Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 21 de diciembre de 1921- Ciudad de México, 7 de febrero de 2003)
Sevilla, 30/I/2025 – 21:25 (CET+1)
Visto lo visto en estos días, sobre todo con la irrupción del terremoto Trump, azote de la democracia mundial, me ha venido a la memoria el cuento precioso y breve, El dinosaurio, de Augusto Monterroso , que por bueno, es dos veces bueno:
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Al recordarlo y casi sin pensarlo, he hecho un paralelismo con mi sueño permanente de defender la democracia, como pilar básico del entendimiento y del respeto a las personas de este país, del mundo en general, viniéndome a la mente otro relato, breve como el anterior, que lo pensaba así:
Cuando desperté, la democracia todavía estaba aquí.
Ítalo Calvino, el escritor italiano al que debo tanto en mi forma de pensar y escribir, reconoció el valor incalculable de la rapidez y concisión en la literatura y así lo expresó en una conferencia titulada Rapidez, que desgraciadamente nunca llegó a pronunciar porque falleció una semana antes de trasladarse a la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts) en septiembre de 1985, para llevar a cabo su compromiso de participar en las Charles Elliot Norton Poetry Lectures, que luego se recopilaron como obra póstuma bajo el título de Seis propuestas para el próximo milenio (1). Esta obra la he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital porque a lo largo de los casi veinte años de vida que ya tiene, Calvino siempre ha estado presente en él ante el fenómeno de la hoja en blanco, precisamente utilizando el título de la conferencia que se incorporó a aquellos borradores de Harvard con el título de El arte de empezar y el arte de acabar, cuya introducción sigue siendo un norte en mi vida intelectual, procurando siempre que lo que escriba sea algo especial, siguiendo las recomendaciones de Calvino, tantas veces citadas en hojas digitales anteriores: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela. Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial”.
En este sentido, si traigo hoy también a colación a Ítalo Calvino, es por su cita del relato de Monterroso en la citada conferencia, Rapidez, cuando se refiere a él reflexionando sobre una literatura basada en la concisión, como presagio de que sería una realidad inexorable en el siglo venidero [XXI]: “La concisión es sólo un aspecto del tema que quería tratar, y me limitaré a deciros que sueño con inmensas cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama. En los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento. Borges y Bioy Casares recopilaron una antología de Cuentos breves y extraordinarios. Yo quisiera preparar una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible. Pero hasta ahora no encontré ninguno que supere el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Mi relato breve, Cuando desperté, la democracia todavía estaba aquí, me ha alegrado el día y quería compartirlo con la malla pensante de la Humanidad, la Noosfera. Nada más.
(1) Calvino, Ítalo, Seis propuestas para el próximo mileno, 1998, Madrid: Siruela.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA Y ORIENTE MEDIO, REPÚBLICA DEL CONGO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Collage del libro ‘Visión de Nueva York’. CARMEN MARTÍN GAITE (EDITORIAL SIRUELA)
La libertad siempre da algo de miedo cuando se ve de cerca, ¿no lo sabías?
Carmen Martín Gaite, en Visión de Nueva York.
Sevilla, 21/I/2025
Hoy, horas después de la toma de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos, de cuyo nombre no quiero ahora acordarme, me aproximo de forma simbólica a su icónica Estatua de la Libertad. Verán por qué. Este año se cumple el centenario del nacimiento de Carmen Martín Gaite (1925-2000), excelente escritora que fue capaz de romper muchos moldes como persona abierta a la modernidad en tiempos difíciles para el país. Reconozco que no es una autora que haya frecuentado en mi lectura im-paciente, porque soy más de ensayos, aunque ella tentó suerte con este género literario y triunfó en él de forma sobrada.
Si escribo hoy sobre ella es en relación a una obra suya que se estrena esta semana en el teatro Abadía, en Madrid, Caperucita en Manhattan, en una cuidada adaptación teatral de Lucía Miranda, en el teatro de la Abadía, cuyo estreno está previsto el 23 de enero, a la que seguirá El cuarto de atrás, también en La Abadía.
Caperucita en Manhattan cuenta la historia de Sara Allen, según la sinopsis oficial, “una niña de diez años que vive en Brooklyn, Nueva York. Su mayor deseo es ir sola a Manhattan para llevarle a su abuela una tarta de fresa. La excéntrica abuela de esta moderna Caperucita ha sido cantante de music-hall y se ha casado varias veces. El lobo es míster Woolf, un pastelero multimillonario que vive cerca de Central Park en un rascacielos con forma de tarta. Pero el hilo mágico de este relato se centra en miss Lunatic, una mendiga sin edad que vive de día oculta en la estatua de la Libertad y que sale de noche para ayudar a que las desgracias humanas sean menos y, si es necesario, regalar un elixir capaz de vencer al miedo. Con maestría y frescura, Carmen Martín Gaite recrea y adapta este clásico de la literatura sobre la iniciación a la vida adulta, y sobre los peligros a los que tenemos que hacer frente con independencia y libertad”.
Leyendo estos días artículos sobre este centenario tan justo y merecido en democracia, he descubierto sus Cuadernos de todo, una serie manuscrita y artística en el modelo contemporáneo de collage, donde la autora volcó su esencia literaria en blocs de la época, años setenta, que su hija Marta le había regalado desde su primera incursión artística en estas composiciones. Fue en uno de esos blocs, Visión de Nueva York, donde Carmen volcó sus impresiones durante su estancia en otoño de 1980, que ahora vuelve a cobrar vida en formato libro y en una cuidada reedición.
