Otoños / Cuando venimos de los álamos

Sevilla, 28/IX/2019

El otoño nos prepara para recibir el invierno con toda su crudeza, con la doble cara del dios Jano. Es la antesala de la pérdida de la luz convirtiendo las sombras y grises en un testigo implacable de lo que viene. En Sevilla casi no existe el otoño. Verano e invierno se estrechan la mano día a día y miran de reojo a un otoño que casi hermanan con calor y frío sin pasos intermedios, sin confundirlo con la tibieza apocalíptica: “puesto que no estás ni frío ni caliente sino tibio estoy para vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 14-16), una cita matemática que no se olvida, sin lugar a duda, que son solo palabras puestas en la boca del dios de los creyentes.

Mientras, leo a Ángel González en su tercer poema de Otoños, Casi invierno:

Alamedas desnudas,
mi amor se vino al suelo.
Verdes vuelos, velados
por el leve amarillo
de la melancolía,
grandes hojas de luz,
días caídos
de un otoño abatido por el viento.

¿Y me preguntas hoy por qué estoy triste?

De los álamos vengo.

El otoño anuncia siempre los grises del invierno, mirando por el retrovisor del tiempo el color de las tres estaciones anteriores. En esta antesala del invierno, en pleno otoño, constatamos que muchas veces somos ciegos al color, no por una enfermedad, la acromatopsia, sino porque nos acostumbramos a vivir en blanco y negro, como si el color o la alegría no hubiera llegado a nuestras vidas. Cuando era niño, viviendo en una sociedad de eternos grises (incluido el uniforme de la policía…), no había nada que me hiciera disfrutar más que cuando entraba al cine de sesión continua en Madrid y anunciaban en pantalla que la película que íbamos a ver era en “color por tecnicolor”. Era una forma de interpretar la vida de forma diferente.

El otoño hace que, a veces, decaiga el ánimo. La tristeza de Ángel González cuando venía de los álamos tenía una explicación, que leí recientemente en palabras de su esposa, Susana Rivera, cuando afirmaba que la referencia a los álamos no era ni a los que había conocido en New México o los de su tierra, en el Paseo de los Álamos de Oviedo. Eran los que “[…] se imaginaba cuando escuchaba a Victoria de los Ángeles cantar, «De los álamos vengo madre, de ver como los menea el viento…». Ponía ese disco en momentos muy especiales, muchas veces amanecimos escuchándolo”.

De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos de Sevilla, de ver a mi linda amiga, de ver a mi linda amiga. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre (1).

Y me consuela saber que los álamos queridos por Ángel González estaban en Sevilla, porque su quintaesencia figuraba en un poema popular anónimo recopilado por Juan Vázquez, un extremeño muy vinculado al movimiento renacentista de Sevilla, donde falleció en 1563, en una obra que llevaba por título Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y cinco voces (Sevilla, 1560). “De los álamos vengo madre…”, una canción cantada por villanos, es decir, un villancico, figuró siglos más tarde como cuarto madrigal amatorio compuesto por el maestro Joaquín Rodrigo, respetando la melodía original que había escuchado durante su estancia en París hacia finales de los años treinta.

Otoño, desde los álamos de Sevilla en la Alameda de Hércules, el jardín público más antiguo de Europa, ¿me preguntas hoy por qué estoy triste?

(1) Letra original: http://cristobaldemorales.net/medios/repertorio/alamos_vengo_madre

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Otoños / El decorado de nuestras vidas

MUSICA DE OTONO

Sevilla, 27/IX/2019

Esta igualdad temporal de los días y las noches (equinoccio) con la que identificamos el otoño, forma parte del decorado de nuestras vidas. Cambia el día, la noche, la luz, el calor, el frío, la caída de las hojas, todo cambia. La oportunidad de escribir sobre el otoño de nuestra vida, cada otoño, hace que cumplamos estaciones en vez de años y surgen, insolentes, unas preguntas curiosas: ¿cuántos otoños tienes? O, ¿cuántos otoños somos?

