¿Por qué lo llaman “seguridad” cuando quieren decir “guerra”?

Eduardo Galeano

La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares. Los militares tienen miedo a la falta de armas.
Las armas tienen miedo a la falta de guerra.

Eduardo Galeano, El miedo global

Sevilla, 26/III/2025 – 11:26 h (CET+1)

Ayer leí atentamente un artículo en el diario El País, como un auténtico aviso para navegantes en este mundo al revés, que comenzaba sin rodeo alguno: “Europa debe prepararse para una potencial guerra, también para ciberataques, pandemias y los terribles efectos de la crisis climática, advierte la Comisión Europea. Con un tablero geopolítico en ebullición y en plena carrera para el rearme ante la amenaza de Rusia, con el temor a quedarse sin el paraguas de seguridad de Estados Unidos y ante un número creciente de desastres naturales, Bruselas pide que todos los hogares europeos tengan reservas de agua, medicamentos, baterías y alimentos para subsistir 72 horas sin ayuda externa en caso de crisis. Es una de las directrices de la Estrategia de Preparación de la Unión, que presentará el Ejecutivo comunitario el miércoles. Un plan para tiempos de crisis”.

Lo que me sorprende es que nunca se había hablado tanto de seguridad como hasta ahora, enmascarando una realidad geopolítica de gran magnitud como es la escalada bélica mundial en la que Europa está atrapada por la nueva estrategia bélica de Estados Unidos. Como un ejemplo claro de lo que analizo hoy, creo que tenemos el derecho de tener toda la información posible sobre la citada Estrategia y el deber humano de conocerla, para saber a qué nos enfrentamos.

Cuando escribo estas líneas recibo una noticia de última hora sobre la intervención del presidente Sánchez en el Congreso de los Diputados, que confirma mi preocupación: “Pedro Sánchez admite que aún no está en condiciones de concretar cuál será la senda de gasto que asumirá España en los planes de rearme europeos pero defiende que el país está preparado para afrontar “una situación inédita, otra más”, que ha descrito como “un nuevo momento Covid” por lo que implica para Europa. “La Unión Europea debe reaccionar como hizo entonces: con una respuesta conjunta, mutualizada y solidaria, que aglutine la fuerza de todos los Estados Miembros”, ha defendido. El presidente del Gobierno ha anunciado un Plan Nacional para el Desarrollo e Impulso de la Tecnología y la Industria de la Seguridad y Defensa españolas. “Concentrará el grueso de la inversión adicional exigida para cumplir con nuestros socios europeos. Y la canalizará a través de programas de colaboración público-privada para crear un nuevo salto tecnológico e industrial en España”, ha explicado”.

Ante esta grave situación, la gran pregunta es ¿por qué se habla tanto de “seguridad” cuando quieren decir “guerra”? Es lo que intuí ayer cuando corrió como la pólvora la noticia citada de que Bruselas anunciará hoy que todos los hogares deberán disponer de un kit de emergencia con agua, medicamentos, baterías y alimentos para subsistir 72 horas sin ayuda externa en caso de crisis… o de guerra, hablando claro.

Estaremos atentos al desarrollo de los acontecimientos. Creo, hoy más que nunca, que Eduardo Galeano tenía toda la razón cuando describió algo muy relacionado con la situación actual, El miedo global (1), fundamentalmente porque en esta reflexión se dice algo verdaderamente sobrecogedor y porque reconozco que lo que está pasando y estamos viendo en la actualidad da miedo, sintetizado en uno de sus estrofas: Las armas tienen miedo a la falta de guerra y un corolario anterior: Los militares tienen miedo a la falta de armas, porque la realidad es que estamos viviendo en un mundo al revés:

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares. Los militares tienen miedo a la falta de armas.
Las armas tienen miedo a la falta de guerra.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones y miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura.
Al tiempo sin relojes.
Al niño sin televisión.
Miedo a la noche sin pastillas para dormir y a la mañana sin pastillas para despertar.
Miedo a la soledad y miedo a la multitud.
Miedo a lo que fue.
Miedo a lo que será.
Miedo de morir.
Miedo de vivir.

Aunque reconozco que soy pesimista ante esta situación, como optimista bien informado (Benedetti, dixit), reivindico también junto a Galeano mi derecho al delirio, en este mundo loco, al revés, con ejemplos rotundos para pensar que son posibles en un mundo nuevo, una invitación a volar sobre la realidad que nos duele, consterna y conturba a diario, del que personalmente he escogido algunos que sanan mi alma: “los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas; los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos; el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra; la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda y, como corolario, la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: amarás a la naturaleza, de la que formas parte; serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma”.

Es verdad, estos delirios son una invitación a experimentar el derecho a volar alto, algo que agradezco cuando vivimos tan atados a la dura realidad de la tierra, situación que no nos permite ver mas allá de lo que nos transmiten a diario los agoreros mayores del mundo al revés, Trump, Putin, Xin Jinping, entre otros, con sus cohortes ultraderechistas y oligarcas tecnológicos que casi todo lo controlan y pueden. Ahora, acosándonos con el nuevo mundo de seguridad y seguridades, enmascarando el entorno bélico, de muchas caras, al que el mundo se enfrenta ya a diario.

(1) Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, 1998. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL,

¡Paz y Libertad!

La música cinematográfica es la melodía principal de ‘La lista de Schindler’

Itzhak Perlman, interpretando el tema principal de la banda sonora de La lista de Schindler, junto a John Williams, compositor de la misma, dirigiendo la Orquesta de Connecticut.

Sevilla, 25/III/2025 – 11:30 h (CET+1)

El gran director americano John Ford, ídolo de mi infancia, ante la pregunta de un periodista sobre qué es el cine, contestó en cierta ocasión, sin inmutarse, algo aleccionador que no he olvidado: “es ver caminar a Henry Fonda”. Algo así me ocurre a mí si me preguntaran hoy qué es la música cinematográfica, porque mi respuesta es clara: escuchar, por ejemplo, al gran violinista Itzhak Perlman, interpretando el tema principal de la banda sonora de La lista de Schindler, una obra maestra compuesta por John Williams.

Este homenaje que hago hoy a la música en el cine viene dado por haber escuchado recientemente a la Film Symphony Orchestra, que ha traído a esta ciudad su último montaje, TARAB, palabra árabe cuyo significado, emoción que genera la música en quien la escucha, fue el hilo conductor del espectáculo. La FSO es un proyecto cultural y didáctico, como pude comprobar personalmente a lo largo de casi tres horas de actuación sinfónica: “Film Symphony Orchestra es un novedoso proyecto artístico y empresarial que nace con la finalidad de cubrir un hueco existente en la oferta cultural y musical de España. Se trata de una orquesta sinfónica profesional de la más alta calidad que, con más de 70 músicos, ofrece exclusivamente conciertos de música de cine – en su sentido más amplio- o de autores estrechamente vinculados al género. De la mano de su internacionalmente laureado director Constantino Martínez Orts, la FSO ofrece espectáculos de música cinematográfica con o sin proyección visual y la posibilidad de grabar bandas sonoras. De esta manera hemos abierto una apasionante dinámica a través de la cual, Film Symphony Orchestra acomete, con las máximas garantías, un intenso proceso de trabajo estratégico para el desarrollo, en todos los sentidos, de un proyecto innovador y único, que une cultura, arte y espectáculo , con la pretensión de acercar la música sinfónica a nuestra sociedad a través de un hilo conductor tan universal como el cine”.

