
Sevilla, 10/VIII/2026 – 13:35 h CET (UTC+2)
Poner nombres y apellidos a las tragedias como la del pasado 30 de julio, por la entrada masiva e incontrolada, no inocente por supuesto, de inmigrantes a Ceuta, es muy importante, porque junto a las razones de Estado que obliguen a conocer un argumentario de lo que ha pasado y no alcanzamos a comprender la mayoría de ciudadanos y ciudadanas de este país, a veces contradictorio en relación con la acogida o expulsión encubierta de los participantes. Dejan al descubierto profundas heridas personales y colectivas que no cicatrizarán en mucho tiempo. Lo aprendí hace tiempo de la escritora y poeta colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, Colombia, 1951), de un poema, Cicatrices, que no olvido (1):
No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.
Lo he podido constatar en un reportaje publicado hoy en elDiario.es, Los vecinos levantan campamentos para acoger a mujeres y niñas que llegaron a Ceuta: “Durante días no conseguimos comer», confesando que me conmueve y conturba al conocer de cerca qué está pasando, por ejemplo, con las mujeres, jóvenes y niñas que han participado en la entrada masiva del pasado 30 de julio. Gracias a la solidaridad vecinal de la barriada de Sidi Embarek en Ceuta, se ha habilitado un espacio muy precario en el que han acogido a cerca de 200 mujeres, jóvenes y niñas que cruzaron la frontera de diversa formas, el ya célebre día 30 de julio. Once días después, siguen viviendo en unas condiciones difíciles, aunque gracias a la solidaridad de varias organizaciones de ayuda reciben todos los días comida y una limitada atención de aseo personal, porque tienen que hacer sus necesidades en el monte próximo, al aire libre, aunque nos parezca mentira a la altura que estamos desde la fecha de esta entrada en Ceuta.
La situación es muy compleja y difícil de entender cuando no la vivimos en vivo y en directo. Me consta que a los menores no acompañados se les está prestando algo esencial, la identificación personal para categorizar su estatus desde la entrada en la frontera y así proteger sus derechos, tarea encomiable de las autoridades para ordenar el caos actual. Pero es indudable que la situación ha desbordado a todos y sólo basta prestar atención a las imágenes que diariamente retransmiten por los medios de comunicación, para comprender que queda mucho por hacer en la atención esencial y humana a los inmigrantes que que siguen al aire libre las 24 horas del día, con calor extremo y con carencias básicas de atención humana y social, por mucho que hacen y así lo podemos comprobar a diario, instituciones y organizaciones de ayuda públicas y privadas. .
Hoy he conocido la tragedia personal y familiar de Fatna y su hijo de tres años con parálisis cerebral, que ya han sido acogidos por la Asociación Cardijn, a través de Cáritas, junto a su marido, que también hizo la travesía a nado con ellos,: «He venido con él y por él. Está enfermo y necesito que le den tratamiento”, dice la madre, embarazada de seis meses. Cruzó desde Castillejos —localidad fronteriza con el Reino alauita— “por el mar, no a pie bordeando el espigón”. Vino acompañada de su marido, también alojado en el campamento, y del pequeño, al que “la Guardia Civil tuvo que sacar del mar, salvándole la vida”.
Es sólo una historia, pero hay miles todavía por conocer, que nos sirvan para tomar conciencia de lo que está pasando y estamos viendo a diario con la inmigración, no sólo en Ceuta, sino en otros territorios de nuestro país y de Europa, con una reacción nacional y europea de la derecha extrema y ultraderecha muy preocupante. Ante lo expuesto, debemos ayudar a los que ayudan, como ha hecho por ejemplo la Asociación Cardijn, por mediación de Cáritas y Cruz Roja, con Fatna, con una trayectoria encomiable en el ámbito de la provincia de Cádiz. Necesitan, como el resto de Asociaciones y ONG solidarias, nuestro apoyo incondicional. Cada uno, cada una, como pueda, sepa y quiera hacerlo. Mundir, así se llama el niño acogido, ya no duerme junto a su madre en aceras ni en campamento vecinal. Sus padres han buscado un mundo mejor y posible para poder atenderlo dignamente.
Lo aprendí de Eduardo Galeano: «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».
(1) Bonnett, Piedad, Cicatrices, en Explicaciones no pedidas, Madrid: Visor de Poesía, 2011.
NOTA: la imagen, firmada por S. Iñesta, se ha recuperado hoy de Ceuta Actualidad
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
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