Ángel González, en su segundo poema de Otoños, Entonces, dedica una reflexión sobre el decorado cambiante de nuestras vidas, porque somos protagonistas de una película, de largo metraje, en la que cada estación hace que determinadas secuencias sean inolvidables. Solo por una palabra maravillosa, entonces, un adverbio demostrativo de que lo que allí ocurrió fue solo en ese tiempo, en ese momento, en esa ocasión. El Fin del Verano, podría ser hoy el título de la película en este momento, entonces, al que sigue de forma inexorable un invierno, estaciones con parada fija sin que nosotros podamos hacer nada por detenerlas en el tiempo.

Entonces era otoño en primavera
o tal vez al revés:
era la primavera semejante al otoño.

Azuzadas de pronto por el viento,
corrían veloces las sombras de las nubes
por las praderas soleadas.
Inesperadas ráfagas de lluvia
lavaban los colores de la tarde.
¿De cuándo ese carmín que fue violeta?
¿De dónde
el oro que era ocre hace un instante?

Los silbos amarillos de los mirlos,
el verde desvaído al que apuntaban,
la luz, la brisa, el cielo inquieto:
todo nos confundía.

Con un escalofrío repentino
de temor, y nostalgia,
evocamos entonces
la verdad fría y desnuda de un invierno
no sé si ya pasado o por venir.

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Otoños

Ángel González me acompaña siempre a lo largo del año y sus estaciones. Ahora, vuelvo a leer los poemas dedicados a los Otoños, en plural, porque existen millones de otoños, los que vive cada ser humano a su forma y manera: mi otoño, tu otoño, su otoño, nuestro otoño, vuestro otoño, el otoño de ellos, de ellas…, el otoño de todos. De todas formas, los otoños de González me inspiran otra forma de comprender la vida y me gusta compartirlo para hacer más llevadero ese ser y estar en el mundo de todos y cada uno.

Comienza su entrega de sentimientos y emociones con un poema precioso, El otoño se acerca, que comparto hoy:

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

Hoy, busco el ángel que se llamaba luz, fuego, o vida, y no lo encuentro, rodeado de malas noticias por todas partes, en un país con desasosiego permanente desde hace ya varios años, en este otoño que ha entrado con mucho ruido. Al menos, he encontrado un ángel, de apellido González. Se lo agradezco, porque necesitamos momentos amables en esta azarosa vida, en este otoño.

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El otoño, según Vivaldi

Sevilla, 23/IX/2019

El tiempo también tiene su timbo al tambo particular. Hoy sale el verano y entra el otoño. Esta estación la tengo asociada musicalmente a Vivaldi y es una obra que conozco en su partitura original que frecuento habitualmente. Forma parte de una obra catalogada como la octava del maestro, con un título sugerente: La base de la armonía y de la invención, doce conciertos escritos entre 1723 y 1725 y que se publicaron el último año. Se concibieron para violín fundamentalmente, flauta, oboe y bajo continuo. Los cuatro primeros conciertos son los que conocemos como Las cuatro estaciones.

Es interesante saber que este concierto, Otoño, tiene una base poética de Vivaldi en la forma de soneto:

El otoño

EI aldeano, con bailes y con cantos, celebra con alborozo la vendimia y encendido con el licor de Baco su gozo termina con el sueño.

Se entregan a los bailes y los cantos, al aire que, templado, da alborozo a la estación, que está invitando a tantos de un dulcísimo sueño al bello gozo.

Cazadores al alba van saliendo con cuernos, escopetas y jaurías.

Huye la fiera, mas la van siguiendo; pasmada y quieta por la algarabía de escopetas y perros, va muriendo herida, amenazando todavía.

Cada movimiento intenta representar una escena de este equinoccio (el día y la noche duran casi lo mismo): el Allegro, representa el baile y el canto de los campesinos, el Largo, a unos borrachos dormidos y el último movimiento, Allegro, la caza. Hoy ofrezco en el vídeo una breve audición comentada que tiene un componente didáctico de gran valor. Me parece extraordinario intentar comprender qué quiso transmitir Vivaldi en esta partitura, tan cerca de la naturaleza de la ciudad de Mantua que lo acogió durante la composición de esta obra.

Sobran las palabras. Hay que dejar fluir los sentimientos y las emociones y no dejar pasar hoy, sin pena ni gloria, este regalo de la naturaleza. Sobre todo, comprender al maestro Vivaldi y su forma de expresar la vida humana y la forma en que mueren determinados seres vivos.

