Proyecto Biblioteca humana: “publicamos personas como libros abiertos”
Sevilla, 11/VI/2021
Cada persona es un libro abierto: “publicamos personas como libros abiertos”, dice el mensaje de la imagen de cabecera. Me gusta pensar en esta realidad, sobre todo cuando las bibliotecas son paraísos en los que sueño con frecuencia. Pero la concepción y la realidad de las mismas han cambiado mucho a pesar de su larga tradición, tan extraordinariamente narrada por Irene Vallejo en su preciosa obra “El infinito en un junco” (1). Un ejemplo vale más que mil palabras y me refiero al proyecto que nació en Dinamarca hace veinte años, con una denominación apasionante, Biblioteca humana, que ratifica el aserto que se utiliza con frecuencia al reconocer la sabiduría de una persona, calificándola como un libro abierto, aunque lo que se pretende en realidad con ese proyecto es que reconozcamos en el otro quién es mediante un encuentro en el que uno narra su vida y ese otro, que escucha, “lee” lo que se transmite, sobre todo cuando con esa acción vencemos estereotipos, prejuicios y desconocimiento de la realidad personal de otras personas diferentes y singulares.
La Biblioteca Humana fue creada en Copenhague en la primavera de 2000 por Ronni Abergel, su hermano Dany y sus amigos Asma Mouna y Christoffer Erichsen. El evento original “estuvo abierto ocho horas al día durante cuatro días seguidos y contó con más de cincuenta títulos diferentes. La amplia selección de libros brindó a los lectores una amplia variedad de opciones para desafiar sus estereotipos, por lo que más de mil lectores aprovecharon para dejar a los libros, bibliotecarios, organizadores y lectores atónitos ante la recepción y el impacto de la Biblioteca Humana”. Según la propia organización, “la biblioteca humana es, en el verdadero sentido de la palabra, una biblioteca de personas. Organizamos eventos en los que los lectores pueden tomar prestados seres humanos que sirven como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendrían acceso. Cada libro humano de nuestra estantería, representa un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social, origen étnico, etc.”.
Considero que es un proyecto fascinante y que cada biblioteca pública o privada de este país debería contar con una sección dedicada al “fondo humano”, si así se pudiera llamar, donde tendríamos la oportunidad de organizar encuentros para “retirar” libros (personas) en actos concretos y “leer” lo que nos cuentan sobre sus vidas, que siempre son libros abiertos, no como se entiende hoy esta expresión vinculada a la sabiduría de una persona determinada, sino a la realidad de esa persona que aparece ante mí con un título y que puede ser de interés general conocerla. Sería muy interesante que llegara un día que la biblioteca pública Infanta Elena de Sevilla, por ejemplo, pudiera anunciar que se incorporó la semana pasada una persona al “fondo” de la misma y que se puede “reservar” su “lectura” en un día y en una hora concreta, lo que se traduciría en un encuentro personal o colectivo para “conocer” (leer) a fondo su vida, porque de esta forma los lectores podríamos “tomar prestados seres humanos” (valga la expresión) como libros abiertos y tener conversaciones a las que normalmente no tendríamos acceso. Cada libro humano de las nuevas estanterías de la Biblioteca Humana Infanta Elena, podría representar un grupo en nuestra sociedad que a menudo está sujeto a prejuicios, estigmatización o discriminación debido a su estilo de vida, diagnóstico, creencias, discapacidad, estatus social u origen étnico. Aquí tendrían cabida los nadies, por ejemplo, que tendrían muchas cosas que decir y denunciar.
El ”fondo” de estas bibliotecas humanas puede ser riquísimo: «Soy bipolar», «Veterano de guerra», «Historia de un gitano», «Creo en el poliamor» son algunos de los títulos que se pueden encontrar en estas reuniones literarias. Inicialmente surgieron como un mecanismo de inclusión para ciudadanos excluidos por diferentes motivos de la comunidad. Para darles voz y un espacio en el que poder expresarse de forma libre y entender el background del que proceden” (2). Como la imaginación es muy libre, podemos hacer un ejercicio breve de aportación de nuevos “títulos” que estaríamos interesados en “leer” casi inmediatamente. ¿Dónde está la diferencia sobre una biblioteca tradicional? En que las relaciones humanas se enriquecerían hasta límites insospechados porque cada persona, que es un mundo, nos podría enriquecer con la “lectura” de su vida. Preciosa idea para cuidar el alma humana. Creo que algo así intuyó el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C., cuando sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”.
(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Siempre hacia adelante – DAR YASIN (AP) | 25-11-2011 El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)
Sevilla, 10/VI/2021
Estamos viviendo un tiempo muy complejo en este país en torno a los indultos de las personas juzgadas en el proceso independentista de Cataluña. Creo firmemente en la reconciliación y en la sana utilización de una palabra de esencia lingüística catalana, seny, que recoge muy bien un sentir que deberíamos adoptar todas las personas que creemos en la comprensión, el perdón y en la regeneración de la sociedad. Ha llegado el momento de avanzar en ese difícil proceso de entendimiento con Cataluña, algo que ya he manifestado anteriormente en este cuaderno digital, situando en el centro de todos los próximos encuentros de Estado el diálogo político con espíritu machadiano, con las preguntas necesarias de las partes intervinientes y su correspondiente actitud de escucha, con un objetivo claro: hablar de la nueva y posible configuración territorial y federal de España en la que Cataluña tenga la cabida que busca en alternativas independentistas que hoy día no tienen viabilidad en un Estado de Derecho.
Esa es la razón de por qué recurro al “seny”, el sentido común, algo tan querido por el pueblo catalán, pero en el sentido que aprendí de mi gran maestro Ferrater Mora: “El seny no excluye, sino que muchas veces postula, el atrevimiento y la osadía, todo lo que, desde cierto punto de vista, puede parecer insensato, pero que, visto desde el horizonte de la continuidad, se convierte en una actitud sensata. El auténtico seny no se limita a perseguir lo más accesible, las realidades cotidianas e inmediatas; el auténtico seny, podríamos decir el ideal del seny, es perseguir lo que es justo, conveniente y correcto, aunque esta persecución sea en algunos momentos la acción más insensata que se pueda imaginar”. También, Impecable, sobre todo cuando ambos han contemplado hoy la fuente que tantas veces recordaba Machado en la búsqueda de su sentido de la vida, haciendo camino al andar.
Decía también Ferrater Mora que la escuela escocesa que ha estudiado el sentido común se centra en la concepción de Reid cuando afirma este autor que “hay un cierto grado de sentido que resulta necesario para convertirnos en seres capaces de leyes y de gobierno propio” (1). El antecedente del seny demuestra que este sentido (común) es como una especie de facultad regulativa que “nos permite fundar nuestros juicios sin caer en el escepticismo ni en el dogmatismo”.
