Emilio Lledó nos recuerda que leer nos permite volar sobre la mediocridad que asola el mundo

Emilio Lledó, Necesidad de la literatura

Sevilla, 6/VII/2025 – 08:54 h (CET+2)

Hoy he vuelto a encontrarme con Emilio Lledó, al que tanto admiro y aprecio, a través de una obra suya publicada este año, Necesidad de la literatura, ilustrada de forma muy cuidada por Eugenia Ábalos, que recoge tres ensayos del autor, sobre la literatura, cultura y libertad de expresión, ya publicados como artículos en el diario El País en 2002, 2010 y 2007, respectivamente.

La pequeña referencia a título de sinopsis de la editora, Nórdica, nos adelanta el hilo conductor de los mensajes que contiene: “La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad. Un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora, nos deja presentir la salvación, la ilustración, frente al trivial espacio de lo ya sabido, de las aberraciones mentales a las que acoplamos el inmenso andamiaje de noticias, siempre las mismas, porque es siempre el mismo nuestro apelmazado cerebro. Los libros nos dan más, y nos dan otra cosa. En el silencio de la escritura cuyas líneas nos hablan, suena otra voz distinta y renovadora. En las letras de la literatura entra en nosotros un mundo que, sin su compañía, jamás habríamos llegado a descubrir […]”.

También me ha llamado la atención la “perpetuidad” de este libro planteada por Cristina Ros en un artículo a modo de crítica literaria sobre esta publicación, Emilio Lledó, los libros y la lectura como principio de libertad, publicado hoy en elDiario.es, que me admira por mi dialéctica, frente al mercado, de la obra escrita al servicio de la Noosfera, en gratuidad plena, cuestión no baladí que he planteado en este cuaderno digital a lo largo de veinte años: “En la decisión de publicar estos artículos en forma de libro hay, por parte de Nórdica, una demostración de esa apuesta por el formato tradicional. ¿Qué sentido tiene, si no, editar en papel unos textos que se pueden leer en abierto? Frente a la gratuidad –que habría que matizar: pagamos la línea de Internet, la electricidad, el aporte electrónico, quizá la suscripción al periódico–, el libro en papel ofrece otro tipo de lectura, más pausada, en otro contexto. Seleccionar estos artículos, sacarlos de la nube, es también una forma de revalorizarlos, de decirle al lector que esto de aquí merece la pena y no hay que dejar que caiga en el olvido. Además, con las ilustraciones de Eugenia Ábalos (Mendoza, Argentina, 1977), el texto se enriquece: los libros-ideas como pájaros que vuelan libres, las semillas y los árboles como metáfora del cultivo de sí, del saber que se asienta poco a poco”.

En los momentos que vivimos nos hacen falta personas como Emilio Lledó, que nos recuerde que la palabra escrita o hablada es un medio político inalienable para construir nuestras casas, nuestras ciudades, nuestras amistades, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra ideología, tal y como nos lo recuerda siempre Aristóteles en un texto muy querido para este autor tan apreciado: “Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad” (1). Además, cuando la deja reflejada en un texto para la posteridad, llamémoslo libro, alcanza la cumbre de la perfección humana.

Gracias, Maestro Lledó, por esta nueva obra, que nos permite sobrevolar la mediocridad que nos asola a diario.

(1) Aristóteles (2000). Política. Madrid: Biblioteca Básica Gredos, 1253 a.

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Nos queda la palabra “obstinación”, la coherencia diaria en la ideología política de la izquierda, a pesar de los reveses actuales en nuestro país

Hermann Hesse (1877-1962)

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Blas de Otero, En el principio

Sevilla, 5/VII/2025 – 14:16 h (CET+2) / Actualizado a las 17:43 h

En tiempos tan convulsos en nuestro país por los enfrentamientos de modelos políticos y sus respuestas ante la corrupción, representados simbólicamente por la izquierda, la derecha, y los más allá de cada modelo ideológico, ninguno inocente por supuesto, ni iguales al fin, como aprendí hace ya muchos años del pensador neomarxista George Lukács, en su extraordinario libro “El asalto a la razón”, cuando decía que  “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y, por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1), necesitamos reforzar el pensamiento ideológico de la izquierda, que tan tocado está desde hace ya bastante tiempo, porque se ha descuidado la formación política continua y blindaje de las desviaciones que propicia el ejercicio de la política de altos vuelos. De ahí la necesidad de que practiquemos, ahora más que nunca, aquella semblanza de La Cantata de Santa María de Iquique, que personalmente aprendí y escuché del grupo Quilapayún, cuando decía algo muy necesario y recomendable en el momento actual: “Con el amor y el sufrimiento se fueron aunando voluntades”.

Digo lo anterior porque la responsabilidad de lo que está pasando estos días no es solo del presidente del Gobierno, de sus socios y de sus partidos con siglas diferentes, porque algo tendremos que decir ahora sus votantes entre los que me incluyo, ya que siguiendo a Aristóteles, soy un “animal político” (zoon politikón, en griego), como ciudadano de pleno derecho y voto. Llevamos años soportando los ataques despiadados de las derechas y su más allá, desde el momento de investidura del Gobierno actual tras la moción de censura de 2018, hasta nuestros días, con el mantra de estar el país sufriendo las invectivas de un continuo gobierno ilegítimo, craso error e insulto a la Constitución de este país y a sus votantes, sin entrar en más detalles, porque no es el núcleo de esta reflexión, sí el marco de la misma. Creo que, una vez más, es la hora de la palabra de la ciudadanía que ha apostado por un modelo diferente de país, desde 2018 hasta hoy, centrado en el progreso y en la atención suprema al interés general que sólo lo propicia el Estado de Bienestar. Y esto es lo que hay que defender en todo momento, salvo que se demostrara de forma objetiva que el gobierno actual ha cometido delitos que hicieran inviable su continuidad en términos puramente democráticos. Y para ello es necesario rescatar la obstinación en una ideología política de izquierda, siempre pendiente de la obligada autocrítica ante las desviaciones que se produzcan de este caminar político, en concreto, cuando la izquierda pierda el norte de su lucha por su propio sentido de ser y estar en el mundo para transformarlo, siempre cerca de los que menos tienen, de los nadies de Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados. Me emociona recordar estos fines democráticos.

A pesar del sesgo histórico no inocente que ha tenido la palabra “obstinación “ en nuestro país, a lo largo de los siglos, he vuelto a entrar en mi clínica del alma, mi biblioteca, con mi edad matusalénica, buscando un libro que me acompaña desde hace muchos años, Obstinación (2), de Hermann Hesse (1877-1962), Premio Nobel de Literatura en 1946. Su prólogo y luego un capítulo homónimo dedicado a esa palabra, obstinación, traducida pobremente del alemán Eigensinn, me ha ayudado siempre a comprender qué significa defender mi sentido de la vida, mis valores, mis principios, la coherencia como virtud transcendental en la vida, en una época, como bien recordaba Groucho Marx, en la que lo que prima es una afamada sentencia que se le atribuye a él aunque de dudosa autoría a lo largo de su vida: Estos son mis principios. Si no gustan, tengo otros: “Una virtud hay que quiero mucho, una sola. Se llama obstinación [eigensinn]. Todas las demás, sobre las que leeremos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan. En el fondo se podría englobar todo ese sinfín de virtudes que ha inventado el hombre en un solo nombre. Virtud es: obediencia. La cuestión es a quién se obedece. La obstinación también es obediencia. Todas las demás virtudes, tan apreciadas y ensalzadas, son obediencia a las leyes dictadas por lo hombres. Tan sólo la obstinación no pregunta por esas leyes. El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al propio sentido”.

Estamos viviendo tiempos convulsos en los que el valor de la palabra dada está en solfa, no digamos los principios y valores. Esa es la razón de por qué cobran más fuerza que nunca las reflexiones de Hesse sobre la obstinación, como virtud principal sobre todas las demás, porque nuestra vida sólo se debe regir por la obediencia a nuestro propio sentido, extendida en esta ocasión a obediencia a nuestra propia ideología política. Esta virtud, junto a otras “verdaderas”, según él, “siempre molestan y suscitan odio. Véase Sócrates, Jesús, Giordano Bruno y todos los demás obstinados”. También explica que la palabra obstinación es áspera para algunos, razón para sustituirla por “carácter”, “personalidad” e incluso “originalidad”, sólo atribuible esta última, por ejemplo, a “artistas y gente estrambótica”. A partir de unir la palabra obstinación con terquedad, por si había alguna duda, desarrolla Hesse el significado de “sentido propio”, el que tiene cada piedra, cada brizna de hierba, cada flor, cada animal, que crecen viven, actúan y sienten según su propio sentido, porque todas las cosas del universo, hasta la más pequeña, tienen su “sentido propio”, llevan dentro su propia ley y la siguen absolutamente seguras e imperturbables”. Dicho esto, aborda la tragedia humana, porque “existen sobre la tierra solamente dos pobres seres malditos, a los que no está permitido seguir esa llamada eterna, y ser, crecer, vivir y morir como les ordena su sentido innato. Sólo el hombre y el animal domesticado por él están condenados a no seguir la voz de la vida y del crecimiento y de someterse a unas leyes establecidas por el hombre y, de vez en cuando, infligidas y modificadas también por él”.

