Qohélet: una persona realista

Hoy ha fallecido el padre de un compañero de trabajo y amigo. Me gustaría simbolizar en él, en su familia, un misterio sin resolver desde hace miles de años, el de la propia existencia y el final de nuestros días. Aunque este artículo pertenece a la sección de páginas «periódicas», lo dejo en el diario personal como homenaje a las eternas preguntas sin respuesta. Aunque si se sigue leyendo esta apasionante historia (te recomiendo que leas la carta sobre «inteligencia social», alojada en este espacio Web…) verás que la amistad es el recurso por construir todos los días, una buena respuesta, porque es como la cuerda de tres hilos: difícilmente se puede romper. Lo sabían los mayores de los pueblos ribereños y decidieron hacer un regalo a la posteridad. Gracias.

De vez en cuando viene bien «sentarse en la vida» -expresión alemana muy feliz- para contemplarla en todas sus dimensiones. La capacidad de admiración se va perdiendo poco a poco, siendo éste un síntoma clarísimo de que la filosofía se resiente en su acepción más profunda. Interesa rescatarla desde sus inicios y actualizarla en cuanto a la forma. Estamos atravesando una época en la que los ideales se pierden para dejar paso a la experiencia diaria, al realismo inmediato. Y estoy convencido de que la ausencia de ideales configura tan sólo un hombre estandarizado, pieza del llamado «puzzle inhumano».

El problema no es nuevo. Hace ya muchos siglos, un hombre de vida sumamente interesante, Qohélet, se planteó serenamente unos interrogantes que hoy tienen un sabor muy fresco:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga?
– ¿Quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra?
– ¿Quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él?

De una forma ú otra ¿quién no se pregunta algo así a lo largo de su vida? Quizá hoy hemos secularizado la experiencia de Qohélet en sus preguntas últimas, pero el fondo de su problema existencial adquiere en estos momentos la categoría de carta magna, de presentación, dado que el hombre se encuentra en una fase clarísima de «inseguridad ontológica», según la expresión de Ronald D. Laing. Históricamente, hay tiempo de todo, hasta de admirarse, sentir ansiedad existencial y escudriñar posible renovación. En estos tres estadios podríamos cifrar la vida del hombre consciente, responsable, no «distraído», aunque es en el de ansiedad donde quemamos la mayor parte de la existencia, ansiedad que nos lleva a «sentirnos segregados de la sociedad, incapaces de encajar en ella como posible modelo de existencia, permaneciendo como miembros pasivos y resignados de la Naturaleza». Este fue en parte el problema de Qohélet, un hombre que «sentó su vida» para pensar y reflexionar el sentido de su existencia y de su pesimismo, resumido todo ello en ese triple interrogante, tan sorprendentemente cercano. Ante su experiencia, el hombre actual tiene algunas ventajas claras, que se podrían resumir en la posibilidad real de trascendencia, en cuanto realización personal más accesible y auténtica, junto con el resurgimiento palpable de los valores sobrenaturales en dimensión de re-ligación.

El error histórico en el que podríamos caer de nuevo sería el de quedarnos simplemente en la elaboración de un recetario de soluciones a todas las preguntas del hombre y en la configuración de un nuevo ideal, para después pasar a la consabida explicación o rueda de prensa totalmente manipulada y sin acción visible y real. Cuesta trabajo trabajar sólo a niveles de pregunta en el recorrido humano. Aun así, creo que aquí radica uno de los atractivos más interesantes de la existencia, precisamente por ser un auténtico camino de admiración ante lo sorprendente del hombre libre. Si a esto le añadimos el deseo claro de transformar aquello que sabemos de sobra que no es viable en ningún sentido, familia, trabajo, ciudad, provincia, país, etc., podríamos ir configurando una nueva filosofía, ya que, de esta forma, se armonizaría toda una problemática teórico – práctica, que hoy más que nunca se ha convertido en pura dialéctica.

