El cine social de nuestro país bien merece los premios Goya

Sandra Romero, Por donde pasa el silencio

Sevilla, 5/II/2025

Se aproxima una fecha importante para la historia del mejor cine en nuestro país, el próximo sábado 8 de febrero, con motivo de la entrega de los Premios Goya 2025 en su 39ª edición, donde hay una presunta vencedora viva voce, El 47, con varias candidaturas, película a la que dediqué una reflexión profunda el pasado 16 de enero en este cuaderno digital, El ‘47’, un ejemplo de reivindicación vecinal que no olvida el recuerdo y el daño. Personalmente la recomendaba porque, en los tiempos que corren, es un lujo verla y sentirla para cuidar la ideología de compromiso con los que menos tienen, los nadies, tan cerca de nosotros a pesar de que les negamos su visibilidad en nuestra ciudades y barrios, es decir, es una película que representa perfectamente ese claro objeto de deseo para los que amamos el cine social. Lo denuncia la cantora Valeria Castro con su encanto personal en el estribillo de El borde del mundo, durante la proyección de los títulos de crédito: Y aunque me quede en el borde del mundo / Y aunque no entiendan que por qué pregunto / Y aunque me traten siempre de extraño / Y aunque pasen y pasen los años / No se olvida el recuerdo ni el daño.

Quien sigue de cerca estas páginas conoce mi aprecio por el llamado “cine social”, necesario, útil, de compromiso indiscutible con la sociedad actual para reflejarla de la mejor forma, contando historias que conmuevan al espectador. Junto al 47 es imprescindible acordarme hoy de otra película de corte social, Por donde pasa el silencio, candidata también a un premio Goya en la categoría a la mejor dirección novel, la de Sandra Romero (Écija, 1993), guionista también de la película, que representa con dignidad excelsa al cine andaluz. La sinopsis de la película ayuda a comprender su hilo conductor: “Antonio tiene que volver a Écija, una ciudad en el interior de Andalucía, después de mucho tiempo. Es Semana Santa. Allí se reencuentra con su familia y con su hermano mellizo Javier que tiene una discapacidad física y necesita su ayuda. Antonio tendrá que manejar esta situación y enfrentase a una difícil decisión: quedarse y ayudar a los suyos o volver a la vida que ha construido fuera”. Lo más interesante de esta película es saber que el guion responde a hechos reales como la vida misma y aunque suene a tópico cinematográfico, cualquier parecido con la realidad, en este caso, no es pura coincidencia.

También quiero traer a colación otra película candidata a los Goya 2025, Los destellos, a la que también dediqué palabras de elogio en este cuaderno digital, dirigida por Pilar Palomero, de título enigmático, una adaptación de un relato de Un corazón demasiado grande, de Eider Rodríguez, que me conmovió y conturbó al verla, fundamentalmente porque ideológicamente defiendo algo importante, para mí la utilidad de lo aparentemente inútil: la vida está hecha de detalles. Al menos es lo que ha intentado reflejar Pilar Palomero en esta preciosa película: “En este caso, sentía que el guion me pedía un lenguaje diferente, que se relacionaba con estar presente, con ver, con escuchar con los sentidos. Por eso los detalles o las pequeñas cosas son tan importantes aquí, porque te conectan con la vida. Son cuestiones que a menudo no percibimos y quería ponerlas de manifiesto a través de las imágenes, sin verbalizarlas. Era un gran reto, porque me exigía un tempo diferente para los planos, para su duración”.

Las tres películas merecen los Goyas en sus correspondientes candidaturas. Las voto así, en conciencia, porque transmiten realidades vitales que no debemos olvidar, compromisos para garantizar la mejor transformación posible de la sociedad. Las tres son la pura verdad que tanto necesitamos, pequeños detalles que nos hacen la vida más amable, día a día, porque la solidaridad contemplada y narrada en El 47 con la reivindicación social y vecinal que lleva dentro, la dureza del mundo rural y de las dependencias varias que se hacen todavía más duras cuando menos se tiene, tal y como lo trata Por donde pasa el silencio, así como el encanto de cuidar con detalle a quienes amamos por encima de todo, hasta el final de sus días, en Los destellos, todo ello en una mezcla posible de sentimiento y conciencia social de clase, hace que creamos en la magia transformadora del cine social porque, al igual que las ideologías, nunca es inocente. Lo transmitía y cantaba con sentimiento pleno Valeria Castro con su encanto personal en el estribillo de El borde del mundo, durante la proyección de los títulos de crédito en El 47: Y aunque me quede en el borde del mundo / Y aunque no entiendan que por qué pregunto / Y aunque me traten siempre de extraño / Y aunque pasen y pasen los años / No se olvida el recuerdo ni el daño.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA Y ORIENTE MEDIO, REPÚBLICA DEL CONGO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

La respiración dirige una orquesta sinfónica llamada “cerebro”

Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro si nos lo proponemos

Santiago Ramón y Cajal

Sevilla, 17/I/2025

Cuando me enfrentaba a primera hora de esta mañana a la página en blanco, para hilvanar palabras con sentido en mi cuaderno digital, mis ojos me han inspirado el asunto a tratar hoy, al leer algo impactante, porque sigo pre-ocupado [así, con guion] con el estudio del cerebro, confiado en que este siglo nos deparará grandes descubrimientos, para que se amplíe el abanico del conocimiento de por qué se producen tantas enfermedades mentales, invalidantes en muchos casos, llevando la esperanza de salud integral a millones de personas que las sufren en la actualidad. Desde hace ya miles de años, el cerebro ha sido considerado como la sede de la vida y qué contrasentido experimentamos a diario cuando conocemos tanto sufrimiento humano por las enfermedades mentales. No olvido las palabras de Hipócrates, (Cos, 460 a.C.- Larisa, 377 a.C.), en Sobre la enfermedad sagrada (Perì hierēs nousou), cuando escribió palabras bellas sobre el cerebro: «El hombre debería saber que del cerebro, y no de otro lugar vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento, y los lamentos«.