A partir de aquí aparece la figura del “héroe”, la de aquellas personas que siguen su propio sentido y que sucumben por seguir su propia estrella, alejados del gregarismo impuesto por la sociedad en la que viven: “el héroe trágico, el obstinado, enseña a los millones de seres mediocres y cobardes que la desobediencia a las normas del hombre no es capricho brutal, sino lealtad a una ley mucho más alta, más sagrada”, porque el instinto gregario exige siempre adaptación y subordinación, ¡gran tarea para la mediocracia de hoy!, frente a lo que tiene el gran sentido de la vida para los obstinados y héroes. Es verdad que el enfoque de Hermann Hesse en estos contenidos aparece a veces como un ensalzamiento a ultranza del egoísmo e individualismo más radical que podamos pensar, pero hay que comprender bien qué significa en sus reflexiones el legítimo deseo de cada persona de unir destino y sentido de la propia vida, poniendo al dinero, por ejemplo, en su sitio, porque el motor que mueve la vida es la confianza en ese sentido de la vida, en los “para qué” vivimos: “El dinero y el poder y todas esas cosas por las que los hombres se torturan mutuamente y acaban por matarse a tiros tiene poco valor para quien se ha encontrado a sí mismo, para el obstinado. Éste sólo valora una cosa: la misteriosa fuerza en su interior, que le ordena vivir y ayuda a crecer”. Es verdad lo manifestado hasta aquí porque esa fuerza es la fuente de su vida y crecimiento, que no se mantiene, fomenta o profundiza con dinero y similares, ya que el dinero y el poder son invenciones de la desconfianza. Quien desconfía de la fuerza vital que cada persona tiene y, por tanto, carece de ella, debe compensarla con un sustituto, como es el poderoso caballero don dinero. El que confía en sí mismo y no desea nada más que su destino se manifieste dentro de sí mismo, rebajará estos sustitutos sobrevalorados y excesivamente caros a herramientas subordinadas. Para las personas obstinadas, su posesión y uso pueden ser convenientes, pero nunca esenciales.

Visto lo visto y leído lo leído, más allá de las interpretaciones de la lengua española de la palabra “obstinación”, me quedo con la de la palabra original en alemán, Eigensinn, como “la virtud de hacer caso solamente al propio sentido”, algo así como ser consecuente en la vida con lo que uno es, piensa y siente, tal y como lo intentó explicar Herman Hesse en su libro autobiográfico. En definitiva, “coherencia” en estado puro, nada más, incluso quedándonos con la brevedad de su significado actual en el diccionario de la lengua española: actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan. Es verdad, porque ante lo que está pasando y estamos viendo, nos queda la palabra “obstinación”, entendida como la coherencia diaria en la ideología política de la izquierda, a pesar de los reveses actuales en nuestro país.

(1) Lukács, G. El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, 1976, pág. 5. Traducción: Wenceslao Roces.

(2) Hesse, Hermann, Obstinación. Escritos autobiográficos, Madrid: Alianza, 1979 (3ª ed.), p. 9 y 90-96. Traducción: Anton Dietrich.

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

En tiempos de turbación ideológica progresista, debemos ser inaccesibles al desaliento

Hannah Arendt

Hay un precepto bajo el cual he vivido: prepárate para lo peor, espera lo mejor y acepta lo que venga.

Hannah Arendt

Sevilla, 29/VI/2025 – 13:34 h (CET+2)

Estamos rodeados de desánimo, desafección política y desaliento. No basta ya el recuerdo de la solución cinematográfica a nuestros males: “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, aunque, siguiendo el famoso canon, lo que representan ciertas películas no es ya pura coincidencia con lo que está pasando y estamos viendo y sufriendo a diario. Recuerdo ahora que en 2023 ya escribí sobre esta realidad existencial, que hoy rescato al ser testigo directo de cómo se desarrollan los acontecimientos políticos de alcance mundial a la sombra del traje nuevo del emperador Trump. Vean por qué.

Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa?, lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, por ejemplo, donde vivo, que también existe, como me recuerda con frecuencia Benedetti en su Soneto del pensamiento: «[…] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos«. Un antídoto extraordinario, también, es asumir el principio de realidad de unas palabras de Hannah Arendt, que no olvido: Hay un precepto bajo el cual he vivido: prepárate para lo peor, espera lo mejor y acepta lo que venga

A pesar de estos refuerzos éticos, es muy difícil en estos tiempos tan modernos, tan críticos en diferentes frentes de nuestras vivencias diarias, permanecer inaccesibles al desaliento, no inasequibles, porque somos personas, no mercancías, como aprendí hace años de las lecciones magistrales de don Fernando Lázaro Carreter, cuando abordaba el mal uso de este adjetivo en su extraordinaria obra, El dardo en la palabra: […] la confusión no es sólo vulgar; pero es confusión, y debe ser evitada. Se trata, simplemente, de que no se aplica con rigor el adjetivo debido, y se acude a otro que se le parece. Tampoco los precios son asequibles, sino baratos, razonables, ajustados, justos… Son las cosas a que corresponden tales precios las que pueden serlo. O no, en cuyo caso son inasequibles. Lo que no puedo comprar o entender es para mí inasequible. Ténganlo en cuenta quienes se precian de ser «inasequibles al desaliento». Merecen nuestra enhorabuena, pero digan, por favor, inaccesibles y hablarán con propiedad”. Esta aclaración encomiable, viene precedida de un contexto lingüístico que tampoco tiene desperdicio: “Asequibles son sólo las cosas que pueden adquirirse para poseerlas; cosas variadísimas, que van desde las ideas a los garbanzos; y si no, léanse estos dos fragmentos tan dispares: «La gracia abrillanta las ideas, las adorna, las hace amar, las adhiere a la memoria, vierte sobre ellas una luz que las vuelve más asequibles y claras» (W. Fernández-Flórez, 1945). «Entre los garbanzos, tan vulgares y tan asequiblesentonces, la carne de morcillo era lo selecto» (A. Díaz Cañabate, 1936). Con tales pasajes a la vista, bien claro está que calificar de asequible a una persona, es prácticamente desacreditarla como venal. ¡Qué distinta cosa hubiera dicho de aquella condesita Bretón de los Herreros [«La condesita, / aunque bocado de prócer, / es humana y accesible» (1838)], llamándola así! Aunque el paso se ha dado: el canónigo Juan Francisco Muñoz y Pabón hace pensar de este modo a una dama, en una de sus espirituales novelas: «Era menester mucho aplomo y mucho dominio de sí misma para, sin preferencias por ninguno, ser con todos amable y asequible«. ¡Caramba con la dama! ¡Qué bien hubiese quedado el novelista escribiendo ahí accesible!”.

Aclarado este error histórico en el tratamiento no inocente de las palabras con las que nos relacionamos a diario, lo más importante de resaltar en esta locución es enfrentarse al significado de “desaliento”, lo que verdaderamente preocupa al mundo en este momento por su generalización, que el diccionario de la lengua española tiene claro desde el primer momento,  decaimiento del ánimodesfallecimiento de las fuerzas, llevándonos en directo a la palabra “desalentar” que, personalmente, es la que más me interesa en esta reflexión: quitar el ánimo a alguien. Con este circunloquio de palabras no inocentes, llegamos de nuevo a lo que pretendo analizar hoy: estamos viviendo una época en la que es difícil mantener una conducta inaccesible al desaliento. Si dejamos que las circunstancias actuales, los polémicos escándalos de corrupción en la política de nuestro país, por ejemplo, nos quiten el ánimo, es decir, la actitud, la disposición, el temple, el valor, la energía, el esfuerzo, la intención, la voluntad, el carácter, la índole, la condición psíquica de cada uno, de cada persona, es probable que perdamos la última acepción de este lema en nuestro vocabulario diario, porque al final nos quitan el fundamento principal del ánimo, el alma, el espíritu de cada uno como principio de la actividad humana.

Como a estas alturas de mi vida sólo me queda la palabra, sé el inmenso valor que tiene y lo importante que es su adecuado uso, no inocente casi siempre. Sobre todo porque temo un correlato fácil, el conformismo, si permito que cualquier acontecimiento o adversidad acceda a mi aliento, a mi ánimo, a mi alma humana. El conformismo por desánimo hace estragos allí donde nace, se desarrolla y muere, porque se instala en el confort de los tibios y tristes, mediocres en definitiva, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa?, que decíamos al principio. Ahí es donde hay que poner las barreras éticas de la vida digna para sí mismo y para todos. Es probable que aquí sí tenga sentido el uso ordinario de la frase en cuestión, permanecer inaccesibles al desaliento, como primer paso, porque el mercado actual puede comprarlo con facilidad. Basta tomar decisiones desde el despacho oval de la Casa Blanca o desde una torre de Manhattan, con una tableta digital o un teléfono inteligente, para hacer sufrir al mundo, quitándole el ánimo para seguir viviendo. Por tanto, hay que luchar para que esta realidad económica mundial, entre otras muchas, que a veces se convierten en guerras incomprensibles, no acceda a mi alma de secreto y a la de todos, porque deberíamos aprender a ser inaccesibles al desánimo colectivoal desaliento.

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Vicios privados, públicas virtudes: un eterno retorno en política (III)

Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan / por hacer de un gran panal un panal honrado. / Querer gozar de los beneficios del mundo, / y ser famosos en la guerra, y vivir / con holgura, / sin grandes vicios, es vana / utopía en el cerebro asentada. / Fraude, lujo y orgullo deben vivir / mientras disfrutemos de sus beneficios.