La interpretación del tema principal de la banda sonora de La lista de Schindler, por parte de la joven violinista Amanda Ochoa, sobrecogió al auditorio. Era la auténtica representación de la música cinematográfica al alcance de todos, del alma musical de cada uno, de cada una de las personas asistentes. Comprendo bien al director de la FSO, Constantino Martínez-Orts, al elegir la palabra Tarab para esta gira musical 2024-2025, porque al escuchar las composiciones elegidas con especial cuidado emocional para esta ocasión, sabe que provocan “ese palpitar del corazón aceleradamente”. Tarab, en su sentido pleno.

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¡Paz y Libertad!

La primavera llama a nuestros sentidos, templa nuestra sangre e ilumina nuestra mente

Luis Cernuda Bidón
(Sevilla, 21 de septiembre de 1902 – Ciudad de México, 5 de noviembre de 1963)

Sevilla, 24/III/2025 – 19:00 h (CET+1)

La llegada de la primavera este año, el pasado 20 de marzo, a las 10:02 horas, según el Observatorio Astronómico Nacional, no ha venido acompañada de su luz característica, sino cubierta de agua, asumiendo que nunca llueve a gusto de todos. Junto a esta realidad acuática, tan necesaria y beneficiosa en su justo sentido, es verdad que el poeta Luis Cernuda, cuando llega cada año esta estación a Sevilla, me recuerda siempre cosas importantes con su prosa poética, que no olvido, porque lo único que sabemos es que no sabemos en realidad lo que nos pasa y él nos ayuda a entenderlo, fundamentalmente porque es verdad que estamos atravesando una etapa histórica plagada de dificultades y sinsentidos en un mundo y un país al revés.

En este caso, me refiero hoy a una obra suya preciosa en la que canta a la primavera (1), recordando a su tierra natal desde la tragedia del exilio, añorando cómo la naturaleza, a pesar de todo, cuida la belleza de Sevilla:

Este año no conoces el despertar de la primavera por aquellos campos, cuando bajo el cielo gris, bien temprano a la mañana, oías los silbos impacientes de los pájaros, extrañando en las ramas aún secas la hojosa espesura húmeda de rocío que ya debía cobijarles. En lugar de praderas sembradas por las corolas del azafrán, tienes el asfalto sucio de estas calles; y no es el aire marceño de tibieza prematura, sino el frío retrasado quien te asalta en tu deambular, helándote a cada esquina.

Abstraído en este imaginar, marchas con nostalgia por la avenida del parque, donde revuela espectral a ras de tierra y te precede, fugitiva ala terrosa, una hoja del otoño último. Tan reseca es y oscura, que se diría muerta años atrás; imposible su verdor y frescura idos, como la juventud de aquel viejo, inmóvil allá, traspuesta la reja, hombros encogidos, manos en los bolsillos, aguardando no sabes qué.

Al acercarte luego, hallas que el viejo tiene a sus pies manojos de flores tempranas, asfodelos, jacintos, tulipanes, de vívidos colores increíbles en esta atmósfera aterida. Casi da pena verlas así, expuestas en mercado norteño, como si ellas también sintieran su hermosura indefensa ante la hostilidad sombría del ambiente.

Pero la primavera está ahí, loca y generosa. Llama a tus sentidos, y a través de ellos a tu corazón, adonde entra templando tu sangre e iluminando tu mente; quienes a la invocación mágica, a pesar del frío, lo sórdido, la carencia de luz, no pueden contener el júbilo vernal que estas flores, como promesa suya, te han traído e infundido en tu miedo, tu desesperanza y tu apatía.

La primavera, con su luz y fragancia de azahar en Sevilla, llama a mis sentidos y se aloja en mi corazón, regalándome un júbilo de emociones y sentimientos, a modo de flores, que me ayudan a caminar en un mundo loco, al revés, que nos asola y nos da miedo, desesperanza y apatía, con una misión posible que necesitamos ahora más que nunca: iluminar la mente. También, para comprender qué significa la paz en tiempos de guerra, tan lejos, tan cerca.

En este contexto local y mundial, expreso a Luis Cernuda, mi paisano, el más sincero agradecimiento a su obra, porque siempre reconozco el trabajo que hizo con amor desde su alma exiliada, tan lejos de sus primaveras en Sevilla, cuando escribía estas palabras desde la sordidez de Escocia, que le llevaban a recordar entrañablemente su niñez y juventud en esta ciudad, en la que Stefan Zweig siempre pensó que se podía ser feliz (2): “La vida parece tener aquí un ritmo más veloz, y las personas la sangre más viva; en ningún lugar hay más estómagos hambrientos que en Andalucía y, aun así, Sevilla brilla con su portentoso colorido, resplandece de alegría y nos saluda con miles de banderas. Aquí se puede ser feliz”, agregando matices especiales para ensalzarla con bellas palabras: “Hay ciudades en las que nunca se está por primera vez. Deambulas por sus calles desconocidas y sientes como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, te llamaran voces amigas. Su rostro -porque las ciudades puedes ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas- te suena de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción. Y Sevilla es así”. 

También aprendí de Luis Cernuda algo muy importante que pidió a sus paisanos en esta sacrosanta ciudad: el reconocimiento a su trabajo bien hecho y envuelto en bellas palabras, que siempre lo merece ahora y en cualquier estación del año: «más el trabajo humano, con amor hecho, merece el reconocimiento de los otros». No lo olvido en este tiempo tan difícil y complejo, porque hoy día me duele todavía que su país y sus paisanos olvidemos algo simbólico que nos enseñó él a comprenderlo: el valor intrínseco de la poesía, de la prosa poética, porque la primavera, por ejemplo, llama a nuestros sentidos, y a través de ellos a nuestro corazón, adonde entra templando nuestra sangre e iluminando nuestra mente. ¿Existe algo más bello?

(1) Cernuda, Luis, La Primavera, en Ócnos (Poesía completa, vol. I), Madrid: Siruela, 1993.

(2) Zweig, Stefan, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia. Madrid: Sequitur, 2015.

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¡Paz y Libertad!

¿Se puede salir de tanto escepticismo e indiferencia en este mundo al revés?

El Roto, en el diario El País, en su edición de 29 de enero de 2012

Sevilla, 23/III/2025 – 14:35 h (CET+1)

Como persona que admiro todos los días lo que pasa y veo, es decir, que no frecuento la indiferencia y el escepticismo a pesar de lo que vivimos a diario, me preocupa, en la antesala del ocaso de la democracia estas actitudes humanas (que no me son ajenas, siguiendo a Terencio), llegar a comprender el alcance de por qué se extienden como una mancha de aceite social, resumido todo en una frase proverbial ante la vida política: “a mí, visto lo visto, me da igual todo y que no me llamen para nada, porque todos son iguales”. La declaración de “apolíticos” , independientes extremos, viene inmediatamente después. Suenan tambores de independencia de todo lo que se mueve en el mundo que nos rodea. Hace años, la viñeta de El Roto, que publicó el diario El País, en su edición de 29 de enero de 2012, me pareció una interpretación muy inteligente de una tentación que rodea nuestra vida cuando llega el hartazgo de casi todo, abriéndonos la puerta al escepticismo y a la indiferencia plena. En el momento actual, donde el fariseísmo gana adeptos día a día, se propaga la idea de que como el mundo está imposible, ¿yo no?, no hay más remedio que independizarse del propio mundo en el que vivimos y “a mí que no me llamen”, pidiendo a gritos atribuidos a Groucho Marx, que lo paren ¡ya! porque hay que bajarse de él.