Hace falta crear nuevos ideales, pero en convivencia seria con la transformación radical del hombre, del mundo e incluso del sentido de trascendencia. Bertolt Brecht decía en su obra «Me-ti»: «pregunta siempre: ¿cómo aprender?». Esta podría ser la consigna para el hombre contemporáneo, inmerso en un mar de dudas y confusiones. Aprender a través del libro de la vida es algo que pertenece a esa incógnita tan maravillosa -el hombre- que un día se llamó Qohélet y que hoy lleva nombres y apellidos en los cinco continentes.

El Correo de Andalucía, 27/IX/1977, pág. 3

El puzzle inhumano

Cuando a primera hora de la mañana, de este soleado domingo de febrero, repasaba una publicación que entregaban hoy junto al periódico sobre La Transición, rescaté un artículo que escribí hace casi veintinueve años, al que solo he introducido cambios motivados por el lenguaje sexista de la época (en cursiva), como homenaje también a todas las mujeres y hombres que siguen comprometidos con la lucha continua debida a la ausencia de valores en la que vivimos instalados y que hoy he podido ver de forma palpable en un reportaje en video, donde por motivos estrictamente petrolíferos, unos soldados golpean sin piedad a unos adolescentes iraquíes que han crecido en el horror de la violencia, cualquier violencia, y en la sinrazón humana. Vaya como homenaje a ese grito desgarrador de un joven tirado en el suelo, que se escuchaba en el audio de la cinta: ¡No me pegues más!.

Han pasado veintiocho años, cinco meses y tres días, pero podría publicarse hoy sin perder frescura de denuncia. Gracias por compartirlo a través de esta malla humana que teje, día a día, Internet. 

La crisis crónica que ahoga existencialmente a las personas, grita justificación y no sólo ajustamiento en el entramado socio-político de un país. Llevamos unos años en los que inconscientemente sentimos la vida como desasosiego, evasión, suerte o lotería, dado que en la mente de todos se fragua una imagen de persona, mundo y Dios, que es difícil construir. Quizá es debido a que estábamos acostumbrados a obtener respuestas a cuantas preguntas hacíamos, incluso en los niveles más insospechados.

Ahora bien, las preguntas no tienen por qué tener siempre respuestas. De hecho, muchas de nuestras últimas preguntas no las tienen. Las personas se desconciertan por esto y pierden la «fe» en Dios, en el Hombre, en la Sociedad  y en la Naturaleza, según el contenido de Ferrater Mora. ¿La pierden o la encuentran? Si el ser humano en encrucijada «pierde la fe», está en situación óptima para encontrar su sí mismo y desde aquí replantearse de nuevo su cosmovisión, su indigencia y su posible trascendencia. Con esto quiero reafirmar la necesidad que tienen las personas de hoy de reforzar el terreno de la pregunta, de «matar» el miedo. Durante cuarenta siglos, el ser humano, hombres y mujeres, han preguntado a Dios, al otro, a sí mismo, sobre las cuestiones radicales de la existencia. Casi siempre obtenían respuestas: en cosas, en palabras, en dioses, en Dios. Hoy, por el contrario, se experimenta un vacío silencioso impresionante, quizá porque el encuentro con el tú, necesita la solidez de una concatenación de preguntas que comprometan la existencia en el amor. No es rescatar el mito prometeico, no. Se trata precisamente de dejar cada cosa en su sitio, en cierto sentido; confiar en cada ser humano como «ser perfecto» y con capacidad suficiente para poner nombre a las personas, a los animales y a las cosas. Así puede empezar a concretar su fe, puede llegar a ser persona, creer en algo, en alguien, en alguna verdad -por muy radicalizada que esté-, pensar en un futuro.

En este tiempo que corre, donde casi todo es provisional y cuestionable, duda e interrogante, ¡qué difícil es mantenerse en el juego de la vida, sin convertirse en pieza o sin saltarse las reglas del mismo! Aunque parezca paradójico dentro de un clima de perfecta calma y libertad (del que muchas veces la sociedad hace gala), la mujer y el hombre acusan cansancio de vida por la manipulación constante de que son objeto, dentro de la planificación más sofisticada e inhumana que podamos imaginar. Todo es debido a que toman conciencia de que están programados las veinticuatro horas del día y de que cada vez tienen menos espacio vital para existir, en esa persona sorpresa que todos llevamos dentro.