Bernardo de Mandeville, La fábula de las abejas: o Vicios Privados, Beneficios Públicos, 1705.

Sevilla, 16/VI/2025 – 12:05 h (CET+2)

Escribo de nuevo una variación ética sobre el mismo tema, con idéntico título, en este cuaderno digital, que vuelvo a utilizar hoy en su quintaesencia cuando hemos conocido las últimas noticias sobre la corrupción que impregna la alta dirección de organización del Partido Socialista Obrero Español, que conlleva un maremoto político de desconocidas consecuencias para la supervivencia de la democracia digna en nuestro país. Esta situación nos lleva de nuevo a una reflexión sobre la no ejemplaridad política, que he tratado ya en este cuaderno digital en bastantes ocasiones y que ahora retomo por la situación creada. Vicios privados, públicas virtudes, en pocas palabras. Silencios cómplices, también.

Ante lo ocurrido, hay que responder, políticamente hablando, con ejemplaridad a marchas forzadas. Hace tanto daño público lo que pasa casi a diario, que acusamos cansancio ético, un hartazgo en caída libre, porque estamos rodeados y, lo peor, se extiende como mancha de aceite la desafección política, a veces irrecuperable.

Hace quince años escribí el post que sigue, con un título aparentemente cinematográfico, Vicios privados, públicas virtudes, aunque ya advierto, desgraciadamente, que en este caso cualquier parecido con la realidad de lo allí expuesto y hoy vivido y sentido, no es pura coincidencia. Cuando vivía en Roma, ciudad que siempre es un peligro para caminantes sensatos, vi durante muchos meses el cartel de la película con este título (Vizi privati, pubbliche virtù) y no lo he olvidado. Tal cual, sobre todo cuando esta dualidad impresentable se lleva a cabo como eterno retorno en política.

El hartazgo de determinadas actitudes políticas hace estragos y mucho daño en democracia, por lo que no me resisto a seguir defendiendo a capa y espada la honradez de miles de personas que ejercen la política dignamente, aunque la condición humana, que no me es ajena, se aproxima con demasiada frecuencia a estos precipicios de indignidad. Todas las personas que ejercen la política, no son iguales. No hace falta dar nombres, porque nos hemos quedado con la cara de los que ocupan el desgraciado ranking de la indignidad. Pero necesitamos protegernos de este maremoto político con olas de corrupción que nos sobrepasan en el acontecer diario.

Vuelvo a publicar aquellas palabras, a las que no quito punto o coma de la época en que se escribió, porque es también lo que sucede en la actual, salvando lo que haya que salvar. La última frase, mezcla de enigma y desasosiego social, sigue teniendo gran valor en el momento actual: «Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Bernardo de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado«.

Al fin y al cabo, muchas personas acaban mirando sin pestañear a la mujer del César.

______________________________

VICIOS PRIVADOS, PÚBLICAS VIRTUDES

Un gran panal, atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
mas que gozaba fama por sus leyes
y numerosos enjambres precoces,
estaba considerado el gran vivero
de las ciencias y la industria.

Bernardo de Mandeville (1670 (?)-1733), El panal rumoroso: o la redención de los bribones

Para los que pertenecemos a la generación en la que sabemos que todavía, en tiempo de crisis, nos queda la palabra, escribo este post como microacto solidario para romper silencios cómplices, conformistas, acerca de personas y situaciones que sufren en democracia: niños amenazados por la larga sombra de la pederastia en la Iglesia y fuera de ella, personas que ejercen la política y son honrados, porque no todos son iguales, jueces dignos como Garzón y otros muchos como él preocupados para que no pase sin pena ni gloria el dolor que perdura por los efectos de la Guerra Civil, y mujeres al borde de la muerte física, psíquica y social porque existen hombres e instituciones que no aceptan que desarrollen su inteligencia en libertad. 

Desde la ventanilla del autobús 881, en Roma, veía en 1976 el cartel de la película de Miklós Jancsó que llevaba este título, Vicios privados, públicas virtudes. El cine que la proyectaba estaba a solo unos metros de la Ciudad del Vaticano (¡qué paradoja!) y, una y otra vez, la he recuperado en mi memoria de hipocampo en estos últimos días de desasosiego ético nacional e internacional, con las noticias de la pederastia en la Iglesia, la trama de corrupción Gürtel, el proceso abierto contra el juez Garzón y el azote de la violencia de género, por poner ejemplos reales. La tentación inmediata es agregarnos inmediatamente al grupo de opinión mayoritaria de este país alejado de la teoría crítica constructiva y ver siempre en los otros lo que no somos capaces de integrar como una realidad de la condición humana que hay que saber enjuiciar con frialdad para no cometer errores dogmáticos e inquisidores, y para no caer, obviamente, en el determinismo cruel del mal y del bien necesarios, propugnado ya en el siglo XVIII por Bernardo de Mandeville, en un poema “anónimo” que publicó en 1714 (1), que formaba parte de un libro titulado The Fable of the Bees: or Private Vices, Public Benefits(La fábula de las abejas: Vicios Privados, Públicos Beneficios):

… empeñados por millones en satisfacerse
mutuamente la lujuria y vanidad.
… Los abogados, cuyo arte se basa
en crear litigios y discordar los casos,
… Deliberadamente demoraban las audiencias,
para echar mano a los honorarios;
… Los médicos valoraban la riqueza y la fama
más que la salud del paciente marchito
… Y la misma Justicia, célebre por su equidad,
aunque ciega, no carecía de tacto;
su mano izquierda, que debía sostener la balanza,
a menudo la dejaba caer, sobornada con oro
… El curioso resultado es que mientras
cada parte estaba llena de vicios,
sin embargo todo el conjunto era un Paraíso.

Este espectáculo, al que asistimos como testigos de cargo casi siempre, al grito de los tahúres de Mandeville, «¡Dios mío, si tuviéramos un poco de honradez»!, traduce la realidad cruel de una sociedad que está tocada en su alma. No nos engañemos. Mientras que la preocupación social más extendida del triunfo a toda costa y la exigencia de la felicidad como derecho constitucional siga campando en el terreno de la violencia reactiva, porque la llamada crisis de valores, de la que todo el mundo habla pero que casi nadie concreta, no acaba de analizarse con el rigor y urgencia que necesita, es muy difícil exigir de los demás la ejemplaridad, sin que empiece la auténtica conversión por uno mismo. 

Vicios privados y públicas virtudes, es una expresión que va más allá del título de una película, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar la violencia con los niños, robar dinero público, quitar legitimidad a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien, volviendo a Mandeville, al intervenir esos dioses salvadores (de cualquier tipología) que citaba anteriormente, para poner orden en un mundo tan enloquecido:

Pero, ¡oh, dioses, qué consternación!
¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio!
Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio,
porque ya muy a gusto pagaban los deudores.
… Quienes no tenían razón enmudecieron,
… con lo cual nada podía medrar menos
que los abogados en un panal honrado.
… La Justicia, no siendo ya requerida su presencia,
con su séquito y pompa se marchó.
Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas,
luego los carceleros, torneros y guardianes.
… Todos los ineptos, o quienes sabían
que sus servicios no eran indispensables se marcharon;
no había ya ocupación para tantos.
… ¡Contemplad ahora el glorioso panal, y ved
cómo concuerdan honradez y comercio!

Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Mandeville:  Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.

(1) García-Trevijano, Carmen (1994). El reverso de la utopía. Actualidad de «la fabula de las abejas» de Bernardo de MandevillePsicología Política9, 7-20.

NOTA: La imagen utilizada en este post fue recuperada el 10 de abril de 2010 de: http://www.infoagro.com/noticias/2008/5/1458_agricultura_abre_plazo_solicitar_ayudas_al_fomento.asp

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IRÁN, UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Ante el desconcierto ideológico actual, necesitamos recuperar las esperanzas


¿Es verdad que las esperanzas deben regarse con rocío?

Pablo Neruda, Libro de las preguntas, IV

Sevilla, 15/VI/2025 – 12:32 h (CET+2)

En un mundo plagado de desconciertos de todo tipo, ideológicos fundamentalmente, Pablo Neruda plantea en el capítulo IV del Libro de las preguntas un interrogante muy llamativo que puede tener respuesta dependiendo del color del cristal con el que se mire. Si me quedo hoy con esta pregunta es porque en tiempos de turbación ideológica hay que buscar apasionadamente las esperanzas, tantas como ilusiones y sueños tengamos en la actualidad, aplicando indefectiblemente el principio freudiano de realidad, el más terco de los principios, pero siendo conscientes de que necesitan “regarse con rocío” constantemente. Su ideología no era inocente, como militante del partido comunista chileno, según he manifestado en reiteradas ocasiones el adjetivo “inocente” en este cuaderno digital al citar al filósofo neomarxista Georg Lukács (1885-1971), en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y, por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).