Estas actitudes humanas, el escepticismo y la indiferencia como “pirronismo” puro, vienen de antiguo. El gran exponente del escepticismo, el filósofo Pirrón de Elis (circa 360 a. C. – 270 a. C.), del que no se conoce texto alguno por escrito, sólo interpretaciones sobre lo que dijo e hizo a lo largo de su vida, por parte de seguidores de esta corriente filosófica a lo largo de los siglos, puede ayudarnos hoy día a pesar de los siglos transcurridos a comprender que significan ambos conceptos, siendo la entrada del lema “Pirrón” en el Diccionario histórico y crítico, de Pierre Bayle el mejor exponente para conocerlo, porque en pocas palabras resume perfectamente su pensamiento y obra, aunque he eliminado por concisión obligada en este artículo las referencias  exhaustivas que acompañan a este lema: “Pirrón, filósofo griego, originario de Elis en el Peloponeso, fue discípulo de Anaxarco, a quien acompañó hasta la India. Habiendo ocurrido este evento después de la muerte de Alejandro Magno, no hay duda sobre el tiempo en que floreció Pirrón. Tuvo como profesión la pintura, antes de dedicarse al estudio de la filosofía. Sus opiniones apenas se distinguían de aquellas de Arcesilao, ya que, como éste, Pirrón estuvo muy próximo a predicar la incompresibilidad de todas las cosas. Por todas partes encontraba razones para afirmar y razones para negar. Así, tras examinar detenidamente todos los argumentos a favor y en contra de algo, Pirrón suspendía su juicio y reducía todo asunto a un non liquet, a un “debe ser investigado más ampliamente”. Durante toda su vida buscó la verdad, pero siempre halló la forma de negar que la hubiera encontrado. Y si bien Pirrón no fue su inventor, este método filosófico lleva su nombre: el arte de discutir todas las cosas y de nunca tomar otro partido que la suspensión del juicio se llama pirronismo: es su nombre más común. Con toda razón detestan al pirronismo en las escuelas de Teología, pues allí tiende a ganar nuevas fuerzas, no siendo estas fuerzas más que quimeras. El pirronismo, sin embargo, puede tener una utilidad: al extender sus tinieblas sobre la razón, obliga al hombre a pedir socorro al cielo y a someterse a la autoridad de la Fe. Ahora bien, en vista de que el siguiente relato –que trata de una conferencia en la cual dos abates discuten sobre el pirronismo– podría suscitar ciertas molestias en algunos de mis lectores, he destinado a este asunto una Clarificación que se encuentra al final de esta obra. Son bromas maliciosas, o mejor, imposturas, aquellas narraciones de Antígono Caristio, que cuentan que Pirrón nunca tuvo preferencias; que ni el avance de una carroza ni la proximidad de un precipicio lo desviaban de su camino, y que sus amigos tuvieron que salvarle la vida con mucha frecuencia. Hasta hoy nada indica que Pirrón hubiese estado loco. Sin embargo no podemos dudar de que Pirrón siempre enseñara que el honor y la infamia, y la justicia y la injusticia de cualquier acto tan sólo dependen de las leyes de los hombres y de sus costumbres. No obstante cuán abominable pueda resultar esta doctrina, ella deriva de aquel principio pirrónico que profesa la reconditez de la naturaleza absoluta e interna de los objetos, y predica que, desde cierto punto de vista, sólo podemos estar seguros de la apariencia de las cosas. La indiferencia de Pirrón era asombrosa. Nada le gustaba. Nada lo hacía enojar. Nunca un hombre ha estado tan convencido de la vanidad de las cosas. Que lo escucharan o no cuando hablaba no le preocupaba, y así se alejaran sus oyentes, él seguía hablando. Vivía con su hermana en la misma casa y compartía con ella hasta los más pequeños oficios domésticos. Aquellos que afirman que Pirrón obtuvo la ciudadanía ateniense por asesinar a un rey en Tracia están enormemente equivocados. No tengo muchos errores que reprocharle a Monsieur Moréri. La indiferencia con la que Pirrón se estableció entre la vida y la muerte fue alabada por Epicteto, quien, en todo lo demás, abominó del pirronismo”.

No sé si estamos ante un pirronismo extremo en estos momentos, pero consultando la obra excelsa de mi admirado José Ferrater Mora, encuentro en el lema “Pirrón” una explicación también sucinta de su pensamiento, que explica perfectamente esta escepticismo radical en la vida actual: “[…] Lo que más resalta en las doctrinas atribuidas a Pirrón es la insistencia en la indiferencia de las cosas externas (y de los juicios sobre estas cosas) y la necesidad de atenerse a sí mismo si se quiere conseguir una estabilidad dentro de la constante e imprevisible fluencia de los fenómenos”. Pirrón practicaba, por definición, la retirada y la suspensión de todo juicio (epojé): “no hay que adoptar ninguna opinión o creencia. El verdadero sabio debe encerrarse en sí mismo y optar por el silencio, pues solo de este modo alcanzará la impertubabilidad, la ataraxia [serenidad, calma, tranquilidad, frialdad, impasibilidad, impavidez, insensibilidad, RAE], y con ésta, la auténtica (y única posible) felicidad”. ¿Estamos atravesando una crisis de pirronismo extremo? Es verdad que la tentación de independencia total de lo que sucede sobrevuela nuestras mentes. Ahí está el dilema.

En este contexto, la vida “retirada” preconizada por Pirrón, refugiada en la independencia anímica del escepticismo y la indiferencia, es sencillamente imposible. El cerebro no descansa nunca. Tenemos hasta cien mil millones de posibilidades de ordenar lo que percibimos y sentimos a diario, afectos incluidos, y nada se borra salvo por accidentes vasculares cerebrales o traumas de etiología diversa. Siempre está atento a lo que nos rodea. Por eso salimos indemnes de tantos ataques conceptuales, educativos, familiares, políticos, físicos, psíquicos y éticos. O dañados. Porque dependemos de los demás, de los otros, de otros derechos. Para empezar, los de los demás, y porque nuestras opiniones son eso, solo opiniones, cuando crecen sin cesar teorías, relaciones, personas, decisiones políticas, partidos, religiones, que dan al traste con lo que intentamos proteger y mantener en el cerco de la llamada independencia, trufada de escepticismo e indiferencia.

Nos pasamos la vida cuidando la raya que un día decidimos pintar en nuestro cerebro de secreto, en nuestro suelo firme de la existencia, en frase del Profesor López-Aranguren, la ética de secreto, porque tomamos esa decisión y la realidad nos demuestra que no es viable, cuando se cruza tantas veces sin contemplaciones y nos invaden los otros. Aunque la pintemos de rojo, delgada o gruesa, da igual. No cabe por tanto el escepticismo y la indiferencia. No es posible. Por estas razones y otras muchas existe su alternativa: el compromiso activo, en cualquier ámbito, porque se descubre que no podemos caminar solos, ser independientes en estado puro. Es lo que hacen nuestras neuronas a diario: reciben unas órdenes y las pasan a la neurona siguiente, a decenas o miles de siguientes, con impulsos eléctricos. Y se quedan todas en algún sitio a la espera de nuevas órdenes, sin descanso, es decir, de viajar siempre hacia alguna parte cuando las órdenes van cargadas de un único compromiso que no falla al hacer lo que se tiene que hacer: el trabajo bien hecho, la búsqueda de la felicidad propia y ajena. Eso sí, cuidando las delgadas líneas rojas propias y de los otros, estando pendientes siempre de ellas, como el protagonista de El Roto.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

La impaciencia de Job

George de la Tour, Job, menospreciado por su mujerMusée départemental d´ Art ancien et contemporain, Épinal

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. ¡Sólo Dios basta!

