Paciencia y cerebro

Éxtasis de Santa Teresa, Lorenzo Bernini (1647-52), en Santa Maria della Vittoria, Roma

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. ¡Sólo Dios basta!

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Nada te turbe

En los tiempos que corren, donde la “crisis” hace mella por donde pasa, arrasando Estados, conciencias y personas, me ha preocupado saber por qué se recurre tanto a la paciencia, actitud de la que se habla mucho y se sabe poco, sin tener que recurrir a la tradición religiosa de su identificación con la virtud ensalzada por Santa Teresa en un soneto que ha hecho historia: nada te turbe (…), la paciencia todo lo alcanza. Y porque estoy convencido de que la paciencia, como otras tantas experiencias vitales, se construye en el cerebro.

Siempre me gusta recurrir al Diccionario de Autoridades porque es la primera vez que en España las palabras y los constructos se fijan, brillan y dan esplendor a las situaciones vitales traducidas al lenguaje común en suelo hispano. Y, sorprendentemente, me encuentro en pleno siglo XVIII con una definición que no tiene desperdicio: la paciencia es la virtud que enseña a sufrir y tolerar los infortunios y trabajos, en las ocasiones que irritan y conmueven, para pasar inmediatamente el testigo a su origen divino: es uno de los frutos del Espíritu Santo, no localizándose la misma, es decir, la virtud, en el cerebro, por ningún sitio humano. Ya está, no hay que preocuparse de nada más, porque es una virtud que quien la alcanza demuestra noble y superior fortaleza. Además, en unas breves líneas, con la recámara teresiana, se sitúa el lugar de origen de esta manifestación de conducta humana: la paciencia todo lo alcanza, porque Dios no se muda, porque quien confía en él nada le falta. Solo Dios basta. Y para cerrar el círculo histórico, ahí tenemos el Libro, la Biblia, el “santo” Job, del que por cierto descubrí hace muchos años que tenía de todo menos paciencia, cuando contaba sus penas, que no alegrías: los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad arrastra; como una nube ha pasado mi salud. Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción (Job, 30, 15s), hasta el punto de que el joven Elihú le reprende y lo lleva de la mano para ser paciente (Job, 32-37), para que busque, curiosamente, la sede de la Inteligencia [sic]: huir del mal, claro objeto del deseo impaciente de Job, porque lo que declaraba como sede de la inteligencia: huir del mal, reaccionar ante cualquier tipo de agresión, resolver problemas, era un elemento diferenciador esencial de la búsqueda desesperada de la sede de la sabiduría: temer a Dios.

Con el respeto que debo siempre a la historia, fundamentalmente para aprender de sus errores y horrores que se han cometido, me he planteado si es posible averiguar dónde se aloja la paciencia en el cerebro y como se configuran las manifestaciones humanas de una realidad existencial que, al menos, la gran mayoría de las personas, conocemos como virtud. Gran empresa, sin ánimo de escribir las bases de un libro de autoayuda, que no me gusta nada.

¿Cómo nace la paciencia? Sin lugar a dudas porque el cerebro actual ha vencido al cerebro reptiliano, es decir, la corteza cerebral que configura hoy la realidad existencial de cada persona permite controlar los impulsos más primitivos de los seres humanos, de nuestros antepasados, que solucionaban cualquier beligerancia y adversidad (infortunios y trabajos) con agresividad total. Hay una realidad histórica: se han necesitado millones de años para “preparar” la configuración del cerebro que posibilite “tener paciencia” y “aprender” a convivir con ella si tener que llamarla necesariamente “virtud”, porque es una posibilidad que ofrece históricamente la estructura global del cerebro humano.

¿Dónde reside la paciencia? En todas las estructuras del cerebro que interactúan para dar órdenes pacientes e impacientes a través de la corteza cerebral, reflejadas en la conducta implícita ó explícita de cada persona, aprendida o genéticamente fundada, con un control férreo del sistema límbico donde se alojan las centralitas de los sentimientos y emociones, sabiendo también que los ojos están grabando permanentemente miles de ocasiones para provocar la paciencia e impaciencia, en un debate ético que hacen trabajar a destajo a las neuronas en lo que saben hacer: alimentar acciones humanas pacientes e impacientes en milisegundos. Sabiendo, que no descansan nunca a pesar de que dormimos y soñamos desesperadamente. Científicamente se sabe que las neuronas no se permiten nunca la licencia para descansar. A no ser que las obliguemos farmacológicamente a cambiar su rumbo desestructurado cuando, a veces, la impaciencia no nos deja vivir como personas y nos provoca algún trastorno mental que nos inhibe la posibilidad de ser y estar en el mundo dignamente.