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La belleza, el encanto y la alegría

Sevilla, 20/IX/2019

En un mundo en el que sobrevivimos rodeados por los enemigos del alma humana, es maravilloso que la historia nos recuerde que existen la belleza, el encanto y la alegría, que podemos comprender mejor al contemplar un grupo escultórico inolvidable esculpido por Antonio Canova, Las Tres Gracias, que representa estas tres realidades. Hoy, yendo del timbo al tambo de mi vida, recordando siempre a Gabriel García Márquez en sus cuentos peregrinos, las he descubierto de nuevo escuchando una obra preciosa de Couperin, Pavana, interpretada al clave por C. Rousset que pueden disfrutar también sin dejar de mirar cara a cara estas mujeres con tanto encanto.

He comenzado ya el nuevo Curso de piano y clave en el que me voy a centrar especialmente en este último instrumento. Analizando hoy los temperamentos de mi clave, hasta cinco en total, he descubierto algunos más en un curso de organología al que puedo acceder gracias a internet y en el apartado dedicado al temperamento de Chaumont (1695), he conocido la interpretación de este temperamento “de transición entre el Renacimiento y el Barroco” que se puede disfrutar de él escuchando a Christophe Rousset, tocando “la “Pavane en fa# menor” de la Suite en la menor de Louis Couperin (1626-1661) en un clave Louis Denis 1658 restaurado por Reinhard von Nagel en 2004-2005”.

He querido compartir esta experiencia con la Noosfera y con las personas que lean este post. También he cambiado la imagen de cabecera de este blog sustituyéndola temporalmente por un fragmento de la escultura de Canova, Las Tres Gracias, porque me ha impactado su belleza sobre mármol de Carrara, con una expresión de encanto y alegría entre las tres cárites mitológicas griegas, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente hoy: Eufrósine, Aglaya y Thalia. Porque las necesitamos.

Un temperamento es una forma de comprender, componer e interpretar cada escala musical, cada octava y su relación con las demás. Existen muchas formas de ordenar los intervalos musicales y los temperamentos son una muestra de ello. Algo así como los intervalos de la vida, de la política, donde momentos como los que estamos viviendo en este país, nos alejan de la belleza, encanto y alegría de la política mal entendida. En estos tiempos de turbación, la única mudanza que me permito, escapando de la recomendación de San Ignacio, es visitar por Internet el Hermitage y contemplar allí Las Tres Gracias de Canova, en su primera versión (hizo una segunda) para interpretar mejor a Couperin en el clave que me da vida, tocando de la mejor forma posible la Pavana que suena tan maravillosamente bien con el temperamento de Chaumont.

Porque la belleza, el encanto y la alegría también existen. A pesar de todo.

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Curtis Jones estuvo en Sevilla

Sevilla, 16/IX/2019

En el año 1963, recién llegado a Sevilla, supe que en un Instituto muy conocido en la ciudad tocaba Curtis Jones, un maestro del jazz y del swing. Asistí a aquél concierto con una mezcla de incredulidad y, por qué no decirlo, de esnobismo aupado por la edad y por la oportunidad de introducirme en un mundo nuevo en el que la España cañí acudía a espacios de Radio Madrid del tipo «Rompa su disco». Cincuenta y seis años después, escucho todos los días, de lunes a viernes, un programa en Radio Clásica que me acompaña en los desplazamientos por Sevilla, Clásicos del jazz y del swing, magníficamente presentado por Luis Martín, que me recuerda aquella aventura de juventud en la que el jazz era introducido en el mundo universitario por el Dr. Manosalbas, con la ayuda de Radio Vida, en una ciudad tan pintoresca y alejada de cualquier modernidad. Ha sido muy grato localizar alguna noticia al respecto en Google, que me ha situado con exactitud la citada experiencia.

CURTIS JONES

Curtis Jones vino a Sevilla y las referencias en los medios de comunicación son escasas porque este tipo de música se abría paso en un mundo que no la apreciaba todavía y los que asistíamos a este tipo de conciertos cabíamos en un taxi y sin «transportín» que, para los más jóvenes del lugar en la actualidad, aclaro que era un pequeño asiento que se abría como un libro en el centro de los vehículos, ampliando el número de plazas habitual. En los coches de toreros era muy habitual su uso por parte de miembros de las cuadrillas.