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Nada te turbe

Sevilla, 22/III/2025 – 10:40 h (CET+1)

En este mes de marzo he recuperado la lectura de páginas de este cuaderno digital al cumplirse el quinto aniversario del comienzo de la terrible pandemia del coronavirus. Soy consciente de que se está escribiendo mucho sobre una pregunta importante acerca de lo ocurrido: ¿qué hemos aprendido? y hoy, para buscar una respuesta en mi caso, me he centrado en una virtud, la paciencia infinita, que en aquellos días cada uno la vivió de la mejor forma posible, en un túnel que tuvo durante bastante tiempo una salida desconocida, casi siempre bajo una ardiente impaciencia. También escribí sobre ella en aquél tiempo difícil, eso sí, desde una perspectiva laica. Siguiendo el camino de la escritura circular, iniciado por mí en algunas ocasiones en este cuaderno, vuelvo a utilizar la quintaesencia de aquellas palabras, que me quedan recordando a Blas de Otero, en un mundo al revés que se dedica a agotarnos la paciencia a diario, sin descanso alguno, con sobresaltos continuos en el ocaso de la democracia.

Cuando era niño me enseñaron que el modelo de paciencia que debía adoptar en mi vida era la del santo Job, al que desconocía por completo. Cuando dejé de hacer y pensar las cosas de niño, comprobé que había sufrido un engaño monumental porque Job tenía de todo menos la paciencia infinita que me habían inculcado desde que tuve uso de razón. Lo que pasó es que usé la razón de forma audaz y verifiqué qué pensaba Job de las injusticias del mundo, dándome cuenta de que tenía muy poca paciencia cuando contaba sus penas, que no alegrías: los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad arrastra; como una nube ha pasado mi saludY ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción (Job, 30, 15s), hasta el punto de que el joven Elihú le reprende y lo lleva de la mano para ser paciente (Job, 32-37), para que busque, curiosamente, la sede de la Inteligencia [sic]: huir del mal, claro objeto del deseo impaciente de Job, porque lo que declaraba como sede de la inteligencia, reaccionar ante cualquier tipo de agresión, resolver problemas, era un elemento diferenciador esencial de la búsqueda desesperada de la sede de la sabiduría: temer a Dios, es decir, para los no creyentes hay que aceptar que algo pasa ahí fuera, a veces, que no controlamos y que nos hace sufrir mucho. La conclusión de Job ante tanto sufrimiento en su vida es que Dios se había pasado con él.

Si la inteligencia humana es la capacidad de resolver problemas para que la paciencia sea ardiente pero no nos queme, voy a repasar la historia de la inteligencia paciente en la humanidad, con brevedad para que sea dos veces buena para mi alma impaciente, fundamentalmente para aprender de sus errores y horrores que se han cometido, planteándome si es posible averiguar dónde se aloja la paciencia en el cerebro (la sede de la inteligencia que nos hace ser pacientes) y como se configuran las manifestaciones humanas de una realidad existencial que, al menos, la gran mayoría de las personas, conocemos como virtud refrendada por el santo Job que, recuerdo, no la tuvo durante los momentos difíciles en su vida ni era un dechado de esa virtud. Gran empresa, sin ánimo de escribir las bases de un libro de autoayuda, que no me gusta nada.

¿Cómo nace la paciencia? Sin lugar a dudas porque el cerebro actual ha vencido al cerebro reptiliano, es decir, la corteza cerebral que configura hoy la realidad existencial de cada persona permite controlar los impulsos más primitivos de los seres humanos, de nuestros antepasados, que solucionaban cualquier beligerancia y adversidad (infortunios y trabajos) con agresividad total. Hay una realidad histórica: se han necesitado millones de años para “preparar” la configuración del cerebro que posibilite “tener paciencia” y “aprender” a convivir con ella si tener que llamarla necesariamente “virtud”, porque es una posibilidad que ofrece históricamente la estructura global del cerebro humano. Job fue una prueba palpable de ello.

¿Dónde reside la paciencia? En todas las estructuras del cerebro que interactúan para dar órdenes pacientes e impacientes a través de la corteza cerebral, reflejadas en la conducta implícita o explícita de cada persona, aprendida o genéticamente fundada, con un control férreo del sistema límbico donde se alojan las centralitas de los sentimientos y emociones, sabiendo también que los ojos están grabando permanentemente miles de ocasiones para provocar la paciencia e impaciencia, en un debate ético que hacen trabajar a destajo a las neuronas en lo que saben hacer: alimentar acciones humanas pacientes e impacientes en milisegundos. Sabiendo, que no descansan nunca a pesar de que dormimos y soñamos desesperadamente. Científicamente se sabe que las neuronas no se permiten nunca la licencia para descansar. A no ser que las obliguemos farmacológicamente a cambiar su rumbo desestructurado cuando, a veces, la impaciencia no nos deja vivir como personas y nos provoca algún trastorno mental que nos inhibe la posibilidad de ser y estar en el mundo dignamente.

Y yendo de mis asuntos a mi corazón, repaso, por último, el Diccionario de la Lengua Española (edición el Tricentenario), encontrándome con definiciones de paciencia (del latín patientia) de amplio calado cultural: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas, facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho, lentitud para hacer algo, […] y tolerancia o consentimiento en mengua del honor. De todas ellas, me quedo con una: saber esperar, aunque sea con ardiente paciencia (Neruda). Creo que la propia necesidad cerebral de autoformarse a lo largo de la vida, con más de cien mil millones de posibilidades (neuronas) de hacer cosas y sentir nuevas vibraciones de sentimientos y emociones, acotadas en el tiempo vital de cada persona, son un reflejo de que las estructuras del cerebro necesitan a veces esperar, con más o menos paciencia aprendida o inducida genéticamente, para que nos mostremos tal y como somos, para que alcancemos nuestros proyectos más queridos y deseados, porque oportunidades tenemos de forma personal e intransferible a través de una estructura que dignifica por sí mismo a cada ser humano: la corteza cerebral que venció al cerebro original de los reptiles, otorgándonos genéticamente la posibilidad de ser inteligentes.

Aprendamos por tanto de ella, de su forma de ser en cada una, en cada uno. Por aquello de las posibilidades que se abren a través de las cadaunadas, de la ética del cerebro. Sin alterarnos, escuchando a Teresa de Jesús en el momento actual, reinterpretándola, por si nos alumbra algo en tanto desconcierto que nos derrama el alma, tal y como lo describía el ciudadano Job: porque la vida a veces nos turba, nos espanta, porque estas situaciones pasan, porque Dios se muda en la conciencia de muchas personas, porque la paciencia casi nada alcanza. Porque muchas personas no tienen a Dios, no tienen nada, todo les falta ¡Y sólo Dios no basta!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

La sinfonía y el relato de “Pedro y el lobo”, no estuvieron ayer presentes en el Congreso de los Diputados

Sevilla, 21/III/2025

En 1935, la directora del teatro central infantil de Moscú, Natalya Sats, encargó al compositor Serguéi Prokófiev una sinfonía musical para niños, con el objetivo institucional de cuidar sus “gustos musicales” desde la infancia. De esta forma y en tan sólo cuatro días, compuso Pedro y el lobo (Op. 67), estrenándose en Moscú el 2 de mayo de 1936, con una acogida fría y desfavorable. ​Han pasado casi 89 años y la sinfonía sigue teniendo un éxito continuo en sus múltiples representaciones mundiales, cuidando el guion original del relator, de contenido no inocente por cierto, tal y como lo concibió él, respetando la tradición de sus padres al contárselo, en su ciudad natal, Sontsivka, en el Donetsk, región de la actual Ucrania, concretamente en una de las zonas más castigadas hoy por la invasión rusa. Lo que deseo resaltar de aquel guion original utilizado por el narrador junto a la partitura compuesta por Prokófiev, es que Pedro, un niño perteneciente a una organización juvenil soviética, que vive con su abuelo que es leñador, sabe que no debe salir solo al prado, ya que si lo hace le regañará su abuelo, porque le ha dicho que le puede atrapar un lobo. Un día, hace caso omiso de este consejo, porque él se considera valiente y que puede ser precisamente él quien lo atrape. Viendo cómo un lobo de verdad merodea por la casa, cazando un pato, Pedro se sube a un árbol próximo, pide a un pájaro que ya conocía que sobrevuele encima del lobo para distraerlo mientras él prepara un nudo corredizo, consiguiendo enlazar al lobo por la cola, logrando atar al lobo al árbol. En ese momento llegan tres cazadores que venían rastreando al lobo y se preparan para darle caza finalmente, aunque Pedro les convence para que le ayuden a llevarlo vivo al zoológico. Y todos emprenden un desfile triunfal hacia el zoo, celebrando felices el fin del terror. La moraleja de Prokófiev es clara, porque el argumento va de exaltación de héroes frente al miedo, de no vengarse de nada ni de nadie y de no matar a cualquier precio. El contexto histórico en el que compuso la sinfonía tampoco era inocente.