Y yendo de mis asuntos a mi corazón, repaso, por último, el Diccionario de la Legua Española (22ª edición), encontrándome con definiciones de paciencia (del latín patientia) de amplio calado cultural: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas, facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho, lentitud para hacer algo, resalte inferior del asiento de una silla de coro, de modo que, levantado aquel, pueda servir de apoyo a quien está de pie, bollo redondo y muy pequeño hecho con harina, huevo, almendra y azúcar y cocido en el horno, y tolerancia o consentimiento en mengua del honor. De todas ellas, me quedo con una: saber esperar, aunque sea con ardiente paciencia (Neruda). Creo que la propia necesidad cerebral de autoformarse a lo largo de la vida, con más de cien mil millones de posibilidades (neuronas) de hacer cosas y sentir nuevas vibraciones de sentimientos y emociones, acotadas en el tiempo vital de cada persona, son un reflejo de que las estructuras del cerebro necesitan a veces esperar, con más o menos paciencia aprendida o inducida genéticamente, para que nos mostremos tal y como somos, para que alcancemos nuestros proyectos más queridos y deseados, porque oportunidades tenemos de forma personal e intransferible a través de una estructura que dignifica por sí mismo a cada ser humano: la corteza cerebral que venció al cerebro original de los reptiles, otorgándonos genéticamente la posibilidad de ser inteligentes.

Aprendamos por tanto de ella, de su forma de ser en cada una, en cada uno. Por aquello de las posibilidades que se abren a través de las cadaunadas, de la ética del cerebro. Sin alterarnos, porque la vida a veces nos turba, nos espanta, porque estas situaciones pasan, porque Dios se muda en la conciencia de muchas personas, porque la paciencia casi nada alcanza. Porque muchas personas no tienen a Dios, no tienen nada, todo les falta ¡Y sólo Dios no basta!

Sevilla, 31/I/2009

Jon Favreau ó la persistencia de la memoria

Salvador Dalí (1931), La persistencia de la memoria

He sabido recientemente que el presidente electo, Barack Obama, ha designado a un joven de 27 años, Jon Favreau, para que redacte el discurso de investidura del próximo martes, 20 de enero de 2009, que algunos consideran eufemísticamente como el día que comenzará realmente el siglo XXI. Todo apunta a que el discurso va a ser muy respetuoso con la persistencia de la memoria, simbolizada de forma surrealista por Salvador Dalí en una pintura del mismo título y que, curiosamente, es propiedad americana, en concreto, del MoMA en Nueva York.

Sé lo que significa escribir para los demás, para lo demás. Lo he hecho muchas veces y considero que una oportunidad como ésta debe ser una ocasión única, irrepetible, en la que se puede diseñar una forma de concebir el mundo, la ideología subyacente de una potencia que se empeña desde hace muchos años en dirigir el mundo en todas las manifestaciones posibles, psíquica, física y socialmente hablando. Por eso, me parece una tarea subyugante y por si fuera del interés de Jon Favreau, me gustaría hacerle llegar las siguientes sugerencias, siendo respetuoso con el más que probable hilo conductor del borrador mágico para Obama, es decir, el Discurso de Gettysburg, que tanto admira. La abolición de cualquier esclavitud, que está mucho más cerca de cada persona, de nosotros mismos en España, aunque nos parezca paradójico.

En primer lugar, sería importante que el discurso sirviera para diseñar primero su propio mundo, su gran incógnita, su neoespíritu americano, que tanto gusta realzar en Massachusetts, donde reside el auténtico espíritu de América, dibujado de mil maneras en las matrículas de los vehículos de este Estado, antes que empeñarse en seguir diseñando y salvando el mundo de los demás.

Después, aún admitiendo que siguen figurando como la primera economía mundial, deberían mirar hacia adentro y descubrir qué ha significado el neoliberalismo a ultranza que ha vuelto a sentenciar la riqueza a favor de unos pocos en detrimento de unos muchos. Deberían bajar de los altos pisos que tocan el cielo americano, que controlan Wall Street, tocar suelo, para considerar que las deslocalizaciones de multinacionales, por ejemplo, están hundiendo muchas economías mundiales que son de este planeta, por cierto. Y que China e India están pisándoles ya los talones.

Un tercer elemento del discurso podría contemplar la petición de perdón al mundo por los gravísimos errores cometidos en terrenos tan sensibles como antiterrorismo, protección de derechos humanos y alianzas irresponsables de régimen temporal en relación con secretos de determinados Estados.

También sería importante que hablara de sus propios pobres, hasta decenas de millones que no tienen acceso a prestaciones sociales de ningún tipo. Es muy difícil entender cómo se puede repartir riqueza al mundo cuando en su propia sede federal la pobreza es una realidad incuestionable.

Unas líneas podrían tratar del cambio climático con objeto de cambiar la posición tan beligerante que han manifestado siempre en el ámbito de la declaración de Kioto.

Por último, debería hablar del diálogo Norte-Sur, Oriente-Occidente, de las religiones que marcan tendencias en el mundo, de la auténtica razón de ser de Dios, Buda y Mahoma. Mientras que no interese al mundo americano saber por qué se comporta así el mundo musulmán será muy difícil salir de Irak, Afganistán, Sudán ó Palestina. No son razones de Estado, son razones de Religión, por más que nos sorprenda y no lo lleguemos a entender así.