B. F. Skinner, psicólogo americano de fama mundial por su atención al conductismo, habla a menudo de la preocupación del ser humano por la explotación demográfica, de los problemas acerca de los recursos naturales, alimentación, carburantes, problemas de sanidad, etc.: «y en todos estos sectores podemos comprobar adelantos muy notables (…). Pero, de hecho, las cosas empeoran constantemente y es descorazonador comprobar que buena parte de la culpa es imputable a la tecnología misma. La higiene y los adelantos médicos agudizan el problema demográfico; la guerra ha añadido un nuevo error a los suyos propios tras el descubrimiento de las armas nucleares; y la búsqueda masiva de felicidad y bienestar es la principal responsable de la contaminación ambiental». Ahonda en la crítica de cómo el hombre y la mujer se han enfrentado con sus grandes problemas a lo largo de la historia, y concluye diciendo: «así nos ha lucido el pelo». A esta situación hemos llegado por culpa del ser humano autónomo: nos tenemos que convencer de una vez para siempre de que hay que perder la vanidad occidental, ya que lo «que necesitamos es una tecnología de la conducta», aunque sea a costa de sacrificar al propio ser humano.

Hay que salvar el ambiente mundial, crear nuevas dimensiones de trabajo, diversión, ocio, planificación familiar, etc., donde unos ingenieros de la conducta planifiquen y manejen a la humanidad en el «puzzle» más inhumano jamás soñado. Skinner profetiza al conjunto de personas torpes e inconscientes que poblamos el planeta Tierra, que mucho es lo que nos falta para llegar a ser capaces de evitar la catástrofe hacia la que el mundo parece moverse irremisiblemente. Surge entonces una pregunta: este ambiente desolador que preconiza Skinner, ¿es fruto del ambiente enrarecido del mundo actual o de la ausencia de los denominados «valores fundamentales», es decir, libertad, dignidad, amor, justicia, etc.? Y aquí de nuevo, el «filósofo de la conducta» habla en términos muy duros acerca de la culpabilidad intrínseca que existe en cada mujer y en cada hombre. Por la vanidad del ser humano libre y responsable, «el mundo está como está». Sin comentarios.

Indiscutiblemente, no se le puede negar a Skinner una parte de verdad en sus manifestaciones, pero nunca podremos reconocer su doctrina como la piedra filosofal para resolver los múltiples problemas que se plantean el mundo y cada persona en particular.

El ser humano actual se resiste a ser mera pieza sometida al libre arbitrio del otro ser humano. El orgullo despliega todos sus resortes de dignidad y libertad, que entre otras cosas, constituyen su patrimonio inalienable. La toma de conciencia de que algún día no muy lejano el mundo pueda llegar a ser un «puzzle» de cuatro mil millones de seres humanos, hace que muchos se «pierdan» voluntariamente como piezas, para convertirse en personas.

El proceso de llegar a ser persona -siendo también muchas veces un rompecabezas- nos hará disfrutar de una vida plena. En definitiva, el hecho de que la mujer y el hombre sean unas auténticas personas, donde la libertad y la dignidad sean respetadas en su justa medida (justificación como justicia), es el único camino viable para que lleguen a ser lo que verdaderamente son: personas.

El Correo de Andalucía, 9/IX/1977

Género y vida

Encontrar una persona

En el año 1977, cuando empezábamos a construir la democracia, inicié una forma de colaboración en un equipo de trabajo solidario, entre otras realidades, mediante artículos «de fondo» en un periódico de aquella época, que permitía abrir ventanas en la sociedad contemporánea. Tengo que reconocer que su director, José María Requena, un demócrata amante de la literatura y periodismo comprometidos, junto a Salvador Petit Caro, maestro en el silencio, sabían esperar hasta la noche para que pudiera llegar mi entrega periódica. No existía el fax, ni el teléfono móvil, ni el correo electrónico. No se hablaba de Internet. Había que ir personalmente al periódico, a oler la tinta, para cumplir con un compromiso de ideales. Casi treinta años después, cuando el pasado martes 8 de febrero de 2006, corría la noticia por el mundo del descubrimiento de nuevas especies en Foja, una remota selva de Indonesia, me acordé que también podríamos encontrar seres humanos con nuevas capacidades para enseñarnos que una nueva especie de«persona en el mundo» es posible. Más o menos como pensábamos algunos «locos» en 1977, cuando arrancaba una nueva especie de ser ciudadano en España, en Andalucía. En mi compromiso diario por la lucha de género y vida en la sociedad, he cambiado algunas alusiones al hombre (en cursiva) que hoy se comprenden mejor referidas al ser humano como persona en el mundo. ¿Por qué? Sinceramente, porque el orden del género, en este caso, si podía alterar el producto… Además, estoy seguro de que Diógenes no se enfadaría conmigo.