Lo ocurrido ayer en el Congreso de los Diputados, me ha recordado esta obra extraordinaria de Prokófiev, al aprobarse de forma sorpresiva la salida del lobo del listado de especies protegidas (Lespre) con los votos del PP, Vox, Junts y el PNV, escondida en la Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario, incorporando a última hora tres enmiendas en el Senado con el objetivo de desproteger a la especie al norte del Duero donde se concentra el 95% de lobos en el país, volviendo a la situación anterior a septiembre de 2021, abriéndose también la puerta a permitir su caza también al sur del Duero, una vez que Europa apruebe definitivamente la Directiva Hábitats, mediante la cual la especie pasa de “estrictamente protegida” a “protegida” en el Convenio de Berna sobre la conservación de la naturaleza. La modificación aprobada ayer permitirá que una vez aprobada la Ley las comunidades autónomas se harán cargo de la gestión de la especie y determinarán cuántos ejemplares se matarán.

Ante el resultado de la votación, la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, ha manifestado que «Se ha tomado una decisión en contra de la ciencia. Se ha tomado una decisión precipitada e imprudente, sobre todo sabiendo que llevamos meses trabajando con las comunidades autónomas para poder tener el censo del lobo en España. […] Se ha tomado un atajo, unas medidas, insisto, precipitadas, que lo dejan desprotegido», reconociendo que ha sido un día triste para el Ministerio y todos los que quieren proteger la biodiversidad. Según fuentes oficiales del propio Ministerio, la última comunidad que remitió los datos sobre el lobo lo hizo hace dos semanas y la previsión era tener los datos del censo listos en junio o julio: «Habíamos iniciado una gestión de la especie diferente, responsable con la especie, pero también con los ganaderos. Somos sensibles a la afectación que tiene para los ganaderos. La protección de la biodiversidad no puede ser un coste para ellos».

Salvando lo que haya que salvar, la sinfonía de Prokófiev sobrevoló ayer el Congreso de los Diputados en su sentido contrario. El relato que acompañó el compositor a la Sinfonía no se escuchaba con fuerza. Estamos advertidos de los peligros del lobo, pero el Gobierno actual, a modo del protagonista del relato de la sinfonía, casualmente de nombre Pedro, que tiene la responsabilidad de cuidar la legislación actual de protección del lobo según la LESPRE, cree que las cosas se pueden hacer bien desde el punto de responsabilidad legislativa, científica y de escucha a los actualmente afectados por la presencia del lobo en sus territorios, como ha afirmado la ministra responsable de esta situación, cuidando como el niño Pedro de Prokófiev, de controlarlo, protegerlo de sus cazadores porque el peligro de extinción sigue presente y sólo una diferencia, procurar que no los maten sin más, llevándolos a una situación de hábitat controlado en beneficio del interés general, humano sobre todo.

Curiosamente y en estos días, cuidando su “gusto musical”,  he estado leyendo a mis nietos este cuento, Pedro y el lobo, en una versión preciosa, fiel al texto original de Sergey Prokófiev, nombre y apellido que ellos pronuncian perfectamente, explicándoles el contenido musical de la sinfonía y el sonido de cada instrumento, así como la moraleja auténtica, no la de Disney y otras corporaciones no inocentes como multinacionales en la reinterpretación de estas fábulas y cuentos convertidos en mercancías, a veces abusando del miedo, siendo el lobo un animal propicio. Conocen ya los instrumentos y la asignación que el compositor hizo de ellos a cada personaje en la sinfonía, por lo que he tomado conciencia de que para ellos soy el fagot de la orquesta. El que quiera entender que entienda, porque esta fábula se puede hacer extensiva, cada día, a lo que sucede en el Congreso de los Diputados y en el Senado de este país. También, a lo que ocurre a diario en este mundo al revés. Al buen entendedor o entendedora, pocas palabras bastan ante los que gritan «¡Que viene el lobo!«, sin entender su destino en la naturaleza o en el miedo ancestral mal entendido que su mera alusión nos acompaña desde hace siglos.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL,

¡Paz y Libertad!

Un año más, en el día de mi santo, recuerdo que José fue un buen compañero

Georges de la Tour (1593- 1652), San José carpintero, hacia 1642 – 1644

Sevilla, 19 de marzo de 2025, festividad de San José – 07:10 h (CET+1)

El calendario gregoriano, vigente en la actualidad, nos recuerda hoy la celebración de un santo importante para la creencia católica, apostólica y romana, San José, aunque hoy, en mi caso y por llevar su nombre, vuelve a ser una oportunidad para reflexionar sobre una historia inseparable, la de José, María y Jesús, que tiene más de dos mil años de antigüedad y que ha inspirado momentos transcendentales en la historia de la humanidad en general y de las artes en particular. Me refiero en esta ocasión a la música que ensalza la dignidad de José, que hoy quiero simbolizar a través de un compositor francés, Michel Corrette (1709-1795), un perfecto desconocido, pero que supuso en su día un descubrimiento extraordinario en mi aprendizaje diario para tocar el clavecín y el violín e interpretar dignamente sus partituras. Igualmente, a la obra encomiable del pintor Georges de la Tour (1593-1652), en torno a la figura del carpintero José.

Todo surgió en 2019 al localizar en la ingente obra de Corrette seis sinfonías dedicadas a la Navidad, preciosas, de las que quiero destacar hoy dos movimientos en concreto: Adán fue un pobre hombre (Sinfonía I, Allegro) y José es un buen compañero (Sinfonía III, Allegro), porque me permitió contextualizar una historia de hombres (en el genérico griego, hoy personas) que han supuesto mucho para el devenir de la humanidad, unas historias que hablan siempre de soledad y silencio ante la libre elección para la difícil tarea de vivir dignamente. La historia de Adán, el pobre hombre de Corrette que lo lleva al cuarto y último movimiento de su primera Sinfonía, después de títulos sugerentes de los tres restantes movimientos, A la llegada de la Navidad (Moderato), El Rey de los Cielos acaba de nacer (Andante) y He aquí el día solemne (Moderato), por este orden, es una historia contradictoria que siempre me ha fascinado. Entre pobres hombres [sic] y buenos compañeros [sic] anda a veces el juego de la historia. Veamos por qué.

Michel Corrette (1709-1795), Adán fue un pobre hombre (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía I, Allegro), interpretado por La Fantasía.