Jon Favreau solo tiene posibilidades de engarzar palabras para un discurso de quince o veinte minutos, pero con la responsabilidad de que persistan y queden en la memoria de casi siete mil millones de memorias humanas que mirarán el martes hacia el Capitolio confiando que otro mundo es posible. Ni más, ni menos. Sobre todo para que se marque un tiempo nuevo y, a diferencia de los relojes de Dalí, no sea un discurso blando y surrealista que al final acabe adaptándose a las realidades divinas y humanas del mensaje americano que, hoy por hoy, no compartimos, ni deseamos. Es más, detestamos.

Me gustaría finalizar este “asesoramiento virtual” con una recomendación a Jon: el discurso debe estar plagado de palabras positivas. Entre otras muchas, paz, paz y paz. Interior y exterior. Y responsabilidad, responsabilidad y responsabilidad, entendida como la capacidad de dar respuesta a lo que ocurre mediante la sinergia del conocimiento y de la libertad. Inteligencia, en estado puro. Hace falta tranquilizar a las personas, no a las conciencias, y contener la agresividad latente y manifiesta, porque el diseño actual del mundo, a la americana, no convence a casi nadie. Creo que ni al propio Jon.

Sevilla, 18/I/2009

Puentes para la franja de Gaza

BARENBOIM-SAID

Desde que comenzó la invasión de la franja de Gaza estoy intranquilo por coherencia con la perspectiva ética digital que propugno, en el sentido de que la Noosfera, de la que formo parte activa mediante este cuaderno, no debe quedarse tranquila en este caso con la mera visualización de imágenes dantescas, en aquel escenario, transmitidas de forma puntual por las agencias de información. Y he recordado la simbología del puente, desde sus orígenes arquitectónicos, como forma de establecer elementos de comprensión y diálogo entre las partes implicadas, las latentes y manifiestas, para que este duro proceso atisbe su fin inmediato.

Desde nuestras posiciones a distancia el conflicto no pasa a veces de ser una mera noticia, luctuosa por supuesto, pero como algo lejano sobre lo que como ciudadanos nuestra implicación parece algo imposible. Pero no es así. Todo es desproporcionado, simbolizado en la lucha permanente entre David y Goliath. Y el mundo calla. Callamos casi todas, casi todos.

Lo verdaderamente curioso es que tenemos ejemplos extraordinarios de activismo pro-diálogo de Palestina e Israel, tales como el esfuerzo del director Barenboim, a través de la Fundación Barenboim-Said, para aunar esfuerzos en diseñar puentes entre jóvenes músicos judíos y palestinos, con la orquesta “West-Eastern Diván”. Los esfuerzos diplomáticos, múltiples, que desde hace años se llevan a cabo para desterrar el principio bíblico acerca de que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz. La perspectiva de bloqueo y descalificación mundial en relación con cualquier atisbo terrorista, lleve la marca que lleve. Pero, de nuevo vuelve la guerra abierta, con resultados de muerte física, psicológica y social, de un millón y medio de personas que malviven en la franja de Gaza.

Por eso he pensado en los puentes, con una idea que aprendí un día de un ingeniero romano excelente, Cayo Julio Lácer, el autor material del puente de Alcántara, en Cáceres, al expresar de forma rotunda que “la grandeza misma del arte es superada por la grandeza de la obra (ars ubi materia vincitur ipsa sua). Sería una gran lección en estos días, que el mundo cercano y lejano al Oriente en guerra demostrara que la grandeza misma del diálogo, que también es arte, es superada por la grandeza del diálogo sincero y comprometido con la justicia y el derecho internacional en el escenario palestino-israelí. Por esa gran obra.

Puentes, puentes, puentes. Sería una buena forma de completar una nueva inscripción mundial para los derechos humanos compartidos que recogiera también las palabras que seguían al primer aserto comentado: “El ilustre Lácer, con divino arte, hizo el puente para que durase por los siglos en la perpetuidad del mundo”. O lo que sería lo mismo: los ilustres mandatarios israelíes y palestinos, una vez demostrado que el diálogo supera el arte de hablar y callar, construyen la paz entre los dos pueblos para que dure por los siglos en la perpetuidad de su pequeño mundo.

Sevilla, 10/I/2009

Cadaunadas

Miguel de Unamuno. Óleo de José Gutiérrez Solana (1936). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid.

¿Que cómo se hace eso? [escribir bien el español]. A la buena de Dios, cada cual como mejor se las componga, salga lo que saliere, cada uno con su cadaunada, y luego… ello dirá. Ello, ello es lo que ha de decir; hay que remachar en esto: ello dirá, y no nosotros, ni vosotros, ni los de más allá; ello y sólo ello dirá (Unamuno, Ensayos, edición de la Residencia de Estudiantes, III, p. 108).

