Blas de Otero y la palabra que nos queda en agosto de 2025

¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo.

Blas de Otero, en una carta dirigida a Vicente Aleixandre en 1955.

Sevilla, 3/VIII/2025 – 08:30 h (CET+2)

En estos primeros días de agosto me vuelvo a refugiar en la poesía, porque está elaborada con palabras que llevan el alma dentro, que es de lo poco que nos queda como algo personal e intransferible, en el proceso de creación desde el cerebro de cada uno, cada una.

Si a alguien le debo la localización de este refugio anímico es al poeta Blas de Otero, de quien aprendí el valor laico de la palabra, porque en mi infancia en tierras de Castilla, me enseñaron sólo su valor sagrado, en un juego de palabras bastante enrevesado para un niño: el Verbo se hizo Carne. Así, sin más explicaciones, porque todo era un asunto de fe.

Por estas razones, vuelvo a publicar hoy el artículo que en 2023 dediqué a un poeta especial, Blas de Otero y la palabra que le quedaba en agosto de 1955, porque él me enseñó el auténtico valor de la palabra, sobre todo en tiempos difíciles como los actuales, tan maltratada, ninguneada, manipulada, adulterada y utilizada de forma violenta contra todo el que no piensa de forma uniforme, mediocre, capitalista, dictatorial o… fascista, por resumirlo en una palabra. Sobre todo, porque aprendí de él algo que me impactó mucho cuando dijo que, ante las adversidades de su vida, “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”. Hermosas palabras, que en mí quedan.

Blas de Otero y la palabra que le quedaba en agosto de 1955

Buscando islas desconocidas en este mes de agosto tan especial, he encontrado una carta del poeta Blas de Otero (Bilbao, 1916 – Majadahonda, Madrid, 1979) dirigida a Vicente Aleixandre, el 18 de agosto de 1955, que me ha parecido una lección histórica de importancia capital para conocer a este poeta, con una trazabilidad familiar muy compleja y desde el punto de vista existencial también, con pérdida de fe incluida:

Querido Vicente: Te escribo esta carta aunque me da vueltas la cabeza, pero estoy tan solo que necesito hablar con alguien y creo que mejor que contigo… Por eso tu carta me hizo como siempre mucha compañía y además el regalo que me anuncias, yo sé que tú me has visto bien aunque yo me enseño tan poco y por eso lo que escribas estará bien y lo de menos es el estilo que es tan puro («buen sentido…») como he visto en el de Hidalgo. Pero pasa luego que la vida, no acabo de poder con ella, no me tengo a mí mismo, esta es la verdad y encima han sucedido tantas cosas, y las verdaderas son las que no sabe nadie no las que dicen. Pero tú ya sabes que yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido. Yo no miento pero mi libro que quieren darlo en «Cantalapiedra» no sé qué hacer no me considero al nivel de mi palabra, ojalá fuese cierto lo que en este sentido dicen. Lo de menos es que los poemas sean regulares para mí, pero es lo que publiqué, no para otros, pero la conciencia es cada vez mayor, me está resultando ya monstruosa. ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Yo no escogí mi sitio de nacimiento y luego toda esta España, la de los periódicos y la censura que no es broma en mi caso y el no tener ahora un medio de vida todavía, ni la mujer, pero así es más bonito, lo que hace falta es que tenga fuerzas que vencimiento jamás lo tendré. Perdona todo esto, Vicente. Es para ti, claro, por eso lo he hecho. No sé qué contarte de otras cosas, ahora no tengo ganas.

Un fuerte abrazo

Blas

Dámaso no me envió el libro, será el verano, ya lo recibiré.

En el contexto de su situación personal, en una revolución interior constante hacia la poesía social, cuando dice “Cantalapiedra” se refiere a su obra Pido la paz y la palabra, que se publicó ese año, 1955, en Ediciones Cantalapiedra, en Torrelavega (Santander), siendo la palabra lo único que de verdad le quedó siempre y que tan maravillosamente nos legó en un poema de este libro que no olvido,  En el principio, que he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital: 

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Al leer varias veces la carta dirigida a su amigo del alma, Vicente Aleixandre, he comprendido mejor que nunca este poema tantas veces citado por mí y que permanece intacto en mi persona de secreto. Aún así, he querido compartirlo hoy de nuevo, comprendiendo la soledad sonora de Blas de Otero: ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Para que no se olvide, en momentos de turbación política, ni siquiera un momento, siguiendo sus pasos cuando decía que “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”.

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Una noche de agosto, según Platero y él, Juan Ramón Jiménez (III)

Portada de la primera edición de Platero y yo, 1914

Sevilla, 2/VIII/2025 – 08:43 h (CET+2)

Dedicado de nuevo a mis nietos, Adrián y Alejandro, a los que tanto quiero.

Publiqué este artículo por primera vez en 2023. Vuelvo a hacerlo hoy, sin tocar nada, dejándolo tal cual, como aprendí de Juan Ramón Jiménez cuando hablaba de las rosas, porque así son ellas. Además, lo reproduzco hoy respetando el hilo conductor de transmitir una idea circular en este blog, desde su primer día de vida literaria, utilizando de nuevo aquellas palabras que debo a otro premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, cuando afirmó que “escribir es como cavar un pozo con una aguja”, salvando lo que debo salvar, simplemente por la actualización temporal, aspecto de forma que no de fondo, recordando a José Manuel Blecua, ex director de la RAE, cuando dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado.

En esta ocasión, lo hago copiando a Juan Ramón Jiménez, porque forma parte de mis principios y, si no gustan, no tengo otros, separándome por un momento de mi admirado Groucho Marx. En un tiempo en el que se arrojan valores por la ventana desde nuestro desvencijado vehículo vital, vuelvo a hacer una declaración de principios sobre por qué escribo en este blog, en una etapa de jubilación en la que sigo asumiendo, cada día que pasa, que lo nuestro es pasar, con ardiente impaciencia personal y social, sabiendo que ahora tengo un compromiso intelectual e ideológico con la sociedad en la que vivo. A veces, siguiendo tan solo la ruta de un pájaro herido, leyendo de nuevo a Juan Ramón Jiménez para no sentirme así, por no vivir así, perdido. Gracias anticipadas, querido lector, querida lectora, si está interesado o interesada en leer unas palabras necesarias en mi vida, casi imprescindibles para seguir escribiendo y viviendo.

Por cierto, qué actual el capítulo LVI, Fuego en los montes, escogido hoy, de nuevo, dedicado a una realidad que este verano está asolando el país por una realidad terca y visible del cambio climático y, a veces, la maldad humana. Juan Ramón Jiménez nos lo recuerda con palabras premonitorias dedicadas al fuego: “La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno…”.

Una noche de agosto, según Platero y él, Juan Ramón Jiménez

Sevilla, 10/VIII/2023

Platero y yo está grabado a fuego en mi alma de secreto, porque sigue siendo un libro para personas mayores, como Juan Ramón Jiménez explicaba en su advertencia al público lector, a los hombres que lean este libro para niños, asumiendo por mi parte que es un libro escrito también para adultos, sobre todo para los que todavía llevamos con orgullo un niño dentro, tal y como lo describía también Saramago en ocasiones especiales: «siempre he llevado dentro al niño que fui», aunque la confesión final en este aviso de Juan Ramón es para tenerla en cuenta: Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

En cualquier caso, deberíamos leer Platero y yo con frecuencia, yo lo hago, para comprender bien que las palabras pueden ayudarnos a entender que otro mundo es posible, tal y como lo expresó Juan Ramón Jiménez tan cerca de Platero, dejándonos llevar por el niño que fuimos o que seguimos siendo.

Por esta razón y siguiendo la estela de una generación de poetas en torno al año 1927, del siglo pasado, a la que me he aproximado desde que comenzó agosto en mi patera particular, que cuando llueve mucho en la alta mar de la vida, se moja y se hunde como las demás, he abierto Platero y yo por su capítulo 66, porque recuerdo que hablaba de fuego en el mes de agosto, en Lucena, no muy lejos de Moguer, con el candor de las palabras en este libro de niños, niñas y mayores de cualquier género, asunto que tampoco pasa por alto en este capítulo, al comentar con cierto encanto y desdén, quién podría ser su pirómano imaginario, alguien con la figura afeminada de Pepe el Pollo, un Oscar Wilde moguereño, famoso personaje real en el pueblo, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar

LXVI

Fuego en los montes

¡La campana gorda!… Tres…, cuatro toques… ¡Fuego!

