Andalucía: una realidad positiva (III)

Inicié el año pasado una serie dedicada a resaltar las realidades positivas de Andalucía. Hoy aporto una experiencia que me ha sobrecogido, la jubilación de un profesor de francés en un Instituto de Sevilla, Salvador García Narváez, aparentemente anónimo, pero que ha dado la vuelta al mundo, por el homenaje que le ofrecieron sus alumnos. Ayer lo presencié en un informativo de una cadena de televisión de ámbito nacional.

Como servidor público, tiene ya mi reconocimiento expreso. Son personas necesarias, algunas veces imprescindibles.

Divúlgalo, si puedes, porque es una maravilla contemplar estas realidades en los tiempo que corren. En la Noosfera deben comunicarse de forma viral estas noticias.

Gracias.

Sevilla, 6/II/2014

José Mujica: un discurso político diferente, extraordinario

Esta mañana me han hecho un regalo precioso, envuelto en mensaje digital de afecto, a través de un amigo de mi hijo. Gracias a los dos. Vicente me ha entregado 45 minutos de reflexión profunda sobre qué está pasando en el planeta tierra por una ambición sin precedentes. He escuchado al Presidente de Uruguay, José Mújica, con el respeto que pide para los ciudadanos anónimos que formamos parte de la especie humana. Hoy, de la Noosfera.

No se pierdan, por favor, los diez minutos finales. Sobran los comentarios, porque pueden alterar la quintaesencia de sus palabras, esencialmente necesarias en un tiempo de ausencia de valores éticos y de desafección política.

Sevilla, 19/I/2014

El Génesis de Salgado (II)

Vuelvo a escribir hoy sobre una experiencia fantástica del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, en su descubrimiento paulatino del escenario auténtico del Génesis, que conocí cuando se iniciaba, en 2005. Publiqué una carta en la revista dominical de La Vanguardia, Magazine, El Génesis de Salgado, que la premiaron con una estilográfica Montblanc, y que recuerdo con especial cariño:

“Existe un versículo en el Génesis que ha marcado la existencia humana: el 1, 31. El narrador que recogió la tradición oral de la creación agregó un adverbio hebreo no inocente: muy (meod). Mientras que en el relato de la creación, las sucesivas creaciones eran “solo” buenas, los cielos, la tierra, las aguas, los animales, las semillas, cuando se creó al hombre y a la mujer el texto hebreo recoge literalmente: “y vio Dios que muy bueno”. La lectura del “viaje a las raíces del ser humano”, texto de Sebastião Salgado publicado en el Magazine de 5/VI/2005, me ha recordado este gran matiz, mucho más al fijar el objetivo principal de su proyecto “Génesis”: “volver a conectarnos con cómo era el mundo antes de que la humanidad lo dejase prácticamente irreconocible”. Sebastião Salgado ha iniciado una obra encomiable. Aun así, le pediría que hiciera un esfuerzo a sus 61 años por encontrar y fotografiar algún lugar o momento de la humanidad que siguiera engrandeciendo la lectura del Génesis. Aunque sólo fuera para creer, en el desconcierto actual, que el ser humano es lo mejor que le ha podido ocurrir al mundo en siete días mágicos: algo muy bueno” (1).

Hoy, ocho años después, he conocido que se abre una exposición en Caixaforum de Madrid sobre 245 imágenes de aquella aventura, como resumen excelente de la experiencia, en un reportaje que publica el diario El País, con un título muy similar a aquella carta citada anteriormente: Sebastião Salgado, libro del Génesis, donde el autor intenta explicar el para qué de esta inmensa obra: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