Esta enigmática frase de Miguel de Unamuno, cada uno con su cadaunada, ha sido para mí, siempre, un hilo conductor en la vida, porque con una sola palabra, cadaunada, se expresa a la perfección la individualidad, la realidad personal e intransferible de cada cerebro humano en acción. Y en el esquema de las individualidades hay una que tiene carácter primigenio, la cerebral, tal como ha afirmado el doctor John Mazziotta, un experto en imágenes del cerebro humano de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), cuyo trabajo en el Instituto de Neuropsiquiatría le ha permitido desarrollar su investigación del cerebro de forma multidisciplinar y multimodal, utilizando mapas multidimensionales del cerebro humano y no humano que describen su estructura y función: “Ningún cerebro es igual. Ni en su forma, ni en su tamaño, ni en la forma como está organizado; (…) este es un proyecto [la elaboración de un Atlas cerebral] de la frustración básicamente. Por muchos años, todos lo que estudiamos la estructura y funciones del cerebro hemos tenido que lidiar con el hecho de que no hay dos cerebros iguales ni en forma o tamaño, como tampoco en función, pero cuán diferentes son y cómo debemos compararlos eran dos cosas que no se sabía» (1).

Cada vez que se inicia una nueva etapa, por pequeña que sea, un nuevo Curso, una experiencia o ¿por qué no?, un año nuevo, se abren también posibilidades inconmensurables -por analogía temporal de sugestión- para cada cerebro humano, para desarrollar las cadaunadas. Sabiendo de antemano que la corteza cerebral abrirá, en cada segundo vital propio, nuevas y sorprendentes oportunidades a la central logística de los sentimientos y emociones, el sistema límbico, para expresarse como estructura reguladora del funcionamiento personal e intransferible de cada inteligencia humana. Lo que permitirá hacer patente la denominación de origen de cada uno, de cada una, de las cadaunadas, para reducirlo a una excelente y única palabra. Aunque todo comience en enero de 2009, hoy comienza todo…, al descubrir cada persona su cerebro, su inteligencia, como el mejor regalo para uno mismo y para la relación con los demás.

Ya lo decía Unamuno: ello dirá, y no nosotros, ni vosotros, ni los de más allá; ello y sólo ello dirá.

Sevilla, 2/I/2009

(1) Cobeña, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital), 71-73.

¡Siente la realidad (o un pobre) en su mesa!


Fotograma de Plácido (1961, Luis García Berlanga), recuperado de http://www.kane3.es/radio/la-radio-en-navidad.php, el 30 de diciembre de 2008.

El 30 de marzo de 2008 escribí un post (Plácido…, Azcona), en homenaje a Rafael Azcona, guionista al que he seguido de cerca por su buen saber y hacer cinematográfico, interpretando la vida real, sin muchas concesiones y que falleció el 23 de marzo de 2008. A punto de finalizar el año, vuelvo a recordar siempre la película que marcó mi infancia en tierras de Castilla, Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original), porque me ayuda a comprender mejor los fastos navideños que nunca me supieron levantar, al igual que la música militar que cantaba Paco Ibáñez.

En aquella película “el guión no tenía desperdicio y Azcona lo sabía. Con motivo de la promoción de las ollas Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma».

Y en aquella ocasión, aprovechando la dolorosa ausencia de un maestro del cine de autor, comprometido con la vida y la muerte, con la auténtica Navidad de cualquier año, reflexionaba que “hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Rafael Azcona, desde donde quiera que esté, puede volver a escribir un guión utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!”.

Ahora, paso la página de mi al-manaque [el clima, en árabe) particular, a pocas horas de finalizar el que llamaban ¡feliz 2008!, hace solo 365 días, para constatar que las imágenes de Gaza, con la muerte y desolación por doquier, la recesión crítica ó el contador incesante de muertes de mujeres por violencia de género, en nuestro educado país para la ciudadanía, solo arrancan, a veces, frases parecidas a las que pronunciaba el matrimonio que en Plácido le había tocado un pobre, además enfermo, “con la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: «Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!»”. Puede que se deba al cambio climático, de cada al-manaque [sic] particular, al llegar el 31 de diciembre, en todos los sentidos.

Sevilla, 30/XII/2008

El Niño Jesús proletario

Dedicado especialmente a las personas que, como me pasa a mí cuando llega la Navidad, nos miramos a nosotros mismos y a nuestro alrededor, y nos preguntamos muchas cosas. Nada más.


Escenarios en Palestina, durante la preparación del rodaje de El evangelio según Mateo (Pier Paolo Pasolini, Il vangelo secondo Matteo, 1964)

Cuando finalizaba el verano, leí unas páginas excelentes de “pequeñas memorias”, escritas por José Saramago (1), que me sirvieron para pensar y soñar en una Navidad verdadera. Ahora, en estos días cercanos a la Navidad real de 2008, las he recordado de nuevo y las incorporo a este cuaderno para que tengan un lugar preferente durante estos días, dedicadas a cuantas personas me acompañan en esta singladura digital:

“En ese tiempo, los Reyes Magos todavía no existían (o soy yo quien no se acuerda de ellos), ni existía la costumbre de montar belenes con la vaca, el buey y el resto de la compañía. Por lo menos en nuestra casa. Se dejaba por la noche el zapato (“el zapatinho”) en la chimenea, al lado de los hornillos de petróleo, y a la mañana siguiente se iba a ver lo que el Niño Jesús habría dejado. Sí, en aquel tiempo era el Niño Jesús quien bajaba por la chimenea, no se quedaba acostado en la paja, con el ombligo al aire, a la espera de que los pastores le llevasen leche y queso, porque de esto, sí, iba a necesitar para vivir, no del-oro-incienso-y-mirra de los magos, que, como se sabe, solo le trajeron amargores para la boca. El Niño Jesús de aquella época era un niño Jesús que trabajaba, que se esforzaba por ser útil a la sociedad, en fin, un proletario como tantos otros”.