Disfruto mucho escuchando las explicaciones sabias de Luis Martín, que conoce detalles impagables de una música con tanta historia. Me sorprende la operación rescate actual del mundo del vinilo en el que este tipo de música hizo siempre su agosto, sobre todo en Estados Unidos. Quiero reconocer públicamente el esfuerzo de una radio pública para ofrecer música de tanta calidad en su fondo y forma. Lo mejor de todo es que aquella España incomprensible consigo misma me ofreció en un rincón de Sevilla la posibilidad de conocer a Curtis Jones y escuchar su concierto de piano y su voz. Inolvidable experiencia para alguien que aprendía todos los días de hechos controvertidos de la vida, haciendo camino al andar junto a Machado y yendo con dificultad de mi corazón a mis asuntos, comprendiendo el dolor de Miguel Hernández al perder a su gran amigo.

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El mejor selfi de la vida

TRINTIGNANT AIMEEE

Sevilla, 15/IX/2019

En un momento mágico de la película de Claude Lelouch, Los años más bellos de una vida, rodada cincuenta y dos años después de su antecesora, Un hombre y una mujer, con el trío de ases, Trintignant, Aimée y Lelouch, los protagonistas resumen qué ha pasado en sus vidas e intentan detener el tiempo con una autofoto (selfi), palabra que no existía cuando tenían cincuenta años menos. El plano que he fijado en la cabecera de este artículo me parece un logro cinematográfico excelente, con la playa de Dauville de fondo, donde habían transcurrido momentos para no olvidar hace ya mucho tiempo.

Vi en su momento la película que motiva este estreno en España y la recuerdo casi plano a plano. Era muy joven, pero el amor me parecía posible incluso en experiencias extramatrimoniales como la de la película, en una España que helaba el corazón de quienes las vivían, porque no eran confesables. Comprendí bien el hilo conductor de la película, aunque casi no podía comentarla en su lado positivo porque el régimen estaba en todas partes. Es una mujer la que cincuenta años atrás había dicho “Te quiero”, un amor prohibido que asusta al hombre al que va destinado ese escueto mensaje. Era una mujer la que había tomado la iniciativa en un mundo tan cicatero, plagado de prohibiciones y controles del alma.

Cincuenta años después, he podido comprobar cómo ha avanzado el país en libertades. Hoy está integrado el argumento de fondo y todos comprendemos que dos personas mantengan en su persona de secreto el amor de juventud, sobre todo si fue verdadero. Quizá se deba a que Lelouch quiere dejar claro, plano a plano, el hilo conductor de la película resumido en una frase de Victor Hugo: los mejores años de la vida son aquellos que aún no se han vivido.

La película nos transmite realidades muy duras en la vida de las personas mayores: la enfermedad del olvido selectivo o Alzhéimer, la vida en común obligada cuando se vive en una residencia de mayores, la ausencia de movilidad en el sentido pleno de la palabra, las ausencias, las fiestas organizadas para alegrarnos la vida incluso cuando lo que se requiere es silencio interior, la soledad acompañada y sonora, los horizonte lejanos, la moviola de la vida disponible en los momentos que determinadas neuronas lo permiten, el amor alojado en neuronas que no se borran, los flashback que circundan la memoria de hipocampo, las sorpresas de quienes nos quieren de verdad. He escuchado atentamente a Claude Lelouch en una entrevista cuando habla de la realidad de la mirada, porque los ojos nunca mienten, porque siempre nos queda la mirada de alguien a quien queremos. Ahora, los silencios de las miradas de Jean-Louis y Anouk en su reencuentro.

Por estas razones y otras muchas me parece excelente ver Los años más bellos de la vida, porque permite soñar de nuevo, hacer viajes casi imposibles, utilizar la tecnología para perpetuar los reencuentros a través de un selfi (autofoto), porque da igual casi todo, excepto el amor verdadero: la autoridad, las prohibiciones, la cicatería en el amor. Porque siempre quedará París, recorrido de punta a punta gracias a la cámara de Lelouch en un plano secuencia memorable, que utiliza un corto suyo de ocho minutos (Era una cita) para transmitirnos que el mundo solo tiene interés hacia adelante cuando respetamos el amor de cada presente. Incluso en las tinieblas del Alzhéimer, con una banda sonora de fondo gracias a Francis Lai. Incluso con los semáforos en rojo de la vida. Sobre todo, si alguien nos espera al final de un largo camino y en una cita inolvidable.