Lo que más me ha impresionado de los comentarios de Salgado es que su único interés era descubrir cómo podía ser el mundo narrado en el Génesis, donde una cosa estaba clara: no era necesario el dinero para descubrir la grandiosidad del ser humano. Así lo escribí también, el año pasado en un post, Dios no tiene dinero, en el que defendía la tesis de que a Dios no le hacía falta dinero para hacer obras maravillosas, como un guiño sobre una frase desafortunada del tristemente célebre Mr. Adelson: “Las Vegas es más o menos como lo haría Dios si tuviera dinero” (2). En algo sí acierta este poderoso caballero: Dios no tiene dinero” […] Sé que Salgado no se pasará por Las Vegas, y que a Adelson no le interesan estos relatos, sino trabajar en lo irreconocible para Dios, pero creo que muchas personas, a través de las religiones y de diversas culturas, saben a ciencia cierta que ese Dios del desafío no tiene dinero, ni lo tuvo, ni lo tendrá, pero que sigue orgulloso de haber creado al hombre y a la mujer, a pesar de la crisis mundial en la que estamos instalados, pendientes, eso sí, del rescate ético para comprender mejor los asuntos mundanos que tanto gustan a Mr. Adelson”.

Han pasado muchos años y algo me queda claro cómo cuando conocí por primera vez aquél texto del Génesis, a través de un adverbio, muy, no inocente por cierto: las personas que ha conocido Salgado saben en su tradición oral que lo mejor que le pudo ocurrir al mundo era la creación del ser humano: “y vio Dios que muy bueno”. Y Sebastião Salgado lo ha fotografiado…, siendo fiel a Darwin.

Sevilla, 17/I/2014

(1) Cobeña Fernández. J.A. (2005). El Génesis de Salgado, post publicado en el blog “El mundo sólo tiene interés hacia adelante”, el 17 de diciembre de 2005.

Gelman y Saramago: trabajadores del compromiso activo

Ayer falleció el poeta argentino Juan Gelman (Premio Cervantes en 2007). He conocido su dolor histórico por la represión de la dictadura argentina, al perder a su hijo y nuera, embarazada, en años para el olvido. No ocurrió así en el caso del poeta, porque durante muchos años buscó al nieto desaparecido, porque siempre creyó que estaba vivo.

Efectivamente, la compañía de personas comprometidas ayudó a Gelman a no cejar en el empeño. Y Saramago fue una de esas personas que ayudó a localizar a su nieto, escribiendo una carta al Presidente de Uruguay, en 1999, pidiéndole su colaboración:

Juan Gelman, el gran poeta argentino, uno de los mayores que el mundo tiene hoy, busca, desde hace años, a su nieto nacido en 1976, en Montevideo, adonde los esbirros de la dictadura militar, en una operación más del Plan Cóndor, transportaron a la madre embarazada. El padre de ese niño o de esa niña apareció muerto en Argentina, asesinado, con un tiro en la nuca. De la madre nada se sabe, su rastro se pierde en un centro clandestino de detención de Montevideo, capital del país del doctor Julio María Sanguinetti. Si está vivo, el nieto de Juan Gelman tiene hoy 23 años. ¿Dónde se encuentra? El presidente de la República Oriental de Uruguay no se llama Juan Gelman, pero podría, para su infelicidad, siendo, como también es, simplemente Julio María Sanguinetti estar ahora en la situación del poeta, es decir, buscando con desesperación a su propio nieto. ¿Qué haría? Si Juan Gelman, admitamos ahora esta suposición, fuese el presidente de Uruguay, ciertamente el doctor Sanguinetti llamaría a su puerta y le diría: «Ayúdeme a encontrar a mi nieto». Y Juan Gelman, de eso tengo certeza, pondría toda su autoridad al servicio de esa justicia.

Gelman ha muerto con un deber cumplido, porque finalmente conoció a su nieta que hoy lleva un nuevo nombre y los apellidos de sus padres, de su abuelo: María Macarena Gelman García. Y ha entregado a la humanidad una obra extraordinaria con la clave aprendida de su madre a través de la parábola del ciempiés, haciendo sólo camino al andar:

«una araña que preguntó sorprendida a un ciempiés cómo podía moverse un bicho con 92 patas más que ella; si primero movía 50 y luego las otras 50, si las movía de diez en diez, de cuatro en cuatro o de una en una. Una cuestión que dejó al ciempiés tan confundido en su reflexión que nunca más volvió a caminar”.