Pero también hay que hablar de comprensión y perdón en el proceso catalán, vía indultos, algo imprescindible para salir del inmovilismo de Estado que no conduce a ningún sitio. En cierta ocasión escuché una frase excelente, un auténtico aforismo, que no olvido al escribir estas líneas: perdonar es comprender y a veces se comprende tanto que no hay nada que perdonar. Comprendo que sea difícil trasladar esta feliz construcción de los pensamientos y sentimientos a las realidades más próximas en este territorio llamado España y que habitamos, tan maleducado en su sentido más profundo y cainita de base, pero todo el esfuerzo que se haga para caminar unidos es poco por hacer viable el diálogo basado en la comprensión del otro y de sus argumentos. Somos un país muy poco dado a preguntar y escuchar, a pesar de que hace años el propio Machado nos alertó de esta debilidad nacional: para dialogar, preguntad primero: después… escuchad.
Me gusta leer aforismos, sobre todo los de un maestro como Jorge Wagensberg, que desgraciadamente falleció en 2018, sabiendo que ya en el siglo XVIII se definía por primera vez el lema “aforismo”, en el Diccionario de Autoridades, como “Sentencia breve y doctrinal, que en pocas palabras explica y comprehende la esencia de las cosas” (RAE A 1726, pág. 338,1). Recuerdo con especial atención uno, entresacado entre otros dedicados a la interdisciplinariedad (2), que lo considero de especial interés para los que necesitamos viajar imaginariamente a islas desconocidas para solucionar problemas de este país y no tener problemas al elegir qué llevarnos para meditar en la persona de secreto que se queda sola ante la comprensión y el perdón. Dice exactamente así: ¿Qué hacer? Comprender (no tenemos nada mejor que hacer). ¿Comprender qué? Comprender la realidad (no tenemos nada más a mano).
Es verdad. Sobre todo, cuando la comprensión es fruto del perdón por lo que no acabamos de comprender, en una tautología de términos que se confunden casi siempre en estos tiempos tan modernos. Porque perdonar es comprender y a veces comprendemos tanto que no hay nada que perdonar. Vivimos momentos desconcertantes, porque no sabemos lo que nos pasa a los de alma inquieta. Nos rodea una mediocridad política galopante y una desvergüenza de lo corrupto que casi todo lo invade de forma silente, mucho más allá del territorio de la política profesional porque están instaladas en la sociedad. Solo nos queda comprender el comportamiento humano que nos rodea, porque nada nos puede ni debe ser ajeno, tomando conciencia de que no tenemos nada mejor que hacer si queremos comprender lo que nos pasa. Y lo que pasa es que la realidad nos rodea, porque la tenemos a mano en cualquier ámbito en el que nos movemos al despertar cada día. Y hay que comprenderla, caminando por las aceras de la vida que nos llevan al interesante Club de las Personas Dignas.
Un aforismo de Jorge Wagensberg precioso y útil, sobre todo en una sociedad de mercado que en este aquí y ahora de la comprensión no necesita recurrir al poderoso caballero don dinero. Es el deber de vivir con los demás y el derecho a comprenderlo para aprender a perdonar a los que hacen cosas que no nos gustan y seguir luchando por transformar la sociedad (la que no es digna, justa y equitativa). Aunque, repito, estamos advertidos: perdonar es comprender y a veces comprendemos tanto que no hay nada que perdonar. Incluso, a las personas condenadas por el traído y llevado proceso catalán de independentismo.
Necesitamos recordar siempre que durante las veinticuatro horas del día este país necesita rescatar segundos de preguntas, comprensión y perdón si el acontecer diario abre heridas de amor y muerte, que para unas y unos puede ser entregar por cansancio existencial lo más querido y para aquellas y aquellos, alcanzar el sueño más esperado, ir siempre hacia adelante. Así recuperamos, al mismo tiempo, la dignidad, como cualidad de lo más digno, es decir, aquello que nos hace merecedores de algo tan importante como la comprensión de los demás. Además, sin necesitar el perdón, porque todas y todos aprendemos a comprender nuestras propias limitaciones, llevándonos de la mano al necesario tiempo de silencio nacional preconizado por Azaña: si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar. También, comprender la realidad para no tener que perdonar tanto:¿Qué hacer? Comprender (no tenemos nada mejor que hacer). ¿Comprender qué? Comprender la realidad (no tenemos nada más a mano).
(1) Ferrater Mora, José (1980, 2ª ed.). Diccionario de Filosofía (4). Madrid: Alianza Editorial, pág. 2985.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ella [la escritura] sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu.
Platón, Fedro, 274c-277a
Sevilla, 9/VI/2021
Hoy estreno un nuevo cuaderno digital en el que tendré que seguir enfrentándome al fenómeno de la pantalla en blanco, como en miles de ocasiones, procurando que lo que escriba sea algo especial, siguiendo las recomendaciones de Ítalo Calvino tantas veces citadas en hojas digitales anteriores: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar). Será una forma de agradecer con alma el regalo que he recibido, despejando la incógnita que el poeta Antonio Porchia planteó hace ya un tiempo: “Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido”. En mi caso, si lo sé, porque es un medio extraordinario para expresar mis conocimientos, sentimientos y emociones a través de la palabra, que aun me queda.
En cualquier caso, es un momento en el que no olvido a la persona que me enseñó a escribir, con su amable caligrafía, que aprendí paulatinamente en una ceremonia de introducción a la escritura que no olvido, con una secuencia cuidada en todos sus detalles. Palillero azul y plumín metálico eran mis medios queridos y amorosamente entregados por mi maestra de vida, doña Antonia, comenzando por la letra inglesa y siguiendo por la redondilla, cuadrada y gótica. Conservo un cuaderno forrado en papel azul y con una etiqueta blanca dentada, en la que escribí con unos siete años la palabra mágica, Diario, con una redondilla impecable, en la que he vuelto a repasar aquellas páginas inolvidables de caligrafía diversa, tutelada siempre por la visión amable de mi querida maestra de escritura y de vida. Aquellas palabras y frases de mi niñez rediviva, escritas con tinta negra muy aguada que preparaba el director de mi Colegio, don Enrique, en botellas de litro que volcaba en tinteros de porcelana blanca alojados en mi banca y que estaban siempre adornadas con grecas imposibles que hacía con esmero sobre aquel papel cuadriculado de los inolvidable cuadernos Rubio. Aquellas maravillosas clases me enseñaron algo importante: escribir lo que copiaba o sentía, transmitiéndolo con el pulso de mi mano, a mantener una forma de expresarme con trazados bellos, que es lo que significaba la caligrafía, palabra que sólo comprendí años más tarde, cuando la cuidaba en las ocasiones especiales que me enseñó a discernir doña Antonia.
También he recordado a Lino, que daba el nombre a la librería homónima en la calle Narváez, en Madrid, cuando escribía como niño. Lino te atendía de forma correcta, educada, sin descomponer su figura de librero/papelero al alternar dos negocios en uno: vendía libros y objetos de papelería, sobre todo, escolar. Tuvo visión de futuro cuando lo “puso”, como intuyendo lo que venía después. Siendo ese niño que llevo dentro, recuerdo hoy sus consejos recorriendo el pasillo estrecho detrás del mostrador, rodeado de estanterías de madera inundadas del olor profundo de las gomas Milán. Sobre todo, el olor inigualable a papel, que no tiene parangón. Salía siempre de allí como chiquillo con zapatos/libros/cuadernos nuevos. No he olvidado nunca a Lino, siempre impecable, con su bata de color beige imposible y con sus gafas redondas de sabio despistado.