Hace 48 años escribí un artículo sobre un gran teórico de la esperanza, Ernst Bloch, porque siempre ha sido una virtud que he cuidado en mi azarosa vida, en una permanente búsqueda de islas desconocidas que aportaran esperanzas. Decía en aquella ocasión que cuando muere un filósofo, el ser humano [él decía “hombre”, en un contexto filosófico universal del ser humano] se resiente, porque es algo parecido a que la vida se roba sabiduría a sí misma. La obra de Ernst Bloch, me obligaba en mi juventud, de una forma u otra, a recordar algunas reflexiones suyas que todavía hoy aportan luz en el camino de búsqueda de la verdad a través de la esperanza. Bloch, por encima de teorías y prácticas, era filósofo. Su espíritu abierto y en camino le hizo adoptar una postura de sabio ante un mundo pluriforme. Era hijo de su época y debido a su experiencia frente al irracionalismo, su filosofía se hace más auténtica, más veraz. En definitiva, su marxismo era muy puro, bien estructurado, enormemente esperanzador. Aquí radica la quintaesencia de su doctrina: concebir la esperanza como principio humano para vivir la trascendencia, es decir, la posibilidad permanente de que el ser humano se realice plenamente en comunión con otros.

Para esto es necesario, por encima de todo, vivir una fe secular con la fuerza del mensaje “mesiánico” que aporta el marxismo. Para Bloch, el primer fallo del marxismo llamado oficial u ortodoxo radica en su negación de la religión como dínamis, como fuerza arrolladora que es capaz de saciar el hambre de realización personal que tiene todo ser humano. Es un planteamiento idealista, pero quizá el único camino. Bloch insiste en la profundización del marxismo como idealismo impregnado de realidad, que lleva a la revolución social dentro de unos parámetros humanos, no estrictamente materiales. Planteamos así una perspectiva de futuro donde el ser humano es el gran artífice del mundo, sirviéndose de la naturaleza, de los valores morales e incluso de la estética. Indicaba también, que no debemos olvidar su conexión con el pensamiento de Georg Lukács. La realidad analizada por Bloch no es un todo presente, ya hecho. Si existe la realidad es gracias a un proceso (ya, pero todavía no). Y si hay proceso, hay pasado, presente y futuro. Este futuro-presente es, para Bloch, la autoconciencia.

Esta realidad (futuro-presente) es dialéctica y asume sus limitaciones propias. La filosofía sería la encargada de transformar el mundo de la dialéctica sujeto-objeto, llevando al hombre al autoconvencimiento de la necesidad de desaparición del proletariado: “La filosofía no puede realizarse sin la supresión del proletariado y el proletariado no puede autosuprimirse sin que se realice la filosofía”. En un mundo dominado por la economía, Bloch se admira del poder intelectual y cultural como agentes transformadores de la sociedad, donde el ser humano, una vez más, es el centro por la asunción de su conciencia. Frente al principio materialista de Marx de que la realidad social determina la conciencia del hombre, Bloch presenta a la conciencia individual del hombre como determinante de la historia y de su historia, enfrentándose cotidianamente con la insatisfacción humana vivida en necesidad y negación. Por ello, el ser humano lucha por alcanzar su plenitud. El hecho es que todavía no la ha alcanzado. Esta “hambre cósmica” se experimenta en el deseo de alcanzar un sentido pleno de la vida: “La sustancia, la materia humana no está todavía ni determinada ni completa sino que se halla en un estado utópico abierto, un estado en el que todavía no ha aparecido su auto-identidad. Por consiguiente, no sólo el existente específico, sino toda la existencia dada y aún el mismo ser tiene márgenes utópicos que rodean la actualidad con posibilidades reales y positivas”.

La esperanza surge al experimentar el ser humano que si todavía no ha alcanzado el futuro, el presente no es el fin. Y el hecho de vivir éste no le motiva para lograr la plenitud de su ser. Esta hambre es impulso cósmico y la esperanza consiste en dejarse impregnar de este impulso. El ser humano no acaba su existencia con la muerte. Aquí Bloch se separaba una vez más del marxismo oficial. Argumentaba que una lucha por un no existencial, no tendría sentido. Es necesaria, por tanto, la inmortalidad personal. El proceso de unión de almas cantará un día la sociedad sin clases, siempre y cuando el hombre no abandone la lucha en el sentido de que todo cuanto vivimos y experimentamos todavía no es la realización plena o el futuro aparentemente “utópico”.

He querido compartir hoy un principio ético llamada “esperanza”, que he mantenido en mi vida y que he ido alimentando hasta hoy de lecturas ideológicas “no inocentes” (Lukács, dixit). El éxito filosófico de Bloch, con su teoría del principio “esperanza”, fue demostrarnos que tenemos que llegar a ser “ateos” por la gracia de Dios, es decir, hay que creer en la trascendencia sin un Trascendente alienador. Por ello, hay que rechazar de base la superstición y la mitología de la religión. Sólo así, el ser humano adquirirá su desarrollo pleno. En definitiva, permitirá regar con rocío, todos los días, las esperanzas legítimas que cada uno tiene, dando respuesta a la pregunta profunda de Neruda, aprendiendo a ser felices cada día, una experiencia de esperanza en el amor, entre otras, como hambre cósmica en tiempos de turbación, indignidad política, continuas mudanzas, hartazgo y deserciones ideológicas que, personalmente, tanto me duelen.

(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Identidad histórica del barrio “Santa Clara”, “por do vino el agua a Sevilla”

Por los caños de Carmona – por do va el agua a Sevilla,
por ahí iba Valdovinos – y con él su linda amiga.
Los pies lleva por el agua – y la mano en la loriga,
con el temor de los moros – no le tuviesen espía.

VALDOVINOS SUSPIRA, romance anónimo, 1605

Sevilla, 13/VI/2025 – 09:09 h (CET+2)

Ayer presenté en el Club Santa Clara de esta ciudad, un trabajo de investigación que he realizado sobre la identidad histórica del barrio “Santa Clara”, “por do vino el agua a Sevilla”, con un objetivo claro, demostrar con resultados científicos una hipótesis de partida muy importante: el barrio de Santa Clara tiene una intrahistoria multisecular a través del agua, concretamente la que fluía por los Caños de Carmona, en su tramo superficial, por la denominada Acequia Real o Atarjea Real, tanto monta, monta tanto, con la implicación que también tuvieron en ella los reyes Fernando III, el Santo, Alfonso X, el Sabio y los Reyes Católicos. Además, en esta Acequia se encontraba el Molino del Pico junto a los otros ocho molinos, que el rey Alfonso X, cedió a la ciudad de Sevilla, con dos fines, según se recoge en el llamado Privilegio de los Molinos, un Privilegio Rodado otorgado en Toledo el 22 de marzo de 1254, por el que se concedía a la ciudad la renta de los citados molinos, “los mios molinos”: para “hacer venir el agua de los Caños a sus palacios del Alcázar de Sevilla, a sus cocinas y a la huerta mayor de Aben Ahofar, tanta cuanta fuera menester de puertas adentro. Y que hagan venir también el agua como solía venir en tiempos de los moros a dos fuentes en Sevilla”, debiéndose tener “hombres, tablas y estopas”, así como todo lo que fuera menester para guardar las puertas de la villa, la ciudad también, de las avenidas del río [Guadalquivir].

También he analizado el trazado histórico de los Caños de Carmona, que demuestra con datos fehacientes la ubicación del Molino del Pico en su recorrido, fundamentalmente en la Acequia Real o canal superficial del mismo, habiéndose mantenido en pie durante casi ocho siglos, como se ha verificado en las investigaciones llevadas a cabo en el Archivo Municipal de Sevilla y otras fuentes documentales de gran valor histórico, con múltiples referencias a su existencia, desde el donadío de Alfonso X el Sabio a la ciudad de Sevilla, hasta su desaparición con motivo de la construcción de la Ciudad-Jardín Santa Clara.

Igualmente, he demostrado científicamente que el Molino del Pico ocupaba parte de la superficie actual del Parque Santa Clara, aunque no quede vestigio arqueológico alguno al haberse derribado por su estado ruinoso, en el que probablemente se encontraba a mediados del siglo pasado, durante las obras de la construcción de la “City Garden Santa Clara”. Lo que se ha pretendido también a lo largo de esta investigación es demostrar que el origen del barrio debe situarse históricamente teniendo en cuenta que formaba parte de la citada Acequia Real creada en etapa almohade e inaugurada en el siglo XII, integrada en los Caños de Carmona. De ahí el interés de recuperar una seña de identidad del barrio que siempre se debería tener en cuenta y explicarse con detalle a los vecinos y vecinas del actual barrio 94 de Sevilla, mucho más allá de seguir acuñando la teoría de que este barrio proviene exclusivamente de la construcción de la Garden-City Santa Clara, urbanización de marcado carácter militar, pero con un alcance muy delicado: cobertura a las fuerzas americanas durante la guerra fría de los años cincuenta del pasado siglo en nuestro país y con una temporalidad muy corta, tan sólo quince años.

Conocida ya a través de este trabajo la intrahistoria romana, almohade, medieval y moderna del barrio, recuerdo el lema del 3973 Escuadrón de Defensa en Combate (Combat Defense Squadron), de la USAF, cuyos oficiales integrantes y residentes en la Ciudad-Jardín militar, Santa Clara, exhibían con orgullo en las bases americanas de Morón y San Pablo: Nuestra profesión es la paz. A partir de los datos históricos aportados, creo que ha llegado la hora de declarar también que, junto al homenaje que se deberá hacer siempre a la cultura del agua, porque a través de los terrenos del barrio “vino el agua a Sevilla” desde el siglo XII, su responsabilidad ahora, como barrio 94 de Sevilla, es promover y mantener la convivencia pacífica de su vecindad, junto a la sostenibilidad integral, solidaridad y defensa de su identidad vecinal, a través de la conciencia de pertenencia al barrio, respetando su intrahistoria histórica, mucho más allá de los meros sentimientos que nos genere el día a día de su etapa militar, participando en las diferentes proyecciones de compromisos sociales, convivencia y asociacionismo que existen en la actualidad para recuperar sus auténticas señas de identidad.