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¡Ésta es España!

 

CONSEJO DE MINISTROS1

Sevilla, 13/IX/2019

La última oferta para un gobierno de coalición efectuada por Pablo Iglesias Turrión al presidente en funciones, revisable al año, me ha recordado al gobierno de Roma en el año 64 antes de Cristo, porque era colegiado, duraba solo un año y sorprendentemente se alternaba cada mes asumiendo siempre la más alta magistratura civil y militar. Al paso que vamos, cualquier día va a ofrecer Pablo esta solución puestos a dar y recibir todos clases de politología electoral y social.

Respeto a la política hasta límites insospechados, también a Pablo Iglesias y a su partido, a sus electores, pero en momentos tan transcendentales para este país, me reafirmo en lo que ya he escrito al respecto en este cuaderno digital en los últimos meses de zozobra de gobernanza de Estado: necesitamos un acuerdo programático de izquierda que atienda al interés general de la ciudadanía de este país. Creo que no es serio ofrecer alianzas temporales de gobiernos de coalición a modo de prueba que, si no gustan, tienen otras seguro, porque lo importante no son los sillones ministeriales sino la política de Estado que se va a decidir en las Cámaras y, después, su implantación y evaluación. Este es el motivo por el que defiendo con ardiente impaciencia que se trabaje y se tome la decisión ya sobre un acuerdo programático de legislatura a lo largo de los cuatro años de la misma, que defina las grandes estrategias de estado que responden al sentir popular en estos momentos, pero no dejándolo al azar de pruebas de gobernanza sino a la respuesta de estado a las necesidades del interés general.

En la época que describo del siglo VII antes de Cristo, en la que los gobiernos eran muy cortos, un año, y además se alternaban los candidatos elegidos, un mes de gobierno cada uno, porque el baile gubernativo era anual y mensual, el candidato Marco, al que Quinto Tulio Cicerón prepara en la campaña electoral del año 64 a.C., debía responder siempre a tres grandes principios: era un hombre nuevo (no tenía antecedentes sociales relevantes y tenía que saber utilizar esta condición), aspiraba al consulado (cargo de la máxima excelencia para gobernar la República) y el lema por el que había que luchar era muy claro: “¡ésta es Roma!”, es decir, debía conocer bien cómo era en su esencia el Imperio Romano, la Ciudad que tendría que gobernar: “una ciudad constituida por el concurso de los pueblos, en la que abunda la traición, el engaño y todo tipo de vicios, en la que hay que soportar las arrogancias, la obstinación, la envidia, la insolencia, el odio y la impertinencia de muchos. Creo que tiene que ser muy prudente y muy hábil el que vive rodeado de tantos hombres con vicios tan diversos y tan graves, para poder evitar la hostilidad, las habladurías, la traición, y para que una misma persona pueda adaptarse a tal variedad de costumbres, de discursos y de intenciones”. Así era el Imperio Romano.

Si fuera válido este baile temporal en el mandato del Consejo de Ministros, como proyección del Gobierno, sería bueno repasar las tres condiciones anteriores de sus máximos responsables: ser “personas nuevas” en el pleno sentido de la palabra, aspirar a los ministerios sabiendo qué significan en su desarrollo legislativo y saber que “ésta es España” en la que en la situación actual, salvando lo que haya que salvar, estamos rodeados de hostilidades, habladurías, traiciones cercanas, en las que un Gobierno tiene que saber adaptarse a la variedad de costumbres, discursos e intenciones que no son inocentes.

Hablamos de un espejismo, de un juego de palabras, porque no es lo mismo, los tiempos han cambiado, pero hay algo que permanece: la prudencia y habilidad de llevar a España a un puerto seguro en la democracia representativa, con un Acuerdo Programático de Gobierno, sin experimentos que la historia ha demostrado que no sirvieron y que llevó al Imperio Romano a la caída más dura que se recuerde. Estamos avisados.

