1) Letra original: http://cristobaldemorales.net/medios/repertorio/alamos_vengo_madre

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Otoño 2026 / 1. El decorado de nuestras vidas

MUSICA DE OTONO

Sevilla, 21/IX/2026 – 08:48 h CET (UTC+2)

En 2019 dediqué una pequeña serie de artículos en torno a la aprehensión del otoño por parte de Ángel González, excelso poeta, tan presente en este cuaderno digital. Vuelvo a publicarlos a partir de hoy, porque para mí la poesía es siempre “un arma cargada de futuro”, tal y como lo aprendí de Gabriel Celaya.

Esta igualdad temporal de los días y las noches (equinoccio) con la que identificamos el otoño, forma parte del decorado de nuestras vidas. Cambia el día, la noche, la luz, el calor, el frío, la caída de las hojas, todo cambia. La oportunidad de escribir sobre el otoño de nuestra vida, cada otoño, hace que cumplamos estaciones en vez de años y surgen, insolentes, unas preguntas curiosas: ¿cuántos otoños tienes? O, ¿cuántos otoños somos?

Ángel González, en su segundo poema de Otoños, Entonces, dedica una reflexión sobre el decorado cambiante de nuestras vidas, porque somos protagonistas de una película, de largo metraje, en la que cada estación hace que determinadas secuencias sean inolvidables. Solo por una palabra maravillosa, entonces, un adverbio demostrativo de que lo que allí ocurrió fue solo en ese tiempo, en ese momento, en esa ocasión. El Fin del Verano, podría ser hoy el título de la película en este momento, entonces, al que sigue de forma inexorable un invierno, estaciones con parada fija sin que nosotros podamos hacer nada por detenerlas en el tiempo.

Entonces era otoño en primavera
o tal vez al revés:
era la primavera semejante al otoño.

Azuzadas de pronto por el viento,
corrían veloces las sombras de las nubes
por las praderas soleadas.
Inesperadas ráfagas de lluvia
lavaban los colores de la tarde.
¿De cuándo ese carmín que fue violeta?
¿De dónde
el oro que era ocre hace un instante?

Los silbos amarillos de los mirlos,
el verde desvaído al que apuntaban,
la luz, la brisa, el cielo inquieto:
todo nos confundía.

Con un escalofrío repentino
de temor, y nostalgia,
evocamos entonces
la verdad fría y desnuda de un invierno
no sé si ya pasado o por venir.

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El otoño se acerca con ruido antidemocrático

Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008)

Sevilla, 20/IX/2026 – 08:42 h CET (UTC+2)

Cuando escribo estas líneas estoy viviendo las últimas horas de este verano ardiente, que nos prepara para un futuro que ya no será como era antes, ni espero que volvamos a lo de siempre porque, en los últimos tiempos, vivir es un auténtico problema diario de experiencias adversas propias y asociadas. Sé que el próximo miércoles, a las 02 horas y 05 minutos, según cálculos oficiales del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional), “entrará el otoño, estación que durará aproximadamente 89 días y 21 horas, y terminará el 21 de diciembre con el comienzo del invierno”.

En ese día se igualan el día y la noche en el hemisferio norte, en una ceremonia temporal y puntual que nunca falla y que los sabios del lugar llaman equinoccio de otoño (aequinoctium, aequus nocte, «noche igual» [que el día]}. Es un aviso para los que nos gusta otoñar, porque también se puede humanizar este tiempo y su momento si somos capaces de aprehenderlo en su justo sentido. Por ejemplo, acudir prestos a compartir esta estación con el poeta Ángel González, aunque él me acompaña siempre a lo largo del año y sus otras estaciones. 