Ha sido precisamente en este bloc donde he descubierto un collage con una nota de puño y letra que no me ha dejado indiferente: La libertad siempre da algo de miedo cuando se ve de cerca, ¿no lo sabías? Una reflexión sobre esta pregunta, me lleva de la mano a leer próximamente una obra del profesor José Teruel, que me ayudará a conocer mejor a esta mujer valiente y comprometida con los espacios múltiples de libertad que nos ofrece la vida. Se trata de Carmen Martín Gaite. Una biografía, obra ganadora del reciente XXXVII premio Comillas de la editorial Tusquets. Estás memorias, descubren “con brillantez el contexto social y literario de una narradora que supo conquistar a varias generaciones de lectores, al tiempo que evoca con exquisita sensibilidad las tragedias que condicionaron la personalidad de la autora salmantina”. La recomiendo en tiempos de silencio y para cuidar el alma personal y solidaria (que tanto sufre). Estoy seguro de que no nos defraudará.
Una reflexión más, parafraseando a Carmen Martín Gaite: La libertad siempre da algo de miedo cuando se ve cada vez más lejos…, ¿no lo sabías?
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL
Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, primera edición en 1914
Sevilla, 24/XII/2024
Vivimos inmersos en unos días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Como decía Gabriel García Márquez, la Navidad, «[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”, añadiendo una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos” (1). Hoy, recuerdo el villancico que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, en mi Cinema Paradiso imaginario, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando muchas veces convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.
Escribo estas palabras como regalo con estela para todos los días (2), no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo.También a los niños y niñas de mi ciudad, que viven en los barrios calificados como más pobres de España, porque estoy convencido de que su nochebuena es diferente, la de los nadies, «los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida«, que de forma tan excelsa describió Eduardo Galeano en un poema precioso, para que no se olvide la dignidad y la luz que llevan dentro, porque a su manera viven la navidad de los felices, según la describió Juan Ramón Jiménez en su obra excelsa, Platero y yo.
La nochebuena de los felices no me pertenece como título de esta reflexión, sino al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez: «Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro«. En 2014 se celebraron los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.
Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.
Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :
Navidad
¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.
¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!
Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.
Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:
…Camina, María, camina José…
Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.
Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, en mi Moguer imaginario, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.
(2) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.
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UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SIRIA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Dedicatoria firmada y dibujada por Manuel Rivas, en su libro ¿Qué me quieres, amor?, 2016
Sevilla, 30/X/2024
El jurado que ha otorgado el Premio Nacional de las Letras 2024 a Manuel Rivas (A Coruña, 1957), ha justificado con bellas palabras, su justa decisión, tomada por “la extraordinaria calidad narrativa que aúna fuerza emocional y belleza formal y por la solidez de una trayectoria versátil y coherente construida con la sensibilidad y la defensa de la memoria histórica, la responsabilidad social y la lengua gallega. Pocos autores del panorama literario español, partiendo de un compromiso firme con su lengua, han conseguido alcanzar tal reconocimiento a nivel mundial. Su obra “acompaña su activismo, con una pluma que, sin adoctrinamiento, agita conciencias, induce a la reflexión y estimula el pensamiento hacia la defensa de la pluralidad lingüística y cultural y hacia la igualdad de género. Manuel Rivas, con una voz poderosa y singular, crea literatura y, con ella, vuelve a situar la escritura gallega en el olimpo de las Letras Nacionales”.
Siempre he admirado a este escritor polifacético, gallego por más señas, militante activo de su cuna y orígenes, muy presente en este humilde cuaderno digital. Es uno de mis maestros, al que recurro con frecuencia, porque aprendo mucho de él. La última vez, ha sido preparando un viaje a Galicia, porque su método para conocer su Comunidad no lo he olvidado nunca, recogido en un libro suyo, Galicia, Galicia. Este libro es un libelo de repudio al conservacionismo gallego de viejo cuño, político incluido, Rivas explica un método para conocer su tierra que cobra hoy una especial actualidad. Nos enseña a viajar con él, porque al final, caemos siempre en lo mismo: criticamos hasta la saciedad a este turismo que nos invade, a los otros, sin caer en la cuenta de que nosotros también hacemos a veces un turismo descontrolado, por imperativo del mundo actual, acabando como turistas al uso, a veces sin sentido y viajando hacia ninguna parte. Su lectura me ayudó a comprender qué significan las herbiñas de enamorar visitando una vez en la vida San Andrés de Teixidó, siguiendo también las indicaciones de Luar na Lubre, recomendando que cada uno, cada una, al leerlo, cambiando nombres, apellidos y situaciones, se quede con el fondo de lo expuesto. Es la única forma de comprender qué significa el turismo digno y ético que tanto necesitamos recuperar en nuestro país, abandonando el rol de volantistas (conductores sempiternos) por un tiempo y escogiendo un libro como la mejor guía para iniciar el mejor viaje posible a nuestra persona de secreto.
Este Premio, tan merecido “en vida”, en un país que se caracteriza por frecuentar los panegíricos de personas ilustres de todo tipo, profesión y lugar, eso sí, una vez fallecidas, cumple uno de sus objetivos cuando se creó en 1984, en tiempos de un Ministerio de Cultura que contempló la necesidad de poner en práctica, a través de acciones concretas, el artículo 149.2 de la Constitución Española, que señala el servicio de la cultura como deber y atribución esencial del Estado, destinado a reconocer el conjunto de la obra literaria de un autor vivo escrita en cualquiera de las lenguas españolas oficiales.
Además, aquí radica uno sus éxitos, porque la intención con la que se creó el premio era doble. A la vez que se reconoce la trascendencia de un autor y de la totalidad de su obra literaria, se incide -de acuerdo con el mandato constitucional- en la presencia de las lenguas españolas en la configuración de la cultura de nuestro presente y de nuestro futuro, integrada por una pluralidad de aportaciones lingüísticas que representan, cada una de ellas, una tradición literaria que forma parte de todo nuestro legado cultural.
