Paciencia y cerebro

Éxtasis de Santa Teresa, Lorenzo Bernini (1647-52), en Santa Maria della Vittoria, Roma

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. ¡Sólo Dios basta!

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Nada te turbe

En los tiempos que corren, donde la “crisis” hace mella por donde pasa, arrasando Estados, conciencias y personas, me ha preocupado saber por qué se recurre tanto a la paciencia, actitud de la que se habla mucho y se sabe poco, sin tener que recurrir a la tradición religiosa de su identificación con la virtud ensalzada por Santa Teresa en un soneto que ha hecho historia: nada te turbe (…), la paciencia todo lo alcanza. Y porque estoy convencido de que la paciencia, como otras tantas experiencias vitales, se construye en el cerebro.

Siempre me gusta recurrir al Diccionario de Autoridades porque es la primera vez que en España las palabras y los constructos se fijan, brillan y dan esplendor a las situaciones vitales traducidas al lenguaje común en suelo hispano. Y, sorprendentemente, me encuentro en pleno siglo XVIII con una definición que no tiene desperdicio: la paciencia es la virtud que enseña a sufrir y tolerar los infortunios y trabajos, en las ocasiones que irritan y conmueven, para pasar inmediatamente el testigo a su origen divino: es uno de los frutos del Espíritu Santo, no localizándose la misma, es decir, la virtud, en el cerebro, por ningún sitio humano. Ya está, no hay que preocuparse de nada más, porque es una virtud que quien la alcanza demuestra noble y superior fortaleza. Además, en unas breves líneas, con la recámara teresiana, se sitúa el lugar de origen de esta manifestación de conducta humana: la paciencia todo lo alcanza, porque Dios no se muda, porque quien confía en él nada le falta. Solo Dios basta. Y para cerrar el círculo histórico, ahí tenemos el Libro, la Biblia, el “santo” Job, del que por cierto descubrí hace muchos años que tenía de todo menos paciencia, cuando contaba sus penas, que no alegrías: los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad arrastra; como una nube ha pasado mi salud. Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción (Job, 30, 15s), hasta el punto de que el joven Elihú le reprende y lo lleva de la mano para ser paciente (Job, 32-37), para que busque, curiosamente, la sede de la Inteligencia [sic]: huir del mal, claro objeto del deseo impaciente de Job, porque lo que declaraba como sede de la inteligencia: huir del mal, reaccionar ante cualquier tipo de agresión, resolver problemas, era un elemento diferenciador esencial de la búsqueda desesperada de la sede de la sabiduría: temer a Dios.

Con el respeto que debo siempre a la historia, fundamentalmente para aprender de sus errores y horrores que se han cometido, me he planteado si es posible averiguar dónde se aloja la paciencia en el cerebro y como se configuran las manifestaciones humanas de una realidad existencial que, al menos, la gran mayoría de las personas, conocemos como virtud. Gran empresa, sin ánimo de escribir las bases de un libro de autoayuda, que no me gusta nada.

¿Cómo nace la paciencia? Sin lugar a dudas porque el cerebro actual ha vencido al cerebro reptiliano, es decir, la corteza cerebral que configura hoy la realidad existencial de cada persona permite controlar los impulsos más primitivos de los seres humanos, de nuestros antepasados, que solucionaban cualquier beligerancia y adversidad (infortunios y trabajos) con agresividad total. Hay una realidad histórica: se han necesitado millones de años para “preparar” la configuración del cerebro que posibilite “tener paciencia” y “aprender” a convivir con ella si tener que llamarla necesariamente “virtud”, porque es una posibilidad que ofrece históricamente la estructura global del cerebro humano.

¿Dónde reside la paciencia? En todas las estructuras del cerebro que interactúan para dar órdenes pacientes e impacientes a través de la corteza cerebral, reflejadas en la conducta implícita ó explícita de cada persona, aprendida o genéticamente fundada, con un control férreo del sistema límbico donde se alojan las centralitas de los sentimientos y emociones, sabiendo también que los ojos están grabando permanentemente miles de ocasiones para provocar la paciencia e impaciencia, en un debate ético que hacen trabajar a destajo a las neuronas en lo que saben hacer: alimentar acciones humanas pacientes e impacientes en milisegundos. Sabiendo, que no descansan nunca a pesar de que dormimos y soñamos desesperadamente. Científicamente se sabe que las neuronas no se permiten nunca la licencia para descansar. A no ser que las obliguemos farmacológicamente a cambiar su rumbo desestructurado cuando, a veces, la impaciencia no nos deja vivir como personas y nos provoca algún trastorno mental que nos inhibe la posibilidad de ser y estar en el mundo dignamente.