Es lo que hizo siempre, obligado por los dolores propios y ajenos:

Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

Sevilla, 15/I/2014

Serrat y la montonera

El pasado 31 de diciembre publiqué un post dedicado a Serrat, como felicitación expresa de fondo y forma al haber cumplido 70 años, agradeciéndole el hecho irrefutable de haber formado parte de la banda sonora de mi vida.

Hoy, he leído con emoción manifiesta la historia detallada de la canción «La montonera», escrita con la razón del corazón de Diego A. Manrique, en el diario El País, que es importante releer con detalle para comprender bien la decisión de Serrat de que esta canción no se convirtiera en mercancía, aunque el autor la ha insertado en su post, La canción que Serrat prohibió, como nuevo homenaje a un cantautor tan necesario para la democracia.

Merece la pena leer la intrahistoria de la canción. Sobre todo para no actuar como necios, confundiendo una vez más valor y precio. Todo un ejemplo.

Sevilla, 11/I/2013

Serrat: gracias, setenta veces

Juan Manuel Serrat cumplió setenta años el pasado 27 de diciembre y quiero dedicarle hoy una felicitación especial. Hay razones personales de todos y otras de secreto para agradecerle todo lo que he recibido de él durante más de cincuenta años. Todavía recuerdo la compañía sonora que me ha ofrecido a través de su forma de entender la vida y la obra de Antonio Machado y Miguel Hernández, en momentos en los que una de las dos Españas nos helaba el corazón.

Ayer leí un artículo extraordinario, pero inquietante en el buen sentido de la inquietud, de Diego A. Manrique, en el diario El Pais, Serrat y su “Montonera”, sobre una canción desconocida para muchas personas porque no autorizó convertirla en mercancía. En ella se hace una referencia expresa a su compromiso activo con la izquierda revolucionaria argentina, convirtiéndose en un ejemplo digno de admiración, pero inquietante cuando hay que volver la vista atrás. La letra de “La montonera” es un compendio de dudas sobre la base de que no es fácil crear iconos revolucionarios (Perón…), a pesar de la ejemplar vida de aquella militante de base argentina: “Cayéndose y volviéndose a levantar, la montonera / que buen vasallo sería / si buen señor tuviera”.

Esta lectura me ha recordado momentos difíciles en mi vida, cuando en 1968 tomé la decisión de comprometerme con el llamado tercer mundo, iniciando un viaje a Italia para quedarme allí unos meses y formarme en un proyecto de entrega personal a los más desheredados. Serrat ya me acompañaba con su canción Ahora que tengo veinte años por esos mares de Dios que tan bien cantó desde 1969 recordando a Machado:

Ahora que tengo veinte años, ahora que aún tengo fuerzas, que no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Ahora que me siento capaz de cantar si otro canta. Hoy que aún tengo voz y aún puedo creer en Dios… Quiero cantar a las piedras, a la tierra, al agua, al trigo y al camino, que voy pisando. A la noche, al cielo, a este mar tan nuestro, y al viento que por la mañana viene a besarme el rostro.

Aquella experiencia italiana no acabó bien, porque la forma de entender la evangelización la Iglesia católica, apostólica y, sobre todo, romana, no era compatible con lo que pensábamos el grupo de españoles que habíamos viajado hasta un pueblo cerca del lago de Garda con un solo objetivo: llevar la ansiada libertad a los más débiles de la tierra. Preparamos un manifiesto de queja y nos expulsaron por revolucionarios, poniéndonos a los cinco en la calle, ligeros de equipaje, con billetes de autobús, tren y barco para volver a España por el querido Mediterráneo de Serrat.