Hemos dejado la cena, y, encogido el corazón por la negra angostura de la escalerilla de madera hemos subido, en alborotado silencio afanoso, a la azotea.

…¡En el campo de Lucena! grita Anilla, que ya estaba arriba, escalera abajo, antes de salir nosotros a la noche… ¡Tan, tan, tan, tan! Al llegar afuera—¡qué respiro!—, la campana limpia su duro golpe sonoro y nos amartilla a los oídos y nos aprieta el corazón.

—Es grande, es grande… Es un buen fuego…

Sí. En el negro horizonte de pinos, la llama distante parece quieta en su recortada limpidez. Es como un esmalte negro y bermellón, igual a aquella Caza, de Piero di Cosimo, en donde el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros. A veces brilla con mayor brío otras, lo rojo se hace casi rosa, del color de la luna naciente… La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno… Una estrella fugaz corre medio cielo y se sume en el azul, sobre las Monjas… Estoy conmigo…

Un rebuzno de Platero, allá abajo, en el corral, me trae a la realidad… Todos han bajado… Y en un escalofrío, con que la blandura de la noche, que ya va a la vendimia, me hiere, siento como si acabara de pasar junto a mí aquel hombre que yo creía en mi niñez que quemaba los montes, una especie de Pepe el Pollo—Oscar Wilde moguereño—, ya un poco viejo, moreno y con rizos canos, vestida su afeminada redondez con una chupa negra y un pantalón de grandes cuadros en blanco y marrón, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…

El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.

Piero di Cosimo, Una escena de caza (ca. 1494-1500), Museo de Arte Metropolitano de Nueva York

Un detalle último. He observado con atención reverencial el cuadro La caza, de Piero di Cosimo, identificado hoy día como Una escena de caza, que cita Juan Ramón Jiménez en el capítulo dedicado al fuego en los montes. Es una metáfora de la vida muy actual, porque los protagonistas, personas de todo tipo y con actitudes muchas veces aberrantes respecto de los animales, ¡es la historia de la humanidad!, están “a lo suyo”, cazándolos a palo limpio, mientras que el bosque arde como si no pasara nada: “el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros”, decía Juan Ramón Jiménez, tan cerca de su querido Platero. Una metáfora muy actual en nuestro mundo al revés, en el que cada uno pinta el cambio climático como le va, algunos y algunas como si no fuera con ellos la cosa, al igual que la realidad que pintó di Cosimo hace ya tanto tiempo. Por eso, las palabras del poeta suenan como una premonición para el siglo XXIpara este mes de agosto de 2023: La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno…

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Agosto, junto a su luna, es ‘Beñesmer’ para la cultura guanche

Rafael Alberti y Nuria Espert, Lanzarote 1979

Sevilla, 1/VIII/2025 – 09:24 h (CET+2)

Tengo asociado el mes de agosto con la cultura guanche y por esta razón publico hoy, de nuevo, un artículo que cuando hago mi agosto particular, siempre lo recuerdo desde hace ya bastantes años, porque no olvido que agosto es «Beñesmer», con una traducción preciosa, «Luna de Agosto», tal y como se conocía en la cultura guanche, porque era la festividad más importante de los aborígenes de las Islas Canarias. Era la fiesta de la cosecha y el día central del año de magos. En él, los guanches ordenaban los asuntos materiales, y festejaban y veneraban las tradiciones culturales y espirituales. Era considerada como el «Año Nuevo Guanche», que coincidía con la recogida de la cosecha. 

Esta tradición cultural me parece extraordinaria, junto a otras muchas de nuestro país en este mes de canícula especial, forzada a extremos difícilmente sostenibles por el cambio climático, porque crea una identidad del tiempo en una cultura muy desconocida, teniendo en cuenta que el Imperio Romano apartó e intentó fulminar todas las culturas existentes en el mundo, conociendo, además, que el emperador Augusto hizo una de las suyas estableciendo este mes con su nombre y dedicado sólo por siempre y jamás a él. La Historia es implacable y como buscador incansable de islas desconocidas, en las que suceden historias con minúsculas que engrandecen el alma humana, vuelvo a publicar el contenido que dediqué en 2020 a esta palabra guanche, Beñesmer, que tiene hoy un sentido pleno en momentos difíciles para el mundo en generalEspero que esta «luz de luna llena» de agosto no se apague en los días y meses venideros, porque el mundo y este país en particular, necesitan salir del planificado ocaso de la democracia, para que podamos emprender un nuevo camino vital con ilusiones temporales que lleven la luz de luna dentro. En este mes, Beñesmer, con más razón todavía, respetando la cultura guanche.

Agosto 2020 / 1. Beñesmer

En la cultura guanche el mes de agosto se conocía como Beñesmer (Luna de Agosto). Dejamos por un momento la romanización del calendario, al haber dedicado este mes al emperador Octavio Augusto, que hizo lo indecible para que agosto no tuviera menos días que su antecesor, Julio, dedicado al emperador Julio César, porque entre emperadores estaba el juego, mejor dicho, el prestigio. Soy una persona enamorada de aquella tierra, Canarias, especialmente de Lanzarote, donde muchos veranos he recuperado su belleza lunar, su mar y su malpaís, algo tan contradictorio pero que César Manrique lo convirtió en algo muy bello. Recuerdo cómo Rafael Alberti expresó su impresión personal al describir aquella isla en una intervención inolvidable que hizo en 1979, en un acto cultural junto a Nuria Espert, en Los Jameos del Agua. Allí leyó un poema dedicado a César Manrique, que reproduzco íntegro por su belleza:

Lanzarote. Primera estrofa (31 de mayo de 1979) 

A César Manrique,
pastor de vientos y volcanes

Vuelvo a encontrar mi azul,
mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible
que yo siempre soñé para mi vida.

Aquí están mis rumores,
mis músicas dejadas,
mis palabras primeras mecidas de la espuma,
mi corazón naciendo antes de sus historias,
tranquilo mar, mar pura sin abismos.

Yo quisiera tal vez morir, morirme,
que es vivir más, en andas de este viento,
fortificar su azul, errante, con el hálito
de mi canción no dicha todavía.

Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia,
y puedo serlo aún, aunque sangrando,
profundamente, vivamente herido,
lleno de tantos muertos que quisieran
revivir en mi voz, acompañándome.

Más no quiero morir, morir aunque lo diga,
porque no muere el mar, aunque se muera.
Mi voz, mi canto, debe acompañaros
más allá de las edades.

He venido a vosotros para hablaros y veros,
arenales y costas sin fin que no conozco,
dunas de lavas negras,
palmares combatidos, hombres solos,
abrazados de mar y de volcanes.

Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo.
Siento que va a habitarme el fuego que os habita.

En 2014 publiqué un libro en este cuaderno digital,  La Tegala de Saramago, dedicado al premio Nobel portugués, que vivió hasta su fallecimiento en Tías (Lanzarote), en un lugar que visité días después de su ausencia definitiva de esa tierra volcánica en 2010. Saramago, desde su tegala particular, nos ha dejado un legado de compromiso literario inolvidable. ¿Por qué la tegala de Saramago? Sencillamente, porque a él le gustaba incardinarse en la tierra que le acogió en 1993, en cualquier tierra que le respetara, y la tegala es un lugar de referencia para la población canaria, un lugar en altura suficiente para que los guanches pudieran comunicarse con señales de humo. Señales que desde Tías, desde la calle donde habitó y habitará por muchos años, La Tegala, Saramago hizo y hace al mundo entero para que nos comprometamos con la esencia de la vida, dejándonos llevar por el niño o la niña, ¿inocentes?, que todos llevamos dentro.

