Puentes para la franja de Gaza

BARENBOIM-SAID

Desde que comenzó la invasión de la franja de Gaza estoy intranquilo por coherencia con la perspectiva ética digital que propugno, en el sentido de que la Noosfera, de la que formo parte activa mediante este cuaderno, no debe quedarse tranquila en este caso con la mera visualización de imágenes dantescas, en aquel escenario, transmitidas de forma puntual por las agencias de información. Y he recordado la simbología del puente, desde sus orígenes arquitectónicos, como forma de establecer elementos de comprensión y diálogo entre las partes implicadas, las latentes y manifiestas, para que este duro proceso atisbe su fin inmediato.

Desde nuestras posiciones a distancia el conflicto no pasa a veces de ser una mera noticia, luctuosa por supuesto, pero como algo lejano sobre lo que como ciudadanos nuestra implicación parece algo imposible. Pero no es así. Todo es desproporcionado, simbolizado en la lucha permanente entre David y Goliath. Y el mundo calla. Callamos casi todas, casi todos.

Lo verdaderamente curioso es que tenemos ejemplos extraordinarios de activismo pro-diálogo de Palestina e Israel, tales como el esfuerzo del director Barenboim, a través de la Fundación Barenboim-Said, para aunar esfuerzos en diseñar puentes entre jóvenes músicos judíos y palestinos, con la orquesta “West-Eastern Diván”. Los esfuerzos diplomáticos, múltiples, que desde hace años se llevan a cabo para desterrar el principio bíblico acerca de que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz. La perspectiva de bloqueo y descalificación mundial en relación con cualquier atisbo terrorista, lleve la marca que lleve. Pero, de nuevo vuelve la guerra abierta, con resultados de muerte física, psicológica y social, de un millón y medio de personas que malviven en la franja de Gaza.

Por eso he pensado en los puentes, con una idea que aprendí un día de un ingeniero romano excelente, Cayo Julio Lácer, el autor material del puente de Alcántara, en Cáceres, al expresar de forma rotunda que “la grandeza misma del arte es superada por la grandeza de la obra (ars ubi materia vincitur ipsa sua). Sería una gran lección en estos días, que el mundo cercano y lejano al Oriente en guerra demostrara que la grandeza misma del diálogo, que también es arte, es superada por la grandeza del diálogo sincero y comprometido con la justicia y el derecho internacional en el escenario palestino-israelí. Por esa gran obra.

Puentes, puentes, puentes. Sería una buena forma de completar una nueva inscripción mundial para los derechos humanos compartidos que recogiera también las palabras que seguían al primer aserto comentado: “El ilustre Lácer, con divino arte, hizo el puente para que durase por los siglos en la perpetuidad del mundo”. O lo que sería lo mismo: los ilustres mandatarios israelíes y palestinos, una vez demostrado que el diálogo supera el arte de hablar y callar, construyen la paz entre los dos pueblos para que dure por los siglos en la perpetuidad de su pequeño mundo.

Sevilla, 10/I/2009

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