Y, por último, la caligrafía, la escritura bella que me enseñó a usar en la vida diaria mi maestra, como significado excelente de la palabra en sí y expresión máxima de mi pensamiento adornado con palabras. Mi mano, cogida de la mano del tiempo, siempre prefirió los manuscritos desde aquellas preciosas aventuras con Doña Antonia. Es verdad que “El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla: la individualidad. La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…” (1). Es lo que probablemente intentó explicarnos García Márquez sobre el realismo mágico de sus palabras manuscritas, aunque él las escribiera con una máquina de escribir clásica que superaba con creces la letra creada por la bola de tungsteno de su bolígrafo BIC de turno. Pero éste probablemente estaba allí, muy pendiente de su mano creadora, aunque arrugada probablemente por el tiempo. Como la carta comunicando la pensión al coronel Buendía, que tanto esperó, mucho menos importante que lo que nos sucede en el día a día, cuando vamos como él del timbo al tambo de nuestras vidas. Hoy, estrenando como un chiquillo de ayer, un cuaderno digital nuevo, como si fueran los zapatos “gorila” de aquella época y la famosa pelota maciza de color verde que te regalaban con la compra de cada par y que tanta ilusión me hacía. Aprendí también en aquellos años a no confundir, como todo necio, valor y precio.
Considero imprescindible el respeto histórico de la caligrafía y su consideración actual como arte de reflejar mediante caracteres impresos lo que lleva el alma de cada persona que escribe, incluso utilizando los medios digitales, como es mi caso hoy, sin secuestrar la morfología y la sintaxis que ofrecen hoy día las palabras escritas con alma. Es lo que Steve Jobs contó un día en su célebre discurso de Stanford: “En aquella época la Universidad de Reed ofrecía la que quizá fuese la mejor formación en caligrafía del país. En todas partes del campus, todos los póster, todas las etiquetas de todos los cajones, estaban bellamente caligrafiadas a mano. Como ya no estaba matriculado y no tenía clases obligatorias, decidí atender al curso de caligrafía para aprender cómo se hacía. Aprendí cosas sobre el serif y tipografías sans serif, sobre los espacios variables entre letras, sobre qué hace realmente grande a una gran tipografía. […] Y diseñamos el Mac con eso en su esencia. Fue el primer ordenador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquél curso concreto en la universidad, el Mac jamás habría tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún ordenador personal los tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejarlo, no habría entrado en esa clase de caligrafía y los ordenadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen…”.
Creo que este nuevo cuaderno digital me permitirá seguir escribiendo con alma, a pesar de los presagios de Platón en Fedro (274c-277ª), porque lo que escriba intentaré que no produzca olvido alguno despreciando mi memoria, confiando en este auxilio de la escritura en el nuevo cuaderno digital y el cuidado exquisito de los recuerdos para que no se pierda el espíritu de lo que el escritor Lobo Antunes explicó en el acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México), en noviembre de 2008. En ese acto transfirió una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana, alada, que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, entusiasmados con nuestras almas aladas que un día como hoy se atreven a escribir palabras esenciales en un nuevo cuaderno digital que busca apasionadamente, a diario, islas desconocidas. Fundamentalmente, porque otro mundo es posible.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Luz López y Mario Benedetti / Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez
Sevilla, 7 de junio de 2021
Juan Ramón Jiménez, el poeta con el que compartí su casa de juventud en Moguer durante algún tiempo, escribió unas palabras hace más de cien años que rescato hoy en la celebración de mi cumplevidas, concretamente en una bella introducción a su querido diario (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia!-, porque resumen perfectamente la atención que debemos prestar a cada día, espacio y tiempo en el que se desarrolla la vida personal e intransferible de cada uno :
¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!».
Hoy, me sentaré junto a él compartiendo mi cumplevidas con Mario Benedetti -¡ay, la influencia de Luz!-, recordándome también que ya he recorrido un camino vital de ochocientos ochenta y ocho meses en mi cumpledías vital, aplicando sus palabras del poema Como siempre en primera persona, porque así lo he leído una y otra vez en lo más íntimo de mi propia intimidad. Es verdad, porque esta matusalénica edad «no se me nota cuando en el instante en que vencen los crueles entro a diario a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores. He alcanzado una buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, dejando que mi manantial mane amor sin miseria».
La realidad es que Juan Ramón Jiménez me plantea una cuestión no baladí, porque me lleva a transformar cada día en una vida personal e intransferible, que es también en clave agustiniana «lo más íntimo de mi propia intimidad». Cada día es, a veces, toda una vida, toda mi vida. Estoy encantado porque sea así en un día tan normal como hoy, en el que puedo experimentar el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura. Sencillamente, porque se proyectan tres situaciones que me llenan de esperanza en momentos en los que necesito reforzar ilusiones y oportunidades: crecer caminando siempre hacia adelante, actuar de forma saludable, de tal forma que ennoblezca cada acto humano y descubrir la belleza de la hermosura de todo aquello que debo hacer bien respondiendo a mi ética personal y colectiva, atendiendo al suelo firme (la solería de nuestra vida) que justifica todos los actos humanos propios y asociados.
Gracias Juan Ramón Jiménez, gracias Mario Benedetti. También, a Luz y Zenobia. En mi humilde caso, a María José, Marcos, Vanessa y Adrián. A los otros miembros de la familia, amigos y amigas, así como a los pacientes lectores de este cuaderno digital, pero sobre todo vital. No os olvido en un día como hoy, mi cumplevidas y cumpledías, en el que el tiempo lleva siempre mi vida dentro.
(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916-1917), 2011. Madrid: Visor Libros.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Mirando por el retrovisor de este cuaderno digital, tomo conciencia de que llevo más de quince años escribiendo artículos, con paciencia turca, unos detrás de otros, ya camino de dos mil, a veces copiando lo que ya he dicho, reafirmando mi pensamiento circular que lo envuelve todo. Siempre vuelven a mi inteligencia particular unas palabras del Premio Nobel de Literatura en 2006, Orhan Pamuk, cuando nos explicó qué significaba en su vida un dicho de su tierra con un valor especial: “escribir es como cavar un pozo con una aguja”, expresión fantástica a la que dediqué un artículo con motivo de la celebración del Día Internacional del Libro en el año 2017.
En aquella ocasión dediqué aquellas palabras a las personas que desde que abrí por primera vez este cuaderno digital, en diciembre de 2005, se acercan a este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, a cuantos sienten el placer de leer libros y palabras unidas en otros formatos, que dan sentido a sus vidas; a quienes descubren el sentido de la existencia a través de autores concretos, a las personas que se sienten acompañadas por libros de cabecera que nunca les abandonan, a quienes confían en que quienes escriben tienen la paciencia turca de cavar pozos con una aguja, porque solo desean transformar la realidad poco a poco para poder soportarla. Hoy, sigue teniendo el mismo valor esta dedicatoria, que reafirmo en todos sus términos.