Manuel Rivas es un maestro de la coherencia ética llevada a su forma de escribir en diferentes géneros, como periodista, poeta, novelista o columnista memorable en El País, siempre con su activismo ético dentro. Da igual el asunto que aborde, porque nunca defrauda. Se lo dije a él en una de sus visitas a Sevilla, en diciembre de 2016, para participar en una conferencia-diálogo, en el marco de los Diálogos Literarios en conmemoración de la primera circunnavegación de la Tierra, la Vuelta al Mundo de la expedición de Magallanes que completó Juan Sebastián Elcano. Cuando finalizó el encuentro, me acerqué para agradecerle lo aprendido a lo largo de los años de su lectura de compromiso activo. Le enseñé el libro que llevaba y que tanto quiero, ¿Qué me quieres, amor? Y nos lo dedicó con la maestría de los «alicientes» que tan bien conoce y que nos explicó en su intervención: la línea del horizonte que separa el mar del cielo, la luz que necesitamos siempre para iluminar cualquier viaje, con dos peces que van a en ambas direcciones porque suministran ideas en las idas y venidas de la vida, el libro abierto que escribimos a diario si nos comprometemos a defender el derecho a soñar y la unión íntima de humor y libertad, como mensaje explícito de su forma de ser en el mundo. Por cierto, libro editado por Bolboreta, mariposa en gallego, de quién aprendí el sentido de su alargada lengua, en un relato suyo precioso que no he olvidado nunca, La lengua de las mariposas. Sobre todo, para no participar en silencios cómplices en momentos cruciales de la vida, de este país, como ante la cordada de presos en los planos finales de su película homónima que tanto aprecio.
Aquél día, recibí de él un gran premio, el de su mensaje de que nos está permitido soñar, a través de un dibujo y palabras preciosas «con sentido», sus alicientes. Ayer, el país, le entregó uno muy importante, sobre todo por su coherencia ética y literaria, el Premio Nacional de las Letras, por “la extraordinaria calidad narrativa que aúna fuerza emocional y belleza formal y por la solidez de una trayectoria versátil y coherente construida con la sensibilidad y la defensa de la memoria histórica, la responsabilidad social y la lengua gallega”. ¡Mi enhorabuena más sincera, Manuel Rivas!, sobre todo porque me reafirma que otro mundo es posible con personas como tú, tan honesto y ligero de equipaje.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Hay que tener unas tragaderas pantagruélicas y éticas para pasar por alto lo que está pasando y estamos viendo estos días, con las andanzas literarias y escarceos amorosos y económicos del emérito, íntimamente asociados desde hace ya muchos años, donde deja huellas de que en bastantes ocasiones los vicios privados reales se han refugiado y silenciado con descarada complicidad, bajo la apariencia de públicas virtudes, reales por supuesto. No es la primera vez que abordo esta realidad real, valga la redundancia, porque la analogía de lo que ha sucedido a lo largo de la vida real del emérito tiene bastante que ver con la metáfora del cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador.
La verdad es que preferiría no haber tenido que escribir hoy sobre las andanzas reales del emérito, siguiendo a Bartleby, el escribiente, pero el silencio lo interpreto en determinadas ocasiones como una complicidad que clama al cielo. Además, sigo ahora el consejo del Abate Joseph Antoine Dinouart, en El arte de callar (1): Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio (Principio 1º, necesario para callar). Este es uno de mis principios y a diferencia de Groucho Marx, si a alguien no le gusta, no tengo otros. La última vez que escribí sobre esta realidad que, en este caso, no es un cuento, fue cuando el Tribunal Supremo de este país, decidió en 2022 archivar mediante dos decretos la investigación contra el rey emérito, sobre las presuntas comisiones millonarias que cobró por su intervención en la adjudicación de las obras del AVE a La Meca, el uso de tarjetas opacas y, finalmente, por su relación con millones ocultos en la isla de Jersey, justificado por dos razones incuestionables para ese órgano judicial, la inviolabilidad y la prescripción. La primera, porque extiende todos sus efectos a todos los actos ejecutados por el Jefe del Estado, sean estos desarrollados con ocasión del ejercicio de funciones regias o al margen de estas y, la prescripción, porque se ciñe al marco temporal en el que se desarrollaron los hechos denunciados y por las fechas en que sucedieron ya han prescrito ante la Ley. Lo verdaderamente sorprendente es que el rey emérito “se fue de rositas” de esta investigación que duró cuatro años, aun cuando la propia Fiscalía reconoce que se han calificado en esta investigación, como delitos cometidos por el Jefe del Estado, los siguientes: 10 delitos fiscales, dos cohechos impropios y uno de blanqueo de capitales, es decir, una «hoja de servicios” al país que avergüenza sólo al conocerlas, no digamos cuando se entra en el detalle de lo ocurrido o cuando se recuerdan, sin ir más lejos, los sucesivos discursos de navidad en los que nos decía sin mover una pestaña que “Juntos podemos vencer problemas y dificultades si actuamos con realismo, rigor, ética y mucho esfuerzo, anteponiendo siempre el interés general sobre el particular” (¡en 2008!). Sobran comentarios.