Mesa de trabajo de José Saramago, Tías (Lanzarote), agosto de 2010 / JA COBEÑA

Recuerdo como si fuera ayer la estancia en su biblioteca personal, que amablemente nos dejaron visitar. Su sencilla mesa de trabajo, unos libros con páginas marcadas por Pilar del Río, la manta roja de Ikea reposando en el brazo izquierdo del sillón que tantas veces lo acogió, diccionarios, bolígrafos, mapas, las mesas con correspondencia pendiente de responder, las estanterías llenas de escritura impresa facilitada por Saramago, traducida por Pilar del Río, en ese esfuerzo por entregarnos sus palabras a todas horas, para que todos lo comprendiéramos muy bien, levantándonos de cada suelo particular, en la interpretación de la ética que hizo en su momento López Aranguren, entendiendo la ética como el suelo firme en que se basan todas nuestras actitudes, la “solería” que vamos poniendo en nuestras personas de secreto a lo largo de la vida. Elefantes, libros, revistas, ediciones maravillosas de uno de mis libros preferidos: El cuento de la isla desconocida, que tantas veces regalo, incluso como ideario para familiares, amigos y funcionarios que en su día compartieron responsabilidades públicas en mi vida profesional.

En este beñesmer recuerdo los que he vivido durante bastantes años en aquella tierra tan acogedora que no olvido. Hoy he unido dos mensajes esclarecedores de Alberti y Saramago en referencia a la cultura guanche respetada hasta nuestros días. También, la obra ciclópea de César Manrique que siempre respetó la trazabilidad histórica del pueblo guanche que le permitió hacer su beñesmer tan particular. He leído muchos cuadernos de Saramago, en formato atómico y digital. Mi aprecio por la isla de Lanzarote me ha llevado siempre a buscar en cada página escrita en ellos, lugares y menciones específicas a una isla que tanto respeto por la vida y obra de César Manrique, pastor de vientos y volcanes, omnipresente en cada paso que das por sus dunas de lava negra, en la acertada expresión que le regaló Rafael Alberti, en una visita que hizo a Manrique en su casa, hoy Museo, de Taro de Tahiche: He venido a vosotros para hablaros y veros, / arenales y costas sin fin que no conozco, / dunas de lavas negras, / palmares combatidos, hombres solos, / abrazados de mar y de volcanes.

NOTA: la imagen de Rafael Alberti y Nuria Espert se recuperó el 1 de agosto de 2020 de https://biosferadigital.com/noticia/pastor-de-vientos-y-volcanes-el-rastro-de-alberti

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Tengo un sueño: alimentar el alma de quien me lee

Sevilla, 27/VII/2025 – 09:18 h (CET+2)

El pasado lunes, la Administración tutelada por el presidente Donald Trump con mano de hierro, la que firma órdenes ejecutivas sin compasión alguna contra los más débiles con su afamado rotulador Sharpie, no inocente, ha desclasificado más de 240.000 páginas relativas a Martin Luther King, líder de la lucha por los derechos civiles asesinado en 1968 en Memphis y mi gran maestro para tener sueños como él, desarrollados en su discurso I have a dream (Yo tengo un sueño), a través de 1.666 palabras que sacudieron a la sociedad mundial con tres principios: más unidad, más igualdad, más democracia.

Martin Luther King (1929-1968)

No lo ha hecho Trump por convicción de acceso a la información relacionada con su asesinato, sino para tapar la alargada sombra que le persigue en estos días el caso Epstein, provocando así silencios cómplices para no facilitar la publicación de estos papeles que le implican de forma manifiesta. Prueba de ello es que sólo es una parte del total de documentos que se iban a desclasificar sobre Luther King, globalmente, en 2027.

También y pasando por el túnel del tiempo, le debo a la cantaora Carmen Linares el fondo del título de este artículo, al leer una entrevista publicada recientemente en el diario El País, donde manifestaba que “la misión del artista es alimentar el alma de quien le escucha”.

Es verdad, en mi caso, la correlación entre tener un sueño y desear cumplirlo cada día. En este cuaderno digital he explicado en diversas ocasiones por qué escribo en este aquí y ahora, resumido en un artículo publicado en 2021, con palabras inspiradas en Orhan Pamuk (1), extraídas de su memorable discurso en el acto de recepción del premio Nobel: “[…] el secreto del escritor no es la inspiración, pues nunca se sabe de dónde viene, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, “cavar un pozo con una aguja”, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros, los escritores. Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad. Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo. Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar”.

Con estos antecedentes, ¿por qué al escribir deseo cumplir el sueño de alimentar el alma de quien me leee? En primer lugar, porque es la forma de expresar de forma especial, con palabras, la esencia de mi persona de secreto, interpretando la realidad que rodea permanentemente mi vida de forma voluntaria pero no inocente. Ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, aunque genere en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Cada vez que me enfrento a esta realidad, recuerdo algo que aprendí hace ya muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

En segundo lugar, porque considero que escribir es un acto de militancia activa en el compromiso intelectual, por varias razones. La primera, porque se cuestiona la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, cuando sólo se cuida el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, que permite romper moldes y nos lleva a preguntarnos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea como privilegiada zona de confort y mirar alrededor, que en sí mismo ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera por imperativos del mercado. Desgraciadamente. La segunda razón, se debe a que al escribir se hace patente el compromiso con uno mismo y con los demás, fundamentalmente con los más desfavorecidos por la vida. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretando la responsabilidad como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad al escribir (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, en segundo lugar, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que he llamado a veces “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida “decidiendo”. Cuando tienes la “suerte” de conocer las interioridades del dilema al escribir, ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada o la de “los de abajo” que dicen ahora. La de los nadies organizados, también.

En tercer lugar, porque escribir me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero si le falta alma, no es nada: Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro o de su artículo más allá de las ideas que quiere contar. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en este cuaderno digital en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora: “Esto me ha pasado a mí. Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión”.

Querida lectora, querido lector: si hoy, mis palabras han alimentado tu alma, ¡sueño alcanzado y misión cumplida! Gracias, siempre gracias por abrir este cuaderno, leerlo y quedarte alguna vez con sus palabras, para comprender por qué sigo al pie de la letra el mensaje profundo de Blas de Otero: Si abrí los labios para ver el rostro / puro y terrible de mi patria, / si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra.

(1) Pamuk, Orhan (1997). La maleta de mi padre. Barcelona: Random House Mondadori.

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¡Paz y Libertad!

Recuerdos en el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado / y 6. Retorno

En la imagen, la familia de Antonio Machado (d), en la balaustrada de Villa Amparo (Rocafort, Valencia), refugiados durante la guerra civil en España / Joaquín Sanchís Serrano, 19 de diciembre de 1936

Sevilla, 26/VII/2025 – 10:00 h (CET+2)

Hoy se celebra el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado en Sevilla. Esta serie de seis artículos, que culmina hoy, es un pequeño homenaje que he querido tributar a un poeta excepcional, cuyo Retrato, escrito en 1906, siempre me ha parecido un poema definitorio de su vida, obra y muerte en el destierro, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar, una persona que por encima de todas las cosas buscaba la Verdad y amaba a su pueblo, haciendo gala siempre de su demofilia, de su dignidad:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
ya conocéis mi torpe aliño indumentario,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
quien habla solo espera hablar a Dios un día;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago
.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Por estas razones expuestas a lo largo de las reflexiones anteriores de esta serie, he escogido hoy para finalizarla, a modo de metáfora existencial y de respeto a la memoria democrática de este país, el artículo que escribí el pasado 7 de noviembre de 2024, La familia Machado regresa a Sevilla, a través de la exposición Los Machado. Retrato de familia, con ocasión del 150 aniversario del nacimiento de Manuel Machado en Sevilla, localizada en el Centro Magallanes de Industrias Culturales y Creativas de Sevilla (antigua Fábrica de Artillería). Como escribí entonces, confieso que sigo sintiendo escalofríos al recordar el viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, que guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz, también presente en la exposición: «Ser o no ser…», una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: «Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón») y un verso suelto: «Estos días azules y este sol de la infancia…». Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna, defensora de la Verdad como búsqueda compartida y continua, que nunca confundió el valor con el precio de las cosas, que se conocía interiormente muy bien, tal y como lo demostró en su autorretrato y que amaba a su país y a su ciudad que lo vio nacer, demostrándolo imaginariamente al volver junto a su familia, el año pasado, en una exposición inolvidable en Sevilla.

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La familia Machado regresa a Sevilla

Qué difícil la suerte / de los pueblos que viven protegidos / por la misericordia de un poema. / Qué difícil la última / soledad de Machado. / La luna llega al mar / el mar llega a Sevilla, / nosotros a un recuerdo / y a esta pálida / desarmada emoción / de compartir una derrota.