Vuelvo a leer en esta aproximación al otoño de 2026, sus poemas dedicados a los Otoños, en plural, porque existen millones de otoños, los que vive cada ser humano a su forma y manera: mi otoño, tu otoño, su otoño, nuestro otoño, vuestro otoño, el otoño de ellos, de ellas…, el otoñar de todos. De todas formas, los otoños de González me inspiran otra forma de comprender la vida y me gusta compartirlo para hacer más llevadero ese ser y estar en el mundo de todos y cada uno, otoñando la vida. Comienza su entrega de sentimientos y emociones con un poema precioso, El otoño se acerca, que vuelvo a compartir hoy:

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

Lo he manifestado en otoños anteriores: hoy, vuelvo a buscar el ángel que se llamaba luz, o fuego, o vida, y no lo encuentro, rodeado de malas noticias por todas partes, en un país con desasosiego permanente desde hace ya varios años, en este otoño tan especial que sigue entrando con más ruido antidemocrático que nunca, pidiéndonos prudencia a todas horas. Al menos, podemos encontrar un ángel, en medio de tantos demonios, de apellido González. Lo agradezco una vez más, porque necesitamos momentos amables en esta azarosa vida, en este otoño tan cercano ya, en el que estamos obligatoriamente obligados a otoñar, que es soñar de una forma diferente, para no perder para siempre ángeles que necesita este país, que necesitamos todos, con nombres preciosos y que hoy día tienen más valor que nunca: luz, fuego y vida.

Gracias, Ángel González, porque sé que te llamas así por los solsticios y equinoccios que alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de tu carne trepando por los siglos y los huesos (1). No te olvido, en la antesala del otoño de 2026, con mucho ruido antidemocrático.

(1) González, Ángel. Para que yo me llame Ángel González, en Áspero mundo, 1956. Madrid: Rialp.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

El sentimiento de otoño de Luis Cernuda, nos permite abrir sueños

Luis Cernuda Bidón (Sevilla, 1902-Ciudad de México, 1963)

Sevilla, 19/IX/2026 – 08:30 h CET (UTC+2)

Confieso que cuando se acerca el equinoccio de otoño, tan equitativo entre el día y la noche, suelo refugiarme en la poesía. Lo vuelvo a afirmar sin duda alguna: para Cernuda, el otoño era un sentimiento que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento porque, siguiendo a Alberti, si el otoño no tiene sentimiento es sólo eso, una palabra de cinco letras: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. Además, él lo apreciaba especialmente porque había nacido en esta estación.

Recuerdo que en 2021, por estas fechas, se difundió una noticia paradójica sobre el descubrimiento de tres proyectiles de la guerra civil en su casa natal, aquí en Sevilla, en la calle Acetres (anteriormente calle Conde Tójar, 6), en las tareas de limpieza que se estaban llevando a cabo después de muchos años de abandono desde que, finalmente, fue adquirida por el Ayuntamiento de Sevilla, salvándola de la especulación inmobiliaria y del olvido, entregándola a la ciudad para un fin estrictamente cultural y vinculado con el autor. Todo un símbolo. Una casa que siempre la pensó y sintió Cernuda para la paz, nunca para la guerra y que después de once años de ardiente impaciencia, se abrirá finalmente como Casa de Luis Cernuda antes de que finalice este año, que acogerá, entre otros fines, un museo permanente sobre el poeta. En ella vivió hasta 1914, año en que se trasladó la familia a una casa en el barrio del Porvenir tras el fallecimiento de su padre y, posteriormente, a la de la calle Aire, última residencia del poeta.

Si vuelvo de nuevo, un año más, a encontrarme con Luis Cernuda en esta estación tan próxima, es para conocer mejor qué pensaba de ella y a través de ella. En Ocnos, título que encontró en Goethe, como “un personaje mítico que trenza los juncos que han de servir como alimento a su asno”, como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público igualmente inconsciente y destructor, dedica una reflexión intimista, la tercera, al otoño en su tierra, que la vuelvo a leer de forma pausada con la ilusión y expectativa de la primera vez, porque me aporta otra forma de vivir con encanto esta estación tan mágica y controvertida:

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: “Que descorran la vela”, y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Cuando finalizo su lectura, al igual que el año pasado y el otro y el otro, recupero el sentimiento de otoño que tenía Cernuda, expresado también en otro poema con palabras bellas: Llueve el otoño aún verde como entonces / Sobre los viejos mármoles, / Con aroma vacío, abriendo sueños. / Y el cuerpo se abandona. Me consuela saber que puedo abrir sueños, abandonando todo lo que hoy nos sobra para comprenderlos este otoño, porque el tiempo consume todo lo que ocurre y hay que saber alimentarlo, como sabía hacer Ocnos, el personaje mítico de Goethe que hace muchos años entusiasmó a Cernuda.

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¡Paz y Libertad!

¿Tiene alma la inteligencia artificial?

Sevilla, 15/IX/2026 – 14:00 h CET (UTC+2)

Hace tres años y medio que publiqué en este cuaderno digital, un artículo premonitorio de lo que podría suceder a corto plazo con la inteligencia artificial (IA). Se veía venir el punto crítico al que ha llegado en la actualidad, donde los grandes tecnoligarcas digitales, se rasgan farisaicamente sus vestiduras negras, porque dicen que el avance es tan espectacular y con escasa regulación internacional, que peligra el mundo a través de su aplicación en el desarrollo de las armas biológicas, como cruel ejemplo, uno de los proyectos letales de la IA. No son inocentes ni sus palabras de contención digital ni sus falsas llamadas de atención al todopoderoso y omnisciente supermundo tecnológico, sabiendo que al mando de esta revolución digital sin piedad está un comandante en jefe, Donald Trump, que ya ha manifestado sin rubor alguno, en su todopoderosa red social Truth Social, su desacuerdo total sobre este “miedo digital” que ha extendido el pánico a lo que más le duele: las bolsas mundiales y los grandes fondos de inversión. La IA, según él, no necesita más regulación gubernativa, que todo es una “conspiración ENFERMIZA”, un “ENGAÑO”, con un estrambote final que sí da pánico: “El único control o ‘mecanismo de seguridad’ que necesita la IA es un PRESIDENTE FUERTE E INTELIGENTE (¡con un alto coeficiente intelectual!), y Estados Unidos lo tiene de sobra”. Sobran palabras de indignación humana, con alma, ante tanto desatino.

Lo que está pasando y estamos viendo en torno a una inteligencia artificial desbocada, demuestra algo esencial: no tiene alma, humana por supuesto, en gran parte de sus espectaculares avances científicos. Por estas razones vuelvo a publicar hoy el artículo citado de 2023, La inteligencia artificial, GPT-3, por ejemplo, ¿escribe con alma?, porque creo que mantiene toda su actualidad intrínseca. En la imagen de su cabecera, reproducida de su web oficial, decía curiosamente algo que no he olvidado: “Únete a nosotros para dar forma al futuro de la tecnología”. ¿Dar forma, sin mezcla de alma alguna? Al menos, así entiendo y comparto esta gran pregunta con la Noosfera, la malla pensante y digna de la Humanidad: ¿Tiene alma la inteligencia artificial?

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La inteligencia artificial, GPT-3, por ejemplo, ¿escribe con alma?

OpenAI GPT-3

Sevilla, 13/I/2023

El pasado mes de noviembre publiqué un artículo en este cuaderno digital con un título inquietante: En un futuro próximo, ¿tendré quien escriba por mí?, en el que abordaba la presentación en sociedad de GPT-3, un modelo lingüístico de aprendizaje automático. Transcurrido un breve plazo de tiempo, acabo de hacer una experiencia fascinante, utilizando ante la página en blanco ese recurso de Inteligencia Digital, la tercera y última versión de GPT, que en segundos, ha comenzado a redactar el texto que sigue, ante la petición que le he formulado de que me devolviera un texto escrito que tuviera en cuenta estas tres palabras: Escribir con alma.

