Encontrar una persona

En el año 1977, cuando empezábamos a construir la democracia, inicié una forma de colaboración en un equipo de trabajo solidario, entre otras realidades, mediante artículos «de fondo» en un periódico de aquella época, que permitía abrir ventanas en la sociedad contemporánea. Tengo que reconocer que su director, José María Requena, un demócrata amante de la literatura y periodismo comprometidos, junto a Salvador Petit Caro, maestro en el silencio, sabían esperar hasta la noche para que pudiera llegar mi entrega periódica. No existía el fax, ni el teléfono móvil, ni el correo electrónico. No se hablaba de Internet. Había que ir personalmente al periódico, a oler la tinta, para cumplir con un compromiso de ideales. Casi treinta años después, cuando el pasado martes 8 de febrero de 2006, corría la noticia por el mundo del descubrimiento de nuevas especies en Foja, una remota selva de Indonesia, me acordé que también podríamos encontrar seres humanos con nuevas capacidades para enseñarnos que una nueva especie de«persona en el mundo» es posible. Más o menos como pensábamos algunos «locos» en 1977, cuando arrancaba una nueva especie de ser ciudadano en España, en Andalucía. En mi compromiso diario por la lucha de género y vida en la sociedad, he cambiado algunas alusiones al hombre (en cursiva) que hoy se comprenden mejor referidas al ser humano como persona en el mundo. ¿Por qué? Sinceramente, porque el orden del género, en este caso, si podía alterar el producto… Además, estoy seguro de que Diógenes no se enfadaría conmigo.

¿Quién se atrevería hoy a gritar por las calles y plazas: «¡Busco un hombre!»? Nos tomarían por locos…, pero cuando las personas hablamos en serio, afloran los secretos y las locuras individuales y colectivas. Todo encuentro humano -filo cortante de la existencia- afrontado con honradez y coraje de vivir, puede gritar al mundo que cualquier persona puede y debe buscar a otra persona. No hay «yo» sin «tú». Hablar así en y de la habitación interior de cada uno, supone una sintonía de principios, proyectos y necesidades. Quizá también de intercomunicación de «crisis» personales, al ponerse en tela de juicio el sentido existencial del ser humano. Es una forma de abandonar el camerino ambulante y la representación subsiguiente en el gran teatro del mundo, para dedicarse a pensar, forjar ideales, luchar y transformar. No se trata, por otra parte, de buscar «gente, mundo o pueblo», sino una persona concreta, quizá cercana, quizá andaluza, quizá hermana, que quiera compartir la construcción diaria de una casa humana, con numerosas «habitaciones interiores». Podríamos entender «casa humana» como el país, la provincia, la ciudad, la fábrica y la familia que sentimos todos los días.

Siempre recuerdo a este propósito, una simpática anécdota. Diógenes de Sínope, aquel filósofo que también «buscó un hombre», prototipo de la escuela cínica y que aspiraba a ser todo un hombre, estaba un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores.

La anécdota es una ironía de la vida. Al menos, nos sirve para damos cuenta de que la empresa de «buscar una persona» exige en principio, autenticidad de vida personal «para que no se nos note la farsa a través de los agujeros de los hechos».

Corren unos tiempos francamente atractivos. Si la democracia es auténtica, podemos cantar libremente esta necesidad humana, signo de que la autosuficiencia cobarde ha sido desbancada por la comunión de esencias y existencias. Ya se puede salir del tonel de Diógenes, prescindir del consumismo en el vestir (ya no nos podemos fiar de su única túnica), y estrechar las manos por una lucha común y cósmica, sin necesidad de la linterna irónica. Aunque necesitemos un líder. Aunque necesitemos de alguna persona «loca» que grite estas cosas que a nosotros no se nos ocurren o no quisiéramos gritar.

El Correo de Andalucía, 6/IX/1977, página 3.

Género y vida

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