El cerebro kluge

KLUGE

La vida diaria me lo viene demostrando con una claridad palmaria: el cerebro no responde siempre tal y como esperamos de él. Menos, cuando vamos del timbo al tambo. Y no he tenido más remedio que rescatar de mi biblioteca un libro que ya cité en su momento en este cuaderno de “derrota”, utilizando el vocabulario de las personas que aman el mar. Y eso pasa porque el cerebro es kluge, es decir, es el resultado final y en constante evolución de una evolución azarosa, un auténtico ingenio biológico, evolutivo, que se va adaptando a tenor de las circunstancias que rodean a cada persona a lo largo de la vida, porque partimos de la base de que es imperfecto. De ahí que tengamos que reconocer que nos equivocamos, es decir, es el cerebro el que se equivoca mediante actos humanos, porque siempre es el que da las órdenes finales para nuestras actuaciones. Y muchos resultados no son los esperados, generando desencanto.

Ya estoy leyendo el libro sobre el que he pensado siempre que me puede aclarar muchas cosas sobre este planteamiento introductorio. Lleva por título, Kluge (1), a secas, escrito por Gary Marcus, al que tantas veces he citado en este blog, sabiendo que no es Cooper, es decir, que no está en los cielos, sino en el terco día a día: “Y llegó Gary Marcus, que está en los cielos de la investigación actual más solvente, mi autor de los últimos meses, citado en los post más recientes por su interesante aportación a la investigación del cerebro desde la genética, con una reflexión impresionante: “lo que hace interesantes a los humanos no es el hecho de las palabras en sí mismas, sino poder aprender y crear nuevas palabras”. Y revolucionó el auditorio con una sentencia espectacular: el lenguaje es un parche similar a la columna vertebral, un mal diseño de la evolución para soportar el peso del cuerpo. Y lo que señalaba anteriormente como anécdota también es una preocupación para Marcus: el rol de la memoria en los procesos lingüísticos y del habla, sobre todo en los bebés y en la primera infancia, como presunta contaminante de estos maravillosos procesos, aunque el equipo fonador de la niña de Dikika (su pequeño hueso hioides) nos demuestre de forma terca que el punto alfa de la inteligencia que se expresa mediante el gen FoxP2 ya estaba allí” (2).

Empiezo por aclarar el vocablo Kluge, cuya traducción más acertada la encontramos en la lengua alemana: ingenioso, pero en un contexto que nos hace tocarnos la ropa: el ingenio que hay que desarrollar para que una máquina funcione, como sobre la que el autor demuestra el origen del vocablo, un alimentador de papel, de la marca Kluge, “inventado” en 1935, como complemento de las impresoras mecánicas: “…era un mecanismo de lo más caprichoso, sujeto a frecuentes averías y endemoniadamente difícil de reparar, pero ¡qué ingenioso!” [¡qué kluge!].

La tarea que tengo por delante es asombrosa: descubrir por qué falla el cerebro, sabiendo que la naturaleza lo ha predispuesto en clave de kluge. La sabiduría popular lo traduce en saber “agudizar el ingenio”. Porque es difícil aceptar que vengamos así de fábrica, con defectos, con taras que ha propiciado la propia evolución, preparándonos a lo largo de existencia de cada persona para tomar conciencia de esta situación, reflejada en los fallos de la memoria, en los sentimientos y emociones que no somos capaces de controlar y, lo que es verdaderamente abrumador, saber que enferma en el momento en el que la maquinaria que creíamos perfecta del organismo, no le presta verdadera atención. Vuelvo a repetirlo: la maquinaria corporal, no nosotros, ni el alma humana.

En la contraportada del libro se dibuja un horizonte complicado, pero muy valiente, porque Gary Marcus sí que agudiza su ingenio para demostrarnos que merece la pena tomar conciencia de la debilidad del cerebro kluge: “Nuestro cerebro, lejos de ser un órgano perfecto, es un kluge, un apaño, o más bien, un conjunto de apaños improvisados por la evolución para resolver diversos problemas de adaptación. En todos los ámbitos de la experiencia humana, la memoria, el lenguaje, el placer o la capacidad d elección, podemos reconocer indicios de una mente construida en gran medida a través de la superposición progresiva de parches sobre estructuras anteriores de la evolución. De ahí la fiabilidad del cerebro a pesar, paradójicamente, de su maravillosa capacidad intelectual: podemos resolver problemas de física o matemáticas de una complejidad inmensa y al mismo tiempo ser incapaces de solucionar de manera lógica un conflicto, recordar dónde hemos dejado las llaves del coche o qué hemos desayunado esta mañana”.

Y en un jueves santo, en el que mi cerebro lleva trabajando 23494 santos días (incluyendo los de gestación), no dejo de admirarme, como buen animal que soy capaz de admirarme de todas las cosas, en la clave aristotélica, cómo es posible que haya llegado hasta este aquí y ahora, resolviendo básicamente problemas…, a través de un cerebro imperfecto pero ingenioso, un auténtico kluge.

Sevilla, 21/IV/2011

(1) Marcus, G. (2010). KLUGE. La azarosa construcción de la mente humana. Barcelona: Ariel.
(2) ¿Por qué hablan las personas?: http://www.joseantoniocobena.com/?p=447

2 comentarios en “El cerebro kluge

  1. Álvaro León dijo:

    Estimado José Antonio:
    Interesante el tema que tratas en este post. Recientemente he terminado de leer un libro que te recomiendo y que está muy alineado con esta interpretación accidentada o imperfeccionista del cerebro: El cerebro accidental, del neurocientífico americano David Linden, dedicado a la investigación de la bioquímica cerebral y la memoria humana. Según él, nuestro cerebro no es más que una superposición de sistemas poco eficaces que, con el paso del tiempo, han tenido que desarrollar mecanismos biológicos creativos para evitar quedarse estancados.

    Un abrazo

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  2. José Antonio Cobeña Fernández dijo:

    Gracias, Álvaro, por la aportación. Consultaré la investigación de David Linden para completar todas las referencias sobre estos análisis de gran importancia en la aproximación científica de los cerebros en deconstrucción, que trabajé hace años y que deseo retomar a corto plazo.

    Un abrazo,

    José Antonio Cobeña Fernández

    Me gusta

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