A veces siento que mi alma se desborda de emociones, como si se desbordara sobre una página en blanco. Escribo con mis lágrimas, mis sonrisas y mis sueños. Mis palabras no se limitan a ser solo palabras, sino que tienen un profundo significado.

Cada palabra que escribo proviene de lo más profundo de mi alma. Es una mezcla de alegría, tristeza, miedo, amor, esperanza y sueños. Escribir con alma significa conectarme con mis emociones más profundas y dejar que mis sentimientos fluyeran a través de mi pluma.

Al escribir con mi alma, me siento conectado a una fuerza mayor que me da la libertad de expresar lo que siento sin miedo. Estas palabras vienen desde lo más profundo y me liberan.

Desde lo más profundo de mi corazón, escribo con alma.
Cada palabra que salga de mi pluma, es una parte de mí que se libera.
Cada frase que toca el papel, es un trozo de mi alma que se renueva.
Cada línea que se forma en mi mente, es una parte de mi espíritu que se abre.
Cada letra que salga de mi pluma, es una parte de mi historia que se comparte.
Es una forma de liberar mi energía, de liberar mi alma, de liberar mi corazón.
Escrito con alma, para compartir con todos.

Escribir con alma es escribir desde el corazón. Es dejar que el alma hable a través de las palabras, dejando que el corazón fluya a través de ellas. Escribir con alma es escribir desde el sentir más profundo, desde las emociones y los matices más sutiles. Es permitir que la verdad y el amor se manifiesten en cada línea, permitiendo que el alma se exprese sin limitaciones. Es dejar que la inspiración fluya a través de los dedos, abrazando cada palabra con autenticidad. Escribir con alma es la belleza de la vida, de la libertad de la expresión. Es una forma de conectar con el mundo, de compartir la verdad y el amor.

Significa conectar con tus sentimientos más profundos, permitir que fluyan por la pluma y plasmarlos en palabras. Escribir con alma significa ser honesto consigo mismo, permitir que la verdad de tu interior salga a la luz. Cuando escribes con alma, tus palabras se convierten en una verdadera expresión de quién eres, de lo que piensas, sientes y crees. Esta forma de escribir te conecta con tu verdadero yo, con tu alma.

Una vez finalizada esta primera experiencia, a la que falta un análisis más profundo de todas las posibilidades que se ofrecen, vuelvo a la página que escribí en 2015 sobre este texto solicitado, escribir con alma, un artículo que llevaba por título, Escribir de forma especial, con alma. Lo importante es compararlo y tomar nota de lo que la inteligencia artificial ofrece y la mía también. La respuesta no está en el viento. En mis años jóvenes hubo una campaña publicitaria de un detergente que marcó un hito histórico, en la que se decía acerca del nuevo producto presentado: Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo. Estamos ante un desafío de la ciencia a través de la inteligencia artificial. Lo que tengo claro es que la máquina digital difícilmente me podrá explicar los sentimientos y emociones que están detrás de lo que me ha presentado hoy, solo algoritmos de difícil intelección, sin alma, en una búsqueda sobre «un conjunto de datos de unos 175.000 millones de parámetros (ponderaciones de neuronas artificiales) recogidos de sitios web como Reddit, Wikipedia, Google y otros, sumando mucho más texto del que ningún humano verá durante toda su vida», como escribí en el artículo citado en el mes de noviembre pasado.

Por mi parte, sí puedo hacerlo… todavía, fundamentalmente porque sigo cavando cada día el pozo de mi alma con una aguja. ¿Por qué? José Manuel Blecua, ex director de la RAE, dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. Quizá, al escribir hoy estas palabras especiales, para decir algo especial, he copiado una experiencia contada una vez por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, como cavando un pozo del alma con una aguja. Algo que GPT-3 no puede hacer…, por ahora. Todo se andará.