El trabajo de investigación llevado a cabo, lo pongo a partir de hoy a disposición de la Noosfera (del griego “nóos” inteligencia y “sfaíra” , esfera: conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven, de acuerdo con la definición de la Real Academia Española, aceptada desde 1984, como tercer nivel o tercera capa envolvente (piel pensante) de las otras dos: la geosfera y la biosfera), la esfera de la inteligencia (según Teilhard de Chardin, genio y figura que preside mi blog), lo que se conoce también como la malla pensante de la humanidad, formando parte de las páginas de este cuaderno digital que comenzó su andadura en diciembre de 2005, en coherencia absoluta con los objetivos que expliqué en el momento de su apertura en relación con la inteligencia conectiva y digital. En un libro recopilatorio de artículos de Tom Wolfe, El periodismo canalla y otros artículos, encontré en 2001 una referencia a Teilhard de Chardin (a quien debo mi interés manifiesto por el cerebro desde 1964), que tiene una actualidad y frescura sorprendentes: “Con la evolución del hombre –escribió-, se ha impuesto una nueva ley de la naturaleza: la convergencia”. Gracias a la tecnología, la especie del Homo sapiens, “hasta ahora desperdigada”, empezaba a unirse en un único “sistema nervioso de la humanidad”, una “membrana viva”, una “estupenda máquina pensante”, una conciencia unificada capaz de cubrir la Tierra como una “piel pensante”, o una “noosfera”, por usar el neologismo favorito de Teilhard. Pero ¿cuál era exactamente la tecnología que daría origen a esa convergencia, esa noosfera? En sus últimos años, Teilhard respondió a esta pregunta en términos bastante explícitos: la radio, la televisión, el teléfono y “esos asombrosos ordenadores electrónicos, que emiten centenares de miles de señales por segundo”. La cita es lo suficientemente expresiva de lo que Teilhard intentó transmitir a la humanidad a pesar del maltrato que sufrió por la Autoridad competente del momento, tanto científica, como ética y, por supuesto religiosa.

Quien lo desee, puede disponer de esta investigación a través del siguiente enlace, ldentidad histórica del barrio “Santa Clara”, “por do vino el agua a Sevilla”, como muestra de inteligencia conectiva, distributiva, circular, que también existe, no confundiendo el valor y precio del trabajo de investigación realizado, en beneficio exclusivo del interés cultural, general y público, por supuesto. Este trabajo está dedicado a todos los vecinos y vecinas actuales del barrio, sin exclusión alguna, así como a las generaciones venideras, para que conozcan la intrahistoria romana, almohade, medieval y moderna del actual barrio 94 de Sevilla, Santa Clara, más allá de su inicio reconocido y real a través de la creación de la Ciudad-Jardín Santa Clara con una finalidad claramente militar, pero que sólo ha sido temporal y circunscrita a unos quince años. Once siglos después de descubrirse sus raíces romanas y almohades, se ha rescatado su verdadera intrahistoria, sobre la que personalmente sigo investigando en líneas de trabajo de extraordinario interés.

Gracias anticipadas por su lectura.

Sospirastes Valdovinos: Romance de Valdovinos: «Luys Milán» – Intérpretes: Hespèrion XXI/La Capella Reial de Catalunya – Jordi Savall

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Amabilidad, por cierto, la necesitamos como el comer

Amable: “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable […] «Todos aman y quieren / Por la razón de bien lo que es amáble».

Real Academia Española, Diccionario de Autoridades, lema «Amable», Tomo I, 1726

Sevilla, 11/VI/2025 – 13:09 h (CET+2)

Vuelvo casi a diario de mis asuntos a mi corazón, asediados como estamos por las noticias en cascada de un mundo que se nos hace cada día más inhóspito y grosero., con una proverbial falta de educación que se extiende como una mancha de aceite. Por esta razón, vuelvo a recuperar, en mi escritura económica circular, reflexiones mías en este cuaderno digital sobre esta maravillosa palabra, amabilidad, una palabra amable en sí misma, aunque suene a tautología. Creo que necesitamos reflexionar sobre algo que ya entendieron nuestros antepasados y así lo recogieron en sus discursos y en sus obras: la verdad, cuando es verdadera, es amable. Ahora, más que nunca, ante tanta mentira, verdades a medias y posverdades que lo inundan todo, máquinas de fango incluidas, porque desde la perspectiva de un ser humano singular y corriente, como es mi caso, que hace millones de años sorprendió al dios correspondiente como una creación “muy” buena, estoy convencido en este aquí y ahora de que merece la pena vivir amablemente, por cierto.

Esta palabra, amabilidad, junto a a amable y amablemente formaron una tríada que se divulgó, brilló, fijó y dio esplendor en el siglo XVIII en este país a través de mi admirado Diccionario de Autoridades (1726, 256, 2 y 257,1). Cada una de ellas aportó una forma de entender determinados comportamientos de las personas que hacían más fácil vivir con los demás. Amabilidad (sustantivo femenino) se definía como “suavidad en el trato, afabilidad, dulzura y atractivo”. Amable (adjetivo), como “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable”. Por último, amablemente;(adverbio), “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”.

En estos días difíciles en el país por su estado de ánimo estatal, sigo empeñado en una búsqueda constante de personas, cosas y noticias amables, que me enseñen a ser cada día más afable y de que se traten determinados asuntos que tanto nos preocupan en la actualidad “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”, por muy cursi que suene. No es cuestión de vivir en una burbuja sino de encontrar contextos amables en casi todo lo que se mueve. Lo necesitamos. Lo necesito con ardiente impaciencia, porque el país necesita urgentemente liderazgo amable desde la perspectiva de sus gobernantes, cuestión no baladí desde la perspectiva ciudadana: «Muchos políticos pretenden cabalgar hasta lo más alto a lomos de la dureza del discurso, el lenguaje aguerrido contra el adversario y la retórica beligerante. Sin embargo, la cortesía, las palabras cálidas y el vapuleado talante quizá sean más provechosos en las urnas». Recuerdo que así se reflejó en un estudio científico llevado a cabo en el Congreso americano, en 2015, de rabiosa actualidad diez años después, salvando lo que haya que salvar, con un análisis de 124 millones de palabras expresadas por sus cargos electos durante las últimas dos décadas: «Los investigadores buscaron términos como «afecto», «cuidar», «cortesía», «derechos», «igualdad», «humano», «escuchar», «compartir», «solidario» hasta completar una lista de 127 palabras (o raíz) que tienden a transmitir contenidos en favor de los intereses colectivos y la armonía entre personas. Al comparar mes a mes la proporción de estas palabras en los discursos con las encuestas de valoración de los políticos que las usaban —o no— se observa una «impresionante coincidencia», según los investigadores que publican este estudio en PNAS. Las palabras que pronosticaron con más fuerza la aprobación del público por su uso fueron «amable», «involucrar», «educar», «contribuir», «preocupado», «dar», «tolerar», «confianza» y «cooperar» (1). Ser o no ser amables en política, esa es la cuestión que después se traduce o no en votos. ¿Qué ocurriría si hiciéramos este estudio hoy, sobre esta realidad de nuestros políticos «cabalgando hasta lo más alto a lomos de la dureza del discurso, el lenguaje aguerrido contra el adversario y la retórica beligerante», consultando los Diarios de Sesiones del Congreso y del Senado?.

Recuerdo sobre todo en este contexto un discurso que pronunció en 2013, en la Universidad de Syracusa, el escritor y profesor George Saunders, que se hizo viral a través de su publicación en el The New York Times. Tuvo tanta repercusión mundial -más de un millón de lectores-, que se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Felicidades, por cierto (2), del que quiero entresacar algunas reflexiones en torno a su hilo conductor: la amabilidad.

En el discurso citado, la amabilidad y no tanto la bondad (desde mi punto de vista no son lo mismo), nace en una historia que cuenta Saunders que le sucedió en su vida y ante una pregunta directa ¿de qué te arrepientes? Es el relato sobre Ellen (nombre ficticio), una chica tímida que se incorporó a su clase de séptimo curso, con unas gafas azules de ojo de gato que en ese momento llevaban sobre todo las mujeres mayores. Tenía la costumbre de que cuando se ponía nerviosa se metía un mechón de pelo en la boca, con la apariencia de mordisquearlo. La realidad es que ella convivía con nosotros en el barrio y era ignorada por la mayoría de la clase, aguantando todo tipo de preguntas impertinentes y burlas. Saunders sabía que esta situación le hacía daño, que ella lo mostraba con los ojos caídos y tratando siempre de desaparecer. Siempre pensé que ella, en su casa, le contaría a su madre que todo estaba bien en la escuela y que tenía amigos. La realidad es que siempre estaba sola. Se fueron del barrio y la realidad es que fue una historia en la que no había nada más, sin otro tipo de vejaciones más allá de las narradas. Un caso perfecto de bullying. Un día venía a clase, otro no y así hasta que la familia se mudó definitivamente del barrio. Así acababa la historia contada a aquellos alumnos de graduación en Siracusa, al iniciar el discurso.