El Niño Jesús proletario, el Niño Jesús de Saramago, es una imagen muy próxima a la realidad de la memoria histórica del acontecimiento que ahora, paradójicamente, justifica fiestas por doquier. Hace veinticuatro años, escribí un artículo para un periódico, que titulé “Ciudadano Jesús”, recopilado posteriormente en mi libro “Teatro de barrio”, en el que analizaba las grandes contradicciones de estas fechas y del que entresaco algunas reflexiones que siguen teniendo actualidad absoluta: “todo este montaje «dorado» se debe a que unos cronistas del siglo quinto antes de Cristo, comenzaron a tomar apuntes de un hecho sociológico interesante en sí mismo: el empadronamiento y, en un momento dado de la historia, el ordenado por el emperador romano César Augusto. José y María de Nazareth, ciudadanos responsables, buenos demócratas en su sentido primigenio, acuden a empadronarse a Belén, en hebreo «casa del pan», y allí, fuera del drama que siempre nos han pintado del rechazo a la familia «sagrada», al no encontrar sitio en la posada porque estaba hasta los topes, debido al empadronamiento masivo, se le cumplen los días a María, «estaba cumplida», y nace Jesús, niño-ciudadano, en el acto de empadronamiento de sus padres. María estaba loca de contenta por las cosas «maravillosas» que los pastores decían del «niño». Había también por allí una profetisa anciana de nombre Ana, que conocía muy bien a la gente del Templo, y hablaba a todo el mundo de las cosas del niño. Y Jesús comenzó su vida normal, creciendo en todos los sentidos. El cronista de la época ha sido muy escueto en sus manifestaciones, pero constituyen en sí mismas un dato muy importante para la humanidad: es necesaria la revolución en las épocas de estancamiento social, de aburguesamiento en todos los sentidos”.

Y finalizaba el artículo con unas palabras que sigo suscribiendo de forma íntegra y que después de tantos años podrían ser anunciadas a los cuatro vientos como avisos para navegantes digitales pre-ocupados [sic, con guion] con un Niño Jesús proletario que no está en los cielos…: “Esta Navidad podía ser algo diferente. No sería bueno entrar en maniqueísmos desfasados, pero sí sería conveniente no malinterpretar el contenido revolucionario del mensaje del ciudadano Jesús. Con normalidad, con alegría, con coherencia, pero sabiendo de antemano que trabajar en su ideología y actitud de creencia lleva indefectiblemente a encontrarse de lleno con la actitud oceánica de la sociedad actual, donde el oleaje de consumo, violencia y desprecio humano suele ser el acicate para todo aquel que prescinde de la realidad del compañero. Porque nuestro sistema democrático vigente debe mucho al ciudadano Jesús, sobre todo a su actitud ante la necesidad de cambiar una sociedad tranquilizada con el bienestar codificado por las multinacionales de la alegría navideña”.

Vuelvo a abrir el libro de las pequeñas memorias de Saramago por las páginas 107 y 108, buscando el final de esta microhistoria navideña del Nobel portugués. Y no me sorprende su reflexión de cierre y recuerdo de aquellos días: la ansiada presencia de los ángeles, una recreación de sus mayores, a los que nunca divisó en su cocina real, aunque los adultos que le rodeaban en aquella Nochebuena se empeñaban en demostrar que “lo sobrenatural, además de existir de verdad, lo teníamos dentro de casa”. Y Saramago niño, incluso ya mayor, aún dejándose llevar por el niño que siempre fue, nunca los vio, “ni uno como muestra”, porque el Niño Jesús que llevaba dentro estaba en otras cosas más mundanas, yendo del corazón a sus asuntos proletarios…. Los que un día, no muy lejano, atendería como compromisos sociales el Niño-Ciudadano Jesús.

Sevilla, 21/XII/2008

(1) Saramago, J. (2008). Las pequeñas memorias. Madrid: Punto de Lectura, p. 107.

Cuando el cerebro prefiere callar


Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio
Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Hacía referencia Antonio Muñoz Molina a Cervantes, en un artículo extraordinario en el suplemento Babelia de 13 de diciembre de 2008 (1), con la siguiente frase controvertida: “En el Quijote, Cervantes atribuye a su cronista embustero y apócrifo Cide Hamete Benengeli una aspiración que siempre me ha parecido enigmática:… y pide que se le alabe no por lo que dijo, sino por lo que dejó de decir”. El cerebro nos permite actuar con estas autorestricciones a la activación de la memoria, obedeciendo a órdenes de la corteza cerebral a diversas estructuras cerebrales que intervienen en el proceso de la memoria para que no recuperemos, en determinados momentos, aquello que no interesa, no es conveniente recordar o simplemente, aunque se recuerde a la perfección, no se debe verbalizar.