Ahora, coinciden en el tiempo dos hechos a cual más sonrojante: primero, la publicación de fotografías y conversaciones comprometidas para la memoria histórica de la corona, por su proyección ética y política, para la democracia de este país, más allá de la crónica rosa impresentable en torno a estas vergüenzas reales y de los servicios de información e inteligencia del Estado, por los chantajes pagados con dinero público de los fondos reservados y, en segundo lugar, la publicación de sus memorias, prevista para los primeros meses del próximo año, con un título que abre muchas preguntas, Reconciliación, que justifica por una razón que no tiene por donde cogerla: “Mi padre [Juan de Borbón, conde de Barcelona] siempre me aconsejó no escribir memorias. Los reyes no se confiesan. Menos aún en público. Sus secretos quedan enterrados en las sombras de los palacios. ¿Por qué desobedecerle hoy? ¿Por qué finalmente he cambiado de opinión? Tengo la sensación de que me están robando mi historia”, eso sí, en una editorial francesa porque aquí en España hubiera sido difícil acceder a ello en primer lugar, aunque se la quitarán de las manos las editoras españolas que compren los derechos de publicación, traducida. Creo que ambas realidades suponen una dialéctica para el pueblo soberano de este país, en la que la mejor conclusión sería, ante ambas, convencerle de que a pesar de que él se crea que va vestido con el traje de la dignidad real, la realidad real, valga otra vez la redundancia, es que va desnudo, como ha ido a lo largo de los últimos cuarenta años de democracia, como el protagonista del cuento de Andersen.
Recomiendo hoy la lectura nueva del cuento de Andersen, si puede ser en una versión que aprecio mucho editada por el prestigioso director Steven Spielberg (2), porque es un relato hecho realidad ahora, que volverá a tener más interés si cabe cuando se plantee el regreso definitivo a España con un «traje nuevo» de emérito o escritor real, después de haberse ido «de rositas», con la ayuda de la justicia española y de otros países. Por todo lo anterior, recuerdo de nuevo el cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, en sus párrafos finales, donde se menciona un supuesto traje nuevo del emperador que nadie veía aunque nadie decía nada, excepto un niño, recurso que también utilizó Groucho Marx en Sopa de ganso, la sabiduría infantil sin filtro alguno, salvando lo que haya que salvar: “¡Hasta un niño de cuatro años sería capaz de entender esto!… Rápido, busque a un niño de cuatro años, a mí me parece chino“:
-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; más pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.
En el mes de agosto de 2020 escribí un artículo con motivo de la salida vergonzante del Rey emérito de este país, Agosto 2020 / 4. El traje nuevo del rey, en el que contaba que el Rey emérito ya no estaba en España: “Se ha ido después de haberlo consultado con su espejo. Fue una noticia de un calado excepcional porque comprometió muchas cosas, fundamentalmente la Constitución, al tocar de lleno a la Jefatura del Estado, de la que se debe esperar siempre no heroicidades sino la máxima ejemplaridad en todos los ámbitos de la vida real. Correrán ríos de tinta para analizar todo lo ocurrido, verdaderamente lamentable, pero cada uno tiene una parte en la responsabilidad de analizarlo como es debido”. Han corrido esos ríos que han ido a la mar del desencanto social y ahora escucho con gran asombro a los “tejedores espabilados” que están ya preparando un nuevo traje al rey desnudo para contrarrestar las fotografías y audios “reales”, así como su derecho legítimo para publicar sus memorias, “para que no roben su historia”.
Igualmente, recomendaría también al emérito, con el debido respeto y en relación con sus Memorias, que siguiera los pasos del Abate Joseph Antoine Dinouart, en El arte de callar, citado anteriormente: Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio (Principio 1º, necesario para callar). Al buen entendedor real, con pocas palabras basta. El emérito tiene la sensación de que “le han robado su historia” y yo me pregunto: ¿sabe, Su Majestad, lo que nos ha robado a los españoles, sus ciudadanos, que no vasallos? ¿quién roba a quién? El robo auténtico perpetrado por el emérito es muy grave, un robo a la credibilidad en democracia, la verdad de su reinado, porque la realidad real de sus trayectoria es que iba desnudo, sin traje nuevo de democracia auténtica, igual que el emperador del cuento de Andersen, con el silencio cómplice de miles de «ayudas de cámara y tejedores oficiales», que hacen caso omiso a un niño famoso, el de Groucho de cuatro años en Sopa de Ganso o al de Andersen redivivo, cuando gritaba entre la multitud:
– ¡Pero si no lleva nada el emérito! -exclamó de pronto un niño!
– ¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero!
Desgraciadamente, colorín colorado, este cuento real todavía no se ha acabado.
(1) Dinouart, A. El arte de callar. Madrid: Siruela, 2003 (4ª ed.).
(2) The Starbright Foundation (1998). El traje nuevo del emperador. Barcelona: Ediciones B.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Un año y medio después vuelvo a escribir sobre una historia breve, real como la vida misma, que deseo compartir con la Noosfera, porque se ha repetido en una singladura reciente, personal, buscando islas desconocidas. En febrero de 2023 hice un viaje a Ibiza, siguiendo la estela del que hicieron Rafael Alberti y María Teresa León a esa isla en 1936 y donde vivieron de forma compleja los primeros días de la guerra civil. De forma fortuita, tuve un encuentro mágico con mi paisano Vicente Aleixandre, poeta al que admiro y al que he dedicado varias páginas en este cuaderno digital. Fue en un mercadillo hippie, muy conocido en la isla, en el que encontré una obra suya preciosa, Historia del corazón (1), editada en 1977, que conocía bien, porque en ella figura un poema, Mano entregada, al que dediqué un artículo en este cuaderno en 2015, Elogio de la mano, como pequeño homenaje a su obra y por una razón del corazón, como su historia: me apasiona la contemplación de la mano humana.