No lo he olvidado nunca. Aprendí mucho de aquella experiencia con 21 años recién cumplidos y siempre me vi reflejado, a lo largo de años posteriores, en una hermosa canción de las colecciones citadas: Para la libertad…, en un disco memorable publicado en 1972, con poemas de Miguel Hernández y que todavía me acompaña en cada viaje interior que inicio:

Para la libertad sangro, lucho y pervivo
[…]
Retoñarán aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño
y aún tengo la vida.

Por haber puesto banda sonora a mi vida y cuando cumples setenta años, gracias Serrat por las pequeñas cosas que aprendí a valorar contigo desde los veinte años: “… que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón.”

Sevilla, 31/XII/2013

NOTA: para facilitar la comprensión de fondo y forma de la canción «Ahora que tengo veinte años», adjunto la traducción al castellano:

Ahora que tengo veinte años, ahora que aún tengo fuerzas, que no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Ahora que me siento capaz de cantar si otro canta. Hoy que aún tengo voz y aún puedo creer en Dios… Quiero cantar a las piedras, a la tierra, al agua, al trigo y al camino, que voy pisando. A la noche, al cielo, a este mar tan nuestro, y al viento que por la mañana viene a besarme el rostro. Quiero alzar la voz por una tempestad, por un rayo de sol, o por el ruiseñor que ha de cantar al atardecer. Ahora que tengo veinte años, ahora que aún tengo fuerzas, que no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Ahora que tengo veinte años, ahora que el corazón se me dispara, por un instante de amar, o al ver un niño llorar… Quiero cantar al amor. Al primero. Al último. Al que te hace padecer. Al que vives un día. Quiero llorar con los que se encuentran solos, y sin ningún amor van pasando por el mundo. Quiero alzar la voz, para cantar a los hombres que han nacido de pie, que viven de pie, y que de pie mueren. Quiero y quiero y quiero cantar. Hoy que aún tengo voz. Quién sabe si podré mañana.

Pero hoy sólo tengo veinte años. Hoy aún tengo fuerzas, y no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre…

Soñar en la Navidad

EL SUENO
«Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.»

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Sigo de cerca a Juan José Millás en sus comentarios no inocentes a fotografías especialmente escogidas para cada ocasión a tratar en su página de El País Semanal. Excelente oportunidad para aprender de él. Gracias, maestro Millás. Y yendo de mi timbo al tambo particular, descubrí la foto que antecede a estas líneas en el catálogo de una exposición actual en el Museo Thyssen, en Madrid.

Es una fotografía realizada por Man Ray, en 1937, a la que tituló Sueño, en la que aparecen Consuelo de Saint-Exupéry (esposa-rosa del autor de El principito) y Germaine Huguet. Pertenece a esa colección de imágenes que cada uno lleva en su cerebro de secreto, que no necesitan comentarios especiales, porque siempre se asocian a experiencias personales e intransferibles, aunque observándola con detalle sobrecoge la posición de los párpados de ambas mujeres, los labios entreabiertos de Germaine como queriendo decir algo bello, que sugieren un sueño reparador en un momento preciso en la vida de cada una.

Saco una bella lección. En estos momentos de contexto complejo para todos, sin excepción, hay que mirar esta foto con atención preferente y aprender a cerrar los ojos ante aquello que no nos proporciona bienestar alguno, buscar un rincón de paz en la vida particular de cada uno y soñar de forma consciente, como lo hacen estas mujeres, sin esperar al sueño de la noche, que casi siempre se queda en el olvido.

Y una última reflexión: es conveniente soñar junto a la persona que queremos, porque la felicidad es mayor, al trenzarse el amor como una cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Y estos días de tanta mercancía ofrecida a cualquier postor, podemos probarlo. Es lo que tiene no confundir en Navidad, como todo necio, el valor y precio de cada sueño.

Sevilla, 25/XII/2013

Nochebuena de los felices

PLATERO Y YO

Se aproximan días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Recuerdo siempre el villancico final que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo este post como regalo para todos los días, no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo.