[1] Cicerón, Quinto Tulio (1993). Breviario de campaña electoral. Barcelona: Quaderns Crema.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://es.wikipedia.org/wiki/Consejo_de_Ministros_de_España

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Salvador Allende estuvo allí

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Salvador Allende y su esposa, Tencha Bussi, en 1971 junto a sus nietas Marcia Tambutti y Maya Fernández (1)

Sevilla, 11/IX/2019

Cuando se cumple el 46 aniversario del inicio del golpe de estado en Chile, vuelvo a recordar a Salvador Allende y lo que supuso para la unidad popular en Chile, después de unos días en los que he estado muy cerca de Pablo Neruda y del exilio de los españoles que perdieron la guerra que tanto ha marcado a generaciones de este país, por mucho que se quiera arrinconar la memoria histórica de aquellos años terribles. En el puerto de Valparaíso, el 3 de setiembre de 1939, desembarcaron en ese puerto tan querido por Neruda más de 2.300 exiliados españoles a bordo del Winnipeg, siendo recibidos por el presidente Aguirre Cerdá y por el jovencísimo y recién nombrado Ministro de Salubridad, Previsión y Asistencia Social, Salvador Allende: “[…] Al descender las movedizas escalinatas, ante ellos se abría la posibilidad de rehacer sus vidas y de retribuir con su trabajo y esfuerzos la hospitalidad que generosamente les brindaban el pueblo y el Gobierno chilenos. Manos fraternas acogieron a los inmigrantes, rescatados por el humanitario corazón de Neruda, para quienes, a contar de ese momento, la esperanza comenzó a ser una realidad» (2). Salvador Allende estuvo allí.

Reviso este cuaderno digital y creo que no he faltado un solo año a este recuerdo del golpe de estado en mi persona de secreto: «No lo olvido a pesar del tiempo transcurrido. He crecido con el desgarro de esta noticia en el momento que ocurrió, en mis años jóvenes; he grabado a fuego en mi cerebro las últimas palabras de Allende desde el Palacio de la Moneda, examinándolas todas y quedándome con todo lo bueno que hay en ellas; he seguido de cerca a los embajadores de la cultura chilena en el exilio, el grupo Quilapayún, aprendiendo con ellos que el pueblo unido jamás será vencido y que con el amor y el sufrimiento se aúnan las voluntades para construir un mundo mejor, como clamaban a su cielo particular en la cantata de Santa María de Iquique. También, sé que para pasear por las grandes alamedas como personas libres, tenemos que juntar las manos con las de otros para abrir murallas reales y virtuales».

Cuarenta y seis años después…, no lo olvido hoy, cuando soy consciente de que podemos pasear en España por grandes alamedas de personas libres. También en Chile.

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Grandes alamedas para personas libres

Horas antes de finalizar este día, cargado de recuerdos amargos para la humanidad, por el terrible atentado de las Torres Gemelas en 2001, deseo recordar también que hoy se cumplen 43 años del golpe de estado en Chile. Las palabras de Allende desde el Palacio de la Moneda en la capital, horas antes de su fallecimiento, sigo leyéndolas e interiorizándolas en muchas ocasiones en su sentido más positivo, a pesar de la tragedia popular que supuso el sangriento golpe militar dirigido por el general Pinochet: “Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

Marcia Tambutti, nieta del Presidente Allende, ha dirigido un documental, Allende, mi abuelo Allende, que ha supuesto una aportación fundamental para conocer de forma más cercana al presidente tristemente fallecido y que me permitirá conocer aspectos humanos de un líder carismático de mi persona de secreto: “En un relato conmovedor y honesto, es la primera investigación sobre Allende realizada desde el círculo íntimo del mandatario y está hecha sobre la base de 32 entrevistas a personas que lo conocieron de cerca. Son todos testimonios inéditos, como el de Tencha Bussi de Allende, la viuda del Presidente fallecida en junio de 2009, cuando el filme estaba en plena confección. La realizadora también logra hacer hablar a su tía Carmen Paz Allende Bussi, la primogénita del mandatario, que vive en Santiago y que por décadas ha cultivado un bajo perfil, alejado de la prensa. Sentada en el patio de la casa de calle Guardia Vieja de la capital chilena, la vivienda familiar desde 1953 decorada como si el tiempo no hubiese pasado, Tambutti explica que el hecho de que ella estuviera preparada para desempolvar recuerdos, no significaba que su familia también. “Me faltó abuelo, quería saber más de él. Lejos del exhibicionismo y desde el cariño más profundo, a través de este documental me propuse entender las razones de este silencio, que se explica en una inmensa parte por la existencia de episodios dolorosos” (3).