Luis García Montero, fragmento del poema Colliure

Sevilla, 7/XI/2024

He visitado hoy, por segunda vez, a la familia Machado, mis paisanos, a los que siempre he manifestado mi aprecio, reconocimiento y respeto. Ha sido en la exposición, Los Machado. Retrato de familia, con ocasión del 150 aniversario del nacimiento de Manuel Machado en Sevilla, localizada en el Centro Magallanes de Industrias Culturales y Creativas de Sevilla (antigua Fábrica de Artillería), que se inauguró el pasado 22 de octubre en esta ciudad, machadiana por excelencia, su ciudad, también la mía como lugar de nacimiento y retrato íntimo. Han sido horas de descubrimiento de personas, personajes, objetos personales, fotografías, así como de lectura de cartelas y banderolas con textos machadianos bellísimos de Antonio y Manuel, de Manuel y Antonio, tanto monta, monta tanto, para ayudarme a descubrir este retrato maravilloso de familia, en el que sale reforzado el lazo de unión inseparable entre ambos hermanos, por mucho que gobiernos y personajes interesados disfrutaran malévolamente, durante tantos años, al divulgar de forma no inocente su “separación ideológica“.

La exposición ha sido organizada por la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, con el patrocinio de la Fundación Unicaja, la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes, la Real Academia Española de la Lengua y el Ayuntamiento de Sevilla, con el comisariado de Alfonso Guerra, expresidente del Gobierno y de Eva Díaz Pérez, periodista y escritora. Mi interés en visitarla estribaba en intentar despejar con datos la supuesta separación ideológica entre Manuel y Antonio Machado, cuestión que con ocasión de esta exposición ha desmentido categóricamente Alfonso Guerra, a través de típicos tópicos que han existido al respecto en la memoria no democrática de nuestro país: «El primero de ellos, su alejamiento por razones políticas, que nunca se produjo, ya que «siempre estuvieron muy unidos y se quisieron muchísimo y no tuvieron ningún tipo de enfrentamiento, en absoluto, y fueron acordes en pensamiento, en sentimiento, en todo. Otro estereotipo al que se refiere es a la supuesta desigual calidad literaria de uno y otro hermano, ya que los dos son «grandes poetas», según Guerra, quien ha señalado que «son muy diferentes; uno tiene una facilidad para escribir extraordinario y, por lo tanto, es un poeta, digamos, más ligero, pero estamos ante dos grandes poetas y así hay que celebrarlo».

La exposición muestra cuatro ámbitos en la trayectoria de la familia Machado, desde la infancia y los jardines, la juventud y el viaje, la madurez y el teatro, finalizando con el dedicado al punto crítico de la muestra: la relación de los poetas con la guerra y la separación de sus destinos, trágico en el caso de Antonio por su exilio y fallecimiento desolador en Colliure, junto a la madre de ambos. Confieso que he vivido momentos de sentimientos cruzados en el último ámbito, en la línea del tiempo establecida en la trayectoria de los dos hermanos durante la guerra civil, en el periodo 1936-1939, Madrid-Burgos, espacio temporal que ha dado lugar a tantos interrogantes ideológicos de Manuel y Antonio.

Cuando finalizaba mi visita junto a las tristes imágenes de Colliure y el libro de registro de entradas del hotel donde falleció Antonio Machado, volví a leer una banderola blanca, próxima, en la que figuraban unas palabras dedicadas en 1937 a su hermano Manuel, en plena guerra civil, en una entrevista con él, realizada por Pascual Plá y Beltrán: «Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel. Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo, nunca esas obras hubieran sido escritas. La vida es cruel a veces; a veces es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres».

He vuelto a despejar bastantes dudas. A pesar de todo, he sentido escalofríos al recordar el viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, que guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz, también presente en la exposición: «Ser o no ser…», una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: «Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón») y un verso suelto: «Estos días azules y este sol de la infancia…». Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La exposición me ha reafirmado la importancia de la dignidad de Antonio Machado en su trayectoria vital, forjada junto a su familia. La cuestión de dignidad en Machado era muy clara en clave shakesperiana: había que serlo hasta la muerte. El canto al amor permanente a Guiomar, en ese momento vital tan delicado, era una premonición también digna: se canta lo que se pierde. Y…, un recuerdo constante de Sevilla, con el color azul como el de esta mañana de reencuentro con él en la exposición, tal y como él lo recordaba junto al sol de su infancia, porque siempre fue el niño que llevaba dentro, con sus recuerdos de un patio de Sevilla y de un huerto claro donde maduraba el limonero. Muriendo en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de su dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Al salir de esta profunda experiencia machadiana, fuera de la sala principal de la exposición, me sorprendió una “máquina de trovar” rediviva, que ya nos presentó Antonio Machado en su Cancionero apócrifo (1928), en el que el poeta, a través de un heterónimo, Menese, pensaba que la máquina “debía sustituir al sujeto como productor de arte”. Pasando por el túnel del tiempo, me he acercado con respeto reverencial al poeta a través de ella, como proveedora de inteligencia poética artificial, pidiéndole que a través de tres palabras a modo de solicitud poética, me entregara un soneto impreso, “autogenerado por la inteligencia artificial, al estilo del poeta andaluz Antonio Machado, a partir de los parámetros” que le he solicitado. Dicho y hecho. Todavía sigo descifrando el texto con mi inteligencia humana, cuartetos y tercetos a los que sé, sin temor a equivocarme, que les falta el alma insustituible del poeta.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Recuerdos en el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado / 5. Demofilia (amor al pueblo)

Un hombre afectado por la DANA, en Valencia (ValenciaExtra, 5/XI/2024)

Sevilla, 25/VII/2025 – 08:34 h (CET+2)

Descubrí en octubre del año pasado, con motivo de la Dana en Valencia, el amor al pueblo, la demofilia que profesó siempre Antonio Machado, mediante una referencia a la locución “solo el pueblo salva al pueblo”, que se utilizó de forma interesada y torticera por la ultraderecha de este país, descontextualizándola por ejemplo de lo expresado por el poeta sevillano y de alma andaluza y universal, en una carta que envió durante la Guerra Civil a su amigo ruso David Vigodsky, en la que afirmaba que “En España lo mejor es el pueblo”.

Con tal motivo, constaté el significado auténtico de esta expresión, que no aparece en el Diccionario de la Lengua Española (RAE), pero sí en el Diccionario del Español Actual, patrocinado por la Fundación BBVA, que lo recoge como “Amor al pueblo o gobierno para el pueblo”, precedido de una consideración de lema “política y raro».

Para mí fue una lección inolvidable y es el motivo fundamental por el que adjunto de nuevo la publicación original de mi artículo en este cuaderno digital, recordando la “demofilia” que mostró Antonio Machado a lo largo de su vida: “En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud”.

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Ni vivimos en un Estado fallido, ni sólo el pueblo salva al pueblo

Sevilla, 15/XI/2024 – 8:44 (UTC+1)

Cuánto daño se está haciendo a la democracia en este país y por extensión obvia a los que la defendemos siempre, partiendo de la gran reflexión de Terencio, “nada de lo humano me es ajeno”, porque también se puede referir a cualquier acontecimiento humano que nos desborde desde la perspectiva ética de la vida, como por ejemplo el de la DANA de Valencia en estos últimos días. Las mentiras sobre lo ocurrido y las noticias falsas asociadas, que propician de forma letal un golpe bajo y persistente a la democracia, necesitada ahora y más que nunca en nuestro país, de un Estado de derecho, constitucional, ordenado y organizado, hacen un daño irreparable a esa democracia tan necesaria como imprescindible que confía en el Estado de Derecho para atender a la sociedad, en este caso tan maltrecha: “La desconfianza en el Estado, en la ciencia, en la prensa de calidad, en el prójimo, es lo que hace que se rompan las costuras del tejido social. Hay un batallón de soldados de la industria del odio coordinado y sembrando desconfianza sobre el barro valenciano. Solo nos queda defender esa confianza, porque el pueblo salva al pueblo: pagando entre todos el sueldo de médicas, enfermeros, bomberos, forenses y meteorólogos” (1).