Al abrir el libro de Aleixandre, antes de comprarlo, descubrí que pertenecía al fondo de la “Casa de Cultura y Biblioteca Pública de Ibiza”, con páginas selladas y con el registro y signaturas oficiales de la citada Biblioteca. No me lo pensé dos veces y lo compré por una módica cantidad comparándola con el valor inmenso de lo que significaba para mí, no confundiendo la relación valor y precio que aprendí hace ya muchos años de otro paisano nuestro, Antonio Machado, con una finalidad clara: devolverlo a su legítima “dueña”, una Biblioteca Pública a la que le pertenece y, simbólicamente, a la ciudadanía de Ibiza, concretamente a la Biblioteca Pública Insular, con una denominación actual diferente a la de los registros y sellos que figuran en el libro, para que los niños y niñas, jóvenes y personas mayores, en Ibiza, puedan leer a este autor extraordinario a través de una obra simbólica y de una calidad excepcional, que vuelve a esa tierra preciosa desde la ciudad en que nació y para tener un sitio en sus estanterías de uso público. Vicente Aleixandre volvió a su casa, a Ibiza, a su Biblioteca Pública, lugar de donde nunca debía haber salido. Lo deposité en Correos para que volviera a esa Biblioteca Pública, un lugar en el que creí que volvería a estar a disposición de quien lo quisiera leer y comprender qué significa una historia preciosa del corazón. Nada más.
Un año y medio después, me ha ocurrido algo similar al regresar de mi último viaje a Galicia, donde visité un lugar emblemático, Sargadelos, fundamentalmente para conocer su paradigmático proyecto cultural, unido a la manufactura cerámica, con una dilatada historia de compromiso social desde 1963, a través del Laboratorio de Formas, con dos miembros fundadores de recuerdo obligado, Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane. También conocí la creación de Ediciós do Castro, vinculada a este proyecto, “una editorial que pretendía recoger y difundir las distintas manifestaciones de la cultura gallega y recuperar la memoria histórica, sobre todo la de las décadas anteriores a la Guerra Civil y a la del exilio, silenciadas por la Dictadura franquista”, que facilitó la publicación de una obra, “Memorias de un niño campesino” (Memorias dun neno labrego), escrita por Xosé Neira Vilas y publicada por primera vez en Argentina en 1961, considerado como el libro más leído de la literatura gallega.
Lo que me ha vuelto a ocurrir ha sido algo similar a lo narrado anteriormente sobre el libro de Aleixandre en Ibiza. Habiéndome quedado con la idea de leer con profunda atención, en gallego, el libro de Xosé Neira, Memorias dun neno labrego (Memorias de un niño campesino), intenté localizarlo inmediatamente en su edición clásica de la citada editorial Do Castro, ejemplar que conseguí comprar, en la edición 21ª, de 2001, a través de una plataforma online de compraventa de libros. Lo recibí ayer y al abrirlo descubrí que tenía un sello oficial de un Colegio de Educación Infantil y Primaria (CEIP) situado en Covelo (Pontevedra), que me ha recordado la experiencia ibicenca, llevándome a “devolverlo” hoy a su legítimo dueño, ese Colegio, lugar de donde nunca debería haber salido, porque imagino que figuraría en su Biblioteca y porque estimo que, como dice el autor en su dedicatoria, a mí no me pertenece sino “a todos os nenos que falan galego”.
Puedo asegurar que me ha conmovido leerlo en la lengua galega, porque es una historia que refleja a la perfección una parte de la memoria histórica y democrática de esa Comunidad, de este país. Al devolverlo al Colegio Público de Covelo creo que he cumplido un deber ético de solidaridad y respeto con Galicia y con una obra emblemática de esa preciosa Comunidad, a la que tanto admiro. De ese lugar, nunca debió salir.
(1) Aleixandre, Vicente, Historia del corazón, 1977 (3ª ed.), Madrid: Espasa-Calpe.
(2) Neira Vilas, Xosé, Memorias dun neno labrego, 2001 (21ª ed.), Sada: A Coruña: Ediciós do Castro.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Cuando era niño y hacía y sentía las cosas de niño, conocí a Popeye, sus inseparables espinacas, a la enjuta Olivia y al encantador Cocoliso, personajes llegados de América para divertir también a Europa, aunque muchas de sus historietas eran de todo, menos inocentes. Hoy, leyendo un excelente artículo en ICON, sobre la verdad verdadera del rodaje de la película sobre este personaje, dirigida por Robert Altman e interpretada por un jovencísimo Robin Williams en su primer papel cinematográfico, dando vida a uno de los ídolos de mi infancia, he vuelto a encontrarme con él y su familia, con sus amigos y enemigos eternos.
Entre las diferentes etapas de este superhéroe de mi infancia, la caracterización como “marino”, fue para mi la más conocida desde su nacimiento en la tira cómica Timble Theatre de King Features Syndicate, en la edición del The New York Evening Journal del 17 de enero de 1929. Es importante recordar, por tanto, que Popeye está cerca de cumplir cien años, un personaje con estilo propio y con su intrahistoria real, creado por Elzie Crisler Segar.
Wikipedia describe bien este personaje: “En la mayoría de sus apariciones, Popeye es caracterizado como un marinero independiente con una peculiar forma de hablar y reír, músculos de los antebrazos muy desarrollados, con tatuajes de ancla en ambos, y una omnipresente pipa decaña de maíz en su boca. Tiene el cabello rojo y una prominente quijada. Varía observarlo vestido de marino con uniforme blanco o con pantalón de mezclilla azul, camisa azul marino o negra y su gorra de marino, ya sea como de capitán o pequeña. Generalmente es dibujado con su ojo izquierdo de color azul. Jamás se ha revelado cómo perdió el derecho”. Así lo recuerdo, sobre todo cuando gracias a las omnipresentes espinacas cambiaba su vida para vencer cualquier obstáculo.