El descubrimiento, hoy, de una “isla desconocida” cerebral, es la influencia de la respiración humana en el funcionamiento del cerebro individual, fenómeno que ha sido analizado por la neurocientífica Nazareth Castellanos, en una breve intervención de siete minutos, patrocinada por el BBVA dentro de su proyecto «Aprendemos juntos 2030», iniciándola con una metáfora muy didáctica: «si el cerebro es una orquesta, la respiración es su directora», utilizando una anécdota de Einstein, de una conferencia que pronunció en Madrid, donde al final de la misma dijo: «Bueno, no espero que nadie me haya comprendido, pero no importa, porque lo importante es que en el intento de comprenderme, he introducido orden en sus cerebros». Cuando hacemos ese esfuerzo de «voy a leer un libro», «voy a prestar atención a algo», estoy haciendo que mi cerebro funcione como una orquesta. Podemos tener la Filarmónica de Berlín o la orquestilla del pueblo. ¿De qué depende eso? De lo que yo haya entrenado, ¿verdad?, de las veces que yo haya ensayado. Nuestro cerebro aprende a aprender, aprende a ordenarse. Una de las formas es con la respiración». El problema radica en que nosotros respiramos de una forma desordenada. A partir de aquí centra su intervención, que recomiendo ver y escuchar atentamente, en sus trabajos científicos sobre cómo influye la respiración en el cerebro, en «cómo tendría que ser el patrón respiratorio». El resultado fue sorprendente porque lo que se descubrió es que respiramos muy mal, porque hemos desevolucionado, respiramos de forma muy errática. ¿Por qué ocurre esto? Lo que se ha descubierto es que en el cerebro hay unos núcleos predictores de la respiración que requieren orden,,no desorden, porque lo volvemos «loco», para entendernos. Ante esta situación, la doctora Castellanos propone una solución, sentarse a respirar durante diez minutos con un ritmo, es decir, que sepa el cerebro cuando una persona va a inspirar, a modo de un marcapasos, que «va guiando los ritmos de las neuronas». A partir de aquí explica con detalle el proceso de ordenación de “la orquesta”, sabiendo cómo se dirige, comenzando por una «inspiración» ordenada, yendo directamente al cerebro a través del bulbo olfativo, en trescientos milisegundos, llegando a los hipocampos, sede de la memoria (como ya he explicado en numerosa ocasiones en mi etapa divulgativa de las estructuras del cerebro en este cuaderno digital), donde están esperando determinadas neuronas a recibir estos impulsos eléctricos. A partir de aquí, hace la simulación del proceso como si fuera una orquesta. En esta situación de los hipocampos (2), las neuronas se mueven como los diversos instrumentos de la misma, comenzando por la afinación. En un momento determinado, tasado en la investigación, que se produce trecientos milisegundos después de iniciar la inspiración, aparece de pronto «un director de orquesta» con un movimiento de batuta imaginaria al que todos responden al unísono, que se llama científicamente la «alienación neuronal en alfa inducida por la respiración», latidos eléctricos que es alfa, ocho, diez o doce veces por segundo, es decir, «la respiración induce orden, coordinación, sincronización en nuestro cerebro».

En definitiva, para que el cerebro pueda ejecutar bien sus funciones necesita estar «orquestado», convirtiéndose así en el gran ordenador de la dinámica neuronal, no porque sean el órgano [los pulmones] que más influye en el cerebro, que es el corazón, sino porque a diferencia del sistema digestivo o del corazón, la respiración es aquello que yo puedo moldear a voluntad. Entre inspiración y exhalación anda una gran parte del juego de la vida cerebral. Es de tan vital importancia analizar científicamente este proceso que, para la doctora Castellanos, es considerado como una llave fundamental para acceder al cerebro, lo que se considera ya como un predictor esencial de salud mental globalmente considerada como tal, solidaria con el género humano, de fácil acceso, con independencia del poder adquisitivo de cada persona, porque la realidad es que todos respiramos. Hacerlo bien, es harina de otro costal.

Es importante conocer con detalle la persona que es y siente lo que dice en lenguaje accesible para la Humanidad, la autora de este descubrimiento, en la sinopsis personal trazada por la entidad organizadora de estas intervenciones profesionales tan didácticas: «Nazareth Castellanos es física teórica y doctora en neurociencia por la Universidad Autónoma de Madrid, autora de “El espejo del cerebro: Neurociencia y meditación” y “Neurociencia del cuerpo”, combina una intensa labor investigadora con la divulgación científica. Pionera en el estudio de la influencia que la meditación tiene sobre el cerebro, y apasionada de la comunicación entre cerebro y corazón, para ella, es imposible estudiar el cerebro como algo aislado, independiente del cuerpo que lo habita. Asegura que en los últimos años se está viviendo una auténtica revolución en la neurociencia que está reconciliando el cerebro con el cuerpo, y aceptando que no se puede entender el comportamiento humano sin comprender la influencia que el corazón, la respiración o el intestino – entre otros – tienen sobre el cerebro. «Pero no solo eso – afirma con entusiasmo – existe un hilo invisible que nos une a otras personas, ahora mismo lo que está sucediendo en mi cuerpo también depende de lo que está sucediendo en los cuerpos de las personas que yo tengo alrededor. Por ejemplo, el corazón, la respiración, la postura, y a mí esto es algo que me parece muy bello, impresionante, porque nos habla de una humanidad común y porque nos hace pensar en la comunidad, la idea que tenemos de cómo podemos impactar sobre los demás y la responsabilidad social que tenemos».

Animo a ver su intervención, escucharla o leer sus palabras, porque no dejan indiferente a nadie. Si importante es lo narrado anteriormente, aprovechen la oportunidad de aproximación Nazareth Castellanos para profundizar en otra vertiente muy atractiva del cerebro: Los secretos de la comunicación entre el cerebro y el corazón. La transcripción literal de su intervención, de mayor duración, les ayudará a seguir muy de cerca sus palabras. Nos les defraudará. Emulando a don Santiago Ramón y Cajal podríamos decir hoy que todos podemos ser directores o directoras de nuestro propio cerebro, a modo de orquesta sinfónica, si nos lo proponemos. Afortunadamente, no necesitamos más capital que el propio, el humano.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

El ‘47’, un ejemplo de reivindicación vecinal que no olvida el recuerdo y el daño

Sevilla, 16/I/2025

Ayer puse en marcha la moviola particular de los movimientos asociativos, fundamentalmente reivindicativos, de los años setenta en nuestro país. Ocurrió viendo la película El 47, una historia sencilla, de profundas raíces sociales, en la que se hace un recorrido de lo que significaba en las postrimerías de la dictadura y los años de la transición, la migración en las grandes ciudades, en este caso en Barcelona, con suburbios que crecían gracias a la mano de obra migrante del Sur y, como en la película, de Extremadura.