Mejor no se puede expresar, pero los especialistas en máquinas de fango, no el valenciano precisamente, siempre están en estado de alerta para contaminar todo lo que tocan, apropiándose de expresiones de la izquierda latinoamericana de mi juventud, por ejemplo con la frase estereotipada y en las manos del temido merchandising capitalista, “sólo el pueblo salva al pueblo”, en camisetas y tazas por doquier, dándole la derecha global la vuelta a su honroso significado histórico, adulterándolo de principio a fin, llevándose por delante a personas dignas, jóvenes sobre todo, que también lo pintan y proclaman, porque es una frase que “mola” lo suficiente en estos momentos de DANA, pero sin mezcla para ellos de maldad alguna, los jóvenes auténticos del “puente de la solidaridad”, tantas veces lleno de almas nobles que hemos visto estos días, presa en muchos casos de una manipulación indecente de la derecha, de sus ultras y asociados. Eso es lo triste, la apropiación indebida de expresiones de la izquierda, con canciones incluidas, donde se dilapida el sentido profundo del “pueblo unido, jamás será vencido”, también, por no recordar ahora, por mi respeto reverencial a la Cantata de Santa María de Iquique, cuando cantaba Quilapayún aquella estrofa hermosa que decía “con el amor y el sufrimiento se fueron aunando voluntades”. Es que no es lo mismo, coreado, pintado o gritado por gente de mal, que utiliza esa maledicencia como fango arrojadizo y sin compasión alguna hacia nada y hacia nadie, fundamentalmente para hacer daño al Estado actual, porque lo consideran “ilegítimo” y, por supuesto, siempre “fallido”.

Igualmente, se ha hecho referencia a esta frase, descontextualizándola de la carta que Antonio Machado envió durante la Guerra Civil a su amigo ruso David Vigodsky, en la que afirmaba que “En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud”. Lo que ocultan, a sabiendas, es el final de esa carta, en la que Machado ensalza al Gobierno Republicano, el Estado: “En Madrid libertado o en Leningrado libre, yo también tendría sumo placer en estrechar su mano. Por de pronto me tiene usted en Valencia (Rocafort) al lado del Gobierno cien veces legítimo de la gloriosa República española y sin otra aspiración que la de no cerrar los ojos antes de ver el triunfo definitivo de la causa popular, que es – como usted dice muy bien – la causa común a toda la humanidad progresiva”. Personalmente, lo que le pido a la derecha de este país y sus derivadas, es que no use el nombre de Antonio Machado en vano.

Tiempo vendrá, en el día después de la DANA, para examinar lo que ha pasado en Valencia y juzgar lo que sea necesario, siempre que se haga mediante juicios bien informados. Lo merecen las personas que han fallecido o desaparecido, sus familiares y amigos más próximos, las miles de personas afectadas directamente por la tragedia DANA, las personas demócratas y con conciencia de clase de este país, porque desde el Estado es imprescindible y urgente que se atienda y restaure todo lo que han perdido, como está haciendo desde el primer momento de esta tragedia, sin dejar atrás la identificación legal de los dirigentes irresponsables, políticos de alta graduación y los que se esconden, aparentemente de graduación intermedia y baja, aunque se sabe quienes son, porque no estuvieron a la altura de las circunstancias por omisión, por incapacidad política manifiesta, a la que se le suma la maledicencia continua. Héroes aparentes de la mediocracia en este país, inútiles a sueldo público, que es necesario identificar para que se separe el trigo de la paja política, porque todos los políticos no son iguales, ni los Gobiernos a los que pertenecen tampoco, sea el Central o el Autonómico, que los especialistas en máquinas de fango los sitúan con responsabilidades diferentes, de forma interesada y no inocente, según sople el viento antidemocrático que corresponda.

En España no hay Estado Fallido, ni sólo el Pueblo puede salvar al Pueblo, sin más. La Constitución lo deja bien claro, en su artículo primero, con dos apartados que no admiten cambio de orden: 1. España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político y 2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

Si el Estado no funciona o falla, los poderes de ese Estado, que emanan del Pueblo, reconocimiento posible gracias a la Democracia, pueden cambiar de signo político, gracias a la democracia, a través de los valores superiores de su ordenamiento jurídico: la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, que se sustentan temporalmente en las elecciones generales. Ese es el camino y no mediante proclamas populistas adulteradas en su esencia, que tanto daño hacen a la sociedad en su conjunto.

Lo que es innegable es que miles de funcionarios públicos y militares, que forman parte del Estado que actúa, que atiende al pueblo, que aprueba las ayudas millonarias para devolver lo que la DANA se ha llevado por delante, inundan las calles embarradas de los pueblos afectados en Valencia por esta tragedia climática. Prestan servicios públicos al Pueblo, junto a él, para entregar lo que el Pueblo necesita ahora. En definitiva, para salvarlo también.

(1) https://elpais.com/tecnologia/2024-11-02/solo-el-pueblo-salva-al-pueblo-las-redes-reaccionarias-a-la-carga-contra-el-estado-fallido.html

NOTA: la imagen de cabecera se recuperó de ValenciaExtra, el 5/XI/2024.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Recuerdos en el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado / 4. Valor y precio

Cuanto vale se ignora y nadie sabe / ni ha de saber de cuánto vale el precio.

Antonio Machado (1875-1939). Nota manuscrita en unos papeles perdidos

Sevilla, 24/VII/2025 – 08:38 h (CET+2)

Quien frecuente la lectura de páginas de este cuaderno digital conoce mi interés por asistir a clases virtuales en la escuela del mundo al revés para desentrañar el contenido del libro homónimo de Eduardo Galeano. Esta es la razón de por qué he escogido hoy una clase en concreto, sobre la que escribí en 2022, II Curso de verano para entender el mundo al revés / 5. Es urgente no confundir valor y precio, cuyo hilo conductor era un proverbio de Antonio Machado, de rabiosa actualidad, todo necio confunde valor y precio (Proverbios y cantares, LXVIII), de raíces quevedianas, sobre el que hoy quiero centrar mis recuerdos del poeta.

Les invito a asistir a esta clase, convencido de que el aserto de Machado no ha perdido actualidad alguna en su sentido primigenio. No les defraudará, si están atentos al poeta en sus silencios, en la búsqueda de la Verdad.

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II Curso de verano para entender el mundo al revés / 5. Es urgente no confundir valor y precio

Sevilla, 5/VII/2022

Después de la clase de ayer, alentada sin lugar a dudas por la aprobación del dictamen sobre el proyecto de ley de Memoria Histórica, por parte de la Comisión Constitucional del Congreso, que se debatirá el próximo miércoles 24 de julio, después de dos largos años de tramitación parlamentaria, aunque algunas fuerzas políticas de las derechas y centro no lo estiman como necesario, creo que hemos tomado conciencia de que la economía es un caballo desbocado en la actualidad. Sabemos también que se anunció ayer por parte del Gobierno, que se acercan trimestres muy complicados, “complejos”, es decir, que estamos avisados de lo que se avecina, que será bastante doloroso de sobrellevar sobre todo para los más débiles desde la perspectiva de pobreza severa y condiciones de vida lamentables, como ya he tratado en esta serie.

Por la razón económica expuesta anteriormente, me han llamado algunos compañeros de clase para decirme que deberíamos abordar en la clase de hoy esta realidad económica, a lo que he contestado que sí, sin lugar a dudas, pero que ante la falta clamorosa de calores humanos y sociales en la actualidad, creo que es más urgente debatir la dualidad valor y precio de todo lo que se mueve, porque no es lo mismo cuando se confunden. La vicepresidenta económica y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño, manifestó ayer en una reunión programada con el Consejo Asesor de Economía que «Tenemos que prepararnos y trabajar con un escenario de inflación más persistente y elevada y tenemos que trabajar en un escenario en el que los próximos trimestres van a ser complejos». Dicho en “roman paladino”, tenemos que volver a abrocharnos el cinturón aunque ya no nos queden más agujeros de «dignidad ética y económica» por abrir.

