Gelman y Saramago: trabajadores del compromiso activo

Ayer falleció el poeta argentino Juan Gelman (Premio Cervantes en 2007). He conocido su dolor histórico por la represión de la dictadura argentina, al perder a su hijo y nuera, embarazada, en años para el olvido. No ocurrió así en el caso del poeta, porque durante muchos años buscó al nieto desaparecido, porque siempre creyó que estaba vivo.

Efectivamente, la compañía de personas comprometidas ayudó a Gelman a no cejar en el empeño. Y Saramago fue una de esas personas que ayudó a localizar a su nieto, escribiendo una carta al Presidente de Uruguay, en 1999, pidiéndole su colaboración:

Juan Gelman, el gran poeta argentino, uno de los mayores que el mundo tiene hoy, busca, desde hace años, a su nieto nacido en 1976, en Montevideo, adonde los esbirros de la dictadura militar, en una operación más del Plan Cóndor, transportaron a la madre embarazada. El padre de ese niño o de esa niña apareció muerto en Argentina, asesinado, con un tiro en la nuca. De la madre nada se sabe, su rastro se pierde en un centro clandestino de detención de Montevideo, capital del país del doctor Julio María Sanguinetti. Si está vivo, el nieto de Juan Gelman tiene hoy 23 años. ¿Dónde se encuentra? El presidente de la República Oriental de Uruguay no se llama Juan Gelman, pero podría, para su infelicidad, siendo, como también es, simplemente Julio María Sanguinetti estar ahora en la situación del poeta, es decir, buscando con desesperación a su propio nieto. ¿Qué haría? Si Juan Gelman, admitamos ahora esta suposición, fuese el presidente de Uruguay, ciertamente el doctor Sanguinetti llamaría a su puerta y le diría: “Ayúdeme a encontrar a mi nieto”. Y Juan Gelman, de eso tengo certeza, pondría toda su autoridad al servicio de esa justicia.

Gelman ha muerto con un deber cumplido, porque finalmente conoció a su nieta que hoy lleva un nuevo nombre y los apellidos de sus padres, de su abuelo: María Macarena Gelman García. Y ha entregado a la humanidad una obra extraordinaria con la clave aprendida de su madre a través de la parábola del ciempiés, haciendo sólo camino al andar:

“una araña que preguntó sorprendida a un ciempiés cómo podía moverse un bicho con 92 patas más que ella; si primero movía 50 y luego las otras 50, si las movía de diez en diez, de cuatro en cuatro o de una en una. Una cuestión que dejó al ciempiés tan confundido en su reflexión que nunca más volvió a caminar”.

Es lo que hizo siempre, obligado por los dolores propios y ajenos:

Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

Sevilla, 15/I/2014

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