El buscador de historias / y 7. Martínez Montañés, el escultor de la fragancia perdida

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, c.a. 1635, Juan Martínez MontañésMuseo del Prado / Flores de azahar

Sevilla, 8/IX/2026 – 08:25 h CET (UTC+2)

Esta serie llega hoy a su fin, con una historia “cazada” en Sevilla y contada por mí en 2021, una vez más descubierta a través de la lectura de un texto de Eduardo Galeano, “El escultor”, que conmueve hoy como si el artista jienense de cuna y sevillano de corazón, Juan Martinez Montañés, estuviera ahora mismo entre nosotros, sus “paisanos” de espíritu.

Si algo importante he aprendido con la belleza final de esta historia narrada por Galeano, es que Juan Martinez Montañés esculpió cada vez que pudo la fragancia perdida de Sevilla, en su sentido más profundo. Hoy, esta ciudad, por su conversión en un parque temático por el turismo mal entendido, junto a la gentrificación del centro histórico, ha perdido su esencia, en una ciudad en la que el gran escritor Stefan Zweig dijo, hace más de un siglo, que “en ella se podía ser feliz”: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”.

Martínez Montañés habría esculpido hoy su felicidad y belleza plenas. Para ayer, hoy y mañana, para siempre.

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El buscador de historias / y 7. Martínez Montañés, el escultor de la fragancia perdida

Sevilla, 30/VIII/2021

Finalizo hoy esta búsqueda de historias de la mano y letra de Eduardo Galeano, de la mejor forma que podía hacerlo, paseando por Sevilla y recordando a Juan Martínez Montañés, un escultor inolvidable en torno a la imaginería católica de esta sacrosanta ciudad. Leyendo las páginas finales de su libro El cazador de historias, llegué a una que tenía que ver con este escultor, que reproduzco para no alterar su sentido, en su forma y fondo. Además, salvando lo que haya que salvar, es un pequeño homenaje a una persona que quiso regalar a Sevilla lo mejor que sabía hacer, esculpir la madera, en una época de pandemia por la peste que asolaba la ciudad y que ahora, al leer estas bellas palabras de Galeano, sabemos que desde donde quiera que esté volvería a hacerlo por esta ciudad a la que tanto amó. Leer esta historia, El escultor, conmueve hoy como si él estuviera ahora mismo entre nosotros, sus “paisanos” de espíritu:

En mayo de 1649, Sevilla perdió el aroma que siempre le había dado fama y consuelo.
Olía a muerte la ciudad de los azahares.
Atacada por la peste, la gente abría zanjas donde echarse a morir y los naranjos daban lástima en lugar de flores.
El escultor Juan Martínez Montañés, que a lo largo de sus muchos años había creado los Cristos y los santos de los templos sevillanos, quiso esculpir la fragancia perdida.
A esa tarea dedicó toda la energía que le quedaba, noche tras noche, día tras día.
Y tallando flores murió.
Dicen que Sevilla resucitó porque él ofreció en sacrificio la poca vida que le quedaba. Y dicen que sus flores, las nacidas de sus manos, limpiaron el aire de la ciudad muribunda
.

Es la mejor forma de finalizar esta serie dedicada a buscar historias en islas desconocidas. La maestría de Galeano nos ha traído a Sevilla para recordarnos al niño protagonista de su introducción a la historia del arte, cuando cenando con Nicole y con Adoum, hablaron de un escultor que trabajaba un día rodeado de niños, porque todos los niños del barrio son sus amigos: ”Un buen día la alcaldía le encargó un gran caballo para una plaza de la ciudad. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito. El escultor empezó a trabajarlo, subido a una escalera, a golpes de martillo y cincel. Los niños lo miraban hacer. Entonces los niños partieron, de vacaciones, rumbo a la montaña o el mar. Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado. Y uno de los niños, con los ojos muy abiertos, le preguntó: Pero… ¿cómo sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?» (1).

En definitiva, al igual que le ocurría a Miguel Ángel con el mármol de sus bellas esculturas, lo que hizo Martínez Montañés con su ofrenda a Sevilla, en momentos tan difíciles de pandemia, fue quitar la madera sobrante a las flores de azahar que ya estaban dentro de ella. De esta forma, esculpió también para su ciudad de acogida su fragancia perdida. Para ayer, hoy y mañana, para siempre.

(1) Galeano, Eduardo, en Días y noches de amor y de guerra, 2005. Madrid: Siglo XXI de España.

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