Lo que nunca supe cuando era niño, es que la verdadera protagonista de esta larga historia era Olivia, quizás por el puritanismo ideológico y de falsa ética en aquellos difíciles años en América. Popeye fue, en sus comienzos, un personaje secundario, porque su aparición se debe a su trabajo como piloto de una embarcación que traslada a Olivia, a su novio Castor y a su hermano, Ham, con una misión: cazar una gallina mágica, finalizando estas aventuras arrebatando Popeye a Castor su querida Olivia, la que sería posteriormente su sempiterna novia, en una misión arriesgada para el citado puritanismo americano. Cocoliso, el hijo llegado por correspondencia, fue el otro héroe de mi infancia que formó el trío que todavía no he olvidado de mi niñez rediviva.
A pesar de que en mi casa me animaban a comer espinacas para “ponerme fuerte” (sic), como Popeye, tampoco sabía entonces que a él tampoco le hacían mucha gracia: “Los dibujos animados de Popeye fueron los primeros en sugerir que la fuerza del marino era debida al consumo de espinacas −en las tiras cómicas a Popeye no le gustaban las verduras (un tema que abordaría nuevamente Robert Altman en la película Popeye). El cortometraje de 1954 Greek Mirthology muestra el origen del consumo de estos vegetales en la familia de Popeye. El ancestro griego del personaje, Hércules, olía ajo para adquirir sus poderes. Cuando, tras contrarrestar el efecto del ajo utilizando clorofila, el ancestro de Bluto lanza a Hércules a un campo de espinacas, este, tras comerlas, descubre que le dan mayor fuerza que el ajo”.
Lo que me demuestra este recuerdo hoy, especial, en la búsqueda de la isla desconocida en la que en realidad vivía Popeye, es que cualquier parecido con la realidad de su forma y existir en el mundo, era como en sus películas una pura coincidencia. Quizás, como la que vivió el inolvidable Robin Williams, con su alma de niño, cuando interpretó de forma tan personal y controvertida a Popeye en la película de Altman, en 1980.
Escribiendo estas líneas, he comprobado que Popeye no sólo era un marino como lo recuerdo hoy, gritando a los cuatro vientos, ¡Popeye, marino soy!, cuando comenzaban o finalizaban siempre sus cortos, sino un personaje que buscaba permanentemente su isla desconocida particular, sin necesidad de comer espinacas, el lugar que tantas veces he citado en este cuaderno digital, gracias a José Saramago, el descrito por su humilde heroína en “El cuento de la isla desconocida”: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual”.
Quizás, es lo que Robin Williams legó para la posteridad en su forma de interpretar al verdadero Popeye que llevaba dentro. Es lo que me pasa a mí, porque sólo sé, al igual que Rafael Alberti, que marinero en tierra soy, buscando incesantemente islas desconocidas, aún por descubrir.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Gabriel, una pintura mural en Ondarroa (Vizcaya), de la artista belga Djoels
Sevilla, 17/III/2024
Hoy quiero compartir con la malla pensante de la humanidad, la Noosfera de Pierre Teilhard de Chardin, una imagen que vale más que mil palabras, porque creo que me representa a la perfección. Esta conclusión la he sacado de un pie de foto, en el diario El País, dedicado a un grafiti mural, Gabriel, una obra extraordinaria de arte urbano llevada a cabo por la artista belga Djoels, que figura en el puesto ocho de los mejores murales de 2023, según la nominación de la plataforma Street Art Cities, en el que ella explica el significado de su obra: “Gabriel es mi modelo. Lo que más me atraía era un hombre jubilado, amable y con aspecto de tener carácter. Pasó su vida en el mar, meses fuera de casa, pescando. Escuché historias emocionantes, incluso de mujeres y niños que se quedaron en tierra firme con miedo a que el padre no llegara sano y salvo a casa. Ahora fabrica barcos en miniatura. ¡Un verdadero artista!”, cuenta la creadora belga sobre el hombre que inspiró su trabajo. Se encuentra en la localidad vasca de Ondárroa, ciudad en la que estuvo durante tres semanas como parte del programa Kaminazpi Artist Residency. Se trata de una residencia artística de tres semanas: las dos primeras, los artistas se dedican a conocer la ciudad, su historia y sus vecinos, en la última empiezan el mural que ha sido inspirado por su estancia”.
La representación perfecta la atribuyo a mi pasión por la búsqueda de islas desconocidas subido a la carabela «La isla desconocida», que conocí a través de la lectura de un cuento precioso de José Saramago, El cuento de la isla desconocida, tantas veces citado en este cuaderno digital y que al igual que Gabriel, Gabriel Arrizabalaga, ex pescador de Ondarroa, que ahora lleva a cabo trabajos de maquetista, como se puede contemplar en el citado mural urbano, está siempre presente en mi vida ordinaria, una vez que entendí su mensaje, el porqué de su necesidad de que un rey le entregara un día un barco para navegar. Además, porque los artículos que publico casi a diario, son como una pequeña representación de la carabela de Saramago, con su declaración de intenciones dentro: «Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas”.
Lo más sorprendente vino después, casi al final del cuento, cuando la mujer de la limpieza, la que decidió un día seguir de cerca al hombre que pidió al rey un barco, le dio la clave para encontrar islas desconocidas: “La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual«.
Aquella tripulante tan especial, la única que había decidido emprender singladuras hacia alguna parte con el hombre que ya poseía el barco entregado por el rey, pero sin tripulación alguna, le ofreció la clave de estas búsquedas de islas desconocidas: «Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual«.