En relación con Adán, ¿un pobre hombre?, la historia nos lo ha recordado siempre como la causa de todos los males de la humanidad. Así lo he interpretado a lo largo de mi vida al analizar la reacción de Adán y Eva en el Paraíso: “Durante muchos siglos, la respuesta [ante la causa del Mal] solo la sabía Dios y cuando tuvimos la oportunidad de haberla conocido, eso sí, cuando Dios hubiera querido, a Adán y Eva no se les ocurrió mejor idea que mudarse de sitio, recordando unas palabras que escribí en este cuaderno de derrota (en argot marinero) en 2007: “Adán y Eva… no fueron expulsados. Se mudaron a otro Paraíso. Esta frase forma parte de una campaña publicitaria de una empresa que vende productos para exterior en el mundo. Rápidamente la he asociado a mi cultura clásica de creencias, en su primera fase de necesidad y no de azar (la persona necesita creer, de acuerdo con Ferrater Mora) y he imaginado -gracias a la inteligencia creadora- una vuelta atrás en la historia del ser humano donde las primeras narraciones bíblicas pudieran imputar la soberbia humana, el pecado, no a una manzana sino a una mudanza. Entonces entenderíamos bien por qué nuestros antepasados decidieron salir a pasear desde África, hace millones de años y darse una vuelta por el mundo. Vamos, mudarse de sitio. Y al final de esta microhistoria, un representante de aquellos maravillosos viajeros decide escribir al revés, desde Sevilla, lo aprendido. Lo creído con tanto esfuerzo. Aunque siendo sincero, me entusiasma una parte del relato primero de la creación donde al crear Dios al hombre y a la mujer, la interpretación del traductor de la vida introdujo por primera vez un adverbio “muy” (meod, en hebreo) –no inocente- que marcó la diferencia con los demás seres vivos: y vio Dios que muy bueno. Seguro que ya se habían mudado de Paraíso”. Podemos juzgar así todo lo ocurrido.

Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.

El caso de José, un buen compañero, es también un hecho que nunca ha pasado desapercibido en nuestras vidas y en nuestra celebración anual de la navidad y el día de su santo. José, el carpintero de Nazareth, siempre ocupó una segunda fila en la historia más maravillosa jamás contada bien. Era la pareja oficial de María, asunto que me ha emocionado en muchas ocasiones al describirlo así, a pesar de que la historia lo ha encumbrado siempre a los altares. Recuerdo en este momento el óleo de Georges de La Tour, El recién nacido, un pintor desconocido durante siglos para la historia del arte, donde no aparece José por ningún sitio porque realmente nunca fue protagonista de esta historia mágica. Sobrecoge el silencio y austeridad en este cuadro tan realista en los últimos años del pintor: “Sus célebres “noches”, de aparente simplicidad, silenciosas y conmovedoras, dan vida a personajes que surgen con magia en espacios sumidos en el silencio, de colorido casi monocromo y formas geometrizadas. La total inexistencia de halos u otros atributos sacros, así como los tipos populares empleados, justifican la lectura laica que a veces se ha hecho de sus nocturnos en obras como La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido de Rennes. Sin medallas, sin atributos laicos ni sacros. Sin collares o anillos. Sin nada, solo con el regalo precioso del silencio sonoro de la noche y contemplando a su niño”.

Georges de La TourEl recién nacido (1648, óleo sobre lienzo, 76 x 91 cm, Museo de Bellas Artes, Rennes)

El silencio permanente de José es un secreto a voces de la asunción de su papel en la historia difícil de María. Me gusta recordarlo despojado de su santidad, ocupando su sitio en la historia, básicamente como un hombre humilde, trabajador y bueno, con un profundo respeto a María, una persona que la historia ha colocado en un sitio muy especial difícilmente entendible si te falta la fe que nos enseñaron nuestros mayores, como le gustaba decir a Antonio Machado. Además, creo que fue un buen compañero.

Escucho ahora a Corrette y comprendo mejor que nunca el difícil papel de Adán en la historia de la humanidad y la categoría humana de José, ignorado hasta por el evangelista Marcos. Solo sabemos que en el capítulo 6, versículos 1 a 3 de su crónica de la muerte anunciada de Jesús (como buen periodista), dijo lo siguiente: “Se marchó [Jesús] de allí y vino a su tierra, y sus discípulos le acompañaban. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada; y decía: “¿De dónde le viene esto? y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, de Josét, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de él”. José, siempre solo ante el peligro.

Adán, se mudó un buen día de Paraíso porque no entendió la pregunta del dios desconocido y José no aparecía por ningún sitio en la noticia contada por Marcos pero, dueño de su soledad y de sus silencios, siempre tuvo el sentido de la medida que tanto aprecio. En este día de mi «santo», me gusta pensar en estas personas, en su verdad verdadera, en su humanidad, porque me ayudan a comprender unas historias casi siempre muy mal contadas. Correttte sabía lo que componía. También, Georges de la Tour…, lo que pintaba para la posteridad.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL,

¡Paz y Libertad!

Retorno a mi clavecín digital

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Detalle de El éxtasis de Santa María Magdalena (Marcantonio Franceschini, Bolonia, C.a. 1680)

El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!

William Shakespeare, en El mercader de Venecia

Sevilla, 18/III/2025

En los primeros meses de 2016 me acerqué por primera vez en mi vida a un instrumento musical, un clavecín, en este caso digital, para proseguir mis clases de piano, simultaneando los dos, pero interpretando en él, sobre todo, las obras de mi admirado compositor, Mozart, obviamente las de Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel y las de eximios maestros del clavecín en la escuela francesa, tales como Louis Couperin, Michel Corrette y Elisabeth Jacquet de la Guerre, entre otros.

En el contexto mundial en el que nos encontramos, recurro de nuevo a la música, porque sé que es compañera en la alegría y medicina en el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum). Concretamente, vuelvo a poner mis manos en el clavecín que junto al piano presiden el salón de mi casa, a modo de extensión de mi clínica del alma, mi biblioteca. Lo hago después de un paréntesis importante por la pandemia de 2020, donde perdí la docencia directa de mi inolvidable profesora, que siempre cuidó mi técnica con su buen hacer e infinita paciencia, ante un alumno de matusalénica edad.

El clavecín llegó a mi casa en 2016, desde Japón, atravesando mares de nubes, junto a dos láminas preciosas para intercambiarlas en su tapa, aunque una de ellas, la que denominan Latín, era la más deseada por mí después de haberla contemplado en el cuadro de Vermeer, La lección de música. El texto recoge la quintaesencia del periodo barroco, citada anteriormente: Musica laetitiae comes, medicina dolorum (La música es compañera en la alegría y medicina en el dolor). En un mundo digitalizado me sigue asombrando la belleza atómica de estas muestras de arte que se pueden ver y tocar, nunca mejor dicho.

La música es compañera en la alegría y medicina en el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum) – Leyenda que figura en una de las tapas de mi clavecín

La gran sorpresa en aquellos días fue desenvolver la segunda lámina, Ángel, para cambiar el decorado de este clave todavía no muy bien temperado a pesar de los consejos de Bach. Es un fragmento superior de un cuadro que desconocía, El éxtasis de Santa María Magdalena, del pintor boloñés Marcantonio Franceschini (Bolonia 1648-1729), censurado en esta ocasión, porque solo aparecen los ángeles laicos, tocando instrumentos de época, pero no entendiendo nada de lo que le estaba pasando más abajo a María Magdalena, que todos los pintores han representado siempre como la mala de la historia más grande de Jesús peor contada. Recuerdo ahora lo que significó para Artemisia Gentileschi, la gran pintora barroca tantas veces citada en este cuaderno digital, la figura histórica de María Magdalena a través de su melancolía, obra también maltratada por la censura de la época.

FRANCESCHINI 1
El éxtasis de Santa María Magdalena (Marcantonio Franceschini , Bolonia, C.a. 1680)

Esta lámina sacra pertenecía a la colección del director de orquesta italiano Francesco Molinari Pradelli, ya fallecido, que autorizó su reproducción a Roland, fabricante del clave digital citado, para que figurase en esta serie instrumental. Es una pintura en cobre, realizada en torno a 1680 y que acabó siendo un regalo diplomático de la ciudad de Bolonia, al Papa Clemente X, en 1709.