No he olvidado nunca las palabras de Allende y con esta breve reflexión quiero contribuir a no participar en los silencios cómplices de los olvidos, a respetar su memoria y las de miles de chilenos desaparecidos y torturados en la larga dictadura de Pinochet, sobre todo porque paseamos hoy en muchos lugares del mundo, también en España, por grandes alamedas de libertad en las que él soñó, aunque quede mucho por hacer y conseguir. Como decía en 2013, en un post que aprecio y que escribí con ocasión del 40 aniversario del golpe de estado chileno, Ardiente im-paciencia, estas palabras suyas las he seguido sabiendo y practicando, sin ninguna duda. Es mi pequeño homenaje a Salvador Allende y al pueblo chileno, hoy y siempre.

Sevilla, 11/IX/2016

(1) La imagen se recuperó el 11/IX/2016 de: http://allendemiabueloallende.cl/

(2) https://winnipeg70.wordpress.com/la-historia-del-winnipeg/

(3) Montes, Rocío (2015, 1 de marzo). El Tabú de Salvador Allende. El País.com.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Solastalgia

SOLASTALGIA

He leído recientemente que el informe El concepto de refugiado climático, publicado por la Unión Europea en mayo del año pasado, “refleja que cerca de 26 millones de personas se ven afectadas cada año por inundaciones, sequías o tormentas en todo el mundo. Prácticamente una cada segundo. También que el clima ha obligado a emigrar a uno de cada diez residentes de islas como Kiribati, Nauru y Tuvalu, en el océano Pacífico, o que 200.000 personas de Bangladesh -el segundo país más vulnerable al cambio climático, después de Chad- se quedan sin hogar anualmente debido a la erosión de la orilla de los ríos”. Estos fenómenos separan a la humanidad de la naturaleza y basta recordar los incendios recientes en la selva amazónica o en Galicia o La Granja de San Ildefonso para no ir tan lejos.

Pero vayamos por partes. Richard Louv publicó en 2005 un libro, Los últimos niños en el bosque, del que llegó la traducción al español el año pasado (1), que explica muy bien el trastorno por déficit de naturaleza (TDN), una de las expresiones transcendentales de la solastalgia: “Acampar en el jardín, ir en bicicleta por el bosque, trepar a los árboles, atrapar insectos, recoger flores silvestres, correr entre pilas de hojas de otoño… Estas son las cosas de las que están hechos los recuerdos de infancia. Pero para la generación de hoy en día, faltan los placeres de una infancia libre y sus hábitos conducen a la obesidad epidémica, el trastorno por déficit de atención, el aislamiento y la depresión infantil. Este oportuno libro muestra cómo nuestros hijos se han vuelto cada vez más alienados y distanciados de la naturaleza, por qué esto importa y cómo podemos cambiar la tendencia. Los últimos niños en el bosque es el primer documento que reúne investigaciones de vanguardia que demuestran cómo la exposición directa a la naturaleza es esencial para un desarrollo infantil sano: física, emocional y espiritualmente. Es un toque de atención, convincente e irresistiblemente persuasivo, para recuperar la conexión entre los niños y la naturaleza. Un libro imprescindible para los padres de hoy en día, que puede ayudarles a reconstruir esa tradicional y sana interacción entre la infancia, el aire libre y los espacios naturales abiertos”.

La separatidad que explicaba maravillosamente Bowlby, como fenómeno de ruptura del niño con su medio, comenzando obviamente por la madre y que conocí en mis primeros años de carrea, ha progresado en su desarrollo alarmante por el cambio climático y de conductas familiares desde la infancia hasta llegar a la solastalgia.