Y yendo de mis asuntos a mi corazón, repaso, por último, el Diccionario de la Legua Española (22ª edición), encontrándome con definiciones de paciencia (del latín patientia) de amplio calado cultural: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas, facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho, lentitud para hacer algo, resalte inferior del asiento de una silla de coro, de modo que, levantado aquel, pueda servir de apoyo a quien está de pie, bollo redondo y muy pequeño hecho con harina, huevo, almendra y azúcar y cocido en el horno, y tolerancia o consentimiento en mengua del honor. De todas ellas, me quedo con una: saber esperar, aunque sea con ardiente paciencia (Neruda). Creo que la propia necesidad cerebral de autoformarse a lo largo de la vida, con más de cien mil millones de posibilidades (neuronas) de hacer cosas y sentir nuevas vibraciones de sentimientos y emociones, acotadas en el tiempo vital de cada persona, son un reflejo de que las estructuras del cerebro necesitan a veces esperar, con más o menos paciencia aprendida o inducida genéticamente, para que nos mostremos tal y como somos, para que alcancemos nuestros proyectos más queridos y deseados, porque oportunidades tenemos de forma personal e intransferible a través de una estructura que dignifica por sí mismo a cada ser humano: la corteza cerebral que venció al cerebro original de los reptiles, otorgándonos genéticamente la posibilidad de ser inteligentes.

Aprendamos por tanto de ella, de su forma de ser en cada una, en cada uno. Por aquello de las posibilidades que se abren a través de las cadaunadas, de la ética del cerebro. Sin alterarnos, porque la vida a veces nos turba, nos espanta, porque estas situaciones pasan, porque Dios se muda en la conciencia de muchas personas, porque la paciencia casi nada alcanza. Porque muchas personas no tienen a Dios, no tienen nada, todo les falta ¡Y sólo Dios no basta!

Sevilla, 31/I/2009

Jon Favreau ó la persistencia de la memoria

Salvador Dalí (1931), La persistencia de la memoria

He sabido recientemente que el presidente electo, Barack Obama, ha designado a un joven de 27 años, Jon Favreau, para que redacte el discurso de investidura del próximo martes, 20 de enero de 2009, que algunos consideran eufemísticamente como el día que comenzará realmente el siglo XXI. Todo apunta a que el discurso va a ser muy respetuoso con la persistencia de la memoria, simbolizada de forma surrealista por Salvador Dalí en una pintura del mismo título y que, curiosamente, es propiedad americana, en concreto, del MoMA en Nueva York.

Sé lo que significa escribir para los demás, para lo demás. Lo he hecho muchas veces y considero que una oportunidad como ésta debe ser una ocasión única, irrepetible, en la que se puede diseñar una forma de concebir el mundo, la ideología subyacente de una potencia que se empeña desde hace muchos años en dirigir el mundo en todas las manifestaciones posibles, psíquica, física y socialmente hablando. Por eso, me parece una tarea subyugante y por si fuera del interés de Jon Favreau, me gustaría hacerle llegar las siguientes sugerencias, siendo respetuoso con el más que probable hilo conductor del borrador mágico para Obama, es decir, el Discurso de Gettysburg, que tanto admira. La abolición de cualquier esclavitud, que está mucho más cerca de cada persona, de nosotros mismos en España, aunque nos parezca paradójico.

En primer lugar, sería importante que el discurso sirviera para diseñar primero su propio mundo, su gran incógnita, su neoespíritu americano, que tanto gusta realzar en Massachusetts, donde reside el auténtico espíritu de América, dibujado de mil maneras en las matrículas de los vehículos de este Estado, antes que empeñarse en seguir diseñando y salvando el mundo de los demás.