Es maravilloso volver a recordar esta sencilla historia gracias al mundo digital que la rodea. El clave que toco tiene registros maravillosos de claves que puedo reproducir hasta llegar al fortepiano, pasando por el órgano francés y flamenco, así como por los diversos temperamentos hasta llegar al sonido celesta. Igualmente, me aproximo de nuevo al cuadro de Vermeer donde aparece el texto en latín citado, que se puede visitar virtualmente en el Museo donde está colgado. Obviamente, tan cerca también de la pintura de Marcantonio Franceschini, que se puede conocer por diversas fuentes de Google y Wikipedia. Asimismo, de la vida del mecenas Francesco Molinari Pradelli, porque el cuadro sigue en su ciudad natal, Bolonia, aunque personalmente lo puedo contemplar todos los días, cuando abro el clave, apareciendo allí unos ángeles que seguirán observando, con censura forzada, la realidad tan humana de una mujer, María Magdalena, que solo quiso comprender un día ya muy lejano qué le pasaba a un tal Jesús, de carne y hueso, que tan bien se había portado con ella. Para que no lo olvide nunca en el mundo digital, aunque allí no esté.

Cuando nuevamente abro la tapa de mi clavecín, contemplo imaginariamente el cuadro completo de El éxtasis de Santa María Magdalena, sin censura alguna, aunque lo asocio inmediatamente con el de Artemisia Gentileschi, María Magdalena en éxtasis, sola, sin ropajes especiales ni ungüento divino, de la que se ha conocido su existencia hace muy poco, concretamente en 2014, ya que solo se tenía una referencia de ella por una fotografía en blanco y negro tomada a principios del siglo XX que se conservaba en el fondo artístico de un marchante de arte italiano. El mensaje del cuadro no deja duda alguna sobre la autoría de Gentileschi y puedo dar la razón en este momento a una expresión de Víctor Hugo: la melancolía es la felicidad de estar triste, porque no creo tanto en la situación de éxtasis de la Magdalena como en la de su auténtica melancolía, es decir, un estado de soledad y tristeza que puede inundar el alma humana y recrearnos en él porque siempre queda la esperanza de la espera de algo o alguien que estuvo o que llegará a tiempo para hacernos felices. Contemplando esta María Magdalena, suenan muy bien las palabras de Neruda en este momento: Mariposa de sueño, te pareces a mi alma y te pareces a la palabra melancolía. Hago una pausa mental y coloco mis manos sobre el teclado del clavecín, con la seguridad de que la interpretación que hago en ese momento me acompaña en la alegría del reencuentro con la música, convirtiéndose al mismo tiempo en una medicina para el dolor que siento a diario en este mundo al revés. Hoy, sin ir más lejos, por las más de 400 personas que han muerto en Gaza por un nuevo ataque por sorpresa de Israel, con el beneplácito de Donald Trump.

Una cosa más. Entrego hoy de nuevo a la Noosfera una composición muy breve de Michel Corrette, José es un buen compañero, de quien aprendo tanto, como antesala de la celebración mañana de una festividad muy apreciada históricamente en nuestro país, San José. Disfruten de ella como yo la siento cuando la interpreto en mi querido clavecín. Hoy, haciendo caso a Shakespeare, atiendo a la música.

Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.

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¡Paz y Libertad!

La cantora Valeria Castro nos enseña que lo esencial del alma humana suele ser invisible a los ojos

Sevilla, 16/III/2025

Estoy cerca de la evolución humana de la cantora Valeria Castro (La Palma, 1999), que canta porque debe hacerlo según ella, no sólo porque pueda hacerlo, distinción artística para mí esencial, ya presente en varias ocasiones en páginas de este cuaderno digital, la última con ocasión del estreno de una película excepcional que me conmovió al verla, El 47, donde a través de su canción En el borde del mundo, pone su voz a las escenas finales y títulos de crédito, sellando una obra cinematográfica maestra, que ella explica en la quintaesencia de su canción: “El borde del mundo” es ese sentimiento de quien vive en los sitios olvidados, de quien carga una historia, el peso de ese olvido y lo que lo rodea. Como compositora, sumarse como una pieza más al engranaje del cine es un soplo de aire fresco precioso, pero hacerlo en una película como ‘El 47’, lejana en espacio, pero con un punto en común tan importante como el sentirse en esas partes del mundo a las que nadie mira. Ha sido un verdadero lujo”.

Vuelve ahora mi vida orteguiana de secreto con motivo de la publicación de un nuevo disco, El cuerpo después de todo, explicado en su breve biografía oficial, dándonos una idea de su trayectoria humana, personal y profesional: “Tras completar una gira de 82 conciertos con entradas agotadas en teatros de más de 10 países con su primer álbum, Valeria presenta «el cuerpo después de todo», su segundo trabajo de larga duración. Producido por el ocho veces ganador del Latin Grammy Carles Campi Campón (Jorge Drexler, Natalia Lafourcade, Vetusta Morla), este álbum marca un ejercicio de maduración artística y personal. En él, la de La Palma da paso a una mujer fuerte que enfrenta sus miedos con valentía. Es un puzle de emociones que conecta con nuestros sentimientos más profundos y dormidos. Valeria, siempre fiel a su esencia, parece recordarnos aquella frase del escritor Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: «Lo esencial es invisible a los ojos». Grabado entre México y España, este nuevo trabajo llevará a Valeria a recorrer al menos 17 países en su gira de presentación, culminando con un concierto en el Wizink Center de Madrid, un hito que reafirma su posición como una de las grandes artistas de su generación”.

El canto de Valeria Castro no deja indiferente a nadie. Lo escuché atentamente en 2023, como escuchaor andaluz de quejíos de personas con alma, una cantora ´chiquita´, debido a su nacimiento en la isla de la Palma, que así se identifica también con esta preciosa isla, muy bonita y que conozco bien, de la que ya predije que se iba a escuchar a escala internacional, aquél año con motivo de la ceremonia de la entrega de los premios Grammy en esta ciudad, al estar nominada a uno de estos premios, concretamente el Grammy Latino a mejor canción de cantautor por ´La raíz´, una canción de homenaje a su tierra ´chiquita´, a la que nunca ha renunciado en su fondo y forma. Esa canción exponía que no ha perdido nunca su identidad, tal y como lo expresaba en 2021 en una entrevista en la revista ´Vogue´: “Nací en La Palma, que es una de las islas menores de Canarias, y es también por eso mi sentimiento de pequeñita. Saber de dónde vienes, cuando se trata de un sitio pequeño, es saber también que tienes que crecer desde más abajo. Empecé estudiando en una escuela de música de allí y, si no hubiese crecido ahí, quizás mi amor por la música no sería el que es hoy. Empezar con 4 años a tocar el piano y cantar fue clave, la infancia es una etapa muy bonita para desarrollar esas pasiones y que luego duren, ojalá, siempre”.

Para comprender la quintaesencia de su nuevo disco, he leído una entrevista en el diario El País, que me ha ayudado a conocerla mejor, a pesar de lo descarnado que parece su título: Valeria Castro: “He sido muy cruel con mi cuerpo”. junto con la entradilla de la misma, que desarrolla brevemente su contenido: “La artista canaria, convertida con solo 25 años en una de las cantautoras más celebradas de la música en español, presenta ‘El cuerpo después de todo’, un álbum introspectivo en el que confiesa todos sus miedos. Con ella hablamos sobre los rigores de la soledad, la presión estética o el impacto emocional que tiene su música en su vida y en la de quienes la escuchan”.

