El grito, en Noruega


Las noticias de la tragedia en Oslo, me ha recordado a través de la memoria de hipocampo, el cuadro del pintor noruego Munch, El grito, como reflejo plástico de lo que escribió en su diario personal hacia 1892: Paseaba por un sendero con dos amigos – el sol se puso – de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio – sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad – mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.

Casi lo que he sentido al escuchar la narración trágica de lo que ha sucedido y estamos viendo en la capital de Noruega y en la isla de Utoya. Jóvenes y personas anónimas para mí, que han muerto porque una persona ha perdido el control sobre las órdenes de su cerebro, dejando una estela de muerte, dolor y respuestas a preguntas imposibles.

Me refugio inmediatamente en las preguntas a las que tantas veces recurro, las del Eclesiastés,

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga, si se demuestra antes ó después que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, algo así como intentar atrapar el viento?
– ¿Qué diferencia hay entre el hombre y el animal si ambos vuelven siempre al polvo?
– ¿Quien guiará al hombre a contemplar lo que hay después de él?

y me acerco, como él, siguiendo su recomendación, a los amores más próximos que tengo –ellos lo saben- porque estoy convencido que son como la cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper.

Sevilla, 23/VII/2011

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