Los alicientes de Manuel Rivas

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Manuel Rivas / MJ Morián

Anoche tuvimos la oportunidad de escuchar atentamente al escritor Manuel Rivas, en su intervención programada en formato de conferencia-diálogo organizada por la Consejería de Cultura, a través del Centro Andaluz de las Letras (CAL), en la Biblioteca Municipal Infanta Elena, en Sevilla, al que ya había precedido otros actos similares la semana anterior en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), en el marco de los Diálogos Literarios en conmemoración de la primera circunnavegación de la Tierra, la Vuelta al Mundo de la expedición de Magallanes que completó Juan Sebastián Elcano.

Si hubiera que destacar el hilo conductor de la singladura literaria de ayer se podría reducir a dos palabras: psicogeografía íntima. Su identidad gallega. Nos llevó, navegando en un mar de palabras cargadas de sentimientos y emociones, junto a su persona de secreto, por mares diversos de la vida para explicarnos de forma muy didáctica en qué consiste viajar y cómo Magallanes hizo lo que hizo. Dedicó mucho tiempo a su forma de comprender la citada psicogeografía, leyendo directamente unas páginas del último capítulo, para mí inédito, de su hermoso libro: Los libros arden mal, contando lo que debemos realmente a las personas que nos acompañan en el viaje de la vida, como le ocurrió a Magallanes con Enrique de Malaca o de Molucca, también conocido como Enrique el Negro.

Conozco bien a Manuel Rivas y creo que sé cómo comenzó su andadura por el mundo con el objetivo de que lo que hiciera de mayor le permitiera “no mojarse”, tal y como le había aconsejado su madre, de profesión lechera, aunque su realidad es que desde entonces siempre vive a la intemperie para conocer qué pasa en la vida, comprometiéndose con los demás, con los que menos tienen, “mojándose” en el mejor sentido de la palabra a través de su persona de todos y de secreto. Conozco una situación muy querida por él de su infancia, cuando no tenía más de dos años y su hermana María, apenas uno más. Él insistía en pasear una cucaracha en su camión de juguete y ella miraba. Cuando su madre llegó, algo más tarde, se los encontró abrazados en el baño con la puerta cerrada, aterrorizados. Al asomarse a la ventana, seducidos por la algarabía, se habían dado de bruces con la imagen misma del horror: dos cabezudos disfrazados de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

Esta historia íntima la leí en el diario El País, hace ya muchos años y él la cuenta siempre como el comienzo de una andadura para enhebrar voces y lugares en una especie de “psicogeografía íntima”. Es lo que hizo anoche, enhebrando historias diversas de sus viajes, comenzando por la línea del horizonte en la que teóricamente se separa el mar del cielo, pero donde está el secreto de lo que hay debajo y detrás de ella, de navegar por el mundo diariamente, de sus recientes viajes a Méjico y Argentina y su paso por Haití, en la que como lector empedernido ya conocía de antemano muchas vivencias que le aportaban seguridad en aquél sitio tan azotado por la naturaleza. La maleta como símbolo psicogeográfico, primer asiento que tuvo cuando asistía a la escuela. Todo lo había encontrado en la lectura antecedente de los sitios donde vamos, por próximos o lejanos que sean.

Quizá fue la anécdota de Méjico la que traducía de forma muy sencilla la forma de ser en el mundo de Manuel Rivas. Contó que, en un acto de presentación de su último libro, comenzó a firmar ejemplares y que a él le gusta dibujar en las dedicatorias símbolos junto a palabras con sentido. Escuchó por primera vez cómo una mujer mejicana llamaba a esos símbolos, alicientes, y al final, con su gracejo habitual haciendo gala de un humor proverbial, nos dijo que con las prisas del dueño de la librería donde se celebraba el acto había tenido que imprimir gran velocidad a las dedicatorias y al final le pedía – ¡no más! – que solo fueran frases rutinarias del tipo “con cariño” o cosas así, incluso al final solo la firma. De tal forma, que al salir de aquél acto se encontró en la acera a un prototipo de hombre mejicano muy serio, de bigote pronunciado y caído y con gesto avieso, que mirándole con cara de pocos amigos le soltó: “usted no me ha dibujado el alisiente…”.

Es verdad. Manuel Rivas nos dejó anoche de forma nítida el aliciente de vivir navegando, respetando la psicogeografía en la que somos y vivimos a diario. En los lugares que nos permiten hacer el gran viaje de la vida y recordarlos cuando fermenta la memoria, pero respetando que sintamos a veces deslugares [sic] que no logramos identificar a pesar de que estemos rodeados de personas o cosas que se han movido e incluso viajan con nosotros hacia ninguna parte.

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Cuando finalizó el encuentro, me acerqué para agradecerle lo aprendido a lo largo de los años de su lectura de compromiso activo. Le enseñé el libro que llevaba y que tanto quiero, ¿Qué me quieres, amor? Y nos lo dedicó con la maestría de los alicientes que tan bien conoce: la línea del horizonte que separa el mar del cielo, la luz que necesitamos siempre para iluminar cualquier viaje, con dos peces que van a en ambas direcciones porque suministran ideas en las idas y venidas de la vida, el libro abierto que escribimos a diario si nos comprometemos a defender el derecho a soñar y la unión íntima de humor y libertad, como mensaje explícito de su forma de ser en el mundo. Por cierto, libro editado por Bolboreta, mariposa en gallego, de quién aprendí el sentido de su alargada lengua, en un cuento suyo precioso que no he olvidado nunca, La lengua de las mariposas. Sobre todo, para no participar en silencios cómplices en momentos cruciales de la vida, de este país, como ante la cordada de presos en los planos finales su película homónima que tanto aprecio.

Sevilla, 15/XII/2016

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