La película, escrita y dirigida por Marcel Barrena, cuenta la historia real de un barrio pobre, Torre Baró, en Barcelona, un líder vecinal también real, Manolo Vital, “un conductor de autobús que se adueñaba del bus de la línea 47 para desmontar una mentira que el Ayuntamiento se empeñaba en repetir: los autobuses no podían subir las cuestas del distrito de Torre Baró. Un acto de rebeldía que demostró ser un catalizador para el cambio, de que las personas se enorgullecen de sus raíces, de una lucha del vecindario, de la clase trabajadora que ayudó a crear la Barcelona moderna de los años 70”.

La película es conmovedora, con una interpretación magistral de Eduard Fernández, junto a otros actores y actrices que bordan sus papeles, Clara Segura, Salva Reina, David Verdaguer, Zoe Bonafonte y Aimar Vega, acompañados de una banda sonora impecable, compuesta por Arnau Bataller.

El tema principal de ‘El 47’ es la canción El borde del mundo, compuesta e interpretada por la artista canaria Valeria Castro, a la que dediqué en 2023 unas palabras en este cuaderno digital, Valeria Castro, “chiquita” y muy grande al mismo tiempo, resaltando la letra de su canción La raíz, nominada ese año al premio Grammy, porque refleja el respeto que debemos sentir siempre por nuestras raíces humanas, con sus sentimientos y emociones, llevándonos a escucharla siempre con el corazón, más fuerte que el viento, adaptando personalmente su letra a través de su vida, porque hay que tener cuidado con lo que estaba cerca pero no en su mano / porque ella es consciente del alma que tiene su garganta / porque solo así se aprende a ver el mar en calma // Pasará lo que tenga que pasar / Sé que ella no piensa hacer nada más / más que quedarse cuidando… su raíz.

En esta película pone su voz a las escenas finales y títulos de crédito, sellando una obra cinematográfica maestra, que ella explica en la quintaesencia de su canción: “El borde del mundo” es ese sentimiento de quien vive en los sitios olvidados, de quien carga una historia, el peso de ese olvido y lo que lo rodea. Como compositora, sumarse como una pieza más al engranaje del cine es un soplo de aire fresco precioso, pero hacerlo en una película como ‘El 47’, lejana en espacio, pero con un punto en común tan importante como el sentirse en esas partes del mundo a las que nadie mira. Ha sido un verdadero lujo”.

No se la pierdan porque, en los tiempos que corren, es un lujo verla y sentirla para cuidar la ideología de compromiso con los que menos tienen, los nadies, tan cerca de nosotros a pesar de que les negamos su visibilidad en nuestra ciudades y barrios. Lo denuncia Valeria Castro con su encanto personal en el estribillo de El borde del mundo: Y aunque me quede en el borde del mundo / Y aunque no entiendan que por qué pregunto / Y aunque me traten siempre de extraño / Y aunque pasen y pasen los años / No se olvida el recuerdo ni el daño.


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: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Cuando el agotamiento existencial es el que produce la tristeza

Sevilla, 12/I/2025

He leído unas palabras deslumbrantes en un artículo de Gabriel García Márquez, Los 166 días de Feliza, siguiendo los pasos de un escritor también colombiano, Juan Gabriel Vasquez, a través de su última novela, Los nombres de Feliza, una interesante incursión en un fenómeno existencial y a la vez clínico, la tristeza, al que Gabo llamó “agotamiento general”, en el caso de la escultora colombiana Feliza Bursztyn.

Cuenta Juan Gabriel Vasquez que esta obra nació al leer el artículo citado de García Márquez, publicado en el diario El País, el 20 de enero de 1982, según figura en la sinopsis oficial de esta publicación: “Me di cuenta de que entender a Feliza era una empresa difícil. Nada era sencillo cuando se trataba de ella”. El 8 de enero de 1982, la escultora colombiana Feliza Bursztyn murió en un restaurante de París. Tenía cuarenta y ocho años. En el momento de su muerte repentina la acompañaban su marido y cuatro amigos. Uno de ellos, el escritor Gabriel García Márquez, publicó días después un artículo que incluía tres palabras en apariencia simples, pero misteriosas en el fondo: «Murió de tristeza». Juan Gabriel Vásquez parte de esas palabras para investigar en la vida secreta o desconocida de una mujer extraordinaria. Feliza Bursztyn se enfrentó siempre a la sociedad en la que le tocó vivir. Hija de una pareja de judíos expatriados en Colombia, artista revolucionaria en un tiempo de revoluciones políticas, mujer de espíritu libre en un mundo que desconfiaba de la libertad de las mujeres, llevó una existencia que puso en escena las grandes tensiones del siglo XX y, sobre todo, el deseo de ser dueña de sí misma. En Los nombres de Feliza el autor funde con maestría la autobiografía, la realidad y la imaginación para entregar al lector una ficción asombrosa y desgarradora sobre cómo la vida íntima de un ser humano se ve inevitablemente arrollada por las fuerzas de la historia y la política”.

Mi generación creció también con una obra de Françoise Sagan (1935-2004), Bonjour Tristesse (Buenos días, tristeza, 1954), que inspiró la película homónima estrenada en 1958, ambas con un éxito social sin precedentes y con una fuente común, un poema de Paul Eluard, Desfigurada apenas, en La vida inmediata (1932), donde expone su concepción personal de la corriente existencialista y surrealista que afectaba a Europa, a París también, en años difíciles en su intrahistoria bélica y geopolítica:

Adiós tristeza

Buenos días tristeza

Inscrita estás en las rayas del techo

Inscrita estás en los ojos amados

No eres la miseria exactamente

Pues los labios más tristes te anuncian

Con una sonrisa

Buenos días tristeza

Amor de los cuerpos amables

Poder del amor

Cuya amabilidad surge

Como un monstruo sin cuerpo

Cabeza decepcionada

Tristeza con rostro bello.