¿Quién se atrevería hoy a gritar por las calles y plazas: «¡Busco un hombre!»? Nos tomarían por locos…, pero cuando las personas hablamos en serio, afloran los secretos y las locuras individuales y colectivas. Todo encuentro humano -filo cortante de la existencia- afrontado con honradez y coraje de vivir, puede gritar al mundo que cualquier persona puede y debe buscar a otra persona. No hay «yo» sin «tú». Hablar así en y de la habitación interior de cada uno, supone una sintonía de principios, proyectos y necesidades. Quizá también de intercomunicación de «crisis» personales, al ponerse en tela de juicio el sentido existencial del ser humano. Es una forma de abandonar el camerino ambulante y la representación subsiguiente en el gran teatro del mundo, para dedicarse a pensar, forjar ideales, luchar y transformar. No se trata, por otra parte, de buscar «gente, mundo o pueblo», sino una persona concreta, quizá cercana, quizá andaluza, quizá hermana, que quiera compartir la construcción diaria de una casa humana, con numerosas «habitaciones interiores». Podríamos entender «casa humana» como el país, la provincia, la ciudad, la fábrica y la familia que sentimos todos los días.

Siempre recuerdo a este propósito, una simpática anécdota. Diógenes de Sínope, aquel filósofo que también «buscó un hombre», prototipo de la escuela cínica y que aspiraba a ser todo un hombre, estaba un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores.

La anécdota es una ironía de la vida. Al menos, nos sirve para damos cuenta de que la empresa de «buscar una persona» exige en principio, autenticidad de vida personal «para que no se nos note la farsa a través de los agujeros de los hechos».

Corren unos tiempos francamente atractivos. Si la democracia es auténtica, podemos cantar libremente esta necesidad humana, signo de que la autosuficiencia cobarde ha sido desbancada por la comunión de esencias y existencias. Ya se puede salir del tonel de Diógenes, prescindir del consumismo en el vestir (ya no nos podemos fiar de su única túnica), y estrechar las manos por una lucha común y cósmica, sin necesidad de la linterna irónica. Aunque necesitemos un líder. Aunque necesitemos de alguna persona «loca» que grite estas cosas que a nosotros no se nos ocurren o no quisiéramos gritar.

El Correo de Andalucía, 6/IX/1977, página 3.

Género y vida

Encuentro con Tagore

A Marcos, celoso de crear con pequeñas cosas…, desde que era pequeño

Ayer fui a la oficina de Correos de mi barrio con la ilusión de hace cuarenta años. Iba a recoger un libro antiguo que había localizado por Internet para hacer un regalo muy especial. Abrí el paquete cuidadosamente y poco a poco, entre las burbujas protectoras, apareció una edición muy querida, de 1958, en la editorial Losada de Buenos Aires, de uno de los libros que han marcado mi vida: Pájaros perdidos, de Rabindranath Tagore, con una traducción impecable de Zenobia Camprubí, la compañera y amiga de Juan Ramón Jiménez, a quienes tanto visité, utilizando incluso sus mesas de trabajo, en Moguer. Y gracias a Pepito, el guía de la Casa-Museo, que lucía orgulloso el perejil de plata en su solapa, que me explicaba una y mil veces, con un encanto especial, sus confidencias con las miradas de ambos en una habitación de la primera planta…

Quería recuperar un pájaro perdido, el 178, como si fuera una anilla recordada por mi, sentado a la sombra de un pino solitario de la carretera de Umbrete a Bollullos de la Mitación, ambos pueblos cercanos a Sevilla, en diciembre de 1965 y que eché a volar en mi imaginación. Era una época en que crecía en la búsqueda de la verdad machadiana, ni tuya ni mía, porque haciendo caso a D. Antonio la guardé siempre en una jaula dorada de silencios. Pasando páginas amarillas, de un libro maravillosamente usado, con dos apellidos anónimos en la página interior del título: Gómez Aldemira, XI-1959, encontré por fin el pájaro que había buscado incluso en épocas en que me había distraído con un encantador de pájaros, Papageno, que me había presentado Mozart a través de sus limpias manos puestas sobre mi:

A mis amados les dejo las cosas pequeñas;
las cosas grandes son para todos.