Personalmente estoy preocupado con el mundo que me rodea lleno de ruidos y de palabras por doquier. Hoy, no es socialmente correcto hablar del silencio y los cerebros se preparan, en la medida de sus posibilidades, a convivir permanentemente con el ruido de alrededor, cualquiera que sea, porque no gusta la soledad. Además, siempre que se está con los demás se considera no prudente estar callados. Se imponen nuestros criterios, nuestra forma de pensar, nuestros gustos, sin escuchar. Caiga quien caiga. Además, supe en 2006 de una afirmación del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos, que recogí en un post que llevaba por título “Los ultrasociales”, del que entresaco los siguientes párrafos por su aportación contradictoria con la conducta común humana: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, también había manifestado en la misma conferencia pronunciada en Barcelona, el 14 de marzo, que cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: “Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida”. […] Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo”.

Pero, si sabemos por qué hablan las personas, ¿podemos saber también por qué callan? Sobre la primera cuestión ya comenté ampliamente la respuesta adecuada en un post específico, ¿Por qué hablan las personas? y que recomiendo su atenta lectura para aproximarse al análisis que se plantea en el mismo. Sobre el silencio humano, hay mucho que investigar, porque aunque utilicemos un lenguaje cinematográfico, el ser humano ha nacido para hablar, es decir, el cerebro está pre-programado para hablar y que comentaba también en el post anteriormente citado: “Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika, al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló”.

Si estamos pre-programados para hablar, tendremos que acatar que callar es un arte y una defensa neuronal, perfectamente organizada en el cerebro, mediante la complementariedad sinfónica de diversas estructuras cerebrales, porque la realidad terca es que tenemos que hacer esfuerzos para callar porque no estamos pre-programados para ello. Hablamos porque recordamos: palabras, gestos, acontecimientos vitales, entre otras razones de vida. Callamos, porque inhibimos determinadas palabras, gestos, acontecimientos vitales y todos los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida sobre estas estructuras conductuales y éticas. Y los silencios se acaban proyectando también a través de los estereotipos definidos en determinadas enfermedades mentales. Y es curioso: lo que sabemos hoy a ciencia cierta es que nuestros antepasados homínidos no estaban preparados para hablar, aunque la niña de Dikika, jugando con el hueso hioides, grite hoy a los cuatro vientos que hablar es cosa de personas…, como ella, después de haber callado durante millones de años.

Vuelvo hoy a recoger en mi mesilla de noche cerebral, un libro muy querido para mi persona de secreto: El arte de callar (2). Fui directamente a la página 53 y leí el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral del silencio.

Sevilla, 20/XII/2008

(1) Muñoz Molina, A. (2008, 13 de diciembre). Jugadores de cartas, El País (Babelia), pág. 13.
(2) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

Cumpleaños en alta mar digital

Mañana celebro el tercer aniversario de mi primera salida a la búsqueda de islas desconocidas, mediante este cuaderno de derrota [sic], guardado celosamente en mi bitácora personal. Y deseo celebrarlo con todas y cada una de las personas que me han acompañado de mil formas en este apasionante viaje, contando con todas, con todos, a la hora de enfrentarme -en cuantas ocasiones he escrito en el blog- ante la famosa pantalla en blanco. Gracias.

Sigo entretejiendo una telaraña digital en torno a la divulgación científica de las estructuras del cerebro humano, de la inteligencia digital, porque estoy convencido que la Noosfera es la gran aventura por descubrir en toda su potencialidad.

Me “coge” este cumpleaños en alta mar, digital por supuesto. He iniciado este año una travesía que durará cuarenta y ocho meses, en un compromiso digital con la Administración de la Junta de Andalucía, en el área de Economía y Hacienda, que me parece fascinante. Cuando voy de mi corazón a mis asuntos y al revés, de vez en cuando y de cuando en vez, me pongo delante del teclado de mi querido ordenador ThinkPad y escribo para no perder el Norte de la vida, porque cuando me enfrento a las claves del “qwerty” disfruto en el encuentro con mi persona de secreto y haciendo partícipe de las investigaciones personales e intransferibles, con sentimiento y emociones, a cuantas personas se enrolan en esta nave (que va…), sabiendo que por paradojas de la vida voy subido también, a veces, en un Trans-Siberiano virtual, porque tengo que tocar puerto, suelo, la realidad de todo aquello que nos rodea tierra adentro, estación a estación, hasta llegar a un nuevo puerto de mar adentro y tomando conciencia de que no es fácil tomar el control de la máquina… Dialéctica en estado puro.