Después de muchos años de oficio vital, creo que comprendí qué significa escribir cuando leí a Pamuk en su memorable discurso en el acto de recepción del premio Nobel: “[…] el secreto del escritor no es la inspiración, pues nunca se sabe de dónde viene, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, “cavar un pozo con una aguja”, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros, los escritores. Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad. Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo. Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar”.
Con el hilo conductor de transmitir una idea circular en este blog desde su primer día de vida literaria, vuelvo a utilizar aquellas palabras, salvando lo que debo salvar simplemente por la actualización temporal, aspecto de forma que no de fondo, recordando a José Manuel Blecua, ex director de la RAE, cuando dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. En esta ocasión, lo hago copiando de mí mismo, porque estos siguen siendo mis principios y, si no gustan, no tengo otros, separándome por un momento de mi admirado Groucho Marx. En un tiempo en el que se arrojan valores por la ventana desde nuestro vehículo vital, vuelvo a hacer una declaración de principios sobre por qué escribo en este blog, en una etapa de jubilación en la que sigo asumiendo, cada día que pasa, que lo nuestro es pasar, con ardiente impaciencia personal y social, sabiendo que ahora tengo un compromiso intelectual con la sociedad en la que vivo.
Les explico a continuación esta declaración de principios. Gracias anticipadas si está interesado o interesada en leer unas palabras necesarias en mi vida, casi imprescindibles para seguir escribiendo.
Un día ya lejano, aprendí el significado de un dicho turco, escribir es como cavar un pozo con una aguja, leyendo el discurso de Orhan Pamuk en el acto de entrega del Premio Nobel de Literatura en 2006, publicado después con un título muy sugerente, tanto como las palabras escritas en su dilatada vida: La maleta de mi padre (1). Es verdad que la vida de un escritor se hace poco a poco, horadando la persona de secreto que todos llevamos dentro, aunque no todos lo descubran, es decir, cavando el pozo del alma con una aguja virtual a imagen y semejanza de cada uno. Esa es la razón de que existan pocos escritores que aporten al mundo sus pozos con agua, porque es su misión, no la de estar secos.
El día 23 de abril de cada año se celebra el Día Internacional del Libro en lugares concretos, una de las preocupaciones de más de veinticinco años de soledad de Pamuk en Estambul, buscando su lugar ansiado de escritor, encerrado en una habitación con fronteras domésticas. En este día, cada año vuelvo a hacer la reflexión que acompaña a este autor a lo largo de su vida, todavía hoy: ¿por qué escribo? Y he buscado las razones de Orhan Pamuk cuando hablaba de la maleta que un día le entregó su padre y que reflejaba lo que había aprendido de él y de una premonición hecha hacia él después de un abrazo de silencio: “…me dijo de repente y como si tal cosa que algún día me darían el premio [Nobel de Literatura] que hoy recibo con gran alegría”.
Pamuk, en ese delicioso discurso, confesó por qué escribía y hoy lo he recordado: “¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas esta novela, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz”.
Otro día, yendo del timbo al tambo, en expresión muy querida por Gabriel García Márquez, me atreví a responder también a esa pregunta, ¿por qué escribo?, que reproduzco a continuación como justificación personal e intransferible de por qué lo hago, siendo consciente de que tengo que volver a leer las palabras de Pamuk para aprender de él cómo se cava, con una aguja, un pozo literario de secreto en mi alma. Lo hago porque es una pregunta a la que todavía no había dado respuesta, como a tantas preguntas de mi vida, sobre todo tres que superan con creces a ésta (Eclesiastés, 3, 1-22), a veces sintiendo profundamente aquellas palabras de aquél ejemplar ciudadano llamado Jesús, “triste está mi alma hasta la muerte”, que me cuesta descifrar en el terco día a día: ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?; ¿quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra? y, por último, ¿quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él? A día de hoy, la única respuesta que me sigue pareciendo coherente es la del propio Eclesiastés, un auténtico líder de las asambleas: hay que hacer camino al andar y aprender una gran respuesta provisional en la vida: es mejor caminar con otros, porque si nos caemos siempre habrá alguien que te levante, porque la amistad es como la cuerda de tres hilos: jamás se puede romper.
¿Por qué escribo? En primer lugar, porque es la forma de expresar de forma especial, con palabras, la esencia de mi persona de secreto, interpretando la realidad que rodea permanentemente mi vida de forma voluntaria pero no inocente. Ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, aunque genere en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Cada vez que me enfrento a esta realidad, recuerdo algo que aprendí hace ya muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).
En segundo lugar, porque considero que escribir es un acto de militancia activa en el compromiso intelectual, por varias razones: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea como privilegiada zona de confort y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera por imperativos del mercado. Desgraciadamente. Además, porque al escribir se hace patente el compromiso con uno mismo y con los demás, fundamentalmente con los más desfavorecidos por la vida. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretando la responsabilidad como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad al escribir (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, en segundo lugar, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que he llamado a veces “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida “decidiendo”. Cuando tienes la “suerte” de conocer las interioridades del dilema al escribir, ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada o la de “los de abajo” que dicen ahora. La de los nadies organizados, también.
En tercer lugar, porque me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero si le falta alma, no es nada: Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro más allá de las ideas que quiere contar. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora: “Esto me ha pasado a mí. Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión.
José Manuel Blecua, ex director de la RAE, dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. Quizá, al escribir hoy estas palabras especiales, para decir algo especial, he copiado una experiencia contada una vez por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, como cavando un pozo del alma con una aguja.
(1) Pamuk, Orhan (1997). La maleta de mi padre. Barcelona: Random House Mondadori.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Amor, amor, aquel y aquella Si ya no son, ¿dónde se fueron? Ayer, ayer dije a mis ojos ¿cuándo volveremos a vernos?
Pablo Neruda, Libro de las preguntas, XXII
Sevilla, 31/V/2021
En Galicia conocí una tradición preciosa en torno a San Andrés de Teixidó. Una vez más, a través de una canción del grupo gallego Luar na Lubre (resplandor de la luz en el bosque celta), Romeiro ao Lonxe(1.999), sentí hace años la realidad de la búsqueda del amor, que se encuentra incluso cuando alguna vez se va y no se llega a conocer nunca dónde fue, en una composición con la que despido, junto a estas palabras, la serie que he dedicado durante este mes a preguntas de Neruda compiladas en un libro póstumo, Libro de las preguntas, de las que he seleccionado las que me han conmovido especialmente en este tiempo de coronavirus y que hoy se cierra con un homenaje a la gran pregunta del amor, Amor, amor, aquel y aquella / Si ya no son, ¿dónde se fueron? En esta ocasión, Neruda sólo cita tres veces la palabra amor en sus setenta y cuatro capítulos, aunque creo que está presente en ellos de múltiples formas. Respeto, profundo respeto es lo que manifiesto a esta realidad que mueve el mundo y que el poeta chileno cantó siempre a los cuatro vientos incluso, a veces, de forma desesperada. ¿Por qué he elegido a Luar na Lubre para intentar responder a estas preguntas? Creo que por una razón geológica, la proximidad del mar que siempre apreció especialmente Neruda desde sus casas en Valparaíso o en Isla Negra y al que canta con frecuencia este grupo folk coruñés. También por lo que dice la letra de esta canción respetando una tradición multisecular gallega, envuelta en una canción popular inglesa “Scarborough Fair” (La feria de Scarborough), de la que se conservan datos desde el siglo XII, que conocimos también hace años por la versión de Simon & Garfunkel y ahora por Luar na Lubre.