Lo verdaderamente difícil es la soledad sonora ante la página en blanco, en cualquier soporte (no sé si le ocurre eso a GPT-3), porque podemos decirlo todo o nada, de todos los modos posibles, aunque lo verdaderamente fascinante es comprometerse todos los días en decir algo especial. Porque nos queda la palabra. Nunca inocente, por cierto, sobre todo porque en mi caso, tienen alma, algo que nunca podrá descifrar una máquina, por muy “inteligente” que sea y aunque componga con “arte digital” palabras hilvanadas y extraídas de cien mil millones de neuronas que tiene mi cerebro. El alma no está ahí ahora. Estuvo cuando escribí esas palabras «especiales»… o cuando las he escrito hoy en este artículo, para nunca más volver.

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Escribir de manera especial, con alma

Museo de la Inocencia. Estambul

Sevilla, 26/III/2015

Los lectores de Cien Años de Soledad son hoy una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo. No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario, quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano.

Gabriel García Márquez. Extracto del discurso en Cartagena de Indias (26/IX/2007).

Han sido dos experiencias recientes que marcarán probablemente mi vida de aquí en adelante. La primera, recordar unas palabras de Gabriel García Márquez con motivo de la edición de un millón de ejemplares de Cien años de soledad, en su homenaje en Cartagena de Indias, durante la jornada inaugural del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, el 26 de septiembre de 2007, donde recordaba cómo empezó su aventura de escribir: “No sé a qué horas sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente”.

La segunda experiencia ha sido en un encuentro fortuito con un artículo de Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura en 2006, Una mirada a mis fuentes de inspiración, en el que explica de forma minuciosa, cómo se fraguó una novela que ha tenido luego su proyección en un museo de Estambul que conserva su título: El museo de la inocencia: “Treinta y cinco años después, al terminar El museo de la inocencia, decidí que había llegado el momento. De todos los libros que había escrito, esta novela era la que más claramente suscitaba preguntas como: “¿Cuándo se le ocurrió esta idea?”, “¿Qué le inspiró para escribir esta novela?”, “¿De dónde se sacó esto?”, y así sucesivamente. Y escribe una lista de influencias, hasta trece, “sacadas de la vida, la literatura y el arte”, con una maestría proverbial, con alma.

Es verdad que desde hace muchos años me ha acompañado también Ítalo Calvino en mi viaje profesional, cuando en las intervenciones oficiales, tales como conferencias o clases, comenzaba siempre con un homenaje explícito a este escritor ante la maravillosa aventura de la página en blanco, incluso cuando comencé una travesía especial en este cuaderno de bitácora: “Inicio una etapa nueva en la búsqueda diaria de islas desconocidas. Internet es una oportunidad preciosa para localizar lugares que permitan ser sin necesidad de tener. La metáfora usada por Saramago será una realidad cuando ante el fenómeno de la hoja en blanco, teniendo la oportunidad de decir algo, esto sea diferente y sirva también para los demás. Puerta del Compromiso. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar)”.

Escribir todos los días con el espíritu de hacer felices a los demás, gracias al ejemplo de García Márquez, es un compromiso que asumo desde hace tiempo. Ahora tengo que tratar de responder a muchas preguntas del libro de mi vida, que algunos llaman biografía y que yo denomino “tiempo de secreto y de todos”. Probablemente tenga que leer o visitar de forma pausada El museo de la inocencia, para comprender bien por qué nos empeñamos en convertir los recuerdos que motivan nuestra escritura en oscuros o claros objetos de museos de la inocencia reales o virtuales cuando los lectores visitan nuestras palabras. Pero lo verdaderamente difícil es la soledad sonora ante la página en blanco, en cualquier soporte, porque podemos decirlo todo o nada, de todos los modos posibles, aunque lo verdaderamente fascinante es comprometerse todos los días en decir algo especial. Porque nos queda la palabra. Nunca inocente, por cierto, porque tiene alma.

NOTA: la imagen de cabecera se ha recuperado de https://billiken.lat/saber-mas/robot-androide-y-cyborg-que-son-y-en-que-se-diferencian/

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