Gracias a Gabriel Arrizabalaga, el verdadero nombre del modelo del mural, a quien Djoels ha pintado maravillosamente, he vuelto a recordar hoy mi singladura del día cuando escribo, con alma, estas palabras, cuando pinto los artículos con ellas, al igual que hace Gabriel con las pequeñas maquetas de sus barcos, a la espera de singladuras imaginarias. Yo también tengo una mujer cerca que me recuerda a diario que es necesario salir de la isla para ver la isla, porque no nos vemos si no nos salimos de nosotrosmismos para contemplar el difícil mundo propio y el de los demás, sin perder la perspectiva ideológica de que, sobre todo, hay que luchar día a día por el interés general.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Augusto Monterroso
Sevilla, 7/II/2024
Voy a intentar emular a Augusto Monterroso en su brevedad a la hora de escribir sobre una fábula que tiene que ver con las ovejas negras y las zorras, aprovechando el vendaval que ha azotado nuestro país, a una de las dos Españas, “horrorizada” por el triunfo de una canción, Zorra, que lo representará en Eurovisión 2024, así como del dúo que la canta, Nebulossa, en un ataque de edadismo sin compasión alguna. Monterroso, en una obra suya, La oveja negra y demás fábulas (1), que guardo como oro en paño en mi clínica del alma, mi biblioteca, ha salido a mi encuentro y me ha recordado que su oveja negra aparece en la letra de Zorra: Ya sé que soy solo una zorra / Que mi pasado te devora / Ya sé que soy la oveja negra / La incomprendida, la de piedra / Ya sé que no soy quien tú quieres (lo sé) / Entiendo que te desespere (lo sé). También, que a su fábula, La oveja negra, que da título a su obra, sería importante ponerle música hoy, eso sí como cantores, no cantantes, puesto que los cantores o cantoras deben hacerlo, porque entregan siempre un mensaje dentro de la canción, mientras que los cantantes pueden hacerlo también (Facundo Cabral dixit), pero muchas veces sin alma dentro:
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
Sustituir oveja negra por zorra, la de la canción, ayuda a comprender la nueva fábula en pleno siglo XXI, en nuestro país por supuesto. Sobran más palabras, aunque cuando me he despertado, la España de siempre, la que hiela el corazón, todavía sigue aquí (como el dinosaurio).
(1) Monterroso, Augusto. La oveja negra y demás fábulas, Madrid: Santillana, 2002 (4ª ed.), p. 25.
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¡Madre, en la puerta hay un niño, tiritando está de frío! ¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!
Villancico popular
Sevilla, 24/XII/2023
Salvando lo que haya que salvar, un cuento breve de María Lejárraga, Los desheredados, abordó en las postrimerías del siglo XIX la realidad de los nadies, personas dignas a las que describió de forma magistral Eduardo Galeano, en un poema que no olvido:
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folclore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies que cuestan menos que la bala que los mata.
Con este motivo y en el contexto de estas fiestas navideñas, vuelvo a recordar este cuento, al que el año pasado dediqué unas palabras y transcribí íntegro para general conocimiento de quien desee leerlo y vislumbrar sus profundos mensajes. Respetando algo que defiendo con ardor guerrero en este cuaderno digital, sobre mi escritura circular cuando hablo de principios, porque los expuestos son los que tengo y si no gustan no tengo otros, utilizo de nuevo el hilo conductor de aquella reflexión, porque pocas cosas han cambiado en este mundo al revés.
Sigo leyendo todo lo que puedo a la escritora española María Lejárraga, una más de las olvidadas por la memoria histórica de este país y silenciada hasta límites insospechados durante la dictadura. En este ir y venir por sus escritos y, sobre todo, por su biografía, localicé el año pasado la que se considera su primera publicación, Cuentos breves. Lecturas recreativas para niños (1899), en la que apareció su nombre y apellido por primera vez durante su prolongada vida, aunque este hecho fuera recriminado por su familia y se prometiera a sí misma que no volvería a utilizar su nombre en su actividad como escritora de todos los géneros imaginables, como así fue a lo largo de su vida, con escasas excepciones. Del total de los cuentos que figuran en esta publicación, he escogido para esta ocasión uno especial, Los desheredados, sin descontextualizarlo en las postrimerías del siglo XIX en este país, porque considero que salvando lo que haya que salvar cobra plena actualidad como metáfora en esta navidad y es importante compartirlo a pesar de su crudeza, fundamentalmente porque seguimos asistiendo a un espectáculo nada edificante en relación con la pobreza severa infantil y, muchas veces, con el maltrato físico, psíquico y social asociado a esta realidad por la propia sociedad, cuando se permite que esto ocurra con datos escalofriantes en pleno siglo XXI.
Lo describía recientemente en un artículo, Hay que denunciar la pobreza infantil en España, como el rayo que no cesa, en relación con un informe publicado recientemente por UNICEF, España: pobreza infantil en medio de la abundancia, para que se conozca, divulgue y podamos emitir los juicios pertinentes, bien informados siempre. Es verdad que se podría decir que soy como ´el rayo que no cesa´, al abordar en bastantes ocasiones´, en este cuaderno digital, la realidad de la pobreza infantil en España y, por cercanía, en mi Comunidad, Andalucía, pero creo que es una obligación ética acercarme a esta situación lacerante, que nos debería conmover y conturbar de forma directa, desde mi condición de ciudadano que hace ciudad (polis) y país, es decir, que hace política en su sentido más primigenio, con independencia de las obligaciones de Estado en este ámbito de responsabilidad pública, que son obvias, para buscar las mejores respuestas posibles a unos hechos irrefutables que afectan a un 28% de los niños y niñas de este país y, por proximidad física, de Andalucía. Escribo de nuevo con alma estas palabras, sobre lo que amo, la felicidad digna de los niños y niñas de este territorio en el que vivo, porque aprendí de Miguel Hernández su capacidad de amar, salvando lo que haya que salvar: Este rayo ni cesa ni se agota: / de mí mismo tomó su procedencia / y ejercita en mí mismo sus furores. / Esta obstinada piedra de mí brota / y sobre mí dirige la insistencia / de sus lluviosos rayos destructores.