Saunders no olvidó nunca esa situación y no porque él fuera agresivo con Ellen sino todo lo contrario: fue muy amable con ella, incluso la defendió en alguna ocasión, sobre todo por lo que significaba en su vida los fracasos por la falta de amabilidad y bondad, en esos momentos en los que otro ser humano, que estaba cerca, frente a él, sufriendo, sin una respuesta por su parte, sólo con timidez también, de forma reservada, sin un compromiso de defensa y apoyo verdadero. Sobre todo porque visto desde otro ángulo de la vida pasada, los mejores recuerdos los tenemos de las personas que se portaron siempre de forma amable con nosotros.

A partir de esta reflexión última, centra su discurso en una defensa a ultranza de la amabilidad, de las personas amables y de lo que significa actuar amablemente en la vida de cada persona, haciéndose una pregunta crucial: ¿Cuál es nuestro problema?  ¿Por qué no somos más amables? Probablemente, por el egoísmo grabado a fuego durante nuestra existencia, dando prioridad a nuestras necesidades de forma prioritaria sobre las de los demás. Lo estamos viendo a diario con el comportamiento individual y social, en una actitud sorprendente y con una ausencia plena de amabilidad en relación con las familias y con las personas más vulnerables de la sociedad, por ejemplo migrantes en el mundo entero.

La segunda pregunta del millón de dólares sería ¿qué hacer? A partir de aquí y en tan sólo tres minutos plantea varias respuestas. En primer lugar, hay que saber distinguir entre lo que reconocemos como Alta Amabilidad y Baja Amabilidad en nuestras vidas. Es algo parecido a la elaboración de un listado de acciones amables y no amables que identificamos en el acontecer diario. Es probable que en la medida que avanzamos en el camino de la vida podamos un día llegar a ser más amables por las propias enseñanzas que nos ofrece la experiencia de vivir, de la vida. Saunders lo reconoce: la mayoría de las personas, a medida que envejecen, se vuelven menos egoístas y más amorosas. La experiencia de tener hijos es una de las oportunidades para valorar no tanto lo que nos suceda a nosotros sino lo que les suceda a ellos. Es el momento que da el título a su libro, Felicidades, por cierto, en frase textual del autor, porque las personas que en ese momento se gradúan han alcanzado un éxito muy querido por los padres o tutores.

La vida continúa después de la graduación y se llega a ese momento después de un largo caminar sobre ilusiones y sueños: hay que intentar ser más amables. Tener éxito en la vida no lo es todo: es como una montaña que sigue creciendo por delante de nosotros a medida que se camina y existe el peligro real de que «tener éxito» ocupe toda la vida, mientras que se desatienden las grandes preguntas. A partir de aquí, ofrece unos consejos: hay que empezar ya a cambiar de actitud, sobre todo desterrar el egoísmo, tomando conciencia de que existe el remedio para curar esta enfermedad individual y social, buscando desesperadamente los mejores remedios para vencerla.

En la vida hay tiempo para hacer muchas cosas y él las enumera a título indicativo, no exhaustivo, pero haciéndolo siempre en la dirección correcta, es decir, en la de la amabilidad. Finaliza con un mensaje aleccionador: “Y algún día, dentro de 80 años, cuando tengáis cien y yo ciento treinta y cuatro, y todos seamos tan afectuosos y amables que casi no se nos pueda aguantar, escribidme unas líneas para contarme cómo os ha ido la vida. Y confío en que me digáis que ha sido maravillosa”.

Cuando lo que nos rodea nos inquieta en estos momentos de desconcierto mundial por la política imperialista que todo lo impregna, estamos obligatoriamente obligados a descubrir que debemos ser más amables cada día, llenar de amabilidad nuestras vidas y pensar amablemente en que otro mundo es posible. Todavía atesoramos tiempo, convirtiéndose paradójicamente en un regalo muy preciado en estos momentos en los que acusamos su falta proverbial. Recuerdo que el Eclesiastés (Qohélet) no pensaba así, porque nos dice que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar de él a lo largo de la vida, eso sí siendo amables en un mundo que necesita amabilidad para poder vivir amablemente todos los días: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Al final, lo que necesitamos es decirnos, como los alumnos de la graduación de Saunders, que la vida amable es maravillosa y que la verdad es lo más amable que podemos experimentar en tiempos difíciles. En España, desde el siglo XVIII, así lo entendieron también nuestros mayores.

(1) https://elpais.com/elpais/2015/05/20/ciencia/1432116127_854469.html

(2) Saunders, George, Felicidades, por cierto, 2020. Barcelona: Planeta / Seix Barral.

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Porvenir, porque no vienes nunca

Ángel González (1925-2008)

Sevilla, 10/VI/2025 – 08:30 h (CET+2)

En el año en el que se cumple el centenario del nacimiento del poeta Ángel González, deseo estar cerca de él de nuevo. Lo hice ya el pasado enero, porque ya estaba pre-ocupado (con guion) del porvenir, el futuro y el día después personal y el de nuestro país.

La razón principal para buscar refugio de nuevo en su poesía, en este mundo de turbación y mudanzas, es la espera impaciente de un porvenir justo y benéfico, visto lo visto, para personas de alma inquieta, como es mi caso.

En este contexto, entro hoy en mi biblioteca, mi clínica del alma (tal y como aprendí a llamarla así gracias al historiador siciliano Diodoro de Sículo, en el siglo I a.C.) y leo su precioso poema Porvenir, que me conmueve en este aquí y ahora (hic et nunc), como si fuera la primera vez que llegara a él:

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
… Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre
.

Mi maestra especial, Dª Antonia, me enseñó la primera versión del carpe diem infantil, lejos del porvenir imaginario, casi en un alma adulta, que siempre recuerdo de forma entrañable. Cuidó mucho mis sueños en paraísos perdidos, apreciando que mi vida pequeña no daba para más, porque para ella era muy importante cada momento mío, en definitiva mi tiempo y para que no olvidara nunca que a veces es envidioso, como lo susurraba Horacio a Leucónoe, una mujer con mente blanca, limpia, que podía adaptar al breve espacio de la vida, o de cada momento particular, una esperanza larga. Ahí estaba el secreto, porque cada día lleva siempre el tiempo dentro, su carpe diem, su necesaria captura, porque no vuelve, mucho menos hoy día ante el incierto mañana, ante el incierto porvenir. Por cierto, es lo que dijo y nos legó el poeta Quinto Horacio Flaco, hace tan solo veintidós siglos: Vive el día de hoy [Carpe diem]. /Captúralo. / No te fíes del incierto mañana. Para que no se olvide, ni siquiera un momento.

Mañana, será miércoles de nuevo, como pensaba Ángel González, uno más, pero desconociendo lo que está por venir en cada segundo de mi vida, porque esa es la quintaesencia del porvenir, que no viene nunca. A pesar de todo, me consuela pensar junto a él, que mi corazón mañana volverá a latir casi cien veces por minuto, un lujo para mi porvenir inmediato y del que sé que depende casi exclusivamente, en mi matusalénica edad, mi espera y esperanza día a día.

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¿Qué hace la izquierda ante el acoso y derribo que sufre el Gobierno de este país, legítimo y constitucional?

Patera y yate de lujo – Fotomontaje y fotografía (izqda.) / JA COBEÑA

A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…
A veces, falta barco para recoger a todos los que se tiran a ese mar…

Aforismos, José Antonio Cobeña

Sevilla, 8/VI/2025 – 13:22 h (CET+2)

El año pasado leí un artículo magnífico de Neus Tomàs, directora adjunta de elDiario.es, con un titular ¿Qué era y qué es la izquierda?, que me interesó y preocupó a la vez en este mundo al revés que describió de forma rotunda Eduardo Galeano y en el que estamos instalados, una frase que no he olvidado en estos días en el que ha emergido la corrupción política como clásico popular de este país, en esta ocasión en territorios de la izquierda: “Los huecos que deja la izquierda los ocupa la derecha incluso disfrazada de un rojipardismo que va ganando espacio en columnas, redes y asociaciones de activistas. Para hacer frente a este fenómeno, la izquierda necesita pensadores honestos y valientes que digan lo que los ciudadanos que se identifican en este espectro ideológico no quieren escuchar. Lo honesto y valiente es eso y no buscar siempre el aplauso fácil y a menudo estéril”.

Si hoy lo traigo a colación es porque me sigue soliviantando la falta de respuestas de la izquierda ante situaciones actuales de acoso y derribo permanente de un Gobierno legítimo y constitucional en nuestro país, recurriendo fácilmente con el clásico “y tú más” ante ataques e insultos por su supuesta “corrupción” gubernamental de carácter permanente, a modo de bálsamo de Fierabrás para curar heridas de desafección política cada vez más alarmantes, con un mar revuelto lleno de supuestos militantes de carnet o virtuales, de la izquierda me refiero, que se tiran de barcos a la deriva por falta de dirección política, creo que de ideología de base, de creencia política, sin mezcla alguna de cuadernos de “derrota”, en argot marino, reproduciendo aquella sorprendente noticia que nos contaba cómo el capitán Francesco Schettino abandonaba de forma vergonzante el crucero Costa Concordia, que chocó el 12 de enero de 2012 por una maniobra indebida con una roca junto a la isla del Giglio (Italia), en un ejemplo patético de irresponsabilidad y cobardía. Todavía resuena en mis oídos la grabación en italiano de los gritos del jefe de guardacostas cuando le conminaba a que volviera al barco del que se había tirado de forma tan lamentable e indigna: “Suba a bordo. Es una orden. No ponga más excusas. Ha abandonado el barco, ahora estoy yo al mando. ¡Suba a bordo!”. Schettino decía que se había “caído” por la popa cuando lo que constataron es que cuando llegó a la costa su ropa no estaba mojada. Nadó y guardó la ropa de la indignidad personal y profesional, nunca mejor dicho.