Después, aún admitiendo que siguen figurando como la primera economía mundial, deberían mirar hacia adentro y descubrir qué ha significado el neoliberalismo a ultranza que ha vuelto a sentenciar la riqueza a favor de unos pocos en detrimento de unos muchos. Deberían bajar de los altos pisos que tocan el cielo americano, que controlan Wall Street, tocar suelo, para considerar que las deslocalizaciones de multinacionales, por ejemplo, están hundiendo muchas economías mundiales que son de este planeta, por cierto. Y que China e India están pisándoles ya los talones.

Un tercer elemento del discurso podría contemplar la petición de perdón al mundo por los gravísimos errores cometidos en terrenos tan sensibles como antiterrorismo, protección de derechos humanos y alianzas irresponsables de régimen temporal en relación con secretos de determinados Estados.

También sería importante que hablara de sus propios pobres, hasta decenas de millones que no tienen acceso a prestaciones sociales de ningún tipo. Es muy difícil entender cómo se puede repartir riqueza al mundo cuando en su propia sede federal la pobreza es una realidad incuestionable.

Unas líneas podrían tratar del cambio climático con objeto de cambiar la posición tan beligerante que han manifestado siempre en el ámbito de la declaración de Kioto.

Por último, debería hablar del diálogo Norte-Sur, Oriente-Occidente, de las religiones que marcan tendencias en el mundo, de la auténtica razón de ser de Dios, Buda y Mahoma. Mientras que no interese al mundo americano saber por qué se comporta así el mundo musulmán será muy difícil salir de Irak, Afganistán, Sudán ó Palestina. No son razones de Estado, son razones de Religión, por más que nos sorprenda y no lo lleguemos a entender así.

Jon Favreau solo tiene posibilidades de engarzar palabras para un discurso de quince o veinte minutos, pero con la responsabilidad de que persistan y queden en la memoria de casi siete mil millones de memorias humanas que mirarán el martes hacia el Capitolio confiando que otro mundo es posible. Ni más, ni menos. Sobre todo para que se marque un tiempo nuevo y, a diferencia de los relojes de Dalí, no sea un discurso blando y surrealista que al final acabe adaptándose a las realidades divinas y humanas del mensaje americano que, hoy por hoy, no compartimos, ni deseamos. Es más, detestamos.

Me gustaría finalizar este “asesoramiento virtual” con una recomendación a Jon: el discurso debe estar plagado de palabras positivas. Entre otras muchas, paz, paz y paz. Interior y exterior. Y responsabilidad, responsabilidad y responsabilidad, entendida como la capacidad de dar respuesta a lo que ocurre mediante la sinergia del conocimiento y de la libertad. Inteligencia, en estado puro. Hace falta tranquilizar a las personas, no a las conciencias, y contener la agresividad latente y manifiesta, porque el diseño actual del mundo, a la americana, no convence a casi nadie. Creo que ni al propio Jon.

Sevilla, 18/I/2009

Puentes para la franja de Gaza

BARENBOIM-SAID

Desde que comenzó la invasión de la franja de Gaza estoy intranquilo por coherencia con la perspectiva ética digital que propugno, en el sentido de que la Noosfera, de la que formo parte activa mediante este cuaderno, no debe quedarse tranquila en este caso con la mera visualización de imágenes dantescas, en aquel escenario, transmitidas de forma puntual por las agencias de información. Y he recordado la simbología del puente, desde sus orígenes arquitectónicos, como forma de establecer elementos de comprensión y diálogo entre las partes implicadas, las latentes y manifiestas, para que este duro proceso atisbe su fin inmediato.

Desde nuestras posiciones a distancia el conflicto no pasa a veces de ser una mera noticia, luctuosa por supuesto, pero como algo lejano sobre lo que como ciudadanos nuestra implicación parece algo imposible. Pero no es así. Todo es desproporcionado, simbolizado en la lucha permanente entre David y Goliath. Y el mundo calla. Callamos casi todas, casi todos.

Lo verdaderamente curioso es que tenemos ejemplos extraordinarios de activismo pro-diálogo de Palestina e Israel, tales como el esfuerzo del director Barenboim, a través de la Fundación Barenboim-Said, para aunar esfuerzos en diseñar puentes entre jóvenes músicos judíos y palestinos, con la orquesta “West-Eastern Diván”. Los esfuerzos diplomáticos, múltiples, que desde hace años se llevan a cabo para desterrar el principio bíblico acerca de que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz. La perspectiva de bloqueo y descalificación mundial en relación con cualquier atisbo terrorista, lleve la marca que lleve. Pero, de nuevo vuelve la guerra abierta, con resultados de muerte física, psicológica y social, de un millón y medio de personas que malviven en la franja de Gaza.