Y sólo me queda la palabra digital en esta “Isla desconocida”, que descubrí un día concreto de diciembre de 1998, mediante la contraprestación curiosa de mil pesetas que costaba el libro “El cuento de la isla desconocida”, destinadas íntegramente (sic, en negrita) a ayudar a los damnificados de Centroamérica a través de la Cruz Roja Internacional. Valor y precio. Sin confundirlos.

El viaje de la “Isla desconocida” que me regaló en el más puro anonimato su autor, José Saramago, no se me olvidará nunca. Gracias, a él. Fueron 43 pequeñas páginas que el 10 de diciembre de 2005, cuando registré este blog, aparecieron como por arte de magia en mi memoria a largo plazo como abriéndose paso, hoja a hoja, para tener un sitio preferente –intercaladas- en este cuaderno de derrota, en términos marinos. Quizá fuera porque siempre he insistido en mi vida que lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba el cuento de Saramago. Su compromiso.

Sevilla, 9/XII/2008

Arqueología subacuática… del cerebro

El agua de mar de mis células reacciona recordándome que soy mar
Jacques Cousteau

El mar contiene memoria. Un eslogan sugerente que simboliza una realidad todavía en fase de investigación, de descubrimiento, en referencia al Museo Nacional de Arqueología Subacuática, inaugurado recientemente en Cartagena, el 26 de noviembre de 2008, en una demostración de respeto a la historia sumergida de una zona maestra para la memoria de la humanidad, el mar, y localizado en nuestra geografía de costa mediterránea. Excelente acontecimiento para cuantos respetamos la dialéctica de la memoria recuperada y nunca olvidada, donde sabemos científicamente que, por ejemplo, la mejor ánfora rescatada en el fondo del mar siempre va a sufrir en sí misma en cualquier proceso de restauración, por mucho cuidado que se preste al desprendimiento del magma adherido a su superficie. Como ocurre con nuestra memoria personal e intransferible, a modo de ánfora rescatada del fondo de nuestro sistema límbico donde se alojan las estructuras responsables del proceso de memorización, al recuperar acontecimientos que se vivieron con anterioridad y que aún con extracción impecable del “archivo cerebral” correspondiente, es probable que sufra su continente y contenido por el paso de la vida afectiva, por los sentimientos y emociones asociados a cualquier acontecimiento traído al momento presente, no casualmente, por el agua del cerebro.

El cerebro contiene memoria y la memoria se “fija” y se “recupera” con la intervención de elementos acuosos, fluidos, que mantienen vivas las neuronas. Esta realidad se hace más permeable todavía cuando sabemos a ciencia cierta que “más del 80% del cerebro es agua marina, una disolución salina, por lo que el estudio de los fluidos resulta prioritario”, en afirmación precisa y documentada de Manuel García Velarde, doctor en Física por la Universidad Complutense de Madrid y por la Universidad Libre de Bruselas. Somos agua, aunque sobre los porcentajes definitivos de su presencia en el cerebro se discutan todavía en pro de la exactitud del mismo.

El agua tiene memoria. Una vez más, recurro al post en el que monográficamente traté el agua cerebral (si se nos permite la expresión), porque en ella reside una parte muy importante de la razón de nuestras vidas: “Existe una realidad irrefutable en el ser humano: su cuerpo está compuesto en un 60 por ciento de agua, el cerebro de un 70 por ciento, la sangre en un 80 por ciento y los pulmones en un 90 por ciento. Si se provocara un descenso de tan sólo un 2% de agua en el cuerpo se comenzaría a perder momentáneamente la memoria y de forma general se descompensaría el mecanismo de relojería corporal. Todo lleva a una reflexión muy importante: el agua nos permite ser inteligentes. Y la disponibilidad del líquido elemento en el planeta que habitamos es la siguiente: hay 1.400 millones de kilómetros cúbicos de agua, de los cuales el 97 por ciento es agua salada. Del 3 por ciento restante de agua dulce, tres cuartas partes corresponden a agua congelada en los Polos o a recursos inaccesibles que, por lo tanto, tampoco se pueden beber. Eso nos deja a los humanos cerca de un uno por ciento del total de agua en la Tierra para usar. Es decir, existe una descompensación en la situación y disponibilidad del uno por ciento mágico que permite desarrollar la inteligencia, todos los días”. Y vuelvo a pensar que al tener memoria el cerebro, es muy interesante saber que esta cita se ha recogido en la Propuesta de reforma de la Constitución Nacional de Colombia para consagrar el derecho al agua potable como fundamental , mediante la convocatoria de un referendo, promovida por Ecofondo.