Vuelvo al artículo de García Márquez, a sus palabras finales, para comprender la tristeza profunda de Felisa Bursztyn, su agotamiento general, tan común, tan extendido en determinados acontecimientos vitales por la ausencia de libertades, compartiendo la última cena con ella en París: “Feliza, sentada a mi izquierda, no había acabado de leer la carta para ordenar la cena, cuando inclinó la cabeza sobre la mesa, muy despacio, sin un suspiro, sin una palabra ni una expresión de dolor, y murió en el instante. Se murió sin saber siquiera por qué, ni qué era lo que había hecho para morirse así, ni cuáles eran las dos palabras sencillas que hubiera podido decir para no haberse muerto tan lejos de su casa”.

Todo lo anterior es lo que llevó a Juan Gabriel Vasquez a escribir Los nombres de Feliza, excelentemente explicado por Berna González Harbour en Babelia (El País), Juan Gabriel Vásquez encuentra a la Madame Bovary del siglo XX: “Quise saber por qué murió de tristeza”, con su habitual buen hacer periodístico, objetivo y veraz. A mí, hoy, la azarosa vida de una mujer, escultora por más señas, triste hasta la muerte por el exilio, por la pérdida de la vida ordinaria en democracia. Un ejemplo aleccionador. Para que no se olvide, ni siquiera un momento. Al buen entendedor o buena entendedora, demócratas, con estas pocas palabras basta.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Los estela de los santos inocentes, los de Delibes, los de hoy y siempre

Sevilla, 29/XII/2024

La memoria democrática de este país se puede explicar de muchas formas. Algunas personas recordamos la película Los santos inocentes, dirigida por Mario Camus, basada en una obra homónima de Miguel Delibes (1920-2010), a través de una frase icónica, ¡Milana bonita!, pronunciada de forma repetida con la voz profunda e inconfundible de Paco Rabal en su papel de Azarías. Camus, fallecido en 2021, nos entregó un día ya lejano este regalo cinematográfico, en el que él sabía lo que nos daba pero no lo que en verdad recibíamos, un fragmento de nuestra memoria histórica y democrática, con el tiempo dentro. Aprendí también a conocer nuestro triste pasado como país, gracias a la novela homónima de Miguel Delibes y a su versión llevada al cine de la mano magistral de Mario Camus.

Lo que no recordará casi nadie es que en la banda sonora de la película está presente una persona anónima para la cinematografía de este país, Pedro Madrid, un rabelista de Cantabria, un músico inocente de extracción rural, que nunca vio la película porque estaba dedicado en cuerpo y alma a su tierra, Polaciones (Cantabria) y a su parentela, nada más, muy lejos del bullicio mundano.

El rabel es un instrumento de cuerda frotada, tres cuerdas concretamente, que Pedro tocaba con destreza: “Éste -y muestra el que tiene en esos momentos en sus manos- está hecho de madera de tejo. Es un árbol milenario cargado de leyendas, pero es muy difícil encontrarlo. También los hago de serval, que es un árbol sagrado de los antiguos celtas” (1). Tiene raíces árabes, el rabáb, según el diccionario de la RAE: instrumento musical pastoril, pequeño, de hechura como la del laúd y compuesto de tres cuerdas solas, que se tocan con arco y tienen un sonido muy agudo. Desde 1505 tenemos registrada la existencia de este instrumento en el diccionario de Fray Pedro de Alcalá, matizada posteriormente en el de Autoridades, en 1737: “instrumento músico pastoril, de hechura como la del laúd”.

La aportación de Pedro Madrid a la película es un símbolo del argumento de la misma, porque desprende sabiduría rural a manos llenas, es decir, la exposición desnuda de las relaciones amo-sirviente durante la posguerra en España, donde el desprecio al que menos tiene y, además, te sirve, era una seña de identidad de la burguesía cortijera de la época. Delibes escribió una denuncia social descarnada, continua, en formato de novela, con una trama en la que los santos inocentes son aquellas personas que viven con dignidad el hecho de ser diferentes, singulares, casi sin darse cuenta, casi siempre ignorados por la sociedad.

Ayer, día de los santos inocentes, volví a recordar la película y un instrumento humilde, el rabel, tocado con destreza por Pedro Madrid, un gran desconocido para la historia de la música en este país. Lo escucho en los títulos de crédito de la película, llevándome en volandas como la grajilla de Azarías. Es solo un homenaje a su colaboración en la historia de la literatura y el cine en este país, en un día del calendario navideño muy especial.

(1) https://elpais.com/diario/1985/09/06/ultima/494805604_850215.html

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Nochebuena de los felices, según Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, primera edición en 1914

Sevilla, 24/XII/2024

Vivimos inmersos en unos días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Como decía Gabriel García Márquez, la Navidad, «[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”, añadiendo una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos” (1). Hoy, recuerdo el villancico que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, en mi Cinema Paradiso imaginario, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando muchas veces convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo estas palabras como regalo con estela para todos los días (2), no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo. También a los niños y niñas de mi ciudad, que viven en los barrios calificados como más pobres de España, porque estoy convencido de que su nochebuena es diferente, la de los nadies, «los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida«, que de forma tan excelsa describió Eduardo Galeano en un poema precioso, para que no se olvide la dignidad y la luz que llevan dentro, porque a su manera viven la navidad de los felices, según la describió Juan Ramón Jiménez en su obra excelsa, Platero y yo.