La sinopsis de esta canción es presentada por este grupo como mensaje de paz y concordia mundial a través del amor, algo que deseo utilizar hoy como broche final de esta serie: “En el fin del mundo, como el dicho popular proclama a San Andrés de Teixido, “va de muerto el que no fue de vivo”, los peregrinos comparten el camino con los animales, que son las almas de los que no pudieron cumplir en vida la peregrinación, por lo que no pueden recibir ningún tipo de maltrato. Los romeros solían llevar una larga camisa blanca con cenefas formando ondas y en algunos puntos del camino depositaban piedras que iban haciendo crecer: milladoiros. Alrededor de la ermita los vecinos aún siguen haciendo los sanandreses, hermosa artesanía de miga de pan endurecido en el horno y coloreado, con imágenes del santo en su barca de piedra. En el atrio crece la hierba de enamorar, a la que se atribuyen propiedades casamenteras. En la canción peregrina el cormorán, el alcatraz y el lagarto ocelado -vistoso ejemplar con cabeza de intenso color azul-, en este espacio que despierta las ansias de amor y paz y la hermandad entre vivos, muertos, animales, plantas y aguas”. Fraternidad universal.
He sentido un profundo respeto a la hora de traducir la letra de la canción, en gallego y escrita por Xulio Cura, porque hay palabras y expresiones que pierden toda su fuerza cuando intentamos volcarla a la lengua española. Aún así, voy a intentar destacar lo que considero de mayor interés para esta reflexión, publicando íntegramente la letra de la canción en gallego, como corolario de esta serie, porque el hilo conductor está expresado en la canción: tenemos que buscar el auténtico sentido de las preguntas de la vida en el santuario de la felicidad y de la creencia particular y colectiva, un espacio común en el que se despiertan “las ansias de amor y paz y la hermandad entre vivos, muertos, animales, plantas y aguas”, que en tiempos tan complejos como los actuales es importante recordar.
La vida es como una romería permanente que busca siempre algún pretexto para intentar encontrar su sentido esencial, a veces con cosas tan sencillas como unas pequeñas hierbas que simbolizan el amor y sus caricias, porque nos pesan las tradiciones de nuestros mayores que, boca a boca, conocían alguna formas de encontrarlo de esta forma. En la canción original inglesa, Scarborough Fair, era recurrente la cita de hierbas para enamorar: perejil, salvia, romero y tomillo. Al ser un acontecimiento tan importante hay que presentarse con las mejores galas, vistiendo una camisa de lino que ella, la persona a la que amamos (lo que o a quien amamos como símbolo), nos tejió y adornó -en un día ya lejano- con esas pequeñas hierbas, para que la pudiéramos utilizar en las mejores fiestas de la vida. Esto lo comprenden el lagarto azul, las amapolas, que demuestran el sinsentido de las guerras humanas y sus tambores lejanos, los alcatraces que brincan por el acantilado y cuidan el atrio familiar. También el cormorán que sobrevuela los montoncillos de piedras [amilladoiro] que cada persona, que acude al santuario, deposita a lo largo del camino, cuidando que todo quede en el recuerdo de un pan santo iluminado con colores que dignifican e iluminan esta aventura de amor y que cada uno, cada una, guardará siempre en su corazón.
Desde cada finisterre particular, que también existe, podemos hoy comprender mejor las últimas preguntas de Neruda en esta serie, que simbolizan el motor que mueve el mundo, el amor, sin que sepamos al despedirnos hoy cuando volveremos a vernos:
Amor, amor, aquel y aquella Si ya no son, ¿dónde se fueron? Ayer, ayer dije a mis ojos ¿cuándo volveremos a vernos?
Romeiro ao lonxe
Romeiro hei de ir lonxe ao San Andrés [de Teixidó] con herbiñas de namorar, dareille a quen alén mar está o aloumiño do meu amor. Hei de vestir a camisa de liño que ela teceo para min con herbiñas de namorar; anda o lagarto azul e souril a acaroar mapoulas bermellas, nacidas de fusís, co aloumiño do meu amor, alleo á guerra e ao seu tambor. Morto ou vivo hei volver á terra que ela andou canda min con herbiñas de namorar; chouta o mascato polo cantil a vela-lo adro familiar, ala lonxe, na fin, co aloumiño do meu amor. Cabo do mundo, ó pé dun aguillón doéme a guerra ruín entre herbiñas de namorar; corvo mariño voa xentil o amilladoiro a levantar e pan santo a colorir co aloumiño do meu amor. Romeiro hei de ir lonxe ao San Andrés con herbiñas de namorar, dareille a quen alén mar está o aloumiño do meu amor.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
¿Y qué importancia tengo yo en el tribunal del olvido? ¿Cuál es la representación del resultado venidero? […]
Pablo Neruda, Libro de las preguntas, LX
Leo una y otra vez las preguntas de Neruda, publicadas un año después de su fallecimiento en 1974, como un homenaje a su eterna pregunta vital sobre qué vino él a hacer en este mundo. Están recogidas en 74 capítulos, con un ordenado desorden, cómo si fluyeran a borbotones en su intensa vida. Pero no, hay un hilo conductor reconocido por todas las personas que lo conocieron y amaron: se movió sin querer, aunque él pensó en estar inmóvil, iba del timbo al tambo rodando sin ruedas, volando sin alas ni plumas y le dio por transmigrar -por decirlo de forma eufemística- cuando sus raíces estaban en Chile.
Hoy me he detenido en una pregunta suya dedicada al olvido, ¿Y qué importancia tengo yo en el tribunal del olvido?, sobre todo porque vivo en un país muy dado a propagar con silencios cómplices el delicado pasado que ha llenado páginas tristes de su historia; que no reconoce en vida a los grandes protagonistas del progreso de este país y que no tolera en muchas ocasiones los éxitos de los demás, sea quien sea, condenando al ostracismo a todos los que hablan de cambio y transformación de nuestra sociedad caduca. Siendo esto así, no digamos el triste papel que para estos silenciadores juegan los anónimos en este país, cuando miles de ellos son los que sacan a diario a flote a esta sociedad maltrecha. Los tribunales del olvido en este país abundan por doquier y creo que habría que organizar una operación para descubrirlos y desenmascararlos con urgencia porque hacen mucho daño a todo y a todos. Es una ocasión para reivindicarnos como personas dignas ante esos tribunales el olvido.