Lo que no olvido tampoco en esta navidad laica es el villancico que sonaba en los planos finales de una película de culto en mi infancia, Plácido, de Luis García-Berlanga, que cantábamos en mi colegio sin darnos cuenta de lo que decíamos, aunque era una declaración del mundo al revés de los desheredados, de los niños y niñas nadies, en toda regla: ¡Madre, en la puerta hay un niño, tiritando está de frío! ¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!
El cuento de María Lejárraga que sigue, Los desheredados, no es precisamente “recreativo”, como decía el título de su obra conjunta, pero traduce junto a los restantes relatos algo muy importante y digno de consideración en la fecha en que se publicó, 1899: que en sus relatos no se contemplara la diferenciación por sexos, cuentos para niños o para niñas, tan común en su época y que hay que preocuparse por la niñez que sufre, a veces muy cerca de nosotros. Las andanzas que viven en primera persona estos niños desheredados hoy, tan cercanos a todos, se pueden contar a miles. Otra cosa muy distinta es ser conscientes de que estas situaciones difíciles no son un cuento sino una realidad y que debemos contribuir en la medida de nuestras posibilidades para que no ocurran o minimizar su impacto. Las niñas, los niños no tienen por qué sufrir las consecuencias de este triste mundo con sus duelos y sus contrariedades, con sus crueldades y sus humillaciones, como expresa María Lejárraga en su cuento, ni esperar a que su merecida felicidad le venga del cielo, la que ese triste mundo les niega a veces a diario cuando lo justo, equitativo y saludable es que se la entreguemos a raudales por justicia social, por derecho propio, por deber de Estado.
Los desheredados
Con los ojos clavados en el suelo, con el corazón triste y angustiado, y corriendo por sus rosadas mejillas lágrimas de dolor, caminaban silenciosos los dos niños por aquel camino estrecho y tortuoso, cuya dirección desconocían.
¡Qué terribles momentos! Huían al fin por verse libres del terrible yugo de aquella mujer sin conciencia, que durante dos años les había martirizado con incalificable crueldad.
Quedaron huérfanos, él de diez años, y la niña de ocho; al morir, el padre encargó a una hermana de la madre, muerta también poco tiempo antes, la tutela de los pedazos de su alma, otorgándole al mismo tiempo el poco dinero ahorrado, la casita pequeña y rústica, y el pedazo de tierra regado con el sudor de su frente.
¡Qué horrible lucha habían sostenido durante el tiempo que estuvieron bajo su cuidado!
Hartos de malos tratos, habían decidido abandonar el pueblo. Caminaban sin rumbo, donde la casualidad los llevara, dispuestos a pedir protección a la primera alma generosa que encontrasen en su camino.
Apenas andaban cuatro pasos, volvían la vista hacia el pueblecito que los había visto nacer… Infinidad de recuerdos, ya amargos, ya alegres, acudían a su imaginación…
La madre bondadosa y amante que tantas veces había cubierto de besos aquellos rostros rosados y sonrientes antes, pálidos y tristes ahora, pero siempre bellos y angelicales; que había padecido horriblemente cuando una lágrima cruel había bañado sus ojos; que ya no sabían más que llorar; que había arrullado sus inocentes y plácidos sueños con esos cánticos alegres que para la infancia tiene la vejez bondadosa y que, henchida de cariño, les acompañó en sus juegos, ahogó sus suspiros de pena, enjugó su llanto, fue partícipe de sus alegrías, vivió para ellos gozando sólo con sus dichas y sufriendo con sus dolores, siempre insignificantes y pequeños en realidad, pero grandes y amarguísimos para ellos, ángeles de candor, que ocultos en el amoroso regazo maternal, no habían podido ver aún el triste mundo con sus duelos y sus contrariedades, con sus crueldades y sus humillaciones…
El campo; los pájaros de picos de oro y vistoso plumaje que alegraban el alma con sus armoniosos cánticos; las vistosas flores que embriagaban los sentidos con sus suaves perfumes; el cielo azul; la tierra fértil; la Naturaleza rica en esplendores… todo, todo lo que fue alegre para ellos.
Como en un cinematógrafo, veían desfilar ante su vista las gratas escenas de sus primeros años felices y tranquilos, y caminaban, caminaban…
Después de algunas horas de marcha, les sorprendió la noche cuando ya las piernas luchaban por no doblarse, y los desnudos pies casi vertían sangre y el corazón latía con alarmante violencia…
Se sentaron en medio del campo. ¡Qué angustia! Ya no podían pasar de allí, estaban rendidos, tendrían que pasar la noche al descubierto.
La niña apoyó la cabeza sobre el pecho de su hermanito, que estrechaba fuertemente su cuerpo frío; no podían pronunciar una palabra; sólo sabían llorar…
Un negro manto cubrió el antes azul y sereno cielo; el brillo de las estrellas desapareció; reinaban las tinieblas…
Una furiosa tempestad se desencadenó de repente. Lluvia torrencial, relámpagos que cegaban, truenos que ensordecían… La Naturaleza quería poner de relieve su furor y su poder aquella lúgubre noche.
A la mañana siguiente hallaron unos campesinos, con las caritas juntas y los brazos enlazados, los yacentes cuerpos de los dos niños, muertos de terror, de frío, de hambre, de pena…
El Dios de los buenos, en su infinita misericordia, quiso sin duda llevar a su lado a aquellos dos ángeles para resarcirles crecidamente con las inmensas delicias de la mansión celestial, de la felicidad que el triste mundo les había negado.
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