La nochebuena de los felices no me pertenece como título de esta reflexión, sino al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez: «Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro«. En 2014 se celebraron los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, en mi Moguer imaginario, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio, 2024, Sigue vigente la denuncia que Gabriel García Márquez hizo en 1980 sobre la navidad actual

(2) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SIRIA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Sigue vigente la denuncia que Gabriel García Márquez hizo en 1980 sobre la navidad actual

Sevilla, 7/XII/2024

Hace cinco años, busqué refugio en la literatura para intentar comprender diferentes reflexiones sobre el sentido actual de la navidad, siendo consciente de que a pesar del grito desesperado de rabiosa actualidad, “¡que nos la roban!”, por parte de las derechas ultramontanas, sigue vigente como celebración religiosa con denominación de origen, incluso con más fuerza que nunca, auspiciada por la corriente capitalista, liberal, populista y nacionalista, con apoyos explícitos de la Iglesia católica, apostólica y romana, dirigida de forma no inocente hacia el Gran Mercado Mundial, que sopla en los cuatro puntos cardinales del planeta, comandada por Míster Trump, orgulloso siempre de «haber encabezado la ofensiva contra el asalto a la Navidad». Vaya por delante mi respeto reverencial a las personas de bien que tienen esta creencia navideña y son consecuentes con ella y con lo que representa, no integrados en lo que se ha convertido esta celebración en un mundo cada vez más al revés.

En esta búsqueda literaria, encontré un artículo de Gabriel García Márquez, que vuelvo a comentar y compartir hoy con la Noosfera, la malla pensante de la humanidad según Teilhard de Chardin y Tom Wolfe, publicado en el diario El País, el 24 de diciembre de 1980, que llevaba un título harto preocupante: Estas navidades siniestras. Es verdad que hacía un retrato demoledor de la celebración de la navidad en los países latinoamericanos, pero salvando lo que haya que salvar, creo firmemente que sigue teniendo vigencia absoluta en nuestro país.

Comenzaba de forma implacable: “Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran”.

El artículo sigue describiendo una realidad irrefutable: la navidad ha perdido su relato histórico para dar paso a la interpretación de una historia brillante por parte del mercado americano. García Márquez reconoce que la navidad latinoamericana era de factura española, con su candidez sencilla y fea a veces: “Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau”.

Después analiza el desplazamiento de los regalos del día de Reyes por los del día 25 de diciembre a través de Santa Claus, Papá Noel, San Nicolás y otras metamorfosis imposibles de impecable factura gringa, nórdica o inglesa: “Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina”.

Finaliza el artículo con palabras muy duras afirmando que la fiesta de la Navidad “[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”. Y continúa con una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos”.

Plácido, 1961, escenas finales – Dirigida por Luis G. Berlanga.

En este contexto recuerdo siempre la película que marcó mi infancia en tierras de Castilla, Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original), dirigida por Luis G. Berlanga y nominada al Óscar de 1962, porque me ayuda a comprender mejor los fastos navideños que nunca me supieron levantar, al igual que la música militar que cantaba Paco Ibáñez o la navidad contada por Gabriel García Márquez. En aquella película el guion no tenía desperdicio y Rafael Azcona lo sabía. Con motivo de la promoción de las ollas Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma.

Aprovechando la dolorosa ausencia de un maestro del cine de autor, Azcona, comprometido con la vida y la muerte, con la auténtica Navidad de cualquier año, publiqué en 2008 que “hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Rafael Azcona, desde donde quiera que esté, puede volver a escribir un guion utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá.

Canté este villancico en muchas navidades blancas y con noches de paz y de amor sin darme cuenta de lo que decía. García Márquez tenía razón.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

La vida no es como en las películas, es algo mucho más difícil

Salvatore (Marco Leonardi) y Elena (Agnese Nano), en Cinema Paradiso

Sevilla, 1/XII/2024

Tres años después, he entrado de nuevo en mi filmoteca particular, eligiendo para esta ocasión “Cinema Paradiso”, que siempre me conturba y conmueve, recordando hoy que cuando era muy niño me asomaba al balcón de mi casa en Sevilla y escuchaba voces y música del cercano Cine Ideal, mi Cinema Paradiso particular, imaginándome escenas imaginarias de un niño imaginario.

Por este motivo, vuelvo a publicar hoy las reflexiones que hice en 2021 sobre la quintaesencia de esta maravillosa película, entregándolas a la malla pensante de la humanidad, a la que Teilhard de Chardin llamaba la “Noosfera”. Lo hago como acto responsable para seguir defendiendo la existencia de la vida, porque es bella, así como el compromiso vital que como ciudadanos políticos, en su sentido primigenio, se nos pide a cada uno, cada una para hacerla más amable cada día, convencido de que la vida no es como en las películas, sino algo mucho más difícil, aunque a veces, como en “Cinema Paradiso”, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

La vida no es como en las películas, es mucho más difícil

Sevilla, 6/IX/2021

He visto de nuevo Cinema Paradiso, con un sentimiento de necesidad sobre la búsqueda de la terca realidad del amor en la vida de cada uno, viviendo muchas veces como personas ciegas al color de la vida, entendiendo que “la vida no es como en las películas, sino algo mucho más difícil”, tal y como lo aprendí de Alfredo, un protagonista inolvidable de esta película grabada en mi filmoteca de secreto. Esa fue la razón del corazón para verla de nuevo, aunque la de la razón era también muy clara: escuchar atentamente los diálogos de la película, sus frases inolvidables que me permitieran entender bien su hilo conductor. Recordaba de visionados anteriores unas palabras de Alfredo, el proyeccionista que hablaba muchas veces a solas con Greta Garbo y Tyrone Power, “como un bobo”, en su querida cabina del Paradiso, dirigidas con profundo amor a Salvatore (Totó), su entrañable amigo: «Cada uno de nosotros debe seguir su estrella. Márchate. Esta tierra está maldita. Mientras permaneces en ella, te sientes en el centro del mundo. Te parece que nunca cambia nada. Luego te vas, un año, dos, y cuando vuelves todo ha cambiado. Se rompe el hilo. No encuentras a quien querías encontrar. Debes ausentarte mucho tiempo, muchos años, para encontrar a tu vuelta a tu gente, la tierra donde naciste. Pero ahora no es posible. Ahora estás más ciego que yo (…) Márchate. Regresa a Roma. Eres joven, el mundo es tuyo. Yo ya soy viejo. No quiero oírte más ni quiero oír hablar de ti».