En esta época, donde el caballo grande, ande o no ande, es lo que entusiasma en nuestros alrededores, ha merecido la pena iniciar esta búsqueda de tiempo ganado, hace muchos años, de un pájaro pequeño, porque nos hace más libres la posibilidad de dejar, regalar, ofrecer, entregar aquello que es verdaderamente cercano y que es posible compartir, aunque sea aparentemente muy poca cosa, muy pequeño. Aunque cuando nos retiremos a nuestra soledad sonora, que tan magníficamente vivieron Zenobia y Juan Ramón, por este orden, necesitemos recoger en nuestras manos un nuevo pájaro perdido, el 130, que nos marca caminos para ser mejores:

Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera la verdad.

Sevilla, 4/II/06

Ética del municipio

No hay que perder segundos en defensa de la democracia. Hace bastantes años, cuando nacía la Andalucía nueva, me comprometí ideológicamente con la colaboración en prensa mediante artículos de opinión, que querían trascender la definición que siempre había conocido sobre este tipo de escritura, en el Diccionario de la Lengua Española: escrito de mayor extensión que se inserta en los periódicos. Viajaban hasta la rotativa con la ilusión de crear estado de opinión en busca de la teoría crítica. Pasados los años, creo que no han perdido frescura y en esta nueva forma de conectar con el mundo de forma celular, busco nuevos espacios de compromiso para hacernos más libres y más inteligentes. En este caso, con mi Ayuntamiento de Sevilla, tan golpeado en los últimos meses…

Sevilla, 21/I/06 

Dicen los principios éticos más ortodoxos, que la «cosa», la plata, por ejemplo, sólo sirve cuando es para el hombre. La plata en sí no es nada, porque el valor se lo ha dado el hombre. En este caso, el voto, el «papel» municipal sólo sirve para el hombre, porque en sí tampoco vale nada. ¿A qué viene ésto? Sencillo. Comenzamos una nueva etapa municipal y no vendría mal adentrarse en un mundo olvidado con frecuencia: la ética municipal.

Las bases éticas nacen en el hombre. En cualquier hombre ciudadano. Las raíces de la conducta no son debidas en principio a unas normas establecidas, sino a la posibilidad de ser persona. Luego partimos del hombre y su conducta. No son las manos las que votan, sino todo un hombre el que vota. Y ese hombre deposita en un papel su persona «votando». Una persona que, en principio, confía (o debe confiar) en un programa, en unas personas, en una ideología, en un progreso, etc. Y esa persona quiere ser escuchada en su silencio, a veces, de los sin voz. Porque el silencio de la urna existe ante los ruidos propagandísticos. En pocos centímetros de papel una persona se proyecta y proyecta la sociedad. Sueña con unir muchos papeles y así, casi pegados, afirmar conjuntamente que se cree en la posibilidad de ser pueblo y ser escuchado.

El problema ético nace cuando se rompen los papeles, nunca mejor dicho. El símbolo de la papelera es el fantasma que recorre las mentes de los que votan. Y el recuerdo de ese acto debe estar presente, de forma cautelar, en las mentes de los elegidos democráticamente. Cada voto representa a una persona eligiendo y elegir es la posibilidad más seria de libertad que podemos gozar. La actitud ética del respeto al voto se constituye condición sin la cual no se puede hacer política municipal.