En este contexto, he comentado con mis compañeros de clase que deberíamos retomar, para seguir avanzando en este II Curso, algo que ya escribí en torno a la dialéctica de valor y precio en el del año pasado. Lo contextualizaba diciendo que cada vez que asisto a estas clases lo hago con la ilusión de un niño, aunque de fondo sentía algo parecido a lo que sucedía cuando ese niño interior escribía a los Reyes Magos de Oriente para que me trajeran el caballo de cartón soñado y dibujado en mi carta, que llevaba deletreada la palabra ·c-a-b-a-l-l-o con plumilla, a la inglesa. Una vez que lo recibía como regalo esperado, descubría de su envoltorio de papel imposible y pasado el primer deslumbramiento por la sorpresa, que ya no tenía gracia montarme muchas veces en él y acababa muy pronto en su cuadra tan particular, a modo de armario. Después, me iba a la habitación a escribir de nuevo a un rey desconocido que me permitiera ser feliz todos los días, porque tenerlo (el juguete…) me permitía comprobar que ya se me había escapado la ilusión por la montura del equino. Y así me ha pasado desde entonces, buscando por todas partes la forma de disfrutar los placeres basados en bienes básicos y en personas cercanas bajo la forma de familia, compañeras y compañeros de trabajo, amigos, proveedores conocidos y respetados (en clave de valor), frente a lo que me ofrecen las cosas y los bienes de consumo (puro precio y mercado), por mucho que se empeñe en ello, con perdón, la publicidad que nos invade por tierra, mar y aire, que tienen nombre propio y de los que ahora no quiero acordarme.

Han pasado los años desde aquella aventura frustrada del caballo de cartón y todo lo que me rodea está tocado por el poderoso caballero don dinero. Siendo esto así y recordando a Antonio Machado en su distinción impecable de valor y precio, expreso a continuación mi sentir cada vez que me recuerdan la importancia de abrocharse el cinturón ante lo que se avecina, que ya sé que no es nada bueno. Este es uno de mis principios, y así lo he escrito en este cuaderno digital: “Creo que tenía razón Antonio Machado: todo necio confunde valor y precio (Proverbios y cantares, LXVIII). Se me ha ido el alma a la lectura de un reportaje publicado hoy en el diario El PaísCosas que el dinero puede comprar, o no, que me ha activado áreas cerebrales que estaban dedicadas desde hace días a otros escenarios de progreso, quizá porque estaba influenciado por un ataque de admiración de Woody Allen, en torno a una frase suya que ahora, paradojas de la vida, publicita un Banco: Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y haciendo caso al Dr. Cardoso, un personaje peculiar en la vida de Pereira (Tabucchi), he comenzado a frecuentarlo, como una forma de invertir inteligencia para ser más feliz. Y andando en estas cuitas de tempus fugit, anuncio del banco, futuro, resto de mi vida, blog, compromisos varios, descubro una lectura de las que llamo “necesarias”, al menos para mí, reforzando una creencia clara: en el futuro en el que quiero vivir, el dinero no te lo facilita todo. Según el estudio elaborado por Manuel Baucells, profesor de la escuela de negocios IESE y Rakesh K. Sarín, de la UCLA Anderson School of Management de la Universidad de California: Does more money buy you more happiness?, había malas noticias para algunos, porque parece ser que algo de felicidad se puede comprar con dinero pero no toda la felicidad. El estudio citado decía que cuando compramos algo y lo empezamos a disfrutar, de forma inversamente proporcional “decae” la ilusión, más o menos, “porque ya tenemos lo que deseábamos”: el dinero no da la felicidad, pero la puede comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparamos con personas más afortunadas. Y empezamos a ver lo que los demás tienen y así indefinidamente, generando la envidia. Luego parece ser que es más importante desear las cosas que tenerlas.

Otra vez aparece mi síndrome del caballo de cartón o lo que está ocurriendo ahora con las nuevas tecnologías de la información y comunicación con el llamado síndrome de la última versión, porque nunca llegamos a tener lo último de lo último y eso frustra hasta límites insospechados. Ahora creo que con esta visión del síndrome de lo último de lo último, que nunca llagamos a poseerlo, puede ser que se convierta, si lo tratamos, en la segunda parte de la clase “contratada” virtualmente en este II Curso, sin emular precisamente a Groucho Marx con su famoso frase que no olvido en estos momentos, con su ironía característica y en el contexto de la crisis mundial de 1929,  en su fondo y forma muy parecida a la actual desde 2008, hasta llegar a la frase de ayer de la ministra Calviño: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”.

Y repasando mi querido libro de texto de este II Curso, voy a proponer que se lea en voz alta en la clase de hoy lo que Galeano dedica a la dialéctica valor y precio en su apreciado libro, en un capítulo sobre las lecciones de la sociedad de consumo y bajo un epígrafe no inocente, Globalización, bobalización: “Hasta hace algunos años, el hombre que no debía nada a nadie era un virtuoso ejemplo de honestidad y vida laboriosa. Hoy, es un extraterrestre. Quien no debe, no es. Debo, luego existo. Quien no es digno de crédito, no merece nombre ni rostro: la tarjeta de crédito prueba el derecho a la existencia. Deudas: eso tiene quien nada tiene; alguna pata metida en esa trampa ha de tener cualquier persona o país que pertenezca a este mundo. El sistema productivo, convertido en sistema financiero, multiplica a los deudores para multiplicar a los consumidores. Don Carlos Marx, que hace más de un siglo se la vio venir, advirtió que la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la tendencia a la superproducción obligaban al sistema a crecer sin límites, y a extender hasta la locura el poder de los parásitos de la «moderna bancocracia», a la que definió como «una pandilla que no sabe nada de producción ni tiene nada que ver con ella». La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura del consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura empieza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo”.

Creo que son palabras impecables para una situación como la que estamos viviendo, de bobalización total, más que globalización. Las palabras de Galeano son duras, pero certeras, aunque lo malo de su trasfondo es que son muy actuales y que afectan al niño que fuimos y somos, en un ejemplo que él recoge también en el libro de texto y que simboliza mejor que nada lo que he querido resaltar sobre lo aprendido en esta clase: todo necio confunde valor y precio en este mundo al revés y eso lo aprendemos desde nuestra infancia, en nuestro mundo infantil que nos trasladan como un mundo al derecho, casualmente:

Hay que tener mucho cuidado al cruzar la calle, explicaba el educador colombiano Gustave Wilches a un grupo de niños:

 Aunque haya luz verde, nunca vayan a cruzar sin mirar a un lado, y después al otro.

Y Wilches contó a los niños que una vez un automóvil lo había atropellado y lo había dejado tumbado en medio de la calle. Evocando aquel desastre que casi le costó la vida, Wilches frunció la cara. Pero los niños preguntaron:

-¿De qué marca era el auto? ¿Tenía aire acondicionado? ¿Y techo solar eléctrico? ¿Tenía faros antiniebla? ¿De cuántos cilindros era el motor?

Para terminar, a modo de pregón de la linterna mágica en la que a veces estamos instalados, viendo pasar sólo sombras de la realidad humana, a modo de la caverna que tanto sobrecogía a Galeano desde el comienzo del libro (mucho antes a Platón), invitándonos a pasar y ver en ella el gran espectáculo del mundo al revés, leo ahora de su libro unas palabras con formato pregón, dedicadas a las pobrezas de ese mundo que al menos a mí tanto me preocupa en este aquí y ahora y que el año pasado me llevé a casa después de la clase correspondiente, referidas a este asunto tan complejo, porque lo he meditado en mi rincón de pensar, en un hipotético mundo al derecho que también existe:

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos.

Pobres, lo que se dicen pobres, son los que no saben que son pobres.

Hoy, me permito volver a añadir algo más: Pobres, lo que se dice pobres, son los que confunden siempre valor y precio. No es lo mismo en un mundo al derecho, que también ensalza Galeano: “Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”. A pesar de lo que nos anuncia la ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño, la complejidad económica y sus consecuencias en los próximos trimestres, porque para mí son Asuntos Éticos, que si los asumo como propios, por su valor, porque me ayudarán a sobrellevar mejor los nuevos tiempos difíciles que se avecinan.

