Jon Favreau ó la persistencia de la memoria

Salvador Dalí (1931), La persistencia de la memoria

He sabido recientemente que el presidente electo, Barack Obama, ha designado a un joven de 27 años, Jon Favreau, para que redacte el discurso de investidura del próximo martes, 20 de enero de 2009, que algunos consideran eufemísticamente como el día que comenzará realmente el siglo XXI. Todo apunta a que el discurso va a ser muy respetuoso con la persistencia de la memoria, simbolizada de forma surrealista por Salvador Dalí en una pintura del mismo título y que, curiosamente, es propiedad americana, en concreto, del MoMA en Nueva York.

Sé lo que significa escribir para los demás, para lo demás. Lo he hecho muchas veces y considero que una oportunidad como ésta debe ser una ocasión única, irrepetible, en la que se puede diseñar una forma de concebir el mundo, la ideología subyacente de una potencia que se empeña desde hace muchos años en dirigir el mundo en todas las manifestaciones posibles, psíquica, física y socialmente hablando. Por eso, me parece una tarea subyugante y por si fuera del interés de Jon Favreau, me gustaría hacerle llegar las siguientes sugerencias, siendo respetuoso con el más que probable hilo conductor del borrador mágico para Obama, es decir, el Discurso de Gettysburg, que tanto admira. La abolición de cualquier esclavitud, que está mucho más cerca de cada persona, de nosotros mismos en España, aunque nos parezca paradójico.

En primer lugar, sería importante que el discurso sirviera para diseñar primero su propio mundo, su gran incógnita, su neoespíritu americano, que tanto gusta realzar en Massachusetts, donde reside el auténtico espíritu de América, dibujado de mil maneras en las matrículas de los vehículos de este Estado, antes que empeñarse en seguir diseñando y salvando el mundo de los demás.

Después, aún admitiendo que siguen figurando como la primera economía mundial, deberían mirar hacia adentro y descubrir qué ha significado el neoliberalismo a ultranza que ha vuelto a sentenciar la riqueza a favor de unos pocos en detrimento de unos muchos. Deberían bajar de los altos pisos que tocan el cielo americano, que controlan Wall Street, tocar suelo, para considerar que las deslocalizaciones de multinacionales, por ejemplo, están hundiendo muchas economías mundiales que son de este planeta, por cierto. Y que China e India están pisándoles ya los talones.

Un tercer elemento del discurso podría contemplar la petición de perdón al mundo por los gravísimos errores cometidos en terrenos tan sensibles como antiterrorismo, protección de derechos humanos y alianzas irresponsables de régimen temporal en relación con secretos de determinados Estados.

También sería importante que hablara de sus propios pobres, hasta decenas de millones que no tienen acceso a prestaciones sociales de ningún tipo. Es muy difícil entender cómo se puede repartir riqueza al mundo cuando en su propia sede federal la pobreza es una realidad incuestionable.

Unas líneas podrían tratar del cambio climático con objeto de cambiar la posición tan beligerante que han manifestado siempre en el ámbito de la declaración de Kioto.

Por último, debería hablar del diálogo Norte-Sur, Oriente-Occidente, de las religiones que marcan tendencias en el mundo, de la auténtica razón de ser de Dios, Buda y Mahoma. Mientras que no interese al mundo americano saber por qué se comporta así el mundo musulmán será muy difícil salir de Irak, Afganistán, Sudán ó Palestina. No son razones de Estado, son razones de Religión, por más que nos sorprenda y no lo lleguemos a entender así.

Jon Favreau solo tiene posibilidades de engarzar palabras para un discurso de quince o veinte minutos, pero con la responsabilidad de que persistan y queden en la memoria de casi siete mil millones de memorias humanas que mirarán el martes hacia el Capitolio confiando que otro mundo es posible. Ni más, ni menos. Sobre todo para que se marque un tiempo nuevo y, a diferencia de los relojes de Dalí, no sea un discurso blando y surrealista que al final acabe adaptándose a las realidades divinas y humanas del mensaje americano que, hoy por hoy, no compartimos, ni deseamos. Es más, detestamos.

Me gustaría finalizar este “asesoramiento virtual” con una recomendación a Jon: el discurso debe estar plagado de palabras positivas. Entre otras muchas, paz, paz y paz. Interior y exterior. Y responsabilidad, responsabilidad y responsabilidad, entendida como la capacidad de dar respuesta a lo que ocurre mediante la sinergia del conocimiento y de la libertad. Inteligencia, en estado puro. Hace falta tranquilizar a las personas, no a las conciencias, y contener la agresividad latente y manifiesta, porque el diseño actual del mundo, a la americana, no convence a casi nadie. Creo que ni al propio Jon.

Sevilla, 18/I/2009

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