Otro principio ético municipal es el del respeto a la razón por un sentido de responsabilidad. La razón es humana y no tiene color. Sí, por el contrario, ideología y personas. Ya ha demostrado la historia de forma suficiente que «ninguna ideología es inocente», como señaló Lukács. Y la ideología simbolizada en programas políticos ha perdido su inocencia de base. Pero eso no es «malo», para que nos entendamos. Perder la inocencia para ser responsable, es «bueno». Y ser responsable conlleva por un lado, conocer la «cosa» política (programa, por ejemplo…), el contenido de la acción y además, ser libre para decidir en nombre de unos votos.

Conocimiento y libertad, se constituyen así en elementos imprescindibles para ejercer el sentido de responsabilidad, es decir, de «respuestabilidad» (valga la expresión) ante situaciones políticas municipales muy puntuales. Arreglar una calle, poner farolas, o estudiar los impuestos, en si no son nada, sino que conocidos que son «para el hombre», para el ciudadano, valen, en el mejor sentido de la palabra.

Por último, el tema de llevar o no razón política: «La razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y por tanto, impulsándola o entorpeciéndola» (1). Lo que pretende la razón municipal es reflejar la situación social de una ciudad, de un pueblo; eso si, teniendo las ideas claras, porque de lo contrario se puede llegar a estropear la construcción de un sentimiento ciudadano de crecimiento, progreso y desarrollo. Tener las ideas claras, también es punto de partida ético imprescindible en la política municipal. ¿Por qué? Sencillamente porque es búsqueda de verdad, criterio ético que a pesar del paso del tiempo, siempre se sitúa como conquista. Y es que la verdad está en la «cosa», como decíamos al principio, en ese papel alargado con nombres y apellidos, que fue mi voto municipal…

(1) LUKACS, G., El asalto a la razón, Grijalbo, Barcelona, 1976, pág. 5.

ODIEL,  Viernes, 27 de mayo de 1983

ALGO PASA

Acabo de leer una noticia de mi ciudad que me sobrecoge y me cuestiona muchas cosas: «Y si vive en Sevilla, piense que el impoluto contenedor de basuras de su calle, quizás reemplaza a alguno de los 20.700 que fueron quemados o rotos en 2004». La verdad es que me llama la atención que en 20.700 ocasiones se demuestre de forma radical el inconformismo que se genera en la sociedad sin distinción de clases. La persona-mujer, no solo mendiga, que murió en Barcelona, a manos de unos adolescentes bien situados en la sociedad, culmina la paradoja inquietante de que algo pasa en la sociedad mundial para que el divertimento se muestre a través de la violencia.

Llevamos años reflexionando sobre esta situación, pero la realidad es que cada vez más avanzamos de forma inexorable hacia una situación en la que la ausencia de valores mínimos se hace presente por doquier. Y es que necesitamos recuperar la ética de las pequeñas cosas. Ha pasado la época de las conversiones paulinas porque montamos el caballo desbocado de la indeferencia. Por eso es necesario crear una nueva forma  de ser circunscrita a las pequeñas cosas, a lo cotidiano, dedicada a crear una ética de la normalidad, donde el suelo firme de cada uno (la ética que definió admirablemente el profesor Aranguren) se pueda construir con los valores del respeto a uno mismo y a los demás, desde el amanecer hasta la hora de acostarnos, en unas vivencias diarias de convivencia en la base del conocimiento y de la libertad, como piedras angulares de la responsabilidad ó capacidad de dar respuesta a cada segundo de vida.

Conocimiento, como capacidad de desarrollar habilidades sociales para ser en el mundo, neutralizando la presión ambiental en la que solo es importante «tener». Por otro lado, libertad real para decidir, construida en el seno de personas queridas, cualquiera que sea el formato elegido o impuesto al nacer (acudo al relativismo del eufemismo globalizado de familia…). Libertad aprendida en la educación estructurada, que se pierde en debates interesados y partidistas y que sólo un Estado de bienestar sabe proteger. Libertad asimilada en el crecimiento paulatino, si nos han permitido ser niños y adolescentes respetados por todos.

Es la única forma de ser adulto y no quedarnos igual al saber que detrás de 20.700 contenedores hay mucha desilusión, fracaso afectivo y escándalo farisaico a la hora de juzgar a personas (algo más que gamberros) a las que su vida, probablemente, no les ha permitido aproximarse al cariño…

Sevilla, 15/I/2006