Me llevo estos apuntes de mi cuaderno digital a la clase de hoy con la ilusión de siempre, la de aquel niño que soñaba hace ya muchos años con subirse a un caballo de cartón que tenía nombre, Caporal, como el que veía correr cada domingo en el hipódromo de la Zarzuela, en Madrid, porque confieso que soñaba con cabalgar en él hasta volar a mi cielo particular. En ese momento era Claude Carudel, un héroe de mi infancia, rediviva hoy en mi espíritu del niño que siempre fui.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

Recuerdos en el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado / 3. Dignidad

VISOR1000

Qué difícil la suerte / de los pueblos que viven protegidos / por la misericordia de un poema. / Qué difícil la última / soledad de Machado. / La luna llega al mar / el mar llega a Sevilla, / nosotros a un recuerdo / y a esta pálida / desarmada emoción / de compartir una derrota.

Luis García Montero, fragmento del poema Colliure

Sevilla, 23/VII/2025 – 09:02 h (CET+2)

Hoy deseo recordar el significado de la dignidad en la vida y obra de Antonio Machado, mi inolvidable paisano. Me lo recordó expresamente un texto breve de la contraportada del libro que preside hoy estas líneas, Estos días azules y este sol de mi infancia, recogido en una reflexión mía en 2018, en el que se decía que “La Editorial Visor considera que este libro es un homenaje a la memoria de uno de los más significativos escritores de nuestra lengua, pero también supone el reconocimiento a una persona que nunca abandonó su dignidad”.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje compartido y registrado de nuestro país, según la RAE, podemos “limpiar, fijar bien y dar esplendor” a la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada en el habla de todos, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna, como en el recuerdo personal que nos ocupa, Antonio Machado, es siempre un ejemplo de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, manifiesta pureza, honestidad y recato porque se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias para comportarse comedidamente.

Recordar el mensaje vital de la dignidad humana transmitida por Antonio Machado, en el contexto global del mundo al revés en el que vivimos en la actualidad, es el mejor homenaje que podemos hacer hoy a todas y cada una de las personas que luchan en cualquier lugar del mundo por la libertad, la paz, la fraternidad y por la dignidad humana en todas las manifestaciones posibles «hasta que se haga costumbre», como aprendí del espíritu de lucha del pueblo chileno, reivindicando su memoria democrática. También, en nuestro país, porque no la olvido, todavía muy presente en la muerte del poeta, a pesar de todo lo que estaba sufriendo, en palabras escritas a lápiz y guardadas en su viejo abrigo, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, en un verso suelto: «Estos días azules y este sol de la infancia…», con su dignidad dentro.

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La impecable dignidad de Antonio Machado

Sevilla, 5/IV/2018

He ido a la librería con la ilusión de un niño sevillano cuya infancia son recuerdos de una casa de Sevilla y un balcón al que llegaba el sonido del Cine Ideal; mi juventud, doce años en tierras de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero. Nada más entrar, he localizado el libro que deseaba comprar sin más demora, Estos días azules y este sol de la infancia, un libro de poemas para Antonio Machado, editado por Visor, porque había leído en su contraportada algo que me conmovió en el contexto actual del país: “La Editorial Visor considera que este libro es un homenaje a la memoria de uno de los más significativos escritores de nuestra lengua, pero también supone el reconocimiento a una persona que nunca abandonó su dignidad (la negrita y cursiva es mía)”.

¡Dignidad, qué palabra tan necesaria hoy en nuestras azarosas vidas! Su viejo abrigo, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: «Ser o no ser…», una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: «Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón») y un verso suelto: «Estos días azules y este sol de la infancia…». Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La cuestión de dignidad en Machado era muy clara en clave shakesperiana: había que serlo hasta la muerte. El canto al amor permanente a Guiomar, en ese momento vital tan delicado, era una premonición también digna: se canta lo que se pierde. Y…, un recuerdo constante de Sevilla, con el color azul como el de esta mañana de búsqueda, tal y como él lo recordaba junto al sol de su infancia, porque siempre fue el niño que llevaba dentro, con sus recuerdos de un patio de Sevilla y de un huerto claro donde maduraba el limonero. Muriendo en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de su dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

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Recuerdos en el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado / 2. Verdad

Antonio Machado (Sevilla, 26 de julio de 1875 – Colliure, 22 de febrero de 1939)

Sevilla, 22/VII/2025 – 08:08 h (CET+2)

En este cuaderno digital figuran 224 artículos que tienen en su interior alguna referencia a la vida y obra de Antonio Machado, resaltando siempre su coherencia y excelente forma de expresar su maestría lingüística, experiencia vital, sentimientos y emociones por doquier. En esta segunda entrega de la serie, hay un hilo conductor manifiesto en torno a un proverbio que no olvido, “¿Tu verdad? No la Verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela” (Proverbios y Cantares, LXXXV), porque lo tengo presente en cada aquí y ahora, para intentar aprehender su significado más profundo. Lo escribí en los albores de la pandemia de 2020, cuando vivíamos momentos trágicos de incertidumbre y zozobra existencial.

Destaco de aquellas palabras una reflexión, que mantiene su actualidad plena a pesar del tiempo transcurrido, en la senda que nos trazó Antonio Machado respecto de la búsqueda de la verdad humana, que nunca nos debería ser ajena, siguiendo la máxima de Terencio: “Las mentiras políticas nos llevan de la mano al descubrimiento de la falta de verdad que hay casi siempre detrás de ellas, aunque ya estábamos avisados por los agoreros y tertulianos del Reino Mediático que nos embarga, porque “eso ya se sabía que iba a ser así”, a pesar de la defensa que personalmente hago siempre del principio de confianza en el Estado Democrático, que no se gobierna solo, porque no lo hace bien cualquiera, no debe ser inocente, como elemento crucial de la democracia que defiende exclusivamente el Interés General de la Ciudadanía (el IGC de la Democracia, más importante seguro que el PIB o el IPC que nos embarga)”.

Pasen y lean esta reflexión como homenaje de nuevo a Antonio Machado y a su circunstancia, sobre la importancia de la Verdad en la vida. Fue, es y será una lección inolvidable de responsabilidad existencial.

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Para buscar la verdad, cada uno debe guardar la suya

Uly Martín

Sevilla, 24/IV/2020

Llevo guardando mi verdad durante todos los años de mi existencia siguiendo el aserto de Machado: “¿Tu verdad? No la Verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. En tiempos de coronavirus tengo la necesidad imperiosa de conocer la verdad de lo que está pasando a través de la información verdadera, objetiva, contrastada, digna, bien transmitida y apeada de tecnicismos estadísticos que es muy difícil desentrañar cuando lo que nos ocupa es saber qué nos pude pasar ahora, mañana y el famoso día después el que todos hablan, en un mundo instalado en el desconcierto de amplio espectro.

El miércoles pasado asistí a la sesión del Congreso de los Diputados y fue frustrante escuchar a determinados representantes de los votantes pertenecientes a todas las latitudes de la derecha de este país, así como de nacionalismos exacerbados, lanzar exabruptos intolerables ante una situación en las que todos tenemos que unirnos ante el sufrimiento de enfermedad y muerte como nos asola, aunando voluntades como cantaba Quilapayún en homenaje a las víctimas de Santa María de Iquique. Sería injusto decir que todos los políticos son iguales, porque detecto perfectamente quién actúa y habla con la verdad conjunta, la tuya , la mía, la de muchos, no la suya solo, a pesar de todo. Las mentiras políticas nos llevan de la mano al descubrimiento de la falta de verdad que hay casi siempre detrás de ellas, aunque ya estábamos avisados por los agoreros y tertulianos del Reino Mediático que nos embarga, porque “eso ya se sabía que iba a ser así”, a pesar de la defensa que personalmente hago siempre del principio de confianza en el Estado Democrático, que no se gobierna solo, porque no lo hace bien cualquiera, no debe ser inocente, como elemento crucial de la democracia que defiende exclusivamente el Interés General de la Ciudadanía (el IGC de la Democracia, más importante seguro que PIB o el IPC que nos embarga).