Su vida se vería alterada por el romance de juventud con Elena, la hija del banquero de Giancaldo (Sicilia). Salvatore seguía dando vueltas al enigma que un día, paseando su amistad con Alfredo, le planteó desde su ceguera:

– Te contaré una historia. Sólo para ti, Totó. Sentémonos un momento. Hubo una vez un rey que dio una fiesta. Las más hermosas princesas asistieron. Un soldado de la guardia real vio pasar a la hija de rey. Era la más bella de todas, e inmediatamente el soldado se enamoró. Pero, ¿qué era un simple soldado al lado de la hija de un rey? Un día el soldado se las arregló para verla y le dijo que ya no podía vivir sin estar a su lado. La princesa quedó tan impactada por la profundidad de sus sentimientos que le dijo: “Si puedes esperar por cien días y cien noches bajo mi balcón yo seré tuya”. Dicho esto, el soldado salió y esperó un día, dos… luego diez, veinte. Cada noche la princesa lo buscaba y allí estaba él, sin moverse. Siempre allí, lloviera o relampagueara. Los pájaros se le cagaban encima, las abejas se lo comían vivo, pero él no se movía. Después de 90 noches, estaba tremendamente delgado, pálido. Al pobre le resbalaban las lágrimas de los ojos. Ya no podía contenerlas. No le quedaban ni fuerzas para dormir. Mientras, la princesa seguía observándole. Y, al llegar la noche noventa y nueve… el soldado se incorporó, cogió su silla, ¡y se largó de allí!…

– Totó: ¡No me digas! ¿Al final?

– Justo al final, Totó. No me preguntes qué significa, no lo sé. Si logras descifrarlo, me lo dices.

El microrrelato El mandarín y la cortesana, de Roland Barthes, que aparece en su obra Fragmentos de un discurso amoroso (2004), es una historia que recuerda las palabras de Alfredo pero en una síntesis perfecta: “Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. «Seré tuya», dijo ella, «cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana». Pero, en la nonagésimo novena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va”.

Creo que ambas reacciones aparentemente inexplicables las aborda José Saramago muy bien en su Cuento de la isla desconocida: “todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas”, aunque sea la mujer del cuento la que conoce mejor que nadie lo que de verdad quiere decir a los cuatro vientos: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

He buscado siempre respuestas a los grandes interrogantes de la vida en mi persona de secreto y de todos, en mi atlas de islas desconocidas, que es -nada más y nada menos- que el álbum de las personas que no he conocido bien en la vida aunque hayan estado presuntamente muy cerca. También, las que por una razón u otra ocuparon mi corazón por diversos motivos: “Ya me comprometí con esta aventura al iniciar la publicación de este blog, aunque he descubierto hasta ahora que sí es posible publicarlo a través de medios digitales, respetando el hilo conductor que me enseñó Saramago, en su Cuento de la isla desconocida: saber a qué puerta se llama de las ofertas reales de cada vida para descubrir el amor que lo mueve todo, pero saliendo cada uno de sí mismo para contemplar lo que hay que cambiar en cada persona de secreto para compartirlo con los demás”. Puertas que nos muestra Saramago a modo de oportunidades, a las que podemos llamar y entrar dependiendo de nuestra actitud ante la vida: la Puerta de las Peticiones, la de los Obsequios y… la del Compromiso. Además, ese atlas de nuestras islas desconocidas, a configurar, es siempre personal e intransferible, de difícil localización por personas ajenas a nuestro barco de secreto. A menos que la mujer de la limpieza que nos presentó Saramago en su cuento acuda también en nuestra ayuda… Una gran mujer aislada hasta que desembarca en la isla de la persona que admira.

Vuelvo a escuchar frases de Alfredo y creo que descubro lo que significa salir de uno mismo para encontrar la vida y el amor que da sentido a cada día: “el progreso siempre llega tarde”, “elijo a mis amigos por su apariencia, a mis enemigos por su inteligencia. Eres demasiado inteligente para ser mi amigo”, “la vida no es como en las películas, es mucho más difícil”, “fuera de aquí, vuelve a Roma. Eres joven y el mundo es tuyo. Estoy viejo. No quiero seguir oyéndote hablar más. No vuelvas, no pienses en nosotros. No mires hacia atrás, no escribas, no cedas a la nostalgia, olvídanos. Pero si lo haces y regresas, no vengas a verme, no te dejaré entrar en mi casa, ¿lo entiendes?; tarde o temprano llega un momento en que estar callado y hablar es lo mismo; es mejor estar callado”. A Elena le da una clave existencial: “después del fuego del amor vienen cenizas, incluso el amor más grande con el tiempo se esfuma”; vuelve a dirigirse a Salvatore: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”.

Y me quedo con una frase final de Alfredo: “Ahora que he perdido la vista veo mejor”. Cerca de él, al oído, le explico cómo he entendido la parábola del soldado y la hija del rey o la del mandarín y la cortesana, y creo que le ha gustado. Yo también fui a Roma hace ya muchos años y volví a mi Giancaldo particular. Se lo comento también a Salvatore, cuando se seca las lágrimas al visionar la película con las escenas censuradas y que Alfredo había montado para él con tanto cariño. Mi película…, sigue guardada en mi caja de sueños con el convencimiento -a mi matusalénica edad- de que haga lo que haga tengo que amarlo por encima de todo, aunque sé que la vida no es como en las películas, sino algo mucho más difícil: una pertinaz espera.

NOTA: la música que encabeza estas palabras, es la melodía principal de la banda sonora original de la película “Cinema Paradiso”, compuesta por Ennio Morricone.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Palabras para las 7291 personas mayores fallecidas durante la pandemia en Madrid, sin atención médica, a las que no olvido

Sevilla, 24/XI/2024

Ayer se celebró en Madrid una manifestación organizada por Marea de Residencias, con unos mensajes explicativos en su convocatoria que reproduzco a continuación por el respeto que merecen: ¡7291 murieron en las Residencias sintiendo el horror de no ser auxiliados! ¡Manifiéstate el 23 de noviembre! ¡7291 fueron abandonados, no los abandones tú también! ¡Por justicia, responsabilidades! ¡Por dignidad, derechos humanos!