He leído también con la atención que merece la letra de la canción de su nuevo álbum que lleva el título genérico de su nueva obra discográfica tan vital como ella misma:

La crudeza de una realidad cercana a lo salvaje
estar alerta, consciente y esperando a que algo pase
cómo queda el cuerpo después de todo
y más sabiendo que nunca fue sonoro

un pensamiento que no cabe en el lenguaje
la herencia que no se ha llevado el oleaje
cómo queda el cuerpo después de todo
que tiembla, quiere hacerse fuerte y aún no sabe cómo

corazón migrante
que busca en el cariño ajeno forma de salvarse
pero no cobarde
intenta que el peso algo lo aguante

puñal en el espejo
puñado de complejos
que no hay quien aligere
y ojalá la piel desnuda
la miren con ternura
cuando una no puede

sentir presente, humana y colectiva
la historia generalizada femenina
cómo queda el cuerpo después de todo
que siente y padece de otro modo

corazón migrante
que busca en el cariño ajeno forma de salvarse
pero no cobarde
intenta que el peso algo lo aguante

puñal en el espejo
puñado de complejos
que no hay quien aligere
y ojalá la piel desnuda
la miren con ternura
cuando una no puede

puñal en el espejo
puñado de complejos
que no hay quien aligere
y ojalá la piel desnuda
la miren con ternura
cuando una no puede
cuando una no puede
cuando una no puede

En el contexto mundial en el que estamos instalados, he sustituido en mi caso cuerpo por alma y en los estribillos suena de forma especial para mí: cómo queda el alma después de todo, y más sabiendo que nunca fue sonora, que tiembla, quiere hacerse fuerte y aún no sabe cómo, que siente y padece de otro modo. A pesar de que soy consciente, al igual que pensaba hace ya bastantes años Antoine de Saint-Exupéry y ahora Valeria Castro, que lo esencial de la vida y del alma es invisible para los ojos, los oídos y la mente humana.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

No olvido a las 7291 personas mayores fallecidas durante la pandemia en Madrid, sin atención médica

Sevilla, 13/III/2025 – 13:40 h (CET+1)

En estos días, en los que se cumplen cinco años del comienzo de la pandemia por COVID-19, deseo estar cerca de las familias que sufrieron la pérdida de sus seres queridos, mayores, que como expresaban en sus pancartas reivindicativas en el mes de noviembre pasado, las diferentes mareas y colectivos concienciados de lo que ocurrió, “¡murieron en las Residencias sintiendo el horror de no ser auxiliados!, porque “7291 fueron abandonados”. Asimismo, nos pedían que no los abandonáramos nosotros también, en esta lucha por exigir responsabilidades públicas a la Comunidad de Madrid, ¡Por justicia, responsabilidades! ¡Por dignidadderechos humanos!

Hoy, vuelvo a reiterar lo que expresé en un artículo publicado en este cuaderno digital el pasado 24 de noviembre de 2024, porque personalmente no abandono esta denuncia de lo que ocurrió y no tenía que haber pasado en las Residencias de mayores en Madrid, desde este humilde altavoz que busca siempre defender la dignidad humana y la lucha incansable por olvidar el olvido. Por este motivo, he vuelto a leer el resumen ejecutivo del Informe de la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid, publicado el 15 de marzo de 2024, elaborado por la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid, reteniendo hoy en mi persona de secreto y en la de todos, que decía Ortega y Gasset, las palabras finales, porque exponen de forma contundente el camino que se debe andar para abrir vías que propicien una actuación positiva, de una vez por todas, del Ministerio Público, que permita exigir “justicia, investigación y no repetición: «Para terminar, en lo general, lo aquí expuesto exige una revisión a fondo del modelo residencial y de cuidados de las personas mayores y de las personas con discapacidad e insta a impulsar un cambio cultural y social de fondo sobre la relación que la comunidad debe tener con las personas mayores, una relación que rechace de plano la discriminación edadista instalada invisiblemente entre nosotros. En lo particular —objeto preciso de este informe—, se urge al Gobierno de la Comunidad de Madrid y a las autoridades del ámbito judicial, especialmente al Ministerio Fiscal, a que cumplan escrupulosamente con su deber de transparencia y de protección activa de los derechos fundamentales de las personas, investigando lo sucedido, determinando los responsables si los hubiere y acordando los resarcimientos a que hubiera lugar. Realizando el derecho a la verdad, con todas sus consecuencias«.

Informe de la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid

Como manifesté en mi artículo, Un informe, imprescindible, para conocer la verdad de lo ocurrido en las residencias de mayores, en Madrid, la muerte de personas mayores por el «abandono» a su suerte, durante la pandemia en todo el país, pero especialmente en Madrid, debería seguir removiendo nuestras conciencias -más allá de las cifras frías- de una vez por todas y exigir responsabilidades políticas de todo tipo. Sentí una emoción especial al ver el 23 de noviembre de 2024, a los manifestantes de la Marea de Residencias en Madrid, un grupo de personas, familiares fundamentalmente de personas mayores fallecidas durante la primera ola de la pandemia, manifestándose de nuevo para que no se olvide el olvido de los ocurrido durante la citada pandemia. Y así, una y otra vez, sin descanso alguno.

Como muestra de este recuerdo activo, está el documental «7291″, un documental dirigido por Juanjo Castro que habla sobre los fallecidos en las residencias de ancianos de la región durante la pandemia. Ha sobrevivido en su lucha para que entrara en los circuitos de distribución cinematográfica en las salas del país, tarea que no ha sido fácil, a pesar de que es una muestra imprescindible para conocer de forma objetiva lo ocurrido en aquellos días. Afortunadamente, esta noche tenemos la oportunidad de ver este documental en la 2 de RTVE, la televisión pública de nuestro país, a las 23:10 horas, que también se emitirá a través del Canal 24 horas y de la plataforma de streaming RTVE Play, como un deber democrático ante estos hechos tan luctuosos, que siguen sin reconocerse en el ámbito judicial ni por los responsables políticos de la Comunidad de Madrid.

Como informaba el 23 de noviembre de 2024 elDiario.es, «a mediados de octubre, ‘Marea de residencias’ y ‘7291: Verdad y justicia’, presentaron una nueva denuncia conjunta ante la Fiscalía Superior de Justicia de Madrid por la “discriminación sufrida” durante la pandemia. La denuncia fue presentada por 108 familiares de 115 residentes que vivían en 72 residencias distintas de la región y en ella se aportaba “documentación inédita” como “informes internos del Gobierno en los que se reflejaba la situación en la que estaban los geriátricos”, según explicaron las portavoces de las plataformas. Hasta el momento, la justicia ha cerrado todos los procedimientos iniciados al no acreditarse la comisión de delito alguno en relación a los protocolos de derivación de residentes».

Creo, a la luz del informe citado, que no hay que bajar la guardia en relación con este asunto de tanta transcendencia humana, personal, social y, también, de delimitación de responsabilidades políticas, caiga quien caiga, porque estos hechos no deberían quedar impunes. Es más, no deberían prescribir, ante la pasividad social de un país que está viviendo el ocaso de la democracia. Por esta razón de la razón y del corazón, público hoy, de nuevo, esta reflexión, con objeto de que quien la lea contribuya a su difusión máxima, en homenaje a las miles de personas mayores que murieron por la indignidad política de quienes tomaron decisiones que avergüenzan cualquier conciencia en personas dignas. Por extensión, a sus familiares y a los profesionales que les ayudaron, como pudieron, a morir en medio de esta injusticia manifiesta.

Lean el informe, por favor, porque nos permite emitir juicios bien informados, no opiniones. Es lo mínimo que podemos hacer para contribuir al esclarecimiento final y justo de estos hechos. Colabore, por favor, en su difusión, porque en este caso, entre otros muchos, debemos olvidar este olvido. Soy consciente de que si se callan…, las personas que cantan, que componen, que escriben, que sueñan, que son blogueros o blogueras, o personas que ejercen una política digna, los y las artistas, o la ciudadanía anónima, con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano, se calla la vida y… la palabra, que aún nos queda. Tengo muy claro que una vez más y en este caso especialmente, debemos olvidar el olvido.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL,

¡Paz y Libertad!