Por eso he pensado en los puentes, con una idea que aprendí un día de un ingeniero romano excelente, Cayo Julio Lácer, el autor material del puente de Alcántara, en Cáceres, al expresar de forma rotunda que “la grandeza misma del arte es superada por la grandeza de la obra (ars ubi materia vincitur ipsa sua). Sería una gran lección en estos días, que el mundo cercano y lejano al Oriente en guerra demostrara que la grandeza misma del diálogo, que también es arte, es superada por la grandeza del diálogo sincero y comprometido con la justicia y el derecho internacional en el escenario palestino-israelí. Por esa gran obra.

Puentes, puentes, puentes. Sería una buena forma de completar una nueva inscripción mundial para los derechos humanos compartidos que recogiera también las palabras que seguían al primer aserto comentado: “El ilustre Lácer, con divino arte, hizo el puente para que durase por los siglos en la perpetuidad del mundo”. O lo que sería lo mismo: los ilustres mandatarios israelíes y palestinos, una vez demostrado que el diálogo supera el arte de hablar y callar, construyen la paz entre los dos pueblos para que dure por los siglos en la perpetuidad de su pequeño mundo.

Sevilla, 10/I/2009

Cadaunadas

Miguel de Unamuno. Óleo de José Gutiérrez Solana (1936). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid.

¿Que cómo se hace eso? [escribir bien el español]. A la buena de Dios, cada cual como mejor se las componga, salga lo que saliere, cada uno con su cadaunada, y luego… ello dirá. Ello, ello es lo que ha de decir; hay que remachar en esto: ello dirá, y no nosotros, ni vosotros, ni los de más allá; ello y sólo ello dirá (Unamuno, Ensayos, edición de la Residencia de Estudiantes, III, p. 108).

Esta enigmática frase de Miguel de Unamuno, cada uno con su cadaunada, ha sido para mí, siempre, un hilo conductor en la vida, porque con una sola palabra, cadaunada, se expresa a la perfección la individualidad, la realidad personal e intransferible de cada cerebro humano en acción. Y en el esquema de las individualidades hay una que tiene carácter primigenio, la cerebral, tal como ha afirmado el doctor John Mazziotta, un experto en imágenes del cerebro humano de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), cuyo trabajo en el Instituto de Neuropsiquiatría le ha permitido desarrollar su investigación del cerebro de forma multidisciplinar y multimodal, utilizando mapas multidimensionales del cerebro humano y no humano que describen su estructura y función: “Ningún cerebro es igual. Ni en su forma, ni en su tamaño, ni en la forma como está organizado; (…) este es un proyecto [la elaboración de un Atlas cerebral] de la frustración básicamente. Por muchos años, todos lo que estudiamos la estructura y funciones del cerebro hemos tenido que lidiar con el hecho de que no hay dos cerebros iguales ni en forma o tamaño, como tampoco en función, pero cuán diferentes son y cómo debemos compararlos eran dos cosas que no se sabía” (1).

Cada vez que se inicia una nueva etapa, por pequeña que sea, un nuevo Curso, una experiencia o ¿por qué no?, un año nuevo, se abren también posibilidades inconmensurables -por analogía temporal de sugestión- para cada cerebro humano, para desarrollar las cadaunadas. Sabiendo de antemano que la corteza cerebral abrirá, en cada segundo vital propio, nuevas y sorprendentes oportunidades a la central logística de los sentimientos y emociones, el sistema límbico, para expresarse como estructura reguladora del funcionamiento personal e intransferible de cada inteligencia humana. Lo que permitirá hacer patente la denominación de origen de cada uno, de cada una, de las cadaunadas, para reducirlo a una excelente y única palabra. Aunque todo comience en enero de 2009, hoy comienza todo…, al descubrir cada persona su cerebro, su inteligencia, como el mejor regalo para uno mismo y para la relación con los demás.

Ya lo decía Unamuno: ello dirá, y no nosotros, ni vosotros, ni los de más allá; ello y sólo ello dirá.

Sevilla, 2/I/2009

(1) Cobeña, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital), 71-73.