Personalmente, no las abandono desde este humilde altavoz que busca siempre defender la dignidad humana y la lucha incansable por olvidar el olvido. Por este motivo, he vuelto a leer el resumen ejecutivo del Informe de la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid, publicado el pasado 15 de marzo, al que dediqué un artículo en este cuaderno digital, elaborado por la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid, reteniendo hoy en mi persona de secreto y en la de todos, que decía Ortega y Gasset, las palabras finales, porque exponen de forma contundente el camino que se debe andar para abrir vías que propicien una actuación positiva, de una vez por todas, del Ministerio Público, que permita exigir “justicia, investigación y no repetición: «Para terminar, en lo general, lo aquí expuesto exige una revisión a fondo del modelo residencial y de cuidados de las personas mayores y de las personas con discapacidad e insta a impulsar un cambio cultural y social de fondo sobre la relación que la comunidad debe tener con las personas mayores, una relación que rechace de plano la discriminación edadista instalada invisiblemente entre nosotros. En lo particular —objeto preciso de este informe—, se urge al Gobierno de la Comunidad de Madrid y a las autoridades del ámbito judicial, especialmente al Ministerio Fiscal, a que cumplan escrupulosamente con su deber de transparencia y de protección activa de los derechos fundamentales de las personas, investigando lo sucedido, determinando los responsables si los hubiere y acordando los resarcimientos a que hubiera lugar. Realizando el derecho a la verdad, con todas sus consecuencias«.

Informe de la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid

Como dije en mi artículo anterior, Un informe, imprescindible, para conocer la verdad de lo ocurrido en las residencias de mayores, en Madrid, la muerte de personas mayores por el «abandono» a su suerte, durante la pandemia en todo el país, pero especialmente en Madrid, debería seguir removiendo nuestras conciencias -más allá de las cifras frías- de una vez por todas y exigir responsabilidades políticas de todo tipo. Sentí una emoción especial al ver ayer a los manifestantes de la Marea de Residencias en Madrid, un grupo de personas, familiares fundamentalmente de personas mayores fallecidas durante la primera ola de la pandemia, manifestándose de nuevo para que no se olvide el olvido de los ocurrido durante la citada pandemia.

Como muestra de este recuerdo activo, está el documental «7291″, un documental dirigido por Juanjo Castro que habla sobre los fallecidos en las residencias de ancianos de la región durante la pandemia. Sobrevive en su lucha para que entre los circuitos de distribución cinematográfica en las salas del país, tarea que no está siendo fácil, a pesar de que es una muestra imprescindible para conocer de forma objetiva lo ocurrido en aquellos días. Como informaba ayer elDiario.es, «a mediados de octubre, ‘Marea de residencias’ y ‘7291: Verdad y justicia’, presentaron una nueva denuncia conjunta ante la Fiscalía Superior de Justicia de Madrid por la “discriminación sufrida” durante la pandemia. La denuncia fue presentada por 108 familiares de 115 residentes que vivían en 72 residencias distintas de la región y en ella se aportaba “documentación inédita” como “informes internos del Gobierno en los que se reflejaba la situación en la que estaban los geriátricos”, según explicaron las portavoces de las plataformas. Hasta el momento, la justicia ha cerrado todos los procedimientos iniciados al no acreditarse la comisión de delito alguno en relación a los protocolos de derivación de residentes».

Creo, a la luz del informe citado, que no hay que bajar la guardia en relación con este asunto de tanta transcendencia humana, personal, social y, también, de delimitación de responsabilidades políticas, caiga quien caiga, porque estos hechos no deberían quedar impunes. Es más, no deberían prescribir, ante la pasividad social de un país que está viviendo el ocaso de la democracia. Por esta razón de la razón y del corazón, público hoy esta reflexión, con objeto de que quien la lea contribuya a su difusión máxima, en homenaje a las miles de personas mayores que murieron por la indignidad política de quienes tomaron decisiones que avergüenzan cualquier conciencia en personas dignas. Por extensión, a sus familiares y a los profesionales que les ayudaron, como pudieron, a morir en medio de esta injusticia manifiesta.

Lean el informe, por favor, porque nos permite emitir juicios bien informados, no opiniones. Es lo mínimo que podemos hacer para contribuir al esclarecimiento final y justo de estos hechos. Colabore, por favor, en su difusión, porque en este caso, entre otros muchos, debemos olvidar este olvido. Soy consciente de que si se callan…, las personas que cantan, que componen, que escriben, que sueñan, que son blogueros o blogueras, o personas que ejercen una política digna, los y las artistas, o la ciudadanía anónima, con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano, se calla la vida y… la palabra, que aún nos queda.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Dependemos ya de los “Siete Magníficos” tecnológicos y digitales, del nuevo tecnofeudalismo

Sevilla, 1/XI/2024

Lo dice alto y claro la Real Academia Española de la Lengua, al abordar el significado de la palabra “dependencia”: “subordinación a un poder”, entendida como “sujeción, orden, o dominio de alguien”. Llevado al mundo digital, podemos definirlo como subordinación humana a los “siete magníficos”, Apple, Microsoft, Meta, Amazon, Alphabet, Nvidia y Tesla, por la que quedamos sujetos a sus órdenes, mando y dominio absoluto. Por si quedaba alguna duda, cualquiera de los sinónimos de subordinación sólo nos muestra más intranquilidad atómica, es decir, humana: sometimiento, supeditación, sumisión, dependencia, sujeción, obediencia, vasallaje y menoría.

Los que recordamos aquel western memorable del siglo pasado, Los siete magníficos (1960), dirigida por John Sturges, no entendemos por qué se etiqueta a este lote de empresas así, aunque es verdad que cualquier parecido actual con la realidad de aquella película no es pura coincidencia. El argumento, resumido para quien no lo recuerde, hacía referencia a un pueblo mexicano, próximo a la frontera con los Estados Unidos, que vivía asediado por una banda de malhechores, con un sujeto al frente de nombre Calvera, que les robaba sus cosechas. Para defenderse contratan a pistoleros profesionales americanos, más rentables que comprar armas. A este llamamiento acuden sólo siete hombres: Chris Adams (el jefe), Vin, Bernardo O´Reilly, Britt, Lee, Harry Luck y Chico. Después de sucesivos rifirrafes de disparos y muertes por ambas partes, algo normal en un western de la época, donde Calvera y sus hombres “malos” mueren también, acaba triunfando el bien, los teóricos “buenos”, con el corolario siguiente: de los “siete magníficos” mueren finalmente cuatro y sobreviven tres, en busca de nuevas aventuras de vida o muerte a sueldo.