Este título no es mío, pertenece al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez. El próximo año se celebrarán los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

Sevilla, 17/XII/2013

NOTA: Se puede hacer una audio-lectura de este capítulo, accediendo a la siguiente URL: http://albalearning.com/

Mandela, una persona imprescindible

MANDELA

Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles

Bertolt Brecht

El 23 de mayo de 2012 escribí el post que sigue a continuación de esta breve entrada. Llevaba por título «Personas buenas, mejores, muy buenas, imprescindibles». Hoy lo he recordado al conocer la noticia de la muerte de Nelson Mandela, porque su vida resume muy bien el pensamiento y sentimiento de Brecht. Solo me queda agradecerle en silencio activo su vida llena de acciones ejemplarizantes, para que no descansemos en trabajar por la paz, como un epitafio dedicado a honrar su trayectoria vital. Cuando también recordamos el aniversario de la Constitución española, sería conveniente hacer una reflexión de lo que significa dejar a un lado la política de salón, abandonar las cárceles morales de cada uno y salir a llenar las grandes alamedas de una nueva visión de política de altura para forjar contenidos de una nueva Constitución que nos permita alcanzar un consenso real de todas las personas que componemos el mosaico de España, para crear un nuevo suelo firme de Estado libre y educado en la ciudadanía. Mandela supo perdonar y comprendió tanto lo ocurrido que no tuvo nada que perdonar después. Este ejemplo nos podría servir hoy de telón de fondo para reflexionar sobre una nueva Constitución en este maravilloso país.

«Sin comentarios especiales. Solo cambiaría la palabra hombres por personas. En estos momentos de desconcierto existencial necesitamos las personas que luchan, cada una donde es, está, trabaja y vive. Y debemos admirar y cuidar, sobre todo, a las imprescindibles…»

Sevilla, 6/XII/2013

NOTA: La fotografía la he recuperado de la siguiente dirección electrónica: http://lafrasedeldia.com.es/tag/frases-con-foto-nelson-mandela/.

Fernando Argenta: un clásico muy popular

FERNANDO ARGENTA
Vídeo Para todos La 2 – Fernando Argenta

Noticia en El País

Ayer sentí la muerte de Fernando Argenta como la de su padre, el gran Ataúlfo Argenta, cuando aquella mañana de 22 de Enero de 1958 leí la noticia en la portada de ABC, una muerte que cogió por sorpresa al discreto encanto de la burguesía de Madrid, porque no le querían dados sus antecedentes «rojos» y donde yo crecía amando la música y la soledad sonora de mis diez años. He admirado siempre a Fernando Argenta, por el trabajo encomiable que ha desarrollado a lo largo de su vida y de la forma tan didáctica que lo presentó en sociedad, para que este país saliera de su catetez extrema y comenzara a conocer y sentir la música clásica a través de programas memorables en radio y televisión, Clásicos populares y El conciertazo, aunque él amaba sobre todo su radio, la nacional de España, llegando a afirmar con cierta sorna que «A los que trabajamos en radio no nos deberían poner cara jamás».

He aprendido mucho con Fernando en mi vida nómada, escuchándolo siempre con enorme respeto en la radio del coche, en viajes siempre hacia alguna parte. El mismo que él tenía hacia su padre cuando nos presentaba el Concertino para guitarra y orquesta en La menor, de Salvador Bacarisse (sobre todo su Romanza), nada apreciado por el Régimen franquista por su deriva republicana y que dirigió en un concierto memorable en París el día de su estreno, del que guardo un recuerdo entrañable en mi memoria de hipocampo, de secreto.

Tiempo de vivir y tiempo de morir. Tiempo de agradecer, sobre todo, por tu forma alegre de vivir la vida con una música muy especial, por la forma de contar los despistes existenciales de tu padre, el gran Argenta. Como te escuché en cierta ocasión, Fernando, sobre un posible epitafio al final de tu vida: «No tengo el ingenio de Groucho Marx, pero sería algo así como ‘Vaya un despiste que tuve cuando morí’.

Sevilla, 4/XII/2013