La arqueología subacuática del cerebro contiene memoria. También he comentado la importancia de los pecios del cerebro, porque existen: Su lectura me sugirió una metáfora acertada en relación con una estructura cerebral ya presentada en este cuaderno, el hipocampo ó caballo encorvado, porque -valga la expresión- en el cerebro también se pueden descubrir pecios. Los de nuestros antepasados, con el ejemplo sublime de Selam, la niña de Dikika, ó mediante la memoria a largo plazo, aquella que siempre está -como pecio durmiente y viviente-, aunque a veces no se manifiesta en un sabio control de la epifanía de la ética ó suelo firme de cada persona: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum (la pared delgada que separa dos tejidos), alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera”. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

Y la metáfora del ánfora que contiene memoria, llevada a la investigación cerebral, se hace patente porque se sabe que el agua tiene memoria. Se trabaja en la actualidad en la investigación del papel que desempeña la vasopresina sobre la memoria, sabiendo que se dan órdenes correctas desde el cerebro para administrar bien el agua en los riñones, así como en la formación de la memoria, siendo una situación científica muy controvertida. Hablando del cerebro reptiliano (arqueología cerebral en la acepción etimológica más primigenia), el más antiguo de los cerebros, sabemos científicamente que carecía de estructuras que pudieran conformar la memoria según se concibe hoy, porque su principal preocupación era y es actuar siempre, con un valor en alza permanente subyacente a su memoria histórica: el miedo. Y si hablamos de miedo, hemos sabido después, con el estudio científico del cerebro básico de los mamíferos que es el principal inhibidor de la memoria. Por eso era muy importante analizar la metáfora del ánfora: sabemos que al elaborar de forma correcta los acontecimientos vitales del miedo, quitándolos momentáneamente del medio, dejamos salir a la luz lo mejor de nuestra memoria, aquello que alguna vez nos hizo felices en la intrahistoria de nuestras vidas y que solo se puede vislumbrar en el momento presente a través de medios poderosos de tratamiento de la imagen. Magma y ánfora. Con la ayuda del agua cerebral. Solo un pero: aquello que pasó, si algún día lo puedo recuperar, solo lo podrán hacer los mecanismos asociados a tres estructuras maravillosas del cerebro actual, donde dirige todo la corteza cerebral: el hipocampo, el tálamo y las amígdalas cerebrales, en perfecta sincronía con todas y cada una de las estructurales cerebrales que participan en este expurgo histórico de la memoria. Una extraordinaria sinfonía neuronal, en un medio acuático. Por supuesto. Sabiendo además que las ánforas, para nuestros antepasados, eran “vasos antiguos que se conservan en los museos como objetos de curiosidad” (RAE U 1832, pág. 50,1).

Sevilla, 8/XII/2008

El alma de mi cerebro


Iman Maleki, Sisters and book (fragmento), recuperado de http://imanmaleki.com/en/Galery/, el 30 de noviembre de 2008

En primer lugar, quiero pedir disculpas sinceras por no acudir a esta cita puntual, fijada en los últimos meses en una cadencia semanal, por el imperativo categórico de gestión personal y profesional del tiempo privado, del que soy único responsable. ¿Problemas de alma? Pero hoy ha saltado en mi cerebro una referencia fantástica sobre el potencial de esa palabra, alma, que me ha traído recuerdos imborrables en la historia de este blog, por la dedicación que en el año 2006 presté a este concepto, del que se apropiaron las religiones hace mucho tiempo.

Ha ocurrido al leer una reflexión de Juan Cruz (1), al que sigo muy de cerca -agradecido- en sus escritos de sentimiento sentido, en referencia a la intervención de António Lobo Antunes en el acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México), ayer sábado: “Por cierto, dijo Lobo otra frase: le preguntó a una mujer desahuciada por qué había ido tan tarde al tratamiento. Ella le dijo: “Porque no tengo dinero y los que no tenemos dinero no tenemos alma”.

La asociación no inocente ha ocurrido al recordar mediante la memoria a largo plazo mi participación en el encuentro UniCienBlog, una actividad que me ha marcado en esta actividad inteligente de la Noosfera. En aquella Mesa de trabajo, planteé una realidad incuestionable: “a la Universidad y a la ciencia le falta alma, entendida de esta forma, en el formato de pregunta y respuesta de un autor en actitud de compromiso:

P. ¿Cómo aporta un blog alma a la Universidad?
R. Con su acción celular (noosférica), alternativa y creadora, haciéndose visible mediante teoría crítica, con utilización plena de la inteligencia digital.
P. ¿Cómo aporta un blog alma a la ciencia?
R. Con su despertar múltiple a las preguntas de la vida, las de la ciencia de la vida, con una ingeniería renovada del porqué de todas las cosas, con utilización plena de la inteligencia digital.
P. ¿Cómo aporta mi blog alma a la Universidad y a la ciencia?
R. Con imaginación, con nuevas fórmulas de acción i+d+i: investigación, dedicación, imaginación, con utilización plena de la inteligencia digital compartida/conectiva”.

Hoy, nos hemos encontrado António, Juan y yo, ¡maravillas de la Noosfera!, en una encrucijada en la que coincidimos a pesar de mi falta de tiempo: cuando falta alma, falta la vida. Da casi todo igual. ¡Qué paradoja!, porque ya no hace falta eso: tiempo. Y me vuelvo a mi hombre de secreto, a reflexionar la frase que regaló Lobo Antunes en el acto indicado, transfiriendo una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas…

Sevilla, 30/XI/2008

(1) Cruz, J. (2008, 30 de noviembre). Para el pie de un niño muerto, El País, p. 44.