Recuerdo una canción de mis años jóvenes, Ausencia, que cantaba María Dolores Pradera extraordinariamente bien, con sentimiento pleno, sobre todo su estribillo final: Ausencia / quiere decir olvido / Decir tinieblas, decir jamás / Las aves pueden volver al nido / Pero las almas no vuelven más. La ausencia de valores está configurando una forma de ser y estar en el mundo muy diferente a cuando están presentes en cada acto humano. Los echamos de menos y es un hilo conductor en la razón ética de las personas dignas. Es lo más parecido a la ausencia de seres queridos, familiares o amigos del alma, cuando se alejan de nosotros por razones físicas, psíquicas o sociales. También, cuando se constata el olvido palmario de las ideologías, de la conciencia de clase, incluso del sentimiento de pertenecer a un grupo social donde nos podemos entender mejor todos los que participan de una ideología que busca sólo el interés general. Es lo que está pasando en nuestra sociedad española, que lo revestimos de palabras y frases eufemísticas tales como desafección, desencanto y desmovilización. Nada se puede ver afectado, encantado o movilizado si no hay ideología o creencias, que José Ferrater Mora, de quien tanto aprendí, resumía en cuatro para entendernos: personas, naturaleza, sociedad o dios o dioses. Todas legítimas, todas accesibles, todas necesarias, todas imprescindibles como horizonte en la vida, atendiendo a la pregunta siguiente de Neruda en este capítulo que tratamos hoy, si somos capaces de dar respuesta digna al indeseable tribunal del olvido: ¿Cuál es la representación del resultado venidero? Porque lo dicho anteriormente vale cuando se trabaja, como el campo, en un frente popular y salvando siempre el interés general.
Como entre canciones y cantores o cantoras también puede andar el juego, he recordado a un cantor de mi juventud, Silvio Rodríguez, que me aportó ideología y compromiso en mi azarosa vida, bastante enfrentada al tribunal del olvido. Se trata de su canción Ausencia, que me compromete a seguir creyendo que “Hay ausencias que son como el olvido / que empolvan madrugadas y semillas / que se fueron perdidas en sus mares / donde nunca podrán hallar la orilla…”. Y sigue su canción de una forma que aclara definitivamente que decir olvido es decir ausencia de casi todo:
Hay ausencias que rozan con el alma, mariposas celosas del espacio, austeras prisioneras de las flores, que te ponen su miel para los labios.
Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas que cantas, que gritas al cielo esa voz que has llevado contigo que escribes tú la canción que falta que siempre nos recuerda la distancia
Hay ausencias gaviotas que te salvan que desdeñan fronteras y estaciones, que rondan las paredes, las palabras dibujando la fe con sus creyones.
Hay ausencias que te hablan de un mañana, que se tornan de todos los colores, que te ponen el mundo en la ventana y de esperanza llenan los balcones.
Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas, que cantas, que gritas al cielo esa voz que has llevado contigo, que escribes tú la canción que falta que siempre nos recuerdas la distancia
La representación del resultado venidero, si no atacamos de frente el olvido y sus tribunales por doquier, es que volveremos a sufrir mucho si no hacemos un esfuerzo especial por recobrar las ideologías que nos ayuden, de nuevo, a recuperar el sentido de la vida, porque sabemos que el olvido es siempre ausencia de alma, tinieblas, el jamás, sabiendo como sabemos que las aves pueden volver al nido, pero que las almas no vuelven más. Aunque hoy podamos escribir la canción que falta y que siempre nos permitirá recordar la distancia que nos separa de la dignidad.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
¿A quién le puedo preguntar qué vine a hacer en este mundo? ¿Por qué me muevo sin querer, por qué no puedo estar inmóvil? ¿Por qué voy rodando sin ruedas, volando sin alas ni plumas, y qué me dio por transmigrar si viven en Chile mis huesos?
Pablo Neruda, El libro de las preguntas, XXXI
Estamos desconcertados en nuestra vida porque caminamos en un mundo sin respuestas a cuestiones fundamentales de nuestro acontecer diario, siendo conscientes desde hace ya mucho tiempo de algo que aprendí de Mario Benedetti en mis años jóvenes: cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. La pregunta de Neruda que he escogido hoy es de una carga de profundidad inmensa: ¿A quién le puedo preguntar / qué vine a hacer en este mundo?, obligándonos a hacer una pausa en la búsqueda incesante de islas y respuestas desconocidas.Recientemente, creo que encontré un camino, entre otros, en el difícil mundo de las respuestas para todo escuchando una canción de Rozalén con un título sugerente “Y Busqué”, cuya sinopsis nos la presenta ella misma como aviso afectuoso para navegantes en los mares procelosos de las preguntas: “es una subida al templo Tepozteco, en México, una subida a la cima de cualquier montaña. Una metáfora. El camino que nos toca andar… Es un viaje interior, un intento de búsqueda de respuestas al sentido de las cosas, de la Vida, un “porqué estoy yo aquí”. Al final la respuesta se hace clara en soledad. Siempre buscamos fuera lo que nace dentro…”.
Invito a escucharla y seguir la letra de esta hermosa canción, palabra a palabra, porque todas juntas nos dan una solución muy inteligente: las respuestas a lo que está pasando, entre las que se encuentran las de Neruda, están en nuestro interior, es decir, en nuestra inteligencia individual, emocional y sentimental, porque es la única que nos guía en la resolución de cada problema diario: Y busqué, y busqué, y busqué / hasta la cima. / Y no hallé, y no hallé, y no hallé / el sentido a mis días. / Y busqué, y busqué, y busqué / hasta el fin. / La respuesta estaba dentro de mí. Cada estrofa de la canción es una página de vida y del alma. Aplicarlas en nuestra situación concreta es el desafío ante las grandes preguntas de la Vida, con mayúscula, como la canta Rozalén agregando siempre a sus notas las metáforas y el lenguaje de signos, aunque a veces tengamos el alma en los huesos. Junto a Neruda, creo que podemos descubrir una nueva forma de buscar respuestas a los grandes interrogantes de la vida gracias a un gran descubrimiento: la respuesta está dentro de mí. En este camino tan complejo de búsqueda de respuestas, siempre he creído en la importancia de la ética de situación, que me ha acompañado siempre como complemento extraordinario de la ética (a palo seco) que he asumido siempre, la que aprendí hace muchos años, una nueva forma de vida, tal y como la definió excelentemente el profesor López-Aranguren en su famoso tratado de Ética, publicado en 1958, como raíz de la que brotan todos los actos humanos. Ahora, como solería hecha en nuestras vidas, que justifica nuestras respuestas ante tantas preguntas de cada existencia humana.