Solastalgia en un término que se acuñó por primera vez por Glenn A. Albrecht en 2007 (2), mediante un artículo con autoría compartida, en la revista Australas Psychiatry. 2007;15 Suppl 1:S95-8, Solastalgia: la angustia causada por el cambio ambiental, que es el referente mundial en los primeros pasos en este campo de investigación: “Solastalgia es un nuevo concepto desarrollado para dar mayor significado y claridad a la angustia inducida por el medio ambiente. A diferencia de la nostalgia (la melancolía o la nostalgia experimentada por los individuos cuando están separados de un hogar querido), la solastalgia es la angustia que se produce por el cambio ambiental que afecta a las personas mientras están directamente conectadas a su medio ambiente”. La investigación se centró en dos contextos en los que los equipos de investigación colaborativa encontraron que la solastalgia es evidente: “las experiencias de sequía persistente en la NSW (Nueva Gales del Sur) Rural Fire Service y el impacto de la minería de carbón a cielo abierto y a gran escala en individuos en el Valle Superior del Cazador de NSW. En ambos casos, las personas expuestas a cambios ambientales experimentaron un efecto negativo que se ve incrementado por una sensación de impotencia o falta de control sobre el proceso de cambio que se desarrolla”.

Solastalgia es un neologismo construido con las palabras latinas sōlācium (comodidad) y la raíz griega -algia (dolor): “[…] A diferencia de la nostalgia, solastalgia se refiere a la angustia causada específicamente por el cambio ambiental. En 2015, la revista médica The Lancet incluyó la solastalgia como un concepto que contribuye al impacto del cambio climático en la salud y el bienestar humanos” (3).

He recordado hoy en medio de tanta solastalgia que un día tuvimos que salir de un paraíso en el que muchos nacimos por tradición y creencia, para volver diariamente a él, tal y como lo ha hecho el fotógrafo Sebastião Salgado a lo largo de su vida profesional, que salió a buscarlo en 2005 para “emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

He escrito en varias ocasiones en este cuaderno sobre esta obra maravillosa del fotógrafo brasileño, desde que comenzó esta aventura especial de gran carga ideológica. He vuelto a abrir el Primer Libro, el Génesis, en su capítulo I, versículo 31, para corroborar con la musicalidad del texto hebreo, en su escritura primigenia, que el relato de la creación dejaba muy claro que lo mejor que había ocurrido en aquellos días mágicos fue la creación del ser humano, porque a diferencia de los cielos, la tierra y el agua, que sólo eran buenos, en la del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había hecho. Un adverbio, meod, que en hebreo significa “muy” dejó claro para siempre que la existencia de los seres humanos justificaba por sí misma la creación del mundo, el evolucionismo o el punto alfa y omega de la vida. Son sólo creencias de siete días especiales, singulares, en los que había ocurrido algo muy bueno para la existencia humana, para cada uno (con su cadaunada).

En plena crisis de solastalgia recuerdo un hecho histórico que se ha transmitido durante siglos de padres a hijos, de base creacionista, que quizá nos dé la clave de tanto desasosiego: Me refiero a Adán y Eva…, que «no fueron expulsados, sino que se mudaron a otro Paraíso». Esta frase formó parte, hace ya unos años, de una campaña publicitaria de una empresa que vende productos para exterior en el mundo. Rápidamente la he asociado a mi cultura clásica de creencias, en su primera fase de necesidad y no de azar (la persona necesita creer, de acuerdo con Ferrater Mora) y he imaginado -gracias a la inteligencia creadora- una vuelta atrás en la historia del ser humano donde las primeras narraciones bíblicas pudieran imputar la soberbia humana, el pecado, no a una manzana sino a una mudanza. Entonces entenderíamos bien por qué nuestros antepasados decidieron salir a pasear desde África, hace millones de años y darse una vuelta al mundo. Vamos, mudarse de sitio. Y al final de esta microhistoria, un representante de aquellos maravillosos viajeros decide escribir al revés, desde Sevilla, lo aprendido. Lo creído con tanto esfuerzo, en medio de la solastalgia que nos invade.

Estamos avisados, que diría Al Gore.

 

(1) Louv, Richard. Los últimos niños en el bosque, 2018. Madrid: Capitán Swing.

(2) Albrecht et al. Solastalgia: the distress caused by environmental change. Australas Psychiatry. 2007;15 Suppl 1:S95-8.

(3) https://en.wikipedia.org/wiki/Solastalgia

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.