Doy ahora un paso más porque interpreto que el problema no es sólo de la izquierda sino de su más allá o acá, según se mire, sino de algo más profundo, de la democracia, de su ocaso, porque la responsabilidad principal de la izquierda es ser la gran defensora de sus grandes principios, porque no hay otros: ideología transformadora basada en los grandes principios de la democracia auténtica: igualdad, solidaridad, libertad y justicia social, debiendo aceptar con autocrítica rigurosa de lo que no hace bien, sus aciertos y errores, siempre en beneficio de todos, fundamentalmente de la verdad compartida. Lo digo porque, ahora más que nunca, la izquierda necesita armarse ideológicamente ante el fascismo que nos rodea en el ocaso de la democracia, cuestión a la que he dedicado muchas páginas en este cuaderno digital. En este contexto, he recordado que con motivo de la celebración en 2022 del centenario del nacimiento del poeta, escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini, al que profeso admiración desde hace ya muchos años, se publicaron nuevas ediciones de su obra y ensayos de gran valor para no olvidar su contribución en la lucha por un mundo mejor, a través de una ideología de izquierda contra el fascismo que nunca ocultó, denunciando algo muy grave cuando se instala “como normalidad, como codificación del trasfondo brutalmente egoísta de una sociedad”. Pasolini sigue muy presente en mi pensamiento crítico y acudo frecuentemente a él. Además, como símbolo de su actualidad política, recuerdo la publicación de una obra de Miguel Dalmau Soler, Pasolini. El último profeta, ganadora del XXXIV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2022.

Si lo recuerdo hoy en esta reflexión crítica sobre el ocaso de las izquierdas en momentos cruciales de este país, es porque hay una obra que resume muy bien su concepción del antifascismo, El fascismo de los antifascistas, al tratar de forma sorprendente y de plena actualidad, cómo se amplía cada vez más el círculo del fascismo, haciendo una llamada de atención sobre algo que está ocurriendo en la actualidad en nuestro país, porque también podemos encontrar fascismo en diferentes círculos de la sociedad, incluso en las capas liberales, algunas de falsa izquierda, de la ultraderecha y capitalistas “apolíticos” que tanto atosigan al mundo. Hay que tener en cuenta que en esta obra se recogen artículos y entrevistas que van de 1962 a 1975, año en el que Pasolini murió asesinado en la playa de Ostia, muy cerca de Roma. De ahí su sorprendente actualidad. La sinopsis oficial del libro deja claro estos planeamientos anteriores: “La reflexión sobre el fascismo y su evolución histórica recorre toda la obra de Pasolini: este volumen recoge algunos de sus textos más significativos escritos sobre el tema entre septiembre de 1962 y febrero de 1975. En ellos Pasolini advierte contra una nueva forma de fascismo, más sutil e insidiosa, entendida “como normalidad, como codificación del trasfondo brutalmente egoísta de una sociedad”. Es el sistema de consumo, que desde los años sesenta se encarga de la homologación cultural de todos los países: un poder sin rostro, sin camisa negra y sin fez, pero capaz de moldear vidas y conciencias. Más de cuarenta años después, estas intervenciones mantienen intacta su fuerza crítica, lo que nos permite captar algunos de los rasgos más profundos del mundo actual”.

Existe una frase muy extendida en los coloquios de este país, cuando se afirma con una rotundidad que da miedo, que todos los partidos políticos y quienes los representan, son iguales, sin excepción alguna, cortando por el mismo rasero a la izquierda y a la derecha. Por no hablar del célebre discurso de “yo no soy político o política”. No estoy de acuerdo, ni acepto estas expresiones a modo de mantra, aunque es comprensible que exista un descrédito generalizado de la política y de los políticos que la llevan a cabo, pero los árboles impiden ver a veces el bosque y no es justo generalizar sin compasión sobre la llamada “clase” política. El hartazgo es evidente, pero es imprescindible separar la paja del heno como nos enseñaron hace ya muchos años, unos en el lenguaje del campo puro y duro, otros en la doctrina oficial de la Iglesia, ahora aplicado a la política en general. Siendo una verdad incuestionable, ¿por qué es necesario acabar con análisis totalitarios y absolutistas de los casos de corrupción, en los que no se salva nada ni nadie, porque se dice que “la política es así, al final todos son iguales”?.

Creo que por higiene mental es imprescindible diagnosticar bien la situación y colaborar en la reconstrucción de la democracia día a día, en la que la izquierda tiene mucho que decir y hacer, mucho más en un país tan cartesiano y dual para todo lo que se hace visible “políticamente hablando” en el día a día. Vivimos unos momentos que exigen mucho rigor en la toma de decisiones que facilitan la democracia y no todos los programas políticos son iguales, ni los políticos que los ejecutan tampoco. Ser de derechas, centro o izquierda, de sus extremos, también del arriba o abajo actual, en este país, parece que imprime carácter hasta que la muerte te separe y está mal visto socialmente que haya alternancia en la pertenencia a un determinado partido o a otro. Es verdad que aparentemente parece una gran contradicción estar defendiendo un día los valores de la socialdemocracia más exigente y al otro los del liberalismo más feroz. Normalmente pasa porque las ideologías son un flanco muy débil en nuestro país dado que los partidos no han estado muy finos a la hora de aceptar militantes en sus filas y la formación en la «creencia» en sus idearios brilla muchas veces por su ausencia. Esta es una realidad que hay que aceptar pero lo que no es normal es que haya unos desplazamientos de pertenencia a partidos o de votos, tan agresivos, como a los que estamos asistiendo en la actualidad, por no hablar del principal partido de este país: el abstencionista. El llamado voto de castigo existe, pero deja detrás una gran incógnita: ¿se conocían bien las ideologías y los programas de los partidos a los que se han votado con anterioridad?, ¿se puede cambiar tan fácilmente de chaqueta por los errores de determinados miembros de un partido?, ¿se conocía bien el ideario de un programa, más allá de acciones concretas de algunos representantes eximios del mismo?

Indiscutiblemente, todos los partidos no son iguales, ni tampoco las personas que los representan. Tampoco somos iguales los electores, sean de derechas o de izquierdas. Basta conocer la trayectoria histórica de los partidos que han existido en los cuarenta y seis años de democracia en este país, para no dejar duda alguna de que no es lo mismo la historia de la derecha o del centro que la de la izquierda, por mucho que se quiera generalizar sin compasión alguna en análisis que no resisten el más mínimo juicio de valor crítico. Todos no han sido iguales, luego todos no son iguales ahora si se respeta la historia y este aserto se debería defender por la militancia más activa de cada partido. Se ha tenido que hacer un camino político al andar que es de bien nacido reconocerlo y pregonarlo para que no haya duda alguna sobre su legitimidad. El tratamiento de la memoria histórica y democrática de este país es una cuestión recurrente que no sólo hay que aplicar al tiempo de la guerra civil y sus daños colaterales, sino también en cada momento actual, porque la memoria histórica integra también el ayer del país y su proyección en este aquí y ahora en la vida de cada persona que lo integra. Por ejemplo, todos los partidos no han tratado igual a Andalucía a lo largo de su reciente historia política, cuestión que no se debería olvidar nunca.