En mis años jóvenes descubrí que era imprescindible abordar la ética de situación como guía y camino para el discernimiento humano más digno, de la que me enamoré para siempre, frente al dogmatismo de la Iglesia Católica que hacía estragos en este país y, sobre todo, en la dictadura que me tocó vivir amargamente. Aquellas clases del Profesor Häring [del que fui alumno durante un Curso impartido por él durante nueve meses en una Universidad romana] me abrieron los ojos definitivamente sobre la importancia de hacer uso de la libertad en momentos transcendentales de la existencia, tanto en la vida como en la muerte. Me lo explicaba Häring en las clases y, personalmente, en su humilde habitación del Alfonsianum en Roma, porque había prestado servicios en la aviación alemana de Hitler, como capellán y en Rusia, donde aprendió que tenía que atender siempre a cualquier ser humano aplicando la ética de situación, fuera amigo o enemigo, actitud que le acarreó serios disgustos y la separación final de aquellos servicios militares por ser considerado persona non grata para el ejército alemán. El problema radicaba en que había contemplado mucha muerte indigna en directo y había tenido que ayudar a muchas personas a vivir y a morir alejado del dogma católico que había aprendido y enseñado en su proceso de evolución ética. Häring sufrió mucho por sus actitudes éticas sobre la vida y la muerte hasta su fallecimiento, sobre todo por el trato recibido por la iglesia oficial, a la que recordó que cuando era citado en Roma para justificar su doctrina de libertades ante el dicasterio eclesial, le recordaba algo tan grave como estar presente ante Hitler en un juicio sumarísimo. Häring me enseñó a defender la vida digna, en cualquier circunstancia, sin más limitación que la aplicación de la ética de situación en su defensa plena y con el amparo de la ley correspondiente.
La ética de las respuestas a las Preguntas de la Vida no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, tal y como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida. Vuelvo a comprender perfectamente que las respuestas a las preguntas de Neruda en su capítulo XXXI (31) tienen todo su sentido en la aplicación de la ética de situación de cada uno, entendida como una nueva forma de vida, como la raíz de la que brotan todos los actos humanos, como una solería sobre la que pisa nuestra vida y que justifica nuestras respuestas personales e intransferibles ante las preguntas de cada existencia humana, en cada aquí y ahora. Es lo que Benedetti llamaba “baldosas” en su poema Pausa: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades. En el fondo, esto que estamos haciendo hoy a través de estas palabras es navegar sin prisa, con pausas, buscando con ética personal y de situación la Ítaca que todos tenemos derecho a soñar y con un deseo confesable: que no esté lejos alcanzarla en la distancia y en el tiempo que cada uno, cada una, vive en su devenir diario.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Más el trabajo humano Con amor hecho, merece la atención de los otros
Luis Cernuda, A sus paisanos, en La desolación de la quimera
Sevilla, 28/V/2021
El pasado sábado 22 de mayo la violinista española y granadina por más señas, María Dueñas Fernández, ganó el prestigioso Concurso Internacional Yehudi Menuhin 2021, para jóvenes violinistas en su categoría “senior”, con tan solo 18 años. También obtuvo el premio especial del público. Ha sido una noticia que ha pasado casi sin pena ni gloria a través de los medios de comunicación social, tal y como señalaba Televisión Española en su información del pasado 25 de mayo, al haberse generado una polémica en las redes por el tratamiento recibido. El premio, uno de los más prestigiosos a nivel internacional en el mundo del violín, está dotado con 20.000 dólares y el préstamo de un violín Stradivarius por un periodo de dos años, que alternará ahora con los que toca en la actualidad, el Guarneri del Gesù “Muntz” (1736), cedido por la Nippon Music Foundation y el violín Nicoló Gagliano de 1734, cedido también por la Deutsche Stiftung Musikleben.
Ha interpretado en su ronda final del premio las siguientes obras: Subito (0:03), de Lutoslawski, el Andante cantabile (5:08) del Concierto para violín nº4 de Mozart (K. 218) y el Allegro non troppo (12:50) de la Symphonie Espagnole de Lalo, en Re menor (Op. 21), que pueden escuchar siguiendo el tempo marcado en las composiciones descritas anteriormente y que corresponden al vídeo de la final que adjunto a continuación. Como mozartiano de corazón, he sentido algo especial al escuchar su interpretación de la obra del compositor austriaco.
Gracias a su biografía oficial, verdaderamente asombrosa, sabemos que María Dueñas nació en Granada, España (Diciembre, 2002) y que “se trasladó a Alemania tras ganar con 11 años la convocatoria para estudios en el extranjero de Juventudes Musicales de Madrid, conseguir la beca Wardwell de la Fundación Humboldt y gracias al apoyo de Industrias Kolmer. Actualmente, Dueñas estudia con el distinguido pedagogo Boris Kuschnir en la Universidad de Música y Arte de Viena, así como en la Universidad de Arte de Graz, formación que se hace posible gracias a la Beca de AIE para instrumentistas en el extranjero. Cabe destacar, que su crecimiento musical recibió un gran impulso tras ganar la convocatoria del concurso de instrumentos en Hamburgo y recibir en préstamo un violín Nicolo Gagliano de 1734. A pesar de su juventud, su actividad concertista le ha llevado a las mejores salas de conciertos de Europa, incluyendo su debut a los quince años en la Sala Dorada del Musikverein de Viena, la sala Tchaikovsky de Moscú bajo la dirección de Vladimir Spivakov y la Orquesta Nacional Rusa, un debut seguido por una exitosa gira por España. La sala Filarmónica de Berlín, la Orquesta Sinfónica de San Francisco con Marek Janowski, el Teatro Monumental con RTVE y Caballé Domenech, el Auditorio Nacional de Madrid con los Virtuosos de Moscú y la OCNE con Jaime Martín, la Orquesta Filarmónica de Estonia con Mihhail Gerts, la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias con Ari Rasilainen, la Orquesta Sinfónica de Lahti con Dima Slobodeniouk, l’Auditori con la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Cataluña y la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo y Gustavo Gimeno. Su paso por la Elbphilharmonie de Hamburgo dio lugar a la emisión del CD So klingt die Zukunft, producido por el Deutsche Stiftung Musikleben y la NDR. Festivales de renombre internacional han contado con la presencia de María, tales como el Festival Mecklenburg-Vorpommern, el Rheingau Festival en una producción junto a Pablo Ferrández y Pablo Sáinz-Villegas, Schloss Elmau junto a Itamar Golan, el Festival Internacional de Música y Danza de Granada dirigida por Juanjo Mena y la Orquesta Sinfónica de Galicia o el Festival Internacional de Colmar, donde rindió homenaje a Claudio Abbado. Alumna Residente de la Academia Verbier en 2017, María regresó en 2019 al Festival como artista invitada, ofreciendo su recital debut con Ken Noda. Le Figaro celebró su actuación como la de “una niña prodigio, cuya expresividad y virtuosismo encantaron al público.” Asimismo, su participación con la Orquesta Filarmónica de St. Petersburgo, bajo la dirección de Vassily Sinaisky, en el Festival de Invierno de St. Petersburgo ha supuesto otro hito importante en su carrera. El espíritu sediento de aprendizaje de María le lleva a adentrarse en el mundo de la composición y a formar el Hamamelis Quartett, premiado en el Concurso Fidelio de Música de Cámara. Su obra para piano Farewell fue galardonada en el Concurso de Composición Robert Schumann. El compositor Jordi Cervelló ha compuesto recientemente varios caprichos para violín dedicados a María, estrenados durante su recital en Girona con Evgeny Sinaisky. En la presente temporada destaca su debut con Manfred Honeck por partida doble con la Filarmónica de Gotemburgo y la Orquesta Sinfónica de Pittsburgh, en la Elbphilharmonie de Hamburgo así como su estreno con la Orquesta Sinfónica de Lucerna bajo la dirección de Michael Sanderling”.
