Solastalgia

SOLASTALGIA

He leído recientemente que el informe El concepto de refugiado climático, publicado por la Unión Europea en mayo del año pasado, “refleja que cerca de 26 millones de personas se ven afectadas cada año por inundaciones, sequías o tormentas en todo el mundo. Prácticamente una cada segundo. También que el clima ha obligado a emigrar a uno de cada diez residentes de islas como Kiribati, Nauru y Tuvalu, en el océano Pacífico, o que 200.000 personas de Bangladesh -el segundo país más vulnerable al cambio climático, después de Chad- se quedan sin hogar anualmente debido a la erosión de la orilla de los ríos”. Estos fenómenos separan a la humanidad de la naturaleza y basta recordar los incendios recientes en la selva amazónica o en Galicia o La Granja de San Ildefonso para no ir tan lejos.

Pero vayamos por partes. Richard Louv publicó en 2005 un libro, Los últimos niños en el bosque, del que llegó la traducción al español el año pasado (1), que explica muy bien el trastorno por déficit de naturaleza (TDN), una de las expresiones transcendentales de la solastalgia: “Acampar en el jardín, ir en bicicleta por el bosque, trepar a los árboles, atrapar insectos, recoger flores silvestres, correr entre pilas de hojas de otoño… Estas son las cosas de las que están hechos los recuerdos de infancia. Pero para la generación de hoy en día, faltan los placeres de una infancia libre y sus hábitos conducen a la obesidad epidémica, el trastorno por déficit de atención, el aislamiento y la depresión infantil. Este oportuno libro muestra cómo nuestros hijos se han vuelto cada vez más alienados y distanciados de la naturaleza, por qué esto importa y cómo podemos cambiar la tendencia. Los últimos niños en el bosque es el primer documento que reúne investigaciones de vanguardia que demuestran cómo la exposición directa a la naturaleza es esencial para un desarrollo infantil sano: física, emocional y espiritualmente. Es un toque de atención, convincente e irresistiblemente persuasivo, para recuperar la conexión entre los niños y la naturaleza. Un libro imprescindible para los padres de hoy en día, que puede ayudarles a reconstruir esa tradicional y sana interacción entre la infancia, el aire libre y los espacios naturales abiertos”.

La separatidad que explicaba maravillosamente Bowlby, como fenómeno de ruptura del niño con su medio, comenzando obviamente por la madre y que conocí en mis primeros años de carrea, ha progresado en su desarrollo alarmante por el cambio climático y de conductas familiares desde la infancia hasta llegar a la solastalgia.

Solastalgia en un término que se acuñó por primera vez por Glenn A. Albrecht en 2007 (2), mediante un artículo con autoría compartida, en la revista Australas Psychiatry. 2007;15 Suppl 1:S95-8, Solastalgia: la angustia causada por el cambio ambiental, que es el referente mundial en los primeros pasos en este campo de investigación: “Solastalgia es un nuevo concepto desarrollado para dar mayor significado y claridad a la angustia inducida por el medio ambiente. A diferencia de la nostalgia (la melancolía o la nostalgia experimentada por los individuos cuando están separados de un hogar querido), la solastalgia es la angustia que se produce por el cambio ambiental que afecta a las personas mientras están directamente conectadas a su medio ambiente”. La investigación se centró en dos contextos en los que los equipos de investigación colaborativa encontraron que la solastalgia es evidente: “las experiencias de sequía persistente en la NSW (Nueva Gales del Sur) Rural Fire Service y el impacto de la minería de carbón a cielo abierto y a gran escala en individuos en el Valle Superior del Cazador de NSW. En ambos casos, las personas expuestas a cambios ambientales experimentaron un efecto negativo que se ve incrementado por una sensación de impotencia o falta de control sobre el proceso de cambio que se desarrolla”.

Solastalgia es un neologismo construido con las palabras latinas sōlācium (comodidad) y la raíz griega -algia (dolor): “[…] A diferencia de la nostalgia, solastalgia se refiere a la angustia causada específicamente por el cambio ambiental. En 2015, la revista médica The Lancet incluyó la solastalgia como un concepto que contribuye al impacto del cambio climático en la salud y el bienestar humanos” (3).

He recordado hoy en medio de tanta solastalgia que un día tuvimos que salir de un paraíso en el que muchos nacimos por tradición y creencia, para volver diariamente a él, tal y como lo ha hecho el fotógrafo Sebastião Salgado a lo largo de su vida profesional, que salió a buscarlo en 2005 para “emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

He escrito en varias ocasiones en este cuaderno sobre esta obra maravillosa del fotógrafo brasileño, desde que comenzó esta aventura especial de gran carga ideológica. He vuelto a abrir el Primer Libro, el Génesis, en su capítulo I, versículo 31, para corroborar con la musicalidad del texto hebreo, en su escritura primigenia, que el relato de la creación dejaba muy claro que lo mejor que había ocurrido en aquellos días mágicos fue la creación del ser humano, porque a diferencia de los cielos, la tierra y el agua, que sólo eran buenos, en la del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había hecho. Un adverbio, meod, que en hebreo significa “muy” dejó claro para siempre que la existencia de los seres humanos justificaba por sí misma la creación del mundo, el evolucionismo o el punto alfa y omega de la vida. Son sólo creencias de siete días especiales, singulares, en los que había ocurrido algo muy bueno para la existencia humana, para cada uno (con su cadaunada).

En plena crisis de solastalgia recuerdo un hecho histórico que se ha transmitido durante siglos de padres a hijos, de base creacionista, que quizá nos dé la clave de tanto desasosiego: Me refiero a Adán y Eva…, que “no fueron expulsados, sino que se mudaron a otro Paraíso”. Esta frase formó parte, hace ya unos años, de una campaña publicitaria de una empresa que vende productos para exterior en el mundo. Rápidamente la he asociado a mi cultura clásica de creencias, en su primera fase de necesidad y no de azar (la persona necesita creer, de acuerdo con Ferrater Mora) y he imaginado -gracias a la inteligencia creadora- una vuelta atrás en la historia del ser humano donde las primeras narraciones bíblicas pudieran imputar la soberbia humana, el pecado, no a una manzana sino a una mudanza. Entonces entenderíamos bien por qué nuestros antepasados decidieron salir a pasear desde África, hace millones de años y darse una vuelta al mundo. Vamos, mudarse de sitio. Y al final de esta microhistoria, un representante de aquellos maravillosos viajeros decide escribir al revés, desde Sevilla, lo aprendido. Lo creído con tanto esfuerzo, en medio de la solastalgia que nos invade.

Estamos avisados, que diría Al Gore.

 

(1) Louv, Richard. Los últimos niños en el bosque, 2018. Madrid: Capitán Swing.

(2) Albrecht et al. Solastalgia: the distress caused by environmental change. Australas Psychiatry. 2007;15 Suppl 1:S95-8.

(3) https://en.wikipedia.org/wiki/Solastalgia

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.