Sería un juego digital apasionante, un videojuego real como la vida misma, asignar a cada empresario que forma parte de los nuevos “siete magníficos”, un avatar de aquella película, porque todos los pistoleros no eran iguales. Lo que sí tengo claro es que el pueblo mexicano de la película es la actual aldea mundial de ocho mil millones de personas, asediados por malhechores de todo tipo, con “Calveras” por doquier, de fácil identificación según movamos el mapamundi, porque a través de las tecnologías de la información y comunicación buscamos el norte de este mundo al revés, al amparo de lo que nos ofrecen los nuevos “siete magníficos”. Sobre lo que tengo muchas dudas es que vengan a salvarnos “pistoleros digitales” del tipo Elon Musk, ignorando todavía quién es el jefe de “esta banda” (en sentido metafórico siempre) y qué pueden hacer con el mundo en sus manos y en sus bancos y fondos de inversión, por el inmenso poder económico que tienen.

Por otra parte, de aquella película nos queda todavía el recuerdo de su banda sonora, extraordinaria obra de Elmer Bernstein, sobre todo su melodía principal. Me quedo ahora escuchándola, intentando descifrar por qué Tim Cook (Apple), Satya Nadella (Microsoft), Mark Elliot Zuckerberg (Meta), Jeff Bezos (Amazon), Sergey Brin (Alphabet), Jen-Hsun Huang (Nvidia) y Elon Musk (Tesla), son considerados los “siete magníficos” actuales, sobrecogiéndome constatar que entre todos y junto a otras tres grandes compañías tecnológicas han llegado en lo que va de año, según Statista, a una “capitalización bursátil de 17,4 billones de dólares, cifra que supera la suma del PIB de Alemania, Japón, India y Francia juntas, y se aproxima a los 18,5 billones de dólares del PIB de China. Solo Apple tiene un valor de mercado de 3,4 billones de dólares, equivalente al PIB del Reino Unido”.

En definitiva constatamos que tienen un inmenso poder para decidir los inescrutables caminos del imperio tecnológico, digital por supuesto, en manos de unos pocos aventureros digitales, con herramientas de doble uso, según les parezca utilizar, para la guerra o para la paz, el malestar o el bienestar social, las mentiras o las verdades en medios digitales y redes sociales, la riqueza o la pobreza, la inclusión, la exclusión o la migración eterna, la salud o la enfermedad, el hambre o la sobreabundancia alimentaria, la sed y el control férreo y privado del agua, la atención al cambio climático o la contemporización con los desastres naturales sin hacer nada, entre otras muchas dialécticas sociales, obedeciendo siempre a intereses del mercado y separándose conscientemente del interés general digital, que también existe, con repercusiones gravísimas para la sociedad.

De una forma u otra, dependemos ya de los siete magníficos, en una subordinación jamás pensada, sujetos a sus órdenes al ritmo que nos marcan sus obsolescencias tecnológicas programadas de forma no inocente y de sus progresos calculados a un ritmo en este caso frenético, sufriendo la población a diario el síndrome de la última versión, de no llegar muchas veces a ella. También, dependientes y subordinados a su mando imperial tecnológico, que marca muchas veces a los Gobiernos el camino digital por donde debe ir el mundo, sabiendo que poseen el dominio digital omnipresente y omnisciente. En definitiva, estamos abocados al tecnofeudalismo absoluto, ya analizado por mí en este cuaderno digital, cuando abordé esta realidad a través de Yanis Varoufakis, autor del libro Tecnofeudalismo, a quien conocimos bien en 2015 como ministro de Finanzas en el gobierno heleno, una época en que Grecia resurgió serena y democráticamente en un amanecer hacia nuevos horizontes políticos que, por desgracia, no tardaron mucho en desaparecer estrepitosamente. El planteamiento reflejado en esta obra nace de un hilo conductor claro y contundente, sobre la base de que “el capitalismo ha muerto y el sistema que lo reemplaza no es mejor”, teniendo al frente a los “Siete Magníficos”, según se plantea en la sinopsis oficial del mismo: “Las dinámicas tradicionales del capitalismo ya no gobiernan la economía. Lo que ha matado a este sistema es el propio capital y los cambios tecnológicos acelerados de las últimas dos décadas, que, como un virus, han acabado con su huésped. […] Los dos pilares en los que se asentaba el capitalismo han sido reemplazados: los mercados, por plataformas digitales que son auténticos feudos de las big tech; el beneficio, por la pura extracción de rentas. A partir de esta observación, confirmada por la crisis de 2008 y la provocada por la pandemia, Varoufakis ha desarrollado su teoría del «tecnofeudalismo», según la cual los nuevos señores feudales son los propietarios de lo que llama «capital de la nube», y los demás hemos vuelto a ser siervos, como en el medievo. Es este nuevo sistema de explotación lo que está detrás del aumento de la desigualdad. Sirviéndose de ejemplos que van desde la mitología griega y Mad Men hasta las criptomonedas y los videojuegos, este libro ofrece un arsenal analítico de valor inestimable para poder esclarecer la confusa realidad socioeconómica actual. Comprender el mundo que nos rodea es el primer paso para poder tomar el control, quizá por primera vez, de nuestro destino colectivo”.

Sabemos que los “siete magníficos” de la película lo tenían todo muy claro, en voz de sus protagonistas: “¡Resolver problemas no es lo nuestro. Lo nuestro es el plomo, amigo!, […] los he obligado a tomar decisiones, conmigo solo han de tomar una: hacer lo que yo digo”. Una vez más, estamos avisados, recordando también al asesor de Clinton en aquel exabrupto que dio la vuelta al mundo en su campaña de 1992: ¡Es la economía, idiotas!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.


UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

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