Es importante no silenciar nada de su trayectoria personal y profesional, porque es un ejemplo extraordinario para los jóvenes de este país. Además, junto al premio citado anteriormente, hay que destacar los siguientes, recibidos recientemente en el Concurso Internacional neoyorquino “Getting to Carnegie Hall 2021” y la elección como artista del mes en Musical America: “María Dueñas comienza a consolidarse en el panorama internacional. Descrita en el Daily Californian como “una solista de impresión, que cautivó la atención del público desde la primera nota” en su debut con la Orquesta Sinfónica de San Francisco y Marek Janowski, la crítica alaba su versatilidad para combinar técnica y sensibilidad. Dueñas se dio a conocer tras ganar el Primer Premio en el Concurso Internacional Mozart en Zhuhai, China. Su éxito en el Concurso de Violín Internacional de Vladimir Spivakov en Rusia le condujo a otros proyectos muy inspiradores con el Maestro Spivakov. Otros galardones incluyen una prolífica sucesión de Primeros y Grandes Premios, entre los que caben mencionar el Concurso Internacional Yankelevitch, el G. P. Telemann en Polonia, recibiendo también el Premio Especial por la mejor interpretación de una sonata para violín solo, el Premio Luigi Zanuccoli en Italia, el Concurso Internacional de Leonid Kogan en Bélgica o el reconocimiento de la prestigiosa Academia Kronberg en Alemania, con el título Prinz von Hessen 2017 como la violinista más joven con mayor potencial y proyección. Radio Nacional de España le otorgó el Premio “Ojo Crítico 2020” en la Sección de Música Clásica, reconociendo su figura como “embajadora de la música española en el circuito internacional”.
Lo he repetido hasta la saciedad en este cuaderno digital: debemos reconocer todo lo que a diario se hace bien en este país, porque necesitamos esos refuerzos positivos. Con este reconocimiento mundial a la violinista granadina María Dueñas, de tan sólo 18 años de edad, he recordado las palabras del cardiólogo Valentín Fuster, residente durante muchos años en América, que pronunció en 2013 durante una visita a España: “Yo puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en España. Pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…” o lo que es lo mismo, puedo estar hablando todo el rato de lo que hace mal este país, pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…. Y comprobaremos que es verdad, que funcionan muchas cosas que aparentemente son de otro mundo pero que gracias a una española como María Dueñas contribuimos a dignificar el país en un premio internacional de violín que debería causar la admiración necesaria y justa de todos, sin excepción alguna.
Vuelvo a escuchar y a contemplar a María Dueñas en su interpretación del Andante cantabile (5:08) del Concierto para violín nº4 de Mozart (K. 218), que compuso en octubre de 1775, con 19 años, una edad similar a la suya, durante una estancia en Salzburgo. Alfred Einstein (1), primo del premio Nobel Albert Eisntein, quien consideraba a Mozart como un maestro suyo extraordinario, dijo de este Andante cantabile, que era “realmente un canto ininterrumpido del violín, una confesión de amor”. La que hoy deberíamos reconocer en María, mereciendo nuestra atención como paisanos suyos, andaluces y habitantes de este país en general, según Cernuda, porque está dejando en el mundo un mensaje continuo de que en España hay personas necesarias, imprescindibles y maravillosas por su forma de construir un mundo mejor, en este caso a través de la música, que son un ejemplo a seguir y para no olvidarlo jamás.
(1) Einstein, Alfred (2006). Mozart. Madrid: Espasa Calpe, p. 306.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
¿Hasta cuándo hablan los demás si ya hemos hablado nosotros?
Pablo Neruda, El libro de las preguntas, XI
Sevilla, 27/V/2021
Quien hojea este cuaderno sabe que tengo un respeto reverencial al silencio, aprendido por muchos reveses de la vida y porque he sentido cansancio existencial al haber escuchado a la altura de mi película vital determinadas cosas que hubiera preferido no escucharlas nunca. Me gustaría hacer un paralelismo de la pregunta de Neruda y cambiar la palabra hablar por callar: ¿Hasta cuándo callan los demás si ya hemos callado nosotros? Creo que sería una buena respuesta sintetizada en el silencio y en el diálogo como corolario suyo, tal y como lo expresó de forma magistral Antonio Machado: para dialogar, preguntad primero; después… escuchad. Pero ahora no es así, porque hablan los demás, hablamos nosotros y asistimos a una nueva Babel en la nueva normalidad, repitiendo los mismos fallos que en la antigua, porque hablamos y hablamos pero no nos entendemos. Ni los de arriba, ni los de abajo, ni los de la derecha, ni los de la izquierda. No hay forma humana de entendernos cuando estamos obligatoriamente obligados a hacerlo, como nos lo recordaba en mis años jóvenes el poeta Rafael Ballesteros, en una composición, Ni yo tampoco entiendo, que la hizo popular el grupo Aguaviva y que lo sintetizaba en una frase que tengo grabada en mi persona de secreto: De este mundo los dos sabemos poco.Y sin embargo, estamos aquí, obligatoriamente obligados a entenderlo.
Este país va por unos derroteros de hablar todos sin parar y no callar nadie, dando igual lo que se diga, aunque asistimos a un fenómeno muy peligroso de contrarios, porque el silencio, cuando se produce, emerge como si se hubiera instalado en la complicidad anónima que no defiende a nada y a nadie, aunque veamos las mayores tropelías en nuestro mundo de alrededor, en un gesto mafioso que pensándolo bien es una lacra social que va ganando puntos a diario. No nos han enseñado a callar con dignidad. Por no hablar de los opinadores mayores del reino, colaboradores televisivos y supuestos líderes de opinión, más bien del cotilleo indecente, una nueva plaga que se extiende como una mancha de aceite y se pasan todo el día hablando por tierra, mar y aire de lo divino y de lo humano más rastrero, caiga quien caiga y cueste lo que cueste decirlo porque les resulta gratis total en sus conciencias y en sus silencios cómplices.
Con este panorama tan mediocre y preocupante, acudo una vez más a mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca, para rescatar urgentemente un libro precioso, El arte de callar (1), recordando el primer principio de ese arte, Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio, y el decimocuarto: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral y social del silencio y preparación para el diálogo, en una actitud donde hablar ocupa su auténtico lugar, preguntando primero y escuchando después hasta el momento en que rompamos ese silencio porque lo que tenemos que decir es mucho más valioso que mantenernos callados.
Escribo hoy estas líneas, como vengo haciendo a lo largo de estos quince años de vida del blog, porque creo que tengo que decir cosas más importantes que el silencio y porque necesito diferenciar el heno de la paja de lo que se dice e informa a diario, reteniendo algunos pensamientos, pero no disfrazando ninguno. También, porque creo en el diálogo, pero con dos fases muy claras e inalienables: preguntar siempre antes de hablar y escuchar después. Los demás hablarán siempre conmigo o para mí, si antes he hablado en ese momento clave a través de mi silencio que pregunta y escucha. No lo olvido.
(1) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela (4ª ed.).
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.