Personalmente y como defensor con ardor guerrero de la Política que tanto ama Emilio Lledó, siguiendo a Aristóteles, en su ardiente impaciencia por difundir la verdad a toda costa a través de la palabra política, no quiero que cuando asista de nuevo a una sesión de ese Congreso citado, tenga que pensar inmediatamente en la advertencia de los títulos de crédito de muchas películas que tengo grabadas en mi persona de secreto: cualquier parecido de lo que se está hablando en esta sesión con la realidad es pura coincidencia.
He escrito muchas veces sobre la inquietante necesidad de búsqueda de la verdad política porque no es algo estático que se deba presuponer como el valor en las guerras, de cuya realidad no quiero acordarme ahora. A mí también me concierne una gran responsabilidad de protegerla, blindarla, no participando desde el sofá de mi casa, con silencios cómplices, en el Mayor Espectáculo del Mundo de la Mentira Política, en los medios cotillas de comunicación social y en las redes sociales, porque Todos los Políticos No Son Iguales. La verdad, como pasa con la realidad del campo, es para quien la trabaja. Hay que informarse, contrastar las noticias, despreciar los medios de comunicación tóxicos o tosigosos, instalados en la mediocridad de los bulos. Sabemos quiénes y cuántos son y es fácil quedarnos con sus cabeceras y siglas. Hay que denunciar la Mentira Política, bajo el eufemismo de bulos, porque se reviste de muchos disfraces de trajes de emperador que se venden al mejor postor de la indignidad política. Además, esta labor no es solo policial, es una tarea ciudadana de amplio espectro (como los antibióticos) de compromiso social para buscar conjuntamente la verdad, guardándonos cada uno la nuestra en este ejercicio urgente de responsabilidad ciudadana.

Con motivo de las elecciones generales en España en diciembre de 2015, escribí un post, “Si nos dijeran la verdad mentirían”, en el que finalizaba con una reflexión sobre la que hago hoy una operación rescate para comprobar si a través de mis palabras encuentro sentido a esta verdad que nos corroe en la película real del día a día en tiempos de coronavirus: “El problema radica también en que estamos sobrepasados por experiencias políticas pasadas, enmarcadas en mentiras que parecían en el mejor de los casos verdades a medias, muy lejos del interés general. Ahora hace falta altura de miras, sensatez extrema, diálogo donde la búsqueda de la verdad sea un esfuerzo común, guardándose cada uno la suya en aquello que no une, no toda la verdad, aunque comprendamos ahora mejor que nunca algo que experimentó en su experiencia vital el gran político canadiense Michael Ignatieff en su frustrada carrera hacia la presidencia de su nación: “Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad”. Porque si no, solo nos quedará en nuestro pensamiento y sentimiento una reflexión […] que se podría convertir los próximos días en trending topic popular a todas luces: si nos dicen la verdad (algunos políticos, no todos), mentirían. Aprendiendo con humildad de la paradoja de Epiménides, cuando afirmó que todos los cretenses eran unos mentirosos, porque casualmente…, él también lo era”.

NOTA: la imagen se recuperó en este blog el 5 de enero de 2016, de 

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/01/30/actualidad/1359573194_226490.html

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Recuerdos en el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado / 1. Retrato

Antonio Machado (Sevilla, 26 de julio de 1875 – Colliure, 22 de febrero de 1939)

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Antonio Machado, versos en Retrato (Campos de Castilla), 1912.

Sevilla, 21/VII/2025 – 12:16 h (CET+2)

El próximo 26 de julio se cumple el 150 aniversario del nacimiento del poeta Antonio Machado, tan presente en este cuaderno digital. Con este motivo tan especial y pasando por el túnel del tiempo, he escogido seis reflexiones sobre su vida y obra, escritas aquí con alma en cada instante donde él estuvo presente en mi vida y como homenaje a esta celebración tan especial y necesaria para consolidar la memoria histórica y democrática de este país.

Comienzo por una aproximación a su impecable “Retrato”, con objeto de recordar quién era Antonio Machado desde un autorretrato inolvidable. Así lo viví el día que me acerqué al Palacio de Dueñas, en esta ciudad que lo vio nacer y que nunca olvidó.

Este país necesita recuperar la vida y obra de este gran poeta, porque hoy es siempre todavía para hacerlo, a la hora de recordar su nacimiento con palabras que él nos entregó hace ya muchos años en sus recordados Proverbios y Cantares (VIII). A mí me quedan.

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Necesitamos recordar hoy a Antonio Machado

Patio de los limoneros. Palacio de Dueñas. Sevilla / JA Cobeña

Sevilla, 26/VII/2021

Hoy se cumple el 146º aniversario del nacimiento en Sevilla de Antonio Machado y pienso que hoy, más que nunca, debemos recordarlo también por algo que necesitamos hacer urgentemente en nuestro país, escuchar, un verbo del que debemos conjugar el presente de indicativo completo y perpetuo antes que volver a hablar de algo sin conocimiento y, muchas veces, con una gran falta de respeto hacia los demás. Vuelvo a publicar como pequeño homenaje en este cumpledías de Machado, según la expresión tan querida por Benedetti, un artículo que escribí en 2016 después de una visita pausada al Palacio de Dueñas, donde volví a sentir el alma del poeta, sus consejos, su autorretrato, su escucha, sus soledades y su silencio. Sigo pensando que la escucha atenta entre todos debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo cuando nos referimos a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad

Aquella tarde de abril, en Sevilla, lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas y puedo asegurar que no lo olvido, habiendo aprendido con el paso de los años que Machado adoraba el silencio, el suyo concretamente, porque sabía que sólo se debe dejar de callar cuando preguntando primero y escuchando después, se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Probablemente, sea el momento mágico, como decía él, de distinguir de entre todas las voces sólo una, porque sabemos distinguir las voces de los ecos, porque no es lo mismo…, no es lo mismo.

España necesita recordar hoy a Machado

Esta tarde he estado muy cerca de Antonio Machado, en el Palacio de Dueñas. He paseado por el patio de los recuerdos de su infancia y de un huerto claro donde madura el limonero. Lo he sentido hoy muy cerca de mi persona de secreto. Fundamentalmente, porque echo de menos la asunción colectiva de un proverbio suyo sobre el diálogo, que me acompaña siempre. En ese patio lo he recuperado de mi memoria de hipocampo ante una carencia de diálogo, como problema de Estado que nos afecta a todos en momentos políticos transcendentales que estamos viviendo estos días.

La escucha atenta debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad. Esta tarde lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas.

Escuchar es una actitud, un proceso de educación transversal a lo largo de la vida que no se improvisa, necesariamente acompañada de la aptitud social de la escucha atenta y activa. La persona que escucha vive instalada en el respeto mutuo, dispuesta a aprender siempre porque solo sabe que no sabe nada. La vida es una caja de sorpresas y preguntas para quien escucha porque todos los días surge una posibilidad nueva de aprendizaje. Y para el diálogo es fundamental. Este país necesita declararlo como deber fundamental de carácter casi constitucional. Nos arrollamos en las vicisitudes diarias porque no dialogamos, no solemos buscar juntos la verdad de la vida, guardando cada uno la suya.

Y volvemos al arte de escuchar, elemento imprescindible para desarrollar esta habilidad nacida para consolidarse en una actitud que se ha desarrollado gracias a la inteligencia humana, que sabe distinguir oír de escuchar, que no es lo mismo. Es lo que les ocurre a los que alardean de decir a los cuatro vientos, cuando oímos algo que no nos interesa, que “por un oído me entra y por otro me sale”, como si la inteligencia humana estuviera ausente. Acabamos de negar la quintaesencia de la escucha, porque nos instalamos en el particular reino de la autosuficiencia o descalificación ajena, negando la capacidad intelectual de elaborar el proceso de escucha atenta que nos separa de estos procesos auditivos que también desarrolla el reino animal. Es un problema que estriba sencillamente en prestar siempre la necesaria atención a lo que los demás dicen, porque probablemente podríamos darnos cuenta de que lo que hasta hoy tenía patente de corso en nuestra vida ya no es así, dado que muchas veces los demás pueden pensar y decir algo mejor que nosotros. Esta actitud nos permitiría sobrevolar, a partir de ese momento, un cielo de preguntas.

Cuando salía del Palacio de Dueñas, de su patio tan querido, he recordado también una estrofa de Retrato, un poema precioso, que me ha permitido comprender mejor cómo la escucha atenta es un compromiso activo de ética pública y privada que tanto necesita este país, sobre todo su clase política en estos días de tanta ausencia de escucha y preguntas sin respuesta alguna: Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. / A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente, entre las voces, una. Y me he perdido finalmente por las calles de su querida Sevilla, haciendo como siempre su camino al andar.

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