Andalucía ha sido una experiencia especial a lo largo de esta etapa democrática. Se critica duramente que la izquierda haya estado gobernando durante treinta y siete años en esta Comunidad hasta que pasó a la oposición en las elecciones de 2018,  pero fue la decisión de los andaluces, sin más paliativos. Vino la alternancia, que había que acatarla sin más porque ese es el gran secreto de la democracia, el respeto casi reverencial al voto de cada elector. En democracia éstas son las reglas del juego, aunque a determinadas personas nos duela vivir determinados triunfos políticos porque las políticas que se llevan a cabo no respetan el interés general de todos los andaluces, sin dejar a nadie atrás, con un ejemplo claro dada la situación actual y dramática de la sanidad pública. Siempre recuerdo lo que he vivido en diversas convocatorias electorales, época propicia para las deserciones casi colectivas del electorado de izquierdas, propiciando la división y, por extensión, lo que se llama técnicamente “abstención”, cambiando lo que haya que cambiar, que me llevó a crear hace años un aforismo personal y transferible:

Falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…

Este aforismo aprovecha el texto dentro del contexto que se aconseja en estos planteamientos de aproximación a la cruda realidad y que lo definen en sí mismos: “Era objetivo, porque he asistido a deserciones de todo tipo de la izquierda en diversas convocatorias. Era inteligible, porque muchas personas que se mantenían en el puente de mando personal, político y profesional, sabían que era cierto solo con mirar a su alrededor. Y la dialéctica era obvia: o barco o mar, porque en determinados momentos se controlan por la tensión económica, política o social, correspondiente. Era verdad, desgraciadamente, que cada uno estaba al final en su sitio, porque lo que defiendo desde hace años es que no todos decimos lo mismo, ni vamos en el mismo barco. Ni hacemos la misma singladura. Ni navegamos con la misma empresa armadora, llamémosla hoy, partido. Unos en cruceros o yates de precios insultantes, otros, en pateras, sin quilla, pero navegando siempre hacia alguna parte, buscando islas desconocidas, que se encuentran. Y pasadas esas fechas críticas, nació un nuevo aforismo, como corolario del anterior e indisolublemente unido a él:

Falta barco para recoger a todos los que se tiraron a ese mar…

Todos los partidos no son iguales, ni las personas que los representan tampoco. Es probable que tomando conciencia de que tenemos que trabajar unidos para defender esa acción política diaria del partido al que voto, empecemos a ver las cosas de diferente forma, porque el empoderamiento, es decir, la capacidad para conocer lo que está sucediendo y participar posteriormente en las decisiones informadas para alcanzar los objetivos trazados, ya no es algo que corresponde solo a los demás sino a nosotros mismos, a cada persona en particular. Es obvio que todos no somos iguales ni vamos en el mismo barco a la hora de votar. Me asombra para bien, ver todos los días a muchas personas que viajamos en la vida en patera, mientras otros nos saludan desde su “crucero o yate de lujo”, reales o imaginarios, saludándonos desde la popa y diciéndonos incluso adiós. La verdad es que no es lo mismo, porque todos no son ni somos iguales. Los nadieslos hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, / corriendo la liebre, muriendo la vida, a los que siempre defendió Eduardo Galeano, están siempre en su sitio y pocos partidos los representan, porque todos no son ni somos iguales. No los olvido, navegando en mi patera ética por la memoria histórica de Andalucía, de mi ciudad, mi polis, donde desarrollo mi vida “política” como ciudadano. Llegado a puerto, la amarro todos los días al noray ético de mi vida, que también existe. Hasta el próximo viaje “político” hacia alguna parte, a pesar de su fragilidad extrema.

El final del artículo de Neus Tomás, citado al principio, daba una clave muy importante para entender el hilo conductor de estas palabras: «El problema, sin duda, es que la izquierda ha abandonado a la gente común; pero el problema mayor es que la ha abandonado en mano de la derecha, que desprecia el amor a los desconocidos como ‘buenista’ y la fidelidad a los principios como ‘cosmopolita’. Pero el amor a los desconocidos es civilización; y la fidelidad a los principios es derecho”, escribió Santiago Alba Rico en un artículo en el que argumentaba que lo que está en disputa entre izquierda y derecha es algo tan elemental como el sentido común. El mismo que defiende Clara Serra cuando desmonta apriorismos sobre el feminismo y conceptos como el consentimiento. Cuando la izquierda recurre al Código Penal para resolver conflictos sociales o políticos se equivoca. Y si lo hace para abrazar el punitivismo yerra doblemente». Con ella me quedo. Ahora bien, la autocrítica de la izquierda desunida por sus silencios y la falta de respuestas ante acusaciones gravísimas de la derecha y ultraderecha de este país, jaleando supuestos escándalos sin tregua alguna, con insultos sin límites vinculados con la mafia, centrados ahora en el “váyase y ríndase a la democracia, señor Sánchez” (Alberto Núñez Feijóo, en la concentración de hoy en Madrid), cuestionando de base el actual Gobierno legitimo y constitucional, ¿hasta cuándo hay que esperarlas y sufrirlas?, ¿para cuándo las respuestas democráticas? Ya no basta el tristemente famoso «y tu más». La verdad es que la dignidad política en democracia, ante la situación actual descrita, la esperamos los electores con ardiente impaciencia, porque nuestro voto sigue vivo, en un clamor popular desde las izquierdas de que se den respuestas institucionales desde el Gobierno, urgentes y sin demora alguna.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Gratitud en mi cumpledías, siempre

Oliver Sacks (1933-2015)

Sevilla, 7/VI/2025 – 12:31 h (CET+2)

Hoy celebro mi cumpledías, matusalénica edad por cierto, simbolizando con estas palabras, que aún me quedan y que rescato de nuevo, la gratitud plena a la posibilidad que me ha ofrecido la vida para recorrer el mundo, un peregrinaje virtual de continuas singladuras, yendo del timbo al tambo, que decía Gabriel García Márquez, porque el siglo pasado me “acogió” pocos años después de la finalización de la guerra civil en este país y con sus consecuencias familiares.

En este contexto tan especial, recuerdo hoy un comentario que hice en 2016, en este blog, sobre un libro que no olvido, Gratitud (1), una recopilación breve de las últimas publicaciones de Oliver Sacks antes de su fallecimiento en 2015, autor al que he dedicado ya palabras de gratitud también en este cuaderno de inteligencia digital, en la búsqueda incesante de islas desconocidas y no ciegas al color.

Gratitud, según la última versión del Diccionario de la lengua española (RAE), es un sentimiento que obliga a una persona a estimar el beneficio o favor que otra se lo ha hecho o lo ha querido hacer, y a corresponderle de alguna manera. Oliver Sacks, a través de cuatro ensayos breves que recoge en Gratitud, deseó expresar su agradecimiento a lo que le había ofrecido su vida apasionante y llena de contrapuntos existenciales, fruto de una ruptura con la tradición judía y la inmersión en la neurología clínica que tanto ha aportado a la humanidad a través de sus libros llenos del encanto didáctico de la locura existencial.

Mercurio, De mi propia vida, Mi tabla periódica y Sabbat, son cuatro reflexiones llenas de sentimientos y emociones, aunque tengo que reconocer que me quedo con la dedicada a su propia vida, en un ejercicio humilde de la memoria que habla, tal y como lo había expresado él mismo en un artículo excelente sobre la dialéctica de la memoria histórica y relativa, cuando seleccionamos, incluso de forma involuntaria, lo que queremos recordar: “Nosotros como seres humanos hemos desarrollado sistemas de memoria que tienen fallos, fragilidades e imperfecciones” […] “La indiferencia sobre las fuentes nos permite asimilar lo que leemos, lo que nos cuentan, lo que dicen otros y pensar, escribir y pintar, de una forma tan rica y tan intensa como si fuesen experiencias primarias. Nos permite ver y escuchar con los ojos y los oídos de otros, entrar en la mente de los demás, asimilar el arte y la ciencia y la religión de toda una cultura”.

Muchas veces, cuando me enfrento a la lectura de la vida ordinaria, en días sin celebración especial, porque hoy es una excepción, estoy tentado de soñar con la acromatopsia (2), la enfermedad maravillosamente descrita por Oliver Sacks en su obra “La isla de los ciegos al color”, aunque tuviera que pasar fragmentos de la película de mi vida en blanco y negro, donde las tonalidades de gris me permitieran soñar que el color es una versión amable de la vida que los seres humanos podemos captar en toda su gama, sin limitaciones. Surge entonces la pregunta del doctor Sacks en su fascinante libro, cuando se refiere a la persona ciega al color: “¿nos consideraría acaso seres singulares, engañados por aspectos irrelevantes o triviales del mundo visual, o insuficientemente sensibles a su verdadera esencia visual?” (3).

Y vuelvo a leer la última frase de su gratitud a la vida, para aprender de él cómo se puede alcanzar la paz con uno mismo cuando se reconoce el auténtico color de la vida en el carpe diem que, a veces, tanto nos abruma: “Me descubro pensando en el Sabbat, el día de descanso, el séptimo día de la semana, y quizá también el séptimo día de la propia vida, cuando tienes la sensación de que tu obra está terminada y de que, con la conciencia tranquila, puedes descansar”.

Hoy, en mi cumpledías, agradezco también a Mario Benedetti que me regalara esa palabra amable, que tampoco olvido, porque a pesar de mi matusalénica edad creo que no se me nota (la edad,,,) “cuando en el instante en que vencen los crueles entro a diario a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores. He alcanzado una buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, dejando que mi manantial mane amor sin miseria”. Gratitud especial en este día, siempre, en en el pleno sentido de la palabra gratitud. ¡Qué palabra tan necesaria, tan hermosa! Igualmente, gracias a la vida, en definitiva, que me ha dado tanto, porque me ha dado la memoria que habla, el sonido y el abecedario, con él las palabras que pienso y declaro, madre, amigo, hermano, y luz alumbrando la ruta del alma de lo que estoy amando (Violeta Parra).

Gratitud hoy, especialmente, a las personas que como tú, abrís este cuaderno digital casi a diario, para acompañarme con la lectura de estas palabras, sólo para buscar islas desconocidas de dignidad humana en tiempos difíciles para la democracia.

Gratitud, siempre. Hoy, por ejemplo, leer estas palabras es para mí el mejor regalo. Gracias.

(1) Sacks, Oliver, Gratitud. Barcelona: Anagrama, 2016.
(2) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color, editado por Anagrama en 1999. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la proyectaré en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.
(3) Sacks, Oliver, La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, p. 22, 1999.

NOTA: la imagen de Oliver Sacks la he recuperado hoy de la editorial Anagrama.


CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN
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